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"Mente, tenés visitas" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Está llegando la visita. Como en esas casas de familia numerosa que prepara la mesa para el invitado a la cena, también tengo la expectativa genuina de mi espera. Es que no estoy acostumbrado y eso quizás se note en cualquier gesto, seguramente con tono exagerado, que pueda hacer. Sin embargo había estado practicando, no vayan a creer. En mi mente y en el acto: me puse a armar y pensar en el detalle para que el clima esté delicado, querible. Si es posible, deseado. Y ahora estoy mirando la hora del reloj que parece que no anduviera, miro seis veces y siempre marca menos cuarto. Me asomo por la ventana buscando aire, disimulando que en realidad la espero y no parezca acelerado. Estoy incómodo de estar incómodo. Se acerca la hora, me hago el desentendido con el destino y no me fijo que es en punto. Me llaman. Girando me doy vuelta, abro la puerta para que entre la brisa de noche fresca. Me tiembla el alma y me quitó el habla. Empieza el diálogo de miradas eternas que hablan en voz alta con mucha frecuencia. La invito a pasar, cruza el umbral, no es invitada: ella ya es presencia. Y cierro la puerta, abriendo mi mente. Dejando a la noche descubierta.
."Nuestro mejor azul".
1 comentarios sábado, 9 de junio de 2012Apenas caminé en ellas me di cuenta. En los árboles de calles enteras, en el viejo buzón de cartas nuevas, en aquel auto que pasa y no espera. En el frente de la escuela, con alumnos de igual manera, en el colectivo de línea, en toda la gente completa. En la plaza de mi barrio, en el almacén de doña Elena. En el bar de allá enfrente, en el maxikiosco de César. Seguí el milagro pidiendo y superar por vos la prueba, me creo en la obligación, me creo que pueda ser nuestra, toda aquella intención de teñir distancia a cuestas. Anoche lo juramos y hoy se hizo corazón. Adonde vaya y yo miro es nuestro el azul pasión: de eso el mundo se tiñó.
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"Mortales" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 11 de enero de 2012Dos hadas en el cielo se divertían mirando mortales para salvarlos. Desde arriba los veían caminar y elegían, pero no al azar. “El destino no es para cualquiera, es para quien está dispuesto a asumirlo”, decía siempre una de ellas. La otra en silencio estaba concentrada en elegir a alguien. Ve a un hombre caminando por Florida con cara de preocupado. El traje le pesa y cuelga en estos días de verano, parece apurado pero no muy feliz de ir adonde va. Las hadas debaten si puede ser un candidato. Estudian sus pensamientos, sus deseos, los sueños. Pueden saber qué miedo lo aflige con sólo verlo caminar. En voz alta opinan las dos y en silencio lo siguen con la mirada un par de cuadras. Se ponen de acuerdo en que ya tienen al hombre. Las hadas buscan ahora una mujer siempre parecida a ellas, pero no las encuentran, no las hay. Cruzando Viamonte ven a alguien casi corriendo. El pelo atado y una camisa blanca, deducen que puede ser una oficinista llegando tarde. Miran su alma, algo asi como el curriculum vitae tallado en uno. Y creen que tiene las condiciones también, que busca aquello que no ha conseguido por mala suerte, que desea en silencio algo de alguien. Las hadas ya decidieron por ella. Ahora hay que unirlos de algún modo, la parte más difícil. Una excusa, una razón, una situación que los junte. Un hada propone que sea en una plaza o en un bar. La otra piensa en la entrada de algún museo o en la fila del colectivo. Mientras hablan, el hombre está llegando a su destino. Entra a la oficina y se sienta a esperar su turno, justo en punto. Una sola empleada está atendiendo al público. En eso entra corriendo una mujer, de pelo atado y camisa blanca. Se sienta y llama al 33. El hombre va con su número y la mira. Le dice que siente conocerla de algún lado, ella no lo recuerda, pero también siente lo mismo aunque no se lo diga. Que se buscaron sin conocerse. Por alguna razón se rieron y ambos escucharon, desde algún lado, otras dos risas.
