Morena, cartas y celos
3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009
Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.
Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.
Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.
O eso creí.
Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.
Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.
Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.
Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.
El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.
Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.
Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.
Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.
El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…
Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.
Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
Y hubo distancia.
Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.
Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.
O eso creí.
Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.
Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.
Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.
Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.
El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.
Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.
Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.
Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.
El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…
Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.
Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
Morena entra al salón, y a mi vida
5 comentarios lunes, 28 de diciembre de 2009
Repetir de año es una experiencia francamente olvidable que no se la deseo a nadie. Sobretodo cuando la lección aprendida, lo que no volveremos a hacer y sabiendo que está mal, lo descubrimos al final de nuestros actos, jamás al principio. Con el diario del lunes juzgar acciones es para cualquiera, la cuestión es el exacto momento de una decisión. Ahí es sólo uno y su circunstancia.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
Supongo que esto ocurre también con la amistad. Hay una génesis, un momento en el que decidimos ser amigo de alguien sin explicarnos nada y sólo sintiendo. Así debe ser. Uniendo los dos temas podría decirse que lo bueno de repetir es que me permitió el tener amigos.
Pero Morena es un caso especial. Y creo que me quedo corto.
La historia comienza como tantas otras. Un amigo en su primer día de clases le surgió subrayar un título de tres palabras. ¿Quién puede llevar una regla en el primer día de clases?. ¿Para subrayar qué?. Me preguntó a mí y no tenía, con lo cual empecé con la mirada a descubrir alguna regla en las carpetas flamantes de otros, era el primer día.
Una chica conversaba de espaldas a mi con otra, y de su carpeta Pagsa tamaño 3 (los sub-35 sabrán de lo que hablo) sobresalía una enorme regla, casi una invitación a pedirla. Y eso hice.
Morena, de quien luego supe su nombre me miró y yo creo que de allí nada fue lo mismo. Pero claro: uno lo descubre luego y no en ese momento.
Con el tiempo si bien no era amiga ni tampoco me gustaba, no dejaba de llamarme la atención. Pasó un año y a raíz de una pelea por terceros dejó de hablarme. Se acercaba su cumpleaños de 15 y veía que a la mayoría invitaba menos a mí. Faltando un día nos juntamos todos (en esas reuniones que se arman sin objetivo claro) y me invita a su fiesta. Era al otro día, hacía mucho frío.
Mi madre con un pullóver tejido a la mitad empieza la tarea de terminarlo a tiempo. Se queda toda la noche tejiendo, le pone unos botones que no eran los planeados, de mangas algo largas, me sentía un maniquí disfrazado pero, campera arriba puesta para combatir el frío, salí.
Me encontré en la puerta con dos compañeros más. Entramos diciendo nuestros nombres y ante el mío la persona revisa un papel mientras envía a mis compañeros a una mesa. Yo me quedo y se acerca un hombre que me da la mano y me dice que es el padre. Lo saludo con respeto pero sin afecto, no lo conocía. Me señala una mesa, central, y dice que ahí me quede. El hombre que me recibió y el padre de ella se van y yo enfilo para la mesa vacía de gente.
Por diez minutos toda mi actividad fue golpear con la uña un extremo del plato, repasando 100 veces ese mantel exactamente con el largo para tapar los caballetes. Se fue llenando de personas el lugar y aparecieron varios compañeros a los que me acercaba a saludar a la otra mesa. En donde yo estaba había siete sillas contando la mía. Tres personas me saludan y ocupan sus lugares hablando entre ellos y no conmigo.
El salón casi lleno, música confundida entre las voces de la gente. Se apagan las luces e ingresa Morena del brazo del padre con “murmullo descuidado”, de “Wham!” de fondo (sub-35 vuelven a entenderme). Alguno podrá no creerme, pero ahí y sólo ahí comprobé en que estaba en la mesa central, y por un minuto pasé de tener frío a tener calor. Y mucho. Se acerca y la saludo. Me da la mano y la cierra, arriba de la mía, sólo me mira y no me dice nada. Nos sentamos todos. Dije para mis adentros: si la única persona que conozco (y más o menos) sólo me mirará sin hablarme, me voy a aburrir mucho.
La madre y el hermano me parecieron muy amables y fueron con los que más hablé. El primer plato lo comí, el segundo lo miré. Vino el postre a la mesa y también a la fiesta: el vals. Nos ponemos de pie y yo hago un respetuoso paso atrás dejando a la familia como protagonista. Pero Morena me busca y me extiende su brazo.
