"Mortales" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 11 de enero de 2012Dos hadas en el cielo se divertían mirando mortales para salvarlos. Desde arriba los veían caminar y elegían, pero no al azar. “El destino no es para cualquiera, es para quien está dispuesto a asumirlo”, decía siempre una de ellas. La otra en silencio estaba concentrada en elegir a alguien. Ve a un hombre caminando por Florida con cara de preocupado. El traje le pesa y cuelga en estos días de verano, parece apurado pero no muy feliz de ir adonde va. Las hadas debaten si puede ser un candidato. Estudian sus pensamientos, sus deseos, los sueños. Pueden saber qué miedo lo aflige con sólo verlo caminar. En voz alta opinan las dos y en silencio lo siguen con la mirada un par de cuadras. Se ponen de acuerdo en que ya tienen al hombre. Las hadas buscan ahora una mujer siempre parecida a ellas, pero no las encuentran, no las hay. Cruzando Viamonte ven a alguien casi corriendo. El pelo atado y una camisa blanca, deducen que puede ser una oficinista llegando tarde. Miran su alma, algo asi como el curriculum vitae tallado en uno. Y creen que tiene las condiciones también, que busca aquello que no ha conseguido por mala suerte, que desea en silencio algo de alguien. Las hadas ya decidieron por ella. Ahora hay que unirlos de algún modo, la parte más difícil. Una excusa, una razón, una situación que los junte. Un hada propone que sea en una plaza o en un bar. La otra piensa en la entrada de algún museo o en la fila del colectivo. Mientras hablan, el hombre está llegando a su destino. Entra a la oficina y se sienta a esperar su turno, justo en punto. Una sola empleada está atendiendo al público. En eso entra corriendo una mujer, de pelo atado y camisa blanca. Se sienta y llama al 33. El hombre va con su número y la mira. Le dice que siente conocerla de algún lado, ella no lo recuerda, pero también siente lo mismo aunque no se lo diga. Que se buscaron sin conocerse. Por alguna razón se rieron y ambos escucharon, desde algún lado, otras dos risas.
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"Paredes" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012Los Richmond se van de vacaciones y le aviso a mi esposa para que venga a ver por la ventana cómo parten nuestros vecinos. El auto está cargado de cosas y hasta el perro asoma por la ventanilla. Es una familia rara, los Richmond. No saludan, no se los suele ver, hace cinco años son algo así como invitados de un barrio tranquilo. Al otro día, llegan a las siete de la mañana obreros enfrente y comienzan a limpiar el terreno. Sobre el mediodía llegaron los materiales, el asunto ya me parecía extraño. Mis vacaciones del trabajo parece que serán sólo mirar la casa del vecino. A los tres días veo que hacen la base de cemento de una pared. Pero una pared bien grande, que abarca el ancho del terreno y es mezcla de ladrillos a la vista y un cemento con algún garabato. A los veinte días la casa no se veía más, superada en alto por la pared. Quedó prolijo pero horrible desde lo estético. Los obreros se van y la casa que ya es directamente una pared, tiene ahora dos faroles que decoran la flamante construcción. Exactamente al mes los Richmond regresan. Entran por el portón nuevo y estrecho, pareciera que el auto pide permiso. Mi esposa me dice que ella averiguará de algún modo por qué han hecho esa pared. Un día veo que entran el auto y espero a que cierren el portón. Me cruzo y me agacho un poco para ver desde la cerradura hacia el interior. En eso alguien abre desde adentro y me ve espiando. Yo me pongo derecho y tan colorado como el mejor de los tomates. El señor Richmond se empezó a reir y yo no sabía qué hacer. Le pedí disculpas pero le pregunté con todo respeto qué razón tenía hacer esa pared. “¿Yo le puedo hacer una pregunta a usted?”. Sí. “¿Y qué razón tiene usted para mirar mi casa?”. Me quedé en silencio y él aprovechó y me extendió la mano, que también le di. Desde ese día pasaron dos meses. Mi esposa ya no espía más a los vecinos. Los Richmond ya no me importan. Y a la nueva pared de mi casa, el color verde le hace juego con el pasto. Un consuelo, saber que ahora nadie me ve. Ni veo.
