Lo que hay detrás de la puerta: el trabajo es un libro de quejas

1 comentarios jueves, 12 de noviembre de 2009

Para el recién egresado de una Facultad el primer día de trabajo en aquello que estudió durante años es de temer, porque se puede encontrar en un ambiente desconcertante: al fin las cosas no eran como se habían soñado y lejos estará el clima de espíritu de grupo que alguna vez disfrutó. Y así como se fijan en cada uno de nosotros durante la infancia las cuestiones básicas de la personalidad, el primer día trabajado casi define una postura de allí en más frente a lo que se viene.

Uno sabe lo que hace en tanto su cerebro esté despejado de presiones que no lo sorprendan, pero cuando todo es nuevo hay que ejercer la tolerancia. No todo es como uno lo imagina y en un trabajo se acatan órdenes. Si son de las impuestas o las de sentido común, se sabrá al tiempo de estar adaptado al lugar.

En mi caso particular el primer día de clases en la Universidad busqué a alguien que estuviera tanto o más desesperado que yo, porque no entendía nada. Y lo encontré en alguien que desde aquel momento es mi amigo. Cuando se ingresa a un trabajo en cambio, se buscan aliados. O al menos alguien que perciba nuestros nervios, pero entendiéndolos.

Desde ya que se pueden dar grandes amistades en el ámbito laboral, aunque la competencia lleve a razonar al corazón: antes que amigos, primero son compañeros de trabajo. Y eso hasta que uno pretenda hacer mejor las cosas que el otro, momento en que las “cuestiones de piel” hagan o no seguir a los preparados.
Los tipos de trabajos definen personalidades. Hay ocupaciones en las que se está solo ante cualquier decisión porque hacer específicamente eso es lo que se espera de nosotros. En otros trabajos, seis o siete personas hacen lo mismo, dentro de una misma sección y en general con los mismos sueldos. Destacarse en esas condiciones es construir lentamente, pero se logra.

Todas las sensaciones son conocidas y a la vez en cada uno, muy particulares. Al tercer día de trabajo ya uno no recuerda qué le gustó y qué no, simplemente lo hace. “A mi en la Facultad esto me lo enseñaron de otra forma” es un clásico en los primeros tiempos.
El correr de las situaciones, los retos (los que son desafíos y los que son correctivos), el aprender a partir del ensayo y error, el sueldo que se hace agua en las manos mes a mes. A todo eso le llaman experiencia y otros, simple rutina.

No todos reaccionan igual ante algo determinado. Mientras, pasa el tiempo.
¿Cómo era, Darwin?. El medio condiciona al hombre, ¿no?.
Al menos en el primer trabajo, sí, tenías razón.


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Lo que hay detrás de la puerta: mirame!! yo lo hago mejor

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Ante un mismo trabajo y con iguales responsabilidades y tareas, el futuro directamente no lo imaginamos para sentirnos mejor, o a lo sumo veremos que será semejante al de quienes nos rodean. Imaginemos a los que trabajan en los ahora llamados call – center, una nueva “salida laboral” propia de la mano de obra barata que lamentablemente representan los que quieren tener el primer trabajo. El porvenir es tan acotado y asfixiante como los cubículos desde donde atienden llamados de España o Estados Unidos.

Las universidades no tienen la tarea de “entregar” a la sociedad alumnos que no puedan destacarse en lo suyo. Si bien la estabilidad monetaria despertó a ciertos rubros y a profesiones alicaídas, las oportunidades laborales no parecen salir de aquellas con las que alguien puede “bancarse” los estudios hasta llegar al final de su carrera.
Luego de terminarla, el trabajo que se consiguió continúa: esta vez, para mantenernos todos los días. El esfuerzo por ser mejor cuando se estudia, parece no prosperar afuera de las aulas.

Un buen aprendizaje es el saber que la igualdad de oportunidades le cabe a los que se prepararon y a los que no. Y que se esté o no de acuerdo, la sociedad pide y da moviéndose dentro de estos preceptos.
Lo que nos diferencia respecto de otros es nuestra preparación. Que es mucho más que un elevado número en el analítico final como promedio: significa poder resolver situaciones y aplicar lo que sabemos en lo que entendemos.

