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"Lo que se lleva" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 10 de noviembre de 2012
Juntó los hombros y en los bolsillos de la campera color naranja hundió más profundo sus dos manos. El frio es una sensación placentera si se está a cubierto de él, esta vez no quiso llevar gorro. Dejó que su pelo largo jugara un poco con el viento arremolinado de la costa, empezó a caminar bordeando aquello imperfecto, cierta línea entre gris y blanca que se iba rápidamente borrando. Jugó a que daba más de dos pasos y estiró su pie haciendo punta, se dio vuelta enseguida para ver si alguien la veía, odiaba parecer infantil. Miró fijo el horizonte algo brumoso por el efecto del sol, quiso ser aquella ave que rasante pasaba, se detuvo en lo que consideró era mitad de camino. Tomó el sol abriendo sus brazos. El mar, en sus oídos de recuerdos precisos. Dio placer a sus ojos, que cerró por un momento para que oyeran, por una vez oyeran. Impregnó el corazón de aire, su latido llevaría un poco de ella, y mio. Alejada, la miraba el color de sus mañanas. Envidiando se quedara con buena parte de la magia, en dosis de las buenas, las que curan. Como su alma.
."Que sepas". (basado en Hablando a tu corazón, de Charly García)
1 comentarios sábado, 30 de junio de 2012Trepo al querer alcanzarte, me mareo si veo que abajo quedó el mundo de cientos de nubes y ruidos, que aun sigo escuchando a lo lejos. Miro hacia arriba y no hay cielo. Estás vos. Tan solitaria rodeada de razones, de esperas calladas y luces de colores inciertos. Nadie te vio detrás de tu pequeño envase de gran corazón. Me pongo derecho y avanzo, las manos abiertas para que leas en promesas, en poemas, en cuentos certeros de cosas sinceras a quien desvanece detrás de tu esencia. No sabés quién soy. Llegué para que lo veas.
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."Me encantaria".
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Tenés en tus manos las mias, estoy a punto de rogarte piedad. No debe haber algo más domesticable que un corazón sensible, y mis latidos y poder se dejan acariciar. De pronto una especie de rayo que surge entre nuestras manos, calor tibio de quien ya nada siente cuando siento todo por quien miro. Y la lluvia, y la oscuridad, y mis miedos, y mis dedos extendidos buscando los tuyos. Y mi soledad entregada a su suerte, mi buena suerte. Y el deseo. Y mis promesas hechas en silencio sobre tu pelo. Y el maldito destino escrito, en una hoja amarilla que veo volar con el viento. Y el dolor y mis secretos, que ahora compartimos. Me soltás, y la luz se va con tus manos hacia la fuente de energía poderosa que la atrae y que me atrae. Es imposible sentirme mejor cuando no soy otra cosa que vos. Estoy a punto de rogarte piedad, amor.
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."Ensayando tu olvido".
1 comentariosEnsayo y error. Probé con llorar, pero sólo una vez y a la noche. Quiero olvidarte haciendo otras actividades que ocupan mi tiempo pero no mi cabeza, anclada en tus ojos mios. Probé con mentirte y mentirme. Soñar la realidad, porque no pude realizar mi sueño, que ya no sé si guardo o escondo. Dejar latir la indiferencia, que es más dura que el olvido permanente. Estoy todo el dia fingiendo frente al espejo. A él lo he engañado, le muestro una sonrisa dental con la boca cerrada, que guarda palabras que ya no te diré. Mis renglones están heridos, me contengo para que no avancen y digan lo cierto de eso tan árido llamado desamor. Sabrán tus tiempos cuáles son los mios. En vos están mis sentidos, algo tristes en tu puño que ahora es mano abierta, esperando que se vayan. Que vuelvan conmigo. Soy ensayo y error cuando pruebo con llorar una sola vez y la noche, junto a mis sentidos. Pero no me sale.
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."Cuando quieras".
