"Lo que se lleva" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 10 de noviembre de 2012
Juntó los hombros y en los bolsillos de la campera color naranja hundió más profundo sus dos manos. El frio es una sensación placentera si se está a cubierto de él, esta vez no quiso llevar gorro. Dejó que su pelo largo jugara un poco con el viento arremolinado de la costa, empezó a caminar bordeando aquello imperfecto, cierta línea entre gris y blanca que se iba rápidamente borrando. Jugó a que daba más de dos pasos y estiró su pie haciendo punta, se dio vuelta enseguida para ver si alguien la veía, odiaba parecer infantil. Miró fijo el horizonte algo brumoso por el efecto del sol, quiso ser aquella ave que rasante pasaba, se detuvo en lo que consideró era mitad de camino. Tomó el sol abriendo sus brazos. El mar, en sus oídos de recuerdos precisos. Dio placer a sus ojos, que cerró por un momento para que oyeran, por una vez oyeran. Impregnó el corazón de aire, su latido llevaría un poco de ella, y mio. Alejada, la miraba el color de sus mañanas. Envidiando se quedara con buena parte de la magia, en dosis de las buenas, las que curan. Como su alma.
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."Amor tibio".

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Nada es lo que te di. Alejado el destino de manos que no lo buscaron, volvió libre al espacio que le habían dado, del que nació un dia sus ganas de comprobar qué tantas palabras tenía su verdad, la escuchada. Llegó para estar con quien vio lejos, y la desconoció. Le hizo espacio en el corazón con el peor remedio del humano a los sueños y quimeras: la espera. Quiso crear un presente acotado a dos miradas, y naufragó cuando ella cerró los ojos, como faro que ya no guía porque nunca lo querría. Ni ayer, ni hoy, ni mañana, ni a quien venga. El destino aceptó que a nadie había encontrado, se dio vuelta y desandó el camino. Sola y libre quedó la tibieza. Buscando siempre alejar a quien acerca.
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."Verde".

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Hay algo que tiene ese color. El árbol de las almas, el que uno quiere, el que anhela esté presente. También ciertos sabores, fotos, recuerdos, miedos sin rencores. Color de búsqueda en dos manos y en espejo, corazones. Dicen que lo vieron, lo sabemos, al pie de los cerros, en el jardín del abuelo, en tonos allá a lo lejos donde perdemos los pensamientos. En todos esos lugares y en algunos que aun no vemos suele posarse Dios. Y el color que los dos queremos.
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."Dulce penitencia".

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Una mujer disimulaba su presencia mezclada entre otras esencias. Estaba fatalmente condenada a besar y hacer diluvio, estrellas, nieve, agua. Tierra. Pero ninguna forma humana volvía a estar tal cual, luego de ella. Un dia besó a un muchacho y desintegró su imagen entera. Otra vez besó el suelo, mezcla de pasto y buena cosecha. Cuando vio resquebrajarse la parte que supo quererla se alejó rápidamente evitando la condena. Lo último que supe es que estaba caminando. De dia si besa la luna, de sol si se lo propone, en lugares sin rencores, en sitios de desencanto. Donde nadie suele verla pero yo sí, anoche. Y de vez en cuando.
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"La costurera" -Cuento corto-

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Sandra recuerda la primera vez en que sintió pánico escénico perfectamente. Cuando tenía seis años tomó de adentro de un placard un costurero de esos con tapa algo descosida por viejo (en casa de costureros, cuchillo de palo) y el contenido entero de las dos divisiones de la caja cayeron como catarata. Sandra se quedó quieta y se tapó los oídos mientras hebillas, dedales, agujas e imanes quedaron a su alrededor. El mundo se había venido abajo para Sandra, caído al suelo. Apareció su abuela gritando, buscó unos botones celestes que como eran chiquitos habían saltado bien lejos. La mamá se puso los brazos en jarra y miraba la escena sin decir una palabra. Una de las tias, de visita en la casa la miró a Sandra, amagó a retarla. “Salí de acá”, le dijo la abuela, con temor a que el botón justo lo estuviera pisando. Los siete años de Sandra quedaron conmovidos y se puso al lado de la pared del pasillo, nadie reparaba en ella. Tres mujeres agachadas intentaban juntar todo del suelo. Tuvo suerte con las dos tijeras, porque como iban trabadas en la caja quedaron en su lugar, no se desprendieron. La abuela pidió un escobillón, Sandra quiso ayudar con la pala pero nadie la oyó. Se puso a mirar todo desde la entrada a la cocina. Su mamá le dijo “nunca más sacás el costurero sola, nunca. ¿Oíste?”. Dicen que Sandra, ahora de grande, guarda todo en muebles de la cintura hacia abajo. Pero el sábado se puso a ordenar cosas, el costurero quedó mal ubicado arriba de la heladera, la abrió y todo cayó. Y se quedó quieta. Y se tapó los oídos. Y el recuerdo la sorprendió, plena. Volvió a ser la chica del costurero sin que nadie lo supiera.
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."El momento".

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Un solo reloj marca el tiempo y tu tiempo. Quien con dulce apuro trae alivio a tu razón siempre espera en todas tus puertas abiertas, fijate. Nadie te sigue, nadie combate las inseguridades, los apurados detalles que exigimos a todos pero perdemos en nosotros de a poco. Cuando encontremos un reloj que no marque, cuando el tiempo presente sea este, el que se ha ido. El que ya no vuelve. Cuando tengas dos agujas que acompañan sensaciones sin herirlas ni apurarlas. Cuando sea realmente tu deseo, cuando lo detengas y conserves, ahí sabrás. Una hora de vida en punto. La que conviene.
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"El que se mira" -Cuento corto-

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Guardó sigilosamente todo lo que de él dijeron. Durante años se preocupó en archivar comentarios, interrogantes, opiniones de quienes lo conocían y de quienes no. Sus aciertos y errores vistos por otros ojos. Sus gustos, sometidos al análisis de otras personas. El sentido de sus dichos cuando escribía y lo que provocaba en quien leía. Pasó el tiempo y de eso nunca se percató. Fueron años de guardar lo que decían y las hojas de los textos encuadernados se fueron poniendo amarillas. Hasta que descubrió que atesoraba aquello que no le importaba y fue a buscar ese material. En un costado y debajo de un armario de su infancia, estaban todas esas opiniones. Tenían tierra arriba y bien envueltas en un celofán celeste. Sacó de a una las carpetas, en perfecto orden estaban. Eran tres grandes biblioratos y agachado en el piso mientras se rascaba la cabeza se quedó pensando: uno de título llevaba “Lo que han dicho de mi”. El otro era “Lo que yo he dicho de los demás”. Y el tercero “Lo que ellos y yo hemos mentido de mi”. Tomó coraje y de a una rompió las páginas de los dos primeros biblioratos. Del tercero, aun, no sabemos si lo sigue usando. Pareciera escrito: le sirve de tanto en tanto.
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