Madre de pantalones puestos

3 comentarios martes, 22 de diciembre de 2009

Hubo claramente un hecho que dividió las aguas, marcó un antes y después respecto del rol de mi madre para conmigo. No necesitó decirme palabras de discursos largos, la realidad dictaba sola su sentencia.

Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.

Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.

Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.

Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.

El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.

Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.

Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.

Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.

Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.

Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.

Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.

Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.

Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.

Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.

Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.

Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.

Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.

Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.

Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
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Y un día Carmen volvió (a hablarme)

3 comentarios lunes, 21 de diciembre de 2009

El reloj sonó puntual aunque para ser sincero ya estaba con un ojo abierto esperando el momento, igual lo lamenté: es muy feo hacerle caso a un despertador. Me levanto siempre temprano, aunque ése fue un sábado diferente. Por empezar, me juramenté nada de lágrimas y menos frente a la protagonista. Le quería evitar mi mar de llanto, justo a ella que vive cerca del río.

Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.

Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.

Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.

¡Llegamos!

“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.

Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.

Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.


Evité preguntar aquello que ya sabía: las razones de su enojo (ver “La des-aparición”)…no las conoce ni recuerda. Yo menos. Los dos años y medio de silencio en la primaria de su parte quedarán como el crimen perfecto de mi infancia, no lo sabré jamás. Tampoco fui a eso, quería sentirla, lo necesitaba. No soy demostrativo e intentaba serlo, habrá visto una extraña combinación de ambas.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.

Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.

La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.

Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.

Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.

Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.

Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!

El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.

No es el fin de la saga, es una continuación de aquí en más de nuestra saga de vida, tenía que ser ahora y no en otro momento, como escribiste.
Ahora no te enojes más o en tal caso hablalo conmigo antes de actuar, ¿vio?.
¡Estoy llorando de nuevo! Ahora ya de grande. Gracias por volver a darme la mano y entrar ya no en el jardín, sino a tu vida, otra vez.





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Capítulo cinco: La defensora del apellido

1 comentarios lunes, 14 de diciembre de 2009

Mi familia tiene claramente dos estilos bien marcados, que los definen frente a otros. Por parte de mi madre son en su mayoría abiertos, habladores, simpáticos, demostrativos y de gestos y acciones que no pasan de largo ante una situación.


Por parte de mi padre la cosa cambia totalmente. Reconcentrados, serios hasta lo exasperante, nada demostrativos, callados y muy afectos a las miradas y guiños que da el cuerpo a partir de actitudes, se sabía cuándo alguien estaba o no enojado, era claro. Mi abuela Juana, la madre de mi padre, encarnaba perfectamente ese papel.

Entre esos dos mares navegué yo. Nada mejor entonces que saber nadar, y eso creyó oportuno mi abuela Juana que aprendiera de chico. Mar del Plata era el punto de inicio de mis vacaciones, en general apenas terminadas las clases del colegio religioso. Los primeros recuerdos de mi abuela en mi mente tienen que ver con el Centro de Educación Física número 1 y su pileta cubierta en la rambla. Cómo me miraba nadar, o intentar hacerlo, cuando mis pies no tocaban bajo ningún concepto el fondo de la pileta y me sentía un caldo en cubito fuera de la caja, inútil.

Recuerdo cumplir, cumplir a rajatabla sin chistar, no había segunda opinión. En general estábamos solos y alguna de mis tías se sumaban cinco o seis días en un mes, pero casi siempre con mi abuela, los dos. Me daba la mano como contención más que por cariño, era una mano tendida que no me dejaba solo en la calle, el afecto era estar ahí, disponer del tiempo para conmigo, llenarme de actividades físicas hasta casi desear que empiecen las clases, eran realmente muchas (Fútbol, básquet, patín, la nombrada natación). En medio de todo yo disfrutaba, me las rebuscaba, soy de mirar lo positivo hasta de mi imagen en un espejo roto, diría un amigo. Y fui muy feliz con ella, y ella feliz de saberse necesaria.

Íbamos de vacaciones en tren hasta Mar del Plata, una linda travesía de varias horas pero que disfrutaba sentado, acostumbrado a viajar mal y parado. En una oportunidad mi tía nos despedía porque nos estábamos yendo, y mi madre no llegaba, debía ir a saludarme. Yo estaba muy triste por eso, tendría ocho años, pensaba que algo malo le había pasado. El tren se ponía en marcha en Constitución con esa eterna bocina de la locomotora.

