"Seguime, no me lo pidas" -CC-

1 comentarios jueves, 22 de septiembre de 2011


Paula esperaba que se calentara el agua para el mate, miraba la hornalla pensando en otra cosa. Apagó el fuego pero olvidó usar el repasador para levantar la pava y se quemó al contacto, eso la hizo volver de sus pensamientos al instante. Por culpa de Rodrigo dijo dos malas palabras por la mitad y se llevó el equipo de mate para su habitación.






Se sentó en un sillón y estiró las piernas en la cama, la posición en la que siempre le gustaba estar. Y pensar. ¿Hace cuánto que lo conocía a Rodrigo?. ¿Dos años?. Sí, casi. ¿Se lo tomará a mal, pensará que es una locura?. ¿Creerá él que es una manera elegante de terminar la relación?. Lo citó a las cuatro y faltaban cinco minutos, no se había cambiado y estaba con un jogging tan cómodo como impresentable. Terminó de tomar mate. Buscó una remera azul, se ató al pelo. En el baño se miró la cara, las ojeras de recién llegada del trabajo no quiso volver a taparlas. Timbre. Le dice de abajo que alguien le abrió.






Lo recibe con un beso como siempre. Rodrigo quería saber por qué tanto secreto, qué tenía para decirle. Ella le cuenta que desde que tiene dos trabajos de media jornada pudo ahorrar un poco. Él recuerda que era para un colchón de dos plazas, pero Paula lo frena. Le dice que siente que tiene que hacer un viaje. A Perú. Que ahí vive una prima. ¿La que te habla por Facebook?, dice él. Sí, esa. Que ahí también están dos amigas, que no lo tome como algo en contra de él, que lo ama, que lo necesita pero ahora eso para ella era lo que más quería. Que la entendiera. Que no le podía pedir que la acompañara, pero que lo deseaba de todas formas. Que la mire a los ojos, que no le mentía, que no había otro, ni estaba cansada de su mal humor y desorden cada vez que se quedaba a dormir. Ambos rieron, pero Rodrigo tenía ojos de derrota.






Paula le dio otro beso, le temblaban las piernas. Se fue y ella cerró, golpeó con el puño la puerta. Volvió por segunda vez a decir dos malas palabras por la mitad. Quería irse y a la vez quedarse, y en ninguna de las dos decisiones sentía que sería feliz.






Tres días después, jueves a las 5 de la mañana. Ezeiza tiene a esa hora tres personas con valijas y un hombre que pasa un cepillo limpiando lo que nadie ensució. Paula siente frio y hace 23 grados. Es miedo, piensa. No viene a despedirla ni vendrá, estaba ofendido y era terco como roca, lo sabía. Embarcó. Durmió un par de horas porque al lado no había nadie y pudo acomodar las piernas. Llegó a Lima.






Una de las amigas la debería esperar a ella pero ocurría al revés. No aparecía. Mensaje de texto “Pauli, estoy retrasada”. Le tapan los ojos con dos manos. Pensó que era él pero no, es su amiga, se abrazan. Ella parece más feliz que Paula.






Van a subir a un auto que las espera. Pregunta adónde iba a ir. “¿Vengo acá y vos no sabés adónde vamos?” le dice Rodrigo desde el asiento de adelante.






Ella lo mira, llora y se ríe. Y lo insulta por tercera vez. Y lo ama.
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"Celeste, la grande" -CC-

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Primavera del 2007. El micro para Sebastián era lo más importante en su vida y si bien los días de clase llevaba grupos civilizados (los de la mañana porque tenían aun sueño, creía), todos los 21 de septiembre eran especiales. Llegó a la puerta del colegio.






