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"Gestos" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Un pequeño escalón solía ser un mundo para Juan Carlos. Porque como le dolía la rodilla usaba siempre la pierna contraria para que le moleste menos, y tenía que andar pensando ante los escalones qué pierna usar primero para subir. El Registro civil estaba algo distinto que hace seis años, cuando fue el casamiento de su otra hija. Pero se casaba esta vez Renata. La que creyó nunca se casaría, la última en ubicar. Veía a los invitados, la mayoría jóvenes vestidos entre informales e irrespetuosos, según su parecer. “Vienen o van para algún carnaval”, pensó mientras miraba la inexplicable pollera con flecos de una amiga del novio. Justamente el novio, al que mucho cariño no le tenía porque cuando se presentaron se lo quedó mirando sin decirle nada y Juan Carlos fue el que estiró la mano. Ese hecho le parecía decisivo: no tiene personalidad. Lo sentenció. Mucha gente de pie, pocas sillas. El saco incómodo, la Jueza hace su show, habla mucho. Todos aplauden el beso antes de la firma, y la firma que trajo otro beso. La gente sale toda junta de un lugar pequeño, siempre. Se puso en un costado y vio cómo les tiraban arroz, no como lluvia sino más bien a los ojos. Lo saludaron todos, la mayoría no los conocía de ningún lado pero serían compañeros de oficina de la hija, dedujo. Lo llamaron para las fotos, salió sonriente y con la hija una foto especial, mirándose. Tras casi dos horas se están por ir y le faltaba su peor rival, el escalón. Cuando lo va a hacer siente un brazo que lo sostiene del lado derecho. Mira y es el novio de la hija. “¿Lo ayudo?” dijo el chico, mientras ofrecía el brazo y la mano. Juan Carlos aceptó que lo ayuden. Juan Carlos aceptó al chico.
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"Lo que hacemos" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012
Se levantó. Cerró la puerta del baño. Cerró la canilla, cerró el dentífrico. Cerró luego el envase de café, cerró el pote de queso crema y el de azúcar en la alacena. Cerró el placard en la parte de las camisas. Cerró la llave de paso, cerró la ventana del comedor. Cerró la puerta de entrada, la del ascensor y la de la salida del edificio. Cerró su billetera vacía a mediados de mes y cerró la puerta del taxi. Cerró el celular luego de leer un mensaje. Cerró la puerta del pasillo de su oficina, que debería ser corrediza. Cerró de nuevo su billetera para un café de la máquina. El Windows se colgó y cerró para volver a abrir. Cerró la caja de ganchitos de la abrochadora, que después nadie tiene. Se tomó la cabeza a media mañana para despejarse. Cerró su lapicera Parker y miró por la ventana. Resopló cerrando los ojos. Vino Adriana y lo trajo a la realidad. “Tenés que cerrar el balance, dale”. Cerró el chat que lo distrae, la página de internet de chimentos también. Cerró el balance con pérdidas mas o menos dibujadas. Cerró la puerta del jefe. Se sentó y lo escuchó, necesitaba de él asi que mejor cerrar el balance. Se dieron la mano, cerraron ahí trato. Al mediodía en el pulmón del edificio cerró la bandejita de plástico con el celofán, no quería comer más. Cerró el balance a la tarde. Su jefe lo dice a viva voz con falsa felicidad. Aplauso cerrado. A las cinco cerró la computadora y volvió a cerrar su billetera en el taxi. Llegó a su casa. Abrió la puerta. Miró sin suerte por la ventana cerrada la luz de la tarde. Mañana, juró, empezará por su bien a abrir todo.
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"Lucía Cáceres" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 19 de enero de 2012
Maldita máquina abrochadora: siempre que la necesito urgente nunca tiene los ganchitos dentro. ¿Alguien tiene ganchitos para la máquina por favor?. Tengo que decir “por favor” porque sino se enojan y dicen que no los respeto. Gente que hay que atarlos para que te digan “buenos días”. Mejor voy a buscar yo al cuartito. Esto está lleno de cajas que no tienen lo que dice afuera escrito asi que tengo que buscar donde no dice, es sencillo. Dos cajitas completas, qué poco aire en esta salita. Nadie quiere ponerle los ganchitos a la máquina, es difícil con este resorte que hace que…bueno, salten como ahora por los aires. Ahí está, maquinita funcionando de nuevo. ¿Gustavo me había dicho que vendría a buscar esta resolución, o yo debía llevársela a su oficina?. No me acuerdo. O quizás nunca me lo dijo, asi que la dejo acá en el costadito, si pasa la ve. Sello y firma, sello y firma. No encuentro el sello, me parece que estaba en el cajón. Uy, unas galletitas Manón. Deben ser de la segunda guerra, mas o menos. Acá está el sello. Listo. ¡Firpo!. ¡Firpo!. Vení. Haceme un favor, llevale a Gustavo esto y decile que ya está hecho y que falta su firma. Sí, estos papeles, dale. Este Firpo es de terror. 43 años. Debe ser el cadete más viejo del mundo, pobre tipo. A veces me siento la novicia rebelde, acá. Y todos los demás gente más joven que no tienen educación. Educación para el trabajo, hay que enseñarles los tiempos de un lugar y que lo respeten. A mi no daban una chance cuando metía la pata dos veces en un papel sin firmar: te manchaban el legajo con llamados de atención. Ahora todo es más relajado. Casi un relajo. Tengo la mesa ordenada. ¿Me verá alguien si estiro un poco la espalda apoyándome?. Mi cuello no da más, extraño al quiropráctico que me recomendaron pero jamás fui. “Lucía…Lucía”. Ay, qué querés, me estaba acomodando justo la espalda…no, esto lleváselo a Jorge, no es de mi área. Siempre quise trabajar sola y con una ventana que no dé al pulmón del edificio. Que no sea todo gris antes de subir la persiana y también cuando ya la subí, algo que tenga un fondo, más color. Acá no tengo tiempo y afuera me sobra. Nunca al revés. A veces no hago cosas, sino que lleno espacios. Y lo peor es que me doy cuenta. Menos cinco, ya todos guardan todo. No tengo aire, en mi y dentro de este ascensor. ¡Calle, dame aire!. Colectivo y mi casa. A descansar de lo que no me gusta para que mañana me guste de nuevo. Quiero que me dejes de mirar sentada ahí, te debés reír como loca de mi. La soledad tiene ojos y todas las noches me miran. Yo cierro por hoy los mios. Para no verla.
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"Usted no tiene mensajes nuevos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011
Valeria salió apurada de la casa y olvidó el celular en la mesa. Cuando iba en el subte recién se dio cuenta y se puso la mano en la frente a modo de lamento. Mientras viajaba como sardina hasta la estación Perú, empezó a razonar.

