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."Corre por las venas".

0 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Dejame tener la culpa de quererte. De confiar, de intentar, de sentir hacer lo suficiente. Dejame probar de qué lado es la orilla a la que me lleva el amor en marea. Con el maldito viento a cuestas y con el hambre de las cosas buenas. Dejame por un dia que seas la felicidad de lo que somos cuando llego a tu mundo y mi mundo de coincidencias. El que no busco y nos encuentra. Dejame que llore cuando un hombre pasa a ser un niño que lo intenta. Dejame tener la culpa de quererte. Y decírtelo en mis venas, donde corre la sangre que sueña. Tuya. Y nuestra.
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"La medida de los sueños" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 16 de junio de 2012
Me quedé despierto anoche con la ilusión de verme soñar. Lo intenté poníéndome en diagonal a la cabecera de la cama, boca abajo, boca arriba. Cerrar los ojos pero no dormirme, sólo estar atento a ese momento en que arranca algo tan simple. Durante los dos últimos días pensé más en las noches. Lo que creo es que no tengo un mecanismo, ni me condiciona cierta imagen final antes del sueño, sólo caigo cuando Morfeo desea y de ahí, el resto. Anoche quise engañar a mi deseo. Escribí lo que recordaba había soñado días antes, lo dejé cerca de la cama. Me dormi de costado. De pronto mismo lugar, mismos protagonistas, misma ropa. Mismos diálogos. Pero le hablaba a alguien que me daba la espalda, de la que sólo veía su pelo largo. Quise acercarme estirando el brazo, le toco un hombro y la eternidad de espera, años, parecía un freno, no giraba, quería ver el rostro soñado. Con lentitud se da vuelta, alcanzo a ver un perfil de costado. Me sobresalto. Y me despierto. Prendo la luz, escribo algo: “Está tan dentro mio que aun no puedo verla. Supongo que ella lo sabe, por eso no se da vuelta. Si la viera a los ojos quizás el sueño pudiera empezar a ser certeza”.
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."Allá están".

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Yo creía que los miedos eran cosa de fantasmas, que sólo los veía en esas películas baratas. Pero creo que los miedos se cargan como recuerdos que uno tuvo y de grande, vuelve uno por todos ellos, lentamente, sin quererlo, quizás sin proponérselo. Hoy me puse a pensar si esto que es tan nuevo, en el fondo no es aquello que guardé con tanto celo. Cosas que nunca supe, cosas que tengo dentro, que por alguna causa se activan con desenfreno. Me la paso describiendo lo feo que es tener miedo, como manera de perderle el respeto que le tengo. O tenía, en realidad. O tengo cuando lo pienso. Es raro encerrarse en lugares de esos muy bien abiertos. Que falte un poco el aire frente al viento más intenso. Que haya nerviosismo cuando se está solo y con tiempo. El que lo pueda dominar, dominará todos sus miedos. Y el que falla pero lo intenta, lo seguirá describiendo.
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."Nothing".

1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012
Nadie puede escribir mientras tiembla. Nadie puede llorar y reir. Nadie creyó morir y vivir en unos labios. Nadie prometió lealtad a cambio de una sonrisa. Nadie amó para luego aprender a querer, y no al revés. Nadie recetó tu amor en mi cuerpo, herido de intentarlo. Nadie, que yo sepa, te ha tratado sin herirte, y por eso te entiendo. Nadie me obligó a tenerte en mi horizonte. Nadie me dijo que camine hacia vos. Nadie me dijo que sos mi sol. Nadie, menos vos.