0 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Me dijiste que buscara tu amor, empecé por una estación de tren. Te reís, sos mi Angel de tiempo completo y a la vez no te tengo. Ahora estoy en la calle. Florida. ¿Acá hay amor?. Te busco en las esquinas, te sigo escuchando reir desde mi corazón habitado por tu alegría. Me das una pista: no busques donde hay gente. Me voy a una plaza. Me siento y miro los árboles, la brisa del verano mezclada con otoño. Escucho una voz de mujer pero sólo me pregunta la hora. Camino con las manos en los bolsillos, cierro mi campera. Me voy a mi casa y me acuesto con los ojos abiertos. Veo agua correr, en realidad la oigo, no sé de donde viene. Un viento arremolinado con algunas montañas, una sensación de árida soledad. Te vuelvo a escuchar, más cerca. Te reís y me nombrás. Estoy acá, me encontraste, me dijiste llorando. Y puse las dos manos sobre mi corazón habitado por vos.
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."Mis miedos".
1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012Un hombre tenía miedo de ser hombre. Una joven dama, de pies a cabeza con un vestido color piel, le hace una reverencia. El hombre la mira para enamorarla, hacerla suya y lograr vencer al miedo en compañía. La mujer levanta su mano y de ella sale un haz de luz que enceguece. Siente frio y soledad el hombre, desnudo de su mente y en medio de esa luz que lo paraliza. De pronto la mujer baja la mano y todo cesa. Quedan mirándose cinco segundos y ella ya no es joven, luce desalineada. El hombre sin ataduras de alma se va acercando. Ella mueve la cabeza hacia donde está la mano de él y se deja acariciar. Le pregunta quién es y ella dice “Soy tus miedos, vencidos. Deja ya de ser yo para empezar a ser hombre”. Y él le dio un beso y la dejó irse ayer, hasta perderla de vista.
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"Figuras" -Prosa-
1 comentarios jueves, 1 de diciembre de 2011Ruido de pasos, gente de espalda y yo
al lado del orden que su mano
impone a la mia.
Me dejo llevar, yo llevo también
el corazón de alguno de los dos
sintiéndolo en su mano guía.
La espera tiene alegría cuando no hay
más que satisfacción por estar presente.
En alma.
Un recuerdo es un atentado al olvido,
la mano que me lleva lo sabe y me suelta.
Quedo a merced de un mundo,
me divide un metal, mis dedos,
mis ojos abiertos creyendo
lo que nunca habían visto.
Tengo ahora algo que es mio, el egoísmo
me da sus dos manos y lo protege.
A eso, que se pierde haciendo
del final un nacimiento.
De ruido, de melodías, de manos
contra el metal queriendo y no pudiendo
ser eso que siento.
Y que sin saberlo estaba presente.
En alma.
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al lado del orden que su mano
impone a la mia.
Me dejo llevar, yo llevo también
el corazón de alguno de los dos
sintiéndolo en su mano guía.
La espera tiene alegría cuando no hay
más que satisfacción por estar presente.
En alma.
Un recuerdo es un atentado al olvido,
la mano que me lleva lo sabe y me suelta.
Quedo a merced de un mundo,
me divide un metal, mis dedos,
mis ojos abiertos creyendo
lo que nunca habían visto.
Tengo ahora algo que es mio, el egoísmo
me da sus dos manos y lo protege.
A eso, que se pierde haciendo
del final un nacimiento.
De ruido, de melodías, de manos
contra el metal queriendo y no pudiendo
ser eso que siento.
Y que sin saberlo estaba presente.
En alma.
"Eterna" -Prosa-
1 comentarios martes, 15 de noviembre de 2011Una mano dentro de otra mano
que se deja llevar por un ritmo
ajeno a mi, quien ejerce el poder
tiene la velocidad, las riendas
en esas manos firmes, tan suyas y mias.
No me ve desde abajo con mis intrigas, no desea
saber de mi porque ya decidió qué color tendrá
el sol de la tarde en mis ojos.
