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"Florencia Maravilla" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012
De dia una sola estrella brilla. El simple pensamiento a los siete años termina siendo motor de todas las preguntas que Florencia tenía. Consultó a sus padres si ellos también veían que las estrellas de dia no estaban y de noche salían encendidas. Que sólo quedaba el sol arriba. A Florencia la miraban con la ternura de quien pregunta lo que nadie le responde, sólo se rien y la creen inteligente por razonar de manera tan profunda. Cuando la maestra escuchó también la pregunta, se rascó la cabeza y le dijo lo primero que tuvo la niña como dato concreto: “tenés razón, pasa todos los días y es lindo verlo. Prometo averiguarte, pero de dia no se esconden”. Durante cuatro noches y a eso de las 9, apoyaba sus dos brazos contra el marco, afirmaba la pera en una de sus manos y miraba rato lago hacia arriba. A la luna la conocía y las estrellas le resultaban un verdadero enigma, le parecían señales o creía que en cada una había alguien haciendo lo mismo que ella. Mirar. Quiso contarlas de izquierda a derecha empezando desde la luna pero se cansó en el número 23. Torció su boca con rictus de duda y se acostó boca arriba enojada de no saber la verdad pura. A los 15 dias ya era rutina que a la noche junto a la ventana arrimara la silla, se subiera a ella y mirara lo que había. De pronto esa noche comenzó a nublarse, y las estrellas dejaron de verse. En un círculo rodeada de nubes quedó sólo la luna. Florencia escuchó de a poco el ruido de la lluvia golpeando las hojas del árbol, y sacó un poco el brazo. Gotas pequeñas la fueron mojando y abrió los ojos cuando por fin tuvo la respuesta: las estrellas lloraban porque ya no podían verla. Al otro día le contó a la maestra, que la miró ante tanta inocencia y le dio un beso como toda respuesta. Estaba la niña feliz de entender qué pasaba allá arriba. Florencia brilla.




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"El decidido" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
Un Hombre habla con su Alma y le pide tiempo. Justo tiempo. Lo que el Hombre está cansado de escuchar decir, es lo que termina pidiendo. Es como rogar piedad a punto de ser condenado cuando en voz baja ya no se sabe a qué religión implorar. El Alma acepta que el hombre se tome un momento y no lo aturdirá. Siente que lo atormenta a veces, y de él no logra nada cuando sólo lo ha visto temblar ante un deseo. El Hombre se pone a mirar por una ventana el horizonte tapizado de autos, de ruidos y de gente a lo lejos, intenta concentrarse en un punto fijo. El Alma se queda en un costado de la habitación a media luz. No se oye nada, apenas la respiración del Hombre. Son eternos tres o cuatro minutos hasta que se da vuelta y el Alma se acerca. Le pregunta si ya tiene algo para decirle. El Hombre le dice “Sí, lo tengo decidido: quiero ser feliz”. El Alma le hizo un gesto de aprobación y bajo una luz fuerte, volvieron a ser uno. El Hombre, pedido su tiempo, ha decidido ser feliz, de una vez, con un aliado en su pecho.
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."Se fue, gracias a vos".