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"Figuras" -Prosa-
1 comentarios jueves, 1 de diciembre de 2011Ruido de pasos, gente de espalda y yo
al lado del orden que su mano
impone a la mia.
Me dejo llevar, yo llevo también
el corazón de alguno de los dos
sintiéndolo en su mano guía.
La espera tiene alegría cuando no hay
más que satisfacción por estar presente.
En alma.
Un recuerdo es un atentado al olvido,
la mano que me lleva lo sabe y me suelta.
Quedo a merced de un mundo,
me divide un metal, mis dedos,
mis ojos abiertos creyendo
lo que nunca habían visto.
Tengo ahora algo que es mio, el egoísmo
me da sus dos manos y lo protege.
A eso, que se pierde haciendo
del final un nacimiento.
De ruido, de melodías, de manos
contra el metal queriendo y no pudiendo
ser eso que siento.
Y que sin saberlo estaba presente.
En alma.
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al lado del orden que su mano
impone a la mia.
Me dejo llevar, yo llevo también
el corazón de alguno de los dos
sintiéndolo en su mano guía.
La espera tiene alegría cuando no hay
más que satisfacción por estar presente.
En alma.
Un recuerdo es un atentado al olvido,
la mano que me lleva lo sabe y me suelta.
Quedo a merced de un mundo,
me divide un metal, mis dedos,
mis ojos abiertos creyendo
lo que nunca habían visto.
Tengo ahora algo que es mio, el egoísmo
me da sus dos manos y lo protege.
A eso, que se pierde haciendo
del final un nacimiento.
De ruido, de melodías, de manos
contra el metal queriendo y no pudiendo
ser eso que siento.
Y que sin saberlo estaba presente.
En alma.
"El silencio heredado" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011Agosto de 1982. Germán tenía ocho años y dormía como podía, espantando mosquitos que parecían picarlo a él y a nadie más. La casa de su abuela y las dos tías en San Isidro era muy extraña, ciertas cosas le ocurrían y decirlas en voz alta sonaban siempre a alguna mentira infantil. Una sola vez dijo que había mosquitos cuando dormía y su abuela lo calmó: “No mientas, Germán. Hay una tela mosquitero”. Y era cierto, ¡pero los mosquitos estaban del lado de adentro!. Sin mucho derecho a queja dormía sabiendo que era por unos días nomás, hasta que volviera a su casa.
A las seis y veinte de la mañana su otra tía lo despertaba y le preparaba el desayuno. Comenzaba su rutina. A Germán lo llevaban al colegio en auto cuando se quedaba en lo de su abuela. Una de sus tias guardaba el Citroen “ranita” color rojo en una especie de galpón junto a coches de vecinos. Todos los días caminaban hasta ahí, Germán abría el portón oxidado y esperaba que su tía sacara el auto para luego cerrarlo. Escuchaba el silencio del barrio, los grillos que en el amanecer sonaban fuerte y un poco de miedo le daban. Luego el espectáculo de viajar, a él le encantaba viajar en auto porque lo hacía pocas veces.
El Citroen tenía la palanca al lado del tablero, hacía un ruido muy particular, siempre daba la impresión de motor ahogado. Mientras iba por Panamericana rumbo a capital él prendía la radio y apretaba la botonera buscando frecuencias hasta que su tía se enojaba y le pegaba con autoridad en la mano. Entonces Germán miraba el piso. Y en el piso, el asfalto de la Panamericana. El proceso de cataforesis no había llegado al Citroen y solía verse el suelo en pequeños círculos oxidados. O en realidad no verse, para ser precisos. La tía ponía Radio Continental, Germán escuchaba las voces y se dormía un poco.
