Capítulo cinco: La defensora del apellido
1 comentarios lunes, 14 de diciembre de 2009Mi familia tiene claramente dos estilos bien marcados, que los definen frente a otros. Por parte de mi madre son en su mayoría abiertos, habladores, simpáticos, demostrativos y de gestos y acciones que no pasan de largo ante una situación.
Por parte de mi padre la cosa cambia totalmente. Reconcentrados, serios hasta lo exasperante, nada demostrativos, callados y muy afectos a las miradas y guiños que da el cuerpo a partir de actitudes, se sabía cuándo alguien estaba o no enojado, era claro. Mi abuela Juana, la madre de mi padre, encarnaba perfectamente ese papel.
Entre esos dos mares navegué yo. Nada mejor entonces que saber nadar, y eso creyó oportuno mi abuela Juana que aprendiera de chico. Mar del Plata era el punto de inicio de mis vacaciones, en general apenas terminadas las clases del colegio religioso. Los primeros recuerdos de mi abuela en mi mente tienen que ver con el Centro de Educación Física número 1 y su pileta cubierta en la rambla. Cómo me miraba nadar, o intentar hacerlo, cuando mis pies no tocaban bajo ningún concepto el fondo de la pileta y me sentía un caldo en cubito fuera de la caja, inútil.
Recuerdo cumplir, cumplir a rajatabla sin chistar, no había segunda opinión. En general estábamos solos y alguna de mis tías se sumaban cinco o seis días en un mes, pero casi siempre con mi abuela, los dos. Me daba la mano como contención más que por cariño, era una mano tendida que no me dejaba solo en la calle, el afecto era estar ahí, disponer del tiempo para conmigo, llenarme de actividades físicas hasta casi desear que empiecen las clases, eran realmente muchas (Fútbol, básquet, patín, la nombrada natación). En medio de todo yo disfrutaba, me las rebuscaba, soy de mirar lo positivo hasta de mi imagen en un espejo roto, diría un amigo. Y fui muy feliz con ella, y ella feliz de saberse necesaria.
Íbamos de vacaciones en tren hasta Mar del Plata, una linda travesía de varias horas pero que disfrutaba sentado, acostumbrado a viajar mal y parado. En una oportunidad mi tía nos despedía porque nos estábamos yendo, y mi madre no llegaba, debía ir a saludarme. Yo estaba muy triste por eso, tendría ocho años, pensaba que algo malo le había pasado. El tren se ponía en marcha en Constitución con esa eterna bocina de la locomotora.
Saludo a mi tía con la mano y asomado a la puerta del vagón, esperaba que mi madre apareciera. Y como si fuera una película de Campanella, con el vagón en marcha aparece corriendo mi madre con una velocidad que le desconocía hasta allí, y me alcanza a saludar tirando un beso. ¡Y tirando una campera blanca, también! Que atajé con buenos reflejos. La escena era entre cómica y muy angustiante a la vez.
Me puse a llorar amargamente. Y mi abuela, muy práctica, muy frontal y siempre de voz segura, me mira y me dice “¿Por qué llorás, si siempre la ves todos los días?”.
Mi abuela y su sentido práctico. De algún lado evidentemente salgo.
Juana, y sus hijas (mis tías) vivían en San Isidro, lugar bastante tranquilo hace 30 años, las cosas van cambiando. Un barrio silencioso acorde a la familia. Una vez al mes pasaba a buscarme por el colegio y me quedaba un fin de semana en su casa y el lunes una de mis tías me llevaba al colegio en su Citroen rojo (llegar en auto era una extraña sensación, sin tren y colectivo de por medio).
En general los últimos viernes de cada mes pasaba mi abuela a buscarme. Sostuvo el pago de la cuota del colegio por mucho tiempo, jamás sabré por cuánto. Pero la maniobra que tanto mi madre como ella hacían era bastante clara, hasta para un chico de ocho o nueve años: mi abuela me pasaba a buscar y a las 17 íbamos al café “De los angelitos”, té para ella, gaseosa para mi. Llegaba mi madre y ambas se iban al baño. Seguramente allí mi abuela le daría el dinero a mi madre y luego ambas salían del baño y mi madre enfilaba para la puerta. “¿Adónde va mamá?”, preguntaba yo. “Se olvidó algo en la oficina, ahora vuelve”, decía mi abuela.
Lo que en realidad hacía mi madre era ir hasta el colegio (que la esperaba aun abierto) para que pueda pagar la cuota mensual. No recuerdo cuántas veces se repitió esta maniobra, o si hubo otras de las que no me percaté, pero de esa contención que renglones arriba hablé, tiene que ver con estas cosas. Hacer dentro de todo sencillo un transitar, excede lo monetario, era su forma de estar presente, a disposición sin que se lo pidan, eso valoro por sobre todo de mi abuela e intento aplicar para con el otro.
Quizás por eso no desafié su autoridad, porque me sentía protegido. Así la acompañé en las cuestiones más curiosas. Me llevaba a la playa entre las 7 30 y las 11 horas de la mañana, luego de esa hora, decía, el sol hacia mal. Luego a la tarde, pasadas las 18. Fue fanática del Yoga, practicarlo a mi me ponía de buen humor y me relajaba. Además el centro Yogananda marplatense, de personas descalzas siempre y casi todos vestidos de naranja, me resultaba muy simpático. La música la solía llevar ella. Era un casete TDK cuya cinta patinaba bastante con música de la que llamaríamos hoy incidental, a modo de relajación. Y era efectiva.
