"Un regalo de tu ausencia" -CC-

1 comentarios jueves, 4 de agosto de 2011


Buscó una mesa pegada a la ventana y él estar de frente a la puerta asi la veía entrar. Apretaba el sobre del azúcar y ese ruido lo ponía más nervioso, revolvía y casi toma el café con la cuchara dentro y se mancha todo. Terminó y llamó al mozo para pagarle y se llevara la taza, no quería que viera que la estuvo esperando.






El saco era prestado de su hermano (de esos préstamos en los cuales el otro jamás se entera) y sentía que estaba aparentando, era su principal incomodidad. ¿Hace cuántos años que no la veía?. Desde que lo abrazó y se fue del barrio, cuando jugar en barra y en horario fijo era lo importante, cuando ella lo era para él. Nunca la extrañó hasta que fue grande, y sería lo primero por decirle de forma delicada, para no quedar como interesado.






Bendita la suerte del destino: que en el Banco digan nombre y apellido de alguien a quien hace años uno no ve, es de película, y había ocurrido. Se acercó y sintió que ella no lo reconoció ni en recuerdos, aunque quedaron en verse hoy.






La tarde se apura en irse y son 6 en punto. Parece hacer más frio, o eso siente. Ella entra y él se pone de pie levantando el brazo, le dio mucha verguenza al instante hacer eso y se sentó rápido. Se saludaron y pidieron café. El le contó la alegría de verla, lo que significó en su niñez, de su vida después, de lo que supo de los demás amigos. La mujer lo miró con atención y él notaba que no decía nada.






Se hizo un silencio cortado por el ruido de las tazas.



“Disculpame, no sos la que buscás”, le dijo ella. “Soy otra”.



-¿Otra qué?



“Otra Sosa, otra Lucía Sosa, pero si querés me puedo quedar. ¿Te molesta si pido otro café?”.






Hasta de grande uno puede reescribr su propia historia, pensó él. Y agradeció en silencio a la ausente Lucia Sosa.
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"La quiero, pero la dejo" C-C

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Los zapatos eran los más lindos que alguna vez usó pero le resultaban incómodos, golpeaba un taco con el otro. Desde adelante del altar de la Iglesia podía ver todo el panorama: repleta de gente, descubriendo conocidos a los que saludaba con un movimiento de cabeza.






Estaba muy nervioso. La camisa le quedaba un tanto larga de mangas y buscó el reloj, el que ella le decía que odiaba y jamás se pusiera. Miró y eran las nueve en punto de la noche. La alfombra tenía un pequeño pliegue y con el pie la enderezó, perfeccionista hasta en eso. Con la palma de la mano buscó en el bolsillo la cajita con los anillos, en el otro el pañuelo para usar y el pañuelo de cábala. Se abrieron las puertas y la gente de pie, giró.






Por las escaleras, subiendo, venía ella con su papá. Miró hacia arriba emocionado, recordó a quienes no estaban con él pero seguro de algún modo allí lo acompañaban. Entró la novia y estaba hermosa, en un vestido que hacía juego con su belleza. Se acercaron, se miraron.






El beso detuvo el tiempo, eterno, de lo que no quiere terminar. Dios era testigo.






Se despertó. Se sentó en la cama. Pasaron diez años. La llamó y se vieron, luego de cinco. Le preguntó qué pasó. "No sé, preguntale a Dios", le dijo ella.






Y él volvió a su habitación a leer. La tercera misa que oficiaba en su vida estaba a punto de comenzar.
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"Lo mio, que fue un regalo" (Cuento Corto -CC-)

1 comentarios martes, 26 de julio de 2011


Era de las personas que olvidaba el paraguas en cualquier lugar, desde chico tuvo tantos que ya no lo recuerda. Alejandro los perdía en los colectivos, en los negocios, en los cines. Si algo conservaba de su infancia era eso y hoy de grande los sigue perdiendo con igual precisión.



