El condenado, a la silla
1 comentarios viernes, 19 de febrero de 2010Lugar: Instituto F.L.E.N.I Edad: 23 años Año: 1996
Seguramente todos sabemos qué son las rachas tanto negativas como positivas de las que pasamos con gloria o con rapidez, según sea el caso. Hubo dos años en los que definitivamente si hubiera un acelerador de cinta de la vida, sin dudas lo usaría, que fueron los años 1995 y 1996, por diferentes motivos. No voy a hacer un show de la desgracia así que aceleraré aquí la cinta para hablar sólo de una cuestión.
Estuve varios meses sin caminar y sin saberse qué era lo que tenía. Era objeto de todo tipo de estudio y ya en un punto uno pasa a no ser consultado sobre cómo se siente, sino que se deja llevar por las decisiones de otros. Admiro a los veterinarios que siempre tienen ante si a pacientes mudos, que sólo hablan por sus síntomas. Debe ser complicado interpretar, ¡si seguía yo de ese modo el veterinario era una opción de consultar!. En mi caso yo hablaba pero no daban en la tecla, y salvo el ginecólogo, usé la cartilla de la obra social casi completa.
Si no podía caminar por un mareo tipo alfiler que pinchaba justo en medio de la frente, me quedaba en casa y en cama. No pude ir más a estudiar Derecho. Tampoco a nadie se le ocurrió que una silla de ruedas podía ser la solución, pero a mi tampoco. Los médicos cuando no saben, instalan en familiares las dudas, no es al revés. Porque diagnosticar con los exámenes en la mano no es criticable, el tema es cuando realmente no se sabe qué pasa. Arriesgaron problema neurológico y todo llevó a eso.
A través de recomendaciones de médicos llegué al Instituto F.L.E.N.I. que era y es lo mejor en cuanto a neurología. Fui en remis desde mi casa y me pusieron una silla de ruedas a disposición. Acompañado por mi madre, subí por el ascensor hasta un consultorio en donde un Doctor que no nombraré porque aun atiende, me vio, me saludó, me miró las pupilas con una linternita y me hizo sentar en una camilla. Me preguntó mi nombre y sacó un martillito del guardapolvo y comenzó a golpearme las rodillas, de a poco más fuerte. Yo lo miré. No habló más. Guardó su martillito, dijo “buenas tardes”, y desapareció tras una puerta.
Al otro día, por teléfono, le avisan a mi madre que debía hacerme ahí un estudio. Remís, largo viaje, silla de ruedas, consultorio otra vez. Yo más que enfermo, estaba cansado de la situación. Nos hacen esperar en una sala con bastante gente, alfombrada en color crema, de paredes color crema y cuadros con marcos…también de color crema, si. Mi madre se queda al lado de mi, parada.
Unos 40 minutos después no había novedades. Yo tenía ganas de ir al baño. Se lo digo a mi madre, quien va a donde estaba la secretaria. Su mesa tenía forma de semicírculo y en los extremos libros y papeles que parecían hacer tono con el ambiente. La mujer era flaca y alta, de pelo atado. Mi madre se acerca y en voz baja se estira tan larga como es (y no es muy larga) para hablar en voz baja sobre lo de ir al baño.
La secretaria escucha a mi madre y en un momento tuerce su cabeza tratando de mirarme…me observa y yo me sentí avergonzado de cómo me miraba, era violento. Decide, porque fue una decisión sin dudas, decirle a mi madre en voz mas o menos alta “Sabe lo que pasa, señora…baños para discapacitados no tenemos en este piso”…
A veces se necesita un clic, un disparador para poder salir de un problema y sin dudas esa frase lo fue, y así aun hoy me lo tomé. Abrí los ojos y me empezaron a circular las ideas, se ve. Apoyé las ruedas de la silla contra la pared para que no se moviera y me incorporé, cosa que no hacia mucho y me costaba bastante. La llamé a la chica moviendo dos dedos. Se acercó y le hice el gesto de que se quedara al lado de mí. Le digo “decime dónde está el baño”, y me señaló el final de un pasillo.
Yo la agarré del brazo y empezamos lentamente a caminar, cosa que hacía 7 meses no podía. Mi madre se quedó dura en su lugar y lloraba. Yo iba con la chica del brazo y le pregunté el nombre, me dijo Carolina…fuimos dando pasos cortos pero dentro de todo con un cierto ritmo. Llegamos a la puerta del baño y le digo “ahora yo voy a entrar…por favor camino, ritmo, quedate acá y cuando salga me acompañás de nuevo”, con un tono más de orden que de favor. Ella bajó la cabeza y yo entré.
Me miré al espejo y me vi horrible, con el pelo muy largo…me apoyé con las dos manos en los extremos de las canillas y disfruté el estar vertical, era una cosa extraña. Salí del baño y allí estaba la chica. Me agarra del brazo y empezamos el camino inverso. Mi madre intenta acercarme la silla y yo la freno con un gesto del brazo, quería caminar esos metros. Ahora tenía a la gente de la sala mirándome de frente. Cuando llegué de nuevo a la silla dije Gracias y ella en voz baja me dijo “de nada”.
Dos cuestiones surgen para mí luego de esto. El primero es por qué algunas personas tienen la delicadeza de un mastodonte, y atienden al público con menos tacto que pata de elefante. Ella no puede decir eso en voz alta con la clara intención de que yo escuche su respuesta. En realidad no debería, poder pudo. Lo segundo es saber cuánto cambia el concepto del mundo cuando se está un poco más abajo en la estatura y en los movimientos. Lo dependiente que se vuelve de otros, qué barreras hay que enfrentar, qué cosas modifica en lo diario.
No guardo rencor contra nada ni nadie y lo vi como el motivador para poder recuperarme. Y deseo que a esa mujer nunca le toque una secretaria como ella misma. Aunque también habrá sumado algo más a partir de lo pasado, estoy seguro. Todos aprendemos, y todo el tiempo. No mirará más a alguien en una silla como un condenado. Supongo.
Estuve varios meses sin caminar y sin saberse qué era lo que tenía. Era objeto de todo tipo de estudio y ya en un punto uno pasa a no ser consultado sobre cómo se siente, sino que se deja llevar por las decisiones de otros. Admiro a los veterinarios que siempre tienen ante si a pacientes mudos, que sólo hablan por sus síntomas. Debe ser complicado interpretar, ¡si seguía yo de ese modo el veterinario era una opción de consultar!. En mi caso yo hablaba pero no daban en la tecla, y salvo el ginecólogo, usé la cartilla de la obra social casi completa.
Si no podía caminar por un mareo tipo alfiler que pinchaba justo en medio de la frente, me quedaba en casa y en cama. No pude ir más a estudiar Derecho. Tampoco a nadie se le ocurrió que una silla de ruedas podía ser la solución, pero a mi tampoco. Los médicos cuando no saben, instalan en familiares las dudas, no es al revés. Porque diagnosticar con los exámenes en la mano no es criticable, el tema es cuando realmente no se sabe qué pasa. Arriesgaron problema neurológico y todo llevó a eso.
