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"Ojos color alma" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 5 de enero de 2013
El caso se nutre de diversas pistas. Alcanzaron a verla doblando en la esquina, apurada sólo por ella misma. Dicen dos sinceros que un dia estaba espiando detrás de una cortina, y que el viento le jugó una mala pasada. Porque se le vieron sus pies y ofendida, salió corriendo con vergüenza invadida. En la causa figuran declarando otros dos, esos seres que sólo conoce la noche. Juntos afirmaron sin titubear que sabían donde vivía. Señalaron tres cuadras bordeando las vías, lado este. Cuando fueron todos en comitiva (vecinos, testigos y chismosas de peluquería) estaba la casa bendita. Pero de ella, ni noticias. Entraron y encontraron un hogar. Fotos, flores, paredes pintadas en colores pastel, la cocina con olla humeante, un cuadro de Jesús arriba de la mesa, una panera y el mantel. La llave del patio puesta en la puerta entreabierta. Con sigilo la comitiva se puso como en fila y espiaron por la mirilla. Nada. Desilusionados, se fueron todos de ahí. Pasaron los meses, la siguieron viendo y el barrio se fue acostumbrando. No hacía, al fin y al cabo, nada malo. Empezaron a verla como resguardo, estaba presente y eso tranquilizaba. Era dulce, feliz, relajada. Caminaba descalza, despacio, con los ojos cerrados, sin marearse, sin perderse y con todo iluminando. Parecido a lo que sienten aquellos que sólo hablan. Cuando tienen como escudo sus ojos color alma.
"Ser humano" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 15 de septiembre de 2012
Sucedió algo increíble. Marcos caminaba bordeando la cordillera al mediodía, y el ruido a viento en las orejas era un concierto permanente que hacía difícil concentrarse, Había llegado a Mendoza para hacer lo que estaba haciendo, caminar al pie de la gran montaña. Bien equipado, lo suyo iba a ser un recorrido de tres horas. Se acomodó la mochila y durante un tramo hasta se puso las manos dentro de la campera. Miraba a su izquierda esa pared de piedra, caprichosa en su forma, que parecía lo acompañaba. A la derecha una planicie con algunas rocas altas y de fondo más montañas. El ruido a viento competía con el de los pies pisando la mezcla del suelo, tierra y piedra. Resoplaba pero no quería detenerse. Se sentía de alguna forma pleno y lo más importante: logró estar absolutamente solo durante mucho tiempo, lo que lo invitaba a no pensar en nada más que estar ahí. De pronto se detuvo a admirar. Se sacó los anteojos, respiró hondo y empezó a girar lentamente para ver todo. Realmente se sintió poco frente a tanto. Golpeó las manos con guantes puestos como prueba del ruido, que ni siquiera se oyó. Estaba feliz hasta que de repente vio algo en el suelo, no lo reconoció. Le pareció de lejos ajeno al paisaje. Cuando se acercó se desilusionó. Era una botella de plástico y un envoltorio de algo, parecía de una barra de cereal. Las agarró y puso todo en su mochila. Cuando volvió de la caminata pasó por el puesto del parque nacional. Mostró los objetos al guardaparques, los tiró en un tacho. Y dijo resignado: “Hermoso todo. Pero no dejen entrar humanos”.
."Mis principios y finales".
1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012En un camino ascendente suelo retroceder. Como ocurre con las cosas que no se quieren hacer o tardan en venir cuando ya es tarde después. Quien espera en una esquina al amor de su vida no sabe que ella hace lo mismo. Por otro, en otro lado. Tengo piezas sueltas que no encajan pero son todas mias. Dudas, amores, esperas. Vieja mochila cargando sueños transformados dia a dia, para quererlos mejor y aceptarme sin desdicha cuando uno va con el viento, o en contra de él camina. Ahora hay que empezar de nuevo. Con los mismos zapatos que renuevo en anhelos, con la misma figura que devuelve el espejo. Con la misma Fe del puño cerrado y dentro el aliento. Para buscar lo que no he tenido. Para dejar lo que ya está hecho.