Por supuesto que los que egresan siempre estarán de un mismo lado del mostrador, y esperando que alguien se apiade de un currículum con más ganas que antecedentes. La especialización es una solución moderna o al menos, que está de moda. Poder enfocarse en una actividad dentro de lo que estudiamos y desde allí hacer carrera. Apostar a las propias fuerzas y encontrar quien reconozca eso. Nada menos.

Párrafo final para la búsqueda de ejemplos. Llamado a la solidaridad: si usted conoce un ejemplo a seguir en su profesión, alguien a quien usted admire y crea que su constancia y dedicación explican su buen presente, se ruega aferrarse a él. Lo que en Política podría denominarse apatía o crisis de representatividad, también lo sufren quienes recién salen de la universidad y buscan su futuro. En general pensamos que “si uno es vivo” (en tanto llegar con malas artes, pero rápido), hace las cosas bien.

Pero, si las carreras que elegimos se parecieran a un campo listo para cosechar, cada paso que damos significa sembrar algo que al que viene detrás le servirá. Lo que quiere decir que en tiempos de sequía, uno debe tratar de formar un buen ejemplo a partir de sus propias acciones. Y mientras, esperar que el jefe sepa que como nosotros no va a encontrar a otro empleado en ningún lado. Todo llega.



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Lo que hay detrás de la puerta: la vocación y la formación

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Nuestra vocación tiene que ver con aquello que nosotros elegimos ser (y hacer) en un momento de la vida, y de allí hacia adelante. Separamos aquí la educación básica y general que todos recibimos y que nos prepara antes de nuestra elección, aunque hoy las escuelas medias cuenten con una orientación que de alguna manera puede ayudar al estudiante a decidir.

Superado el momento de la elección, llega el turno de la formación. En este rubro, y es materia opinable, el paso hacia los estudios terciarios universitarios resulta cada vez más una cuestión de buena suerte en la carrera y Facultad elegida. Porque el que quiere saber puede averiguar, pero tanto vale eso como el poder asesorarse debidamente. Y la impresión es que aun no se encuentra cómo hacer no frustrar en el intento a aquellos que no tienen la suerte de elegir bien. O que lo dado en las materias en realidad no cubre con sus expectativas.

Entonces con la vocación y la elección definidas, quizás en la formación radique el problema. Qué cosa y de qué manera se llega al que estudia. Algún lector de estas palabras puede ser un ejemplo del tema: hay muchas personas que se recibieron de cosas que, o nunca ejercerán, o que el mandato familiar los llevó a realizar. También todo es cuestión de confiar en la propia meta de uno, y de saber que cuando elegimos lo hacemos pensando en nosotros y en nuestras posibilidades.

La formación, cuando es directamente relacionada con una rápida salida laboral.
Obstáculo insalvable y determinante en nuestra realidad. Cantidad y calidad en general no van de la mano, y más para trabajos en donde se destaca la puntual tarea, la específica. Si bien se buscan matriceros, fabricantes de insumos o torneros, donde escasean personas son en las carreras más técnicas, centradas en un rol y dependientes de un buen conocimiento.
Para esto hay que invertir, pero en uno: nada se soluciona sin tiempo, hay que estudiar y ser pacientes. El tema es que no se cuenta con esa paciencia.

Llegamos por fin a la disyuntiva. Si se estudia para comer a futuro, o se estudia para comer ya mismo. El análisis social de porqué se llega esto corresponde a especialistas, pero de algo estoy seguro: algunas veces la felicidad no entra en ninguna de estas dos opciones. La disposición, el ánimo, para encarar un proyecto aun es propiedad de nosotros y no de las circunstancias.
Ojalá en todos los futuros estudiantes vocación, formación y ánimo sean las armas para destacarse y poder estar orgullosos de saber… que saben.


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Lo que hay detrás de la puerta: la cima y la sima

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Algunos saben lo que realmente se siente cuando se llega bien alto o se cae en lo más bajo. Y digo algunos, porque en muchos casos la vida de los hombres (genéricamente hablando) transita por un cierto carril de tranquilidad todo el tiempo. Algo así como ir en auto por una autopista de eterna velocidad mínima.

