"Se deja ver" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012Raimundo Gisto. Cordobés. Buen contador de chistes, excelente cebador de mate. Casado, dos hijas y una cifra indeterminada de amigos. Elogiado asador y motivador permanente de momentos lindos. Desde hacía dos años en silencio soportaba algo. En realidad primero fue una compañía y luego una pesada carga. Todas las mañanas Raimundo salía rumbo a la agencia de motos de donde era socio. Paraba su auto en el semáforo y con los dedos seguía el ritmo de la música en el volante, lentamente. Y siempre le ocurría lo mismo: dejaba de ver la calle y pasaba a tener una imagen de un blanco muy luminoso. Distinguía en el fondo una figura. Era una mujer que al parecer miraba por una ventana. De pronto de ahí surgía un viento fuerte, y las cortinas se movían al mismo ritmo que los largos cabellos de esa mujer. La imagen se iba y volvía a la realidad de su auto y el semáforo. Asi fueron los dos últimos años de lunes a viernes, siempre en el mismo lugar. Se lo contó primero al Chino, su amigo de la infancia. El Chino lo miró y pensó que era una broma pero los ojos de Raimundo no decían eso. Le dijo que quizás era algo que vio en la televisión y le quedó en la cabeza. La Liebre, el segundo amigo en saberlo, fue un poco más preciso: “Deberías acercarte a la mujer en esa imagen, a ver quién es”. Raimundo tomó nota pero cuando ocurría parecía que la cosa era que él fuera espectador, y no podía salir de eso. Un día se lo contó a la esposa. La Gladis era imprevisible. Podía entenderlo o decirle de todo. Se sentaron y él le relató lo que veía. Ella le preguntó si la estaba engañando con alguien y él juró que no. “Bueno, yo no creo en los fantasmas, asi que te voy a acompañar en auto y listo”. Al otro dia Gladis y Raimundo estaban en el auto, se acercan al lugar y al semáforo. Raimundo le dice que es ahí. Ella mira a los costados y atrás. Lo mira a Raimundo que cierra los ojos, como en trance. Lo toca para despertarlo y el auto se acelera. Él vuelve en sí e intenta frenar pero atropella a una mujer en la vereda. Se baja a los gritos pero la mujer no tiene heridas y fue un accidente con suerte, la ayuda a levantarse, le da sus datos por las dudas. A los 15 dias le llega una citación de un Juez: la mujer le iniciaba juicio por “daño moral”. Sabía que sin gente en su favor iba a perder. Los abogados se juntaron y comenzaron a negociar el monto. Dos días después el abogado llama a Raimundo y le dice que se presentó una testigo, vecina de la cuadra, que hablaría a su favor. Raimundo entra a la oficina del estudio y ve a una mujer de espaldas mirando por la ventana. En eso el viento mueve su pelo largo, y las cortinas le siguen el ritmo. Qué extraño castigo celestial. Algunos ven a la suerte antes de necesitarla.
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"Vacaciones de nosotros" -Cuento corto-
1 comentarios martes, 24 de enero de 2012Beatriz no soportaba el viento fuerte de la playa y la sombrilla casi de costado le impedía tomar mate. Hizo un agujero en la arena y tiró la yerba ahí. Se levantó y se fue caminando no por el sendero marcado porque el sol hacía arder las maderitas blancas del camino. Fue por un costado. Llegó a la calle con todos los elementos de playa y vio venir el colectivo. En mitad de cuadra no era la parada pero ella igual levantó la mano. El chofer siguió de largo y Beatriz lo insultó bastante y en voz baja. Y luego alta. Cuando lo pudo tomar al colectivo, sacó boleto de 1,50. En realidad debería pagar dos pesos, pero el cambio de sección era una cuadra antes de bajarse y como nadie le decía nada, sacaba de menos valor. Llegó a su casa alquilada, dejó todo, se bañó y se fue a comer. Todos quieren comer mas o menos lo mismo y en los mismos lugares. Había una fila de por lo menos 20 personas esperando. Beatriz miró quién