"Geometría del recuerdo" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 8 de septiembre de 2012
Tomó un compás, de esos en que el lápiz va sujetado, y lo giró para que marque sobre el papel un círculo. Sentía que no estaba perfecto, que la línea se veía temblorosa. Buscó un vaso y lo puso sobre el papel dado vuelta, le pasó el lápiz alrededor. Luego tomó la escuadra, flamante, e intentó dibujar el mejor triángulo. Pensaba todo el tiempo en que de nada le serviría hacer ángulos y problemas. Cuando terminó, el transportador lo esperaba al lado de la cartuchera. Ese semicírculo lleno de números y grados que con miedo apoyó sobre el triángulo y con datos comenzó a usar. Anotó los resultados prolijamente a un costado, sin apretar tanto el lápiz para después no dañar la hoja si se equivocaba y había que borrar. Le pasó la mano al cuaderno para que se le salgan los pedacitos de goma de borrar y así alisar. Miró como si no fueran de él esos ejercicios hechos. Todo esto lo recordó hoy, cuando abrió un cajón y en un rincón, algo oxidado, estaba el compás. Lo sacó, le puso un lápiz e intentó dibujar un círculo. Fue a buscar un vaso, lo apoyó y lo hizo. Se quedó mirando su geometría del recuerdo. Cuando los problemas eran otros, sólo de números. Y qué mejor que sólo esos.
."Ojos abiertos".
1 comentariosLos ojos abiertos vencen al sueño. Para crearte tuve que cerrarlos días y meses largos sabiendo el mareo tan lento y solitario. Nebulosa de fría tela que en la piel de un ser callado pasó de lado a lado. Y el mareo acelerando. Presente de agua secando y mi sed al amor contagiando. Deseaba ver lo que estaba pasando allá, en donde lo oscuro mantuvo tus manos y el dolor se volvió paso en falso. Nada sentí con los ojos cerrados. Los abrí, el mareo se fue aliviando y el corazón acelerando. Sólo te soñé. Despierto y rezando.
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."El necesario cambio".
1 comentariosAyer volvi a teñir con mis colores el sendero. Ante el sol de frente todo parece universo, el arriba y el abajo son nuestros, esclavos y dueños de los mismos deseos. Nadie empuja al viento que mueve la gruta, de donde salen dos pies que dudan su cuerpo. Y quieren volver al comienzo pero pasos que dan por ciertos es camino sin dejar de hacerlo. Y sigue para mejor consuelo. Queriendo ser héroe de un final de cuento donde nadie le ha dicho cómo caminar derecho. Lo fue sabiendo. En los colores teñidos del sendero.
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."Lo que di".
1 comentariosEl antiguo caballero. Aquel que cede el asiento o corre la silla para la dama primero, elige las mejores flores de un ramo entero, deja hablar para él hablar luego, atento a los detalles y disimulando saberlos. El que luce seguro de lo que está diciendo, llevando la charla y a ella a algún puerto, donde nadie se acuerda cómo pasa el tiempo. Abraza cuando hay que hacerlo, ofrece la mano como a las niñas, para cruzar la calle sin miedo. Detecta la duda, sabe callar silencios. No fuerza las cosas, deja crecer el anhelo. Protege en la presencia sin invadir los deseos. Deja en mano el corazón para volver por él queriendo. Pero hace rato nadie ve qué solo camina su tiempo. El antiguo caballero.
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."El siempre quieto".
1 comentariosMe persigue la aguja del segundero. Como en la rayuela cuando saltando se llega al cielo, y uno se da vuelta para ver el camino hecho. El que controla y designa mi tiempo no tengo el gusto de conocerlo y de lejos querría tener un encuentro, preguntarle cosas. Las oportunidades que no llegan a puerto, por paso apurado o demasiado lento. Esa esquiva suerte en los emprendimientos, que nacen creados, se frustran, se ven viejos. Varias personas que elijo y no quiero, y otras que quieren lo que yo nunca veo. Aquel que controla y designa mi tiempo habrá de saber qué tengo y qué temo para no avanzar, para quedarme quieto. Sabrá mi futuro, el que miro y no tengo, que empujo letras desde hace un mes sin amor cierto. Huyendo a cien planes llamados recuerdos. Por eso el paso es ligero. Y esa aguja que me sigue, el segundero.