1 comentarios
No, soledad: ya tuve lo que me diste. Te cerré la puerta porque te conozco, no quiero que me mires más a los ojos. Soy aun tu juego pero no quiero seguir siéndolo, negándote o aceptándote en silencio. No tenés que ver conmigo, ya no. Necesito que me dejes, cansado de esa pared circular que encierra mis miedos, que de algún modo fueron tu energía de mi energía. No, soledad: ya tuve suficiente con tantos años. Con tantos anhelos, con tanto deseo guardado en secreto, con tantas chances calladas por terco. No insistas, no abriré. Te irás sin que te hable, porque tengo quien me hable. Un ser que de mis paredes circulares hizo luz, y una ventana de amor con vista hacia los dos. No, soledad: ya tuve lo que me diste. Y lo que me diste, ya no lo tengo.
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"Reflejo de luna" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 29 de febrero de 2012
El micro pegaba saltos porque la ruta no estaba muy bien que digamos. Con los ojos entrecerrados y mirando por la ventana veía los charcos de agua en el campo. La luna se reflejaba contra el agua en la noche clara y me generaba curiosidad. Me senté mejor y comencé a mirar el campo. De cerca no se ve nada de noche y de lejos alguna luz, como un punto perdido. Sin embargo sentía que ese lugar estaba ocupado, que con el micro de alguna manera interrumpía esa tranquilidad de algo o alguien durmiendo. Me acordé que de chico yendo en micro, creí ver en las estrellas la figura de un caballo perfectamente hecho. Y le decía a mi mamá que veía un caballo formado por estrellas pero ella no lo veía, me puse a llorar. Recuerdo con angustia no haber sido entendido. Volví de aquello al presente y me fijé en la luna. Estaba rodeada de nubes pero brillando muy fuerte. Saber que aunque sea de noche miro el horizonte al ras y sin nada que lo desdibuje, es ya una manera de descansar. En mi barrio el horizonte es la propiedad horizontal del vecino. En el campo uno se siente muy poco cuando se pierde de vista el límite de todo. Aparecen un poco de luces. Me gustan las estaciones de micros de las ciudades chicas. Son hermosamente presumidas, quizás lo más importante que ese lugar tenga. De noche relucen con todo prendido, y uno se encandila cuando aun no se ha podido dormir. Las rotondas iluminadas, los camiones a los costados y a los pocos metros otra vez la oscuridad de la ruta. Y el placer de la luna reflejada en el agua, que es para mi descansar antes de ponerse a descansar. Algo así como llegar cuando en realidad uno recién está yendo. Y cerrar los ojos bajo la luna.
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"Crujido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012
La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"Se deja ver" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012
Raimundo Gisto. Cordobés. Buen contador de chistes, excelente cebador de mate. Casado, dos hijas y una cifra indeterminada de amigos. Elogiado asador y motivador permanente de momentos lindos. Desde hacía dos años en silencio soportaba algo. En realidad primero fue una compañía y luego una pesada carga. Todas las mañanas Raimundo salía rumbo a la agencia de motos de donde era socio. Paraba su auto en el semáforo y con los dedos seguía el ritmo de la música en el volante, lentamente. Y siempre le ocurría lo mismo: dejaba de ver la calle y pasaba a tener una imagen de un blanco muy luminoso. Distinguía en el fondo una figura. Era una mujer que al parecer miraba por una ventana. De pronto de ahí surgía un viento fuerte, y las cortinas se movían al mismo ritmo que los largos cabellos de esa mujer. La imagen se iba y volvía a la realidad de su auto y el semáforo. Asi fueron los dos últimos años de lunes a viernes, siempre en el mismo lugar. Se lo contó primero al Chino, su amigo de la infancia. El Chino lo miró y pensó que era una broma pero los ojos de Raimundo no decían eso. Le dijo que quizás era algo que vio en la televisión y le quedó en la cabeza. La Liebre, el segundo amigo en saberlo, fue un poco más preciso: “Deberías acercarte a la mujer en esa imagen, a ver quién es”. Raimundo tomó nota pero cuando ocurría parecía que la cosa era que él fuera espectador, y no podía salir de eso. Un día se lo contó a la esposa. La Gladis era imprevisible. Podía entenderlo o decirle de todo. Se sentaron y él le relató lo que veía. Ella le preguntó si la estaba engañando con alguien y él juró que no. “Bueno, yo no creo en los fantasmas, asi que te voy a acompañar en auto y listo”. Al otro dia Gladis y Raimundo estaban en el auto, se acercan al lugar y al semáforo. Raimundo le dice que es ahí. Ella mira a los costados y atrás. Lo mira a Raimundo que cierra los ojos, como en trance. Lo toca para despertarlo y el auto se acelera. Él vuelve en sí e intenta frenar pero atropella a una mujer en la vereda. Se baja a los gritos pero la mujer no tiene heridas y fue un accidente con suerte, la ayuda a levantarse, le da sus datos por las dudas. A los 15 dias le llega una citación de un Juez: la mujer le iniciaba juicio por “daño moral”. Sabía que sin gente en su favor iba a perder. Los abogados se juntaron y comenzaron a negociar el monto. Dos días después el abogado llama a Raimundo y le dice que se presentó una testigo, vecina de la cuadra, que hablaría a su favor. Raimundo entra a la oficina del estudio y ve a una mujer de espaldas mirando por la ventana. En eso el viento mueve su pelo largo, y las cortinas le siguen el ritmo. Qué extraño castigo celestial. Algunos ven a la suerte antes de necesitarla.
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"Dejar para ser" (prosa para concurso)