No atendería los cuatro llamados que la madre le hacía durante el día para preguntarle y repreguntarle siempre lo mismo.
No respondería los mensajes de texto de sus amigas usando el clásico “arreglen ustedes y después me dicen”.
No recibiría el odioso aviso a las nueve y veinte de la mañana (siempre a la misma hora) sobre lo afortunada en ganar un auto.
De paso, evitaba también a ese pesado al que Valeria le dio su número y le mandaba mensajes entre baboso y triste cada tres horas. Al final, pensó, era un alivio no tener celular.

Se bajó y caminó hasta Piedras, dobló y entró a su oficina. Saludó y en su escritorio la habitual montaña de cosas para hacer. Al mediodía manoteó su cintura y luego se fijó en la mesa a modo de ataque de abstinencia pero todo continuó igual. Por la tarde pasan, “pasillean”, todas las secretarias de la empresa, casi en fila saliendo de una reunión. Les preguntó por qué no le habían avisado. “Nos mandaron hoy un mensaje de texto, ¿no lo leíste?”. Valeria golpeó la mesa y se puso de pie aunque con estilo disimuló la bronca. No sabía si ir a disculparse o no explicar nada, ambas cosas sonarían a excusa.

Salió de la oficina apurada, llegaba tarde al gimnasio. Un cartel en la puerta “Hoy desinfección, el gimnasio permanecerá cerrado. Favor de avisar por teléfono a todos”. Se puso Valeria los brazos en jarra, se pegó con los nudillos en los costados de las piernas, ese tic heredado de la mamá, un símbolo de bronca.

Fue a la casa, abrió la puerta y el celular arriba de la mesa. Lo tomó y leyó tres mensajes de su madre, otros dos de sus amigas, uno de la oficina para la reunión, su profesora avisando que no fuera al gimnasio, el aviso por haber ganado un o km, y el del muchacho que sin suerte quería salir con ella. Por un instante se vio a si misma en todas esas actividades, se planteó qué tantas ganas tendría de hacerlas. Descubrió que para ser feliz no había que dejárselo olvidado al celular: directamente debía apagarlo.

Y a todos, al otro día, Valeria les dio el número de teléfono de su casa. Incluído al pesado de los mensajes. Si estaba, atendía. Y si no estaba, que esperen. Como era antes y nadie moría.
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"Marisa empieza hoy" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 20 de octubre de 2011
Marisa se puso de pie en la oficina. Abrió la cartera y comenzó a llenarla con casi todo lo que había arriba de su escritorio. Levantó el vidrio de la mesa, sacó un almanaque y una estampita de la Virgen del Rosario. Se llevó el pad del mouse, decorado con unas flores de gomaespuma algo gastadas por apoyar la muñeca ahí. Sacó las dos rosas que siempre compraba y vació el florero porque era de ella, lo envolvió en un pañuelo.

Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.

Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.

Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.

La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.

Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
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"El espectador oculto" -CC-

1 comentarios jueves, 13 de octubre de 2011


Celos. Tardaría en reconocerlo pero sentía celos. Ese calor que sube por el cuello y genera rabia, ante algo que definitivamente molesta pero no podemos expresar al otro. Hasta que podemos. Raúl tenía celos y estaba claro. Su novia va a comprar ropa al shopping y él se entera después y no antes. Le ofrece su tarjeta de crédito para que la use como quiera y de paso estar ahí con ella pero Melina se niega, quiere ir sola.






¿Por qué me esquivará? se preguntaba Raúl. Alguien debe estar viéndola, no puede ser, me lo debe estar ocultando para que no me ponga mal, en cuanto deje el teléfono en la mesa me voy a fijar quién le habla. ¿De quiénes desconfía Raúl?. De todos. Siente que pasa cada vez menos tiempo con ella y a Melina la nota cada vez más feliz. Un día le dice que se verían a la tarde y Raúl la sigue casi todo el dia. Se pone enfrente de la puerta de la oficina, la ve entrar y luego salir en horario, de ahí al gimnasio. Maldito gimnasio. ¿Qué hará ahí?. ¿Con quién se verá?. A la hora y media Melina sale, va a un local de ropa en Palermo en el fondo de una galería, no puede verla. Cuando sale se agacha dentro del auto como los detectives en las películas.






Habían pasado unas diez horas y hacer de investigador era cansador e inútil. Se fue a su casa y la llamó por teléfono, quedaron en verse. En un bar Melina con cara de cansada le contó su jornada, tal cual Raúl la había presenciado como espectador oculto. Quiso aparentar que no sabía de su rutina y se pisó: le dijo “vos fuiste al gimnasio hoy”. Y Melina abrió los ojos grandes. “Sí, tenés razón, ¿cómo sabés?. Yo vivo cambiando el horario y además ya no estoy yendo mucho”. Raúl tragó saliva y se puso colorado. Quiso volver sobre sus pasos pero ya estaban todos dados, y hacia adelante.






La tomó de las dos manos y le dijo la verdad. Que había desconfiado de ella, que por primera vez tuvo celos, que eso jamás le había pasado, que se sentía con bronca, que esto empezó porque la veía hacer cosas en soledad. Que se sintió menos. Y ahora, muy avergonzado de ser como no suele ser. Melina lo miró con ternura y se lo dijo directamente: “Yo también me sentía rara, dejé de ir al gimnasio y como estaba débil hace un mes y medio fui al médico. Estoy embarazada”. Raúl se apoyó en el respaldo de la silla con toda su espalda, se puso la mano en el corazón como cuando uno recibe una noticia importante.