Ritmo acelerado, de viento cruzado
que hace de los oídos un solo bloque,
imparable, constante, decidido.
No lucho contra eso, me dejo ganar por
esa derrota de los sentidos, de lo que no sé qué es.
Veo con ojos de tarde algo blanco cortando la pared azul.
El motivo del viento, la razón de mi mano dentro de la mano.
Tengo miedo de acercarme, lo miro con el recelo
de lo que no comprendo,
lo alejo para verlo más cerca.
La mano me suelta. Yo miro el mar.
Miro el motivo desde abajo,
miro a quien ejerce el poder.
Sensato egoísmo de estar
donde a ella le gusta estar.
Y ahora a mi. De la mano.
read more “"Eterna" -Prosa-”
que se deja llevar por un ritmo
ajeno a mi, quien ejerce el poder
tiene la velocidad, las riendas
en esas manos firmes, tan suyas y mias.
No me ve desde abajo con mis intrigas, no desea
saber de mi porque ya decidió qué color tendrá
el sol de la tarde en mis ojos.
Ritmo acelerado, de viento cruzado
que hace de los oídos un solo bloque,
imparable, constante, decidido.
No lucho contra eso, me dejo ganar por
esa derrota de los sentidos, de lo que no sé qué es.
Veo con ojos de tarde algo blanco cortando la pared azul.
El motivo del viento, la razón de mi mano dentro de la mano.
Tengo miedo de acercarme, lo miro con el recelo
de lo que no comprendo,
lo alejo para verlo más cerca.
La mano me suelta. Yo miro el mar.
Miro el motivo desde abajo,
miro a quien ejerce el poder.
Sensato egoísmo de estar
donde a ella le gusta estar.
Y ahora a mi. De la mano.
"El número" -CC-
1 comentarios viernes, 9 de septiembre de 2011
La una de la tarde. Martes. El Banco estaba increíblemente vacío, los asientos desocupados y el cartel de llamado de los clientes fijo en el número 74. Titilaba esperando pero nadie aparecía. Ramón había aprendido en casi seis meses de trabajo ahí que su tarea no era sólo de “seguridad”, sino poco menos que de asesor en dudas y afines. Además de estar atento a todo debía responder preguntas bancarias que bien variadas eran.
Pero ese día todo estaba tranquilo, había una sola persona sentada esperando ser llamada. Como nadie aparecía y estando semi vacio el lugar, fue directo al hombre en cuestión. Un tapado gris, una gorra elegante, creía ubicarlo de verlo mes a mes. Tenía las manos cruzadas y miraba hacia adelante, parecía extraviado en algún pensamiento.
Ramón le toca el hombro al viejo, lo mira y sonríe. Señor…no hay nadie, puede usted pasar.
“No, tengo el número 75”, le dijo el viejo a Ramón, quien se rascó la cabeza para tratar de entenderlo.
-Mire…con el número ese lo van a atender igual, puede pasar…
”Soy paciente, espero mi turno”, dijo el hombre mirándolo a los ojos con cara de no querer ser más preguntado. Cuando comprendió que su explicación no era muy clara, a Ramón se le ocurrió algo. Fue al aparato, el de color rojo y pico negro de donde se sacan los números, y le iba a llevar alguno para que entienda la progresión, que ya podía pasar. Se llevó una sorpresa: todos los números eran el 75. Lo miró al letrero titilando en el 74.
Volvió a fijar la vista para asegurarse no estar del todo loco y empezó a tirar del rollo de números, todos eran el mismo. Se cayeron, desenrollados, al piso. Ramón se puso nervioso, nadie lo miraba. De nuevo los números en el aparato y fue adonde estaba el viejo, que seguía ahí. Siguió hasta las cajas, la gente de las ventanillas lo miraban sin entenderlo porque no le salían las palabras, se desesperó porque no podía expresar lo que le pasaba.