También la recuerdo escribiendo cartas a sus hijas y a mi mamá, también la recuerdo cansada, mirando perdida en sus pensamientos un punto de la mesa, ausente de ahí. También resoplar y siempre caminar más rápido que yo dando el doble de pasos. Dándome los gustos, pero haciendo que me sienta agradecido de que sea así.
La extraño al pensar que en aquel lado de mi familia ya no quedan demasiados familiares, sólo yo. Supongo que cuando tenga un hijo también me gustaría verlo en una pileta, a ver qué tan capaz es de tocar el fondo y seguir respirando sin ahogarse. Eso es salir a flote. De todo, supongo. De la vida.
Capítulo 3: Mujeres de guardapolvo blanco
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En la mente de algunas personas se asocia una sola anécdota o comentario para poder lograr la descripción de alguien, lo que vuelve querible o no un recuerdo. Una característica, una virtud, o un defecto. Buscamos etiquetar como presentación mental del recuerdo, y detrás la persona y lo que era en realidad.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
Capítulo 4: Marcela Metejón
1 comentarios sábado, 12 de diciembre de 2009
Le diremos cariñosamente Marcela Metejón. No es su nombre y apellido, está claro, pero es a modo de una mejor descripción de lo que sentia, para evitar explicaciones de renglones eternos. Llegó cuando mi primaria ya promediaba y fue luz. Jamás había estado tan embobado al ver a alguien, sensación nueva que a la timidez le calzaba justita. Mi silencio se asociaba a quedarse mirando sin emitir sonido alguno.
De a poco la sorpresa y alegria inicial pasaban a ser algo cotidiano, lo que hizo que no pensara en prácticamente más nada, o que todo descendiera a niveles en los que no era capaz de razonar. Se fue al coro casi inmediatamente, cosa nueva era el coro en el colegio. Se nombraba la palabra y media aula quedaba vacia, y yo penando con lo que me daban de tarea mientras la mayoría cantaba o intentaba hacerlo. No era justo.
Mi timidez tuvo una seria lucha con mis convicciones, y tras casi dos meses me animé y pedí ser parte del coro. A la idea de huir de la clase se le sumaba el hecho de estar allí Marcela Metejón. Dos razones valederas.
El día en que se pidió a "los del coro" salir, comprobé qué era irse. O eva-dirse. Ya dentro del comedor en donde el coro por lo general ensayaba, vi a Marcela, guitarra en mano. ¡Y ahí ya pasó a categoría de inolvidable! no sólo sabía las canciones religiosas básicas de coro para misa y celebración puntual, sino aquellas que el profesor usaba para ensayar y además !tenía su propio repertorio!. Con el correr de los días la escuchaba afinar en el comedor su guitarra y me quedaba en el patio, apoyado contra la pared de cuadraditos celestes y blancos, escuchando...
El colegio y el hecho de ir, se volvió interesante. No tardó en ser el centro de las conversaciones, encabezadas o no por ella, y además era femeninamente varonera, si se me permite el término. Se adaptaba a los varones sin dejar de ser ella, lo cual caía bien y la hacía querible. Hasta ahí nadie me gustaba, no me preocupaba eso, vivía lejos y tenía otra relación con todos, no los veía fuera de clases, no sabía donde vivían, y yo si: lejos. Por eso las horas de clases eran sinónimo de tareas, amistades, peleas, charlas, o todo eso junto.
De más decir que al ser linda no iba a tardar en conseguir novio, y también era una realidad que salvo que el mundo se levantara al revés una mañana, yo no diría nada de lo que me pasaba, por miedo a su reacción pero sobretodo por miedo a mi, el introvertido sentirá siempre miedo por verse en situaciones que no dimensiona.
Querer a alguien y callarlo es como festejar un cumpleaños en silencio.
Un año después, en el cumpleaños (justamente) de una compañera, se lo dije. Y el no, rotundo, sonó por todo ese silencio de 365 dias. Me lo esperaba, pero se lo dije. Eso ya era un alivio. Una proposición más, una chica linda puede oir o no, pero para mi circunstancia, hoy hasta agradezco ese no como aliviador de trauma, me sentí mejor.
Las cosas fueron más sencillas. El hecho de la contemplación de algo que a uno le gusta puede darse sabiendo o no la otra persona, aunque es deseable que lo sepa. Nada de lo dicho me significó un sufrimiento y eso rescato. Quizás no era amor, era metejón. Como fuera, nunca había sentido algo asi con nadie.
A veces pienso en que estaba demasiado ocupado en sortear cuestiones del momento y no metido en el metejón por decirlo asi. Pero como sea, fue la primera de quien dije: ¡me rindo! ¡sos lo más lindo que vi en mi vida!. Bah...no lo dije...sólo lo pensé.
Hoy la veo y no me produce nada, es un recuerdo lindo de un momento y nada más, es extraña la vida. Las cosas no avanzan, en general son sepultadas por otras. No sentí desilusión al verla, hoy, sino que pasó el viento y se llevó todo. Y la convirtió ahora en anécdota hermosa de unos pocos renglones. Vaya, Metejón.
Capítulo 2: La des-aparición
1 comentarios jueves, 10 de diciembre de 2009
Ya conté acerca de la primera mujer que teniendo la misma edad más me había impactado, a los cuatro años. Una aparición. Dos cosas se sostuvieron firmes con el correr del tiempo: mi absoluta timidez y falta de comunicación, y mi amistad y casi devoción por Carmen.