¿Pero quién te hablaba por teléfono?. “El médico”.



¿Pero para qué ibas al shopping sola?. “¡A mirar ropa de bebés!”.



Pero…¡si te vi entrar al gimnasio hoy!. “Sí, pasé a saludar a las chicas y me quedé hablando con ellas. ¿Seguís celoso?”.






Raúl pasó de ser un estúpido y precoz celoso a ser un detective bastante malo. Melina además de perdonarlo, lo entendió. Con cierta filosofía se sintió hasta importante. Y ahora serían tres.






La gente a veces no duda de lo que ve. Tiene terror, pánico, a lo que no ve.
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"La hermosa condena" -CC-

1 comentarios jueves, 6 de octubre de 2011


Todo. Completamente todo de verde. Gonzalo se despertó y estaba boca arriba. La claridad le hizo achicar los ojos y sintió que algo no habitual ocurría, lo que veía era extraño. El techo y la lámpara de tres tulipas de verde. Miró la unión entre pared y techo, también verde. Las cortinas, el placard, el piso que reflejaba la claridad de la mañana en un verde muy tenue que entraba por la ventana. Vio sus sábanas, se sentó en la cama.






Se tomó la cabeza con las dos manos, intentó cerrar los ojos y ordenar los pensamientos, como si ese gesto trajera en sí la solución. Pero no sentía nada malo, sólo que lo que veía tenía color verde. Fue Gonzalo a la cocina, desayunó sin asustarse de ver un café verde ni una manteca color mate cocido. Comprendió que él veía todo así y no era que el mundo lo confundía.






Salió, tomó el colectivo, viajó sentado, miró por la ventanilla las casas, los árboles, el tránsito, las demás personas. El chofer, la señora sentada al lado. Todo en verde. Llega a la oficina, entra sin saludar a nadie porque nadie solía saludarlo, además. Se sienta y cree haber encontrado la razón del verde. Saca cinco carpetas, las revisa. Son las mismas que ayer había mirado, sólo que las hojas eran blancas y hoy son verdes.






Busca la tercera carpeta, la de Marcela, la abre. Llama a su secretaria y le da la carpeta. Le dice ella que espere un rato. Gonzalo se pone a jugar con el regalo que un cliente le hizo: sobre un pequeño rectángulo de madera un poco de arena y tres pequeñas piedras. En un costado un rastrillo. Según le dijo el cliente cuando estaba muy nervioso arrastrar por la arena el pequeño rastrillo era muy relajante. La arena es verde, o él la veía verde, el rastrillo también. Durante unos 15 minutos intentó sin éxito concentrarse.






La secretaria le dijo que esperara otros 15 minutos, no le devolvía aun la carpeta de Marcela. Se sintió solo, empezó a angustiarse, estaba esperando algo que no sabía qué era pero que intentaría solucionar el verde problema. Miró por la ventana hacia abajo, veía a personas caminando y se sintió más pequeño que ellos, irónicamente inferior desde un cuarto piso. La secretaria le dijo “en cinco minutos”. Se sentó, movió su cuello para que sonara y lo relajara pero seguía ansioso. Cerró los ojos y respiró.






Tocan la puerta, la secretaria dice que si ya puede pasar la persona. Sí. Entra. Gonzalo la mira y Marcela agradece que la hayan seleccionado. La miró a los ojos y a partir de ahí el color verde se volvió a acomodar a la fuente de luz que lo generaba: los ojos de Marcela.






Gonzalo se entregó tranquilo a esa condena que el deseo paga y cobra con tiempo.



Y cambia en uno hasta el color de la vida.
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"Las tres cajas" -CC-

1 comentarios jueves, 29 de septiembre de 2011


Situación uno: Enrique mira la caja que le acaban de dar. Parece algo rota y eso que los zapatos que tiene dentro son nuevos, los compró recién. Vuelve a la oficina pero no se los quiere poner porque todos se darían cuenta. Cree que estará por fin elegante, siempre le criticaban sus gastados mocasines todoterreno. Tendría un par de horas como para ablandarlos un poco sin sufrirlos en la cara. Mira el reloj, ya concluye su horario. Apaga la computadora y se va con la caja dentro de una bolsa rumbo al ascensor.






Situación dos: Margarita tiene frio. No llevó el pullóver fino de color blanco a la oficina para que no creyeran que en la fiesta usaría el mismo. Decidió teñirlo y esperaba que cuando llegara a la casa ya estuviera seco y tan azul como pretende. Le pidió a una amiga una cartera, que se la trajo dentro de una caja forrada en papel madera. En 19 años de servicio fue a muchas de estas reuniones, el que no iba no recibía reprimendas pero quedaba relegado. A sus jefes les encantaba oír que le digan que la fiesta era divertida. Aunque no lo fuera. En todo eso pensaba mientras se dio cuenta que eran las cinco de la tarde. Se puso la caja debajo del brazo y algo incómoda esperaba el ascensor.






Situación tres: Zelenevich tenía un problema. Su mujer lo apuraba por mensaje de texto desde la casa lista para salir rumbo a la fiesta. Pero justo a la secretaria en ese momento se le ocurrió pensar que el rol de amante no era suficiente. Cerró la puerta de la oficina y los gritos se escuchaban y sentían, las persianas de fino plástico no alcanzaban a tapar toda la vergüenza del hombre que veía hacerse público aquello que disfrutaba a escondidas. Mandó a un cadete a comprar bombones para calmarla, el gasto correría por cuenta de la empresa. Le trajo como tres kilos, una enormidad. Tanto que la secretaria le dijo “¿me estás diciendo gorda con tantos bombones?. ¿Qué soy?” y se los devolvió cuando Zelenevich esperaba el ascensor, a punto de irse. Se los daría a su esposa como solución rápida.