Saludo a mi tía con la mano y asomado a la puerta del vagón, esperaba que mi madre apareciera. Y como si fuera una película de Campanella, con el vagón en marcha aparece corriendo mi madre con una velocidad que le desconocía hasta allí, y me alcanza a saludar tirando un beso. ¡Y tirando una campera blanca, también! Que atajé con buenos reflejos. La escena era entre cómica y muy angustiante a la vez.
Me puse a llorar amargamente. Y mi abuela, muy práctica, muy frontal y siempre de voz segura, me mira y me dice “¿Por qué llorás, si siempre la ves todos los días?”.

Mi abuela y su sentido práctico. De algún lado evidentemente salgo.

Juana, y sus hijas (mis tías) vivían en San Isidro, lugar bastante tranquilo hace 30 años, las cosas van cambiando. Un barrio silencioso acorde a la familia. Una vez al mes pasaba a buscarme por el colegio y me quedaba un fin de semana en su casa y el lunes una de mis tías me llevaba al colegio en su Citroen rojo (llegar en auto era una extraña sensación, sin tren y colectivo de por medio).

En general los últimos viernes de cada mes pasaba mi abuela a buscarme. Sostuvo el pago de la cuota del colegio por mucho tiempo, jamás sabré por cuánto. Pero la maniobra que tanto mi madre como ella hacían era bastante clara, hasta para un chico de ocho o nueve años: mi abuela me pasaba a buscar y a las 17 íbamos al café “De los angelitos”, té para ella, gaseosa para mi. Llegaba mi madre y ambas se iban al baño. Seguramente allí mi abuela le daría el dinero a mi madre y luego ambas salían del baño y mi madre enfilaba para la puerta. “¿Adónde va mamá?”, preguntaba yo. “Se olvidó algo en la oficina, ahora vuelve”, decía mi abuela.

Lo que en realidad hacía mi madre era ir hasta el colegio (que la esperaba aun abierto) para que pueda pagar la cuota mensual. No recuerdo cuántas veces se repitió esta maniobra, o si hubo otras de las que no me percaté, pero de esa contención que renglones arriba hablé, tiene que ver con estas cosas. Hacer dentro de todo sencillo un transitar, excede lo monetario, era su forma de estar presente, a disposición sin que se lo pidan, eso valoro por sobre todo de mi abuela e intento aplicar para con el otro.

Quizás por eso no desafié su autoridad, porque me sentía protegido. Así la acompañé en las cuestiones más curiosas. Me llevaba a la playa entre las 7 30 y las 11 horas de la mañana, luego de esa hora, decía, el sol hacia mal. Luego a la tarde, pasadas las 18. Fue fanática del Yoga, practicarlo a mi me ponía de buen humor y me relajaba. Además el centro Yogananda marplatense, de personas descalzas siempre y casi todos vestidos de naranja, me resultaba muy simpático. La música la solía llevar ella. Era un casete TDK cuya cinta patinaba bastante con música de la que llamaríamos hoy incidental, a modo de relajación. Y era efectiva.

También la recuerdo escribiendo cartas a sus hijas y a mi mamá, también la recuerdo cansada, mirando perdida en sus pensamientos un punto de la mesa, ausente de ahí. También resoplar y siempre caminar más rápido que yo dando el doble de pasos. Dándome los gustos, pero haciendo que me sienta agradecido de que sea así.

La extraño al pensar que en aquel lado de mi familia ya no quedan demasiados familiares, sólo yo. Supongo que cuando tenga un hijo también me gustaría verlo en una pileta, a ver qué tan capaz es de tocar el fondo y seguir respirando sin ahogarse. Eso es salir a flote. De todo, supongo. De la vida.
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Capítulo 3: Mujeres de guardapolvo blanco

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En la mente de algunas personas se asocia una sola anécdota o comentario para poder lograr la descripción de alguien, lo que vuelve querible o no un recuerdo. Una característica, una virtud, o un defecto. Buscamos etiquetar como presentación mental del recuerdo, y detrás la persona y lo que era en realidad.

Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.

Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.

De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.

En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.

También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.

Me respondió “Podés salir al patio”.

Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.

A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.

El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.

Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.

Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
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Capítulo 4: Marcela Metejón

1 comentarios sábado, 12 de diciembre de 2009

Le diremos cariñosamente Marcela Metejón. No es su nombre y apellido, está claro, pero es a modo de una mejor descripción de lo que sentia, para evitar explicaciones de renglones eternos. Llegó cuando mi primaria ya promediaba y fue luz. Jamás había estado tan embobado al ver a alguien, sensación nueva que a la timidez le calzaba justita. Mi silencio se asociaba a quedarse mirando sin emitir sonido alguno.


