Feliz día del escritor!! (quién....yo??)

1 comentarios lunes, 13 de junio de 2011


Hoy temprano me han saludado por el día del Escritor, en conmemoración al nacimiento de Leopoldo Lugones. Lo sabía, lo había escuchado, pero leí el mensaje sin razonar que era para mi. Y respondí "para mi??"...



Tuve la suerte de ser publicado en una Antología, lo que es una claraboya por donde uno se puede hacer chiquito y pasar a otros niveles, si es que se quiere eso. Yo nací para escribir. Pero el lugar donde eso se deja plasmado es a veces lo que cuenta. Y puedo eruditar cual Borges (bah, no podría pero supongámoslo) en un mensaje de texto que sólo una persona leería. No alcanza para considerarme escritor. Tengo todo por aprender y eso es virtud y defecto, al mismo tiempo. El ensayo y error permite corregir, que humano es, pero quita tiempo. Y todo se rige por el tiempo, por la elección de algo o alguien que tenga eso y no virtudes a las que haya que esperar. No tengo una base de cultura que me permita crear universos, pero si el deseo de descubrir cosas nuevas, incorporar. La base la voy hacendo mientras escribo, sobre mis propios errores y virtudes, si el otro puede verlas. Escribo para mi. Escribo pensando en otros, en un ideal de mujer a veces. Me gusta retratar el universo de las mujeres, me parece más amplio y con colores más suaves que el de los hombres. Tenemos los hombres cierta falta de matices o quizás no sea yo quien mejor los sabe retratar aunque lo intento. Escribo porque puedo hacerlo, tengo la libertad que me da este medio, es una descarga asi como hay sitios más divertidos, retratando actualidad o pura vida diaria. La escritura es costosa de realizar. La lectura en cambio es más blanda, menos apegada a los tiempos, permite retroceder páginas si algo no se entendió. El que escribe y deja su testimonio no retrocede, es eso que ya de él salió.



No sé qué soy o si soy merecedor del saludo, es posible que sí. No me lo creo, a veces conspiro contra mi propio talento buscándole perfección a lo que hago, cuando nadie la tiene. La imagen de alguien tomándose la cabeza sentado frente a una mesa con lapicera en mano me representa, pero cuando me iba mal en la escuela y no me salían las cuentas. Ahora estoy sentado frente a una compu, escribiendo en un Blog directamente y equivocándome como siempre, reflexionando y acelerando los dedos en el teclado. En un escritor su principal virtud es la lectura. Siempre quiero leer todo lo que me llega aunque no sean temas que domine. Pero el interés del renglón siguiente, ese instante de interés, de agarrar más fuertemente el papel escrito para prestar atención, el concentrarse...ese instante es único.



Ojalá pueda dejar escrito lo que quiero decir, y no decir lo que no voy a poder escribir nunca. Feliz dia.
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Salón Dorado, Legislatura Ciudad de Buenos Aires, Abril 2011..

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Un pequeño video del lindo lugar donde se celebró la ceremonia de entrega de diplomas del concurso "Yo te cuento Buenos Aires II", Edición Bicentenario, premiando el cuento "Los zapatos embarrados"...

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"El libro invendible" (Narración para concurso)

5 comentarios miércoles, 2 de febrero de 2011

“Hay algunos tan obsesionados con la prudencia, que a trueque de evitar cualquier error minúsculo, hacen de toda su vida un error”. La cita de Arturo Graf era ya conocida por Alejandra y le había ahora tocado leerla al azar, como todas las noches que abría el libro que contenía infinidad de ellas antes de irse del local, una especie de cábala. Tenía sueño y siempre le servía para ir reflexionando mientras caminaba hacia su casa.


Sus padres le confiaron el control de la librería que estaba en plena Avenida Corrientes, un lugar que fue también de ella desde chiquita, espacio de juegos y hasta de algún festejo de cumpleaños. Ya no vivía con sus padres así que el local era como su segundo hogar luego de su casa, y como ocurría regularmente llegaba a la mañana con todo el ímpetu y por la noche no sentía ni pies ni piernas. Deseaba desmayarse en la cama así vestida como estaba. Preparó su ropa para el otro día y se acostó apurada por el reloj.