¿Y qué le pasaba?. Todos los números iguales y no había gente, o uno solo que no era atendido. Volvió cerca del viejo, que lo miró y le hizo un gesto con la mano. Ramón pegó un grito. Se despertó. Estaba agitado de haber corrido una especie de maratón mental en un sueño feo. Eran casi las siete. Preparó el desayuno, se puso el uniforme. Le sobraron diez minutos a su rutina y prendió la radio para dejar pasar el tiempo.
Cuando salió caminó encandilado por el sol de mañana. Se puso la mano arriba de las cejas para hacerse visera. En diagonal un hombre va a cruzar la calle por el medio, viene un colectivo. Ramón le grita pero el hombre mayor miraba para abajo. Se cruza y confía en que el chofer a tiempo parará, alcanza a tomar al viejo de uno de los brazos. Lo gira y ambos caen cuando justo el chofer frena. Se levantan los dos bastante doloridos.
El viejo, de tapado gris y gorra elegante, le agradece. Ramón abre los ojos como si hubiera visto lo que vio: una aparición. Por tercera vez tuvo un sueño premonitorio que se cumplió, pero para que no le digan loco no se lo va a contar a nadie. El colectivero la noche anterior también había soñado que en algún momento del recorrido tenía que frenar. Porque dos locos salidos de ningún lado se le iban a cruzar.
Satisfecho de haberle hecho caso al destino, el chofer de la línea 75 arrancó. Y también se fue.
"Sólo dos, dos solos" -CC-
1 comentarios jueves, 4 de agosto de 2011
Le dijo que era hermosa. Le dijo que le parecía muy humana cuando opinaba de cosas suyas, que sentía que lo contenía y respetaba. Una noche le confesó por el chat sus problemas no resueltos, sus miedos paralizantes, sus ganas de ser otro. Un día combinaron el horario y se vieron por la web cam. Se saludaron como dos nenes felices por vez primera de mirarse en movimiento.
Se habían intercambiado fotos pero cuando ocurre eso uno manda la mejor que tiene, que no siempre es lo real que uno es. Él acomodó los objetos de la pared un minuto antes, para que parezca de fondo todo ordenado. Ella antes de conectarse se arregló el pelo y se levantó las pestañas con dos dedos para que tuvieran más curva. Fueron veinte minutos hasta que él decidió apurar el fin para no quedar como pesado.
Se pidieron permiso mutuamente y comenzaron a mandarse mails. Contaban cosas cotidianas y pasaron a las más profundas de cada uno, las opiniones que no se hacen públicas a veces ni frente al espejo. Se tuvieron confianza. Ambos eran felices sabiendo que un correo electrónico los esperaba a diario.
Intercambiaron números de celular. Se mandaban sólo mensajes de texto hasta que quedaron a los tres días en encontrarse, finalmente. Lavalle y San Martín. Cinco y media de la tarde. Él se pone cerca de una pared para poder verla llegar. Ella hace que mira una vidriera para verlo a él primero. Cinco minutos después los dos van a la esquina.
Se miran a los ojos, se saludan, se toman de los brazos. Se quedan un segundo reconociéndose. Pero ella baja la cabeza. Él le levanta la cara con su mano y la mira con ternura. Sintió que no era suya, que se lo decía con los ojos de alguna manera.
Se puso triste y ambos se alejaron. Dos personas enamoradas. Pero del camino más que de la meta. De internet, más que del encuentro.
A la noche volvieron a hablarse por el chat. Debatieron qué era ser feliz. Si estar enamorado o saber ocupar el tiempo. Y ambos aun no logran saberlo.
"Su mejor sueño, dormir" (texto presentado en concurso)
3 comentarios miércoles, 19 de enero de 2011
Leonor se despertó en el mejor momento de su sueño, aunque nunca recordaba ninguno con exactitud. Sobresaltada por el ruido de la alarma de la casa, abrió los ojos y dio con su cabeza contra una madera rectangular que sostenía libros casi estratégicamente puesta para el golpe inevitable. A veces sentía que su propia habitación era una carrera de obstáculos por la mañana.