Autos en triple fila de los cuatro carriles de la calle, más él, y padres que revisaban a sus hijos en todos los detalles. Miraba la situación sentado y con la puerta abierta del micro, nadie ponía un pie arriba hasta que se diera la orden. Por lista fueron subiendo, excitados, gritando. Tres chicos querían ir en dos asientos y escuchó a la maestra algo enojada, pensó en la docencia y en la paciencia, términos parecidos. Fueron por 9 de julio hasta el Obelisco, siempre hacía un recorrido algo turístico para que no fuera sólo ir a un lugar. Luego de 40 minutos llegaron a Palermo.






Estacionó frente a esa máquina de pochoclos, eterna máquina, con forma de locomotora. Cerca de 30 se bajaron a la vez, el colectivo se movía como en terremoto. Le pareció que cuatro personas eran pocas para tantos chicos pero sabían cómo hacerlo y consiguieron el orden. Una maestra volvió a subir. Había un chico que no bajó, y él ni siquiera lo había notado. La docente se sentó en el asiento de adelante y le habló cinco minutos, luego se levantó y bajó del colectivo a hablar con las demás. Parecía el chico enojado o triste, Sebastián no podía saberlo bien porque no mostraba mucho su cara.






Se acercó de a poco y miró por la ventanilla buscando la aprobación de las maestras, que le dijeron que sí con la cabeza.



Me llamo Sebastián, ¿vos cómo te llamás?.



-“Alexis”.



¿Y qué anda pasando, Alexis?. ¿No querés bajar?.



-“Para qué…si no me habla”.



¿Quién no te habla?.



-“Celeste”.



¿Y qué pasó con Celeste?.



-“No sé, me dejó de hablar, no quiero bajar”.



¿Celeste es una amiguita tuya?.



-“Si”.



Pero por algo no te habla, ¿se pelearon?.



Alexis respiró pausado, con esa desesperanza que por cosas de chicos uno tiene a los 9 o 10 años. “Se enojó, no me dijo por qué”. Sebastián se rascó la cabeza. Bajó, le comentó a las maestras lo que había hablado y fueron a buscar a Celeste, que muy feliz se divertía con el resto. Le explicaron lo que pasaba y ella subió al colectivo con cara de saber cómo resolver la situación. Sebastián se quedó en el asiento del conductor y no quería molestar así que ni se movió. Ella tomó la mano de Alexis y le dijo que lo disculpaba. Juntaron las cuatro manos y Celeste le dio un beso en la mejilla. Ambos bajaron.






La nena había manejado la situación con envidiable adultez, Sebastián quedó schokeado. A la noche entró a internet. Buscador de Facebook: María Laura Sendrone. Una foto que le pareció que era la de ella luego de 35 años. Le escribió cortito a su primera novia: ¿me perdonás?. Tres horas después, la respuesta: “siempre tarde…pero sí”.






Hoy pasaron cuatro años de aquel 21 de septiembre de 2007 y sigue llevando Sebastián chicos a Palermo en su micro. Quiere apurarse hoy, así vuelve con María Laura y la nena. Que sí, se llama Celeste.
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"Afrodita criolla" -CC-

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Le preguntaron qué estaba haciendo. Y él dijo “no lo sé”. En realidad Juan sabía qué era pero como no estaba tallada aun, quería representar lo mejor posible el sueño. El sueño. Tuvo hacía dos noches un sueño, la imagen de una mujer, y se puso a tallar con pasión.






Dicen que los escultores no crean sino que “descubren” sus obras dentro de la piedra, que las rescatan de ahí para que otros las vean. No iba a estar feliz si no resultaba algo cercano al sueño que tuvo lo que hiciera al final del día. Era una mujer con un vestido hasta los pies, con muchos pliegues y volados. El pelo largo y con algunos rulos rebeldes que acomodaba en la parte de atrás de las orejas sin mucha suerte: volvían a la frente. Su sueño de esa mujer fue en movimiento. O eso creía, porque el pelo de ella se movía, quizás la imagen tenía viento.