A través de recomendaciones de médicos llegué al Instituto F.L.E.N.I. que era y es lo mejor en cuanto a neurología. Fui en remis desde mi casa y me pusieron una silla de ruedas a disposición. Acompañado por mi madre, subí por el ascensor hasta un consultorio en donde un Doctor que no nombraré porque aun atiende, me vio, me saludó, me miró las pupilas con una linternita y me hizo sentar en una camilla. Me preguntó mi nombre y sacó un martillito del guardapolvo y comenzó a golpearme las rodillas, de a poco más fuerte. Yo lo miré. No habló más. Guardó su martillito, dijo “buenas tardes”, y desapareció tras una puerta.
Al otro día, por teléfono, le avisan a mi madre que debía hacerme ahí un estudio. Remís, largo viaje, silla de ruedas, consultorio otra vez. Yo más que enfermo, estaba cansado de la situación. Nos hacen esperar en una sala con bastante gente, alfombrada en color crema, de paredes color crema y cuadros con marcos…también de color crema, si. Mi madre se queda al lado de mi, parada.
Unos 40 minutos después no había novedades. Yo tenía ganas de ir al baño. Se lo digo a mi madre, quien va a donde estaba la secretaria. Su mesa tenía forma de semicírculo y en los extremos libros y papeles que parecían hacer tono con el ambiente. La mujer era flaca y alta, de pelo atado. Mi madre se acerca y en voz baja se estira tan larga como es (y no es muy larga) para hablar en voz baja sobre lo de ir al baño.
La secretaria escucha a mi madre y en un momento tuerce su cabeza tratando de mirarme…me observa y yo me sentí avergonzado de cómo me miraba, era violento. Decide, porque fue una decisión sin dudas, decirle a mi madre en voz mas o menos alta “Sabe lo que pasa, señora…baños para discapacitados no tenemos en este piso”…
A veces se necesita un clic, un disparador para poder salir de un problema y sin dudas esa frase lo fue, y así aun hoy me lo tomé. Abrí los ojos y me empezaron a circular las ideas, se ve. Apoyé las ruedas de la silla contra la pared para que no se moviera y me incorporé, cosa que no hacia mucho y me costaba bastante. La llamé a la chica moviendo dos dedos. Se acercó y le hice el gesto de que se quedara al lado de mí. Le digo “decime dónde está el baño”, y me señaló el final de un pasillo.
Yo la agarré del brazo y empezamos lentamente a caminar, cosa que hacía 7 meses no podía. Mi madre se quedó dura en su lugar y lloraba. Yo iba con la chica del brazo y le pregunté el nombre, me dijo Carolina…fuimos dando pasos cortos pero dentro de todo con un cierto ritmo. Llegamos a la puerta del baño y le digo “ahora yo voy a entrar…por favor camino, ritmo, quedate acá y cuando salga me acompañás de nuevo”, con un tono más de orden que de favor. Ella bajó la cabeza y yo entré.
Me miré al espejo y me vi horrible, con el pelo muy largo…me apoyé con las dos manos en los extremos de las canillas y disfruté el estar vertical, era una cosa extraña. Salí del baño y allí estaba la chica. Me agarra del brazo y empezamos el camino inverso. Mi madre intenta acercarme la silla y yo la freno con un gesto del brazo, quería caminar esos metros. Ahora tenía a la gente de la sala mirándome de frente. Cuando llegué de nuevo a la silla dije Gracias y ella en voz baja me dijo “de nada”.
Dos cuestiones surgen para mí luego de esto. El primero es por qué algunas personas tienen la delicadeza de un mastodonte, y atienden al público con menos tacto que pata de elefante. Ella no puede decir eso en voz alta con la clara intención de que yo escuche su respuesta. En realidad no debería, poder pudo. Lo segundo es saber cuánto cambia el concepto del mundo cuando se está un poco más abajo en la estatura y en los movimientos. Lo dependiente que se vuelve de otros, qué barreras hay que enfrentar, qué cosas modifica en lo diario.
No guardo rencor contra nada ni nadie y lo vi como el motivador para poder recuperarme. Y deseo que a esa mujer nunca le toque una secretaria como ella misma. Aunque también habrá sumado algo más a partir de lo pasado, estoy seguro. Todos aprendemos, y todo el tiempo. No mirará más a alguien en una silla como un condenado. Supongo.
La vida es un tren que pasa
2 comentarios jueves, 18 de febrero de 2010
Lugar: San Antonio de Padua Edad: 11 años Año: 1984
Cuando alguien pasa mucho tiempo en un ámbito cerrado en donde hay tensión, murmullo de gente que suena a avispas y calor humano, en general se tarda de volver en si, poder ubicarse en tiempo y espacio. Esa tarea lleva sus minutos.
Pasa cuando salimos de un Banco o de alguna entidad en donde el amontonamiento de gente nos invita a retirarnos pero no podemos. Cuando lo hacemos, esa sensación de cerebro en terremoto continúa.
Quien ha tenido la experiencia nada edificante de subirse a un tren en hora pico también puede dar fe de eso. A las seis y media de la tarde de un día de semana hay que levantarse de los asientos una estación antes para ir “acomodándose” cerca de la puerta. La gente desaprueba el movimiento con la mirada, como si uno fuera culpable de vivir en donde debe bajarse. Cuando se consigue otros con las mismas ganas de salir de ahí, se intentan juntar fuerzas. Llegado el momento el tren se detiene (las puertas ya estaban abiertas porque algunos las traban para que entre el aire) y la masa, tan lejana a la que Freud estudiaba, se mueve hacia adelante, y uno se deja llevar. Yo viajaba con mi madre a la que Dios le ha dado gran bondad pero pocos centímetros, y realmente se le complicaba el panorama porque sus pies quedaban en el aire cuando la masa (qué cosa fuera) nos hace salir.
Ya en la estación de San Antonio de Padua lo primero que revisamos, ambos, son nuestras pertenencias. Ella volvía de su trabajo y yo del colegio. Nos palpamos elementos, a ver si no habían sido sacados. Una vez comprobado vía tacto que todo estaba en orden, resoplamos y encaramos para una de las salidas. El sol se pone justo a esa hora y la imagen del tren alejándose de nosotros y en dirección adonde el sol cae es muy linda. Mostramos el abono, el guarda lo perfora con su maquinita y mi madre comienza a hablarme. Y no se detiene. No recuerdo los temas, suele saltar de uno a otro sin que nadie pueda seguirla, quizás alguna de sus hermanas. Pero no tenía ninguna tía cerca así que la oía yo.
La salida es angosta y de asfalto bastante malo, es un camino de brea sin muchas ganas de ser decente. Lo bordea una malla de metal que por oxidada, está vencida para el lado de afuera. La gente salta por sobre ella y corta camino. Somos más de cien en un angosto espacio.
