"Todos somos alguien" -CC-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011
Apuró el paso entre la gente, que cuando uno tiene que llegar a algún lado parecieran ir todos en cámara lenta. Cristian se aflojó los botones del chaleco, esperando el semáforo miró la hora. Estaba retrasado unos tres minutos y la reunión seguro ya había comenzado. Imaginó que estarían preguntando por él, que pensarían que se tomó el dia o que algo le ocurrió. Extrañarían sus chistes como los que siempre contaba, ese lunes faltarían al inicio los comentarios futbolísticos.
Lo hacían sentir importante y él estaba contento con su trabajo, respetado e integrado. El sueldo no era muy alto pero tenía posibilidades de hablar con su jefe a ver qué se podía hacer. Le faltaban para llegar dos cuadras. Piensa que quizás la reunión no comience sin él. Se rie de lo importante que se sintió por tres segundos y aceleró esquivando gente por Florida.
¿Por qué cuando se está apurado la marea de gente parece ir en contra de uno?. El edificio tiene entrada sobre la esquina de Tucumán. Justo alguien sale y él entra sin tener que esperar que le abran de adentro. Saluda al de seguridad. “Mire que lo están esperando, eh”, le dice, y Cristian le agradece con una reverencia. Sube en el ascensor, se mira en los extremos, que tienen espejos rectangulares. Acomoda la ropa, se pone derecho. Décimo piso y la puerta se abre.
La secretaria cuando lo ve le hace un gesto con una mano en señal de que se apure. Había silencio en el pasillo asi que estarían todos en la sala de reuniones. Antes de tocar la puerta para entrar se alisó el chaleco.
Entró diciendo buenas noches. “¡Faltaba Cristian, fuerte ese aplauso!” dice alguien, y todos aplauden. Él agradece y comienza su trabajo: “¿Alguien quiere café de este buen mozo?”, dijo.
Y todos, una vez más, rieron con su chiste.
"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-
1 comentariosLlegado su turno pidió que la mandaran certificada. La mujer lo miró a él y luego al sobre, la sensación fea de ser interrogado con los ojos. Se detuvo en el remitente y cuando comprobó que estaba correcto lo pasó por la máquina. Ya no ponen estampillas y ahora entregan un recibo muy parecido al de un supermercado. Como si escribir fuera una compra. Daniel sentía que el mundo moderno le estaba dando un cachetazo a sus modos algo antiguos.
¿Qué hizo?. Se acordó de ella, de Claudia, y le mandó una carta como en su época de adolescentes. El problema es que ya no lo eran y si bien él nunca se casó eso no quería decir que quien leyera lo tomara en gracia luego de tantos años. Quizás tuviera hijos, muchos, quizás no viva donde siempre vivía. La mandó adonde recordaba.
El texto era bastante simple: “¿Te acordás de mi?”. Y el remitente era de Martín J Haedo. Le gustaba hace 20 años poner de remitente en cartas apellidos de estaciones de trenes. Apostaba a que con eso lo debería recordar. Con el correr de los dias las ganas de recibir respuesta se transformaron en resignación, en melancolía de lo que nunca pasó.
La duda era si llegó y si fue así cuál había sido la reacción, que Claudia sintiera lo mismo, en una palabra. Hasta que a los 36 días de enviadas la carta, llega el cartero a la casa. Se baja de la bicicleta, toca timbre. Daniel sale y el hombre le hace firmar una planilla. Ve la letra de Claudia, igual que hace 20 años.
Rompió con cuidado el papel madera y adentro tenía una caja blanca. La desató y abrió: había cartas. Suyas, escritas para ella. En la tapa se leía “fijate en el sobre”. Y dentro había una hoja que decía “Sí, me acuerdo de vos. Te doy las cartas tuyas. Volvé pero hoy, no ayer”.
Daniel se rascó la cabeza y no perdió tiempo. De a una las fue quemando con un encendedor. Vio luego de tanto sus propias cartas, amarillas del tiempo y de lo que sentía de verlas. Le estaban pidiendo que dejara atrás a él mismo para empezar a ser, justamente, él.
Hoy son tan felices que se escriben cartas aunque estén al lado del otro.
"Barco al mar" -Cuento Corto-
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¿Por qué le gustan los barcos?, preguntó el psicólogo. Andrés dijo que no lo sabía. Que de chico asociaba una idea de libertad en el hecho de navegar pero que aun así no alcanzaba a conformarlo su propia respuesta, porque de grande aun tiene esa idea. No lo sabe.
El médico le dijo que quizás tenía que ver con alguna carencia que derivó en cierto encierro. Y la necesidad de querer salir de eso estaba representada desde su infancia en un barco. Se fue del consultorio sin creerle al psicólogo, sin creer lo que él mismo sentía y con todas las ideas revueltas, escarbadas y algo doloridas.
