Morena, a lo Sherlock (fin de la saga)
5 comentarios lunes, 4 de enero de 2010Creo en la amistad entre el hombre y la mujer pero aun por sobre eso hay algo: el sentido común aplicado a todo lo que hagamos. A veces sostenemos pensamientos solo por ser nuestros y a veces lejos están de ser adecuados. Hay que saber ubicarse.
Estábamos mi novia y yo (ella será protagonista de los capítulos que siguen) y teníamos la clara sensación de ser observados. Sin señales claras, ni siquiera ver algo extraño. Era sentir que adonde íbamos a alguien también le importaba.
Casi dos horas de viaje para estar en Capital sólo tres, en general era así. Visitábamos muchos lugares, para algo me sirvió haber cursado el primario tan lejos, al fin. Conocía bastante Capital. En uno de esos viajes fuimos a un bar, Corrientes casi nueve de julio, aun lo recuerdo. Entramos y pedimos para tomar. Y de nuevo la sensación de vigilancia. Mi novia y yo nos mirábamos pensando ya que estábamos locos. Decidí darme vuelta y mirar directamente mesa por mesa sin disimular nada.
Mi novia de izquierda a derecha, yo de derecha a izquierda. Gente de mayor edad que nosotros (teníamos cerca de 20 años en ese momento), nada extraño. Pero en diagonal a nuestra mesa, bien en el extremo de la sala, una mujer de costado, no de frente a nosotros. La miré. Pelo atado, camisa algo arrugada y grande, una carpeta y cartera arriba de la mesa, anteojos negros algo chicos.
Me salió del alma: dije “Ay, no”…y mi novia buscó adonde yo miraba y dejé que la nombrara ella: “Morena”.
Estaba más sorprendido que molesto, y mi novia sentía exactamente lo contrario.
Me levanté para ir a la mesa. Cinco eternos segundos, quizás diez. Bullicio de bar, yo no sabía qué iba a decir más allá de mi cara de indignación. Llegué y no me miró a los ojos. Apoyé la mano en la mesa y dije “buenas tardes”. Como no respondía le dije que no la entendía, que me dejara en paz. Conmigo podía meterse pero con mi novia no. Seguía sin decirme una palabra.
Francamente no era aquella que me escribía semanalmente. Aquella aun con intromisiones se metía mucho menos en mis cosas. A la vez sentí pena, reconozco que está mal y en general hace que tenga cierta visión condescendiente y pierda objetividad. Al fin y al cabo era mi amiga, no me salía mandarla al diablo.
Así que apliqué la solución simple. Llamé al mozo, pregunté cuánto era y pagué lo de ella. Le dejé el dinero arriba de la mesa. “Tomá y chau”, le dije. Me di vuelta y enfilé adonde yo estaba. Y con unos metros ya avanzados Morena dice “Te estoy queriendo mal, ¿no?”. Esa frase la escuché de espaldas. Dudé pero no me di vuelta, seguí caminando hacia donde mi novia estaba. Le expliqué. “Ahora que se vaya”, me dijo. Y esperamos eso.
Fue la última vez que la vi hasta un año y medio después, cuando fue por mi cumpleaños a llevarme un regalo antes de irme de viaje de egresados a Bariloche (historia narrada en otro capítulo). Seguimos luego escribiéndonos cada mes o mes y medio, de cualquier cosa menos de este hecho. Actualmente nada sé de ella. Habrá seguido su camino, repleto de contratiempos, de los que sólo Morena sabrá la forma de salir.
Soy un convencido, hay cariños que matan. Queriéndome me hizo sufrir bastante, quizás en la vereda de enfrente hubiera sido más leal. Pero el cariño le otorgó impunidad. En aquel momento, haciendo de Sherlock, y hoy, que sin saber nada de ella hace años, elijo qué palabras usar para no herirla.
Ella no sé si hoy haría eso para conmigo.
Acotación al margen: Si algo duele, molesta, apena, no hay que esperar “el momento” para decirlo, Cuando lo sientan, exprésenlo. Si no, un entripado puede ser eterno.
Siempre hay solución, hay que acertar los modos. Aunque en mi caso la solución se haya llevado 12 años de mi vida.
Estábamos mi novia y yo (ella será protagonista de los capítulos que siguen) y teníamos la clara sensación de ser observados. Sin señales claras, ni siquiera ver algo extraño. Era sentir que adonde íbamos a alguien también le importaba.