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."Por un ratito".
1 comentarios sábado, 19 de mayo de 2012Ayer caminé con vos por esas calles llenas de hojas que se pisan, que con un poco de viento son capaces de volar. Y escuché el silencio de telón de tu ciudad tranquila, que te oía hablar de mi, de los colores de la verdad, de los dolores de dejar de ser para volver a ser. Mis palabras interrumpían sin poder estar a la par del tono de canción a veces cansada, que son tus letras dichas. Tus lindas letras dichas. Cierto calor de la tarde, de acompañar con el corazón lo que siempre lleno de razón, hizo terminar el sueño de algunos minutos eternos. Al menos, cuando ayer caminé con vos por esas calles tan llenas de hojas. Nuestras. Y bellas.
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"Lo que me sirve" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012El viento golpeaba esas campanitas que sostenidas por un hilo colgaban de la puerta de entrada de mi vecino de enfrente. ¿A quién se le ocurre poner eso, que suena todo el tiempo?. Me despertó, me desveló. Fui a la cocina a oscuras, en esa especie de juego que uno hace con su vista, creyendo que sabe donde está cada cosa sin verla. Se oía el viento fuerte, arremolinado. Me asomé por la ventana y la calle parecía esos desiertos de película yanqui, con los fardos de pasto rodando en medio de la tierra. Se levantó tanto viento que era como una pared amarillenta. Me dio frio. En realidad estaba descalzo. Abrí la heladera desafiando a la patada eléctrica. Tomé un poco de una gaseosa casi sin nada de gas y cerré empujando la puerta con la pierna. Apoyando los dos codos en la mesada tomaba la gaseosa. Y ahí me acordé. Salí corriendo a la puerta, abrí. La maqueta para mi materia de Arquitectura, un modelo de barrio cerrado, la había puesto a secar en el techo del auto. No había nada. En el piso un poco de papel y engrudo de la base. El viento, maldito viento. Tenía unas seis horas para inventar algo. Con los mismos materiales logré algo parecido pero que faltando 40 minutos no lograba que nada quedara pegado en la base. El barrio de la maqueta tenía un cantero central redondo, a donde confluían las calles internas, me faltaba algo mas o menos alto y con alguna forma redonda. Pensé en lo que me desveló. Me crucé y le toqué la puerta al vecino. “¿Quiere una de las campanitas?. Sí, llévelas tranquilo pero me las devuelve”. Yo agradecí. “A mi me gustan porque cuando hay viento avisan, vio”. Aprobé la materia. Y ahora cuando dejo secar algo para luego presentar, no tengo drama. Me compré unas campanitas que cuelgan de la puerta, que son buenísimas.
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."Mágica".
1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012Si con tu poder mágico sobre las cosas hiciste que Dios mismo se distrajera en cuestiones humanas. Si por un segundo vos has sido Dios y viento para manejar a tu gusto mi país tormentoso. Si has sido Él sin dejar de ser vos, me rindo, Dios. Me rindo y te rezo.