5 comentarios martes, 11 de enero de 2011

“Todo un paisaje cabía en la ventana pequeña, el piso cruje de viejo con dolor estoico dando dulce apuro a mi llegada. El corazón avisa sinfonías en el desfile de palabras, temblorosas en el papel. La mano busca textura y cariño esperado en tinta, en prosa. La sorpresa en acción mecánica no es contradicción, deseo lo que leo. Pero una alegría tiene lágrimas y son las gotas que invaden el tibio camino de sol.


Entonces la mente es el papel escrito llevándose el amor de dos, una obra eterna construída a diario, ahora de nadie. El papel se deshace con todas las palabras dentro de mi y es miedo a perderme, la desilusión toma sin control mis sueños de cielo azul, se percibe sin sentirlo, se respira sin oxígeno.


Fragmentos en el cuerpo dolido de ya no ser crujen como el piso que ya no veo. Mis manos abiertas quieren el futuro del presente doloroso, quieren final.


La figura de lo que era se desvanece resquebrajada, el camino a dejar de ser tiene todo y nada de mi, de volver para buscarme. Y de volver para irme.”

Daba
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Renata, una valija en el corazón: De buena madera

1 comentarios martes, 23 de marzo de 2010

Con el amanecer la marcha del micro que llevaba a Renata a Bariloche parecía tomar más velocidad. Ella deseaba llegar y a la vez poder volver a sentir la emoción de cuando por primera vez viajó, y quería ahora tomar nota de todo lo que pasaba. Pero decidió acomodarlo en su cabeza y prescindir del papel, necesitaba la superficie plana de una mesa y ahí si dejarse llevar por lo que le estaba ocurriendo.


El micro paró en Piedra del Águila. Recordaba todo hace más de 20 años como un conjunto de casas perfectamente ubicadas pero alejadas entre si, y a su madre protegiéndola con un pullover marrón tejido por ella del frio intenso en pleno verano. Esta vez sucedía algo similar. Se bajó y el viento le hizo ruido en las orejas, ese silbido que acompaña el movimiento del viento decididamente fuerte.

El piso no era asfalto, o en realidad mezcla con piedras de color gris muy pequeñas, algo más chatas que las de canto rodado. Se descubrió rápidamente como la única que había bajado a estirar las piernas mientras los choferes entraron a una oficina a dejar cajas y bolsas. Miró hacia sus costados y vio el día celeste con nubes que parecían líneas horizontales, y una claridad justa para usar anteojos de sol. Las dos elevaciones de color gris y marrón a su frente cortaban el color que todo el lugar tenía, y se puso a ver cómo el viento jugaba en mitad de la montaña, levantando polvillo y haciendo figuras extrañas.

Se volvió a subir al micro y a sus temas no resueltos en la mente. Miraba el paisaje sentada con la mano en la pera, resignada a ver pasar ya un terreno más árido y para ella menos poético que las estrellas de la noche anterior. Intentó dormir pero ya faltaba poco. Escuchaba a algún pasajero decir que estaban cerca de Bariloche y prestó atención un poco más a lo que veía. El paisaje se agigantaba, todo parecía inmenso y la ruta se iba poniendo cada vez más angosta.

Cuando a uno de los costados vio agua, su felicidad fue el corazón latiendo más fuerte. Estaba en el lugar por el que quería empezar un camino que no sabía adonde la llevaría. Lo sinuoso del trazado, el micro deteniéndose ante un puesto de la policía, lugar todo en madera como si una casa autóctona fuera, le remitía a cosas que ya antes había visto.

La estación terminal seguía pequeña como la dejó hace años, la vista que tenía desde ahí ya era de las calles con subidas y bajadas que de chica tanto le habían gustado. Caminó algunos metros e intentó ubicarse usando su memoria pero no encontraba punto de referencia en lo que veía. Buscó el lago con la vista como para ir bordeando y lo encontró, una imagen de color gris, planchada con las montañas que de fondo invitaban a mirar aunque uno estuviera bien perdido.