Casi dos horas de viaje para estar en Capital sólo tres, en general era así. Visitábamos muchos lugares, para algo me sirvió haber cursado el primario tan lejos, al fin. Conocía bastante Capital. En uno de esos viajes fuimos a un bar, Corrientes casi nueve de julio, aun lo recuerdo. Entramos y pedimos para tomar. Y de nuevo la sensación de vigilancia. Mi novia y yo nos mirábamos pensando ya que estábamos locos. Decidí darme vuelta y mirar directamente mesa por mesa sin disimular nada.
Mi novia de izquierda a derecha, yo de derecha a izquierda. Gente de mayor edad que nosotros (teníamos cerca de 20 años en ese momento), nada extraño. Pero en diagonal a nuestra mesa, bien en el extremo de la sala, una mujer de costado, no de frente a nosotros. La miré. Pelo atado, camisa algo arrugada y grande, una carpeta y cartera arriba de la mesa, anteojos negros algo chicos.
Me salió del alma: dije “Ay, no”…y mi novia buscó adonde yo miraba y dejé que la nombrara ella: “Morena”.
Estaba más sorprendido que molesto, y mi novia sentía exactamente lo contrario.
Me levanté para ir a la mesa. Cinco eternos segundos, quizás diez. Bullicio de bar, yo no sabía qué iba a decir más allá de mi cara de indignación. Llegué y no me miró a los ojos. Apoyé la mano en la mesa y dije “buenas tardes”. Como no respondía le dije que no la entendía, que me dejara en paz. Conmigo podía meterse pero con mi novia no. Seguía sin decirme una palabra.
Francamente no era aquella que me escribía semanalmente. Aquella aun con intromisiones se metía mucho menos en mis cosas. A la vez sentí pena, reconozco que está mal y en general hace que tenga cierta visión condescendiente y pierda objetividad. Al fin y al cabo era mi amiga, no me salía mandarla al diablo.
Así que apliqué la solución simple. Llamé al mozo, pregunté cuánto era y pagué lo de ella. Le dejé el dinero arriba de la mesa. “Tomá y chau”, le dije. Me di vuelta y enfilé adonde yo estaba. Y con unos metros ya avanzados Morena dice “Te estoy queriendo mal, ¿no?”. Esa frase la escuché de espaldas. Dudé pero no me di vuelta, seguí caminando hacia donde mi novia estaba. Le expliqué. “Ahora que se vaya”, me dijo. Y esperamos eso.
Fue la última vez que la vi hasta un año y medio después, cuando fue por mi cumpleaños a llevarme un regalo antes de irme de viaje de egresados a Bariloche (historia narrada en otro capítulo). Seguimos luego escribiéndonos cada mes o mes y medio, de cualquier cosa menos de este hecho. Actualmente nada sé de ella. Habrá seguido su camino, repleto de contratiempos, de los que sólo Morena sabrá la forma de salir.
Soy un convencido, hay cariños que matan. Queriéndome me hizo sufrir bastante, quizás en la vereda de enfrente hubiera sido más leal. Pero el cariño le otorgó impunidad. En aquel momento, haciendo de Sherlock, y hoy, que sin saber nada de ella hace años, elijo qué palabras usar para no herirla.
Ella no sé si hoy haría eso para conmigo.
Acotación al margen: Si algo duele, molesta, apena, no hay que esperar “el momento” para decirlo, Cuando lo sientan, exprésenlo. Si no, un entripado puede ser eterno.
Siempre hay solución, hay que acertar los modos. Aunque en mi caso la solución se haya llevado 12 años de mi vida.
"Noticias de ayer"
1 comentarios sábado, 2 de enero de 2010
Compruebo todos los años reiteraciones de conductas, y no hablo de las personales o familiares cuando el final/comienzo de algo se da. Me refiero a lo externo. Se podrá tomar esto como una amarga queja, pero aquí va la lista de cosas que todos los santos años veo y leo.
Deseos en televisión de personas anónimas. ¡Deseos de salir en televisión!. Imagino una familia reunida para que C5N ponga su foto y debajo "Familia Palmiotti". Sentirán una algarabía indescriptible.
Conductores de programas de radio que saludan en las tandas comerciales. A las tres de la tarde saluda el de las dos de la mañana. Concluyen la mayoría con un "levantemos nuestras copas", pero mi copa nunca está cerca en ese momento.
Nota en televisión sobre el primer bebé del año. Cuando era chico recuerdo discusiones hasta por los segundos de diferencia. Pero ahora para llenar más espacio ponen "el primer bebé de Capital", "el primer bebé de Santa Fé", "Súper bebé de Ushuaia"...
Leer sobre precios de la temporada y del esfuerzo del empresariado por mantener los valores del año anterior. Después se verá que no.
Títulos. "La ciudad vacia" (¿de qué?), "Todos en la ruta", "La Terminal, un infierno" (¡siempre a fin de año lo es!)