Yo la miré ordenándole que no lo hiciera, pero tengo evidentemente una mirada débil: insistió.
Vi en una película, siendo chico, cómo un elegante hombre bailando el vals pisaba el vestido de la mujer y originaba poco menos que la tercera guerra mundial, era una comedia. Recordando eso giraba tan lentamente mirando mis pies y no a la cara que me apretó la mano para que dejara de hacer eso. La miré a los ojos y vi en ella un montón de cosas, infinitas. Me ví reflejado también, en esos ojos negros clavados en mi.
Le dije lo primero que se me ocurrió: “vos sí que me la hacés difícil”.
Y ella, bailando y llevándome a su ritmo me dijo: “vos de mi no te vas a olvidar”.
Tenía razón. Por doce años fue así. Y esto es sólo el comienzo.
Acotación al margen: Tanto frío tuve que durante toda la fiesta jamás me saqué la campera y el pullóver nadie lo vio. Bailé el vals con la campera puesta. Mi madre nunca supo esto, cree que todos elogiaron su obra. No lo usé más.
La chica de los apodos
1 comentarios miércoles, 23 de diciembre de 2009
Creo en el orden cósmico sin lugar a dudas, entendido como algo que escapa a nuestra realización y que por si, busca que todas las piezas encajen perfectamente. Las piezas en general somos nosotros y los motivos también son sagradamente nuestros.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
Madre de pantalones puestos
3 comentarios martes, 22 de diciembre de 2009Hubo claramente un hecho que dividió las aguas, marcó un antes y después respecto del rol de mi madre para conmigo. No necesitó decirme palabras de discursos largos, la realidad dictaba sola su sentencia.
Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.
Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.
Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.
Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.
El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.
Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.
Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.
Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.
Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.
Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.
Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.
Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.
Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.
Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.
Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.
Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.
Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.
Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.
Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
Febrero de 1988, era jueves y llovía. Salía yo de rendir (mal) alguna de las ocho materias que me había llevado en ese primer año de secundaria. Técnicamente estaba repetido. Caminábamos los dos bajo un mismo paraguas, de color gris tipo sombrilla, y había tanta humedad que los mosquitos se metían bajo el paraguas abierto y eran una molestia que aun hoy recuerdo. Llegando a la esquina de mi casa se detiene y me mira.
Y dijo “Bueno, hasta acá llegué, no te puedo ayudar más, ahora es cosa tuya”. Y la verdadera dimensión de esas palabras las sentí al tiempo, cuando realmente todo pasaba a estar regido por lo bueno o malo que hiciera, sin pensar en su colaboración. Fui a otro colegio de otra localidad en donde nuevamente repetí primer año.
Por buena conducta decidieron darme una nueva oportunidad, que no desaproveché. Todo el año fue recortar la carpeta del anterior y pegar la tarea en las nuevas hojas, así que lo pude lograr y de ahí seguir, tuve muchas ganas de no transitar el camino del estudio, me costaba muchísimo. Y seguramente ese acto de soltar la mano que implicaba su ayuda frente a mis problemas me terminó de impulsar.
Pero antes no era así. Antes el huracán de un metro cincuenta y cinco era complicado de sobrellevar. Era una verdadera cazadora de injusticias para con su hijo, no lo podría jamás negar. Mi padre y su partida de este mundo de repente la obligaron a empezar aquello que había dejado, que era ponerse al frente de todo y con trabajo de 8 horas.
Pasó de ama de casa a madre y a partir de ahí, también empleada.
Se puso los pantalones y fue madre y padre.
El C.O.N.I.C.E.T. (donde mi padre trabajaba) le ofreció el escalón más bajo de su organigrama y ella aceptó. Era en Capital Federal así que se buscó un colegio cercano para que pudiera estar no tan lejos de su trabajo, tenía yo 4 años. Y fue ahí donde apareció el Instituto Don Orione. A través de la gestión del propio C.O.N.I.C.E.T. se consiguió una vacante con el año comenzado. Eso fue como una espada que me colgó en todo mi ciclo primario, sentí que pagué a diario cierto derecho de piso por esa acción, sin yo tener la culpa. Era una sensación y era un hecho.
Ya hablé del karma que significa la introversión. Uno es receptor de ciertas cargas del otro y no sabe resolver eso, tiende a aislarse más y no ser sociable. La manera de mi madre en hacer que eso no ocurriera era seguramente su aparición permanente en dirección, en donde ya la conocían bastante. Recuerdo en tercer grado entrar junto a ella, estar la puerta de la dirección abierta y a la Hermana directora agacharse cuando la ve y ponerse de espaldas, como quien no quiere ni mirarla para no empezar un diálogo. Imponía respeto el metro cincuenta y cinco de madre que me tocó en suerte.