Quiso hacer exactamente lo mismo que la última vez, y trató de ubicar antes del viaje, el mismo hotel que la había alojado. Pero aquel lugar que alquilaban sindicatos ahora se convirtió casi en un hotel de lujo. Así que sus sueños por un tiempo descansarían en un humilde edificio de dos más que relucientes estrellas, sobre la Avenida San Martín. Mitre, Pascasio Moreno, Conrado Villegas. Esos nombres de calles los recordaba y le sirvieron para ubicarse. Como arregló la reserva telefónicamente iba a ser una sorpresa lo que viera.

Siguió la altura de la calle y cuando se vio cerca se fue sacando la mochila de la espalda, a esa altura ya una sola cosa, inseparable aunque sufridamente pesada. La apoyó en el piso y resopló un poco mirando el lugar para ambos lados. Revisó el papel en donde lo tenía escrito y una puerta de vidrio decía “abierto” en un cartel hecho en madera y con letras verde oscuro. Abrió y pasó. Sobre la izquierda un salón pequeño con algunas mesas de manteles blancos, pero todo vacío de gente. A la derecha dos puertas de una madera reluciente y algunos cuadros con caras dibujadas y sonrientes. Una mujer la miró sentada detrás de un mostrador en forma de U esperando que dijera quién es. Se anunció y la acompañó a pasar por una de esas dos puertas que veía.

Su habitación era en planta baja y cuando pasó por el ascensor, buscó con la mirada que dijera cuántos pisos tenía ese lugar porque no lo sabía. Pero sólo leyó “capacidad máxima 3 personas” y ningún otro dato. Cerca del final de ese pasillo la mujer le abre una de las puertas mientras Renata buscaba la propina para darle, aunque ni la mochila le estaba llevando. Le mostró la cama, el placard, la ventana y el baño, tan angosto a primera vista que bañarse parado ya sería un problema, pensó rápidamente.

De Bariloche le llamaba la atención que muchas cosas fueran en madera. Y si bien es lógico por la zona, ella no dejaba de sorprenderse porque le traía recuerdos de momentos y de viajes. Su abuela decía que la madera tenía un olor característico, lo cual acentuaba un clima y un recuerdo. Era como el mar y su ruido, que además tenía un olor propio que la salinidad le daba. Además le parecía acogedor, se sentía bien.

Cuando se fue la señora, hizo lo que la mayoría en esas circunstancias: miró todo desde un punto, respiró profundo y abrió la ventana para ver qué era lo que desde ahí se podía observar. Tenía en diagonal una vista del lago, no era lo que exactamente había pensado pero no se podía quejar.
Acomodó la mochila en el placard, que la hacía muy pequeña respecto del espacio que tenía.

Se tiró en la cama boca arriba y puso sus manos debajo de la cabeza. Cerró los ojos y su familia como un ejército de figuras, le pasaron por la mente. Respiró aliviada en por fin haber llegado y sabiendo que todo era un desafío para ella. Su primer viaje decididamente sola y en la mochila todos los preconceptos, además de ropa. Significaba mucho el viaje y era una manera de poder ver qué tan distinto era todo fuera de sus lugares conocidos y poca gente que de amiga tenía.

Vio una mesa de metal negro y una silla, eso casi la puso más feliz que la ventana al lago…podría sentarse a escribir todo de una vez. Desentonaba en medio de ese ámbito de maderas hasta en las paredes y no supo cómo no había visto eso, o no reparó en que estaba. Movió la mesa hacia un extremo de la ventana, la ubicó en diagonal como para probar si se podía ver el lago mientras escribía. Buscó la silla, se sentó…pero le quedaba muy abajo la silla respecto del marco. Buscó un pantalón y lo puso como almohadón a la silla, y de paso se plancharía, pensó. Y ahí si, el pequeño gran logro estaba hecho.