Informes especiales reiterados. "Cómo gastar menos en el verano", "Consejos para no excederse en las comidas", "Cuando un hijo quiere veranear sin los padres" o "El alcohol, los chicos y la costa".
En el Periodismo brota cierta idea unificadora. Se cree que todos desearemos lo mismo y la realidad es que se impone. El 24 y el 31 de diciembre a partir de las 22 horas, en televisión todo es música. No porque el público arda en verla, ¡sino que se van a dormir antes los periodistas!.
"Primer turista de 2010". Y allí van todos, Reina del Mar incluída, a buscar al automovilista. Muchos especulan e intentan llegar a la medianoche. Cuando dicen "me agarró año nuevo justo en la ruta", no les creo ni un poquito.
Parte médico del Hospital Santa Lucía con la lista de heridos, en general nenes que deberían ser alejados de los padres primero y luego de la pirotecnia: corren real peligro.
Y la última, que es la que más alergia me da: "Navidad en el mundo". Conductores suplentes que ponen toda su garra para hacer brillar una fiesta en Moscú o en Taiwán, da igual.
¿Habrá un taiwanés que sea espectador en su país de "fin de año en Buenos Aires", por ejemplo?.
¿Se podrá cambiar algo de todo esto?. Forma parte de nosotros, creo que ya no. Ahora los dejo. Le salió positivo el control de alcoholemia a un hombre camino a Las Toninas y ya lo pasaron 100 veces, pero su cara es imperdible...permiso.
Ah, buen 2010. Salud, paz, respirar. Para todos.
Mi amiga y el oso
3 comentarios miércoles, 30 de diciembre de 2009
No revelaremos su nombre, que quede librado a la imaginación esta vez. La historia, la histeria, comienza en la adolescencia, momento complicado de la vida de alguien y en el caso de ella lo era más justamente por el hecho de cumplirle los familiares todos sus caprichos. A veces hacer caso a los pedidos de alguien no es sinónimo de tranquilidad o armonía, y la persona cree tener un poder que ejerce, veremos en este caso de qué modo.
Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.
El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.
Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.
Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.
Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.
Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.
Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.
Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.
Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”
Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.
Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.
Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
Mi amiga vivía decentemente, sin lujos pero sin quejas. Hasta que a mitad de su adolescencia comienza con la faraónica idea de tener su propio lugar, y me refiero a tener un sector aparte de la casa para ella, no sólo una habitación. Me plantea la idea y yo, necesario intermediario porque era el que aportaba calma se supone, le transmití a la madre esta “inquietud”. Ella rascó su cabeza y supe en ese gesto que no significaba un NO. Estaba pensando en cómo, una vez más, hacerle caso en un pedido a su hija.
El terreno era de fondo largo así que la idea invitaba a la realización. La madre sacó un crédito, yo la acompañé. Su cara era de resignación o yo sentí eso cuando la vi firmar esas seis o siete hojas de conformidad. Se contrató gente y manos a la obra. En algo asi como cuatro meses una construcción aparte, que ocupaba todo el ancho del terreno, se había levantado detrás de la ahora “casa principal”. Mi amiga miraba el trabajo tomando mate por la ventana. Todo iba a su ritmo. Con la obra concluida se acercó a inspeccionar detalladamente cómo quedó todo, yo entré detrás.
Techo muy bonito, de teja, que tenía una caída que le daba un aire a chalet era lo primero a la vista. Una puerta en medio y a la izquierda un ventanal. Uno ingresaba y había un gran salón en donde sin paredes se podían ver muchos sectores, lo que hoy sería un loft y que en aquel tiempo era algo poco visto aun. A la izquierda, la única pared divisoria, la de su habitación. No demasiado grande, sí su placard, que llegaba hasta el techo desde el piso. Un baño y una cama con colchón doble.
Pero el loft era más interesante. Una cocina en un extremo, con mesada de color gris y una heladera baja y ancha. Unos esquineros para guardar libros, una mesa rectangular en madera con seis sillas muy bonitas y dos ventanas más chicas que la de la habitación, con cortinas en color crema. En el centro del loft el detalle más llamativo: un bajo nivel, circular, hecho con cemento en donde se hizo el asiento largo y obviamente circular. Desde ahí mi amiga miró la obra y la aprobó con un gesto.
Quedaba más. Su idea era conseguir almohadones circulares para ese espacio y una mesita ratona circular también. El crédito ya era cosa juzgada y no hubo más dinero. Ella puso cara de mala y no le agradó, pero claro, le habían dado el gusto, no había tanto lugar a reproche de su parte. Apareció un televisor y la independencia respecto de la “vieja casa” fue absoluta. Era su refugio soñado.