Así pasaron primer grado, luego segundo, tercero (una verdadera pesadilla en cuanto a temas de salud de mi familia y por lo insufrible que me resultaba el colegio y la maestra), hasta que llegamos a cuarto grado, año 1984. El callado observa, analiza, describe, saca conclusión pero claro, todo en silencio. Me había convertido en un buen observador de actitudes, tomaba ejemplo.
Me recuerdo en el patio, en el recreo, hablando con varios más y me tocan el hombro. Era Carmen. La memoria emotiva me recuerda tanto a mí como a ella con camisa, así que sería por abril o mayo de ese año, antes de la primera comunión programada.
Muy seria, dijo textualmente “Gabriel, quería decirte que a partir de este momento no te dirijo más la palabra”. Levantó su pera, como quien acaba de sentenciar y mira un poco todo desde el púlpito, y se fue. Yo me quedé pensando en que era una broma, no sabía qué le había hecho. Era bastante básico lo mío. Ni bondades ni maldades me salían hacer. Pasó ese día y no me saludó al irse…pasaron dos días…tres…cuatro…una semana y no me dirigía la palabra, ¡vaya que cumplía!.
Como estaba muda, por decisión de ella, no podia pedirle razones. Y yo, más mudo aun que Carmen por naturaleza, me resultaría difícil salir de ese entuerto simplemente preguntando. Me recuerdo sufriendo la situación, teniendo desamparo, seguía creyendo en que me protegía, aunque evidentemente ya no. Pasaron los meses y la situación seguía de la misma manera.
La primera comunión se atrasó por no estar “religiosamente preparados”, en boca de la Hermana Directora, con lo cual todo se pospuso para noviembre. Seis meses después de sus palabras, Carmen seguía sin hablarme. Lo curioso surgió en el ensayo de la celebración de la misa, días antes. Me tocaba salir en conjunto con una compañera, y un día antes la cambian de lugar y en su reemplazo me pusieron con Carmen.
“Cayó piedra sin llover”, pensé. Coordinar movimiento con alguien que no te dirige la palabra iba a ser un inconveniente. Y lo fue tanto, que salíamos siempre descoordinados. Mi maestra de quinto se me acerca al oído y me dice “¿qué pasa?”, y yo la miré (por supuesto sin hablar) con cara de “esto es así”. Me cansé y resolví salir a mi turno sin estar al pendiente de si ella lo hacia, yo resolvía cuando hacerlo y que me siguiera si quería. Y así fue la ceremonia.
Hasta el último día de séptimo grado continuó este silencio, dos años y medio. Mi madre me había comprado el diploma para que todos me firmaran y ella me esquivaba con cierto estilo. Fue la última que me faltaba de todos mis compañeros. Apoyada en una mesa de aula puesta en el patio, ella escribió en el diploma que cuelga en mi pared, hoy: “Para un compañero, de otra”. Carmen.
Cuando salimos todos luego de terminada la fiesta de graduación de séptimo, sabía que volvería a mi barrio, bien lejos de mis compañeros, no los vería por un largo tiempo, o quizás nunca. Saludé a todos llorando a mares y le pedí saludarla a ella también. Nos abrazamos, le recordé aquel primer día y lo importante que para mi ella había sido. Ambos lloramos un poco, y fue a la última persona que vi hasta hoy, 23 años después.
Desde los 20 años, o por esa etapa, me surgió preguntarme qué sería de la vida de Carmen. Hasta que vi, (me vi), en que podía ser un objetivo el hallarla, no para buscar explicaciones. Porque valió más lo primero que hizo por mi que el resto. Y este año lo pude lograr. ¡No contaba con que ella no recuerda el motivo de la pelea!
La “Aparición” de mis comienzos, terminaba siendo una “Des-Aparición” en el final de mi escuela primaria. En la actualidad busco no hacerla enojar para que no ocurra nuevamente un período de silencio impuesto. Diálogo esta vez no faltará. Es una anécdota del pasado, prescribió en el tiempo. ¿Qué le habré hecho de grave?. No lo sé.
Y ya no importa. Porque ahora hablo y pregunto. Por eso soy Periodista.
¡Me definiste la carrera, Carmen!.
Así pasaron primer grado, luego segundo, tercero (una verdadera pesadilla en cuanto a temas de salud de mi familia y por lo insufrible que me resultaba el colegio y la maestra), hasta que llegamos a cuarto grado, año 1984. El callado observa, analiza, describe, saca conclusión pero claro, todo en silencio. Me había convertido en un buen observador de actitudes, tomaba ejemplo.
Me recuerdo en el patio, en el recreo, hablando con varios más y me tocan el hombro. Era Carmen. La memoria emotiva me recuerda tanto a mí como a ella con camisa, así que sería por abril o mayo de ese año, antes de la primera comunión programada.
Muy seria, dijo textualmente “Gabriel, quería decirte que a partir de este momento no te dirijo más la palabra”. Levantó su pera, como quien acaba de sentenciar y mira un poco todo desde el púlpito, y se fue. Yo me quedé pensando en que era una broma, no sabía qué le había hecho. Era bastante básico lo mío. Ni bondades ni maldades me salían hacer. Pasó ese día y no me saludó al irse…pasaron dos días…tres…cuatro…una semana y no me dirigía la palabra, ¡vaya que cumplía!.
Como estaba muda, por decisión de ella, no podia pedirle razones. Y yo, más mudo aun que Carmen por naturaleza, me resultaría difícil salir de ese entuerto simplemente preguntando. Me recuerdo sufriendo la situación, teniendo desamparo, seguía creyendo en que me protegía, aunque evidentemente ya no. Pasaron los meses y la situación seguía de la misma manera.
