El engaño del desengaño

1 comentarios lunes, 9 de agosto de 2010

Me siento un poco mal. Y no es lo que comí, que bien podría ser una causa, sino que me pasa eso cuando hay algo que no comprendo bien. Necesito ponerlo en algo parecido a un contexto en donde comprenda qué me pasa o qué le pasa a alguien conmigo como para ver, y verme, solucionando el tema. Pero pasan las horas y no logro descifrarlo.


Las maneras de búsqueda de la tranquilidad se multiplican. Las busco nervioso y ese es ya un problema. Nada generado desde la obtención inmediata de resultado, resulta. Pero terco como soy lo intento igual, hasta que una especie de desánimo invade todo, y asi empieza la semana. Cargando con algo que bien podría arreglar desechándolo.


Todo esto es el contexto de algo que para unos será drama y para otros una pavada. Durante la semana me dejé llevar por la ilusión de algo que al final no ocurrió. Estaba todo dado, los comentarios, el escenario, las circunstancias (mujer y yo), las amistades que aprueban y colaboran no muy disimuladamente. Me cuesta mucho dejarme llevar. Porque la mente me gana en general y le tomo la gracia a razonar todo. Entonces cuando uno es arriado y pasa estar a ritmo de otro, a mi no me resulta placentero. Admiro a quien puede, me parece genial quien lo hace hasta diariamente y con personas diferentes, casi como presentación frente al otro. Pero a mi no me sale. Deben ayudarme, deben comprenderme y no todos tienen por qué hacerlo, de hecho nadie mira al otro sino a si mismo tratando de tener al otro. Me pasará a mi, incluso.


Qué sucede en el otro extremo de la historia. Teniendo el control se puede elegir entre varias opciones, y esa elección como toda elección, deja un ganador y otros vencidos, es la regla. Y justamente me molestan que las reglas las pongan otros. No estoy hablando de amor, por favor. El amor es más poderoso y hace reir y llorar de un segundo al otro. Es maravilloso e intransferible como sensación. Me refiero en lo que digo al tiempo, en cómo me puedo dejar llevar para que finalmente alguien decida no llevarme nada. Son las reglas, lo sé. Y es mucho drama el que me hago como para hacerlo palabras. Es posible.


No sé qué "me llevo". Suena egoísta. Supongo que de mi se llevan ilusión, y el no devolverme en idéntica proporción me vuelve egoísta. Reconozco que es un juego que no sé jugar, y a veces creo que no he nacido para jugarlo. Que mejor, solo. Pero me pasa cada tanto que caigo en el engaño del desengaño. Dos posibilidades hay ahora. O se enfrenta la próxima situación con la mente relajada y despejada de prejuicios, o se evita tener estas situaciones y listo. Son ambas tentadoras. Hoy eligiría la segunda, pero puede ser el frio del invierno el que me vuelve cobarde, no me dejo llevar. No me gusta el desengaño. Este escrito termina con esperanza de solución: al fin y al cabo intento antes que nada, no engañarme a mi mismo. Que quede escrito.


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Primer día de clases (texto para perfil de Facebook)

1 comentarios martes, 3 de agosto de 2010

Me desperté ese día con la voz de mi madre al oído, mezcla de orden y cariño: `vamos que hoy empezás´…y la verdad es que tenía tantas ganas de ir como de no ir. El primer día de escuela es una rara mezcla de sentimientos, y el pavor que se tiene puede ser curiosidad o tal vez el temor a lo desconocido.


La ropa nueva aun no adaptada a nosotros es incómoda el primer día, y los útiles son tan flamantes como ajenos hasta que no los usemos. La mochila es nueva y está desinflada, luciendo colores que con los meses poco a poco irá perdiendo. Los zapatos hacen ruido al caminar, el cuero cruje, un poco aprietan, y los pasos acelerados no ayudan mucho a la causa, hay un apuro que los padres tienen por sus hijos en el primer día que hasta parecen disfrutar. Y lo disfrutan, seguramente.