Situación cuatro: Enrique y Margarita le hacen espacio a Zelenevich cuando la puerta del ascensor se abre. Él los mira con algo de desprecio, observa las cajas y ellos a su vez también observan la de él. Los tres en sus cajas tienen cosas para aparentar, para que de ellos se piense lo que quizás no sean. Y se miran sabiéndolo. Los zapatos estaban apretados, la cartera era elegante, los bombones muy ricos.






La apariencia, feliz. Siempre va a las fiestas con gente que la lleva.
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"El sol de su oficina" -CC-

1 comentarios jueves, 1 de septiembre de 2011


Cinthia odiaba dos cosas de la oficina y sus compañeros, cuestiones que expresaba con la cara pero jamás diría en voz alta. Una era que le dijeran “Cin”, el diminutivo al que ahora parece reducirse cualquier nombre y palabra en general. Y lo otra eran días como el de hoy, el del amigo invisible. Si bien nunca podría ella misma definirse como una mujer madura, lo que sentía había a su alrededor era tanto o peor. Todos parecían revolucionados cuando una vez al mes se instalaba la cuestión del juego.






Tres compañeros de ella eran los encargados de copiar los nombres en diferentes papelitos, y no conformes con eso decidían cambiar las reglas del juego mes a mes, suponiendo que le darían emoción a lo que Cinthia directamente le molestaba, se juegue como se juegue. Pero cuando es una ocasión asi no hay que quedarse afuera y luego ser reprochado por eso, asi que no tenía opción. Lo que este mes habían planeado hacer era que cada uno sacara un papelito y quien saliera escrito a su vez elija de otra bolsita de nombres y se quedara con ese papel sin decir el nombre. Así hasta que se complete.






Cinthia tardó unos diez minutos para entender el sistema e igual le parecía una pavada. Cuando fue su turno sacó el papel y no hubo peor noticia: Ramiro Gentile. Sí, el odioso hablador y contador de chistes viejos más insoportable. Ella dijo el nombre en voz alta y Ramiro fue a la bolsita y eligió el papel. Cinthia rezaba para que la diosa fortuna para que encima le tocara a él mismo le diera el regalo. Pero sus rezos no surtieron efecto y lo sabría después. Ramiro sacó justo el papel con el nombre de Cinthia y le tocaba a él regalarle algo.






Fueron tres días esperando y como se solían hacer bromas, es taba preparada para recibir cualquier cosa en público. Al tercer dia una caja la esperaba en su oficina cuando llegó. Era bien temprano y en la parte superior el “tu amigo invisible” presagiaba lo peor. Levantó la tapa de cartón y había dentro una foto y un mensaje.






La foto era de ella, en un muy mal montaje, supuestamente en una playa del Caribe, aunque lo único de ella ahí era la cara. El mensaje decía “es mi sueño, y ahí falto yo”. ¿Quién tenía el tiempo de hacerse el enamorado ahí?, pensó Cinthia. Por el estilo tan poco romántico seguro que era un hombre y no una broma femenina. Puso la foto en su agenda y la caja al lado de la cpu. A la vuelta del almuerzo encontró otro cartel en su mesa: “falto yo”.






Detrás del cartel la misma foto en la playa del Caribe pero esta vez con el cuerpo de un hombre al lado, sin cabeza. Cinthia ya estaba interesada de verdad en saber quién era, pero su ego le impedía expresar que la situación le gustaba. Pasó la tarde esperando algo, una señal, pero nada.






Por la noche en su casa abrió el correo. Un mail de Ramiro Gentile, pensó en esas cadenas de chistes y videos que solía mandar. Tenía un adjunto, era una foto. Estaban los dos, montaje mediante, en la playa del Caribe. Arriba de la foto decía “tomando sol, con el sol al lado”. Cinthia aflojó y se rió.






Al otro dia debían decir quién creían era su amigo invisible. Cuando le tocó a ella dijo otro nombre, quiso equivocarse a propósito, guardarse la situación para ella. Lo tuvo que decir él y eso a Cinthia le causaba gracia. Nunca se rió de los chistes de Ramiro, salvo cuando lo vio titubear su nombre y ponerse nervioso.






Salieron del trabajo y se fueron al bar que ella eligió: “Caribe”, enfrente a la oficina. Lo dejó hablar, lo vio como nunca lo había visto. Lo sintió. Y concluido el café Ramiro le regaló su foto-montaje. El del mar, la playa y ese sol que al lado de él estaba.



Como todos los días en la oficina.

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"La razón para querer" -CC-

1 comentarios jueves, 18 de agosto de 2011


Hoy puedo, dijo Nora. Se levantó y arregló para salir rumbo a la oficina, miró la heladera, se tentó con abrirla y no desayunó las galletas de arroz del régimen que como le definió una amiga es masticar aire, pero que se ve.






Hoy puedo, dijo Nora. Se propuso saludar al chofer del colectivo cuando ella subiera, ya que la miraba esperando el gesto y Nora nunca lo hacía. Llegó el 23 y se subió. Miró al colectivero y le dijo “1,25”. Cuando ponía las monedas en la máquina recordó que tenía que decirle buen dia pero ya era tarde. Se fue para el fondo algo arrepentida.






Hoy puedo, dijo Nora. Detestaba de su oficina a Cintia, siempre tan agrandada, soberbia, no la soportaba. Se juró no caer en ninguna indirecta de las que solía oírle. Cuando la vio venir levantó la mirada para saludarla. Cintia se inclinó y le dijo “Hola…qué lindos zapatos. La tercera vez en la semana que te ponés los mismos, me di cuenta”. Y Nora la odió. Le iba a decir algo pero se fue rápido. Se miró culposa los zapatos.






Hoy puedo, dijo Nora. Tenía los caramelos para dejar de fumar, el envase intacto. Abrió el cajón de su mesa y miró el paquete. Estaba al lado de las banditas elásticas, la calculadora, los pañuelos descartables. Lo iba a abrir. Suena el teléfono, le piden que lleve papeles a otra sección. Camina y pasa por el pulmón del edificio. Ve a alguien y pide un cigarrillo, fuma.