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"Crujido" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"Se deja ver" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012Raimundo Gisto. Cordobés. Buen contador de chistes, excelente cebador de mate. Casado, dos hijas y una cifra indeterminada de amigos. Elogiado asador y motivador permanente de momentos lindos. Desde hacía dos años en silencio soportaba algo. En realidad primero fue una compañía y luego una pesada carga. Todas las mañanas Raimundo salía rumbo a la agencia de motos de donde era socio. Paraba su auto en el semáforo y con los dedos seguía el ritmo de la música en el volante, lentamente. Y siempre le ocurría lo mismo: dejaba de ver la calle y pasaba a tener una imagen de un blanco muy luminoso. Distinguía en el fondo una figura. Era una mujer que al parecer miraba por una ventana. De pronto de ahí surgía un viento fuerte, y las cortinas se movían al mismo ritmo que los largos cabellos de esa mujer. La imagen se iba y volvía a la realidad de su auto y el semáforo. Asi fueron los dos últimos años de lunes a viernes, siempre en el mismo lugar. Se lo contó primero al Chino, su amigo de la infancia. El Chino lo miró y pensó que era una broma pero los ojos de Raimundo no decían eso. Le dijo que quizás era algo que vio en la televisión y le quedó en la cabeza. La Liebre, el segundo amigo en saberlo, fue un poco más preciso: “Deberías acercarte a la mujer en esa imagen, a ver quién es”. Raimundo tomó nota pero cuando ocurría parecía que la cosa era que él fuera espectador, y no podía salir de eso. Un día se lo contó a la esposa. La Gladis era imprevisible. Podía entenderlo o decirle de todo. Se sentaron y él le relató lo que veía. Ella le preguntó si la estaba engañando con alguien y él juró que no. “Bueno, yo no creo en los fantasmas, asi que te voy a acompañar en auto y listo”. Al otro dia Gladis y Raimundo estaban en el auto, se acercan al lugar y al semáforo. Raimundo le dice que es ahí. Ella mira a los costados y atrás. Lo mira a Raimundo que cierra los ojos, como en trance. Lo toca para despertarlo y el auto se acelera. Él vuelve en sí e intenta frenar pero atropella a una mujer en la vereda. Se baja a los gritos pero la mujer no tiene heridas y fue un accidente con suerte, la ayuda a levantarse, le da sus datos por las dudas. A los 15 dias le llega una citación de un Juez: la mujer le iniciaba juicio por “daño moral”. Sabía que sin gente en su favor iba a perder. Los abogados se juntaron y comenzaron a negociar el monto. Dos días después el abogado llama a Raimundo y le dice que se presentó una testigo, vecina de la cuadra, que hablaría a su favor. Raimundo entra a la oficina del estudio y ve a una mujer de espaldas mirando por la ventana. En eso el viento mueve su pelo largo, y las cortinas le siguen el ritmo. Qué extraño castigo celestial. Algunos ven a la suerte antes de necesitarla.
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"Hacia afuera"-Prosa
1 comentarios jueves, 22 de diciembre de 2011Latidos crónicos.
Tenue luz de ojos cerrados,
de esperanza sobre niebla.
Mar de lejos, solitario camino
parecido a mi y a la vez
nuevo, dificultoso.
Un intento más le pido
a esos latidos tibios de Fe.
No me detengo a preguntarme.
Decido avanzar, pensarme
en movimiento ascendente.
Piedra gris, el piso que
parece espejo y yo que quiero
desteñir mi razón con mente en blanco.
Sin pedirme permiso, avanzo.
Y a dos pasos, luz, sonido
de afuera del mundo.
Que aturde.
El latido de miedo se acelera,
miro hacia adentro, me siento
a contemplar la búsqueda,
a llenarme de cierto
presente desatado.
Nada me contiene.
Ni tiene.
Hago un gesto, fue un segundo.
Cuando llené el vacío
que explicaba todo un cielo.
Ese que el presente de viento dejó expuesto.
Sin nubes.
Me incliné ante el hallazgo.
Me reí. La razón aun dormía
pero ella hubiera hecho lo mismo.
Bajé sin mirar mis pies.
Bajé sabiendo adonde ir.
Desciendo con luz de ojos cerrados,
de latidos crónicos sin culpas.
De saber que ya no me culpo.
Mi razón quedó hermosamente desteñida.
Al pie del presente.
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Tenue luz de ojos cerrados,
de esperanza sobre niebla.
Mar de lejos, solitario camino
parecido a mi y a la vez
nuevo, dificultoso.
Un intento más le pido
a esos latidos tibios de Fe.
No me detengo a preguntarme.
Decido avanzar, pensarme
en movimiento ascendente.
Piedra gris, el piso que
parece espejo y yo que quiero
desteñir mi razón con mente en blanco.
Sin pedirme permiso, avanzo.
Y a dos pasos, luz, sonido
de afuera del mundo.
Que aturde.
El latido de miedo se acelera,
miro hacia adentro, me siento
a contemplar la búsqueda,
a llenarme de cierto
presente desatado.