Se fue rumbo a la puerta tocándose el pelo largo, aplastado luego de horas contra la almohada. Lavó sus dientes e intentó peinarse, esfuerzo que dejó a los diez segundos. Bajó a desayunar con esperanza de encontrar lo que su familia le hubiera dejado, ellos siempre se levantaban más temprano lo que hacía que nunca pudiera dormir bien. La alarma seguía sonando y ya en las escaleras puso los pies en el descanso rumbo al tramo final y la luz del ventanal abierto le hacía cerrar un poco los ojos. Bajó sin hacer ruido casi instintivamente, se agachó un poco como si eso la ayudara a ver mejor pero más como una maniobra de cautela.
Desde la escalera podía ver parcialmente la cocina pero no la mesa en donde todos desayunaban. Se fue acercando a la puerta de la cocina y sintió a sus espaldas a alguien por detrás moverse y giró, viendo a un hombre que sobre ella iba con un brazo en alto. Esquivó el intento y quiso golpearlo con la mano pero no pudo cerrarla completamente y con tres dedos casi extendidos aun así fue certera. El hombre golpeó su cabeza contra el último escalón. Leonor entró a la cocina esquivando cosas sin detenerse y buscó en eternos tres segundos un cuchillo del cajón, volvió a la escalera pero el hombre seguía ahí sin moverse. Se miró la mano y el cuchillo lo sintió sucio y al verlo entró a la cocina. Sus padres y su hermano estaban casi al pie de cada silla que a la mañana ocupaban. Pasó por entre ellos rumbo a la heladera, que abrió para sacar las pastillas recomendadas por el psiquiatra para poder dormir mejor, y que olvidaba siempre tomar. Cuando la policía llegó, encontró a un colega de ellos muerto al lado de la escalera, que fue en aviso de la alarma activada. Subieron y Leonor había retomado el sueño.
La despertaron y otra vez volvió a golpearse la cabeza con la base de madera que sostenía los libros. Y otra vez, volvieron a despertarla en la mejor parte de su sueño.
Daba
"Dejar para ser" (prosa para concurso)
5 comentarios martes, 11 de enero de 2011
“Todo un paisaje cabía en la ventana pequeña, el piso cruje de viejo con dolor estoico dando dulce apuro a mi llegada. El corazón avisa sinfonías en el desfile de palabras, temblorosas en el papel. La mano busca textura y cariño esperado en tinta, en prosa. La sorpresa en acción mecánica no es contradicción, deseo lo que leo. Pero una alegría tiene lágrimas y son las gotas que invaden el tibio camino de sol.
Entonces la mente es el papel escrito llevándose el amor de dos, una obra eterna construída a diario, ahora de nadie. El papel se deshace con todas las palabras dentro de mi y es miedo a perderme, la desilusión toma sin control mis sueños de cielo azul, se percibe sin sentirlo, se respira sin oxígeno.
Fragmentos en el cuerpo dolido de ya no ser crujen como el piso que ya no veo. Mis manos abiertas quieren el futuro del presente doloroso, quieren final.
La figura de lo que era se desvanece resquebrajada, el camino a dejar de ser tiene todo y nada de mi, de volver para buscarme. Y de volver para irme.”
Daba
Renata, una valija en el corazón: El inicio en el camino
1 comentarios miércoles, 17 de marzo de 2010Ella despertó sobresaltada y antes que sonara su reloj. Se puso de costado y con un brazo sostenía toda su cara de sueño. Esperó oír el despertador pero ya se sabe que cuanto más se lo espera aun más eterno es el correr de los segundos. Cuando ese minuto y medio desesperante pasó, sonó su reloj de color verde. Lo miró fijo como para que ese infernal ruido le despierte todas las neuronas y a los cinco segundos lo apagó.