De a poco la sorpresa y alegria inicial pasaban a ser algo cotidiano, lo que hizo que no pensara en prácticamente más nada, o que todo descendiera a niveles en los que no era capaz de razonar. Se fue al coro casi inmediatamente, cosa nueva era el coro en el colegio. Se nombraba la palabra y media aula quedaba vacia, y yo penando con lo que me daban de tarea mientras la mayoría cantaba o intentaba hacerlo. No era justo.


Mi timidez tuvo una seria lucha con mis convicciones, y tras casi dos meses me animé y pedí ser parte del coro. A la idea de huir de la clase se le sumaba el hecho de estar allí Marcela Metejón. Dos razones valederas.


El día en que se pidió a "los del coro" salir, comprobé qué era irse. O eva-dirse. Ya dentro del comedor en donde el coro por lo general ensayaba, vi a Marcela, guitarra en mano. ¡Y ahí ya pasó a categoría de inolvidable! no sólo sabía las canciones religiosas básicas de coro para misa y celebración puntual, sino aquellas que el profesor usaba para ensayar y además !tenía su propio repertorio!. Con el correr de los días la escuchaba afinar en el comedor su guitarra y me quedaba en el patio, apoyado contra la pared de cuadraditos celestes y blancos, escuchando...


El colegio y el hecho de ir, se volvió interesante. No tardó en ser el centro de las conversaciones, encabezadas o no por ella, y además era femeninamente varonera, si se me permite el término. Se adaptaba a los varones sin dejar de ser ella, lo cual caía bien y la hacía querible. Hasta ahí nadie me gustaba, no me preocupaba eso, vivía lejos y tenía otra relación con todos, no los veía fuera de clases, no sabía donde vivían, y yo si: lejos. Por eso las horas de clases eran sinónimo de tareas, amistades, peleas, charlas, o todo eso junto.


De más decir que al ser linda no iba a tardar en conseguir novio, y también era una realidad que salvo que el mundo se levantara al revés una mañana, yo no diría nada de lo que me pasaba, por miedo a su reacción pero sobretodo por miedo a mi, el introvertido sentirá siempre miedo por verse en situaciones que no dimensiona.


Querer a alguien y callarlo es como festejar un cumpleaños en silencio.


Un año después, en el cumpleaños (justamente) de una compañera, se lo dije. Y el no, rotundo, sonó por todo ese silencio de 365 dias. Me lo esperaba, pero se lo dije. Eso ya era un alivio. Una proposición más, una chica linda puede oir o no, pero para mi circunstancia, hoy hasta agradezco ese no como aliviador de trauma, me sentí mejor.


Las cosas fueron más sencillas. El hecho de la contemplación de algo que a uno le gusta puede darse sabiendo o no la otra persona, aunque es deseable que lo sepa. Nada de lo dicho me significó un sufrimiento y eso rescato. Quizás no era amor, era metejón. Como fuera, nunca había sentido algo asi con nadie.


A veces pienso en que estaba demasiado ocupado en sortear cuestiones del momento y no metido en el metejón por decirlo asi. Pero como sea, fue la primera de quien dije: ¡me rindo! ¡sos lo más lindo que vi en mi vida!. Bah...no lo dije...sólo lo pensé.


Hoy la veo y no me produce nada, es un recuerdo lindo de un momento y nada más, es extraña la vida. Las cosas no avanzan, en general son sepultadas por otras. No sentí desilusión al verla, hoy, sino que pasó el viento y se llevó todo. Y la convirtió ahora en anécdota hermosa de unos pocos renglones. Vaya, Metejón.



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Capítulo 2: La des-aparición

1 comentarios jueves, 10 de diciembre de 2009

Ya conté acerca de la primera mujer que teniendo la misma edad más me había impactado, a los cuatro años. Una aparición. Dos cosas se sostuvieron firmes con el correr del tiempo: mi absoluta timidez y falta de comunicación, y mi amistad y casi devoción por Carmen.

Así pasaron primer grado, luego segundo, tercero (una verdadera pesadilla en cuanto a temas de salud de mi familia y por lo insufrible que me resultaba el colegio y la maestra), hasta que llegamos a cuarto grado, año 1984. El callado observa, analiza, describe, saca conclusión pero claro, todo en silencio. Me había convertido en un buen observador de actitudes, tomaba ejemplo.