comía solo o sola y vio a una mujer sin compañía. Le dijo al de la entrada que era amiga de “aquella señora” y que la estaban esperando. La dejaron pasar. Cuando llegó a la mesa le explicó a la señora que comía sola que en la entrada le habían dicho que ella no tendría problemas en que compartieran un poco de la mesa y usar la silla que estaba libre. La mujer la miró desconfiada pero al final se sentó Beatriz a comer. Pidió pastas. Que con astucia estaban acomodadas de manera tal que pareciera abundante. Mientras comía veía detrás del vidrio a la gente en la calle haciendo aun la fila y mirándola con odio. En la mesa casi no quedaba comida a la media hora, la otra mujer comía rápido. Beatriz la miró sin disimulo. Tenía el pelo muy arreglado, con un batido como los de antes. Manos con las venas muy marcadas, pintura en la cara quizás en exceso. Dedujo que sería de ahí y no turista. Ambas tenían sus carteras entre las piernas, a falta de lugar para apoyarlas. La mujer levanta su cartera y busca la billetera. Por primera vez en la noche la mira a los ojos a Beatriz. “Déjeme que pague la cena”. Beatriz le agradeció pero le dijo que no, que no hacía falta. Pero la mujer insistió y Beatriz aceptó. Llaman al mozo y la señora le paga con dos billetes de 100 pesos. Le dice a Beatriz que va al baño y que ya vuelve, que le cuide la cartera. Diez minutos, quince. La mujer no vuelve y el mozo con el vuelto tampoco. Beatriz lo ve hablando allá en el fondo y mirando para donde ella estaba. Se acerca el mozo y le dice que esos billetes eran falsos. Beatriz se da vuelta y mira para el baño, le dice al hombre que la señora pagó con esos billetes. Abre la cartera de la mujer y está vacia. El mozo le dice que ambas cenas suman 243 pesos. Beatriz se toma la cabeza y mira al cielo. Al techo del local en realidad. Y dice: “en este país nadie hace las cosas bien. No hay más honestos”. Tiene razón Beatriz. Al menos en esa mesa de dos. Esa noche.
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"Lo que quiere JM" -Cuento corto-
1 comentariosJuan Manuel a los cuatro años nunca quiso participar en aquel acto del jardín, pero sus padres sí. A él sin embargo le parecía muy tonto dar vueltas en círculos por el patio. Pero lo hizo y todos lo felicitaron. En sexto grado no quería participar del coro porque le parecía aburrido. Pero lo hizo para asegurarse el 10 del profesor de música durante el tiempo en que Juan Manuel cantara allí. En la secundaria no quería hacer grupo con su compañero Gómez. Pero Gómez era amigo del preceptor y era una manera de entrar tarde o faltar, asi que fue su amigo nomás y durante cinco años de colegio no tuvo ningún problema. Con 18 años nunca quiso trabajar con el tio porque le parecía de consentido y todos hablarían mal. Pero se metió en la empresa de exportación de cartón corrugado del tío y ganaba un buen sueldo. Nunca quiso el Fiat Palio que tiene. Pero el papá de su novia es socio de una agencia de autos Fiat y era un desperdicio no aceptarlo tan barato como se lo ofrecieron. Juan Manuel no quería convivir con una mujer tan rápido. Pero si la chica tiene un departamento que le pueden prestar y es amplio, era imposible que se negara. La novia llamada Julieta tenía un gato y él era alérgico, no quería gatos en el departamento. Pero como ella le prometió limpiar siempre las alfombras del suelo para que no hubiera problemas, él aceptó. Vivía estornudando. Juan Manuel tiene ahora 39 años. Excelentes notas en el primario, ni una sola falta en el secundario, amigos, vive bien, tiene un auto, tiene un buen trabajo, una novia que lo quiere y un gato. Así que esa mañana de martes despertó y se quedó sentado en la cama. Tomó coraje y se miró al espejo del placard. Sin hacer ruido armó un bolso y se fue. Nunca es tarde para empezar de una buena vez a hacer lo que uno quiere. Aun a los 39.