La primera comunión se atrasó por no estar “religiosamente preparados”, en boca de la Hermana Directora, con lo cual todo se pospuso para noviembre. Seis meses después de sus palabras, Carmen seguía sin hablarme. Lo curioso surgió en el ensayo de la celebración de la misa, días antes. Me tocaba salir en conjunto con una compañera, y un día antes la cambian de lugar y en su reemplazo me pusieron con Carmen.
“Cayó piedra sin llover”, pensé. Coordinar movimiento con alguien que no te dirige la palabra iba a ser un inconveniente. Y lo fue tanto, que salíamos siempre descoordinados. Mi maestra de quinto se me acerca al oído y me dice “¿qué pasa?”, y yo la miré (por supuesto sin hablar) con cara de “esto es así”. Me cansé y resolví salir a mi turno sin estar al pendiente de si ella lo hacia, yo resolvía cuando hacerlo y que me siguiera si quería. Y así fue la ceremonia.
Hasta el último día de séptimo grado continuó este silencio, dos años y medio. Mi madre me había comprado el diploma para que todos me firmaran y ella me esquivaba con cierto estilo. Fue la última que me faltaba de todos mis compañeros. Apoyada en una mesa de aula puesta en el patio, ella escribió en el diploma que cuelga en mi pared, hoy: “Para un compañero, de otra”. Carmen.
Cuando salimos todos luego de terminada la fiesta de graduación de séptimo, sabía que volvería a mi barrio, bien lejos de mis compañeros, no los vería por un largo tiempo, o quizás nunca. Saludé a todos llorando a mares y le pedí saludarla a ella también. Nos abrazamos, le recordé aquel primer día y lo importante que para mi ella había sido. Ambos lloramos un poco, y fue a la última persona que vi hasta hoy, 23 años después.
Desde los 20 años, o por esa etapa, me surgió preguntarme qué sería de la vida de Carmen. Hasta que vi, (me vi), en que podía ser un objetivo el hallarla, no para buscar explicaciones. Porque valió más lo primero que hizo por mi que el resto. Y este año lo pude lograr. ¡No contaba con que ella no recuerda el motivo de la pelea!
La “Aparición” de mis comienzos, terminaba siendo una “Des-Aparición” en el final de mi escuela primaria. En la actualidad busco no hacerla enojar para que no ocurra nuevamente un período de silencio impuesto. Diálogo esta vez no faltará. Es una anécdota del pasado, prescribió en el tiempo. ¿Qué le habré hecho de grave?. No lo sé.
Y ya no importa. Porque ahora hablo y pregunto. Por eso soy Periodista.
¡Me definiste la carrera, Carmen!.
Capítulo 1: La aparición
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El mundo me venía maltratando bastante. El 9 de julio de 1978 fue el acto de cierre de una etapa, venían las vacaciones de invierno y con 4 años no aspiraba a más que desear que se pasen rápidamente para estar de nuevo junto a mis compañeros, 16 o 18 en cantidad, con quienes ya tenía un mundo armado.
Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.
Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.
El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.
Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.
Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.
Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.
En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
“Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.
La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.
Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.
Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.
Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.
Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.
El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.
Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.
Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.
Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.
En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
“Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.
La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.
Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.
Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.
Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
Crónica de un supermercado chino
1 comentarios viernes, 4 de diciembre de 2009Nota publicada en la revista Superventas, edición en chino
Adaptado al barrio
La historia de “Daniel” es común a quienes han desembarcado desde China en busca de bienestar económico: cierto recelo inicial, consolidación de su negocio y la adaptación a un país que, dice, no lo rechaza.
Lo primero para decir es algo que ya muchos saben. No es sencillo entablar una conversación con una persona de la República popular China. A la barrera del idioma (tan complicado para nosotros como para ellos el castellano) se le suma cierto recelo para hablar sobre sus orígenes, lo que sería para nosotros aquella persona que viene de un pueblo del interior del país y llega a una Buenos Aires que poco entiende de silencios. Detrás de esa barrera a veces infranqueable, aparece Daniel.
Un hombre de suerte
Nos ubicamos en la calle Independencia 1861, barrio de Congreso, Capital Federal. El s
upermercado se llama “Suerte”, y el nombre parece atraer clientela, al menos en esta mañana
Nos ubicamos en la calle Independencia 1861, barrio de Congreso, Capital Federal. El s
en la que la gente decidió hacer sus compras. Llegué cuando se descarga la mercadería, trabajo diario y silencioso en muchos casos.
El local es más largo que ancho, con muchas góndolas. El techo es algo alto y escucho música a bajo volumen por unos parlantes. Cerca de la puerta está la caja en donde atiende Li Xue Sun, que es al que llaman “Daniel” sus conocidos y empleados. Tiene 34 años y vino de la provincia de Shandong. “Ahí viven mas o menos 30 millones de personas”, dice. Recordemos que cada provincia de China equivale en cantidad de habitantes a cualquier país de Sudamérica.”Ustedes son pocos en comparación al territorio que tienen. Pero al hombre que siempre vivió en el campo le cuesta adaptarse a la ciudad”.
El local es más largo que ancho, con muchas góndolas. El techo es algo alto y escucho música a bajo volumen por unos parlantes. Cerca de la puerta está la caja en donde atiende Li Xue Sun, que es al que llaman “Daniel” sus conocidos y empleados. Tiene 34 años y vino de la provincia de Shandong. “Ahí viven mas o menos 30 millones de personas”, dice. Recordemos que cada provincia de China equivale en cantidad de habitantes a cualquier país de Sudamérica.”Ustedes son pocos en comparación al territorio que tienen. Pero al hombre que siempre vivió en el campo le cuesta adaptarse a la ciudad”.