Sus gritos ante los boletines con variados colores de tinta (predominando el rojo…mucho rojo) la hacían ir seguido y yo no dudo que me ha salvado de haber repetido tercero, quinto y sexto, que por diferentes causas fueron familiarmente también años complicados. Una vez no estuvo de acuerdo en la puntuación ante cada materia y firmó en todos los renglones con un asterisco, que abajo decía “en disconformidad”. Asi que cuando llevaba el boletín al otro día sabía que las monjas verían no muy felices tanto asterisco. Reuniones de las autoridades con ella no eran nada extraño. Sin dudas una protección ante el mundo, mi realidad que me costaba encontrar.
Viajábamos en tren hasta mi casa durante una hora y media, a la mañana y a la tarde. Nos levantábamos 4 40 de la mañana, salíamos a las 5 50 con la clara intención de tomar el tren, intención que a veces no coincidía con los tiempos estatales de la empresa, y nos dejaba de a pie. En general debía faltar al colegio si ocurría eso, porque ir en colectivo podía ser posible, pero el tema era la vuelta, se complicaba.
Encima en cuarto grado, cuando Marcela Metejón hizo su aparición, no tuve mejor idea que ir al coro, que ensayaba los sábados…así que de lunes a sábados iba hasta Capital. Mientras yo estaba en el coro ella se sentaba a fumar en Plaza Congreso, o se iba al cine Gaumont a ver alguna película.
Fumar y pensar, apoyada su espalda contra la mesada de metal de la cocina, es una imagen, fija, en mi mente de chico. Ella estaba ahí y a la vez no…el humo saliendo de su boca y su mirada clavada en la nada es el sello de toda una etapa.
Aprendí observándola ciertas formas de solucionar en el mientras tanto algunas cosas, ingenio del que decide rápidamente y bien.
Debíamos una vez bajarnos para un trámite en la estación Ramos Mejía, mitad de camino hasta Capital, y no había manera en ese mar de gente compacta que la empresa llama usuarios. Las puertas se abrieron y no podíamos avanzar hacia la salida, hasta que levanta su cabeza y grita “a ver si nos dejan pasar que este chico se siente mal y quiere vomitar”…se abrió una canaleta de repente, un verdadero pasillo humano en donde, hasta cómodos, llegamos a la puerta. Ese tipo de salidas me causaban mucha gracia y también admiración, era solucionar rápidamente una circunstancia.
Seguramente no retribuí con buenos puntajes en mis materias aquellos actos de amor de su parte, más bien todo lo contrario. Dos veces la vi llorar amargamente. Y las dos fueron en el andén de la estación de trenes de Once. En una, no le alcanzaba lo que ganaba para pagar la cuota del colegio. Y en la otra, me había sacado un cero en matemática, en segundo grado. La angustia de esa mujer era tan fuerte que me daba hasta pena mirarla, además yo no sentía pena por mi suerte, vivía normalmente que me fuera mal en el estudio.
Vivíamos lejos de casi todo, o en realidad los demás vivían lejos de nuestra casa, como se prefiera ver. Asi que tenemos muchos viajes hechos a todos lados, travesías de tren y colectivo rumbo a varios lugares, cuando el remis era sólo un auto que acompañaba a los cortejos fúnebres. Eso hizo que entre sus maneras, tan histriónicas, y mi silencio casi absoluto, se hiciera buena química necesaria.
Hubo un intento en torcer nuestro viajado destino, pero duró poco. Se compró un Fitito color verde, en donde salimos un par de veces a la casa de mis abuelos. Pero no tenía pericia con el auto. Incluso ya sacarlo marcha atrás se complicaba, y la vecina de enfrente debía hacerlo.
Manejaba lentamente, lo cual no era comprendido por la sociedad, que la chocaba de atrás en general, por lo menos tres veces seguro hubo choques hacia ella. El acto final fue romper el cerco de mi casa con una mala maniobra, y ya no quiso más. Cierta aversión a los autos me debe nacer de ahí.
Teníamos auto y así podíamos ir a distintos lugares. Para ver algo de Disney debía hacer 30 kilómetros hasta el único cine que pasaba películas de esa marca, el cine Los Ángeles. También me llevaba de chico a ver espectáculos de títeres, infantiles cantados. Eran lindos momentos en donde la malla de protección anti problemas, que su presencia significaba, funcionaba de maravillas.