Llegó a la esquina de Talcahuano para cruzar en diagonal Plaza Lavalle. Casi las siete de la tarde y esa zona se vuelve silenciosa, descansando de la gente. Un hombre está sentado de espaldas a él, contra una reja, de donde cuelgan cartulinas de colores. O eso creyó ver. Mientras avanzaba quería saber qué cosa hacía pero parecía trabajar en algo pequeño, ya que todo el cuerpo cubría lo que tenía entre manos.
Curioso, Andrés directamente se detuvo. Y era un hombre pintando con lápices apenas visibles, una imagen en un cuadrado parecido a un azulejo. El hombre le dijo que lo estaba esperando. Que dibujaría lo que Andrés necesitaba sin ningún dato personal, salvo responder tres preguntas. Aceptó el desafío.
La primera pregunta fue a quién extrañaba más que haya conocido poco. Dijo a su padre. El hombre dibujó una cruz. La segunda pregunta fue en qué cosa se levantaba pensando que nunca terminaba haciendo. Y le dijo que jugar con sus hijos. Dibujó líneas que hicieron de la cruz un triángulo. Y la tercera pregunta fue qué le impedía tener tiempo para solucionar las dos primeras. Andrés dijo: que nadie me lo viva preguntando.
El hombre terminó de dibujar el mar en su cuadrito de azulejo y se lo mostró.
"Es tu barco, Andrés. Es hora de subirte a él", le susurró.
Andrés lo miró y de firma decía DIOS.
"Un alma son dos" -CC-
1 comentarios jueves, 4 de agosto de 2011
Martín no sabía cómo decírselo. Tantos años de conocerse, tantos momentos vividos juntos, tanta vida en común sin una sola discusión o planteo como amigos. Y él ahora buscaba eso, plantearle algo. La llevó al lugar donde Marcela se sentía más a gusto, los bosques de Palermo.
Caminaron haciendo el circuito, viendo pasar a los más jóvenes en rollers o al trote, cosa que desarrollaba la envidia silenciosa de ambos, que con mirarse ya conocían. Pararon y él fue al puesto con forma de locomotora y pidió ese hilo azucarado enrollado que hacía años no probaban. Se lo acercó y lo comían como dos chicos, degustando el dulce. Marcela lo conocía demasiado y sabía que algo raro estaba ocurriendo.
Siguieron caminando y pasaron por la zona de los botes. El le preguntó si se animaba a subir a uno. `La última vez que me subí debe haber sido a los 15 años´!! le dijo asustada. Martín la ayudó a hacer equilibrio, se sentaron. Coordinaron movimientos y salieron hacia el centro del lago. Pararon de pedalear y ambos respiraron profundo. Ella cerró los ojos para que el sol le toque la cara. El se rascaba la cabeza, nervioso.
Debía decirlo ahí. Cuando ella intentó pedalear nuevamente Martín la miró. Le dijo que quería hablar con ella. Que fueron muchos años, que sus padres se conocen, que sus hijos son amigos de los suyos, que detestaban del sexo opuesto exactamente lo mismo que veían en sus ex parejas. Que el encuentro casi diario lo hacía feliz, y sentía que ambos lo necesitaban cada vez más.
El bote es un lugar incómodo para acercarse y un minuto de charla puede ser un siglo. Marcela lo miró con cara de `te falta decirme algo más´…y él le dijo que no lo haga ponerse colorado como siempre le ocurría cuando tenía nervios.
Ella lo miró y sintió que no era el momento.
-"Acá no es el lugar", le dijo. Martín estaba resignado.
Con un gesto le pidió que fueran de nuevo hasta la orilla.
Pedalearon y cuando se bajaron Marcela lo besó.
-"¿ves? Acá sí es el lugar".
Y ambos dejaron de ser ellos para ser, desde ahí, una sola alma en los bosques de Palermo.
"Sólo dos, dos solos" -CC-
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Le dijo que era hermosa. Le dijo que le parecía muy humana cuando opinaba de cosas suyas, que sentía que lo contenía y respetaba. Una noche le confesó por el chat sus problemas no resueltos, sus miedos paralizantes, sus ganas de ser otro. Un día combinaron el horario y se vieron por la web cam. Se saludaron como dos nenes felices por vez primera de mirarse en movimiento.
Se habían intercambiado fotos pero cuando ocurre eso uno manda la mejor que tiene, que no siempre es lo real que uno es. Él acomodó los objetos de la pared un minuto antes, para que parezca de fondo todo ordenado. Ella antes de conectarse se arregló el pelo y se levantó las pestañas con dos dedos para que tuvieran más curva. Fueron veinte minutos hasta que él decidió apurar el fin para no quedar como pesado.
Se pidieron permiso mutuamente y comenzaron a mandarse mails. Contaban cosas cotidianas y pasaron a las más profundas de cada uno, las opiniones que no se hacen públicas a veces ni frente al espejo. Se tuvieron confianza. Ambos eran felices sabiendo que un correo electrónico los esperaba a diario.
Intercambiaron números de celular. Se mandaban sólo mensajes de texto hasta que quedaron a los tres días en encontrarse, finalmente. Lavalle y San Martín. Cinco y media de la tarde. Él se pone cerca de una pared para poder verla llegar. Ella hace que mira una vidriera para verlo a él primero. Cinco minutos después los dos van a la esquina.