Hoy puedo, dijo Nora. Se pintó para gustarle, pero las horas se notan en la cara y va al baño para arreglarse. Va a pasar por donde él está. Nunca se anima a decirle nada, hoy sí tiene que ser. Lo ve concentrado en una hoja, pasa más lento, se quiere hacer notar.






Deja caer algo adelante, un lápiz labial para que la mire. Nada. Hace una mueca, arranca la marcha desanimada. A los tres metros escucha “Nora”…se frena y gira. Los dos se ríen, se acercan y hablan porque se han visto desde hace un tiempo y saben sus nombres, pero a la vez no se conocen.






Volvió a su sector feliz. Encontró la razón para que todo lo demás salga bien. Hoy pudiste, Nora.

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El último día de Ordoñez (parte cinco)

1 comentarios jueves, 23 de septiembre de 2010

Nada mejor que buen café a la mañana para Ordoñez. Elegía hacerlo él para no tomar el de la máquina, y se iba a un pequeño cuarto que tenía una hornalla en donde calentaba el agua. Todas las mañanas batía con la cucharita el café en polvo y ese ruido particular también le servía para despertarse del todo, aunque ya estuviera vestido y lejos de su cama. En tiempo de descuento por su jubilación a fin de año estaba dispuesto hasta de disfrutar tan mecánica acción diaria.


Era temprano y había quedado en reunirse con dos personas. Marcela, la chica que le había mandado el mail con los detalles de las acciones de Gutiérrez (las que todos sabían que estaban mal pero nadie hacía nada) y con Franco, el empleado nuevo de otro sector y que fue sin quererlo testigo de ciertas maniobras para cobrar trámites que no se deberían.


La oficina vacía a media hora del comienzo de la actividad era bastante deprimente. Sólo se oía el ruido de la cuchara revolviendo el café en la taza y en eso Marcela aparece y lo saluda. De nuevo Ordoñez siente que es con ese afecto propio del que lo hace con quien se va, que es tan incómodo como respetuoso a la vez. Se quedan ambos hablando de cosas de momento y la pava avisó que el agua estaba en punto así que entró al pequeño cuarto y terminó de armar su café. Llega Franco también y los tres están en ese lugar, aunque ellos dos viendo cómo termina la obra del café hecho líquido. Se sientan alrededor de una mesa de la oficina que es rectangular y color crema como casi todas y Ordoñez pone una hoja en blanco para apoyar el café. Les dice “hola de nuevo” y los tres sonríen sabiendo que algo a escondidas van a hacer y suena a maldad como cuando uno es chico y disfruta de algo planeado.


Franco es el menos enterado y en cinco minutos Marcela le cuenta el contenido del mail que le había escrito a Ordoñez y entonces todos quedan con la misma información. “Yo no puedo hacer nada solo, esto lo tienen que saber. Presentarme con una denuncia ante las autoridades implica que necesite testigos y pruebas, si no es posible que la ligue yo, y acá saben que eso es una mancha que no sale ¡y hay varios manchados ya!”, aclaró Ordoñez.


Se refería a quienes tuvieron también indignación en su momento ante los hechos que para todos eran claros, los cobros por trámites, pero al no ser probados la carga se invierte y pasan a ser señalados y hasta mal vistos. En un ámbito pequeño como una oficina, ser mal visto es poco menos que la muerte. Por eso Ordoñez realmente pedía la ayuda de ellos dos, para lo que había que ponerle el cuerpo a la situación, además de apoyar la sospecha. Los otros dos dijeron que sí y que no tuviera dudas de eso. Marcela por cansancio de tanto tiempo de injusticia vista sin poder reaccionar y hacer algo, y Franco porque ya estaba jugado: él había conocido a quien pagaba por un trámite como si fuera parte de la normalidad.


No había plan creado, faltaban pocos minutos para que el resto de la gente llegara y las palabras sobraban, así que la idea era actuar. Marcela tenía contacto con la encargada de hacer reunir a proveedores de la empresa, y con ese listado podría saber en los momentos que vendrían quienes eran parte de la maniobra ya habitual y quienes no. Las versiones hablaban claramente de una persona y a esa fue a donde se apuntó como para dejarlo al descubierto. Franco relató la sensación de miedo que genera tanto Gutiérrez como el proveedor y que acusarlos directamente implicaba que cuando supieran de donde venía la denuncia temiera represalias.


Se llegó a una conclusión: lo que se debía denunciar era además del nombre y apellido de los involucrados, la maniobra en sí. Con una sola prueba que generara sospechas, todas las anteriores serían revisadas. Pensarlo así era una apuesta pero Ordoñez no tenía más que tiempo de descuento en la oficina y encontró gente con ganas de ayudarlo, ellos perdían más que él si no salía bien.


Marcela pidió a su amiga el listado de proveedores. Encontró a quien era el más sospechado, aquel que franquito vio alguna vez, y esperó el día en que apareciera.


Se le había ocurrido algo que comentó luego por mail a sus dos “cómplices” en esto, y le dijeron que era una buena idea. Como le resultaría imposible estar presente en la reunión entre Gutiérrez y el proveedor y grabarlo sería peligroso, resolvió que podía ser ella misma una especie de anzuelo. La maniobra era sencilla: cuando el hombre estuviera relativamente cerca de la oficina ella lo “atajaría” para explicarle que Gutiérrez no lo podría atender, y que lo que debía dejarle a él se lo diera a ella, porque ya estaba “informada”.


Llegado el día Marcela estaba muy nerviosa porque ella sí tendría un grabador para que todo quedara registrado. Se le ocurrió que el del celular, que nunca usaba, podría ser porque llevándolo en la mano no generaría sospechas. La clave era hacerle decir sin que resultara forzado que el dinero entregado a ella era para Gutiérrez, y formaba parte de lo “mensual” que el hombre llevaba. Cuando apareció ya era mediodía, y Marcela tenía hambre y cierto miedo, las dos cosas juntas.