Quiso aniquilar su mala suerte comprando un buen paraguas, que le diera la sensación de definitivo e imperdible. Con la lluvia de hoy resultaba ideal. Era de color azul y muy grande, con mango de madera, parecía distinguido.



Salió del negocio muy contento. El mango aun tenía el celofán de las cosas nuevas asi que mientras esperaba el colectivo se puso con la mano a sacarlo como si fuera una cáscara.



De pronto siente de atrás a una mujer. Parecía embarazada y recién salida del hospital. El agua de lluvia iba mojando el pelo largo y colorado que tenía, sintió pena por ella. Dándose vuelta arrimó el paraguas y juntos compartieron el espacio.



El colectivo llegó. Él cerró el paraguas y ambos subieron. La mujer se sentó y dialogaron un poco. Diez minutos después ella se bajó.



Se saludaron con la mirada y ella le respondió alzando el paraguas con su mano. ¿El paraguas?.



Sí. Alejandro perdió tantos que nunca tuvo la chance de poder regalar uno.



Y el primero, fue el de él.
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"Un orgullo, un hermano" -CC-

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Daniel iba por la página 16. Subió al colectivo sin perder el párrafo que estaba leyendo. Se afirmó bien en sus piernas y un brazo sosteniéndose en el pasamanos. Le estaba interesando el inicio: contaba el viaje de dos hermanos a ver a un tercero luego de años de no hablarse. Lo asoció a él. Hacía mucho tiempo perdió noticias de su hermano luego de la pelea.



"Nos va a separar una mujer?"...sí, respondió él. Y un amor puede unir a dos pero definitivamente separar a tres, alguna vez le dijeron. Nunca más supo de él, pasaron cinco años.



Volvió al libro, se pudo sentar. El relato decía que fueron a buscarlo a su barrio y les dijeron que ya no vivía ahí. Los hermanos se resignaron y tomaban un café mientras se echaban culpas. Daniel casi razona en voz alta: "¿cómo no se les ocurre ir al registro de las personas, o buscar por internet?. ¡qué pocas ganas de averiguar!".



De pronto alguien saca boleto. Tiene una campera marrón, un celular en la mano, un bolso cruzado en bandolera. Sí, era su hermano.



Carraspea, de nervios junta las manos y el libro se le cae. Lo ve venir y Daniel elige mirar para abajo y buscar el libro en el piso. Cuando se incorporó su hermano ya estaba en la parte de atrás. No lo vio. No se vieron. Maldito el orgullo que por amor se confunde y hace de amigos, enemigos. O de hermanos, desconocidos.



Se bajó del colectivo, fue a tomar un café. Y como en el libro, a echarse culpas a sí mismo.
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"Y nunca es tarde" -CC-

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Pensó en sorprenderla. Fue a un negocio y le compró lo que a ella le gustaba. Sacó un pasaje y sin avisarle iría a visitarla. Imaginó el retorno al día siguiente asi que no llevó ropa en su mochila, sólo los regalos. Era feliz. Viajó de noche para aprovechar el día. No durmió, soñando despierto. Las ansias apuraban ese micro a su destino.



Llegó a la terminal aun de noche, con el frio en la piel que dan los lugares desconocidos. El amanecer lo vio tomando un café. Todos los taxis en fila parecían esperarlo, eligió uno.



Ahora sí, llegó. Timbre.



Sale una mujer de su misma edad.



Él le dice "Soy Juan...¿te acordás de mi?"...



¿Juan?...sí, !Juan!... cómo estás!!... ¿qué sorpresa hermosa, tantos años!



"Vine para decirte que...al fin aprendí a olvidarte".