Empieza a sonar la campana de la barrera y la gente acelera el paso para cruzar antes que el tren. Mi madre sigue hablándome de su oficina y compañeros de trabajo de quienes podría ya trazar una idea a partir de lo que me dice de ellos, los ubico. A medida que uno se acerca a la campana de la barrera más fuerte suena. Mi madre quiere seguir hablándome casi al oído. Me detengo y miro hacia donde el sol caía y de ese lado no veía ningún tren llegar, con lo cual vendría del otro lado. Dije que me detuve pero mi madre no. Siguió caminando y por lo que veía, hablando sola sin notar en que yo paré. El final de ese angosto pasillo de brea tiene dos salidas, izquierda o derecha. Dobló a la izquierda y yo seguí mirándola hablar sola. Ahí fui consciente en que lo gracioso del momento ya pasaba a no serlo. Venía algo por la vía, todos pararon de moverse, sólo ella seguía caminando.
Cuando quise reaccionar ya estaba a más de cinco metros de mi posición así que no podía alcanzarla. Sin verla escuchaba que venía una locomotora. Elije ella cruzar en diagonal y salir por donde pasan los autos, con lo cual esa maniobra le llevaba más segundos que salir por donde correspondía. Me sentí con mucha angustia y grité, no recuerdo qué. Otra persona también lo hizo y de pronto veo la locomotora, parado yo en el caminito. La veo a ella que sigue caminando y como en los dibujitos animados, cuando saca su pie derecho de la vía, el último paso, la locomotora hace la maniobra de frenar, aunque ella ya había pasado raspando…yo me agarro la cabeza, la gente grita cosas pero yo no oigo nada. Corro hacia la barrera empujando y mi madre blanca como el fondo de estas letras, con la boca abierta y los ojos enormes, tras los anteojos. Se pone a llorar, me abraza y yo, que no expreso sentimientos tan fácilmente, intenté contenerla aunque tuviera 11 años. Los dos temblábamos y las manos de ella me tocaban la cara muchas veces, como revisándome, algo que las madres hacen imperceptiblemente para los hijos.
Algunos se acercan a verla, parecía objeto de culto alguien que realmente se había salvado de milagro. Quedó en estado de shock. Le llevé la cartera y su bolsa con los zapatos de repuesto que siempre tenía. Me agarró del brazo y enfilé para la parada de taxis. Eran seis cuadras pero creí que no estaría en condiciones de seguir caminando mucho más. Llegamos a la casa y continuaba blanca. No hubo otro tema de conversación en el resto de la noche. Me dijo que temió que yo estuviera detrás cuando escuchó que alguien la llamaba. Yo le dije que si ella se hubiera detenido ante mi grito, la locomotora la agarraba, así que agradecí su inesperada sordera. Al otro día no fui al colegio y ella pidió médico. Se engripó en pleno abril caluroso. Estuvo en cama una semana y yo sin ir a clases.
Cuando volvimos a pasar por ahí, vueltos de Capital en tren, sonó la campana de la barrera. Ella se detuvo y me agarró fuerte de una mano. Pasó esta vez un tren. Ella lo miró y yo sentía cómo su mano se iba transpirando y apretando a la mía.
Se levantaron las barreras y sin embargo miramos a ver si venía otro. El susto en forma de locomotora le duró un par de meses.
Al menos ya no hablaba de la oficina.
Cuando alguien pasa mucho tiempo en un ámbito cerrado en donde hay tensión, murmullo de gente que suena a avispas y calor humano, en general se tarda de volver en si, poder ubicarse en tiempo y espacio. Esa tarea lleva sus minutos.
Pasa cuando salimos de un Banco o de alguna entidad en donde el amontonamiento de gente nos invita a retirarnos pero no podemos. Cuando lo hacemos, esa sensación de cerebro en terremoto continúa.
Quien ha tenido la experiencia nada edificante de subirse a un tren en hora pico también puede dar fe de eso. A las seis y media de la tarde de un día de semana hay que levantarse de los asientos una estación antes para ir “acomodándose” cerca de la puerta. La gente desaprueba el movimiento con la mirada, como si uno fuera culpable de vivir en donde debe bajarse. Cuando se consigue otros con las mismas ganas de salir de ahí, se intentan juntar fuerzas. Llegado el momento el tren se detiene (las puertas ya estaban abiertas porque algunos las traban para que entre el aire) y la masa, tan lejana a la que Freud estudiaba, se mueve hacia adelante, y uno se deja llevar. Yo viajaba con mi madre a la que Dios le ha dado gran bondad pero pocos centímetros, y realmente se le complicaba el panorama porque sus pies quedaban en el aire cuando la masa (qué cosa fuera) nos hace salir.
Ya en la estación de San Antonio de Padua lo primero que revisamos, ambos, son nuestras pertenencias. Ella volvía de su trabajo y yo del colegio. Nos palpamos elementos, a ver si no habían sido sacados. Una vez comprobado vía tacto que todo estaba en orden, resoplamos y encaramos para una de las salidas. El sol se pone justo a esa hora y la imagen del tren alejándose de nosotros y en dirección adonde el sol cae es muy linda. Mostramos el abono, el guarda lo perfora con su maquinita y mi madre comienza a hablarme. Y no se detiene. No recuerdo los temas, suele saltar de uno a otro sin que nadie pueda seguirla, quizás alguna de sus hermanas. Pero no tenía ninguna tía cerca así que la oía yo.
La salida es angosta y de asfalto bastante malo, es un camino de brea sin muchas ganas de ser decente. Lo bordea una malla de metal que por oxidada, está vencida para el lado de afuera. La gente salta por sobre ella y corta camino. Somos más de cien en un angosto espacio.
Empieza a sonar la campana de la barrera y la gente acelera el paso para cruzar antes que el tren. Mi madre sigue hablándome de su oficina y compañeros de trabajo de quienes podría ya trazar una idea a partir de lo que me dice de ellos, los ubico. A medida que uno se acerca a la campana de la barrera más fuerte suena. Mi madre quiere seguir hablándome casi al oído. Me detengo y miro hacia donde el sol caía y de ese lado no veía ningún tren llegar, con lo cual vendría del otro lado. Dije que me detuve pero mi madre no. Siguió caminando y por lo que veía, hablando sola sin notar en que yo paré. El final de ese angosto pasillo de brea tiene dos salidas, izquierda o derecha. Dobló a la izquierda y yo seguí mirándola hablar sola. Ahí fui consciente en que lo gracioso del momento ya pasaba a no serlo. Venía algo por la vía, todos pararon de moverse, sólo ella seguía caminando.
Cuando quise reaccionar ya estaba a más de cinco metros de mi posición así que no podía alcanzarla. Sin verla escuchaba que venía una locomotora. Elije ella cruzar en diagonal y salir por donde pasan los autos, con lo cual esa maniobra le llevaba más segundos que salir por donde correspondía. Me sentí con mucha angustia y grité, no recuerdo qué. Otra persona también lo hizo y de pronto veo la locomotora, parado yo en el caminito. La veo a ella que sigue caminando y como en los dibujitos animados, cuando saca su pie derecho de la vía, el último paso, la locomotora hace la maniobra de frenar, aunque ella ya había pasado raspando…yo me agarro la cabeza, la gente grita cosas pero yo no oigo nada. Corro hacia la barrera empujando y mi madre blanca como el fondo de estas letras, con la boca abierta y los ojos enormes, tras los anteojos. Se pone a llorar, me abraza y yo, que no expreso sentimientos tan fácilmente, intenté contenerla aunque tuviera 11 años. Los dos temblábamos y las manos de ella me tocaban la cara muchas veces, como revisándome, algo que las madres hacen imperceptiblemente para los hijos.