Me recuerdo en el patio, en el recreo, hablando con varios más y me tocan el hombro. Era Carmen. La memoria emotiva me recuerda tanto a mí como a ella con camisa, así que sería por abril o mayo de ese año, antes de la primera comunión programada.
Muy seria, dijo textualmente “Gabriel, quería decirte que a partir de este momento no te dirijo más la palabra”. Levantó su pera, como quien acaba de sentenciar y mira un poco todo desde el púlpito, y se fue. Yo me quedé pensando en que era una broma, no sabía qué le había hecho. Era bastante básico lo mío. Ni bondades ni maldades me salían hacer. Pasó ese día y no me saludó al irse…pasaron dos días…tres…cuatro…una semana y no me dirigía la palabra, ¡vaya que cumplía!.

Como estaba muda, por decisión de ella, no podia pedirle razones. Y yo, más mudo aun que Carmen por naturaleza, me resultaría difícil salir de ese entuerto simplemente preguntando. Me recuerdo sufriendo la situación, teniendo desamparo, seguía creyendo en que me protegía, aunque evidentemente ya no. Pasaron los meses y la situación seguía de la misma manera.

La primera comunión se atrasó por no estar “religiosamente preparados”, en boca de la Hermana Directora, con lo cual todo se pospuso para noviembre. Seis meses después de sus palabras, Carmen seguía sin hablarme. Lo curioso surgió en el ensayo de la celebración de la misa, días antes. Me tocaba salir en conjunto con una compañera, y un día antes la cambian de lugar y en su reemplazo me pusieron con Carmen.

“Cayó piedra sin llover”, pensé. Coordinar movimiento con alguien que no te dirige la palabra iba a ser un inconveniente. Y lo fue tanto, que salíamos siempre descoordinados. Mi maestra de quinto se me acerca al oído y me dice “¿qué pasa?”, y yo la miré (por supuesto sin hablar) con cara de “esto es así”. Me cansé y resolví salir a mi turno sin estar al pendiente de si ella lo hacia, yo resolvía cuando hacerlo y que me siguiera si quería. Y así fue la ceremonia.

Hasta el último día de séptimo grado continuó este silencio, dos años y medio. Mi madre me había comprado el diploma para que todos me firmaran y ella me esquivaba con cierto estilo. Fue la última que me faltaba de todos mis compañeros. Apoyada en una mesa de aula puesta en el patio, ella escribió en el diploma que cuelga en mi pared, hoy: “Para un compañero, de otra”. Carmen.
Cuando salimos todos luego de terminada la fiesta de graduación de séptimo, sabía que volvería a mi barrio, bien lejos de mis compañeros, no los vería por un largo tiempo, o quizás nunca. Saludé a todos llorando a mares y le pedí saludarla a ella también. Nos abrazamos, le recordé aquel primer día y lo importante que para mi ella había sido. Ambos lloramos un poco, y fue a la última persona que vi hasta hoy, 23 años después.

Desde los 20 años, o por esa etapa, me surgió preguntarme qué sería de la vida de Carmen. Hasta que vi, (me vi), en que podía ser un objetivo el hallarla, no para buscar explicaciones. Porque valió más lo primero que hizo por mi que el resto. Y este año lo pude lograr. ¡No contaba con que ella no recuerda el motivo de la pelea!

La “Aparición” de mis comienzos, terminaba siendo una “Des-Aparición” en el final de mi escuela primaria. En la actualidad busco no hacerla enojar para que no ocurra nuevamente un período de silencio impuesto. Diálogo esta vez no faltará. Es una anécdota del pasado, prescribió en el tiempo. ¿Qué le habré hecho de grave?. No lo sé.
Y ya no importa. Porque ahora hablo y pregunto. Por eso soy Periodista.
¡Me definiste la carrera, Carmen!.
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Capítulo 1: La aparición

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El mundo me venía maltratando bastante. El 9 de julio de 1978 fue el acto de cierre de una etapa, venían las vacaciones de invierno y con 4 años no aspiraba a más que desear que se pasen rápidamente para estar de nuevo junto a mis compañeros, 16 o 18 en cantidad, con quienes ya tenía un mundo armado.

Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.

Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.

El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.

Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.

Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.

Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.

En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.

La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.

Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.

Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.

Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
read more “Capítulo 1: La aparición”