¡La gente se muere por estar ahí!
1 comentarios viernes, 16 de julio de 2010El del título creo que es el chiste más común sobre cementerios que conozco aunque debe haber más, es el intento por tratar de hacer de un pésimo momento algo que sea superado con una humorada. En general no se habla y esta vez tampoco lo haré, sólo describiré lo que vi.
Por obligación debí ir en esta semana. Necesitaba viajar en subte para llegar y eso ya es algo semejante a un gran cajón de 200 personas por vagón pero con gente quejándose y empujando. Me metí más en mis pensamientos, subiendo el volumen del mp3 pero es tal el ruido que hace en movimiento el vagón que no logro taparlo con música. Me saqué los auriculares y me quedé escuchando el demoledor ruido hasta que uno se acostumbra justo cuando debe bajar. El contraste mientras uno sube las escaleras hacia el exterior es mortal y el invierno da en la cara y duele.
Cruzo una avenida y ya estoy dentro. Nadie sabe que estoy ahí, salvo la señora de un puesto de flores que intentó venderme un ramo pero estiró su brazo sin decirme una palabra. Subo escalones de mármol y listo, a caminar. Respiré profundo, parado desde la explanada de la entrada sabiendo que me quedaba un largo trecho por recorrer.
Cuando hace frio todos los lugares parecen más inmensos de lo que son, o eso me pasa a mí. Me puse a caminar sabiendo adonde iba y en general en estos lugares todos saben lo que van a hacer sin preguntar demasiado, uno ve personas apuradas yendo no se sabe adonde. Ni pienso jamás preguntar. Aceleré porque el frio corría por la entrada y me empujaba hacia adelante ese viento helado de la mañana.
Cruzo por la puerta de la capilla, paso por al lado del cura que estaba hablando con una señora y dije buen día, pero no me respondieron. Seguí caminando y ya no se ve más gente. A partir de ahí el camino se conoce. El arquitecto que diseñó el lugar hizo las entradas a las galerías de dos en dos, pero evitó poner escaleras y ascensores en todas las entradas, con lo cual hay a veces que bajar antes de destino para luego caminar por debajo. Seguramente fue una venganza contra algún familiar de él para hacerlo caminar, sino no se comprende el diseño. Cómodo, seguro que no es.
El ascensor es muy grande y metálico, hace ruido cuando uno baja y parece que suspira cuando uno sube. El señor que abre la puerta es alto y ahora a diferencia de otras veces le ha agregado vida al espacio, si se me permite la ironía: vende chucherías que cuelgan de una de las paredes de metal. Como el tramo es corto pero el ascensor es lentísimo, miré de qué se trataba pero nada me interesó, eran llaveros de fútbol o motivos infantiles. Lo miré y pensé que eso en ese lugar es muy complicado de vender…pero no le dije nada. Se gana la vida en un lugar donde esa palabra vale.
Finalmente llegué. El hombre-vendedor-ascensorista abre la puerta tijera con suspenso y lentitud, palabras incompatibles sólo en un cementerio. Salgo, casi huyendo, y me voy a encontrar con la persona que debía ver. La busqué y por supuesto aun no había llegado así que me puse a preguntar a qué hora iba a estar y me dijeron que esperara media hora.
Más allá del lugar, yo estaba congelado de frio. El viento era bastante y no se escuchaba absolutamente nada. Durante media hora fue sólo silencio interrumpido dos veces: a unos 30 metros vi caminando a una señora totalmente cubierta con una chalina color crema, que tenía puestos unos zapatos de tacos altos que hacían ruido y mucho más cuando nada más se escucha.
La miré pero ella tenía la cabeza gacha y creo que de lejos no me llegó a ver, pero por esas cosas de la acústica cuando se está en un lugar rectangular y alto el techo, se produce un eco que da la sensación de ruido espejo…el sonido se produce en un extremo y rebota en el otro extremo. La señora caminaba y yo la veía, pero a la vez sus pasos sonaban detrás de mi…la sensación me pareció al principio curiosa pero a los 15 segundos ya no me gustó nada y miré hacia atrás directamente. Pero era el ruido de los zapatos de ella y esperé a que terminara su caminata y no pensar pavadas.