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"Disculpas, sol"
1 comentariosTapabas el sol con la mano y a mi me gustaba soñarte poderosa frente a los rayos, para adorarte no por mia sino bajo tu amparo. Una presencia armoniosa de planetas girando al ritmo de tus labios, de noche pardos, de dia néctar en mis comentarios. El silencio parecía música de anoticiados, por esos dichos sutiles que los ojos tenían mirados. Donde el impulso fue un globo de ensayo, crecido bajo influencia de quien va dejando piedras en el camino para ir por un costado. Si cuando tapabas el sol con la mano eras poderosa, debí evitarlo. Y si te adoré bajo tu amparo, mis disculpas al sol. Por amor lo había dejado.
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"Casas" (texto para concurso)
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Mis sábados y domingos eran iguales pero distintos. Los sábados el bullicio era tan grande, que cuando con mi mamá íbamos llegando a lo de mi abuelo en Ramos Mejía, se escuchaban antes de entrar las voces desde la calle. Los domingos eran diferentes., En el barrio de mi abuela no oía más que los pajaritos y algún escape de auto. Lo único que hacía ruido siempre era la “puerta chillona”, como yo llamaba de chico a esa puerta de vieja madera que rechina enojada cuando la entornan. Los sábados en Ramos con mis abuelos eran multitudinarios en día de reunión de hijos, en donde sobrinos íbamos de invitados especiales. Los domingos en cambio, éramos con mi mamá los que debíamos ir si o si, porque la mesa sino quedaría irremediablemente con huecos, nos esperaban de verdad a falta de más gente. Los sábados caminaba un largo pasillo de baldosas viejas hasta el fondo, en donde una puerta baja de rejas vencidas daba bienvenida a la casa, toda de blanco, en donde había que golpear fuerte para que a uno lo oigan llegar y abran. Los domingos con mi abuela también eran en una casa blanca aunque sin pasillo, sólo un escalón de esos que previenen las inundaciones, símbolo de casa antigua. Mis abuelos los sábados ponían esas mesas largas en un patio rectangular, mantel de hule y a hablar todos juntos y al mismo tiempo. Tíos, sobrinos, primos y primas. Se hablaba, se jugaba a las cartas. El domingo con mi abuela se terminaba de comer y mi tia se iba a dormir, mi mamá también. Con mi abuela quedábamos jugando, luego de levantar la mesa, al dominó de fichas que estaba en el primer cajón de la derecha del mueble con espejo que había en el comedor. Le gustaba dejarme ganar y a mi, no perder. Era mi abuela la dueña familiar de los silencios, de las miradas largas que dicen cosas en la piel antes que en los oídos. Los sábados en cambio mis abuelos eran los espectadores de lo que ellos organizaban, con orgullo y desbordados por tanta gente. Miraban todo y yo me acercaba a ellos para que me abracen. Mi abuelo tenía una uña muy larga y jugaba a que me pinchaba, pero no lo hacía. Lo recuerdo reírse con eso. Tenían ambos cierto aspecto de tarea cumplida, sensación que uno cuando es grande recién comprende, esa satisfacción de poner la espalda en el respaldo, y respirar profundo. Los domingos mi abuela me enseñó a respirar mejor, le gustaba el Yoga. Me hablaba de su infancia de enfermera, me decía que era igual a mi papá, me acariciaba el flequillo y se me quedaba mirando como tratando de ver más allá. O yo sentía eso. Los sábados podía mirar la caja de remedios y ordenarlos por altura, mientras todos andaban por ahí. Los domingos nunca vi medicamentos, los ponían arriba de la heladera y me quedaban altos. Mis abuelos de los sábados eran la visita semanal de honor. Mi abuela los domingos era la visita de excusa para hacerle compañía. Entraba a esas casas de amor, yo. Casas, y vidas, de sábados y domingos.
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