El negocio funcionaba bastante bien y estaba contenta con el repunte de clientela propia, además de los extranjeros habituales. Aquellos clientes fijos de la zona o quienes venían con algún pedido específico estaban regresando luego de la crisis a comprarle, muchos ya conocían a sus padres incluso. Desde 1952 cuando inauguraron hasta hoy pasaron años y varios centenares de miles de libros, sentía una responsabilidad en llevar una marca, la del apellido de familia. El documento de identidad de muchos, pensaba convencida, lo podía hacer a partir de saber qué libros leían o qué autor preferían y si bien no era algo que llevara escrito, Alejandra recordaba con precisión a dos o tres con los gustos en algún modo de escritura, de los que agotaban géneros como agua en verano. Y ella estaba orgullosa de ser parte de ese mecanismo de búsqueda y encuentro.


Transcurrido otro día antes de irse abrió nuevamente el libro de citas y al azar iba a leer una pero se frenó. Lo tomó entre sus manos y miró el lomo, de color marrón claro y letras bordó. Decidió por primera vez llevárselo a su casa, investigar qué tanto sabía de él y por qué esa cábala de leer alguna cita antes de irse, que la siguió sin siquiera preguntar los motivos. Los primeros empleados a cargo y luego ella lo hacían después de tantos años, por algo sería.


“Diccionario de citas” de Cesáreo Goicoechea Romano, del año 1952. A través de sus padres lo que siempre supo es que ese libro estaba junto a tantos otros cuando el local se abrió, y con los años fue quedando sin llegar a venderse. Con el paso del tiempo se ubicó dentro de un rectángulo vidriado y con luces que el local tiene en un extremo, hasta hoy. Aquellos “especiales a la venta” separados por singulares: primera edición, errores de tipeo, libros dedicados de puño y letra o con acotaciones del autor.


Pero tampoco escapó a su suerte y hasta allí sabía Alejandra. Haciendo suyo el dilema a revelar, miró un rato largo el libro hasta que el sueño le ganó la batalla. Antes al azar leyó una cita “No puedo referirte la verdad del caso; cuento el cuento como me lo contaron”. Walter Scott. El libro quedó en la mesa de luz.


A la mañana siguiente Alejandra se despertó tarde y la eterna lucha contra su pelo largo despeinado podía verse a simple vista con un claro ganador. Para evitar comentarios ataba su pelo con un pañuelo azul celeste y solucionaba el problema. Llegó con lo justo en horario para abrir y las cosas apresuradas sin corazón no salen bien, solía decirle su padre. Cortinas, electricidad, encender la radio, poner en marcha una pequeña heladera, controlar el reloj de la caja registradora. Acciones mecánicas diarias que con sueño más pesadas le parecían.


La tarde iba llenando de curiosos al local, las vidrieras en ambos costados del frente y el gran “cajón de ofertas de novelas cortas” eran atracción y su íntimo orgullo, su idea. Pensando en eso estaba cuando llegó un hombre bajo, que luego de mirar una de las vidrieras se acercó hasta el fondo del local donde Alejandra lo miraba pero no le prestaba atención, pensando en los libros que había puesto en el cajón y qué otros similares tenía. La miró buscando hacerla regresar al presente y ella se sobresaltó. El hombre la saludó y le dijo que quería novelas del género negro. “Policiales a lo Sherlock pero que no sean de Sherlock”. Le mostró algunos cuentos cortos seleccionados en nueva edición, otra colección de distintos géneros que incluían el policial pero el hombre no estaba convencido.


Giró y vio el rectángulo vidriado de libros destacados. Notó la ausencia clara y le dijo “veo que te falta un libro”. Alejandra miró y recordó que estaba en la mesa de luz de su casa y maldijo en silencio moviendo algo sus dientes pero sin perder la calma.


Es verdad, buen observador, falta un libro.
-La tercera vez que vengo y ese libro no está. ¡Se ve que no quiere que lo vea!.
Le prometo mañana que estará de nuevo, tuve que llevarlo a otro lugar pero si le interesa y pasa mañana, lo va a tener.