El otro momento de no-silencio fue un tanto más poético, pero así lo sentí cuando pasaron las horas y no en el instante. En los pasillos hay asientos de cemento en los que creo jamás se sentó nadie. Enfrente un cantero de árboles algo secos por el frio y porque creo que si no es lluvia, nadie los debe regar. Del pasto se levantó una hoja seca, que fue a dar al camino de piso de mármol. El viento la empezó a empujar y yo veía la acción con las manos en la cintura, maldiciendo al hombre que no llegaba. La hoja fue a dar contra un extremo de la base del asiento de cemento, y el viento la siguió empujando pero la hoja chocaba, haciendo un ruido muy particular. No se escuchaba en el lugar otra cosa y tampoco nadie me veía, así que decidí socorrer de alguna manera a la hoja: la levanté con cuidado y la puse arriba del asiento. Me sentí un tonto haciendo eso y a la vez no había testigos de mi tontería. Increíblemente paró el viento y la hoja se quedó ahí, arriba del asiento.
El frio no me permitía hacer metáforas sobre las hojas, el tiempo y ese lugar en especial. Quería irme y el hombre no llegaba. Cuando finalmente hizo su aparición le di la mano, hablamos un par de cosas que ya olvidé y le estreché la mano nuevamente, como todo recuerdo anual de mí. La incomodidad que me genera la situación él la comprende y decidió hacer que suceda rápido para que me vaya. Saludé y desandé el camino.
Tomé otra vez el ascensor, al que hay que llamar apretando un botón que suena a campana de colegio. Luego de dos minutos los cables de las poleas, que veo, anuncian que está llegando, al fin. El hombre me dice “muy bien” y se pone de costado para que entre. De nuevo ese tiempo eterno, mirando las cosas que el hombre vende…observo que tiene cotonetes…¿quién puede necesitar eso en ese lugar?. De nuevo me callé el hecho de preguntarle y salí con un saludo sin esperar el suyo.
El sol ya era de media mañana y el frio perdía un poco la batalla contra mi cara, ya no sentía el frio que duele. Crucé la avenida al trote y me metí de nuevo en el subte. Más gente queriendo subir, empujando otra vez todos.
Me puse los auriculares pero no prendí la radio. Quería de nuevo estar a la altura de ese contexto, y no pensar en nada. A los 10 minutos me acordé de la hoja. Debería estar agradecida por mi gesto, pero las hojas no hablan, y si yo creo que lo hacen y pasados unos días aun lo creo, estamos en graves problemas.
Confirmado. Estamos en graves problemas.
El último día de Ordoñez (parte 4)
1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010
Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.
Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.
Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.
Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.
Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.
Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.
Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.
Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.
Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.
Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.
“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.
Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.
Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
El eterno cuestionador
1 comentarios lunes, 21 de junio de 2010
Nada más implacable para mi que el juicio de valor propio aplicado casi descarnadamente. Esto no significa 24 horas de estar machacándome, ocurre algo peor. Surge en los momentos más extraños, de esos en que no pensar es absolutamente necesario.
Por ejemplo, hoy caminando. Avanzo con los pies pero mis pensamientos no avanzan, detenidos por el autojuzgamiento. Es un poco torturante pero no me va a matar. Además si lo expreso es porque reconozco la cuestión y la puedo identificar como dañina. Criticar (me) por cuestiones ya pasadas tiene el poder de no hacer crecer en confianza cualquier acción futura. Las cosas deberían aprenderse a evitar más que a sobrellevar. A veces uno termina cargado con mochilas que toma de otros. Me pasa bastante seguido aunque no me pongo en víctima, algo haré para que me comporte de esa manera.
Y algo también debo dejar ver en el otro. Muchas personas (rindo honores a la primera que me lo expresó, Virginia) dicen que mi problema es que cuando doy lo que tengo lo hago en una dosis mayor a lo que la otra persona espera. Y que al sentir que la respuesta no es acorde a lo que uno dio, se me vuelve frustración.
Cuando leí y razoné la frase dije "bueno el real problema es entonces la solidaridad a corazón abierto" por llamarlo de algún modo. El brindarme cuando el otro lo pida e incluso cuando no lo pida. La solución es muy sencilla: acoto mi amabilidad y disposición y listo.
Debo decir que morí en intentos. Es algo asi como retirarse cuando uno está en una sala llena de gente esperando que no se note. Pero ver si alguien, a la vez, lo nota. Aquellos que lo notan contarán con la aprobación y los otros son desde ese momento gente de la que dudaré. Pero como dije, la idea no resulta conmigo. Siempre voy a dar por quien lo creo mucho más de lo que tengo. Y eso siempre es exponerse.