Luego la vida nos lleva hacia otras necesidades y tiempos. Acomodarnos, ambos, a otra realidad que no sea el rol definido de cada uno durante años no fue fácil. Iba ella a registrar la firma en el colegio secundario una vez al año y preguntaba a todo el mundo si yo iba, siempre lo dudó….los nuevos tiempos nos hicieron lentamente ubicarnos de otra manera frente a la vida. Ahora ya no la embarco en ciertas cuestiones solucionables individualmente.
Quiso el destino que viva ahora a ocho cuadras de aquel colegio que tan lejano me quedaba. Y me pongo en el lugar de ella, si yo lo haría mejor que lo que le ha salido el criarme. Y supongo que no. Ese es su capital, de lo que realmente se debería sentir orgullosa. Algo quedó y algo dejó y deja.
Sigue usando pantalones largos y sigue siendo madre y padre.
Y un día Carmen volvió (a hablarme)
3 comentarios lunes, 21 de diciembre de 2009El reloj sonó puntual aunque para ser sincero ya estaba con un ojo abierto esperando el momento, igual lo lamenté: es muy feo hacerle caso a un despertador. Me levanto siempre temprano, aunque ése fue un sábado diferente. Por empezar, me juramenté nada de lágrimas y menos frente a la protagonista. Le quería evitar mi mar de llanto, justo a ella que vive cerca del río.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Evité preguntar aquello que ya sabía: las razones de su enojo (ver “La des-aparición”)…no las conoce ni recuerda. Yo menos. Los dos años y medio de silencio en la primaria de su parte quedarán como el crimen perfecto de mi infancia, no lo sabré jamás. Tampoco fui a eso, quería sentirla, lo necesitaba. No soy demostrativo e intentaba serlo, habrá visto una extraña combinación de ambas.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
No es el fin de la saga, es una continuación de aquí en más de nuestra saga de vida, tenía que ser ahora y no en otro momento, como escribiste.
Ahora no te enojes más o en tal caso hablalo conmigo antes de actuar, ¿vio?.
¡Estoy llorando de nuevo! Ahora ya de grande. Gracias por volver a darme la mano y entrar ya no en el jardín, sino a tu vida, otra vez.
Capítulo cinco: La defensora del apellido
1 comentarios lunes, 14 de diciembre de 2009Mi familia tiene claramente dos estilos bien marcados, que los definen frente a otros. Por parte de mi madre son en su mayoría abiertos, habladores, simpáticos, demostrativos y de gestos y acciones que no pasan de largo ante una situación.
Por parte de mi padre la cosa cambia totalmente. Reconcentrados, serios hasta lo exasperante, nada demostrativos, callados y muy afectos a las miradas y guiños que da el cuerpo a partir de actitudes, se sabía cuándo alguien estaba o no enojado, era claro. Mi abuela Juana, la madre de mi padre, encarnaba perfectamente ese papel.
Entre esos dos mares navegué yo. Nada mejor entonces que saber nadar, y eso creyó oportuno mi abuela Juana que aprendiera de chico. Mar del Plata era el punto de inicio de mis vacaciones, en general apenas terminadas las clases del colegio religioso. Los primeros recuerdos de mi abuela en mi mente tienen que ver con el Centro de Educación Física número 1 y su pileta cubierta en la rambla. Cómo me miraba nadar, o intentar hacerlo, cuando mis pies no tocaban bajo ningún concepto el fondo de la pileta y me sentía un caldo en cubito fuera de la caja, inútil.
Recuerdo cumplir, cumplir a rajatabla sin chistar, no había segunda opinión. En general estábamos solos y alguna de mis tías se sumaban cinco o seis días en un mes, pero casi siempre con mi abuela, los dos. Me daba la mano como contención más que por cariño, era una mano tendida que no me dejaba solo en la calle, el afecto era estar ahí, disponer del tiempo para conmigo, llenarme de actividades físicas hasta casi desear que empiecen las clases, eran realmente muchas (Fútbol, básquet, patín, la nombrada natación). En medio de todo yo disfrutaba, me las rebuscaba, soy de mirar lo positivo hasta de mi imagen en un espejo roto, diría un amigo. Y fui muy feliz con ella, y ella feliz de saberse necesaria.