El hombre hizo un gesto algo reverencial, sin emitir palabra alguna, y se fue. Alejandra se desató el pañuelo azul y empezó a rascar su cabeza como los chicos cuando dudan de algo. Apuró el paso a ver si podía mirar para qué lado se iba el hombre y lo alcanzó a ver desde la puerta del local doblando por Montevideo.


Inquieta, entró mirando el piso, que era su manera de pensar mejor ahí dentro, le servía para concentrarse cuando lo necesitaba. No lo ubicaba como cliente pero dijo que había estado tres veces. No recordaba que el libro de citas haya sido alguna vez pedido, al menos con ella al frente del negocio, pero el hombre le dio a entender eso, o ella creyó que le interesaba tenerlo. ¿En qué momento habrá estado otras dos veces pidiendo por el mismo libro?. Culposa hasta el extremo Alejandra pensó en que quizás hubiera perdido una venta por haberse llevado un libro a su casa, una regla básica rota de todo dueño de librería. Se sintió tan mal que comenzó a limpiar los libros de la vidriera especial y apagó las luces del rectángulo todo el día.


Cuando llegó a su casa vio el libro mitad en la mesa de luz y mitad en el aire haciendo equilibrio, ahí estuvo 24 horas. Lo miró y golpeó su tapa dura de tantos años de cuidado. Pensó en hacer un libro de esta mini novela que le estaba ocurriendo, pero lo que escapaba de su control no podía disfrutarlo asi que se acostó procurando poner el libro en su cartera y deseando que pasara el tiempo.


Abrió temprano la mañana siguiente. Buscó la funda original del libro, separada junto a otras para resguardarlas. Era de color amarillo en su parte central y en los extremos se reproducían caras de quienes eran citados en el libro. 8500 frases en 716 páginas. La limpió para que funda y libro se reencontraran luego de varios años. Lo ubicó en el rectángulo y se sentó a esperar. Odiaba esperar por las cosas y la paciencia no sentía haberla heredado, quizás la librería en sí era la manera de hacerla tener paciencia, una contención.


La mañana venía muy tranquila de ventas así que llamó a su padre por teléfono, contándole lo que le había ocurrido. Parco hasta en los silencios no le agregó muchos más datos que los que ya tenía y sentía que nada en el fondo le quería decir. Lo pensó pero no se lo dijo, e imaginaba que su padre también sentía lo mismo.


Cerca de las dos de la tarde el mismo hombre otra vez entró al local. Alejandra bajó el volumen de la radio para no dispersarse y lo dejó caminar hasta ella y no salir a su encuentro. Estaba vestido igual que el día anterior salvo por la camisa blanca que parecía nueva. Girando levemente su cabeza la saludó con la mirada pero no le dijo nada. Impulsiva Alejandra hizo el primer comentario: “Buenas tardes. ¿Venía por el libro, usted?”. El hombre volvió a hacer un gesto y ambos se dirigieron al rectángulo en donde se exhibía. Nada disimulada en la espera, Alejandra ya tenía la pequeña llave que abría el vidrio y tomó el libro para dárselo.


Cuando lo tuvo entre sus manos el hombre revisó tapa y contratapa, pasándole la mano muy lentamente como quien alisa algo que quiere resguardar. Lo abrió y hojeó mientras pulgar e índice se movían para sentir el grosor de las páginas. Todo esto a Alejandra la ponía más nerviosa y ya estaba parada apoyada sólo en una pierna moviendo uno de los pies con cierta velocidad, esperando algún comentario.


El ruido cuando se cerró el libro la terminó por empujar a decir algo. “Está muy bien mantenido a pesar de los más de 50 años…es una pieza única en ese estilo. Hay otros resúmenes de citas pero referenciando autores clásicos éste es el más completo”. Su alma de vendedora afloró y Alejandra dio rienda suelta al discurso de ocasión para la venta si bien lo que decía era verdad. El hombre miró al libro una vez más y dijo “Le agradezco pero no puedo comprarlo”.