Volvemos a la situación inicial. Iba hoy caminando y me empecé a cuestionar ciertas acciones presentes. Que hago sin pensar ni esperar respuestas pero que indefectiblemente me las critico. Y cuando no recibo lo que a veces siento que es justo, mis críticas y eso completan un círculo perfecto. Y cruel.
Cuando me ocurren estas cosas me llamo a silencio para poder tranquilizar a los fantasmas vestidos de inseguridad. Una mujer a la que yo quise mucho y el tiempo se encargó de alejar, decía que la soledad yo la peleaba discutiendo conmigo mismo, si vale la redundancia para que se entienda. No le falta verdad a la frase. Creo que la soledad es algo que uno aleja no combatiéndola sino dándole ocupación. Mental y física. Quizás ocupé la mente muchos años sin salir ni siquiera de una habitación. De dos años a esta parte traté de equiparar ambas cosas, mente y cuerpo. E hice cosas por mi y no sólo por los otros. Expandí mi idea unidireccional de las cosas, dejando que sucedan, lo que le dio algo a mi vida que nunca tuvo demasiado: sorpresa. Y tuve de las buenas y de las malas, pero he crecido.
Puede que no sea el más indicado para hablar de mi. Como lector, todo lo escrito me parecería una catarata poco clara de problemas arrastrados. Como fuera, todo está en movimiento y en movimiento crecemos. Aun a mi edad.
Y aunque, seguramente, esto también me lo cuestione.
Feliz, feliz en tu día (del Periodista)...
1 comentarios jueves, 3 de junio de 2010
En Mayo de 1810 las Provincias Unidas del Sud, nombre original del acta, rompían relación con el virreinato español dando así comienzo a la Revolución que fue el primer intento por separar los ideales ajenos e impuestos, por algo un poco más criollo aunque no exento de seguir mirando otros países “protectores”.
Desde que el mundo es mundo cada gobierno intentó tener una voz oficial en donde expresar sus logros y objetivos. La Primera junta presidida por Cornelio Saavedra tampoco escapó a eso, sabiendo la influencia que una palabra independiente (de voces opositoras) tenía sobre la población. O en realidad sobre los que sabían leer, porque en aquel momento era todo un lujo intelectual un folletín y su lectura. Se le encargó a Mariano Moreno, uno de los puntales de la Revolución, que realizara una publicación que marcara la nueva etapa independentista. La llamó “La Gazeta de Buenos Aires”.
El llamado día del Periodista se instituyó recién en 1938. Se hizo un Congreso Nacional de Periodistas y allí se fijó como fecha el 7 de junio, día de salida del primer número de “La Gazeta”. Fue también un homenaje al primer medio gráfico dentro de ideales libertarios.
Personalmente creo que el pluralismo se da con el ejercicio y no simplemente por crear un medio gráfico en sí, y siempre dependiendo de dos cosas: el contenido profesional y humano de la publicación, y en segundo lugar….el dinero. Si el medio tiene la suerte de poseerlo, es posible que las ideas expresadas lleguen más rápidamente. Aunque lo que se diga es fundamental: un millón de ejemplares de un montón de nada no suele ser atractivo aunque lo regalaran.
La irrupción de nuevas tecnologías allanó en mucho el camino, pero imaginar hace 200 años a cuatro o cinco personas queriendo hacer realidad un medio, suponía una epopeya también revolucionaria.
Ser Periodista es también “Ser” frente a la vida, una actitud. Con las crisis permanentes varios arrojaron y arrojarán su ética al tacho en nombre de un puesto y de sobrevivir. El dilema de la vocación y sus ideales se enfrenta a la necesidad humana de comer en primer lugar y luego progresar, una escala de prioridades que se hace evidente desde el momento en que decidimos qué carrera seguir, ya que no se hace para pasar el tiempo sino para vivir de ahí en más, o eso se supone.
Excede la profesión, cualquiera fuera, pensar en trabajar con libertad. Porque empieza por la conciencia de cada uno. Los primeros límites están ahí y eso condiciona todo lo demás, en donde lo externo empuja a la formación. Uno termina siendo lo que el lugar de trabajo va llevando a que seamos. Detenerse a ver eso y enfrentarlo supongo que es una cuestión de experiencia y más que nada de decisión.