Algunos se acercan a verla, parecía objeto de culto alguien que realmente se había salvado de milagro. Quedó en estado de shock. Le llevé la cartera y su bolsa con los zapatos de repuesto que siempre tenía. Me agarró del brazo y enfilé para la parada de taxis. Eran seis cuadras pero creí que no estaría en condiciones de seguir caminando mucho más. Llegamos a la casa y continuaba blanca. No hubo otro tema de conversación en el resto de la noche. Me dijo que temió que yo estuviera detrás cuando escuchó que alguien la llamaba. Yo le dije que si ella se hubiera detenido ante mi grito, la locomotora la agarraba, así que agradecí su inesperada sordera. Al otro día no fui al colegio y ella pidió médico. Se engripó en pleno abril caluroso. Estuvo en cama una semana y yo sin ir a clases.
Cuando volvimos a pasar por ahí, vueltos de Capital en tren, sonó la campana de la barrera. Ella se detuvo y me agarró fuerte de una mano. Pasó esta vez un tren. Ella lo miró y yo sentía cómo su mano se iba transpirando y apretando a la mía.
Se levantaron las barreras y sin embargo miramos a ver si venía otro. El susto en forma de locomotora le duró un par de meses.
Al menos ya no hablaba de la oficina.
La casa de las dudas
1 comentarios viernes, 12 de febrero de 2010
Pasado ya un tiempo de lo que contaré, he caído en cuan importante es el amor pero también las dudas si algo de entrada no se aclara. Cuando eso ocurre el tiempo es el juez de una competencia entre dudas y amor. Y en general ganan las dudas. O pierde el amor, si se quiere ver así.
El condicionante fue aquel “lo vamos a intentar” que Vanesa dijo en principio. Yo lo tomé como un sí. Por dos años lo creí. Aunque esa fue mi lectura y no la real. Nunca dejó para ella de ser un intento.
Yo me sentía ilusionado, confié en mí y en la posibilidad de cambio. Vanesa no era Grillito, la ahora ex, lo que hacía tener otra perspectiva frente a lo que pasaba. Intenté no invadirla aunque supongo que no lo habré logrado. Me recuerdo, no sé por qué en este momentsilencio, o, haciendo cola para sacar entradas de cine mientras ella miraba, perdida, un punto fijo sentada en unos bancos frente a la boletería. Tenía en la mano esos vasos de plástico con tapa, que dan en las casas de comidas rápidas. La miraba y pensaba qué la tendría tan ocupada en su mente.
Por más enamorado que esté, nadie piensa en otro las 24 horas seguidas. Quizás ella se dejaba llevar por verme a mi feliz, o quizás estaba aburrida de todo.
Fueron dos años de acompañarme con bastante silencio. Y eso era una invitación a que yo cubriera ese espacio dando lo que creí era lo mejor de mi. Con los roles definidos, ella se dejaba llevar. No recuerdo una sola discusión, ni siquiera un contrapunto. Era como hacer una pregunta y constantemente respondérsela uno.
Seguramente el momento más cínico era el de los regalos. Al no haber oposición, ella aceptaba todo, hasta las reiteraciones de obsequios. Por no haber podido (¿o querido?) darme cuenta, así fue la cuestión. Es como hacer algo sin ganas, o con el inflador en la mano para que no se pinche la rueda, la rueda de la relación.
Sin embargo había más hechos curiosos. En su casa sucedían. Cada vez que iba notaba que pasaban ciertas cosas que eran diferentes a cuando llegaba en compañía de ella. Si llegaba yo solo apenas pasada la puerta se hacía un silencio bastante parecido al de una iglesia en plena ceremonia. Para no alterar eso yo también hacía silencio, hasta que Vanesa aparecía. Era incómodo. Pero cuando llegábamos juntos era diferente. El silencio seguía, pero ella y la familia estaban como dispuestos a seguir el ritmo del recién llegado. Con lo cual si pedía mate todos tomábamos, si quería café todos tomaban, si me quedaba a cenar no había oposición…
No era un rol aceptado sólo por comodidad de parte de ellos, creo realmente que dentro de ese contexto de familia, la incorporación de alguien de alguna manera revitalizaba la casa, de ahí que yo pudiera hacer a mis anchas algunas cosas. Recuerdo proponer ir al otro día a comer afuera y así se hacía. En general si decía que iba no había reparos.
Si Grillito era temperamental, Vanesa era exactamente lo contrario. Y para los que dicen que dos personas con algunas cuestiones parecidas se llevan siempre bien, debo decir que a veces el complemento no es buscar lo igual sino el contrapeso de aquello que no somos. Tenía cosas parecidas a mi. Hablaba mucho con la mirada, era amiga de los gestos y ademanes, muy reservada, algo distante. La conocí como para saber por actitud si estaba incómoda o feliz. Recuerdo la manía algo extraña que teníamos, que era la de juntarnos en la Iglesia de Moreno los sábados a la noche y ver si había casamientos, y nos quedábamos viendo la ceremonia, cosa que con Morena alguna vez también hice. Hasta que no hizo falta que le pregunte nada cuando noté que eso ya no era lo supuestamente divertido, no lo hicimos más, fue con un gesto. Listo.
Poco a poco el único lugar en donde la pasábamos bien era en su casa. Al revés que con Grillito que salíamos a cualquier lado, con Vanesa el ámbito de su casa la hacía más distendida. Y como todo se daba ahí, también allí fue el fin de la relación. Como siempre ocurre, se ve venir y se lo niega, o es tan evidente que ni se ve. A las ocho y media de la noche de un martes la acompañé hasta la casa, me hizo pasar aunque la idea no era la de quedarme, y nos sentamos en las sillas del comedor. Eran de respaldo alto, se necesitaban las dos manos para maniobrarla. Ella acercó la suya a la mía hasta que quedara a la par. Me tomó de las dos manos y me miró con cierta lástima.
Me dijo “¿sabés de lo que te voy a hablar?”, yo dije que sí. Dio una razón bastante lógica: mal podía seguir algo que empezó un poco atado con alfileres, y no quclases, dias, decision, ería herirme más porque no se sentía honesta con ella. Cuando a uno le dicen algo así corre por las venas desamparo, más allá de los buenos términos de este final. Uno deja de ser imprescindible para pasar a ser prescindible. Aunque nadie es eterno y no existen los amores perpetuos, o yo no creo en ellos. Me parece que hay un andar diario que hace que todo siga o no, seguramente yo tampoco sería el mismo de dos años atrás para ella. Como sea, para mi fue un dolor y para ella un alivio. Cuando me fui de su casa pensé en que ya no volvería.