Alejandra no ocultaba sus nervios a esta altura y no le aceptó el libro que el hombre le estaba devolviendo. Le dijo que si era un problema de precio lo podía conversar, que si demostró interés no era oportuno dejar pasar la chance, que era algo que ya no se conseguía.


Pero el hombre se mostraba imperturbable. Finalmente Alejandra le preguntó el por qué:
- Porque ese libro es mio, le respondió.


Ella lo miró frunciendo el ceño y con las manos en la cintura. Ya no le importaban las formas, quería una explicación.


- Tu padre y yo fuimos buenos amigos, soñábamos con ser marineros pero fui abogado y él comerciante. Cuando compró este local empezó a llenarlo con nuevos libros y yo mismo lo ayudé con eso. Entre tantos vi este libro de citas. Un solo ejemplar era raro que lo pusiera a la venta. Era un libro que yo alguna vez le regalé en la adolescencia ¡y él lo estaba poniendo a la venta!. No le dije nada pero poco a poco dejé de hablarle. Y como los presentes jamás deben regalarse sentí que el castigo sería jamás poder venderlo, cosa que ocurrió.


Alejandra quiso disculparse en nombre de la familia pero se preguntó si debía hacerlo, asumir como propio una falta de parte del padre. El hombre seguía hablando.


- A este libro lo conozco bien. Antes de regalarlo yo tuve otro igual y aun lo conservo. Tiene una rara habilidad, al azar siempre se eligen frases que ayudan a quien las lee. ¿Usted lo sabía?.
Ella respondió que sí, que era una tradición leer una cita todos los días y que siempre tenían que ver con el momento, que le parecía un excelente libro.


El hombre le dijo que eligiera una. Ella abrió y leyó: “Todos los libros pueden dividirse en dos clases: libros del momento, y libros de todo momento”. John Huskin.


Propuso Alejandra una solución salomónica. Ella le daba su libro expuesto en la librería, y él a cambio si quería podía dejar el suyo en exhibición. El hombre aceptó pero con un trato extra. Lo dejaría al suyo a la venta apostando a que nadie lo compraría, acuerdo que se selló con un apretón de manos. Cuando se iba él le sugirió que si le interesaba la escritura, esta historia podía ser un buen relato.


Ella tomó nota del comentario y por la noche se llevó el libro nuevamente a la casa a modo de inspiración. Trató de formar en orden los hechos, reforzar debilidades de la historia, darle un toque de ficción donde nadie lo notara. Recordó el consejo y se dejó llevar por lo que le tocara, y leyó la cita al azar:
“El escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar”. Chateaubriand.


Y la historia del libro invendible tuvo comienzo.
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"Su mejor sueño, dormir" (texto presentado en concurso)

3 comentarios miércoles, 19 de enero de 2011

Leonor se despertó en el mejor momento de su sueño, aunque nunca recordaba ninguno con exactitud. Sobresaltada por el ruido de la alarma de la casa, abrió los ojos y dio con su cabeza contra una madera rectangular que sostenía libros casi estratégicamente puesta para el golpe inevitable. A veces sentía que su propia habitación era una carrera de obstáculos por la mañana.


Se fue rumbo a la puerta tocándose el pelo largo, aplastado luego de horas contra la almohada. Lavó sus dientes e intentó peinarse, esfuerzo que dejó a los diez segundos. Bajó a desayunar con esperanza de encontrar lo que su familia le hubiera dejado, ellos siempre se levantaban más temprano lo que hacía que nunca pudiera dormir bien. La alarma seguía sonando y ya en las escaleras puso los pies en el descanso rumbo al tramo final y la luz del ventanal abierto le hacía cerrar un poco los ojos. Bajó sin hacer ruido casi instintivamente, se agachó un poco como si eso la ayudara a ver mejor pero más como una maniobra de cautela.