Su estómago le hizo ruido y era la manera de preguntar por el desayuno. Miró la hora y eran diez menos cinco de la mañana. Se incorporó y buscando las llaves pensó en ir a tratar de comer algo. Dudó porque creerían que sería mal visto, hacía menos de 10 minutos había llegado…pero el hambre le apuró el paso. Fue por el pasillo hasta el hall y luego al salón.

Se sentó, pidió un jugo de naranja y le trajeron un vaso al que casi le salía la mitad de una naranja por el borde, no estaba del todo bien colado. O no al menos como la madre lo hacía, o como ella estaba acostumbrada. Pensó en quejarse pero estaba sola en el salón y el mozo de lejos mirándola, y no se animó. Su complejo de malcriada como decía su novio, hacía que se enojara por cómo estaban las cosas cuando no le gustaban, y estando sola y dependiendo sólo de ella no le servía de nada. Agarró el vaso y tomó el jugo, conteniendo la respiración como si fuera el peor de los jarabes.

Volvió a su cuarto y sacó el cuaderno y la lapicera de la mochila. Los puso arriba de la mesa y se sentó en la punta de la cama mirando la silla, la mesa y lo que arriba había dejado. Pero no se sentía inspirada.

Se tiró en la cama de nuevo y quiso descansar 10 minutos. Despertó pensando en el viaje, el olor de la madera y ese vaso de jugo que no estaba como ella quería. Se sentó, miró por la ventana y empezó a escribir la hoja inaugural de su cuaderno.

Escribió Renata-Relatos a modo de título, y empezó a escribirse su vida.
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Cebá mate, chau mate (Grillito secretaria)

1 comentarios viernes, 8 de enero de 2010

Sabiendo que la felicidad era algo así como mirarla fijamente a los ojos y esperar que se ria o haga alguna mirada cómplice, estar con Grillito era más que un hermoso deber. Eso se fue trasladando a todo lo que hacía, aunque nos comportábamos con eso de manera diferente. Por mi lado trataba de no invadir ciertos aspectos de ella, sus amistades, sus momentos en la escuela, quería que siguiera de alguna forma siendo como la conocí, respetarle también sus tiempos.

Pero a ella para conmigo le dejaba ciertas cosas a su gusto. Todo fuera del colegio, el horario de clases era sagrado para mí, porque sabía que si me dejaba estar podía irme mal. El rito era encontrarnos en la quinta de la maestra particular cuando ella llevaba a su hermano y yo iba a tomar clases. Seguí yendo porque la mujer conmigo salvaba el año, podía serme útil en varias materias, necesitaba su ayuda.

A veces era tal la cantidad de chicos que se mezclaban los grados y la mesa enorme se completaba con un crisol de voces de diferentes edades, que hacía que se volviera complicado enseñar y aprender. Un día la mujer no se sentía bien y la hija enseñando inglés no daba abasto con todos. Me pidió que le controlara la tarea a un par de ellos y eso hice…me senté y expliqué algo de matemática, era de un chico de la primaria…y empecé a mirar todo el cuaderno. El me vio tan curioso retrocediendo hojas que me preguntó dudas que había tenido y yo se las fui despejando.

Quedé contento con eso cuando otro de la mesa me pidió que mirara su cuaderno, y otro más…y la verdad es que me gustó saber que podía explicar al modo de ellos algo que no entendieran. Nunca tuve esa enseñanza, ya no digo personalizada. Alguien al lado de mi puede todo un día explicarme la regla de tres simple y yo no entenderla si la manera no es la correcta. Había que escuchar y ver por donde venía la duda y listo.

La hija de la señora me vio que me hacían caso los chicos, tomó nota. Y cuando me iba la maestra y ella me propusieron si no quería ayudarlas aunque sea con esos dos alumnos, me dijeron que me veían bien para eso, con paciencia, además me llevaba bien con todos los chicos de menor edad. Les dije que lo iba a pensar y al otro día respondería. Lo consulté con Grillito y también con mi almohada. Mientras no me significara un descontrol horario que interfiriera mi colegio, no había problema. Y acepté. Esos dos fueron mis primeros formales alumnos.