Llegamos a la puerta del colegio y el centro de gravedad está más arriba de nuestra altura. Saludos a personas mucho más altas que nosotros, intentando transmitirnos alegría que quite los miedos. En la entrada un grupo de chicos de mi edad parecen estar en la misma situación: compleja. Los padres se agachan y nos acomodan la ropa de un tirón, para que todo quede derecho. Ratificamos nuestra incomodidad con una mirada pero no hay caso, será así por un tiempo.


Un batallón de estaturas y colores iguales se apuran a pasar por la puerta. Los padres van detrás aunque se quedan abloquelados, mirando, sacando fotos, pensando, llorando, o todo eso junto. Las maestras organizan como pueden las filas, ubicando por altura aunque todos midan mas o menos lo mismo, y con las filas ya hechas se hace un silencio bastante incómodo, que se rompe con algún grito de pedido de orden de alguna maestra.


De chico todo lo que se vive es absorbido, más que vivido. Los recuerdos se impregnan, no se eligen demasiado, ocurren y uno los recibe de la mejor manera, en general con asombro. Suena el himno. La introducción es algo larga y uno ve a los padres de frente y en un rincón, mirando todo con orgullo y atención a la vez.


Comprobamos que el himno aun no lo sabemos todo, uno se queda callado a la espera de la frase que uno sabe. ¡No llega nunca!. Termina y hay un murmullo de inicio de etapa. En el colegio, y dentro de nosotros. Eso, es el primer día.
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Crónica de viaje (Micro-viaje)

2 comentarios viernes, 30 de julio de 2010

Dicen que las cosas quedan en nosotros a veces por repetición, fijas a partir de realizarlas varias veces y luego ya ni nos darnos cuenta de la diferencia de pensarlas o no. Con los viajes creo que ocurre algo similar. A veces uno no repara en que ciertos lugares ya los hemos transitado, simplemente ahora pasa que le estamos prestando más atención. Y a la vez, algo de ellos nos es familiar.


Por cuarta vez hago un mismo recorrido en micro. Y esto implica ya una predisposición a saber que poco va a sorprenderme desde el momento en que me subo. La gracia es tratar de que así no sea, empezando por prestar atención a los detalles aunque la hora del viaje, de madrugada, no ayuda a la cuestión y uno de entrada se prepara para ver pasar paisajes lo más rápido posible hasta que amanezca.


Saliendo de Capital aun las luces molestan si se tiene sueño, asi que más atento se está. Y el micro bordeando muchos lugares diversos da la idea de algo que apenas se asoma pero no alcanza a entrar a esa realidad. Bordea una villa, la 31. Varias cuadras de casas que hacen equilibrio en calles que son angostas, gente joven mirando desde las veredas el pasar no sólo de mi micro sino el de tantos otros que a la misma hora salen.


Ellos miran el ómnibus con detalle, porque la luz de adentro aun está encendida, y uno los mira a ellos. Las calle tiene lomos de burro y baches que cumplen la misma función: la de impedir que se tome velocidad. De pronto el micro gira hacia la derecha y esa realidad queda detrás y uno respira profundo creyendo que no viéndola más, ya no sucede.


Lo siguiente es a velocidad. Transitar la zona del puerto, con el rio reflejado por las luces que algunos postes dan a la noche, luego la Avenida Sarmiento y la costanera, con agua a la derecha y el aeropuerto a la izquierda de mi vista. Sube la autopista y ya me pierdo por un rato largo en el relato detallado. Busco el mp3 y pretendo escuchar alguna radio, pero descubro que no tiene pilas. Maldigo el momento en que pasé por al lado del señor que las vende a bajo precio y yo, de tacaño, no quise comprarle. Su maldición fue ahora recordarlo. Intento cerrar los ojos y sacarme los anteojos pero a la vez quiero seguir viendo por la ventana. Se empezó a empañar el vidrio por el calor humano, no porque la calefacción estuviera encendida, y eso impedía que mirara. Lo desempañé y me acomodé.