Nada me contiene.
Ni tiene.
Hago un gesto, fue un segundo.
Cuando llené el vacío
que explicaba todo un cielo.
Ese que el presente de viento dejó expuesto.
Sin nubes.
Me incliné ante el hallazgo.
Me reí. La razón aun dormía
pero ella hubiera hecho lo mismo.
Bajé sin mirar mis pies.
Bajé sabiendo adonde ir.
Desciendo con luz de ojos cerrados,
de latidos crónicos sin culpas.
De saber que ya no me culpo.
Mi razón quedó hermosamente desteñida.
Al pie del presente.
"Crujido" -Prosa-
1 comentarios viernes, 25 de noviembre de 2011Calor y frio ajenos de mañana luminosa.
En la normalidad, yo ahí no soy yo.
Porque corro con los ojos, hay dicha en lo que veo
para disfrutar lo nuevo en mi, y en eso que se mueve.
Soy idea de tiempo sin conciencia y tengo ante mis pies
una tarea laboriosa, sencilla por feliz.
Aprendo mirando lo que imito, sigo un ejemplo
y soy aire haciendo lo que otro hace.
Y soy viento, el que mueve todo y me invita
a no separar en razón los deseos perpetuos.
Un remolino ahora y en remolinos se desarma
lentamente mi felicidad, que quiero cerrar en un puño.
Que esté dentro cuando está afuera.
Que me lleve.
Que me moleste de hermosa.
Que sepa que está ahí,
Que batalle. Que lo sepa.
Que no muera en viento.
Que en ruido, vuelva.
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En la normalidad, yo ahí no soy yo.
Porque corro con los ojos, hay dicha en lo que veo
para disfrutar lo nuevo en mi, y en eso que se mueve.
Soy idea de tiempo sin conciencia y tengo ante mis pies
una tarea laboriosa, sencilla por feliz.
Aprendo mirando lo que imito, sigo un ejemplo
y soy aire haciendo lo que otro hace.
Y soy viento, el que mueve todo y me invita
a no separar en razón los deseos perpetuos.
Un remolino ahora y en remolinos se desarma
lentamente mi felicidad, que quiero cerrar en un puño.
Que esté dentro cuando está afuera.
Que me lleve.
Que me moleste de hermosa.
Que sepa que está ahí,
Que batalle. Que lo sepa.
Que no muera en viento.
Que en ruido, vuelva.
"Eterna" -Prosa-
1 comentarios martes, 15 de noviembre de 2011Una mano dentro de otra mano
que se deja llevar por un ritmo
ajeno a mi, quien ejerce el poder
tiene la velocidad, las riendas
en esas manos firmes, tan suyas y mias.
No me ve desde abajo con mis intrigas, no desea
saber de mi porque ya decidió qué color tendrá
el sol de la tarde en mis ojos.
Ritmo acelerado, de viento cruzado
que hace de los oídos un solo bloque,
imparable, constante, decidido.
No lucho contra eso, me dejo ganar por
esa derrota de los sentidos, de lo que no sé qué es.
Veo con ojos de tarde algo blanco cortando la pared azul.
El motivo del viento, la razón de mi mano dentro de la mano.
Tengo miedo de acercarme, lo miro con el recelo
de lo que no comprendo,
lo alejo para verlo más cerca.
La mano me suelta. Yo miro el mar.
Miro el motivo desde abajo,
miro a quien ejerce el poder.
Sensato egoísmo de estar
donde a ella le gusta estar.
Y ahora a mi. De la mano.
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que se deja llevar por un ritmo
ajeno a mi, quien ejerce el poder
tiene la velocidad, las riendas
en esas manos firmes, tan suyas y mias.
No me ve desde abajo con mis intrigas, no desea
saber de mi porque ya decidió qué color tendrá
el sol de la tarde en mis ojos.
Ritmo acelerado, de viento cruzado
que hace de los oídos un solo bloque,
imparable, constante, decidido.
No lucho contra eso, me dejo ganar por
esa derrota de los sentidos, de lo que no sé qué es.