Cada vez hay más medios independientes (del dinero sobretodo), pequeños, embarcados en el sueño de hacer posible lo que creen. Es invalorable como hecho y en general no valorado por ojos ajenos. La profesión es una invitación a ejercerla parado en cualquier esquina. Porque consiste en la claridad de un pensamiento intentando expresarlo de la mejor forma. Nada más ni nada menos. Lo que diferencia es la formación a partir de los estudios y saber qué se debe hacer y qué cosas son evitables. La objetividad es materia inevitable.
Una persona en la calle opinando sobre fútbol por ejemplo, puede no ser objetiva ni tendría que plantearse desde lo técnico serlo. Un profesional se supone que si. Y digo se supone porque las corrientes de pensamientos ante lo teórico son como tsunamis en este punto. Uno estudia sin dejar de ser uno mismo frente a algo, y eso se lleva no como carga sino como cosa aprendida fuera de la Facultad.
Como sea, el pararse frente a un hecho y describirlo, parte antes que todo desde la libertad de conciencia. Donde la objetividad y subjetividad se pelean por prevalecer.
Para todos los Periodistas, un muy buen día. Hoy alguno nos recordará que es el día, pero mañana hay que seguir. Y más allá del festejo no dejamos de ser aquel camino que transitamos. Eso es ser persona. Y Periodista.
El último día de Ordoñez (tercera parte)
1 comentarios martes, 11 de mayo de 2010
Levantó un papel de la calle que estaba justo en la entrada de su trabajo, parecía un envoltorio de caramelo. Lo estrujó y lo llevó hasta el cesto, en una acción casi mecánica que le permitió ver el hall de la empresa como quien va por primera vez a un museo, lo estudió bastante y lo sintió igual que siempre: frio. Por alguna razón empezaba a ver todo ya sin ánimo de decir lo que no le venía en ganas. Estaba insoportablemente honesto.
Había llegado a una conclusión luego de hablar con su esposa en el fin de semana. El tema de su despedida, aun faltando tantos meses hasta fin de año, lo convirtió frente a otros en una especie de referente, y él se sentía más querido y respetado. Claro, se estaba por ir. Pero además veía una cuestión de liberación. En sus actividades diarias, que hacía mejor, y también con sus empleados ese clima de distención era evidente y rendidor. Su casilla de correo siguió llenándose de solidaridad pero a la vez empezaban las anécdotas relatadas que lo hacían reír mucho en donde estaba involucrado en cuestiones propias de un grupo de trabajo.
Pero como ya estaba notando le comenzaron a llegar además otras historias que le sonaban a desahogo por verlo quizás como un hombre dentro y afuera a la vez de tanta presión. Intentaba leer un poco por arriba, entre todas las cosas que hacía. Dejaba la casilla de mail con el correo en algún renglón como para no olvidarse, y de tanto en tanto se fijaba. Seleccionaba de a uno y anotaba en un papel una idea que le quedara de lo que leyó para así luego retomar sin perderse.
Lo que leía le fue interesando cada vez más y cuando el día laboral había concluido se tomaba unos minutos para poder comprender los textos. Le llamó la atención uno y decidió llevarse “el problema” a casa. Lo imprimió porque era un tanto largo, era de una mujer que ubicaba mentalmente pero no sabía a pesar de conocerla de vista, su nombre. Se llamaba Marcela. Luego de saludos de rigor y de lamentar su partida a pesar de no tratarlo demasiado, pasó a contarle lo suyo.
“No te voy a contar mi vida porque temo que te desmayes de aburrimiento y tampoco sé por qué hago esto. Conocerás a Gutiérrez mi jefe. Nunca tuve una buena relación con él y me sentía muy mal por eso hasta que comprendí que el trato que recibía era igual para todos, en eso sí era democrático. Y digo `era´ porque ya no quiero que ocurra (sentirlo siquiera cerca) aunque no sé si es que yo me iré o me sentaré a esperar que alguna luz cósmica haga justicia. Lo soporté porque le llevaba las cosas hechas antes de escuchar sus gritos, si no lo sabés te digo que cerrada la puerta de su oficina suele hacerlo y mucho. Silvina, mi amiga además de compañera, no lo soportó más y la tuvo dos meses haciéndole trabajar el doble y le atrasó todo lo que pudo la firma que la dejaba irse a otro sector. Pero no quiero ahora caer con mis lamentos sin embargo, me permito tutearte, creo que me entenderás lo que puedo sentir y lo que me sale o no decir”.