Lo vio acercarse a la puerta de la oficina y ella acomodó su pollera hacia abajo y se arregló el cuello de la camisa celeste. Respiró hondo, igual a cuando alguien se mete en una pileta de agua fría, evitando la sensación. Miró los pasos de él y esperó hasta un punto medio del pasillo, en donde salió a su encuentro. La grabadora ya estaba prendida y la luz del celular apagada para que no lo notara. Debía ser rápido y a la vez claro el diálogo, Gutiérrez mismo podía salir de la oficina y era el fin del plan.


Apenas la miró el hombre quiso seguir pero ella lo detuvo, gentil. “El señor Gutiérrez no puede ahora atenderlo…¿quiere dejarle algo dicho?”.

Miró Marcela hacia el maletín del hombre como invitándolo a dejar “eso” de siempre, pero ese gesto no sale en una grabación de audio, no alcanzaba. El hombre la miró a los ojos buscando reconocerla y Marcela tembló, creyó ser descubierta.


El hombre se disponía a hablar. ¡Ya sabremos de qué!.
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El último día de Ordoñez (parte 4)

1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010

Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.


Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.


Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.


Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.


Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.


Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.


Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.


Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.

Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.

Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.

“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.

Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.

Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
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El último día de Ordoñez (tercera parte)

1 comentarios martes, 11 de mayo de 2010

Levantó un papel de la calle que estaba justo en la entrada de su trabajo, parecía un envoltorio de caramelo. Lo estrujó y lo llevó hasta el cesto, en una acción casi mecánica que le permitió ver el hall de la empresa como quien va por primera vez a un museo, lo estudió bastante y lo sintió igual que siempre: frio. Por alguna razón empezaba a ver todo ya sin ánimo de decir lo que no le venía en ganas. Estaba insoportablemente honesto.


Había llegado a una conclusión luego de hablar con su esposa en el fin de semana. El tema de su despedida, aun faltando tantos meses hasta fin de año, lo convirtió frente a otros en una especie de referente, y él se sentía más querido y respetado. Claro, se estaba por ir. Pero además veía una cuestión de liberación. En sus actividades diarias, que hacía mejor, y también con sus empleados ese clima de distención era evidente y rendidor. Su casilla de correo siguió llenándose de solidaridad pero a la vez empezaban las anécdotas relatadas que lo hacían reír mucho en donde estaba involucrado en cuestiones propias de un grupo de trabajo.


Pero como ya estaba notando le comenzaron a llegar además otras historias que le sonaban a desahogo por verlo quizás como un hombre dentro y afuera a la vez de tanta presión. Intentaba leer un poco por arriba, entre todas las cosas que hacía. Dejaba la casilla de mail con el correo en algún renglón como para no olvidarse, y de tanto en tanto se fijaba. Seleccionaba de a uno y anotaba en un papel una idea que le quedara de lo que leyó para así luego retomar sin perderse.


Lo que leía le fue interesando cada vez más y cuando el día laboral había concluido se tomaba unos minutos para poder comprender los textos. Le llamó la atención uno y decidió llevarse “el problema” a casa. Lo imprimió porque era un tanto largo, era de una mujer que ubicaba mentalmente pero no sabía a pesar de conocerla de vista, su nombre. Se llamaba Marcela. Luego de saludos de rigor y de lamentar su partida a pesar de no tratarlo demasiado, pasó a contarle lo suyo.


“No te voy a contar mi vida porque temo que te desmayes de aburrimiento y tampoco sé por qué hago esto. Conocerás a Gutiérrez mi jefe. Nunca tuve una buena relación con él y me sentía muy mal por eso hasta que comprendí que el trato que recibía era igual para todos, en eso sí era democrático. Y digo `era´ porque ya no quiero que ocurra (sentirlo siquiera cerca) aunque no sé si es que yo me iré o me sentaré a esperar que alguna luz cósmica haga justicia. Lo soporté porque le llevaba las cosas hechas antes de escuchar sus gritos, si no lo sabés te digo que cerrada la puerta de su oficina suele hacerlo y mucho. Silvina, mi amiga además de compañera, no lo soportó más y la tuvo dos meses haciéndole trabajar el doble y le atrasó todo lo que pudo la firma que la dejaba irse a otro sector. Pero no quiero ahora caer con mis lamentos sin embargo, me permito tutearte, creo que me entenderás lo que puedo sentir y lo que me sale o no decir”.


“Lo conocerás de vista a Franco, el chico nuevo en el sector, ´Franquito´. Te cuento una que es genial. Todos sabemos, vos lo sabés y no te voy a comprometer a que me lo digas, que para acelerar los trámites y ponerlos en prioridad, no se hace por amor al sueldo mensual por decirlo así, me entendés. Nadie puede probarlo y a la vez todos lo sabemos. Pero claro, Franquito o no lo preguntó, o nadie de nosotros lo avivó, si es que es eso lo que hay que hacer”.


“Nos contó el chico que llegado el representante de una empresa proveedora, pidió hablar con Gutiérrez, que aun no estaba en la oficina. Esto ocurrió antes de ayer. Y justo pasaba Franco y el hombre le pregunta por su jefe y le dice que no estaba. Y el hombre se le acerca al oído casi y le insinúa sin rodeos que sabía que hablando con Gutiérrez ´su tema´ se haría más rápidamente. Y Franco, pobrecito, se indignó y le dijo que en ese sector no se cobraban por gestiones que no sean las comerciales entre la empresa y el proveedor…el hombre lo tomó de los hombros y le dijo susurrando que ´no disimule´ tanto y Franco aún más fuerte hacía sonar su voz. Llegó Gutiérrez y el hombre entró a la oficina. Esa parte la vi, porque Franco pasó blanco como un papel luego de la charla que tuvo allí adentro. ¿Qué harías vos en mi lugar?. ¿Denunciarlo?. ¿Con qué pruebas demuestro esto que ya de tan normal se ha vuelto hasta burocrático?. ¿Qué futuro tengo, si es que alguien me lo asegura luego de ocurrírseme denunciar esto, por ejemplo?”.