Peajes, dos o tres. Luego una ruta angosta y con tránsito en sentido contrario. Dos o tres rotondas siempre hacia la izquierda y a partir de allí un silencio. Mi parte favorita. El campo de noche no tiene interrupciones visuales. Es la sensación de magnitud que mejor siento que el mundo puede expresar. Todo es plano, interrumpido por algún árbol o construcción pequeña. La luna se refleja en la tierra y da luz a la noche mientras avanza el micro. Eso es lo más cercano a lo que yo llamo imagen de tranquilidad. Ha llovido mucho durante semanas y el reflejo de la luna hace que vea grandes charcos en los campos y a los costados de la ruta. Pienso en dormir pero también en tomarle el tiempo al micro, nunca llega en horario y me esperan en la terminal.


Casi cuatro horas de viaje. Una pareja con su hijo de unos tres años son los más inquietos, primero levantándose él y luego ella a buscar agua para el chico, al que veo en la oscuridad algo inmóvil. Con un poco de sueño intento concentrarme en lo oscuro y fijar la vista, y la madre sienta al chico y le cambia el buzo. Tiene algo blanco que le impide el movimiento y parece un yeso, que va desde la punta de los dedos de la mano hasta la mitad del pecho, por eso parecía no moverse bien el chico. Me vuelvo a dar vuelta y mirar el paisaje nocturno, y ya está entrando el micro en un pueblo.


Frena la velocidad e intenta maniobrar en calles angostas para tamaño colectivo. La pequeña localidad se llama Benito Juárez, homónima de la ciudad cordobesa. Sus calles son asfaltadas a nuevo, sus casas no tienen rejas y en general sin luz externa. Las bicicletas están afuera sin mucha protección al parecer, junto a maquinaria agrícola o alguna camioneta vieja.


La terminal está como dentro de un complejo en donde todo está pintado de blanco furioso. Y lo puedo ver bien porque la iluminación ahí (y encima cerca de las tres de la mañana cualquier linterna es casi dañina) se asemeja a la de un tren de frente. Cerca está una imagen del General San Martín, han elegido una figura extraña hecha de un color verde y de aspecto joven, con su gorro de Teniente y no de General. Lleva una espada que nunca puedo ver bien porque justo maniobra el micro al revés y no me deja.


Allí bajan algunos y suben otros. Un chico de unos 15 años aparece con un carro de metal viejo, de rueditas que van para cualquier lado y él maniobra con esfuerzo. Hace frio, por el apuro y la posición de sus hombros, achicados por la temperatura, parecieran. Es como dije, la cuarta vez que hago el mismo viaje y siempre está el mismo muchacho a las 3 de la mañana, en el mismo lugar. Casi que lo he visto crecer, parece más grande. Le toca descargar envoltorios en celofán, son guías o revistas apretadas en ese plástico delgado, que tira arriba del carrito. La otra vez lo vi bajar 4 ruedas de auto, esta vez sólo esos envoltorios. Entra a la terminal, modesta. Desempaño mejor el vidrio y saco la foto que se ve en este texto. El colectivo arranca.


A la hora y cuarto entra en la ciudad de Balcarce. “Tierra de Juan M Fangio”, como dice el cartel de entrada a la ciudad, con el dibujo de la Flecha de plata, su auto y su emblema. La terminal no es tan diferente a la de mi querido Benito Juárez, aunque resalta la colaboración del Rotary club, cuyo logo está presente cada 10 metros. La terminal tiene paredes bien blancas salvo en un extremo, en donde está pintado un sector. Dice “bienvenido” y debajo “buen viaje”, lo que pensé al mirarlo que era un poco contradictorio…recién llegaba y ya me echaban. Pero para el viajante de paso como yo, es así como uno ve a estas ciudades. Dos pinturas sobre la pared representan a dos caballos, una de ellos de nombre “negra”. El otro no lo recuerdo y prometo mirar la próxima vez que pase.