“Lo conocerás de vista a Franco, el chico nuevo en el sector, ´Franquito´. Te cuento una que es genial. Todos sabemos, vos lo sabés y no te voy a comprometer a que me lo digas, que para acelerar los trámites y ponerlos en prioridad, no se hace por amor al sueldo mensual por decirlo así, me entendés. Nadie puede probarlo y a la vez todos lo sabemos. Pero claro, Franquito o no lo preguntó, o nadie de nosotros lo avivó, si es que es eso lo que hay que hacer”.
“Nos contó el chico que llegado el representante de una empresa proveedora, pidió hablar con Gutiérrez, que aun no estaba en la oficina. Esto ocurrió antes de ayer. Y justo pasaba Franco y el hombre le pregunta por su jefe y le dice que no estaba. Y el hombre se le acerca al oído casi y le insinúa sin rodeos que sabía que hablando con Gutiérrez ´su tema´ se haría más rápidamente. Y Franco, pobrecito, se indignó y le dijo que en ese sector no se cobraban por gestiones que no sean las comerciales entre la empresa y el proveedor…el hombre lo tomó de los hombros y le dijo susurrando que ´no disimule´ tanto y Franco aún más fuerte hacía sonar su voz. Llegó Gutiérrez y el hombre entró a la oficina. Esa parte la vi, porque Franco pasó blanco como un papel luego de la charla que tuvo allí adentro. ¿Qué harías vos en mi lugar?. ¿Denunciarlo?. ¿Con qué pruebas demuestro esto que ya de tan normal se ha vuelto hasta burocrático?. ¿Qué futuro tengo, si es que alguien me lo asegura luego de ocurrírseme denunciar esto, por ejemplo?”.
“Sabés de aquella vez que vino la inspección y salían las cajas con papeles en aquel taxi que cargó 100 toneladas de papeles, lo saben el de seguridad, lo sabe la señora de la limpieza, el ascensorista, el de mantenimiento…todos vieron pasar esos papeles que por algo se escondían. ¿Dónde me pongo yo frente a esto, por favor?. Nadie quiere ser el tonto que se queda sin trabajo pero es digno, porque todos y obvio me incluyo, queremos comer con el sueldo que tenemos. A la vez siento que todo funciona en alguna medida a raíz de nuestro silencio, y que varios cuentan con eso. Nadie va en cana por corrupto, pero sí es posible que vaya quien denuncia sin pruebas aun teniendo la verdad. Ya sé que no me vas a solucionar el tema ni lo pretendo, porque vos lo conocés mucho más a Gutiérrez que yo y sólo te digo lo que pasa, no tenés por qué hacer vos el papel de justiciero, siento que nadie lo haría”.
El texto concluía de nuevo con agradecimientos para él por leerla. Dobló Ordoñez la hoja impresa y la dejó en la mesita de luz. Se puso de costado sin cerrar los ojos, no pensaba dormir luego de esa lectura. En su interior se sentía en falta porque como ahí en el escrito decía, él también conocía a Gutiérrez y sus prácticas…y nada había hecho durante años.
Cómo hacer para reparar de alguna forma lo que una compañera de trabajo, conocida de lejos, lo obligaba a hacer, a moverse para lograr algo. Para que nada menos que su conciencia lo deje esa noche dormir. Mañana intentará algo para solucionarlo.
El último día de Ordoñez (segunda parte)
1 comentarios miércoles, 21 de abril de 2010
Su oficina tenía las mismas paredes de durlock que el resto del cuarto, y el cieloraso le daba al lugar la impresión de cajita en donde todos estaban perfectamente ubicados en sus lugares. Se preguntaba Ordoñez qué lo diferenciaba a él respecto de sus empleados y quizás la respuesta fuera sólo esas paredes divisorias y poco más.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.
Buscó su celular en el bolsillo y no lo tenía. Se sentó rascándose la cabeza y queriendo hacer foco mental en esa pérdida y no en saberse perdido él. Respiró profundo y recordó que lo tenía en la mano cuando lo invitaron a sentarse en la oficina del Gerente.