Se sentó en la cama y se tomó la cabeza con las manos. Los dedos se hundieron en el pelo largo de su cabeza y así quedó, ordenando las ideas y esperando que el sueño la abandone. Buscó sus gastadas sandalias pero puso el pie derecho en la sandalia izquierda. Aun con esa dificultad matinal pudo llegar al baño y mirarse al espejo. Se enfrentó a si misma, se lavó la cara y con su dedo índice miró debajo del globo ocular, a ver si esa zona estaba roja o pálida, resabios de una infancia con su salud bastante vigilada. Su autotest de salud fue positivo y arrastrando la única sandalia que encontró, abrió la puerta en busca de la cocina.
Le molestó la claridad del pasillo y puso pequeños sus ojos con un gesto adusto. Cuando estaba por abrir la heladera recordó tener una sola sandalia, entonces la adelantó sacándosela del pie para ver a qué lado correspondía. Vio que era su sandalia izquierda y con un pie en el aire abrió la heladera. Sacó parte del desayuno que luego el microondas convertiría en comible, aquel envoltorio que la madre rotuló “Renata”. Pensó que podía ser la última vez por un largo tiempo en que hiciera eso y que todo, lo mínimo, quizás ya pasara a ser un lujo. Pero con el mentón en alto dejó pasar ese pensamiento y con la suficiencia de los recién despiertos no pensó en nada más que comer.
Cuando terminó dejó la taza en la pileta y se arrepintió de la mecánica maniobra. Volvió y se puso a lavar el plato y la taza. Mirando el detergente fluir pensaba en una lista mental de personas a quienes ya había avisado la noticia: en la casa todos lo sabían; en el trabajo, a quienes les importara (ella comunicarles y a ellos interesarles); sus amigos estaban al tanto: algunos aprobaron con silencio la idea y otros desaprobaron de la misma forma. Finalmente sus conocidos del barrio no dirían nada, o en realidad que la sangre tira, que toda la familia siempre fue así, que siempre se la creyó una solitaria empedernida. Con los preconceptos de todos en su lugar, ya estaba preparada para el inicio del viaje.
La valija hecha desde el día anterior. La mental, la que lleva todos los sueños posibles, también y desde un tiempo antes. Desde que lo habló con sus padres y trazó teorías sobre la conveniencia de un viaje largo para sus estudios, y desde el permiso tácito de su abuela, a la que explicándole menos sabría que no sufriría su ausencia tanto. A su novio, al que vería ya que las vacaciones itinerantes estaban aseguradas. Con los permisos familiares en orden, la ropa cómoda tal y como quiso, las zapatillas nuevas y grandes recién compradas, era hora de irse. Saludó como en las películas a la familia en orden de estatura. El papá, que presente y ausente por el trabajo acertó a estar en la despedida, la mamá, que la abrazó como para que llevara ese calor durante el viaje. Luego su hermanito, querible, conocido y desconocido según fueran sus días de adolescente. Y en el final el perro, que quería ganar altura saltando para saludar a la par de los humanos.
La despedida y lo posterior seguramente no era como en las películas. Cuarenta y cinco minutos esperando un colectivo que no llegaba. Cuando se dignó a aparecer estaba repleto. Subió con su mochila a la espalda y sintió que incomodaba bastante. El viaje era hasta la terminal de micros, que se aguanten, pensó. Este viaje es sólo de una vez y para siempre. Llegó y esperó que nombraran su micro. Cuando supo cuál era se subió y apenas sentada respiró profundo en busca del aire (acondicionado) que aun no estaba prendido.
Miró por la ventanilla el techo de la terminal, gris y crema, y maldijo la combinación de colores. Vio los pasajeros que aun restaban subirse y resopló nerviosa. Nadie la había ido a despedir, son muy tristes las despedidas, pero en el fondo quizás esperaba que alguien en el andén levantara la mano saludando su sueño. Pero les ordenó a todos no aparecer y debía ser fiel su corazón a la orden que ella misma dictó.
Cuando el micro arrancó se tocó con las palmas de las manos sus bolsillos a ver si en ese chequeo con el tacto llevaba documentos y pasaje. Comprobó que si y se acomodó en el asiento. Invade la nostalgia cuando el micro acelera y las calles van viéndose cada vez más rápido. Y esa es como una síntesis de los recuerdos y su velocidad.