Empiezo a calcular que ya estoy llegando, sin mirar el reloj. Los paisajes me son familiares. Dos rotondas más y una entrada nuevamente angosta y por un camino tallado entre dos piedras algo grandes, da esa sensación. Las luces de la ciudad se ven algo abajo, mientras el micro parece también bajar al nivel de las luces y superar esa hondonada. La última rotonda, ya con el nombre de la ciudad, por fin llegamos. Contento de estar con quienes quiero.


Al final no dormí nada. Me la pasé anotando, con el micro a oscuras, cosas como estas.
Querido diario: ¡ya llegué!. Eso anoté.
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¡La gente se muere por estar ahí!

1 comentarios viernes, 16 de julio de 2010

El del título creo que es el chiste más común sobre cementerios que conozco aunque debe haber más, es el intento por tratar de hacer de un pésimo momento algo que sea superado con una humorada. En general no se habla y esta vez tampoco lo haré, sólo describiré lo que vi.


Por obligación debí ir en esta semana. Necesitaba viajar en subte para llegar y eso ya es algo semejante a un gran cajón de 200 personas por vagón pero con gente quejándose y empujando. Me metí más en mis pensamientos, subiendo el volumen del mp3 pero es tal el ruido que hace en movimiento el vagón que no logro taparlo con música. Me saqué los auriculares y me quedé escuchando el demoledor ruido hasta que uno se acostumbra justo cuando debe bajar. El contraste mientras uno sube las escaleras hacia el exterior es mortal y el invierno da en la cara y duele.


Cruzo una avenida y ya estoy dentro. Nadie sabe que estoy ahí, salvo la señora de un puesto de flores que intentó venderme un ramo pero estiró su brazo sin decirme una palabra. Subo escalones de mármol y listo, a caminar. Respiré profundo, parado desde la explanada de la entrada sabiendo que me quedaba un largo trecho por recorrer.


Cuando hace frio todos los lugares parecen más inmensos de lo que son, o eso me pasa a mí. Me puse a caminar sabiendo adonde iba y en general en estos lugares todos saben lo que van a hacer sin preguntar demasiado, uno ve personas apuradas yendo no se sabe adonde. Ni pienso jamás preguntar. Aceleré porque el frio corría por la entrada y me empujaba hacia adelante ese viento helado de la mañana.


Cruzo por la puerta de la capilla, paso por al lado del cura que estaba hablando con una señora y dije buen día, pero no me respondieron. Seguí caminando y ya no se ve más gente. A partir de ahí el camino se conoce. El arquitecto que diseñó el lugar hizo las entradas a las galerías de dos en dos, pero evitó poner escaleras y ascensores en todas las entradas, con lo cual hay a veces que bajar antes de destino para luego caminar por debajo. Seguramente fue una venganza contra algún familiar de él para hacerlo caminar, sino no se comprende el diseño. Cómodo, seguro que no es.


El ascensor es muy grande y metálico, hace ruido cuando uno baja y parece que suspira cuando uno sube. El señor que abre la puerta es alto y ahora a diferencia de otras veces le ha agregado vida al espacio, si se me permite la ironía: vende chucherías que cuelgan de una de las paredes de metal. Como el tramo es corto pero el ascensor es lentísimo, miré de qué se trataba pero nada me interesó, eran llaveros de fútbol o motivos infantiles. Lo miré y pensé que eso en ese lugar es muy complicado de vender…pero no le dije nada. Se gana la vida en un lugar donde esa palabra vale.


Finalmente llegué. El hombre-vendedor-ascensorista abre la puerta tijera con suspenso y lentitud, palabras incompatibles sólo en un cementerio. Salgo, casi huyendo, y me voy a encontrar con la persona que debía ver. La busqué y por supuesto aun no había llegado así que me puse a preguntar a qué hora iba a estar y me dijeron que esperara media hora.