Salió en la búsqueda y pasó por el angosto pasillo de alfombra color crema con mesas y cubículos a su alrededor. Sintió que todos lo miraban tras su paso pero seguramente era lo que creía que pasaba, ya que nadie aun sabía nada de su suerte.
Llegó a la Gerencia y estaba en un borde de la mesa. Dijo “permiso” y lo levantó. El Gerente, de reojo, se dignó a mirarlo pero no a los ojos sino a sus manos, que ya tenían el bendito celular. Buscó el número de su mujer y se quedó con el celular abierto hasta que volvió a su oficina.
Se sentó y marcó el número mientras buscaba cómo empezar a decir todo ya que sabía que a nivel familiar la cosa se iba a complicar. Para su sorpresa inicial la mujer lo contuvo y le dio ánimo, casi que le dijo que lo que sucede conviene, y que por algo esto ahora pasaba, que quizás fuera una señal de cambio, de fin de un ciclo. Descubrió que su esposa parecía tomárselo mejor que el, más allá del problema que traería. Cerró el celular y se apoyó en el respaldo de la silla, satisfecho de escuchar a quien debía y como seguramente quería oírla. Llegaba el turno de informar a sus empleados.
Giró la silla para usar la computadora, abrió el Outlook y pensó en un mail colectivo que informara todo y si le venía en ganas, con detalles de la charla con el Gerente. En “asunto” puso “DECISIÓN” con mayúsculas. Escribió un par de renglones, pero descubrió que lo estaba haciendo para leerse a si mismo y no para que otros lo puedan entender, y borró todo. Apoyó sus dos manos en la mesa y se levantó de un impulso.
Se puso en un extremo del pasillo angosto y tocó con el puño una de las paredes de durlock, como para que le presten atención. Al instante un montón de cabezas se asomaron tras los cubículos y la imagen que veía Ordoñez era la de ojos asombrados de parte de todos. Carraspeó un poco. Movió las piernas como quien empieza una maratón larga, y dijo lo suyo.
“Para no andar con vueltas y antes de que puedan saberlo por otro lado, estuve hace un rato en la Gerencia y me informaron que me adelantan la jubilación para fin de año…están haciendo una reducción de personal con más años y me ha tocado a mi. Les quiero decir que no tengo ni tendré quejas para con ustedes y que todo seguirá de mi parte con total normalidad hasta el último día acá. Incluso tu café siempre frio, Ibañez”…
La risa general, y la cara colorada de Ibañez en particular, descomprimieron un tanto la situación y le sacó el peso de tener que decir lo que debía. Volvió a su lugar y de lejos el inevitable murmullo se oía a sus espaldas. Decidió meterse en sus papeles y en las firmas de documentos que esperaban en su mesa y así pasó la tarde hasta que se fue a su casa.
Al otro día llegó a su cubículo y saludó a los tres empleados madrugadores de siempre. Prendió su computadora y su casilla estaba casi completa con mensajes en cadena en donde se hablaba sobre su despido-retiro y las muestras de afecto de algunos que él conocía, pero de otros que no eran empleados de su sector pero que se habían enterado de la noticia. Se sintió bien y mal a la vez, porque ser algo famoso por esa circunstancia no lo podía ver con felicidad, aunque valoró que de él se tenga una buena referencia, al menos para los que componían esa larga cadena de mails.
Decidió agradecer el gesto y respondió que él no era merecedor de eso, aunque su corazón lo agradecía y lo hacía poner contento. Dijo al pasar que se volvería más atento a oír a todos en sus cuestiones porque sentía que aun cerca de su retiro debía hacerse cargo de la estabilidad de ellos. Cerró el correo y se puso a trabajar.
Cerca de las cuatro de la tarde volvió a revisar su casilla y para su sorpresa, había varios correos electrónicos de empleados que él no conocía y que contaban, en algunos casos a él solo, y en otros a todos los demás en cadena, casos puntuales de pedidos de solución a conflictos. La mayoría escritos con cierta angustia en la que lógicamente se sintió identificado, le había pasado a él 24 horas antes.
Se acomodó mejor frente a la máquina dispuesto a leer. No era edad para ser un empleado justiciero, pero comprendió que estaba ahí, esperándolo, la oportunidad de hacer algo por los que lo necesitaban y se lo hacían saber.
Empezaba el tiempo de leerlos y oírlos.