Sin embargo a los dos o tres días, dando clases, aparece Vanesa y me pide que hable con los padres. Le dije que no encontraba motivo, ya estaba todo dicho y me dijo que no le creían, que pensaban que yo la había dejado a ella y que si yo no iba ellos no le creerían. Era una cuestión ya de ellos, pero decidí ir de todas formas.
Llegué sin ganas de entrar, pero abrió la puerta y me hizo pasar a mi primero. Como si fuera una película argentina, sentados junto a la mesa, los padres, él con los brazos cruzados, y ella con gesto adusto. Yo pensé bueno…esto será difícil…pero no lo fue. Les dije que había sido decisión de ella, que me dolía mucho, pero que intentaba ser lo mejor para los dos. Que estaba aun dolido y que no entendía qué estaba haciendo ahí dando explicaciones. Vanesa habló y pidió que le creyeran y que no la juzgaran más. Si su cometido era quedar mejor frente a sus padres, supongo que ayudé a la causa, me fui haciendo un bien. Creo que el problema era que los padres y ella eran tan parecidos, que chocaban por eso. Cambio de aire o de actitud eran necesarias.
La seguí viendo unos dos años, yo estuve ese tiempo en mis tareas: seguir con las clases y estudiar en la Facultad. Ella empezó el curso de maestra jardinera. Una vez a la semana iba a donde daba las clases y hablábamos un rato. No la extrañaba tanto ni tampoco me resultaba indiferente, era una mezcla de ambas cosas. Algunas veces se encontraban ahí con Grillito, y las dos tomaban mate juntas y se reían bastante. O el sentido del humor puede todo, o se reían de mí, vaya duda.
Las mismas dudas que terminaron con nosotros, las que me dijo en su casa.
Acotación al margen: no hay que dar nunca por sentado nada, empezando por el amor. En el intento de protegerlo se suele olvidarlo. Como los concursos, que tienen bases y condiciones, habrá que revisar de un amor la manera en que fue pasando y eso nos permite ver hasta lo que nos sucederá. Si ganar es perder, a veces hay que salir perdiendo, no se aprende de otra manera.
Cuando alguien es lo que necesito
1 comentarios lunes, 25 de enero de 2010
Un dolor en el alma tiene fecha de vencimiento en el exacto momento en que querramos desearlo, como en general pasa con las cosas que nos molestan. La piedra en un zapato tiene dos maneras de ser tomada. O se la saca del zapato, primera opción, o se empieza a caminar rengo hasta que no se siente ni el pie, ni la piedra y ni el zapato. El adiós a una pareja es una piedra en el zapato. Veamos cómo fue en mi caso.
Decidir volver a enamorarme supongo que fue parte de un proceso en el que el duelo por Grillito duró el tiempo necesario. En medio de esos casi cuatro años entre una relación y otra hubo un tema personal (la pérdida de mi mejor amigo) que me reordenó prioridades. Fue como lograr encastrar piezas de un juego de repente, y en un solo movimiento. Eso ayudó indirectamente a que dejara otras cosas y me enfocara un tanto más en el presente y en mi. A la vez tan mal no estaba solo y el ser solitario tiene bastante que ver conmigo.
Terminé quinto año con todos mis compañeros. Pero de rendir, recién un año después. La profesora de Matemática decía que sin nivel no podía entrar a la Facultad de Veterinaria. Quizás ella asi definió que no siguiera esa carrera.
Cuando terminé por fin el larguísimo secundario, también sabía que algo más concluía: mi etapa como concurrente a clases particulares. De allí en más iría o como "ayudante docente" o simplemente de visita.
Y empecé a hacer un poco las dos cosas. Me costaba esa etapa. Cambié Veterinaria por Derecho, quería alejarme de los números. Completé el primer año y luego de reflexionarlo bastante porque había cosas que me gustaban, decidí dejar la carrera. Me anoté y por una semana cursé Periodismo deportivo. Tuve un problema de salud y varios meses sin poder hacer mucho. Pasado eso me anoté en las Academias Pitman (los que tienen más de 30 años la recordarán) y por unos meses hice el curso de dactilografía, que creí que luego podría aplicar a la computadora, objeto hasta ahí mirado con recelo. Jamás pude salir de usar dos o tres dedos de ambas manos, me terminaban doliendo todos los dedos.
Insastisfecho con tanto fracaso, otra explicación no hay, me anoté en el Instituto Superior Mariano Moreno, en donde me enseñaron unos 3 meses esa cosa tan extraña llamada Office. Pero me cansé del profesor que en vez de llamarme por mi apellido o nombre, me decía "máquina seis", y así con cada uno de los alumnos. Explicaba sin enseñar, algo bastante común. Y estar pagando para "recibir" eso, era mejor irse y dejarle la chance a otro, que sienta lo mismo que yo, al menos.
Todo este derrotero es para explicar que lo único que realmente no se había modificado con los años era el ir a dar clases, estar en contacto con chicos, tomar mate y disfrutar de lo que hacía y pasaba. Cuatro años después de Grillito en ese contexto estaba.
La quinta en donde se daban clases era una fuente inagotable de rostros nuevos. Personas desesperadas por "zafar", que es recién cuando la ayuda particular la creen necesaria. También ese lugar definía el ritmo del barrio en donde siempre era común cada una hora el recambio de alumnos en grupo, que esperaban en la esquina el colectivo que los llevara al centro. En la casa en diagonal a la parada vivía una chica a la que veía cada vez que yo esperaba en esa esquina. Le pregunté un día a mi "jefa" si sabía quién era esa chica y me dijo "viene hoy a las ocho de la noche, uh, ya le echaste el ojo"...
Para mis adentros no podía estar menos que de acuerdo con la afirmación, pero decidí no decir nada. Si bien yo me iba algo más temprano me quedé para ver, sentado en aquel sillón desde donde Grillito me miraba tan risueñamente, ahora yo a alguien.
Llegó vestida de negro, jeans, remera, mochila. Pelo más bien corto y la espalda derecha como soldado de Marina. Saludó a todos pero no creo que me hubiera visto. Se sentó y comenzó a hablar. Se llamaba Vanesa. Y ahí fue cuando salió el sol a las ocho de la noche.
Hablaba muy bien, hasta parecía saber qué dudas irían apareciendo en los textos que debía leer. ¿Para qué necesitaría alguien así a una maestra particular?, Con la excusa de hacer mate me presenté y su mirada se clavó en mi. Por tres semanas hablamos de todo un poco. En la comprobación total acerca de lo chiquito que es el mundo, me vine a enterar que fue compañera de Morena en la primaria. Que estaba leyendo "El principito", ya de grande porque jamás lo había leído, y a mi me pasó algo semejante. No sé por qué me la imaginé a ella en una especie de planeta, sola (la ilustración de este texto explica más y mejor). Así seguimos charlando para conocernos.