Aquí hay otra característica de las personas que han decidido probar suerte desde tan lejos: en su mayoría provienen de zonas de China alejadas de las ciudades, donde el campo es su fuente de ingresos desde siempre. La historia de Daniel no escapa a eso.
Hace tres años y cuatro meses decidió venir a nuestro país. “Vine con mi esposa. Y ya tengo una hija argentina. Un amigo llegó primero y luego llegué yo. El comienzo no me fue fácil por el tema del idioma, pero me fui adaptando. No me quejo, me tratan bien”. Le pregunto si ha tenido algún tipo de rechazo inicial, de desconfianza. Pero me repite que ha sido bien tratado. Mi insistencia en la pregunta y su negativa me hace pensar en que el argentino discrimina más que al extranjero, a aquel que ve que no trabaja para ganarse un lugar en el barrio. Quizás el choque de culturas, ante alguien que uno ve trabajador y honesto, no se da tanto.
Las reglas del juego
Mientras pienso en esto, Daniel ya atendió en la caja a cuatro clientes. Los empleados se ríen de que pueda salir en una revista y él también se ríe con ellos. Tengo una pregunta escrita y tenía temor en que no quisiera hablar de eso. Se refiere a la competencia entre pares. El barrio de Congreso es sólo una muestra del crecimiento de autoservicios y supermercados de origen chino que ha tenido Capital Federal y muchas de las ciudades del interior.
Visto el fenómeno desde afuera, pareciera que todos han llegado desde China a Argentina organizados. Quizás el silencio en el que eligen estar me mueva a pensar eso. Pero entre regiones también existen diferencias y competencias, como en cualquier lugar del mundo. “Enfrente se instaló otro supermercado chino hace 15 días. Y es competencia, claro”. Daniel se refiere a uno ubicado en diagonal a su negocio, que luce con pintura nueva. No puedo dejar de comparar el negocio de enfrente con el de Daniel, y le pregunto si desearía modificar algo de su comercio, ampliar, cambiar ciertos aspectos para que los clientes no se le vayan. “El negocio está bien, no nos falta nada. Es una inversión. Dejar plata en arreglar y la pintura es fácil. Pero luego hay que mantener eso. Además esto (mueve su brazo hacia las góndolas) es barato”.
Mientras pienso en esto, Daniel ya atendió en la caja a cuatro clientes. Los empleados se ríen de que pueda salir en una revista y él también se ríe con ellos. Tengo una pregunta escrita y tenía temor en que no quisiera hablar de eso. Se refiere a la competencia entre pares. El barrio de Congreso es sólo una muestra del crecimiento de autoservicios y supermercados de origen chino que ha tenido Capital Federal y muchas de las ciudades del interior.
Visto el fenómeno desde afuera, pareciera que todos han llegado desde China a Argentina organizados. Quizás el silencio en el que eligen estar me mueva a pensar eso. Pero entre regiones también existen diferencias y competencias, como en cualquier lugar del mundo. “Enfrente se instaló otro supermercado chino hace 15 días. Y es competencia, claro”. Daniel se refiere a uno ubicado en diagonal a su negocio, que luce con pintura nueva. No puedo dejar de comparar el negocio de enfrente con el de Daniel, y le pregunto si desearía modificar algo de su comercio, ampliar, cambiar ciertos aspectos para que los clientes no se le vayan. “El negocio está bien, no nos falta nada. Es una inversión. Dejar plata en arreglar y la pintura es fácil. Pero luego hay que mantener eso. Además esto (mueve su brazo hacia las góndolas) es barato”.
El tema de lo barato que puede ser un comercio chino lo ayuda, aunque en parte. “Yo puedo tener un 25 % más barato la mayoría de los productos, pero todos los que rebajamos después ganamos poquito”, me aclara. Luego me dice que cierta idea de que en Argentina se vive bien, hace que muchos chinos desembarquen en nuestro país y luego tengan problemas para subsistir. “No es sencillo un negocio, y se vienen con la idea de que bajando precios la ganancia es mucha. Pero se gana poquito”, repite la palabra.
Que si vengo, que si voy
Imagino que progresar, para alguien que no es de aquí, implica que le vaya bien en su comercio y afianzar lazos con un país que no es el de ellos. O tal vez piense en volver a su patria. Para Daniel el tema de lo lejano lo ha superado, aunque sí añora el campo. “El campo es mucho más lindo que la ciudad. Hay otros ritmos y se vive mejor, y más si es en tu país. Pero igual, no pensé en irme. O bueno…tuve momentos malos con mi negocio, la crisis, todo eso. De afuera todo es fácil para el que no es comerciante.”
Imagino que progresar, para alguien que no es de aquí, implica que le vaya bien en su comercio y afianzar lazos con un país que no es el de ellos. O tal vez piense en volver a su patria. Para Daniel el tema de lo lejano lo ha superado, aunque sí añora el campo. “El campo es mucho más lindo que la ciudad. Hay otros ritmos y se vive mejor, y más si es en tu país. Pero igual, no pensé en irme. O bueno…tuve momentos malos con mi negocio, la crisis, todo eso. De afuera todo es fácil para el que no es comerciante.”
Dice reconocer a alguien de China si vino del campo o la ciudad. “Yo nací en Shandong…en Shanghai no, eh”. Parece que hay diferencias entre ciudades. Me vuelve a hablar del campo. Tiene admiración y algo de melancolía lo que me dice. Le cuento que aquí también hay campo, y mucho. Pero que las ciudades cabeceras dominan todo el movimiento. En China también ocurre, en cuanto a dinero y cultura.