Veo con ojos de tarde algo blanco cortando la pared azul.
El motivo del viento, la razón de mi mano dentro de la mano.
Tengo miedo de acercarme, lo miro con el recelo
de lo que no comprendo,
lo alejo para verlo más cerca.
La mano me suelta. Yo miro el mar.
Miro el motivo desde abajo,
miro a quien ejerce el poder.
Sensato egoísmo de estar
donde a ella le gusta estar.
Y ahora a mi. De la mano.
"Paisaje en el alma" -Cuento Corto-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011
Marcelo disfrutaba el viaje por Mendoza. Estaba realmente feliz por tener 15 días de descanso y quería aprovecharlo. Para Alicia en cambio la cuestión pasaba por acompañar y aceptar que si las vacaciones tocan en pleno enero, el calor aunque no le guste va a estar presente en todo el viaje.
En el último dia el grupo va hasta Las Leñas. Al mediodía, unos veinte kilómetros antes de Malargue, una estancia los esperaba para el almuerzo. Bajan y se van acomodando en una larga mesa. Ella pide el primer plato y no quiso comer más, no tenía hambre, y sale un rato para fumar tranquila. La entrada a la estancia tenía un camino en piedra de color gris, un canto rodado muy lindo, demarcado por líneas blancas. Sobre la izquierda otro camino, ya de tierra y sin piedras.
Elige ir unos metros por ese sector pero no puede prender el cigarrillo por el viento que se lo impide. Lo guarda y sigue caminando. Por el azar de la naturaleza ese camino empezaba a quedar encerrado entre dos tramos de la cordillera. Cerró su campera hasta el cuello, el viento hacía un ruido particular que nunca había sentido. Se frenó. Escuchó el silencio, creyó estar loca pero no: el silencio tiene ruido cuando el ámbito es más grande.
La realidad, por dos segundos, la hace girar y ver que la estancia le iba quedando lejos. Mira hacia adelante y descubre la razón del ruido: un pequeño rio iba con fuerza, de izquierda a derecha, con agua de color tan transparente que veía el fondo de piedras en distintos tamaños y colores. Era realmente hermoso. Siguió paralela al rio unos veinte metros. Encontró a un nene de no tendría más de 10 años. Estaba sentado mirando el agua muy concentrado. Cuando lo iba a saludar vio a un hombre en medio de la correntada, con su caña de pescar. Un hombre mayor, con unas botas muy altas que apenas se le veían de lo profundo que resultaba ser ese rio. Luchaba con la caña y el pez, el arte de pescar tiene una tensión que sin embargo Alicia disfrutó.
Se quedó mirando el final de la obra. El hombre de un movimiento saca el pez y lo mira al chico, que se pone de pie y espera el final, lo deja casi en su mano. Alicia saluda y ambos se la quedan mirando. Los felicita, les cuenta que era turista, que el paisaje le parecía hermoso.
El hombre le dice “este paisaje no es mio, es de usted también, doña”. Y ella entendió con el corazón el razonamiento de ese hombre desconocido. De pronto volvió a la realidad, emprendió la vuelta. En la estancia todos preguntaban por ella.
"¿Dónde estuviste?" Preguntó Marcelo?.
-Disfrutando el viaje, le dice Alicia. Por fin.
"El amor de cualquier plaza" (cuento corto-CC-)
1 comentarios martes, 26 de julio de 2011
Sentado, el hombre se puso a mirar una hoja que se iba moviendo con el viento. Chocó contra el banco de la plaza y caprichosamente no se movió más. El frio lo trajo de nuevo a su presente. ¿Le había dicho ella, el amor, algún horario en concreto?. Tenías ciertas esperanzas, cierta en fe en miradas que cruzó en momentos del día que, sentía, ella también necesitaba.
Y ahora estaba ahí, esperándola. Pero no había nadie y el frio es como la soledad: duele mucho más sin testigos. De pronto, enderezó sus anteojos. Era ella. Tapado largo, botas al tono, cartera debajo del brazo, mirada al piso. ¡La imagen parecía la de una marca de ropa!. El viento movía su pelo corto. Pasó y él hizo un ademán. Ella dijo "¿vos qué hacés acá?" y siguió caminando sin esperar respuesta.