Cuando estaba por llegar al colegio se daba cuenta por el ruido de bocinas del centro. No había diálogo en todo el trayecto. La miraba a su tía que movía los labios como hablando con ella misma, con el ceño fruncido. No preocupada sino ocupada, su mente. Era un gesto que a veces él también hacía. Le gustaba a Germán mirar a la gente, su tia le parecía tan amable desde lo que hacía por él, más allá de si lo transmitía, se sentía protegido de algún modo. En la puerta del colegio Germán puso su brazo arriba del de su tia, quiso jugar. Ella le hizo cosquillas detrás de las orejas y ambos se rieron.
Para él llegaba un gran momento. Bajarse de un auto en la puerta del colegio sentía que era algo parecido a la llegada de Colón a América: todo un acontecimiento que no fuera ni en tren ni en colectivo, lo habitual. Cerraba la puerta con parsimonia para oírla. Germán estaba medio dormido. El cuello de la camisa celeste tenía una ballenita quebrada y se subía, sin solución. Se dio vuelta para saludar a su tia pero ella se estaba yendo, le hizo señas y volvió a parar el auto. Por la ventanilla abierta le dio un beso y el gesto de los dos brazos por sobre los de ella. “¿Por qué tenés ronchas?”. Y Germán le dijo que no lo sabía. “Vos tenés que hablar con los mosquitos a la noche así no te pican, como hago yo. Después te enseño”.
Le guiñó un ojo y él se sintió aliviado de saber que alguien más veía los mosquitos en la casa de su abuela. Por la tarde volviendo en el auto escuchó el plan. Su abuela se iría a comprar y con la casa sola ellos tirarían insecticida sin que se dé cuenta. Esa noche no zumbaron mosquitos y la abuela seguía creyendo que jamás los hubo.
Germán se sintió parte de algo, de una complicidad. Estaba feliz. Con qué poco uno es feliz de verdad, pensaba él al otro día viajando en el Citroen y mirando de nuevo a su tía, hablando en silencio con ella misma. Como él también hacía. Otra complicidad.
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A las seis y veinte de la mañana su otra tía lo despertaba y le preparaba el desayuno. Comenzaba su rutina. A Germán lo llevaban al colegio en auto cuando se quedaba en lo de su abuela. Una de sus tias guardaba el Citroen “ranita” color rojo en una especie de galpón junto a coches de vecinos. Todos los días caminaban hasta ahí, Germán abría el portón oxidado y esperaba que su tía sacara el auto para luego cerrarlo. Escuchaba el silencio del barrio, los grillos que en el amanecer sonaban fuerte y un poco de miedo le daban. Luego el espectáculo de viajar, a él le encantaba viajar en auto porque lo hacía pocas veces.
El Citroen tenía la palanca al lado del tablero, hacía un ruido muy particular, siempre daba la impresión de motor ahogado. Mientras iba por Panamericana rumbo a capital él prendía la radio y apretaba la botonera buscando frecuencias hasta que su tía se enojaba y le pegaba con autoridad en la mano. Entonces Germán miraba el piso. Y en el piso, el asfalto de la Panamericana. El proceso de cataforesis no había llegado al Citroen y solía verse el suelo en pequeños círculos oxidados. O en realidad no verse, para ser precisos. La tía ponía Radio Continental, Germán escuchaba las voces y se dormía un poco.
Cuando estaba por llegar al colegio se daba cuenta por el ruido de bocinas del centro. No había diálogo en todo el trayecto. La miraba a su tía que movía los labios como hablando con ella misma, con el ceño fruncido. No preocupada sino ocupada, su mente. Era un gesto que a veces él también hacía. Le gustaba a Germán mirar a la gente, su tia le parecía tan amable desde lo que hacía por él, más allá de si lo transmitía, se sentía protegido de algún modo. En la puerta del colegio Germán puso su brazo arriba del de su tia, quiso jugar. Ella le hizo cosquillas detrás de las orejas y ambos se rieron.