A los 15 días la figura tenía poco más de un metro y treinta centímetros. Ya era su obsesión a escala real. Le contorneó delicadamente la parte del cabello, con el pelo suelto como quien mira de frente el mar. La cara tenía el mentón algo elevado, la quiso retratar altiva, al fin y al cabo era su sueño, una Afrodita criolla. Terminó un martes. Otros trabajos pedidos la dejaron en un costado del taller pero no de su mente, todas las noches le mejoraba algo. A los tres meses la tapó con una sábana, sentía que ella lo miraba trabajar.






Fue al tiempo un hombre y curioso le preguntó qué era aquello tapado ahí atrás y Juan le contó que era su obra terminada, de lo que la había inspirado. “Si la imagen te tiene mal podrías venderla”, le dijo el hombre. A la semana fue a la casa de remates sobre Talcahuano. No era la primera vez que iba a un remate de alguna obra suya pero lo evitaba, sentía lo comercial que era todo. Gente de saco que levanta la mano, juegan con los montos. Mujeres que esperan su momento y dicen una cifra mirando de reojo. El rematador decide con su martillo. Vendido al señor de la segunda fila. La gente aplaude sin ganas. Juan miraba todo desde el final de la sala, apoyado contra una columna. No quiere ir a decirle que se lleva algo de su autoría, es tímido para esas cosas.






Salen todos a la vez de ahí, es ya de noche y el frio apura el paso. El comprador va rumbo a un bar, Juan también decide ir para ese lado. Los dos están solos en mesas algo cercanas, quizás el destino quiere que le termine diciendo que es el autor de lo que acaba de comprar. Pero el hombre saluda a alguien que entra. Una mujer muy alta con un tapado gris y un gorro. Se sienta y el hombre se va, cree Juan que al baño.






Ella se quita el gorro. Fue la imagen, fue el sueño. Era la mujer, su Afrodita criolla. Se acercó y la miró. Se lamentó que pareciera estar en pareja. “No quiero incomodarla, soy el autor de la obra que su marido compró”. Ella le dijo que no era su marido sino su hermano, y que por teléfono le había dicho que era una imagen tal cual de ella. Juan le dijo que primera vez estaba viendo a una musa, que su vida de ahí en más seguro iba a cambiar.



¿Qué es una musa?.



“Usted”, le dice él.



Y Afrodita y Juan, sueño y soñador, se fueron juntos de ahí.
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"El cuadro incompleto" -Cuento Corto-

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Terminó la pintura en ese lienzo cargado de tantos colores aun frescos y la aseguró mejor al marco. Se alejó para contemplarla, como le habían enseñado. Se sentía feliz porque su objetivo era no mostrar la cara pero que la figura sugiriera desde lo externo de quién se trataba. No era pintura abstracta, no era impresionismo. Era ella. Sólo ella.






Como secreto con ganas de ser develado, Gastón quiso hacer de su trabajo final, el dar a conocer lo que estuvo por varios meses guardando. Su compañera en el taller de pintura se llamaba Karina. Parecía, a él le parecía, más joven. Llevaba la ropa suelta y no hablaba demasiado, le tocó tenerla al lado en las primeras clases. Como todo buen amor inicial, ella nunca le prestaba real atención. Parecía Karina abstraída. Un misterio saber en qué.






Lo que pudo lograr Gastón es que su profesor luego de siete meses, le dejara retratar una figura usando todas las técnicas que había aprendido. Antes de cada clase se acercaba a saludarla, Karina apenas lo miraba. Él le mostraba sus avances, de cómo iba entendiendo, pero no lograba tener una cuestión en común. Empezó a observar sus dibujos semanales. Algún ave adelante de la imagen o en el fondo, flores en distintas ubicaciones y perspectivas. El mar, la sensación de viento. Gastón tomó nota mentalmente y preparó durante dos meses su cuadro.