Desde la escalera podía ver parcialmente la cocina pero no la mesa en donde todos desayunaban. Se fue acercando a la puerta de la cocina y sintió a sus espaldas a alguien por detrás moverse y giró, viendo a un hombre que sobre ella iba con un brazo en alto. Esquivó el intento y quiso golpearlo con la mano pero no pudo cerrarla completamente y con tres dedos casi extendidos aun así fue certera. El hombre golpeó su cabeza contra el último escalón. Leonor entró a la cocina esquivando cosas sin detenerse y buscó en eternos tres segundos un cuchillo del cajón, volvió a la escalera pero el hombre seguía ahí sin moverse. Se miró la mano y el cuchillo lo sintió sucio y al verlo entró a la cocina. Sus padres y su hermano estaban casi al pie de cada silla que a la mañana ocupaban. Pasó por entre ellos rumbo a la heladera, que abrió para sacar las pastillas recomendadas por el psiquiatra para poder dormir mejor, y que olvidaba siempre tomar. Cuando la policía llegó, encontró a un colega de ellos muerto al lado de la escalera, que fue en aviso de la alarma activada. Subieron y Leonor había retomado el sueño.


La despertaron y otra vez volvió a golpearse la cabeza con la base de madera que sostenía los libros. Y otra vez, volvieron a despertarla en la mejor parte de su sueño.

Daba
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"Dejar para ser" (prosa para concurso)

5 comentarios martes, 11 de enero de 2011

“Todo un paisaje cabía en la ventana pequeña, el piso cruje de viejo con dolor estoico dando dulce apuro a mi llegada. El corazón avisa sinfonías en el desfile de palabras, temblorosas en el papel. La mano busca textura y cariño esperado en tinta, en prosa. La sorpresa en acción mecánica no es contradicción, deseo lo que leo. Pero una alegría tiene lágrimas y son las gotas que invaden el tibio camino de sol.


Entonces la mente es el papel escrito llevándose el amor de dos, una obra eterna construída a diario, ahora de nadie. El papel se deshace con todas las palabras dentro de mi y es miedo a perderme, la desilusión toma sin control mis sueños de cielo azul, se percibe sin sentirlo, se respira sin oxígeno.


Fragmentos en el cuerpo dolido de ya no ser crujen como el piso que ya no veo. Mis manos abiertas quieren el futuro del presente doloroso, quieren final.


La figura de lo que era se desvanece resquebrajada, el camino a dejar de ser tiene todo y nada de mi, de volver para buscarme. Y de volver para irme.”

Daba
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El Señor Aburrido

8 comentarios martes, 4 de enero de 2011

Esta es la historia del Señor Aburrido.

El Señor Aburrido tenía implícita su característica en el apellido, lo que lo liberaba de ciertas incómodas explicaciones y así evitar que se tomaran el trabajo de juzgarlo: sencillamente su estado era un hecho.


Nunca renegaba de su condición, sumergido en ciertas delicias que le fue encontrando al estado, a veces rayando en la comodidad de no querer cambiar. Una especie de status quo de sillones mullidos, donde la excusa estaba a sus anchas.


Frente a él vivía la Señora Fortuna. Con cierta altura moral propia de quien a pocos les toca, observaba las acciones del Aburrido no sin lamentarlo. Por un momento se ponía en lugar de él y esa desdicha hecha marca le generaba a la Señora Fortuna una extraña empatía. Curiosidad como la de quien mira a alguien a punto de caer y no resiste luego dejar de verlo, ya en el piso.


Cruzó Fortuna la calle en diagonal. Vio al Aburrido con la cabeza gacha caminando, acomodando sus anteojos de aumento y temiendo tropezarse sin mirar hacia adelante. Casi una definición de vida, pensó al ver la escena. Apuró el paso y el encuentro fue repentino aunque con un aire de inocencia, buscada por Fortuna.


Le pidió disculpas por asustarlo pero rápidamente Aburrido fue quien las pidió, ya que vivía sintiéndose en falta y con o sin razón siempre las tenía a mano. Ella le dijo que cruzar como lo hizo estaba mal y que fue un impulso al verlo. Aburrido la miró a los ojos. ¿Algún parecido a alguien conocido?. No lo encontró, jamás la había visto.