Más allá del lugar, yo estaba congelado de frio. El viento era bastante y no se escuchaba absolutamente nada. Durante media hora fue sólo silencio interrumpido dos veces: a unos 30 metros vi caminando a una señora totalmente cubierta con una chalina color crema, que tenía puestos unos zapatos de tacos altos que hacían ruido y mucho más cuando nada más se escucha.


La miré pero ella tenía la cabeza gacha y creo que de lejos no me llegó a ver, pero por esas cosas de la acústica cuando se está en un lugar rectangular y alto el techo, se produce un eco que da la sensación de ruido espejo…el sonido se produce en un extremo y rebota en el otro extremo. La señora caminaba y yo la veía, pero a la vez sus pasos sonaban detrás de mi…la sensación me pareció al principio curiosa pero a los 15 segundos ya no me gustó nada y miré hacia atrás directamente. Pero era el ruido de los zapatos de ella y esperé a que terminara su caminata y no pensar pavadas.


El otro momento de no-silencio fue un tanto más poético, pero así lo sentí cuando pasaron las horas y no en el instante. En los pasillos hay asientos de cemento en los que creo jamás se sentó nadie. Enfrente un cantero de árboles algo secos por el frio y porque creo que si no es lluvia, nadie los debe regar. Del pasto se levantó una hoja seca, que fue a dar al camino de piso de mármol. El viento la empezó a empujar y yo veía la acción con las manos en la cintura, maldiciendo al hombre que no llegaba. La hoja fue a dar contra un extremo de la base del asiento de cemento, y el viento la siguió empujando pero la hoja chocaba, haciendo un ruido muy particular. No se escuchaba en el lugar otra cosa y tampoco nadie me veía, así que decidí socorrer de alguna manera a la hoja: la levanté con cuidado y la puse arriba del asiento. Me sentí un tonto haciendo eso y a la vez no había testigos de mi tontería. Increíblemente paró el viento y la hoja se quedó ahí, arriba del asiento.


El frio no me permitía hacer metáforas sobre las hojas, el tiempo y ese lugar en especial. Quería irme y el hombre no llegaba. Cuando finalmente hizo su aparición le di la mano, hablamos un par de cosas que ya olvidé y le estreché la mano nuevamente, como todo recuerdo anual de mí. La incomodidad que me genera la situación él la comprende y decidió hacer que suceda rápido para que me vaya. Saludé y desandé el camino.


Tomé otra vez el ascensor, al que hay que llamar apretando un botón que suena a campana de colegio. Luego de dos minutos los cables de las poleas, que veo, anuncian que está llegando, al fin. El hombre me dice “muy bien” y se pone de costado para que entre. De nuevo ese tiempo eterno, mirando las cosas que el hombre vende…observo que tiene cotonetes…¿quién puede necesitar eso en ese lugar?. De nuevo me callé el hecho de preguntarle y salí con un saludo sin esperar el suyo.


El sol ya era de media mañana y el frio perdía un poco la batalla contra mi cara, ya no sentía el frio que duele. Crucé la avenida al trote y me metí de nuevo en el subte. Más gente queriendo subir, empujando otra vez todos.


Me puse los auriculares pero no prendí la radio. Quería de nuevo estar a la altura de ese contexto, y no pensar en nada. A los 10 minutos me acordé de la hoja. Debería estar agradecida por mi gesto, pero las hojas no hablan, y si yo creo que lo hacen y pasados unos días aun lo creo, estamos en graves problemas.


Confirmado. Estamos en graves problemas.
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El último día de Ordoñez (parte 4)

1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010

Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.


Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.


Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.


Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.


Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.


Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.


Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.


Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.

Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.

Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.

“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.

Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.

Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
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El eterno cuestionador

1 comentarios lunes, 21 de junio de 2010

Nada más implacable para mi que el juicio de valor propio aplicado casi descarnadamente. Esto no significa 24 horas de estar machacándome, ocurre algo peor. Surge en los momentos más extraños, de esos en que no pensar es absolutamente necesario.


Por ejemplo, hoy caminando. Avanzo con los pies pero mis pensamientos no avanzan, detenidos por el autojuzgamiento. Es un poco torturante pero no me va a matar. Además si lo expreso es porque reconozco la cuestión y la puedo identificar como dañina. Criticar (me) por cuestiones ya pasadas tiene el poder de no hacer crecer en confianza cualquier acción futura. Las cosas deberían aprenderse a evitar más que a sobrellevar. A veces uno termina cargado con mochilas que toma de otros. Me pasa bastante seguido aunque no me pongo en víctima, algo haré para que me comporte de esa manera.


Y algo también debo dejar ver en el otro. Muchas personas (rindo honores a la primera que me lo expresó, Virginia) dicen que mi problema es que cuando doy lo que tengo lo hago en una dosis mayor a lo que la otra persona espera. Y que al sentir que la respuesta no es acorde a lo que uno dio, se me vuelve frustración.


Cuando leí y razoné la frase dije "bueno el real problema es entonces la solidaridad a corazón abierto" por llamarlo de algún modo. El brindarme cuando el otro lo pida e incluso cuando no lo pida. La solución es muy sencilla: acoto mi amabilidad y disposición y listo.


Debo decir que morí en intentos. Es algo asi como retirarse cuando uno está en una sala llena de gente esperando que no se note. Pero ver si alguien, a la vez, lo nota. Aquellos que lo notan contarán con la aprobación y los otros son desde ese momento gente de la que dudaré. Pero como dije, la idea no resulta conmigo. Siempre voy a dar por quien lo creo mucho más de lo que tengo. Y eso siempre es exponerse.


Volvemos a la situación inicial. Iba hoy caminando y me empecé a cuestionar ciertas acciones presentes. Que hago sin pensar ni esperar respuestas pero que indefectiblemente me las critico. Y cuando no recibo lo que a veces siento que es justo, mis críticas y eso completan un círculo perfecto. Y cruel.


Cuando me ocurren estas cosas me llamo a silencio para poder tranquilizar a los fantasmas vestidos de inseguridad. Una mujer a la que yo quise mucho y el tiempo se encargó de alejar, decía que la soledad yo la peleaba discutiendo conmigo mismo, si vale la redundancia para que se entienda. No le falta verdad a la frase. Creo que la soledad es algo que uno aleja no combatiéndola sino dándole ocupación. Mental y física. Quizás ocupé la mente muchos años sin salir ni siquiera de una habitación. De dos años a esta parte traté de equiparar ambas cosas, mente y cuerpo. E hice cosas por mi y no sólo por los otros. Expandí mi idea unidireccional de las cosas, dejando que sucedan, lo que le dio algo a mi vida que nunca tuvo demasiado: sorpresa. Y tuve de las buenas y de las malas, pero he crecido.


Puede que no sea el más indicado para hablar de mi. Como lector, todo lo escrito me parecería una catarata poco clara de problemas arrastrados. Como fuera, todo está en movimiento y en movimiento crecemos. Aun a mi edad.

Y aunque, seguramente, esto también me lo cuestione.
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Feliz, feliz en tu día (del Periodista)...

1 comentarios jueves, 3 de junio de 2010

En Mayo de 1810 las Provincias Unidas del Sud, nombre original del acta, rompían relación con el virreinato español dando así comienzo a la Revolución que fue el primer intento por separar los ideales ajenos e impuestos, por algo un poco más criollo aunque no exento de seguir mirando otros países “protectores”.