Cuando se lo propuse pensé que me diría que no. Me miró y dijo "lo vamos a intentar". Esa frase fue un condicionante que marcó la relación, después lo supe. Lo bueno era poder acompañarla todos los días hasta la casa, me quedaba cerca...así todo pasaba a tener un estilo que hasta ahí desconocía: el de llevar adelante una relación. Con Grillito compartíamos decisiones, se charlaba todo. En este caso, a falta de opinión de Vanesa, yo decidía por los dos.
Estaba tan dolido de la etapa anterior que si ocurrió así, por algo sería. Aunque luego no nos necesitáramos más. Pero eso será en el próximo capítulo.
¡La vida, y los escritos, suelen dividirse en capítulos!
Acotación al margen: Dicen que un clavo saca a otro y yo me niego a denominar así a las personas. Diría que a veces se necesita más de alguien, y que pasa por las formas. Uno cambia la manera de querer porque cambia también su forma de ver las cosas. Y en esos cambios van, algunas veces, las personas amadas.
El hombre que no quería oír ni su música
1 comentarios viernes, 22 de enero de 2010Amar nunca puede ser una foto detenida en el tiempo, necio de aquel que sabiendo algo claro e inminente, decide estirar tiempos, cerrar los ojos, mirar hacia otro lado, creyendo en soluciones que nunca llegarán. Y algo así me pasó con el final de mi relación con Grillito.
Negué mentalmente lo que los hechos me habían hacía rato demostrado. La situación de quien siente esto no es sencilla y se buscan soluciones pero siempre corriendo la coneja.
Si bien no rogué que algo perdurara, me comportaba como si nada ocurriera. Y cuando al amor hay que ponerle algún tipo de barrera para no salirse de donde está, algo pasa. Ya expliqué en el anterior relato el valor que al principio ambos le dimos a la rutina de vernos, y cómo después eso mismo empezó a molestar. Creí que salvando la situación lograría no perder a quien amaba pero ese pensamiento, tan dentro de mi, no la incluía a ella. Sino que era lo que yo quería que pasara. Ella sólo tuvo que esperar el momento, pero evité como pude que llegara. La situación se mantuvo así unos dos meses y medio.
Llegado Septiembre quedaba por delante mi viaje de egresados. Estaba un tanto extraño con esta situación que no se definía, asi que la expectativa por el viaje en parte fue liberadora, podía ocupar tiempo y mente en otras cosas. Ella vio esto y no necesitó estudiar mucho el panorama. Habrá elegido incluso que fuera en ese momento. Y no fue oportuna.
Un día antes de mi cumpleaños cayó en martes. Yo me iba de la clase particular y noté que ella me esperó en la puerta, parada como soldado. Junto a la ligustrina por donde la vi irse aquella primera vez.
Busqué mirarla ahora, en sus ojos, para encontrarla. Pero no estaba.
Ya no recuerdo las palabras exactas y poco importan, si el hecho estaba consumado. Mi reacción sí la recuerdo: busqué apoyarme en el pilar de la entrada con mi mano, como a quien le mueven el piso y está con miedo. Algo así me pasaba.
Le pregunté por lo que en versiones me habían dicho ahí (usina de rumores permanentes, esa quinta) y luego de una introducción eterna para mi, lo confirmó. Había un tercero en discordia y no lo conocía.
Cuando escuché su respuesta, avancé hacia la salida y doblé como para ir a la parada del colectivo e irme. Quizás creí que me seguiría o se disculparía, pero no ocurrió. Y llegué a la esquina solo y llorando. Miré hacia arriba y el sol me encandiló, asi que sería al mediodía, mucho más dato no recuerdo ya, o no quiero.
Lo que siguió a ese día y hasta el siguiente a la noche fue el silencio. No tenía muchas ganas de hablar y quería pensar. Necesitaba paz para razonar y acomodar las piezas, si es que el amor es como un juego. Al otro día llegó mi cumpleaños. Tuve clases en la escuela normalmente y a la salida me fui para mi casa. Me senté en el tren y vi por la ventana el paisaje y también dos años y ocho meses de relación. Casi me paso de estación pero el ruido de las puertas abriéndose me sacó de aquello.
Llegué a mi casa sin decirle nada a nadie sobre el tema. Mis familiares saludaban por teléfono (no había sms, ni celular, ni internet y aun así comunicados estábamos) y yo agradecía, nunca tan de compromiso.
A eso de las siete de la tarde sonó el teléfono y era Morena. Hacía varios meses que no tenía noticias, desde aquel seguimiento ya contado en esta sección.
No creí en las casualidades. O al menos no en tantas.
Se autoinvitó a mi casa aunque me había negado. Festejó lo que para mi era un drama. La dejé hablar, si interrumpía sería peor. Cuando se fue otra vez quedé perdido en medio de mis cosas. Faltaban dos días para irme a Bariloche y no tenía ganas de ir. Pero fui y la pasé bien más allá de no tener una sola foto en la que haya algo parecido a felicidad en mi cara.
Lo que siguió fueron cuatro años sin mucho importarme el amor y sus derivados. Morena volvió a ser amiga. Intenté retomar el hábito de las cartas semanales, pero no estaban los temas de aquellos primeros meses de amistad, y tambien porque escribía sabiendo que vendría una respuesta. Toda carta mia era como una gran pregunta que Morena tenía la obligación de responderme. El hecho de escribir, tan parecido a la libertad para mi, depende de factores externos. De tiempos. Y cada vez que escribía empujaba con la lapicera a las palabras, no las sentía.
A Grillito la seguí viendo. Y al tiempo, la vi embarazada. Y al tiempo, con un hijo. Y luego de visita con su bebé adonde yo daba clases. Estaba feliz si ella lo era, no podía desearle que le fuera mal. Uno aprende con la resignación, se rinde ante las circunstancias y todo es aprendizaje.
Asi como en su momento el chimento en donde estaba trabajando era que ella no era más mi novia y sí de otro, ahora lo que se decía era que su pareja la había dejado. La seguí viendo pero nunca le pregunté nada, de hecho casi no hablábamos, ella iba por inercia y yo no quería otra cosa que silencio, aunque me hacía bien verla.
Tardé unos meses en ubicarme. No sabía donde estaba o lo que hacer frente a ella. Nunca había estado en una situación asi antes, y no conocía ni mis propias reacciones. Esto era un final. Cuando se estabilizó todo, me empecé a sentir bien solo.
Así fue por cuatro años. Hasta que algunas cosas volvieron a darse y con otra persona la historia tendría más capítulos. Volví a querer oír mi música.
Acotación al margen: El amor llega y también se termina y se va. Uno es el mismo de siempre pero ante alguien, ante una sola persona, somos otros. Cuando esa persona no está más, volvemos por nosotros, a ver si podemos seguir sin ella. Y se puede. Porque tan importante como el amor, es el tiempo. Inexorable.