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"Reflejos" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 20 de enero de 2012Miguel pensó lo imposible: intentar esconder dentro del papel para regalos una bicicleta. Intentó pero no pudo, le puso igual un moño y la dejó cerca del portón de entrada, asi su hijo Gastón la vería cuando llegara de la escuela. Por alguna causa extraña él estaba con tanta o más expectativa que el hijo, quería verle la cara de alegría cuando llegara. El chico bajó del micro escolar y tocó timbre. La mamá le abrió, entró y se fue rumbo a la puerta. Nunca vio a su derecha donde estaba la bicicleta. La madre lo llama y lo hace salir. Gastón se da cuenta y abre los ojos. Ahora sí, Miguel iba a disfrutar de verlo feliz. Pero el hijo se acercó y la miró estudiándola, la tocó como para sentirla real y cercana. Se subió y se sentó pero como quien se ubica en la silla del dentista: con pocas ganas. Entró a la casa después de saludar al papá y un “gracias” con gusto a poco para Miguel. El hijo se puso a jugar con la computadora. Madre y padre tomaban mate en la cocina. La mujer parada, apoyada contra la mesada le servía el mate a Miguel, que tenía una desilusión tremenda. Ella lo intentaba consolar diciéndole que ahora los chicos son asi con los regalos, que lo iba a valorar con el tiempo. Miguel recordó su primera bicicleta, el honor de ser el segundo en la cuadra en tener una; en cómo sus amigos hacían fila para subirse. En la adrenalina de acelerar para que el dínamo de la lamparita de adelante encendiera aun más. En lo libre y alto que ahí arriba se sentía, del viento en la cara que le gustaba oír, de la independencia que sentía subido a los pedales. Pasaron dos días. Gastón no registró la bicicleta, que los padres entraron a la casa y la pusieron detrás del sofá. En el fin de semana el papá estaba leyendo en el patio y se acerca el hijo. Le pregunta si podía enseñarle a andar en la bicicleta. Miguel se agarró la cabeza. Nunca le había enseñado con casi ocho años. Sintiéndose culpable lo llevó a la plaza. Miguel recordó que a él le enseñó un vecino, poniéndole el brazo estirado al lado de él para hacer equilibrio, y eso hizo ahora. Gastón tiene el pelo más corto que cuando Miguel tenía su edad pero como siempre, se vio en él cuando de a poquito se fue alejando solo y sin ayuda con la bicicleta. Años después el círculo de algún modo se completaba. “Dejame”, dijo el hijo, y su padre lo soltó para que andara. Así, Miguel dejó de verse en Gastón todo el tiempo. Para dejarlo de una vez por todas, ser.
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"Su razón" -Cuento corto-
1 comentariosSituación uno: Ramiro escribía para alguien que no conocía. Todos los días desde hacía cuatro años. Cientos de renglones, de teclado y tinta porque cuando le surgía la inspiración se dejaba llevar también en los viejos cuadernos de apuntes. Lo único que lo detenía era una palpitación. Su corazón todos los días a las nueve de la noche se agitaba hasta asustarlo. Fue a médicos y no tenía nada, estaba normal. De a poco se fue preocupando y por temor a sentir algo malo cada vez escribía menos cerca de esa hora. Le dijeron que podía ser una señal de ella. La que no tiene nombre, porque los escritos arrancan dia a dia con un “para ella”. El homenaje desconocido. Encerrado en su dilema, a la noche Ramiro prefería salir a tomar aire. En taxi hasta costanera y ponerse a mirar un poco el rio. Hoy juntó sus escritos en una mochila con ganas de tirarlos al agua. Situación dos: es imposible que Cinthia se quede quieta. En su casa las sillas no se usan, vive de acá para allá todo el tiempo moviéndose. Está de novia hace cuatro años, las amigas le dicen que debería ir apurando el trámite. Y esa noche lo hará con el viejo truco de la cena y al final la pregunta. Que hará esta vez ella. La pasa su novio a buscar por el trabajo y van al restaurante. De camino se prende el celular de él, que estaba al lado de la radio. Ella le gana y lo toma primero. Atiende y el “¿mi amor?” le hizo pegar un grito. Tiró el teléfono contra el piso. Él le dijo que en la cena iba a explicarle. Que ya no tenía sentido seguir pero que era un cobarde. “En eso estamos de acuerdo” dijo Cinthia, que le pidió que la dejara ahí. Se quería bajar. No había espacio en ese auto para ambos. Situación tres: son las nueve de la noche. Ramiro siente la palpitación, puntual, y se asusta. Decide tirar las cartas al rio dentro de la mochila. Se la saca y la va a revolear. Una mujer lo ve, cree que se va a suicidar y le grita “¡no lo hagas!”. Ramiro espera que ella se acerque, le explica que son cartas para nadie. Vio a la mujer elegante pero triste. Cinthia le dijo que ella también tiraría cuatro años al rio. Cuatro años esperándose. Ramiro la miró y aprendió a dejar palpitar su corazón todos los días por alguien. Y ella, ahora, se volvió su mejor lectora diaria. Su razón. La que tras cuatro años, se reflejó en los renglones de él.