El dia que debía llevarlo estaba ansioso. Lo iba a exponer ante su profesor y explicar las técnicas usadas y en qué se inspiró. Era quizás más sencillo decir “en ella”. Pero fue a lo técnico. Los pájaros los pintó en azul respetando el tono con que el cielo estaba pintado, como forma de equilibrar la obra. Quiso hacer la figura femenina desde lo alto de un peñón porque intentaba darle profundidad al punto donde la figura estaba mirando. Tenía una especie de diario en sus manos, no un libro. Y ese diario con las manos en su espalda, dándole valor al paisaje más que a otra cosa. Una especie de pasarela iba hasta el mar, abajo. El viento estaba sólo presente en el pelo de la mujer y el resto de la imagen tiene el aspecto de fija.






Finalmente, sostuvo Gastón, las flores. Son protagonistas en cantidad que rodean a la figura, la envuelven. Logran en ella una protección, como el cielo al marco”. ¿Qué creen que le falta a este cuadro? Preguntó el docente a los demás. Y Karina dijo “un faro. Un objetivo fijo adonde ella mire”. El profesor asintió con la cabeza y se quedó mirando el cuadro eternos cinco segundos. “Saluden a un colega retratista”, les dijo a los demás alumnos, y todos aplaudieron.






Terminó la clase. Karina lo ayudó a guardar y embalar el cuadro con cuidado. Se acercó a ella para hablarle pero Karina se le adelantó:“Sentí que la mujer de la pintura era yo, y te parecerá loco. ¿A quién quisiste retratar?”. Gastón le dijo “a la idea que yo tengo del amor”.






Ella lo miró con ternura y le dijo “Ah, pensé que me habías retratado”.



Ambos rieron. Y se fueron los dos, a terminar la parte que faltaba.



Ese faro adonde mirar. Y mirarse.
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"Lección maestra" -CC-

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Oscar estaba mirando televisión y un poco intentando el descanso mental de un día complicado, la cuestión era relajarse. Su esposa se acerca, le dice al oído y por detrás que debía leer algo del cuaderno de tercer grado de Santiago. “Después lo veo”, le dijo. No, ahora, lo apuró Carla. Oscar se dio vuelta y tomó el cuaderno.






Lo miró bien porque en lo que iba del año no había visto ninguno y sólo recordaba haber firmado dos veces el de comunicados. Varios espacios en blanco, letras mayúsculas inmensamente mayúsculas, desproporcionadas. “Más adelante”, le aclara Carla.






Llega a una descripción en cinco renglones sobre su familia. Santiago escribió: “Mi familia es de apellido Castro, somos tres y el perro. Mamá trabaja de secretaria de una señora y papá en un Banco. Mamá siempre llega temprano y me viene a buscar, papá llega tarde y mira tele comiendo. Trae papeles y los lee. Juego con él cuando se duerme en el sofá y no se da cuenta. Tengo un mueble con juguetes y juego a que juega conmigo. Me dijo que me iba a comprar algo pero es un secreto. Cuando hablan tengo sueño, me duermo y me apagan la luz”.






Oscar terminó de leer y se rascó la cabeza, buscó una buena explicación antes de mirar a su esposa a los ojos. Entendió qué hacer. Fue a la habitación, Santiago ya dormía. Miró el mueble con juguetes, el estante tenía arriba de todo la pelota de fútbol y dos o tres robots de no sabía qué serie de televisión. Lo vio respirar dormido, se vio a él mismo a los 8 años. Apagó la luz, se sintió en derrota. Hablaron con Carla de hacer un espacio en la semana para que los dos jueguen.






Al sábado siguiente le preguntó si quería ir a la plaza y Santiago le dijo que si pero si era porque pasaba algo. Oscar respondió que no. Que llevara la pelota. Se pusieron a jugar contra un árbol, pateando sin sentido pero compartiendo el momento.






El chico le dice “¿vinimos por lo que escribí en el cuaderno?”. Y su papá lo miró fijo. Le preguntó de donde sacó eso y Santiago le dijo que cuando iba a empezar a escribir en clase le preguntó a la maestra que podía poner, y que le dijo “lo que sientas, tranquilo”. Que le dijo que quería inventar lo que escribiría pero la maestra se acercó y le habló bajito: “siempre es mejor poner la verdad. Vas a ver que si escribís lo que no te gusta pero es verdad, después se va a arreglar”. Y la Señorita Marcela tenía razón, le dijo Santiago al padre.