“Sabés de aquella vez que vino la inspección y salían las cajas con papeles en aquel taxi que cargó 100 toneladas de papeles, lo saben el de seguridad, lo sabe la señora de la limpieza, el ascensorista, el de mantenimiento…todos vieron pasar esos papeles que por algo se escondían. ¿Dónde me pongo yo frente a esto, por favor?. Nadie quiere ser el tonto que se queda sin trabajo pero es digno, porque todos y obvio me incluyo, queremos comer con el sueldo que tenemos. A la vez siento que todo funciona en alguna medida a raíz de nuestro silencio, y que varios cuentan con eso. Nadie va en cana por corrupto, pero sí es posible que vaya quien denuncia sin pruebas aun teniendo la verdad. Ya sé que no me vas a solucionar el tema ni lo pretendo, porque vos lo conocés mucho más a Gutiérrez que yo y sólo te digo lo que pasa, no tenés por qué hacer vos el papel de justiciero, siento que nadie lo haría”.


El texto concluía de nuevo con agradecimientos para él por leerla. Dobló Ordoñez la hoja impresa y la dejó en la mesita de luz. Se puso de costado sin cerrar los ojos, no pensaba dormir luego de esa lectura. En su interior se sentía en falta porque como ahí en el escrito decía, él también conocía a Gutiérrez y sus prácticas…y nada había hecho durante años.


Cómo hacer para reparar de alguna forma lo que una compañera de trabajo, conocida de lejos, lo obligaba a hacer, a moverse para lograr algo. Para que nada menos que su conciencia lo deje esa noche dormir. Mañana intentará algo para solucionarlo.
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El último día de Ordoñez (segunda parte)

1 comentarios miércoles, 21 de abril de 2010

Su oficina tenía las mismas paredes de durlock que el resto del cuarto, y el cieloraso le daba al lugar la impresión de cajita en donde todos estaban perfectamente ubicados en sus lugares. Se preguntaba Ordoñez qué lo diferenciaba a él respecto de sus empleados y quizás la respuesta fuera sólo esas paredes divisorias y poco más.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.


Buscó su celular en el bolsillo y no lo tenía. Se sentó rascándose la cabeza y queriendo hacer foco mental en esa pérdida y no en saberse perdido él. Respiró profundo y recordó que lo tenía en la mano cuando lo invitaron a sentarse en la oficina del Gerente.


Salió en la búsqueda y pasó por el angosto pasillo de alfombra color crema con mesas y cubículos a su alrededor. Sintió que todos lo miraban tras su paso pero seguramente era lo que creía que pasaba, ya que nadie aun sabía nada de su suerte.
Llegó a la Gerencia y estaba en un borde de la mesa. Dijo “permiso” y lo levantó. El Gerente, de reojo, se dignó a mirarlo pero no a los ojos sino a sus manos, que ya tenían el bendito celular. Buscó el número de su mujer y se quedó con el celular abierto hasta que volvió a su oficina.

Se sentó y marcó el número mientras buscaba cómo empezar a decir todo ya que sabía que a nivel familiar la cosa se iba a complicar. Para su sorpresa inicial la mujer lo contuvo y le dio ánimo, casi que le dijo que lo que sucede conviene, y que por algo esto ahora pasaba, que quizás fuera una señal de cambio, de fin de un ciclo. Descubrió que su esposa parecía tomárselo mejor que el, más allá del problema que traería. Cerró el celular y se apoyó en el respaldo de la silla, satisfecho de escuchar a quien debía y como seguramente quería oírla. Llegaba el turno de informar a sus empleados.


Giró la silla para usar la computadora, abrió el Outlook y pensó en un mail colectivo que informara todo y si le venía en ganas, con detalles de la charla con el Gerente. En “asunto” puso “DECISIÓN” con mayúsculas. Escribió un par de renglones, pero descubrió que lo estaba haciendo para leerse a si mismo y no para que otros lo puedan entender, y borró todo. Apoyó sus dos manos en la mesa y se levantó de un impulso.


Se puso en un extremo del pasillo angosto y tocó con el puño una de las paredes de durlock, como para que le presten atención. Al instante un montón de cabezas se asomaron tras los cubículos y la imagen que veía Ordoñez era la de ojos asombrados de parte de todos. Carraspeó un poco. Movió las piernas como quien empieza una maratón larga, y dijo lo suyo.


“Para no andar con vueltas y antes de que puedan saberlo por otro lado, estuve hace un rato en la Gerencia y me informaron que me adelantan la jubilación para fin de año…están haciendo una reducción de personal con más años y me ha tocado a mi. Les quiero decir que no tengo ni tendré quejas para con ustedes y que todo seguirá de mi parte con total normalidad hasta el último día acá. Incluso tu café siempre frio, Ibañez”…


La risa general, y la cara colorada de Ibañez en particular, descomprimieron un tanto la situación y le sacó el peso de tener que decir lo que debía. Volvió a su lugar y de lejos el inevitable murmullo se oía a sus espaldas. Decidió meterse en sus papeles y en las firmas de documentos que esperaban en su mesa y así pasó la tarde hasta que se fue a su casa.


Al otro día llegó a su cubículo y saludó a los tres empleados madrugadores de siempre. Prendió su computadora y su casilla estaba casi completa con mensajes en cadena en donde se hablaba sobre su despido-retiro y las muestras de afecto de algunos que él conocía, pero de otros que no eran empleados de su sector pero que se habían enterado de la noticia. Se sintió bien y mal a la vez, porque ser algo famoso por esa circunstancia no lo podía ver con felicidad, aunque valoró que de él se tenga una buena referencia, al menos para los que componían esa larga cadena de mails.


Decidió agradecer el gesto y respondió que él no era merecedor de eso, aunque su corazón lo agradecía y lo hacía poner contento. Dijo al pasar que se volvería más atento a oír a todos en sus cuestiones porque sentía que aun cerca de su retiro debía hacerse cargo de la estabilidad de ellos. Cerró el correo y se puso a trabajar.