Desde que el mundo es mundo cada gobierno intentó tener una voz oficial en donde expresar sus logros y objetivos. La Primera junta presidida por Cornelio Saavedra tampoco escapó a eso, sabiendo la influencia que una palabra independiente (de voces opositoras) tenía sobre la población. O en realidad sobre los que sabían leer, porque en aquel momento era todo un lujo intelectual un folletín y su lectura. Se le encargó a Mariano Moreno, uno de los puntales de la Revolución, que realizara una publicación que marcara la nueva etapa independentista. La llamó “La Gazeta de Buenos Aires”.


El llamado día del Periodista se instituyó recién en 1938. Se hizo un Congreso Nacional de Periodistas y allí se fijó como fecha el 7 de junio, día de salida del primer número de “La Gazeta”. Fue también un homenaje al primer medio gráfico dentro de ideales libertarios.


Personalmente creo que el pluralismo se da con el ejercicio y no simplemente por crear un medio gráfico en sí, y siempre dependiendo de dos cosas: el contenido profesional y humano de la publicación, y en segundo lugar….el dinero. Si el medio tiene la suerte de poseerlo, es posible que las ideas expresadas lleguen más rápidamente. Aunque lo que se diga es fundamental: un millón de ejemplares de un montón de nada no suele ser atractivo aunque lo regalaran.


La irrupción de nuevas tecnologías allanó en mucho el camino, pero imaginar hace 200 años a cuatro o cinco personas queriendo hacer realidad un medio, suponía una epopeya también revolucionaria.


Ser Periodista es también “Ser” frente a la vida, una actitud. Con las crisis permanentes varios arrojaron y arrojarán su ética al tacho en nombre de un puesto y de sobrevivir. El dilema de la vocación y sus ideales se enfrenta a la necesidad humana de comer en primer lugar y luego progresar, una escala de prioridades que se hace evidente desde el momento en que decidimos qué carrera seguir, ya que no se hace para pasar el tiempo sino para vivir de ahí en más, o eso se supone.


Excede la profesión, cualquiera fuera, pensar en trabajar con libertad. Porque empieza por la conciencia de cada uno. Los primeros límites están ahí y eso condiciona todo lo demás, en donde lo externo empuja a la formación. Uno termina siendo lo que el lugar de trabajo va llevando a que seamos. Detenerse a ver eso y enfrentarlo supongo que es una cuestión de experiencia y más que nada de decisión.


Cada vez hay más medios independientes (del dinero sobretodo), pequeños, embarcados en el sueño de hacer posible lo que creen. Es invalorable como hecho y en general no valorado por ojos ajenos. La profesión es una invitación a ejercerla parado en cualquier esquina. Porque consiste en la claridad de un pensamiento intentando expresarlo de la mejor forma. Nada más ni nada menos. Lo que diferencia es la formación a partir de los estudios y saber qué se debe hacer y qué cosas son evitables. La objetividad es materia inevitable.


Una persona en la calle opinando sobre fútbol por ejemplo, puede no ser objetiva ni tendría que plantearse desde lo técnico serlo. Un profesional se supone que si. Y digo se supone porque las corrientes de pensamientos ante lo teórico son como tsunamis en este punto. Uno estudia sin dejar de ser uno mismo frente a algo, y eso se lleva no como carga sino como cosa aprendida fuera de la Facultad.


Como sea, el pararse frente a un hecho y describirlo, parte antes que todo desde la libertad de conciencia. Donde la objetividad y subjetividad se pelean por prevalecer.


Uno desea más trabajo, siendo egoísta. El que lee querrá más trabajo, y mejor, para lo suyo, y así todos. La profesión está condicionada por su presente, bastante fragmentado, con medios grandes y pequeños funcionando como islas en donde entrar se vuelve tarea imposible. Alguno podrá pensar que es reflejo del momento del país, yo también lo creo. Aunque es la profesión la que un poco lleva a eso.

Para todos los Periodistas, un muy buen día. Hoy alguno nos recordará que es el día, pero mañana hay que seguir. Y más allá del festejo no dejamos de ser aquel camino que transitamos. Eso es ser persona. Y Periodista.
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