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"Mitad y mitad" -Cuento corto-
1 comentariosLos dos hombres apuraban el paso. Se habían encontrado en la esquina y como si se conocieran de toda la vida se saludaron. A mitad de cuadra entraron al Banco. Es de los lugares que invita a quedarse con el aire acondicionado prendido, respiraron aliviados. Parecía hermanos, los dos de traje gris. Sacaron número y se sentaron en las últimas filas. Uno rompió el hielo. “Me llamo Quique. ¿Vos?”. Yo Julio, encantado. Y Julio siguió hablando porque Quique no hablaba. Le dijo que tenía 43 años, que se había separado hace poco y que su hija de 7 años aun intenta pegarle cuando lo ve. Que lo culpa de la separación porque esa idea le metió la madre. Que él no haría algo para dañar a la nena. “¿Cómo se llama la nena?”. Lucía. Le dice a Quique que es hermosa, que ella se rie y él no piensa más en nada, pero que cada vez que va, la nena está nerviosa, se siente mal de verlos asi. “¿Así cómo?”. Separados, le dice Julio. Le confiesa que está triste todo el tiempo, que ya no trabaja con las mismas ganas de antes, que los demás le dicen que debe ir a un psicólogo. Quique escuchó la catarata de información de alguien a quien conoció en la esquina y en 10 minutos le había contado sus pesares. Le preocupaba que no le tocaba nunca el número y a la vez tener que escucharlo a Julio. Por 15 minutos lo veía mover los labios pero dejó de prestarle atención, estaba pendiente de la numeración. “Nos está por tocar el número”, le dice a Julio, interrumpiéndole el monólogo. Ambos se paran y cuando llaman al 59 van a la caja. Uno hace la operación y el otro tapa un poco la visual para que los que están sentados no vean. Con la mampara se ve igual la acción, es la teoría de Julio. Cuando Quique termina con la operación ambos salen casi a la par. Saludan al de seguridad, que les abre la puerta. Apenas salen cada uno se va para distintas esquinas con el dinero repartido en una sola maniobra y casi en mitades iguales. “¿Cómo era tu nombre?”. Julio. “Chau”. Y se va Quique pensando en que Julio es un buen ladrón, pero habla hasta por los codos. Mañana se juntarán en otra esquina. Por las dudas recomiendo sacar número antes que ellos.
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"Ella" -Cuento corto-
1 comentariosMe desperté cuando la claridad molestaba mis ojos, esa claridad de persiana mal cerrada. Sentado en la cama la miré a ella. Aun dormía y estaba tapada, de costado. Intentaba fijar la vista en su respiración. Se notaba por sobre la sábana, inspiraba muchísimo más aire que yo. Me pareció hermosa haciendo eso y acerqué la mano a su hombro. Se lo acaricié y me puse en contacto con ese ritmo de respiración, transmitía tranquilidad. Pasé las yemas de los dedos como quien consuela, pero era un gesto de cariño. Me levanté, preparé el desayuno. Nunca encuentro lo que todos los días uso, es increíble. Las tostadas tardan y me apoyo con la espalda contra la mesada, miro la cocina. Tan llena de cosas, todas en perfecto desorden arriba de la heladera. ¿Le llevo las tostadas a la cama?. Y sí, tanto esperé frente a la tostadora que hace falta que las vea enseguida. Encuentro las flores que me regaló de apoya vasos, de paso quedo bien. La bandeja está algo rajada, el trámite es con cuidado. Sin mirar otra cosa que la bandeja empecé a caminar rumbo a la cama. Llegué y no había nadie. Digo “¡Ey!” y apoyo la bandeja rota en el colchón. Miro a la puerta del baño y no estaba. Voy al pasillo, el comedor. Nada. Miro la ventana, entreabierta y con la cortina moviéndose. Me acerco, el sol terminó de despertarme y entonces bajo la vista. En la cama el desayuno para ella y las flores de apoya vasos. Otra vez el ángel se fue por la mañana en cuanto se despertó. Otra vez no quiso dejar de ser ella y acompañarme a ser humano. Como cuando respira todos los dias. Y me inspira.
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"Pablo y las luces" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012No había manera. Pablo no se podía dormir. Cuando no se tiene el sueño fácil hasta la luz de un fósforo se siente como el sol mismo, y molesta. Pablo siempre duerme del lado derecho, cree que el corazón así descansa mejor. Pero esta vez abría los ojos en la oscuridad y algo veía. Se levantó y fue hacia eso. Era la pequeña luz roja del televisor, señal de que estaba apagado. La tapó y volvió a la cama. Dio vueltas y desacomodó la sábana. Se volvió a levantar. Fue al comedor. Pablo vio que la radio también tenía esa luz roja encendida. Y el teléfono inalámbrico. Y las llaves de luz. Y el cargador del celular. Y la base de la cafetera. Y el mouse óptico de su notebook que no desenchufó. El cargador de pilas desentonaba con el resto: su luz era de color verde. Debajo de la puerta se veía la luz prendida del pasillo de su edificio. Se acercó sin encender nada y se golpeó el dedo chiquito del pie contra el mueble. Pablo se sentía un paranoico en su propia casa pero no se lo iba a decir a nadie. Por la mirilla todo se ve en redondo y nunca hacia los costados. Al que se le ocurrió inventarla jamás vio su producto terminado. Apoya Pablo sus dos manos contra la puerta pero no ve gente. Entonces desenchufa el televisor, la radio, el teléfono inalámbrico, el cargador del celular, la base de la cafetera, la notebook y el cargador de pilas. Ahora sí, Pablo podrá dormir. Prende la luz para ver qué hora es. Siente que no hará a tiempo, adelanta la alarma una hora, se acuesta. Se queda pensando en que la alarma puede no sonar si se corta la luz, busca un reloj a pilas. Ahora sí. A dormir. No. Ya amanece. Mejor se queda despierto. Mañana seguro Pablo dormirá mejor.