Se miran a los ojos, se saludan, se toman de los brazos. Se quedan un segundo reconociéndose. Pero ella baja la cabeza. Él le levanta la cara con su mano y la mira con ternura. Sintió que no era suya, que se lo decía con los ojos de alguna manera.
Se puso triste y ambos se alejaron. Dos personas enamoradas. Pero del camino más que de la meta. De internet, más que del encuentro.
A la noche volvieron a hablarse por el chat. Debatieron qué era ser feliz. Si estar enamorado o saber ocupar el tiempo. Y ambos aun no logran saberlo.
"Soy yo, cuando eras vos" (Cuento Corto -CC-)
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Eran los ocho de la noche y Miriam fue hasta la persiana del negocio para bajarla enseguida, porque siempre le pasaba lo mismo: un minuto antes de la hora aparecía en el almacén una nena, de no más de diez años. Tantas veces la vio que ya soñaba con ella, una verdadera aparición, y lo que más le llamaba la atención: se parecía mucho a ella cuando era pequeña. Como ver a alguien y recordarse a sí mismo, una rara sensación. Pero otra vez la nena ganó de mano y entró empujando la puerta de vidrio con sus dos manitos.
Tenía siempre una bolsa, que llenaba con cinco cosas, siempre eran cinco productos. Cuando había que hacer fila se iba dar la vuelta por las góndolas y volver cuando le tocaba. Miriam preguntó si alguien la conocía, a las señoras del barrio que saben hasta el adn de los novios ocasionales. Pero nadie la ubicaba. Su vestido era blanco y amarillo como un uniforme que siempre llevaba pero no era de ningún colegio de la zona ese color.
Ponía las cosas de a una, con parsimonia, y luego de a una las ubicaba en la bolsa. Pagaba mirando a los ojos. La gente cuando se desprende de dinero no mira a los ojos. Pero la nena sí, Miriam sentía que buscaba complicidad. ¿Qué tengo que entender, yo? No tengo tiempo de hacerme la detective, pensaba cuando volvía a su casa.
Un día la nena dejó de ir al almacén. Y dos, tres, y cuatro, y una semana entera. Miriam luchaba para que el tema no le importara pero era imposible. A las dos semanas, un martes, la nena aparece. Compra tres cosas. Tenía algo de tristeza en los ojos.
Un cliente se va y la nena entrega las tres cosas para pagar. Miriam aprovecha esa cierta soledad para saber.
¿Estás bien?
-Si, ahora si.
¿Qué te había pasado que no venías?
-¿Desde hace cuánto no creés en mi, te acordás?
Miriam pegó un grito y un salto hacia atrás. A los ocho años recordó haber dicho que no creía en los Angeles de la Guarda, que ella tenía uno de su edad pero que la odiaba.
¿Dónde vivís?
-Con vos, pero nunca me ves.
La nena se fue y todos los días Miriam espera verla en el negocio, sin bajar las rejas, que vuelva. Que vuelva por ella, que la perdone.
"Un regalo de tu ausencia" -CC-
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Buscó una mesa pegada a la ventana y él estar de frente a la puerta asi la veía entrar. Apretaba el sobre del azúcar y ese ruido lo ponía más nervioso, revolvía y casi toma el café con la cuchara dentro y se mancha todo. Terminó y llamó al mozo para pagarle y se llevara la taza, no quería que viera que la estuvo esperando.
El saco era prestado de su hermano (de esos préstamos en los cuales el otro jamás se entera) y sentía que estaba aparentando, era su principal incomodidad. ¿Hace cuántos años que no la veía?. Desde que lo abrazó y se fue del barrio, cuando jugar en barra y en horario fijo era lo importante, cuando ella lo era para él. Nunca la extrañó hasta que fue grande, y sería lo primero por decirle de forma delicada, para no quedar como interesado.
Bendita la suerte del destino: que en el Banco digan nombre y apellido de alguien a quien hace años uno no ve, es de película, y había ocurrido. Se acercó y sintió que ella no lo reconoció ni en recuerdos, aunque quedaron en verse hoy.
La tarde se apura en irse y son 6 en punto. Parece hacer más frio, o eso siente. Ella entra y él se pone de pie levantando el brazo, le dio mucha verguenza al instante hacer eso y se sentó rápido. Se saludaron y pidieron café. El le contó la alegría de verla, lo que significó en su niñez, de su vida después, de lo que supo de los demás amigos. La mujer lo miró con atención y él notaba que no decía nada.
Se hizo un silencio cortado por el ruido de las tazas.
“Disculpame, no sos la que buscás”, le dijo ella. “Soy otra”.
-¿Otra qué?
“Otra Sosa, otra Lucía Sosa, pero si querés me puedo quedar. ¿Te molesta si pido otro café?”.
Hasta de grande uno puede reescribr su propia historia, pensó él. Y agradeció en silencio a la ausente Lucia Sosa.
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