El hombre se puso de pie y la miró irse. Comprendió que antes de esperar por alguien, ese alguien debe saberlo. "Mañana le digo algo" pensó con la seguridad de no ser oído en su promesa de amor. Mañana, quizás, no haga tanto frio...
Renata, una valija en el corazón: Aprendiendo a hacer, y a ser
1 comentarios lunes, 5 de abril de 2010
Su primer día haciendo aquello que siempre soñó, Renata debía aprovecharlo desde temprano. Con actitud de turista tomó la máquina de fotos y no el cuaderno anotador. Dudó bastante pero volvió sobre sus pasos y se llevó el cuaderno también. Salió del hotel y el viento de la mañana la hizo respirar profundo, ese aire que llena los pulmones, que parece todo para uno y da energía. El sol pegaba en las paredes de las casas, mitad madera y piedras claras, y las volvía luminosas.
Miraba el piso y todo le parecía reluciente, la calle, las bocacalles, hasta los postes de luz…hizo el gesto que tanto le gustaba hacer de chica. Juntó sus dos manos en la espalda y caminó con la “pose de inspector” como su abuela aun de grande le seguía diciendo. Pero estar así la relajaba y le permitía pensar, y en un lugar tan lindo y cercano a la perfección de la naturaleza, debía enfocarse en lo material. Vio un cartel que le pareció ser de un bar y caminó hacia ahí.
Pensaba absolutamente en dinero y nada más. Porque había llevado lo que pudo juntar en tres meses, más lo que la tarjeta de crédito le daba de saldo. No aceptó más ayuda externa, como hasta ahora los padres hacían para con ella, salvo que la obra social le siga reclamando cuotas impagas y entonces ya no pueda usarla, mucho menos en Bariloche. Por primera vez en 22 años se pondría seriamente a buscar trabajo.
Seguía caminando Renata con las manos atrás y mirando al frente, pero en otro lado, buscando dentro de ella respuestas a preguntas que aun no se hacía seriamente. A las que le temía. Porque trabajar para mantenerse ya sabía lo que era, aunque llegó gracias a su tío que pudo ubicarla en una empresa de un conocido. Esta vez no habría paraguas familiar ni recomendaciones de momento.
Se detuvo frente a un kiosco a ver la tapa de la revista de chimentos, fue más fuerte que ella. La miró como todos los días que las amigas de oficina la compraban y para hacerlo se apoyó en una pequeña “torre” de diarios que por ser de no tantas páginas, con su mano sin querer movió y tiró al piso. Pegó un salto hacia atrás, como si un montón de diarios fueran a atacarla y pidió disculpas al señor que estaba ahí, que las aceptó con cara de “fijate lo que hacés”. Para reparar su error ella compró el diario que había tirado, se llamaba “El Ciudadano”. Pagó con monedas y siguió rumbo al bar. Miró los títulos de noticias locales nada interesantes para ella. Lo dobló y lo iba a poner en su bolso pero ya casi estaba en el bar. Entró y mientras esperaba su capuchino obligatorio de cada mañana, esta vez en Bariloche, se puso a leer.
Razona que por algo se empieza y buscar en el diario es un buen inicio, entonces lo extiende en la mesa y pone los codos arriba para mirarlo apoyando la pera en la mano izquierda. Va a los clasificados, que no son de 40 páginas como el “Clarín”, más bien son “seleccionados” y no clasificados. Llega el capuchino y paga en el momento, no quería que luego la interrumpieran. Saca la lapicera y empieza a tachar. Y tachar, y más tachaduras, nada la convencía del todo. Se sentía ciudadana por primera vez al hacer algo que el resto hacía también en algún momento de la vida. Esa cierta soberbia la ponía mal a ella, se daba cuenta que eso no estaba bien.