Pero como la subjetividad brota siempre por todas partes, a mares, cada persona que lee estas líneas sabrá en qué casillero su vida transcurre. Las buenas y malas tendrán forma de racha, de designio familiar, de saber aprovechar su momento.
Todo lo que nos ocurre no sería de tal manera si no tuviéramos conocimientos adquiridos. Por eso se dice que a alguien puede irle mejor en la vida en tanto su preparación estudiantil sea mayor.
De afrontar un futuro laboral en sociedad, hablamos.

¿Esto significa que cuando se estudia mucho y bien se es mejor?. No parece, si nos detenemos a ver las acciones lamentables de verdaderos profesionales. Llegar a la cima (1) es otra cosa: si hablamos de sentirnos bien, cualquier circunstancia vale para permitirnos sentir “que llegamos” a algo. Y los conocimientos fueron las herramientas para alcanzarlo, pero no pueden explicar nuestra felicidad. ¿Uno es feliz porque sabe, o porque puede demostrar lo que sabe en algún momento?.

Un celestial coro de voces sostendrá “Entonces, para saber si somos felices, hay que empezar a trabajar. ¿y quién me da la chance?”. Obviamente no le podemos buscar el más mínimo sentimiento a una página de avisos clasificados. El que da la primera oportunidad en general nos tiene a prueba un poco, en todo sentido. Nuestro primer jefe tendrá otras urgencias, básicamente no caer en la “otra” sima (2), un poco más oscura y menos poética.

En medio y como siempre, los egresados. Si alguien piensa que sentirse bien es solamente tener un trabajo tiene razón a medias, aunque el sentido común ya nos avisó que lejos están de ser sinónimos, ciertas veces. Nadie parece que puede ser feliz cinco minutos antes de su propio tiempo.
La primera oportunidad de demostrar conocimientos y el camino en busca de ser felices, va a llegar porque depende de cada uno.
A velocidad crucero, o en eterna mínima velocidad. La cima espera.

(1) Cima: lo más alto de un monte o árbol. Cúspide.
(2) Sima: cavidad profunda en la tierra. Parónimo de cima.



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Lo que hay detrás de la puerta: la ética de nuestro propio código

1 comentarios miércoles, 11 de noviembre de 2009

Dos fuerzas poderosas, algunas veces reñidas con el sentido común, se hacen presentes una vez que deseamos llevar algo a la práctica. Por un lado aquello que se nos ha inculcado en términos de estudios: primarios, secundarios o universitarios. Por el otro nuestros valores, esos que podemos usar ante cualquier eventualidad como parámetro.

El sano ejercicio de hacer lo que queremos, y porque para eso se ha estudiado, nos lleva en alguna instancia a plantearnos cuándo aplicar o no lo que aprendimos.
Empezamos a redactar con hechos nuestro código de ética.

¿Me sirve lo que estudié como teoría llevada a la práctica?.
¿Uno se destaca frente a otros con idénticos sueños por todos los conocimientos previos, o logrando mirar qué se necesita exactamente de mi?.

De primera impresión, no se duda. La teoría escrita en una hoja se ve muy bien, pero de ahí no se mueve; el ser observador de la realidad en la que estamos inmersos es la respuesta que más contentos deja a todos. De hecho es la fórmula más aplicada en el mundo laboral de hoy en día. “El que sabe sabe, y el que no es jefe” lo resume a la perfección.

Me permito desde esta columna levantar la bandera del equilibrio entre los dos conceptos, al menos para empezar. En nuestro sentido común queda registrado no todo lo que se nos ha enseñado, pero sí los conceptos que creemos que nos sirven.

La realidad nos da la chance de ver si podemos aplicarlos. Y así como hay leyes y normas, la construcción de nuestro propio código de ética tiene su comienzo en el exacto momento en que decimos “No estaba tan mal aquello que me dijeron alguna vez” y saber cuándo es el momento apropiado para usarlo.
A vivir e intentarlo.
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Lo que hay detrás de la puerta: espantando los miedos

1 comentarios martes, 10 de noviembre de 2009

Conseguir un título, de la carrera que sea, nos forma como personas. Y la sensación tan particular de alcanzar el logro se vuelve intransferible: ningún familiar o amigo que invitemos a nuestro acto de entrega de título tendrá la satisfacción del deber cumplido, esa que a los profesionales les recorre las venas.