Estaba más nervioso que ellos, pobres chicos. Pasé de quedarme una hora a quedarme tres o cuatro horas porque además de lo mío debía enseñar. Mi novia comprendió todo ese momento de cambio y se quedaba conmigo, a veces volvía a su casa y aparecía al rato, era la encargada del mate, un rito ahí dentro. Yo soy gran tomador y pésimo cebador, lo pueden confirmar mis actuales amistades incluso. Por lo cual alguien que preparara era sin dudas bienvenida, ella lo hacía excelentemente.

Fue otra manera de pasarla juntos, no soñada ni solitaria justamente, pero que nos servía para conocernos. Ella se sentaba en un sillón algo viejo y veía cómo daba clases, iba alcanzando el mate para que tomemos los “docentes”, lugar en donde ahora el destino me llevaba. Pero seguía pensando en que ayudaba a las verdaderas maestras, yo no lo sentía.

El comedor de la quinta tenía la mesa en el centro, ocupaba el ancho de la sala generosamente, y tenía tantas sillas como alumnos en ellas, no menos de 15 en general. Se imponía una división entre los grandes y los chicos que evitara primero desorden y luego inconvenientes entre distintas edades.

Había un pasillo con tres puertas. De frente, la del baño; a la izquierda la habitación de la maestra, y a la derecha una sala que se usaba como ropero virtual…ahí los chicos dejaban sus cosas hasta que terminaban de estudiar. Y Grillito fue la de la idea…si se despejara un poco..si se pudiera hacer una biblioteca específica contra una de las paredes, se me ocurrió a mi…planteamos la idea y no hubo mucho entusiasmo, pedimos tiempo para llevarla adelante. La mesa ya estaba. Compramos unas cortinas color crema muy lindas que no taparan la luz de la única ventana de la habitación, algo alta y de madera.

El piso, también de madera, se enceró un sábado, quedó muy bien. Y las paredes lucían igual aunque las limpiamos bastante. Mientras yo daba clases Grillito separó manuales de primaria del resto y los acomodó en los estantes. Hicimos una caja forrada en violeta en donde los chicos debían poner los lápices cuando dejaban de usarlos, enseñarles a hacer eso. Y en una tarde compramos telgopor e hicimos una precaria cartelera con horarios de chicos y los avisos de pruebas. La estrella era un ábaco grande, hecho con pelotitas de telgopor, cuatro alambres y sostenido en maderitas viejas de una silla aun más vieja. Tenía ingenio, Grillito.

En casi cuatro meses cambiamos bastante el aspecto de todo, ya estaban los chicos separados y en orden, y llegaron más alumnos. Yo hacía las cosas sin razonarlas demasiado, creo que con el tiempo lo valoré, no me detuve a ver lo que hacía, me dejé llevar y no me arrepiento. Grillito era como una secretaria, incluso era compinche de los chicos, nos veían ellos como dúo de estudio, lo cual ayudaba también. Fue una hermosa etapa que como dije, valoré mucho después. Cuando estaba dentro de eso me sentía cansado, cumpliendo todo el tiempo, sintiendo que no llegaba a hacerlo bien. Y sin embargo estaba equivocado. Jugábamos con los lápices a los palitos chinos cuando terminaba la clase, y aquello era terapia, despejar la mente un poco. Hasta en el colegio me ayudó porque no me llevé materias y dentro de todo mi nivel era el del promedio.

No tengo alma de maestro de escuela, si bien me gusta estar en contacto con los chicos cuando puedo, me llevo bien, me siento un poco ellos en sus cosas, me traslada a mi infancia, lo disfruto. En cada uno que no sabía sumar me veía yo, que me costó horrores. Las explicaciones de las maestras pasaban rápido como aviones y no volvían. Así que alguien necesitado de una explicación salvadora lo podía leer en los ojitos.

Sin mi novia no me hubiera salido igual, aunque no le quito méritos a lo importante: los mates eran excelentes.





Acotación al margen: Si van a una maestra particular y no les sale una sola palabra para decir, entreguen a sus educandos el cuaderno…es el espejo del ánimo del alumno…todo habla de un chico…sus aciertos, errores…hasta los agujeros en las hojas de tanto borrar…todo. Y el maestro no es el Mago de Oz. Acompaña al chico hasta las orillas del Mar del “ahora lo entiendo”…después nadan solos.
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