Oscar se sintió lo que era: un nacido en el siglo pasado. El hijo solucionó algo sin que se diera cuenta, o quizás sí. El lunes fue a saludar a la maestra. Y decirle que su consejo casi fue una solución terapéutica.






La Señorita no entendió mucho. Ella sólo hizo lo que corresponde cuando en general siempre hacemos lo que queremos. Nunca es tarde para aprender.



Para aprender a Ser. Maestra.
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"Eso que vos tenés" -C C-

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Eran casi las doce de la noche y el barco estaba por zarpar. Nicolás jamás había viajado sobre el agua, en general lo hacía en avión, sentía que la lluvia no ayudaría en la tarea de reducción del miedo. Las gotas comenzaron a pegar contra el grueso blindex en las maniobras de salida del puerto. Se mueve al ritmo de las olas el barco. La luz de la bodega le permite ver unos dos o tres metros en derredor y el panorama es agua de rio marrón y mucho oleaje.






Intenta acomodarse pero la persona de adelante reclina el asiento un segundo antes que él y lo dejó en una posición desventajosa, acostado y a la vez sentado, sin opción. Respira profundo, mira a su alrededor. En diagonal un Hare-Krishna literalmente de pies a cabeza. Lo ve tranquilo. Imagina esas sandalias cuando llegue a Colonia y tenga que bajar en medio de la lluvia, se ríe de pensarlo en problemas. Un televisor lejano a su posición está pasando una grabación en donde explican qué hacer si el barco “tiene una emergencia”. Nicolás tantea debajo de su asiento y toca algo que cree es el salvavidas de él. Está nervioso.






Lleva en un bolso el traje para cambiarse aunque estará en Uruguay menos de cinco horas. Lo citaron para firmar los malditos papeles. La venta a unos familiares que nunca vio, de unos terrenos suyos que no conoce. Y no los conoce porque no eran de él hasta que su tío Ernesto tuvo la desafortunada idea de partir del mundo. Y Nicolás de ser heredero directo una vez más, como lo fue de su padre. Apenas horas después, los desconocidos familiares ya intentaron contactarlo para hacerle una oferta que no pudo rechazar.






Si lograba ver algo lindo de Uruguay en tan pocas horas quizás hasta compraría algo ahí. El barco se mueve como coctelera. Tres horas de viaje y llega a Colonia. Trasbordo en micro hasta Montevideo. Duerme durante todo el trayecto y lo despierta el golpe de un bolso contra su cabeza, había llegado a destino. Un hombre de la Escribanía lo esperaba y ambos desayunaron en la Terminal de Tres Cruces.






A eso de las 8 y media de la mañana fueron hasta el lugar. Una casa reciclada como escribanía, todo moderno salvo los muebles, la mesa parecía centenaria. Entran, como en “El padrino”, gente a la sala que no conoce y lo saludan como si lo conocieran, con beso en la mejilla y todo. No ve nada de parecido a sus primos respecto de él o su padre. El escribano lee su parte, se relee, se firma. Nicolás sale satisfecho dentro de todo. Pide un taxi, ve la costa de Montevideo de pasada, lo espera el micro y luego el barco.






Vuelve a Colonia. Antes de subir al barco encuentra al Hare-Krishna, vestido igual. Lo tiene al lado, es más fuerte que él su curiosidad. Le pregunta si llevar ese atuendo tenía que ver con un mandato de la religión, porque en verano podría entenderlo pero en invierno o con lluvia no veía la gracia. El hombre le dijo “A mi no me mandan a ponerme esto. Yo siento que lo debo usar. Como usted, su traje”. Nicolás entendió la rapidez del mensaje dado y le cayó bien el hombre. Hablaron todo el viaje de vuelta, se contaron cosas de sus vidas, bien distintas. Al otro día por Palermo, Nicolás paró en una zapatería. Pidió sandalias. Las más caras de las sandalias. Luego se compró una remera naranja.