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"Lucía Cáceres" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 19 de enero de 2012Maldita máquina abrochadora: siempre que la necesito urgente nunca tiene los ganchitos dentro. ¿Alguien tiene ganchitos para la máquina por favor?. Tengo que decir “por favor” porque sino se enojan y dicen que no los respeto. Gente que hay que atarlos para que te digan “buenos días”. Mejor voy a buscar yo al cuartito. Esto está lleno de cajas que no tienen lo que dice afuera escrito asi que tengo que buscar donde no dice, es sencillo. Dos cajitas completas, qué poco aire en esta salita. Nadie quiere ponerle los ganchitos a la máquina, es difícil con este resorte que hace que…bueno, salten como ahora por los aires. Ahí está, maquinita funcionando de nuevo. ¿Gustavo me había dicho que vendría a buscar esta resolución, o yo debía llevársela a su oficina?. No me acuerdo. O quizás nunca me lo dijo, asi que la dejo acá en el costadito, si pasa la ve. Sello y firma, sello y firma. No encuentro el sello, me parece que estaba en el cajón. Uy, unas galletitas Manón. Deben ser de la segunda guerra, mas o menos. Acá está el sello. Listo. ¡Firpo!. ¡Firpo!. Vení. Haceme un favor, llevale a Gustavo esto y decile que ya está hecho y que falta su firma. Sí, estos papeles, dale. Este Firpo es de terror. 43 años. Debe ser el cadete más viejo del mundo, pobre tipo. A veces me siento la novicia rebelde, acá. Y todos los demás gente más joven que no tienen educación. Educación para el trabajo, hay que enseñarles los tiempos de un lugar y que lo respeten. A mi no daban una chance cuando metía la pata dos veces en un papel sin firmar: te manchaban el legajo con llamados de atención. Ahora todo es más relajado. Casi un relajo. Tengo la mesa ordenada. ¿Me verá alguien si estiro un poco la espalda apoyándome?. Mi cuello no da más, extraño al quiropráctico que me recomendaron pero jamás fui. “Lucía…Lucía”. Ay, qué querés, me estaba acomodando justo la espalda…no, esto lleváselo a Jorge, no es de mi área. Siempre quise trabajar sola y con una ventana que no dé al pulmón del edificio. Que no sea todo gris antes de subir la persiana y también cuando ya la subí, algo que tenga un fondo, más color. Acá no tengo tiempo y afuera me sobra. Nunca al revés. A veces no hago cosas, sino que lleno espacios. Y lo peor es que me doy cuenta. Menos cinco, ya todos guardan todo. No tengo aire, en mi y dentro de este ascensor. ¡Calle, dame aire!. Colectivo y mi casa. A descansar de lo que no me gusta para que mañana me guste de nuevo. Quiero que me dejes de mirar sentada ahí, te debés reír como loca de mi. La soledad tiene ojos y todas las noches me miran. Yo cierro por hoy los mios. Para no verla.
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"Busco donde no estés" -Cuento corto-
1 comentariosSalió corriendo. Cruzó la calle mal y por la mitad. Empujó a una señora y sin parar se dio vuelta a ver si había caído: no. Casi. El mismo rumbo dos cuadras derecho, se apuró aun más para ganarle al semáforo de peatones y pudo cruzar la calle. Notaba que la gente lo miraba, razonaba eso mientras seguía corriendo. Incluso pensaba en que no hacía falta correr pero algo lo impulsaba que no podía manejarlo. Cruzó la avenida, en la esquina una playa de estacionamiento, creyó que ahí era. Se puso a buscar detrás de los cuatro autos que estaban pero no resultó ser el lugar. Agitado retomó la corrida, tres cuadras más del mismo lado impar, esquivando mujeres mayores con sus carritos, chicos y mesas en las veredas. Ya sentía que las cosas no tenían sentido. Fue bajando la velocidad, su corazón dejaba de tener razones para correr y eso (que no sabía qué era) ya no lo impulsaba. Se quedó con los brazos en jarra, cerca de una esquina. Tomaba aire. Se miró y se vio espantoso con unos pantalones cortos que fue lo primero que encontró para ponerse. Miró para ambos costados. Vio a la gente, escuchó el ruido de la calle, prestó atención, quizás estaba mirándolo. Se tocó su cabello transpirado y se quedó con las manos en la cabeza unos instantes, cerró los ojos. Se creyó un loco. Sintió pena por él. Juró no contarle a nadie esto porque lo haría ver ridículo. Emprendió el regreso, caminando lento. Contó las cuadras y había hecho 36. Volvió a su casa y fue directo a bañarse. Intentaba razonar mientras miraba el agua caer. No entendía el juego, si es que era un juego. Su vida era muy ocupada para esto que todos los días lo atormentaba, salir sin saber por qué ni para qué. Castigo: hasta que aprenda, todos los días su inocencia perdida lo citará en lugares adonde nunca lo esperará.
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