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"Melodía" -cuento corto-

1 comentarios viernes, 3 de febrero de 2012
¿Dónde había oído esa canción?. Daniel ya parecía un loco intentando recordar de dónde le surgió hacía tres noches tararear algo. Era una canción que oyó de pasada, quizás en la calle o de la radio en su casa. Vivir en Trenque Lauquen reduce la cantidad de lugares para ir a preguntar. Fue a la única disquería grande y le cantó la melodía al empleado, que lo miró con cara de susto y los ojos bien abiertos. No sabía tampoco si era en castellano o en inglés, recordaba sólo una parte en piano, le había gustado de verdad. Buscó por internet los nuevos temas en las radios pero descubrió que la música en la web es para quienes saben qué buscar y lo encuentran. Es imposible sin datos. La melodía en una persona se pega, no la deja y gana por cansancio. Daniel estaba cansado de que le guste y encima no sabía ni el nombre. A los diez días, en la sala de espera del dentista y detrás del ruido del torno, la música funcional le dio una mano. Y sonó clara la melodía. Se puso de pie con los brazos en alto y fue a la secretaria. Ella le dijo que la música la ponía el médico desde el consultorio. Cuando le tocó su turno Daniel le contó toda la historia. El hombre se rió, ambos rieron. Y le dijo que la música era de un compacto de su hermana que cantaba tangos. Algunas de las canciones las pasaron por la radio local y seguramente Daniel allí la oyó. Preguntó cómo se llamaba la canción: “Un rosal”. Consiguió el compacto y le pareció muy bueno. Al mes y medio ya la melodía le había cansado, pero no podía dejar de oírla. La letra decía “un rosal tiene dos caras, el destino acaricia y pincha, la noche en la sombra te confunde”. Daniel de Trenque Lauquen aun escucha esa canción. O la canción ya lo escucha a él, le ganó de cansancio. Y lo acaricia todas las noches hasta que se duerme.
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"Reflejos" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 20 de enero de 2012
Miguel pensó lo imposible: intentar esconder dentro del papel para regalos una bicicleta. Intentó pero no pudo, le puso igual un moño y la dejó cerca del portón de entrada, asi su hijo Gastón la vería cuando llegara de la escuela. Por alguna causa extraña él estaba con tanta o más expectativa que el hijo, quería verle la cara de alegría cuando llegara. El chico bajó del micro escolar y tocó timbre. La mamá le abrió, entró y se fue rumbo a la puerta. Nunca vio a su derecha donde estaba la bicicleta. La madre lo llama y lo hace salir. Gastón se da cuenta y abre los ojos. Ahora sí, Miguel iba a disfrutar de verlo feliz. Pero el hijo se acercó y la miró estudiándola, la tocó como para sentirla real y cercana. Se subió y se sentó pero como quien se ubica en la silla del dentista: con pocas ganas. Entró a la casa después de saludar al papá y un “gracias” con gusto a poco para Miguel. El hijo se puso a jugar con la computadora. Madre y padre tomaban mate en la cocina. La mujer parada, apoyada contra la mesada le servía el mate a Miguel, que tenía una desilusión tremenda. Ella lo intentaba consolar diciéndole que ahora los chicos son asi con los regalos, que lo iba a valorar con el tiempo. Miguel recordó su primera bicicleta, el honor de ser el segundo en la cuadra en tener una; en cómo sus amigos hacían fila para subirse. En la adrenalina de acelerar para que el dínamo de la lamparita de adelante encendiera aun más. En lo libre y alto que ahí arriba se sentía, del viento en la cara que le gustaba oír, de la independencia que sentía subido a los pedales. Pasaron dos días. Gastón no registró la bicicleta, que los padres entraron a la casa y la pusieron detrás del sofá. En el fin de semana el papá estaba leyendo en el patio y se acerca el hijo. Le pregunta si podía enseñarle a andar en la bicicleta. Miguel se agarró la cabeza. Nunca le había enseñado con casi ocho años. Sintiéndose culpable lo llevó a la plaza. Miguel recordó que a él le enseñó un vecino, poniéndole el brazo estirado al lado de él para hacer equilibrio, y eso hizo ahora. Gastón tiene el pelo más corto que cuando Miguel tenía su edad pero como siempre, se vio en él cuando de a poquito se fue alejando solo y sin ayuda con la bicicleta. Años después el círculo de algún modo se completaba. “Dejame”, dijo el hijo, y su padre lo soltó para que andara. Así, Miguel dejó de verse en Gastón todo el tiempo. Para dejarlo de una vez por todas, ser.