El juego de la "última vez"
1 comentarios martes, 19 de enero de 2010
Sabemos del rol que el ánimo tiene en todo lo que hagamos y lo importante que es en la realización individual de nuestros sueños. El momento en que esto se modifica es cuando se está enamorado, ahí el amor, sinónimo de ánimo, es compartido y se retroalimenta. Si hay buen estado de ánimo todo será ganancia, hasta lo que no lo es.También importante y a la vez peligroso es el desánimo, porque uno arrastra al otro y en general una de las dos partes se termina cansando.
Con Grillito tuvimos etapas de inseparables, etapas de distancia considerable, otras de cierto fervor religioso, y por último una etapa de la que escribiré hoy: el fatalismo.
Por alguna causa que sinceramente ya no recuerdo, en algún momento todas las acciones de los dos se empezaron a teñir de una consigna: disfrutemos todo lo que hagamos porque puede ser la última vez. Tener como meta vivir la vida y ponerlo en práctica es un objetivo perfectamente lícito. El fatalismo pasaba por un tinte dramático terminal a cada acción, algunas de ellas en el tiempo hasta graciosas.
Vale este ejemplo. Escribí una veintena de cartas durante unos tres meses con la consigna "esta puede ser la última carta", en donde el texto no salía de una despedida y agradecimientos para ella casi con humor, diría. Hicimos recorridas por lugares visitados antes casi como despedida, fuimos al cine como si esa fuera la última vez, y nos mirábamos como si no lo volviéramos a hacer más. La "gran idea" le surgió a ella: conseguir una caja y poner ahí todo lo que en común teníamos, cartas, regalos mutuos, fotos. Una especie de cofre para poner a resguardo lo material.
Llevé en una mochila hasta la casa de ella sus regalos, sus cartas y algunas fotos. La caja estaba en su habitación. Era no muy grande aunque alta, y la puso sobre una silla pequeña. Fui sacando de la mochila las cosas para poner en la caja, acomodarlas de a una. Y me detuve a pensar en que cada objeto tenía ya una cierta historia, algo que hablaba de él y de nosotros también. Tan mala la idea de ponerlo a resguardo no me parecía, ahora.
Pero el fatalismo estaba en medio de todo, asi que un día me fui a la casa y nos sentamos a hablar del por qué adoptábamos una postura de adiós si aun eso no había sucedido, que como juego de adolescentes lo podíamos hacer, pero que eso no debía ser parte siempre de todo lo que hacíamos, que no estaba bueno o al menos a mi no me divertía. Ella me escuchó y como siendo todo parte de algo escrito me dijo "¿Ves?, ya te estás despidiendo"...
Estábamos los dos sentados en su cama tomados de la mano. Cuando me dijo eso me levanté y me fui sin saludarla, estaba cansado. Salí y la madre me preguntó si todo estaba bien y le dije "todo está como siempre" y me fui. Grillito convencida en su idea de fatal final; hasta pensé en que si esto no fue todo un gran preparativo para su propio adiós y me doliera menos. Porque ella sabía que si se iba me dejaba mal, sobretodo solo. Ella era el mini centro de gravedad de mis actividades, todo era en torno de ella, me había costado ser asi pero lo adopté y sacarme de eso dolería.
Hubo unos días de distancia sin pedirla. Coincidió con una etapa no demasiado expresiva de mi, ni siquiera escribiendo. Para ella sí era momento de escribir. Anotaba bastante y una vez miré ese cuaderno de tapa dura. Tenía reflexiones y explicaciones de hechos en común, o su reacción y la mia. Diría que no era un diario íntimo, más bien un libro de anotaciones, como los que puede tener un barco. Hubiera querido en esas noches sin mucho sueño, ver qué estaría escribiendo en esos días, en ese cuaderno.
Seguí yendo a clases particulares. Ella iba y sentada en un sillón amarillo viejo me miraba dar clases. Ponía su mano izquierda sobre un costado de la cara y me miraba fijo, casi sin parpadear. Yo trataba de seguir con lo mio pero era demasiado evidente lo incómodo que estaba. Sentía un montón de cosas en esa mirada: culpa, bronca, pedido de explicaciones que seguramente yo no tenía. Y la verdad es que era preferible una pelea final traumática, antes que esta especie de silencio, ese silencio que percibía como agresivo.
El silencio agrede al que espera que el otro hable.
Cada habitación de esa quinta donde estudiábamos tenía su antesala y pasillo. Camino al de la cocina nos cruzamos o yo la fui a buscar ahí, y le preguntñé qué pasaba. Sin mirarme me pidió cambios, mios y respecto de nosotros. Por primera vez me sentí menos que ella. Me daba una opción y debía seguirla o no, sin muchas más salidas. Pero me refiero a lo que internamente me pasaba. A veces hay trunfos de la boca para afuera, que son derrotas de la boca para adentro. Y si bien todo siguió, no me gustó lo que pasó. Lo viví como el entrenamiento no querido del final.
Pero siempre ocurre que tras una pelea, resurge todo lo positivo y aparecen nuevos impulsos. Ya no la pasaba a buscar por la casa, sino en lugares que acordábamos, podía ser cualquier sitio. Luego decidíamos qué hacer. Volvieron los viajes a Capital pero a elección de Grillito, de hora y lugar. Empecé a ir más a la casa cuando no estaban los padres, lo que nos daba más tranquilidad.
Dejamos también el fatalismo. No escribí más cartas. Ni de ese estilo ni de las comunes. Me invitó a que me volviera a llevar mis cosas que habíamos puesto en esa caja de su habitación. Decidí que la mayoría sí, a excepción de algunos peluches y todas las fotos, para elegir y hacer un álbum general.
No podía quejarme porque nos sentíamos bien, diría mejor que antes. Grandes crisis, grandes cambios. Pero como escribí antes, sentí que de la boca para adentro algo no estaba bien.
Confié en que no se cumpliera lo que ella me había dicho: "Si algún día esto termina, el que ponga el punto no va a saber que lo hace".
No sé si lo leyó o se le ocurrió, pero tal cual así fue.
Una frase fatalmente cierta.
Acotación al margen: Cierta vez siendo chico, miraba cómo se desbordaba una alcantarilla. Y ese hecho bastante común en Capital los días de lluvia me hizo reflexionar: el agua no se "iba" por ahí. Tan solo desaparecía de mi vista para correr por otros lados. Cuando eso no ocurría, aparecía el agua de nuevo. El agua y los problemas cuando no los vemos parece que no están, asi que...atención a la alcantarilla. A destaparla de problemas y que todo fluya. Como el agua.
Nosotros, simulando ser nosotros
1 comentarios lunes, 18 de enero de 2010
Para las mujeres una fiesta es un acontecimiento donde disfrutan el estar en un ámbito, vestidas no como habitualmente, y con una cierta capacidad, encima, como para elevarse por sobre eso y sacar una radiografía de todo y todos.En los hombres en general esto es diferente. O al menos en mi esa vez lo fue. Me negaba a comprarme un saco, desde mi escuela primaria no quise usar más, presentándome a todas las fiestas con camisa azul, blanca o celeste, dependía mi ánimo. Y aun a riesgo de ser confundido con un mozo de la celebración a la que iba, no quería un saco.