Le dio los regalos y un beso en cada mejilla. Y volvió feliz en el viaje de vuelta en micro, ya con su mochila vacía.
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"El amor de cualquier plaza" (cuento corto-CC-)

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Sentado, el hombre se puso a mirar una hoja que se iba moviendo con el viento. Chocó contra el banco de la plaza y caprichosamente no se movió más. El frio lo trajo de nuevo a su presente. ¿Le había dicho ella, el amor, algún horario en concreto?. Tenías ciertas esperanzas, cierta en fe en miradas que cruzó en momentos del día que, sentía, ella también necesitaba.



Y ahora estaba ahí, esperándola. Pero no había nadie y el frio es como la soledad: duele mucho más sin testigos. De pronto, enderezó sus anteojos. Era ella. Tapado largo, botas al tono, cartera debajo del brazo, mirada al piso. ¡La imagen parecía la de una marca de ropa!. El viento movía su pelo corto. Pasó y él hizo un ademán. Ella dijo "¿vos qué hacés acá?" y siguió caminando sin esperar respuesta.



El hombre se puso de pie y la miró irse. Comprendió que antes de esperar por alguien, ese alguien debe saberlo. "Mañana le digo algo" pensó con la seguridad de no ser oído en su promesa de amor. Mañana, quizás, no haga tanto frio...
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Feliz día del escritor!! (quién....yo??)

1 comentarios lunes, 13 de junio de 2011


Hoy temprano me han saludado por el día del Escritor, en conmemoración al nacimiento de Leopoldo Lugones. Lo sabía, lo había escuchado, pero leí el mensaje sin razonar que era para mi. Y respondí "para mi??"...



Tuve la suerte de ser publicado en una Antología, lo que es una claraboya por donde uno se puede hacer chiquito y pasar a otros niveles, si es que se quiere eso. Yo nací para escribir. Pero el lugar donde eso se deja plasmado es a veces lo que cuenta. Y puedo eruditar cual Borges (bah, no podría pero supongámoslo) en un mensaje de texto que sólo una persona leería. No alcanza para considerarme escritor. Tengo todo por aprender y eso es virtud y defecto, al mismo tiempo. El ensayo y error permite corregir, que humano es, pero quita tiempo. Y todo se rige por el tiempo, por la elección de algo o alguien que tenga eso y no virtudes a las que haya que esperar. No tengo una base de cultura que me permita crear universos, pero si el deseo de descubrir cosas nuevas, incorporar. La base la voy hacendo mientras escribo, sobre mis propios errores y virtudes, si el otro puede verlas. Escribo para mi. Escribo pensando en otros, en un ideal de mujer a veces. Me gusta retratar el universo de las mujeres, me parece más amplio y con colores más suaves que el de los hombres. Tenemos los hombres cierta falta de matices o quizás no sea yo quien mejor los sabe retratar aunque lo intento. Escribo porque puedo hacerlo, tengo la libertad que me da este medio, es una descarga asi como hay sitios más divertidos, retratando actualidad o pura vida diaria. La escritura es costosa de realizar. La lectura en cambio es más blanda, menos apegada a los tiempos, permite retroceder páginas si algo no se entendió. El que escribe y deja su testimonio no retrocede, es eso que ya de él salió.



No sé qué soy o si soy merecedor del saludo, es posible que sí. No me lo creo, a veces conspiro contra mi propio talento buscándole perfección a lo que hago, cuando nadie la tiene. La imagen de alguien tomándose la cabeza sentado frente a una mesa con lapicera en mano me representa, pero cuando me iba mal en la escuela y no me salían las cuentas. Ahora estoy sentado frente a una compu, escribiendo en un Blog directamente y equivocándome como siempre, reflexionando y acelerando los dedos en el teclado. En un escritor su principal virtud es la lectura. Siempre quiero leer todo lo que me llega aunque no sean temas que domine. Pero el interés del renglón siguiente, ese instante de interés, de agarrar más fuertemente el papel escrito para prestar atención, el concentrarse...ese instante es único.



Ojalá pueda dejar escrito lo que quiero decir, y no decir lo que no voy a poder escribir nunca. Feliz dia.
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