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"Busco donde no estés" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 19 de enero de 2012
Salió corriendo. Cruzó la calle mal y por la mitad. Empujó a una señora y sin parar se dio vuelta a ver si había caído: no. Casi. El mismo rumbo dos cuadras derecho, se apuró aun más para ganarle al semáforo de peatones y pudo cruzar la calle. Notaba que la gente lo miraba, razonaba eso mientras seguía corriendo. Incluso pensaba en que no hacía falta correr pero algo lo impulsaba que no podía manejarlo. Cruzó la avenida, en la esquina una playa de estacionamiento, creyó que ahí era. Se puso a buscar detrás de los cuatro autos que estaban pero no resultó ser el lugar. Agitado retomó la corrida, tres cuadras más del mismo lado impar, esquivando mujeres mayores con sus carritos, chicos y mesas en las veredas. Ya sentía que las cosas no tenían sentido. Fue bajando la velocidad, su corazón dejaba de tener razones para correr y eso (que no sabía qué era) ya no lo impulsaba. Se quedó con los brazos en jarra, cerca de una esquina. Tomaba aire. Se miró y se vio espantoso con unos pantalones cortos que fue lo primero que encontró para ponerse. Miró para ambos costados. Vio a la gente, escuchó el ruido de la calle, prestó atención, quizás estaba mirándolo. Se tocó su cabello transpirado y se quedó con las manos en la cabeza unos instantes, cerró los ojos. Se creyó un loco. Sintió pena por él. Juró no contarle a nadie esto porque lo haría ver ridículo. Emprendió el regreso, caminando lento. Contó las cuadras y había hecho 36. Volvió a su casa y fue directo a bañarse. Intentaba razonar mientras miraba el agua caer. No entendía el juego, si es que era un juego. Su vida era muy ocupada para esto que todos los días lo atormentaba, salir sin saber por qué ni para qué. Castigo: hasta que aprenda, todos los días su inocencia perdida lo citará en lugares adonde nunca lo esperará.
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"Mitad y mitad" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012
Los dos hombres apuraban el paso. Se habían encontrado en la esquina y como si se conocieran de toda la vida se saludaron. A mitad de cuadra entraron al Banco. Es de los lugares que invita a quedarse con el aire acondicionado prendido, respiraron aliviados. Parecía hermanos, los dos de traje gris. Sacaron número y se sentaron en las últimas filas. Uno rompió el hielo. “Me llamo Quique. ¿Vos?”. Yo Julio, encantado. Y Julio siguió hablando porque Quique no hablaba. Le dijo que tenía 43 años, que se había separado hace poco y que su hija de 7 años aun intenta pegarle cuando lo ve. Que lo culpa de la separación porque esa idea le metió la madre. Que él no haría algo para dañar a la nena. “¿Cómo se llama la nena?”. Lucía. Le dice a Quique que es hermosa, que ella se rie y él no piensa más en nada, pero que cada vez que va, la nena está nerviosa, se siente mal de verlos asi. “¿Así cómo?”. Separados, le dice Julio. Le confiesa que está triste todo el tiempo, que ya no trabaja con las mismas ganas de antes, que los demás le dicen que debe ir a un psicólogo. Quique escuchó la catarata de información de alguien a quien conoció en la esquina y en 10 minutos le había contado sus pesares. Le preocupaba que no le tocaba nunca el número y a la vez tener que escucharlo a Julio. Por 15 minutos lo veía mover los labios pero dejó de prestarle atención, estaba pendiente de la numeración. “Nos está por tocar el número”, le dice a Julio, interrumpiéndole el monólogo. Ambos se paran y cuando llaman al 59 van a la caja. Uno hace la operación y el otro tapa un poco la visual para que los que están sentados no vean. Con la mampara se ve igual la acción, es la teoría de Julio. Cuando Quique termina con la operación ambos salen casi a la par. Saludan al de seguridad, que les abre la puerta. Apenas salen cada uno se va para distintas esquinas con el dinero repartido en una sola maniobra y casi en mitades iguales. “¿Cómo era tu nombre?”. Julio. “Chau”. Y se va Quique pensando en que Julio es un buen ladrón, pero habla hasta por los codos. Mañana se juntarán en otra esquina. Por las dudas recomiendo sacar número antes que ellos.
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