Para él llegaba un gran momento. Bajarse de un auto en la puerta del colegio sentía que era algo parecido a la llegada de Colón a América: todo un acontecimiento que no fuera ni en tren ni en colectivo, lo habitual. Cerraba la puerta con parsimonia para oírla. Germán estaba medio dormido. El cuello de la camisa celeste tenía una ballenita quebrada y se subía, sin solución. Se dio vuelta para saludar a su tia pero ella se estaba yendo, le hizo señas y volvió a parar el auto. Por la ventanilla abierta le dio un beso y el gesto de los dos brazos por sobre los de ella. “¿Por qué tenés ronchas?”. Y Germán le dijo que no lo sabía. “Vos tenés que hablar con los mosquitos a la noche así no te pican, como hago yo. Después te enseño”.
Le guiñó un ojo y él se sintió aliviado de saber que alguien más veía los mosquitos en la casa de su abuela. Por la tarde volviendo en el auto escuchó el plan. Su abuela se iría a comprar y con la casa sola ellos tirarían insecticida sin que se dé cuenta. Esa noche no zumbaron mosquitos y la abuela seguía creyendo que jamás los hubo.
Germán se sintió parte de algo, de una complicidad. Estaba feliz. Con qué poco uno es feliz de verdad, pensaba él al otro día viajando en el Citroen y mirando de nuevo a su tía, hablando en silencio con ella misma. Como él también hacía. Otra complicidad.
"Me comprometo" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 22 de septiembre de 2011
Situación uno: Raúl ya sabe que llegará tarde al médico. El auto está en medio de la avenida a unas seis cuadras del consultorio. Era la primera visita al psicólogo, no tenía ganas de ir, y ya tendrían un tema del que hablar: su falta de compromiso ante las cosas. Pensó en una excusa como siempre daba pero también era verdad que salió con el tiempo justo y eso le remordía la conciencia. Tocó bocina de bronca. Empezó a moverse la marea de autos, el semáforo estaba por cortar, se pegó detrás de un colectivo para pasar antes de la luz roja. Un hombre cruzaba de izquierda a derecha Corrientes y con el auto de frente se queda paralizado. Raúl reacciona tarde, cae el hombre y pega la cabeza contra el guardabarros. Todos frenan.
Situación dos: Nicolás estrenaba departamento. Lo compartía con otra persona que estudiaba lo mismo que él. Se dio cuenta que faltaba una lámpara y fue a comprarla. Una lámpara que sirviera, no las de decorado. Cruzó Corrientes sin mirar al costado porque vio de frente el semáforo de peatones con luz verde para pasar. La mala suerte hizo que el auto de Raúl lo atropellara. No reaccionaba en el piso, llaman a una ambulancia. Suena el celular de Nicolás varias veces pero el policía que llegó no lo atiende. Raúl estaba paralizado, se sentía culpable y a la vez no quería comprometerse a atender y explicar.
Situación tres: Nora llama a su hijo por quinta vez al celular. Raúl atiende, le dice quién es y dónde está. Nora presiente algo como toda madre sin que se lo pregunten. Llega la ambulancia y Nicolás reacciona un poco, Raúl le va relatando a la mamá por teléfono todo lo que le ocurre a su hijo. Ella le grita que ya sale para el hospital y que no le corte. Que su hijo es nuevo en capital, que ella ese día a la mañana algo sintió, que le iba a avisar que no empezara hoy a atender. Pero que Nicolás le dijo que había conseguido sus tres primeros pacientes, que la gente a la tarde es puntual, que no quería fallar. Que tenía ganas de trabajar, que se repartieron con su amigo los pacientes. Raúl alejó el teléfono de su oreja, quiso pensar pero dentro de una ambulancia no se puede, estaba rumbo al hospital con Nicolás. Señora, yo soy el paciente, le dice Raúl. “¿Qué paciente?”. El que iba a atender su hijo. Nora le gritó “ahora el paciente es él”. Se sintió útil, por primera vez.
Situación cuatro: a los dos días Raúl va a verlo a Nicolás al hospital, ya estaba mejor. Le explicó lo extraño de la vida, del destino, aunque un psicólogo no creyera en eso. Se preguntaron uno al otro si estaban curados. Y ambos dijeron al mismo tiempo, con alivio, que sí.
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