Tenía una visión superada de ciertas actitudes del otro, las miraba con recelo, siempre (no) creyendo en el otro, al menos de movida. Y la mirada que tenía con esos prejuicios, sobre los clasificados, acotaba la búsqueda. Discriminó primero por términos, luego por sinónimos que no le cayeron bien y finalmente por los requisitos.
Como los chicos, quería leer exactamente lo que buscaba, pero eso era muy complicado. Pasaron los minutos y la hora, y cerró el diario para tomarse el capuchino. Estuvo jugando con un sobre de azúcar en la mano, respiró buscando aire al por mayor y salió.
Dobló a su izquierda y la sorprendió un grupo de gente frente a una pared, se fue acercando y vio una cartelera con algunos avisos, aunque la mayoría no de trabajos, sino de ofrecimientos. Un poco desilusionada siguió mirando los renglones pero más por curiosidad que otra cosa hasta que casi al final y sobre un extremo de la cartelera lee “Se necesita ayudante para atención en Hostel. Experiencia y manejo del inglés, indispensables. Presentarse de lunes a viernes de 9 a 17 horas”…sacó el anotador y escribió la dirección. Cuando terminó de copiar ya no había nadie a su alrededor, y ella quería saber dónde quedaba esa calle que estaba escrita en la cartelera, no la conocía.
La calle era Mariano Moreno. Se acercó hasta una parada de colectivos y la pudieron ubicar hacia donde era. No parecía alejarse del centro de la ciudad y estaba más o menos cercano y en diagonal a su hotel, pensaba en lo genial que estaba resultando todo, el problema era la total inexperiencia para manejar personas en un hostel, uno de los requisitos. Las dos cuadras hasta el lugar exacto le permitieron hacer una pequeña estrategia para caer bien, ya que sabía qué cosas no tenía a su favor. El curso de Marketing que hizo con una amiga le estaba sirviendo por fin, para algo. Debía maximizar virtudes y minimizar defectos, como le enseñaron.
Llegó a la puerta y enderezó un poco su espalda, tomó coraje y entró. Descubrió que de aspecto el lugar estaba mucho más presentable que su propio hotel y que la sensación que la invadió no fue de rechazo sino más bien lo contrario. Un hombre se acercó y le preguntó quién era, explicó que venía por el aviso y la hicieron pasar a una oficina muy pequeña en donde una mujer la esperaba. Se pusieron a hablar, Renata le confió su nerviosismo, su intención de quedarse un tiempo en la ciudad, en la conveniencia de eso, ya que teniendo el ritmo de Buenos Aires, mejor podría tratar a los pasajeros. Bastante discutible, pero a la hora de querer agradar cualquier frase se puede aplicar de apuro. La señora la escuchó casi sin interrumpirla y es posible que en ella haya visto las ganas de agradar y también, hambre. En el más literal de los sentidos. Y aquello que uno transmite con sensaciones en general excede a todas las palabras que se digan.
La mujer estaba satisfecha de lo que oyó y Renata contenta de haber dicho en una síntesis atropellada por los nervios, la mayoría de las cosas. Le dijeron que a la mañana siguiente recibiría un mensaje en su teléfono por sí o por no. Para irse estiró la mano y no se atrevió al beso porque estaba muy nerviosa y quería irse de ese lugar tan chico. Una vez en la calle se tomó la cabeza y resopló para sacarse la presión del momento.
Tenía hambre y volvió al hotel. Anotó en su cuaderno-diario todas las sensaciones, miedos que ahora podía escribir y a la vez describir en papel aun cuando almorzaba unos fideos algo recalentados. Pasó el resto del día escribiendo cerca de un murallón, protegida del viento y de cara al lago. Cuando se cansó de pensar en qué haría si la respuesta era positiva, se fue de nuevo al hotel.
Por la mañana se abalanzó sobre el celular, al que toda la noche dejó prendido. Cerca de las nueve de la mañana ya estaba despierta cuando sonó y escuchó lo que quería oír. Gritó de felicidad y llamó a sus padres, que no entendían demasiado porque estaba muy emocionada de haber logrado algo por si misma sin ayuda de nadie. La envalentonaba.