Volvió su mirada hacia la cara de ella buscando la razón del encuentro y ella le dijo que el azar es tan necesario como inexplicable. y que a algunos les toca en suerte las cosas, mientras en otros se buscan esos mismos resultados con esfuerzo. Le explicó que estaba para escucharlo pero también, para saber qué tanto podía contar con él como para que ella pudiera ayudarlo.Aburrido se sintió inmediatamente invadido por alguien a quien no conocía y ella creía que sí. Doble invasión. Le dijo que lo dejara en paz, que él no le había hecho nada, y ella dijo "justamente por eso estoy acá...nada has hecho".


Al borde de la indignación, Aburrido intentó seguir su camino, pero la Fortuna empleó su mejor táctica frente a tercos: la duda. A los cinco pasos Aburrido se detuvo y volvió a mirarla esperando más palabras. Y ella le dijo que si de allí en más lo escuchaba podría ayudarlo.


Si esa duda que lo llevó a volver sobre sus pasos a Aburrido iba a estar de ahí en más en todas sus decisiones, temía volverse loco. Fortuna le proponía una alianza conveniente. Aunque si fuera un matrimonio no quedara claro si era Fortuna de Aburrido o Aburrido de Fortuna. Aceptó escucharla.


Cuando consiguió la atención absoluta de Aburrido, Fortuna se acercó a su oído y con voz dulce le dijo “El secreto de mi es que como vine me fui. Estaré no donde pienses, sino donde lo sientas”. Aburrido la miró de cerca y ante sus ojos desapareció en medio de una especie de ruido que lo llevó a mirar hacia abajo, algo brillaba.


Aburrido acomodó sus anteojos y vio que era una moneda pequeña. Se agachó a levantarla y la notó vieja a pesar de su brillo. Extraña en la mano. La miró nuevamente y la tiró a la calle.
Fortuna no se quejó del golpe contra el asfalto. Más por él, hoy no podría hacer.
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La noticia menos censada

1 comentarios jueves, 28 de octubre de 2010

Se habían creado las condiciones para el evento que por extraño, la gente tomó como unas vacaciones en queja: no había ningún lugar abierto y era un feriado forzado por la imposición. Las rutinas cambian cuando ya no contamos con el control de ellas, y eso es como ceder parte de nuestro territorio, entonces nos resistimos. El 27 de octubre había que estar a la espera de la aparición del censista para luego acomodar el resto de la jornada, dándole el plazo de 12 horas que se estipuló. Quienes viven en casas podrían espiar si sus vecinos estaban siendo censados mientras que en los edificios de departamentos la opción de atender a la persona en el palier sonaba más sensata que la visita unidad por unidad.


Me levanté a las siete de la mañana, desayuné y preparé un café al que sumé una taza más, por si la persona con planilla en mano me caía simpática y así le podría servir también. No tenía nada para acompañar y al instante maldije al censo, ya que todo estaba cerrado. Decidí que no le daría café al censista, mitad por enojado.


Esperando al censo y sus preguntas, prendí la radio y la computadora. Cerca de las nueve de la mañana nada se dejaba escuchar entre mis vecinos y comprendí que empezarían por otras zonas. Vivo en un edificio que es el único de departamentos en toda la cuadra, pero era posible que eligieran primero destinos más sencillos, casas. Me llega un mensaje de texto que por la hora y por la forma de redacción no comprendí muy bien: “Kaput Kirchner. Rumores”. Lo bueno de tener ex compañeros que han estudiado Periodismo es el contacto, pero nunca se sabe si me hablan a mí directamente o siempre desde su profesión, aunque reconozco que no me molesta la diferencia.


Prendí la computadora que ahora mismo uso, pero nada decían los portales de internet. Prendí la radio y empecé a buscar en el dial, sin suerte. Un medio se anticipó a comentar que algo había ocurrido, sin dar precisiones y entonces seguí buscando hasta dar con una radio, con periodista en tono apesadumbrado, aunque cauto. Y ahí me quedé, uno a través de la voz percibe lo que se dice y lo que no se dice, a veces. Pregunté por mensaje de texto alguna confirmación y volvían los mensajes con rumores. Hasta que el periodista en la radio se sinceró: “lo voy a decir”…y lo dijo.