Todo pasa a tener un gusto a etapa dejada atrás. Y si bien uno construye su futuro con base de buenas intenciones, ciertamente el mundo no es como nosotros decidimos. Nos han otorgado un arma (el conocimiento, de las lícitas y más importantes) como para que lo enfrentemos y no salgamos heridos.
En contraposición, el mundo que uno desea; cuando se empieza la facultad hay tanta seguridad como incertidumbre en nosotros mismos. Queremos saber estando allí, de qué somos capaces. Algunos logran saberlo al instante y otros, recién lo sienten una vez fuera, cuando se requiere de ellos. Como sea, la vida está al alcance de la mano, está ahí: parece un producto en una vidriera.


Hablábamos de buenas intenciones. Las nuestras sin dudas lo son. Pero deben adaptarse a lo que surja. Un esquemático pensamiento me llevará a creer que una vez que traspase la puerta de vidrio azulado de la Universidad, las opciones laborales surgirán como hojas nuevas en primavera. Allí y justo allí empieza a valer aquello que logramos.


Aquello de lo que aprendimos. Porque en la facultad, en un ámbito universitario, se aprende lo que le enseñan, pero también a “ser”. A comportarse, a saber esperar y ver cuándo es nuestro turno, a tratar al otro, y a las básicas reglas de una convivencia. Y eso es lo que en general, primero se pìde y exige del que inicia su vida laboral.

Uno sale formado de más cosas, quizás, de las que nos imaginamos. Recién ahí, el título colgado en una pared nos parecerá algo más que un papel, algunas firmas y mucho esfuerzo. Para eso, miremos sin miedo qué hay detrás de la puerta.
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La canción de la semana! "Picnic en el 4º B"

2 comentarios domingo, 1 de noviembre de 2009

Siempre me ha llamado la atención la historia de la torre de Babel. Para su construcción se necesitó de muchas personas con el objetivo claro: poder hacerla llegar al cielo.

La ambición suele ser maravillosa hasta que se lleva a la práctica, y el precio a pagar fue la incomprensión de quienes construían. Si hablando el mismo idioma cuesta a veces entender al otro, imagínense varios idiomas y dialectos. Fracaso sin escalas.


Antepuse esta historia para explicar lo que sin dudas siento cada vez que traspaso la puerta de calle llegando a mi casa. Un edificio de departamentos es una pequeña torre de Babel. Quienes ya han tenido su experiencia no necesitan que se les explique nada. Pero intentamos ser claros para quienes no han tenido la oportunidad, aun, de hacerlo.


Un departamento no es una realización individual puesta junto a otras tantas. Es una pequeña parte de un todo. Es importante la aclaración ya que se suele pensar que alguien puede irse a vivir solo y en realidad se vive rodeado de otras personas en algo asi como una comunidad, si es que no le queda grande el término. No se enseña y se aprende. Todo junto.


El respeto, he notado, pasa por el silencio más que por la palabra de aliento. Por deducción o averiguación ya se sabe la ocupación de la mayoría de los habitantes. En la última reunión de consorcio a la que fui (que casi concluye a los golpes a raíz del supuestamente alto precio de unos cerámicos), una mujer-vecina del piso superior- preguntó quién era el Periodista, y lo bueno que sería denunciar los fraudes que supuestamente el administrador llevaba a cabo. La sensación fue extraña en mi: de reconocimiento y de temor!. La información corre a velocidad.


Vuelvo y rescato el concepto de silencio. Tan arraigado está, que en algunos se vuelve imposible un diálogo aunque fuera frívolo, dentro de un ascensor. Lógicamente hay variadas excepciones, y como en general las desgracias suelen ser colectivas (rotura de un caño, falta de electricidad, baja presión de agua), la unión se da bajo circunstancias impuestas. Todo lo dicho es parte de reglas no escritas pero establecidas.


Cuando recibo una carta del administrador, leo "saluda a usted atentamente, el administrador", acompañado por un sello que dejó de cumplir su noble función hace varias hojas. Pero si yo fuera el que quisiera enviar una carta al administrador de mi edificio, no puedo poner "atentamente, el del 5º A", sino mi nombre, apellido y documento.

El "administrador" suele ser un grupo de gente indefinido en cantidad.


Lo maravilloso, más allá del lugar físico, es vivir. Ahí, mis reglas intentan ser siempre claras y tendrían que ser bastante más estrictas. El administrador soy yo.
Tendrían, dije!.
(imagen gentileza ar.kalipedia.com)
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