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"Pesada culpa" -Cuento corto-
1 comentariosSan Juan y Defensa. Donde San Telmo es de asfalto y también empedrado mezclado. Tobías hace equilibrio en la calle angosta con el viejo bolso en la mano mientras los autos como espiándolo, le pasan cerca pero lento. Llegando a Plaza Dorrego se toma un respiro y mira hacia arriba. Los árboles, el sol de media mañana, los puestos ambulantes de cosas viejas. Su bolso no desentona con el ambiente. Acelera el paso porque la carga ya le pesa un poco. Entra al Mercado subiendo un gastado escalón. La dirección es la correcta, está llegando sin conocer el lugar. Deja el bolso en el piso y relee el papel: cuarto negocio, lado izquierdo. Todos parecen iguales pero va resuelto al cuarto local. Un señor mayor está sentado en una banqueta diez números más chica que su anatomía, con una especie de trofeo en la mano. “Buenos días, ¿usted es el señor López?”. Levanta su vista sin mucho agrado y le dice que sí. “Me llamo Tobías, su dirección figuraba dentro de este bolso que un tio mio tenía entre sus cosas. Él falleció y le traje lo que había. Quizás le interese”. El hombre giró para quedar de frente al bolso, lo miró a Tobías diciendo lo obvio: “Sos joven, vos”. Esos comentarios sin respuesta que casi todos hacemos. Miró el hombre el bolso por fuera, le sintió la textura unos segundos con las manos. Cuando levantó la cabeza Tobías ya no estaba. Lo buscó casi sin interesarle y volvió su vista al bolso. Estaba vacío pero pesaba como si estuviera lleno. El hombre lo cerró y lo dejó en un costado. Quizás Tobías volvería, pensó. Pero pasaron días y noches, el hombre no conciliaba el sueño, le volvía a la mente ese bolso vacío. Una madrugada salió de su casa rumbo al negocio. Vio el bolso abierto, lo cerró. Al intentar levantarlo estaba imposible de alzar con una sola mano. Desde ese día, por las mañanas, se ve a un hombre en su local de antiguedades esperando que un joven vuelva. Y se lleve ese bolso lleno de culpas, de años, que todos los días se va poniendo cada vez más pesado.
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"Los reyes de Devoto" -Cuento corto-
1 comentariosDesde Villa Devoto dos hombres llevan un enorme espejo. Lucen cansados, pareciera que hace días caminaran, sus guantes son de color naranja y están bastante gastados. Cruzan la ciudad, siguen una ruta, salen del infierno. Se turnan para descansar y uno siempre se queda despierto cuidándolo al espejo, por las dudas. Luego de ocho eternas semanas llegan a un palacio en medio del desierto y tocan la puerta. Les abre un hombre también con guantes, pero blancos y relucientes, pide que esperen allí. Ponen el espejo en el piso, los dos miran a su alrededor, todo un lujo como jamás en sus vidas vieron. Los hacen pasar a una sala, el Rey mismo los atendería. Apoyan el espejo contra una columna, el Rey aparece. Tiene un halo brillante que apenas distingue su rostro, los hombres sin pensarlo se inclinan como gesto casi natural. “¿Han traído lo que pedí?”. Los dos hombres señalan la columna y el Rey abre grande sus ojos. Se acerca al espejo y se mira, levanta su pera, se pone de costado, acomoda su ropa, gira, se queda unos segundos de frente. Los hombres reciben su paga. Le preguntan por qué quería un espejo desde tan lejos y el Rey dice: “Quise tener un espejo del lugar más lejano que conociera y a la vez, que no me conocieran. Es la primera vez que alguien sin juzgarme ve lo que soy sin otro interés que la verdad: eso es un espejo”. Los dos hombres vuelven a Devoto con la historia del Rey que nadie les creerá. A la noche, ya en sus casas, los hombres se levantan de madrugada y se miran al espejo. Desde ese día se ven como Reyes.
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