Eran cerca de las nueve de la mañana y no hacía frio, aunque lo sentía. El día ya era extraño en sí, y con esto muchísimo más. El tema impuesto, el censo, era devorado por la realidad como siempre pasa, y pone en un orden que nos excede a todo lo demás que ocurra. Escuchamos hablar del orden de prioridades, qué cosas son realmente las que debemos tener en atención y cuáles no. Hechos como estos nos hacen repensar el orden del listado que cada uno tiene de lo que llama “problemas”.


Pensé primero y no sé por qué en el censista. Si seguiría con su labor, si todo este operativo armado en mitad de semana serviría al final para algo, si no responder formaba parte de la situación inesperada. Me hice otro café y me quedé sentado, mirando de lejos la pava tomando temperatura. Y me pregunté por qué me sentía así. No tenía que ver con mis simpatías políticas y sin embargo ante este puntual hecho y otros que por época me han tocado, la sensación inmediata es de profundo vacío. Nadie analiza emociones de momento y humanas, no haría eso conmigo, me senté a mirar la pava sin mirarla, pensando en que el sistema argentino tiene estas cosas. Por ser presidencialista cuando una persona fuerte ya no está, surge una sensación de indefensión. La manera en que se ejerce el poder por estos lugares del sur hace que todo tenga un costado paternalista, en cuanto a cómo nos tratan y en cómo nos dejamos tratar.


En eso pensaba pero a la pava no le importaba: movía la tapa chillando y volví con mi mente al café. ¿Y ahora?.


Y ahora…a esperar que me censen, pensé. Bajé a planta baja para comprobar que la chica ya estaba haciendo su trabajo y de paso presentarme. Le dije la información, abrió los ojos grandes y se tocó en su cintura el celular, como quien ante una noticia se lleva la mano al corazón. Los tiempos cambiaron, o el corazón se mudó de lugar en el cuerpo, pero ciertas reacciones ahora pasan por saber si el celular está con nosotros, ahí. Latiendo de señal. Y me dijo “me tendrían que avisar qué tengo que hacer”. Yo le dije que por favor decidiera así sabía los pasos a seguir, y volví a la hora y media. Recibió la orden de seguir y el portero me dijo que me avisaría mediante el timbre de mi departamento.


A las cuatro horas de esa promesa ya creí que algo o andaba mal o alguien tenía mucha gente viviendo en una casa y tardó en censar. Bajé y la chica se estaba yendo. El portero me dijo que tocó el timbre y yo no salí, e interpretaron que me había ido. Les dije que estando ellos en la puerta y viendo que no había pasado por ahí, salvo que decidiera bajar por el balcón, tercer piso me parece alto para la hazaña, difícil que me hubiera ido de mi casa. Al final me tomó los datos, o en realidad respondí las preguntas.


Respondí lo que me preguntaron, porque la mayoría de las preguntas las respondió ella sin consultarme. Me preguntó mi nombre y mi fecha de nacimiento. Se centró en mis estudios o yo percibí eso. Duración, formación y qué nivel alcanzado, año en que rendí la última materia de la carrera. Luego me dijo “listo…gracias” y me extendió la mano, al mejor estilo “lo vamos a llamar”, con que un gerente despide a quien nunca más piensa ver. Yo la miré y enfoqué en su bolso transparente y le pedí la oblea que certifica el censo. “Se me terminaron, a la tarde paso y dejo algunas”. Me acordé del café y le dije que como no subió se lo perdió. Se fue, apurada.


Volví a mi casa y a evaluar qué tan productivo fue todo hasta ese momento. Y antes de terminar de defraudarme, puse la tele buscando precisiones sobre el tema que se comió al otro tema. Como siempre ocurre, y nos ocurre. Los medios de comunicación imponen indirectamente un ritmo de noticias, pero siempre pasará todo por la forma en que uno se tome las cosas, y en eso somos siempre de la misma forma. Impulsivos y desconfiados, siempre vivimos caminando mirando a los costados y no hacia adelante. Sentía que el censo no servía y a la vez que a nadie le importaría eso. La oblea del censo nunca me llegó. Y la noticia del día tampoco había sido censada. Marche otro café.
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