Cerca de las cuatro de la tarde volvió a revisar su casilla y para su sorpresa, había varios correos electrónicos de empleados que él no conocía y que contaban, en algunos casos a él solo, y en otros a todos los demás en cadena, casos puntuales de pedidos de solución a conflictos. La mayoría escritos con cierta angustia en la que lógicamente se sintió identificado, le había pasado a él 24 horas antes.


Se acomodó mejor frente a la máquina dispuesto a leer. No era edad para ser un empleado justiciero, pero comprendió que estaba ahí, esperándolo, la oportunidad de hacer algo por los que lo necesitaban y se lo hacían saber.
Empezaba el tiempo de leerlos y oírlos.
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Lo que hay detrás de la puerta: ¡alguien lo hace mejor que yo!

1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009

En un mundo laboral bastante inestable y en donde no hay momentos de calma en cuanto a seguridad del puesto de trabajo, saber que una tarea es responsabilidad de nosotros y no de terceros otorga tranquilidad. Porque creemos que eso es el salvoconducto hacia cierta permanencia, que nos valoraràn a partir de esa acciòn especìfica y hasta en una de esas nos felicitan. ¡Hace cuanto que no me felicitan por hacer bien las cosas!.

Pero hemos hablado en algún momento de la diferencia según los ámbitos que un trabajo puede tener. Si las acciones estàn delimitadas, son inamovibles, o hay muchos que realizan tareas similares.
Esto es, trabajar o no junto a muchos compañeros en una oficina, por ejemplo. En donde realizan labores iguales màs de una persona.

Cuando la sensación al trabajar es de comodidad, funcionan ciertos mecanismos en nosotros. Por empezar seguramente iremos de mejor ànimo, sabiendo que en un punto todo se deja llevar, fluir, y que uno acompaña lo que hace, no lo enfrenta, no lo sufre, no lo lleva como carga. Veremos todo mejor y el otro notarà que nos sucede eso.

Si la competencia està al lado de nuestro asiento la cosa cambia. Porque se termina intentando trabajar màs y mejor que el de al lado y no por hacer bien lo nuestro. Es inevitable entonces cierta competencia y tambièn el apuro. La velocidad, creemos, es necesaria y a veces se premia calidad de lo hecho y no rapidez en si, hay que saberlo.

Ante iguales posibilidades puede ocurrir de encontrarnos a alguien que puede hacer nuestra tarea mejor que nosotros. Porque no somos màquinas, porque tenemos virtudes y defectos que se dan a conocer en nuestro andar. Lejos està de ser debilidad, sobretodo si aprendemos a mirar què es aquello que nos falta. Para un principiante (y para muchos con años de oficina y lugares varios, recorridos) lo primero que surgirà es la envidia. Tampoco eso nos aconseja. ¿Què hace alguien que es mejor que yo? ¿Què tiene de bueno? ¿Lo puedo aplicar yo a mis cuestiones?.

A veces no hace falta consultar a la persona directamente, uno aprende a mirar a partir de lo que le ocurre (¡de malo!), en general. En estas palabras no hay resignación. Sòlo se trata de aprender de nuestros límites. Pero aprender. Quizàs luego, sabido lo que lo hace mejor al otro, lo hago mejor yo que los demàs.
Porque a su vez tendrà mis propios valores.

Al final, luego de un tiempo, yo soy, finalmente, quien puede hacerlo mejor que antes.
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Lo que hay detrás de la puerta: el enchufe, el cable y la patada

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Nada más concreto que aquello que hacemos a diario y nos enorgullece realizar, el sueño cumplido de ser y pertenecer. Desde levantarse y partir rumbo al trabajo hasta volver y descansar luego del esfuerzo. En algún punto nos sentimos seguros luego de hacer rutinariamente ciertos deberes.
Otras veces es un pesar que no termina nunca. Como fuera, la situación se vive según la sienta cada uno, aunque con un solo peligro. Que un día alguien decida que esa rutina en este caso laboral deje de ser tal.

Amparado en las leyes, el jefe bien puede avisarnos unos días antes la infausta noticia, con lo cual pasó de “otorgador de oportunidades” a “despreciable” a partir de su decisión para con nosotros. Durante ese lapso, entre la noticia y la efectividad de la orden, hay un vacío ya no legal, sino de sentido común. El castillo de naipes se derrumba y se vuelve al hogar pensando en cómo conseguir urgentemente algo que permita no hacer naufragar esa rutina que ya era parte nuestra.

Muchos buscan trabajo en la oficina desde donde aun son empleados a través de la red…la cabeza le dedica horas al nerviosismo de no saber qué hacer, de no creer más en nadie, de ver que el piso no era tan firme…pero uno al fin de cuentas es mucho más que el trabajo que hace. No se recibe ayuda del prójimo en general, sobretodo en oficinas de personal considerable.
La crisis (cual fuera, es permanente en la excusa) hace un tembladeral de aquel lugar genial hasta hace unos días…y entre la realidad y lo que uno cree percibir, se siente observado por los compañeros que no quieren igual suerte.

Como cuando se enchufa un equipo musical con un alargue para llevarlo lejos… si queremos desenchufarlo iremos hasta el enchufe y notarán que entre que se desenchufa y el corte de energía, el equipo anduvo uno o dos segundos más.. que es lo que tarda la electricidad en terminar de pasar por el cable.
Dentro de esta idea no están los que trabajan…o en realidad están en el extremo en el que aceptan la decisión de otros y se ven condicionados por factores externos, en un rol que viene estructurado y del que no es conveniente opinar en contra.
El “sistema” te acepta o te deja y uno es feliz en tanto trabaje…el “revolucionario” que quisiera otras reglas más equitativas, sobretodo si es joven, es generador de controversia y por lo tanto, fácil de echar.


Nos desenchufan si nos dejan sin trabajo…tarda la orden unos días en hacerse efectiva y luego…fin de la música. Lo que si es semejante en la comparación es la patada…en ambos casos trae consecuencias y nos dolerá.
Por eso, confiar en las iniciativas propias y ser capaces de superarnos desde lo nuestro podría ayudar a la causa. Y un buen par de zapatos con suela de goma…para estar a salvo de las “patadas”. Precavido vale por dos.
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