Pero estaba acorralado por las circunstancias: a finales de julio estar sólo con una camisa no combinaba con la semana previa que fue un cubito de hielo, demasiado fria. Me mandé a una casa en la calle Esmeralda donde vendían sacos. Esmeralda pasando Rivadavia se transforma en Piedras. Brillante quien pensó en la casualidad como referencia geográfica.
Por Piedras, llegué hasta Esmeralda. Y por el saco, llegué hasta esa casa.
Necesitó el vendedor un sólo golpe de vista para darme un saco azul que me quedaba perfecto. Menos de diez minutos después, la compra hecha. Llegué a mi casa, era sábado al mediodía, y llamé a Grillito por teléfono, con más de compromiso que de felicidad. Era el saco también una exigencia de ella.
Su hermanito a la tarde tenía clases, asi quye nos juntamos en el lugar de siempre. Me dio la mano emocionada y me llevó hasta la cocina. Pusimos el agua para el mate multitudinario. Una mesa y tres banquetas completaban la escena.
Se sienta en una de ellas y me muestra un sobre. Era la invitación para el casamiento de "Juan Carlos y Victoria", a quienes no conocía. El hombre era primo del papá de Grillito y hacía dos semanas visitó la familia y prometió el sobre que ese día llegó.
Pero el detalle de tanta emoción es que cada sobre venía con la tarjeta habitual, y los que tenían hijos, para ellos, se hicieron otras tarjetas más pequeñas. Una especie de "pase especial". Y en la tarjetita figuraba su nombre y mi nombre. El hecho me llamó la atención y a Grillito la emocionó mucho.
Teníamos claro qué éramos, pero nunca lo habíamos visto escrito.
La ventana de la cocina era muy chica y la lámpara que colgaba del techo definitivamente mala, asi que ella movía la tarjeta para buscar claridad, y la contemplamos como quien ve un cuadro importante en un museo. ¡El agua de la pava hirvió y nos sacó del museo!.
Mi saco quedó colgado toda la semana previa. Era sólo una prenda. Para Grillito su ropa, en cambio, debía ser especial. La madre la acompañó a comprársela, y no quiso que vea el vestido hasta ese día. En cambio para mi una de las preocupaciones era que conocería a dos personas de entre más de 100, seguramente. Mi proverbial escasez de palabras, atentaba contra todo.
Llegado el día, lo que debía hacer era pasar por la casa de ella para todos juntos llegar. Padre, madre, Grillito y yo. Su hermanito quedó en lo de sus abuelos.
Me abre la puerta la mamá, hermosa y elegante. Le di un beso y le dije que una rosa se había fugado de un ramo (frases hechas aplicadas cuando se las necesita., Es así.).
Escucho mi nombre y me doy vuelta. Lo que sigue es lo que vi, no pude decir nada porque no me salían las palabras. Ella (ELLA) se había atado el pelo y estaba sonriente; un vestido azul pegado al cuerpo, con unos pliegues a la altura de la cintura. El largo era perfecto, o a ella le quedaba perfecto. Unos zapatos la hacían más alta que yo.
No me importaba, si yo iba con la más linda de todas.
Le di un beso y le pasé la mano por uno de sus brazos, acariciándolo, gesto que aun hoy hago con aquellos que quiero. No sé qué querrá decir. Quizás es un "gracias" a mi modo.
Era nuestro deporte mirarnos fijo a los ojos. Deporte que jugábamos muy bien. Así estábamos, hasta que subimos al auto, aquel vehículo destartalado del que hablé algunos capítulos atrás. Llegamos al salón, que para los que conocen la zona de Moreno lo ubicarán, se llamaba "Momento´s" (otro alarde de originalidad, como el Piedras y Esmeralda). El padre dejó el auto o el auto quiso quedarse ahí, ya no lo recuerdo.
Entramos Grillito y yo del brazo y con la tarjetita en la mano. La ambientación, salvo por unas telas que simulaban un cierto tono árabe, era lo habitual en fiestas de casamiento. Empezó a llegar gente y como temí, no conocía a nadie. Así que más me refugié en mi novia, en hablar con ella. Comenzamos a criticar vestimentas, cosa que se hace en toda celebración. Se apagaron las luces y aparecieron los recién casados. Ella más alta que él, primer detalle. Miré los muñequitos que van arriba de la torta y no tenían nada que ver con los originales.
Una hora y media después llegaron a nuestra mesa. El padre de Grillito me presenta como "Gabriel, un amigo de mi hija"...y yo estreché la mano del recién casado y dije " el novio en realidad, buenas noches"...me salió del alma aunque nunca hay que corregir en público, es feo. Nos sacan esa foto sentados y los novios detrás, parados. Será la foto 234 de 3000 que se sacaron seguramente esa noche. Cuando se van, le pedí disculpas al padre por corregirlo. Empezó la música para bailar y Grillito me arrastra con el brazo, pero yo quería escuchar las palabras del padre. Y me dijo "está bien, si es la verdad". Me quedé más tranquilo. Nos levantamos ella y yo para bailar y él me miró de nuevo, puso el dedo índice debajo de su ojo y dice "compórtense".
Mi saco azul me hacía sentir una pastilla de Redoxón en su tubo: incómodo. Cuando decidí sacarme, por fin, el saco, se terminó la música. Las mujeres son llamadas a sacar el anillo. Una señora muy pintada resultó favorecida. Luego el ramo arrojado lo arañó Grillito, pero una mujer más corpulenta le ganó el lugar. ¿Se habrán casado esas mujeres?.
Grillito se paraba en una pierna porque los zapatos ya le molestaban, yo quería revolear el saco por alguna ventana, muchos comenzaron a irse. Con los claros se dejaba ver el piso con cotillón, serpentinas, servilletas y demás. Fin de fiesta.
Mientras esperamos que el papá acercara el auto, nos quedamos pegando saltitos para evitar el frio. Yo estaba aun embobado mirando a mi novia, que lucía perfecta, aun saltando en un pie. Hasta que el ruido a motor viejo me volvió a la realidad.
Subimos y le pedí que me mostrara qué se había sacado en la torta con las cintitas: era un caballito dorado. "Una imagen tuya", dije. "No, debés ser vos. Al menos no es un ciervo, no tiene cuernos", dijo ella...y los cuatro nos reímos.
Arranca y el padre dice "Muy bien Gabriel"..."Viste papá...fuimos nosotros en la fiesta y no simulamos nada"..."Bueno, pero yo soy un amigo tuyo, nomás", acoté...y el padre me miró por el espejito retrovisor con la pera dura y los ojos hacia abajo...comprendí que debía callarme.
No le gustó el chiste. ¡Y no estaba simulando!.
Acotación al margen: Conviene ante fiestas programadas armarse algo así como un uniforme presentable. Si hay que llevar saco, cuidarlo de manchas (de salsa, en la primera salida de la prenda...sobre tela azul es un crimen), y averiguar si todo combina. Una mujer finalmente dictaminará, aprobando o no. Infalibles.
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