Pero a su manera, cada uno sobrevive.
Pero a su manera, cada uno sobrevive.
“No…fotos, no”
Antes de asustarlo sacando mi cámara, decidí comentarle que la idea es tomarle una fotografía para darle un buen marco a la nota. Pero es reacio a posar. Le propuse entonces que él eligiera qué sector de su comercio quería que saliera, si no quería aparecer en persona. Le di mi cámara y luego de ir hasta el fondo y volver, eligió un sector de la entrada. La cámara casualmente era de origen chino (pura casualidad, realmente) y elogió la marca. Le pregunté a qué se debe esa sensación que tengo que las fotos son cosa prohibida. “No, no me gustan…además con esta cara…la foto tiene que ser linda”. Y nos reímos de su salida. Comprendí que tiene que ver con lo cultural y no con la necesidad de esconderse de algo o alguien. Respeto eso.
Antes de asustarlo sacando mi cámara, decidí comentarle que la idea es tomarle una fotografía para darle un buen marco a la nota. Pero es reacio a posar. Le propuse entonces que él eligiera qué sector de su comercio quería que saliera, si no quería aparecer en persona. Le di mi cámara y luego de ir hasta el fondo y volver, eligió un sector de la entrada. La cámara casualmente era de origen chino (pura casualidad, realmente) y elogió la marca. Le pregunté a qué se debe esa sensación que tengo que las fotos son cosa prohibida. “No, no me gustan…además con esta cara…la foto tiene que ser linda”. Y nos reímos de su salida. Comprendí que tiene que ver con lo cultural y no con la necesidad de esconderse de algo o alguien. Respeto eso.
¿Qué es “ser de acá?”
Estuve un rato más con Daniel. Simpático, de pocas palabras. Con igual placer, me habla de cómo se adaptó a la ciudad, como de los campos de su provincia.
No podría juzgar el sentido de pertenencia, es algo parecido, sino igual, a definir qué es patria. De última, todos somos de aquí, en tanto estemos viviendo.
O sobreviviendo.
Lo veo a Daniel mismo como sobreviviendo en Buenos Aires.
Más allá de estar instalado y en parte adaptado.
Y si aprendió a sobrevivir, comprendí que entre Shandong y Buenos Aires no hay mucha distancia.
Estuve un rato más con Daniel. Simpático, de pocas palabras. Con igual placer, me habla de cómo se adaptó a la ciudad, como de los campos de su provincia.
No podría juzgar el sentido de pertenencia, es algo parecido, sino igual, a definir qué es patria. De última, todos somos de aquí, en tanto estemos viviendo.
O sobreviviendo.
Lo veo a Daniel mismo como sobreviviendo en Buenos Aires.
Más allá de estar instalado y en parte adaptado.
Y si aprendió a sobrevivir, comprendí que entre Shandong y Buenos Aires no hay mucha distancia.
Fondos de comercio, y el momento justo
1 comentariosNota propia publicada en la revista Superventas
Se tiende a pensar en sinónimo de venta de negocio a alguien agobiado por deudas o una competencia a la que ya no puede hacerle frente. En tanto quien compra, llega con todas sus ganas e inexperiencia en eso de cansarse frente a un negocio y su funcionamiento.
Estas dos ideas son muy generales y no representan necesariamente a todos. La vida obliga a decisiones y se dan en la ocasión en que se presentan. Si el local es familiar, se plantea dentro de su seno en primer lugar qué hacer. Distinto es quien alquila y su inquilino decide no seguir en ese lugar. O quien anda en busca de un fondo de comercio en algún barrio o ciudad y decide probar suerte.
Los años no vienen solos
Roberto De Vita, 58 años. No extraña tanto ir todos los días a su ex local por un motivo: vive arriba de él. Cuando llegaron a ocupar el negocio la chance de vivir en la planta superior sedujo a sus padres, Guerino De Vita (de jóvenes 83 años actualmente) y Antonieta Versa (85).
Nos remontamos al año 1973 en la Provincia de Buenos Aires.
“En realidad, dice Roberto, mis padres llegaron de Italia y primero alquilaron en Capital Federal. Luego se instalaron en Provincia, cuando sólo las calles principales eran de asfalto, el resto eran de tierra”.
La historia se diferencia de las más comunes de emigrados de Europa pos-guerra, en que arribaron a Buenos Aires con cerca de 30 años cada uno, y habiendo ya trabajado un largo tiempo. En el caso de Guerino, fue oficial ¡policía y custodia en el Vaticano! entre otros destinos. En tanto doña Antonieta ayudaba a su propio padre en un almacén de Salerno y luego trabajó como costurera.
Justamente nuestro objetivo, el de la nota, era que nuevo y antiguo dueño posaran para SUPERVENTAS. Cuando Roberto baja las escaleras, enfila hacia el local. Saluda a todos y se abraza con Aquiles Vera. Entre italianos parece haber quedado el negocio.
La otra parte de la historia es de quien compra.
El destino y sus vueltas
Se dice que el tren de las oportunidades pasa sólo una vez. En este caso parece que cambió de vía para llegar hasta Aquiles Vera.
“Yo trabajé mucho tiempo en un mayorista como empleado. El dueño le ofreció a una persona este fondo de comercio, pero por diferentes cosas no se puso de acuerdo”.