Yo iba casi todos los días. En general me llamaban para que fuera: la madre por teléfono me decía que su hija se había encerrado en la habitación y pedía por mí. Yo iba, no era cerca de mi casa justamente, y veía la misma situación. Encerrada efectivamente en su cuarto pero con ese ventanal abierto, con lo cual ella podía salir por ahí o yo entrar. El ambiente estaba cargado de capricho, de eso se trataba su comportamiento, al que por cariño apañaba y comprendía aunque a veces me costaba. Se enojaba mucho cuando me iba, quería siempre que me quedara. Decía que había que usar ese loft conmigo y que haría una fiesta. Cuando veía que el discurso venía por ese lado, preparaba mate y le servía, ella encerrada en su cuarto y yo por afuera del ventanal, sirviendo. Asi pasaron muchos días y meses.
Nuevamente la madre al teléfono…escuchaba su voz y temía el pedido, ya. Mi idea era estar un momento, no tenía tiempo, yo estudiaba aunque a veces por mis números no se notara. Un día jueves voy, estaba encerrada. Se había enojado días antes porque yo por enésima vez le dije que me debía ir. Pero esta vez llegué y vi algo extraño. De espaldas, en aquel círculo en medio del loft un oso…gigante. Yo nunca vi un muñeco de tamaño tan grande, algo más de un metro de alto. Estaba sentado.
Me acerco y lo giro. Era blanco y con una especie de chaqueta azul. Tenía anteojos de sol y un cartel colgando. Me fijo el cartel y decía “Gabriel”…no sabía si halagarme u ofenderme ante eso. Toco la puerta y era un ejercicio inútil, ella no abriría. Salgo y por la ventana le pregunto ¿qué es ese oso? ¿Por qué tiene mi nombre?.
Ella baja el volumen de la radio a todo lo que da y me mira. Temí un discurso de 20 minutos pero no, fue contundente. “Ah, si…¿lo viste? Lo conseguí, al menos ése está todos los días…y la verdad ¡con él tengo más diálogo que con vos!”
Yo me hacía el enojado pero daba para la risa, igual fui hasta el círculo de cemento, agarré el oso y le pegué una patada. Ella escuchó el ruido y abrió la puerta. Corrió hacia el oso como si fuera un familiar caído. Si vas a salir, preparo mate, le dije. “Dale”, me dijo. Hice mate y nos sentamos en el círculo de cemento, aun sin almohadones ni mesa.
Amistad rara la nuestra, ¿algún día dejaré de ser bombero?, le dije.
“Dale, cebá”, fue la respuesta.
Los dos tomando mate. El oso sentado en un extremo era testigo.
Acotación al margen: Nunca aconsejo frenar una locura si no se sabe cuanto solucionaremos con eso. Si no se puede arreglar con nuestra intervención, es preferible seguir la corriente esperando mejor momento. Aunque a veces ese momento tarde una eternidad. ¿El oso?: se ensució enseguida, era blanco. Lo puso a lavar y lo rompió el lavarropas.
Morena, cartas y celos
3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009
Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.
Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.
Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.
O eso creí.
Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.
Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.
Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.
Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.
El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.
Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.
Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.
Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.
El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…
Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.
Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
Y hubo distancia.
Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.
Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.
O eso creí.
Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.
Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.
Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.
Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.
El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.
Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.
Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.
Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.
El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…
Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.
Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
Morena entra al salón, y a mi vida
5 comentarios lunes, 28 de diciembre de 2009
Repetir de año es una experiencia francamente olvidable que no se la deseo a nadie. Sobretodo cuando la lección aprendida, lo que no volveremos a hacer y sabiendo que está mal, lo descubrimos al final de nuestros actos, jamás al principio. Con el diario del lunes juzgar acciones es para cualquiera, la cuestión es el exacto momento de una decisión. Ahí es sólo uno y su circunstancia.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
La chica de los apodos
1 comentarios miércoles, 23 de diciembre de 2009
Creo en el orden cósmico sin lugar a dudas, entendido como algo que escapa a nuestra realización y que por si, busca que todas las piezas encajen perfectamente. Las piezas en general somos nosotros y los motivos también son sagradamente nuestros.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
Madre de pantalones puestos
3 comentarios martes, 22 de diciembre de 2009Hubo claramente un hecho que dividió las aguas, marcó un antes y después respecto del rol de mi madre para conmigo. No necesitó decirme palabras de discursos largos, la realidad dictaba sola su sentencia.
Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.
Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.
Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.
Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.
El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.
Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.
Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.
Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.
Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.
Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.
Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.
Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.
Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.
Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.
Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.
Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.
Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.
Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.
Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.
Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.
Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.
Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.
El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.
Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.
Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.
Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.
Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.
Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.
Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.
Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.
Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.
Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.
Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.
Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.
Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.
Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.
Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
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