¿Se puede ser espiritual y materialista?. Mejor, cada uno en su barco. ¿Qué dejó ese hombre en mi?, pensó Nicolás. Culpa.



Y empezó a envidiarlo. Por su falta de dinero.
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"El número" -CC-

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La una de la tarde. Martes. El Banco estaba increíblemente vacío, los asientos desocupados y el cartel de llamado de los clientes fijo en el número 74. Titilaba esperando pero nadie aparecía. Ramón había aprendido en casi seis meses de trabajo ahí que su tarea no era sólo de “seguridad”, sino poco menos que de asesor en dudas y afines. Además de estar atento a todo debía responder preguntas bancarias que bien variadas eran.






Pero ese día todo estaba tranquilo, había una sola persona sentada esperando ser llamada. Como nadie aparecía y estando semi vacio el lugar, fue directo al hombre en cuestión. Un tapado gris, una gorra elegante, creía ubicarlo de verlo mes a mes. Tenía las manos cruzadas y miraba hacia adelante, parecía extraviado en algún pensamiento.






Ramón le toca el hombro al viejo, lo mira y sonríe. Señor…no hay nadie, puede usted pasar.






“No, tengo el número 75”, le dijo el viejo a Ramón, quien se rascó la cabeza para tratar de entenderlo.






-Mire…con el número ese lo van a atender igual, puede pasar…






”Soy paciente, espero mi turno”, dijo el hombre mirándolo a los ojos con cara de no querer ser más preguntado. Cuando comprendió que su explicación no era muy clara, a Ramón se le ocurrió algo. Fue al aparato, el de color rojo y pico negro de donde se sacan los números, y le iba a llevar alguno para que entienda la progresión, que ya podía pasar. Se llevó una sorpresa: todos los números eran el 75. Lo miró al letrero titilando en el 74.






Volvió a fijar la vista para asegurarse no estar del todo loco y empezó a tirar del rollo de números, todos eran el mismo. Se cayeron, desenrollados, al piso. Ramón se puso nervioso, nadie lo miraba. De nuevo los números en el aparato y fue adonde estaba el viejo, que seguía ahí. Siguió hasta las cajas, la gente de las ventanillas lo miraban sin entenderlo porque no le salían las palabras, se desesperó porque no podía expresar lo que le pasaba.






¿Y qué le pasaba?. Todos los números iguales y no había gente, o uno solo que no era atendido. Volvió cerca del viejo, que lo miró y le hizo un gesto con la mano. Ramón pegó un grito. Se despertó. Estaba agitado de haber corrido una especie de maratón mental en un sueño feo. Eran casi las siete. Preparó el desayuno, se puso el uniforme. Le sobraron diez minutos a su rutina y prendió la radio para dejar pasar el tiempo.






Cuando salió caminó encandilado por el sol de mañana. Se puso la mano arriba de las cejas para hacerse visera. En diagonal un hombre va a cruzar la calle por el medio, viene un colectivo. Ramón le grita pero el hombre mayor miraba para abajo. Se cruza y confía en que el chofer a tiempo parará, alcanza a tomar al viejo de uno de los brazos. Lo gira y ambos caen cuando justo el chofer frena. Se levantan los dos bastante doloridos.






El viejo, de tapado gris y gorra elegante, le agradece. Ramón abre los ojos como si hubiera visto lo que vio: una aparición. Por tercera vez tuvo un sueño premonitorio que se cumplió, pero para que no le digan loco no se lo va a contar a nadie. El colectivero la noche anterior también había soñado que en algún momento del recorrido tenía que frenar. Porque dos locos salidos de ningún lado se le iban a cruzar.






Satisfecho de haberle hecho caso al destino, el chofer de la línea 75 arrancó. Y también se fue.
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