“Incluso Aquiles y yo no nos conocíamos”, dice Roberto. Pero el dueño del mayorista, una vez enterado del interés de Vera, lo pone en contacto con De Vita, sus conocidos que andaban con intención de vender el fondo de comercio. A casi diez años de la venta, todavía los De Vita siguen viviendo en la parte superior y el local continúa bajo el apellido Vera.
La idea de abrir un comercio, dice, ya le venía rondando la cabeza hacía rato. “Y me dije: vamos a hacer algo, un boliche…lo hablé en familia y bueno…se dio”.
Pero para eso, primero alguien decidió vender.
Decisión por sobre el sentimiento
No hubo dudas en su momento y no parece haberlas ahora. Roberto comenta: “Mis padres y nosotros, los hijos, la América ya la tenemos hecha. ¿Porqué vendimos?...mis padres ya estaban viejitos. Nos pusimos de acuerdo con mi hermana, que también ayudaba en el local y decidimos vender el fondo de comercio”.
Sigue su idea. “Si el negocio lo hubiéramos tenido hasta hoy, lo estaría atendiendo solo. MI hermana se puso una boutique. No daba para más. Puedo decirte que vendimos en el momento justo, hace casi diez años, por un tema económico…¡pero en Argentina siempre hay algún problema económico!. No hubiera sido excusa. Se tenía que dar así”.
Clientes, a la venta
Más allá de cuestiones técnico-jurídicas que se deben cumplir (ver recuadro), alguien que decide vender y alguien que decide comprar tienen en cuenta el factor clientela, fiel al lugar de compra, y que se adaptará a los nuevos dueños en tanto ciertos aspectos sigan funcionando. Desde el tema precios hasta la atención y una variedad mas o menos estable de productos.
Otra cuestión no menor es la competencia. Como ya dijimos, se es fiel por convencimiento, y si alguien confía en una “marca comercio”, o un apellido de años en el pueblo o ciudad, también el que compra un comercio deberá tener en cuenta no sólo a quién le adquiere un local, sino en dónde se compra.
Si la región de influencia está todo el tiempo recibiendo nuevos negocios, si la entrega de mercadería es sencilla para los repartidores (ubicación geográfica), o si se registra deudas incluso con ellos.
Comprarse un local, y no un problema
Como Ley, la número 11.867 da el marco en donde se deben cumplir ciertos requisitos. Aunque algunas veces por evitar más trámites o más pagos se pasen por alto cuestiones básicas. Una de ellas es la publicación del Edicto que determinará si el comercio posee o no deudas con terceros.
Aunque las deudas no sean transferibles de vendedor a comprador, es un paso que la Ley exige.
También prevé situaciones extraordinarias. Algún vendedor podría intentar tener un negocio en la zona, o ser directamente competencia, algo que debe estar debidamente prohibido y aclarado en el contrato.
Revisar todos los datos que se envíen a la A.F.I.P. para evitar inconvenientes, y dentro de los seis meses de realizada la compra.
Finalmente, averiguar cuáles son las normativas vigentes en cada municipio del pueblo o ciudad en donde se efectúe la compra o cesión. Cada Gobierno tiene sus leyes o pasos a seguir que se deben tener en cuenta para evitar problemas de habilitación del local recién comprado y vendido.
Desde SUPERVENTAS, el deseo es el ver dueños de autoservicios y supermercados felices con la decisión que tomen, que no es sencilla y como siempre ocurre, genera consecuencias. Si se logran cumplir los pasos que rigen la negociación, compradores y vendedores serán quienes se beneficien.
Para eso hay que tener los ojos bien abiertos para cuando el momento justo llegue.
read more “Fondos de comercio, y el momento justo”
El momento justo
Si un comerciante debe “pegar el salto” para vender o comprar un negocio,
tiene que saber cuándo es el instante preciso en que arriesgarse
va a rendir sus frutos en el futuro.
Testimonios de quienes vendieron o compraron un local,
que sin dudas ya es parte de sus vidas.
tiene que saber cuándo es el instante preciso en que arriesgarse
va a rendir sus frutos en el futuro.
Testimonios de quienes vendieron o compraron un local,
que sin dudas ya es parte de sus vidas.
Los momentos de decisiones que marcan un antes y un después siempre generarán dudas pero, también, anhelos de esperar algo mejor para quien se decide por una opción.
El comerciante en general vive dos instancias de las más complicadas de afrontar: comprar y luego, en algún momento, vender.
El comerciante en general vive dos instancias de las más complicadas de afrontar: comprar y luego, en algún momento, vender.
Se tiende a pensar en sinónimo de venta de negocio a alguien agobiado por deudas o una competencia a la que ya no puede hacerle frente. En tanto quien compra, llega con todas sus ganas e inexperiencia en eso de cansarse frente a un negocio y su funcionamiento. Estas dos ideas son muy generales y no representan necesariamente a todos. La vida obliga a decisiones y se dan en la ocasión en que se presentan. Si el local es familiar, se plantea dentro de su seno en primer lugar qué hacer. Distinto es quien alquila y su inquilino decide no seguir en ese lugar. O quien anda en busca de un fondo de comercio en algún barrio o ciudad y decide probar suerte.
Los años no vienen solos
Roberto De Vita, 58 años. No extraña tanto ir todos los días a su ex local por un motivo: vive arriba de él. Cuando llegaron a ocupar el negocio la chance de vivir en la planta superior sedujo a sus padres, Guerino De Vita (de jóvenes 83 años actualmente) y Antonieta Versa (85).
Nos remontamos al año 1973 en la Provincia de Buenos Aires.