Renata, una valija en el corazón: El agua que corre en la fuente
1 comentarios miércoles, 14 de abril de 2010
Prendió el cigarrillo sin ningún apuro luego de haberlo sostenido y jugado con él durante varios minutos. Guardó el encendedor en la cartera y vio dentro de ella la foto de su familia que siempre llevaba en versión de bolsillo, a resguardo en un cubre carnet transparente. Sacó la foto, la puso sobre la mesa y para que quede parada la apoyó contra un portalápices azul. Renata comenzaba a tratar de hacer su nuevo mundo un poco más amigable ya que era el primer día de trabajo, pero la jefa no le dejó completar la faena y la llamó.
Le explicaron lo que debía hacer. Recibir a los que recién llegaban y asesorarlos en las actividades que quisieran tener o en las dudas que les surgieran, todo en inglés. Si bien en ese hostel había en poco tiempo escuchado que se hablaban varios idiomas, el inglés dominaba la situación. Se volvía accesible el lugar para personas con el dinero justo y también para quienes querían la experiencia de hacer un viaje de esa forma, ella notaba muchas ganas de aventura en algunos rostros y el paisaje invitaba.
Hasta aquí todo muy altruista pero lo que debía aprender rápidamente se lo estaban a punto de explicar. Su jefa se levantó y fue a cerrar la puerta, como quien busca alejar los ruidos ajenos (para eso son las puertas cerradas). Le dijo que el hostel tenía contrato con varios tours fijos y clásicos de Bariloche, que viven de los clientes extranjeros por temporada. Que se podían tomar de manera particular por el turista o bien ser recomendado por alguien del hostel. Explicó la mujer sin vueltas que eran una sociedad de hecho dos o tres empresas y ellos, por lo cual las ganancias se repartían si el combo hospedaje-viajes se hacía bajo las mismas personas.
De su cajón de la izquierda sacó folletos y se los dio a Renata, que los tomó sin preguntar qué eran y aun así sabiendo que debía aprenderlos de memoria. Se estaba aguantando no meter bocadillo, tal su costumbre. Pero la voz de la mujer un poco la frenaba, era respeto o miedo, o quizás ambas cosas. Se sentía en inferioridad aunque no incómoda del todo, el trabajo no le parecía tan difícil.
Pero intentaba no transmitir eso a su cara para no parecer suficiente, que es un defecto que sus amigos le marcan como cosa a cambiar. Escuchó a su jefa en todo y con los folletos volvió a su mesa pequeña en un costado del hall de entrada. Se sentó y revisó los papeles, que eran más que nada claves y órdenes. Nombres de personas a quienes debía el turista ubicar en puntos ya acordados, direcciones en donde las combis estaban esperando a los turistas y los números de celular de los coordinadores y sus nombres.
Tardó unos 15 minutos aprenderse algunos códigos que estaban escritos ahí, por ejemplo el de ofrecer primero tours más cercanos y luego los más lejanos en distancia, para no cansar de entrada al turista, o el viejo truco de las “falsas opciones”, muy común comercialmente y del que se había dado cuenta. Plantear ante una consulta dos opciones de solución, siendo que ambas soluciones quedaran dentro de la sociedad entre hostel y tours. Trucos viejos pero efectivos, aunque tenía experiencia en ellos por haber caído en la trampa, y esta vez estaba del otro lado del mostrador.
Circuito chico, punto panorámico, Las Grutas, las fábricas de chocolate Del Turista y Fenoglio. Eran los clásicos de toda visita aunque su mirada ya pasaba por lo comercial, entonces consultó si se podían hacer excursiones seguidas en un mismo día y le dijeron que si, con lo cual armó en su cuaderno alternativas que se estudió como para tener de opción si le preguntaban. A ella le gustaba la conversación y estaba a gusto si se daba como para conocer más al otro.
Los primeros días la cuestión laboral fue bastante esquemática, llegaban pasajeros y ella entraba en acción ofreciendo servicios y los turistas aceptaban. Luego eso fue mutando. Porque aquellos del primer dia con el tiempo estaban con menos inhibiciones y le consultaban por agencia de viajes, kioscos cercanos, lugares para internet, negocios que vendieran artesanías…
No tenía esa parte de su labor muy clara y fue a la pequeña sala donde su jefa estaba y le preguntó qué hacer ante esas preguntas, si es que había alguna organización como para también guiarlos y obtener ganancia. Le dio su jefa que no, que eso quedaba a criterio de Renata, que la ciudad era pequeña y todos al final irían más o menos a los mismos lugares. Volvió a su silla y se sentó un rato pensando en esa respuesta.