Íbamos de vacaciones en tren hasta Mar del Plata, una linda travesía de varias horas pero que disfrutaba sentado, acostumbrado a viajar mal y parado. En una oportunidad mi tía nos despedía porque nos estábamos yendo, y mi madre no llegaba, debía ir a saludarme. Yo estaba muy triste por eso, tendría ocho años, pensaba que algo malo le había pasado. El tren se ponía en marcha en Constitución con esa eterna bocina de la locomotora.
Saludo a mi tía con la mano y asomado a la puerta del vagón, esperaba que mi madre apareciera. Y como si fuera una película de Campanella, con el vagón en marcha aparece corriendo mi madre con una velocidad que le desconocía hasta allí, y me alcanza a saludar tirando un beso. ¡Y tirando una campera blanca, también! Que atajé con buenos reflejos. La escena era entre cómica y muy angustiante a la vez.
Me puse a llorar amargamente. Y mi abuela, muy práctica, muy frontal y siempre de voz segura, me mira y me dice “¿Por qué llorás, si siempre la ves todos los días?”.
Mi abuela y su sentido práctico. De algún lado evidentemente salgo.
Juana, y sus hijas (mis tías) vivían en San Isidro, lugar bastante tranquilo hace 30 años, las cosas van cambiando. Un barrio silencioso acorde a la familia. Una vez al mes pasaba a buscarme por el colegio y me quedaba un fin de semana en su casa y el lunes una de mis tías me llevaba al colegio en su Citroen rojo (llegar en auto era una extraña sensación, sin tren y colectivo de por medio).
En general los últimos viernes de cada mes pasaba mi abuela a buscarme. Sostuvo el pago de la cuota del colegio por mucho tiempo, jamás sabré por cuánto. Pero la maniobra que tanto mi madre como ella hacían era bastante clara, hasta para un chico de ocho o nueve años: mi abuela me pasaba a buscar y a las 17 íbamos al café “De los angelitos”, té para ella, gaseosa para mi. Llegaba mi madre y ambas se iban al baño. Seguramente allí mi abuela le daría el dinero a mi madre y luego ambas salían del baño y mi madre enfilaba para la puerta. “¿Adónde va mamá?”, preguntaba yo. “Se olvidó algo en la oficina, ahora vuelve”, decía mi abuela.
Lo que en realidad hacía mi madre era ir hasta el colegio (que la esperaba aun abierto) para que pueda pagar la cuota mensual. No recuerdo cuántas veces se repitió esta maniobra, o si hubo otras de las que no me percaté, pero de esa contención que renglones arriba hablé, tiene que ver con estas cosas. Hacer dentro de todo sencillo un transitar, excede lo monetario, era su forma de estar presente, a disposición sin que se lo pidan, eso valoro por sobre todo de mi abuela e intento aplicar para con el otro.
Quizás por eso no desafié su autoridad, porque me sentía protegido. Así la acompañé en las cuestiones más curiosas. Me llevaba a la playa entre las 7 30 y las 11 horas de la mañana, luego de esa hora, decía, el sol hacia mal. Luego a la tarde, pasadas las 18. Fue fanática del Yoga, practicarlo a mi me ponía de buen humor y me relajaba. Además el centro Yogananda marplatense, de personas descalzas siempre y casi todos vestidos de naranja, me resultaba muy simpático. La música la solía llevar ella. Era un casete TDK cuya cinta patinaba bastante con música de la que llamaríamos hoy incidental, a modo de relajación. Y era efectiva.
También la recuerdo escribiendo cartas a sus hijas y a mi mamá, también la recuerdo cansada, mirando perdida en sus pensamientos un punto de la mesa, ausente de ahí. También resoplar y siempre caminar más rápido que yo dando el doble de pasos. Dándome los gustos, pero haciendo que me sienta agradecido de que sea así.
La extraño al pensar que en aquel lado de mi familia ya no quedan demasiados familiares, sólo yo. Supongo que cuando tenga un hijo también me gustaría verlo en una pileta, a ver qué tan capaz es de tocar el fondo y seguir respirando sin ahogarse. Eso es salir a flote. De todo, supongo. De la vida.
Capítulo 3: Mujeres de guardapolvo blanco
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En la mente de algunas personas se asocia una sola anécdota o comentario para poder lograr la descripción de alguien, lo que vuelve querible o no un recuerdo. Una característica, una virtud, o un defecto. Buscamos etiquetar como presentación mental del recuerdo, y detrás la persona y lo que era en realidad.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
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