“En realidad, dice Roberto, mis padres llegaron de Italia y primero alquilaron en Capital Federal. Luego se instalaron en Provincia, cuando sólo las calles principales eran de asfalto, el resto eran de tierra”.
La historia se diferencia de las más comunes de emigrados de Europa pos-guerra, en que arribaron a Buenos Aires con cerca de 30 años cada uno, y habiendo ya trabajado un largo tiempo. En el caso de Guerino, fue oficial ¡policía y custodia en el Vaticano! entre otros destinos. En tanto doña Antonieta ayudaba a su propio padre en un almacén de Salerno y luego trabajó como costurera.“Apenas llegaron lo primero que hicieron fue una huerta, de la que se abastecían y podían vender sus productos. Cuando se instalaron acá (señala abajo) siguieron con la huerta aunque ya no era el principal objetivo”.
Justamente nuestro objetivo, el de la nota, era que nuevo y antiguo dueño posaran para SUPERVENTAS. Cuando Roberto baja las escaleras, enfila hacia el local. Saluda a todos y se abraza con Aquiles Vera. Entre italianos parece haber quedado el negocio.
La otra parte de la historia es de quien compra.
El destino y sus vueltas
Se dice que el tren de las oportunidades pasa sólo una vez. En este caso parece que cambió de vía para llegar hasta Aquiles Vera.
“Yo trabajé mucho tiempo en un mayorista como empleado. El dueño le ofreció a una persona este fondo de comercio, pero por diferentes cosas no se puso de acuerdo”.
“Incluso Aquiles y yo no nos conocíamos”, dice Roberto. Pero el dueño del mayorista, una vez enterado del interés de Vera, lo pone en contacto con De Vita, sus conocidos que andaban con intención de vender el fondo de comercio. A casi diez años de la venta, todavía los De Vita siguen viviendo en la parte superior y el local continúa bajo el apellido Vera.
La idea de abrir un comercio, dice, ya le venía rondando la cabeza hacía rato. “Y me dije: vamos a hacer algo, un boliche…lo hablé en familia y bueno…se dio”.
Pero para eso, primero alguien decidió vender.
Decisión por sobre el sentimiento
No hubo dudas en su momento y no parece haberlas ahora. Roberto comenta: “Mis padres y nosotros, los hijos, la América ya la tenemos hecha. ¿Porqué vendimos?...mis padres ya estaban viejitos. Nos pusimos de acuerdo con mi hermana, que también ayudaba en el local y decidimos vender el fondo de comercio”.
Sigue su idea. “Si el negocio lo hubiéramos tenido hasta hoy, lo estaría atendiendo solo. MI hermana se puso una boutique. No daba para más. Puedo decirte que vendimos en el momento justo, hace casi diez años, por un tema económico…¡pero en Argentina siempre hay algún problema económico!. No hubiera sido excusa. Se tenía que dar así”.
Algunas veces ocurre algo cercano al arrepentimiento, y se puede pensar en comprar otro fondo de comercio tiempo después. “No. Ya está. Tampoco pensamos en comprar algún local más chico…cumplimos una etapa”.
Clientes, a la venta
Más allá de cuestiones técnico-jurídicas que se deben cumplir (ver recuadro), alguien que decide vender y alguien que decide comprar tienen en cuenta el factor clientela, fiel al lugar de compra, y que se adaptará a los nuevos dueños en tanto ciertos aspectos sigan funcionando. Desde el tema precios hasta la atención y una variedad mas o menos estable de productos.
La fidelidad del cliente bien puede terminar en cuanto ingresa en otro local a comprar lo mismo. A modo de máxima comercial, quien comienza en un local nuevo con clientes ya “ganados” deben por un lado mantener esa base y lentamente ir adaptando lo que considere, y a su vez respetar lo ya establecido.
Otra cuestión no menor es la competencia. Como ya dijimos, se es fiel por convencimiento, y si alguien confía en una “marca comercio”, o un apellido de años en el pueblo o ciudad, también el que compra un comercio deberá tener en cuenta no sólo a quién le adquiere un local, sino en dónde se compra.
Si la región de influencia está todo el tiempo recibiendo nuevos negocios, si la entrega de mercadería es sencilla para los repartidores (ubicación geográfica), o si se registra deudas incluso con ellos.
Comprarse un local, y no un problema
Como Ley, la número 11.867 da el marco en donde se deben cumplir ciertos requisitos. Aunque algunas veces por evitar más trámites o más pagos se pasen por alto cuestiones básicas. Una de ellas es la publicación del Edicto que determinará si el comercio posee o no deudas con terceros.
Aunque las deudas no sean transferibles de vendedor a comprador, es un paso que la Ley exige.
También prevé situaciones extraordinarias. Algún vendedor podría intentar tener un negocio en la zona, o ser directamente competencia, algo que debe estar debidamente prohibido y aclarado en el contrato.
Revisar todos los datos que se envíen a la A.F.I.P. para evitar inconvenientes, y dentro de los seis meses de realizada la compra.
Finalmente, averiguar cuáles son las normativas vigentes en cada municipio del pueblo o ciudad en donde se efectúe la compra o cesión. Cada Gobierno tiene sus leyes o pasos a seguir que se deben tener en cuenta para evitar problemas de habilitación del local recién comprado y vendido.
Desde SUPERVENTAS, el deseo es el ver dueños de autoservicios y supermercados felices con la decisión que tomen, que no es sencilla y como siempre ocurre, genera consecuencias. Si se logran cumplir los pasos que rigen la negociación, compradores y vendedores serán quienes se beneficien.
Para eso hay que tener los ojos bien abiertos para cuando el momento justo llegue.
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