La tarde solía ser más tranquila que la mañana y a las 17 en punto ya estaba de nuevo en la calle. El frio de Abril se estaba haciendo sentir y se maldijo por no llevar la bufanda, que descansaba muy tranquila en el gancho de ropa del placard. Levantó la solapa de su campera y bajó la cabeza un poco, como para taparse el pecho del frio directo.
Caminó tres cuadras derecho, no quería ir aun a su hotel, necesitaba despejarse y estirar las piernas. Miró vidrieras apoyando primero un pie en el piso y luego otro, como para sacarse el frio, caminaba para adelante sin mucha convicción, sólo para que su mente respire un tanto de los temas del dia (y el frio los congele).
Pero de pronto se detuvo para verse reflejada en el vidrio de un local. Se acomodó el desorden que su pelo largo tenía por el viento cruzado y le prestó atención a lo que estaba exhibido. Eran esas figuras que tienen agua que sube y baja por piedras, como simulando ser una fuente en miniatura. Siempre había querido tener una y el precio le parecía razonable asi que entró resuelta a comprarla.
Entre dos opciones se quedó con la que más se parecía a una fuente que alguna vez había visto en Córdoba, una cascada natural perdida en medio de las piedras y el paisaje. Cuando fue a pagar se le prendió la lamparita. Y decidió explicar qué se le había ocurrido. Le relató a la dueña del local que ella era una recién llegada y que había conseguido trabajo, pero notaba que los hoteles no promocionaban “como es debido”, enfatizó, las cuestiones locales a los turistas y que su propio lugar de trabajo, el hostel, no tenía tampoco eso en cuenta. Le propuso algo bastante simple. Que esa fuente en miniatura Renata la pondría en su mesa junto a algún cartel alusivo (“recuerdo de Bariloche” se caía de maduro) como para que los turistas que sean clientes la vieran y ella indicarles donde poder comprarla. La idea a ella le parecía genial, su autoestima siempre estaba por las nubes.
Por la cara que la dueña del comercio puso, pareció que de brillante no tenía demasiado. En realidad no tenía mucho de original. Le dijo a Renata la dueña que encargados de tours iban con frecuencia a su local para “ofrecerle” clientes en conjunto para luego dividir ganancias, pero que no le convenía, porque siempre terminaba peleando por los porcentajes incluso si había un acuerdo escrito, y que siendo una ciudad de no tantos habitantes como Buenos Aires, el que rompía un negocio con otro uno lo veía pasar todos los días, y ella no quería más sociedades que en el fondo le significaran un problema.
Con buenos argumentos en contra, Renata quedó dándole la razón en silencio. Pagó y quiso aclarar como final que ella no hablaba en nombre del hostel, sino por iniciativa propia, y que lamentaba lo que a la mujer le había pasado. Agradeció, iba a traspasar la puerta y la señora la llama nuevamente. Quizás porque la habrá visto honesta, quizás porque la sintió emprendedora, y tantos otros “quizás” que nunca tendrán una razón más que la de ese sólo momento. La hizo entrar de nuevo y la invitó con un mate.
Al otro día Renata tenía en su mesa una fuente (no la suya, sino otra que la señora le dio para exhibir, mucho más grande y con figuras talladas) que estaba estratégicamente puesta en medio de su mesa.
Quienes la consultaban no podían hacer menos que mirarla y ella en inglés indicaba la dirección en donde ese “recuerdo” se podía conseguir. El arreglo fue 60 por ciento para el local, 40 por ciento para Renata, era bastante justo. A los 15 días había podido vender gracias a la idea, ocho de esas fuentes, lo cual era un éxito. Tanto, que se tuvo que mandar a pedir otras.
A la noche, en su habitación, Renata se quedaba mirando su propia fuente, maravillada cómo el líquido corría siempre renovándose en un ida y vuelta del agua muy ingenioso, dando la sensación de vertiente.
Escribía en su cuaderno todo lo que en 15 días le había pasado. Como estaba extrañando su casa, deseó por un rato ser agua de fuente. Libre.
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