El pasaje decía ida a Bariloche, pero su corazón y su destino estaban aun sin saber donde bajarse. En la primitiva idea lo que soñó fue hacer un libro (ella que de chica odiaba leer ahora todo tiene forma de libro) con sensaciones de cada lugar visitado en su infancia, y cómo lo veía ahora ya de grande, hasta imaginó el no muy original título de “Retratos”. Por eso su primer destino sería Bariloche, fue su primer viaje con una cierta cantidad de horas y era el momento de revivirlo. Lapicera y papel llevaba, aunque en sus manos pronto pasará a ser un diario personal más que un bosquejo de libro.
Recordaba lo poceada que estaba la ruta 3 hace ya varios años y algunas de las paradas que el micro hizo camino a Bariloche. Y al igual que aquella primera vez, llegó a esos puntos al anochecer. Uno era Azul, y la terminal de micros con vidrios en todo un costado aun seguía ahí. La palabra Azul en una pared del fondo era algo nuevo y detenerse ahí 15 minutos le dio la chance de bajarse con el cuaderno y la lapicera. La noche no dejaba ver demasiado y junto a ella unas seis o siete personas también bajaron, con bolsos y cara de sueño. Los bolsos alargados y las botas de caña alta daban la impresión de que eran policías, pero el sueño no le permitía discernir demasiado.
Empezó a sentir frio y respiró profundo un aire que ya era un poco menos húmedo que el habitual. Miró el micro y desde afuera, el lugar que ella ocupaba en él. Se sintió pequeña dentro de esa gran estructura pero el ruido del motor la hizo volver a sentir la noche y el frio. Aceleró el paso y se metió de nuevo ahí.
La noche era estrellada y no tenía sueño. Su cortina de la ventana permaneció corrida toda la noche, y se acomodó para ver mejor las estrellas en esa noche color oscuro. Buscaba y encontraba formas a cada grupo de estrellas y se divertía al hacerlo, pero la ruta se empeñaba en no jugar con ella. Cada vez que encontraba formadas siluetas llamativas la ruta cambiaba de dirección y el micro viraba, con lo cual las formas también cambiaban. Había que empezar de nuevo. Se divirtió hasta que la venció el sueño.
Se despertó unas cinco horas después. Abrazaba su cuaderno y una campera mal doblada le servía de almohadón. Vio que todavía la noche estaba ahí pero de pronto la claridad fue torciéndole el brazo, y una línea de color blanco en ese horizonte hasta hace un segundo muy oscuro, se fue aclarando y tomando ese color brillante tan extraño que sólo en el cielo ocurre. Achicó los ojos como prestando atención a lo que estaba pasando y se acomodó en el asiento.
Estaba siendo testigo del amanecer y por primera vez le ocurría.
La claridad del horizonte fue elevándose en metros y lentamente tomando toda la línea horizontal que los ojos de Renata le permitían ver. Cuando el sol comenzó a salir ella instintivamente abrió su mano y la apoyó en la ventana del micro…era como recibir un poco de aquella maravilla de la que era testigo, quería sentirlo propio. Cuando entre árboles allá a lo lejos el sol ya era el mismo de todos los días, ella se incorporó y se acomodó el pelo, como quien ve a alguien cuando uno apenas se levanta, con lentitud.
El micro frenó evitando un lomo de burro y le desacomodó la campera-almohadón de la cabeza. Y cansada de estar en una misma posición estiró el cuello e inspeccionó otros asientos y otras realidades. Muchos dormían, otros estaban con sus celulares chequeando vidas propias y ajenas, todo bastante rutinario y normal en travesías largas.
El viaje de Renata ya había comenzado pero estaba sin destino claro.
Sin embargo ella ya estaba llegando a Bariloche.
Vaya paradoja, el del inicio de un camino.
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