Le dijeron que debía estar a las diez de la mañana y se preparó vestida cómoda y en algún punto elegante a la vez, aunque su vestuario no era exactamente variado. Llegó y la misma señora del día anterior la recibió, esta vez con un beso. Se rieron como si fueran dos viejas conocidas y hacía menos de un día se habían visto.
La mujer le preguntó cómo había ubicado el aviso, y Renata le explicó lo del diario y la cartelera en donde leyó la información. Se enteró recién ahí que el pedido también estaba publicado en aquel diario que compró, pero por alguna razón ella lo había tachado, como a tantos otros.
Un guiño más para su cuaderno. El recién empezado, al que le aparecen los renglones y los temas a sus hojas en blanco, de a poco.
Renata, una valija en el corazón: De buena madera
1 comentarios martes, 23 de marzo de 2010
Con el amanecer la marcha del micro que llevaba a Renata a Bariloche parecía tomar más velocidad. Ella deseaba llegar y a la vez poder volver a sentir la emoción de cuando por primera vez viajó, y quería ahora tomar nota de todo lo que pasaba. Pero decidió acomodarlo en su cabeza y prescindir del papel, necesitaba la superficie plana de una mesa y ahí si dejarse llevar por lo que le estaba ocurriendo.
El micro paró en Piedra del Águila. Recordaba todo hace más de 20 años como un conjunto de casas perfectamente ubicadas pero alejadas entre si, y a su madre protegiéndola con un pullover marrón tejido por ella del frio intenso en pleno verano. Esta vez sucedía algo similar. Se bajó y el viento le hizo ruido en las orejas, ese silbido que acompaña el movimiento del viento decididamente fuerte.
El piso no era asfalto, o en realidad mezcla con piedras de color gris muy pequeñas, algo más chatas que las de canto rodado. Se descubrió rápidamente como la única que había bajado a estirar las piernas mientras los choferes entraron a una oficina a dejar cajas y bolsas. Miró hacia sus costados y vio el día celeste con nubes que parecían líneas horizontales, y una claridad justa para usar anteojos de sol. Las dos elevaciones de color gris y marrón a su frente cortaban el color que todo el lugar tenía, y se puso a ver cómo el viento jugaba en mitad de la montaña, levantando polvillo y haciendo figuras extrañas.
Se volvió a subir al micro y a sus temas no resueltos en la mente. Miraba el paisaje sentada con la mano en la pera, resignada a ver pasar ya un terreno más árido y para ella menos poético que las estrellas de la noche anterior. Intentó dormir pero ya faltaba poco. Escuchaba a algún pasajero decir que estaban cerca de Bariloche y prestó atención un poco más a lo que veía. El paisaje se agigantaba, todo parecía inmenso y la ruta se iba poniendo cada vez más angosta.
Cuando a uno de los costados vio agua, su felicidad fue el corazón latiendo más fuerte. Estaba en el lugar por el que quería empezar un camino que no sabía adonde la llevaría. Lo sinuoso del trazado, el micro deteniéndose ante un puesto de la policía, lugar todo en madera como si una casa autóctona fuera, le remitía a cosas que ya antes había visto.
La estación terminal seguía pequeña como la dejó hace años, la vista que tenía desde ahí ya era de las calles con subidas y bajadas que de chica tanto le habían gustado. Caminó algunos metros e intentó ubicarse usando su memoria pero no encontraba punto de referencia en lo que veía. Buscó el lago con la vista como para ir bordeando y lo encontró, una imagen de color gris, planchada con las montañas que de fondo invitaban a mirar aunque uno estuviera bien perdido.
Quiso hacer exactamente lo mismo que la última vez, y trató de ubicar antes del viaje, el mismo hotel que la había alojado. Pero aquel lugar que alquilaban sindicatos ahora se convirtió casi en un hotel de lujo. Así que sus sueños por un tiempo descansarían en un humilde edificio de dos más que relucientes estrellas, sobre la Avenida San Martín. Mitre, Pascasio Moreno, Conrado Villegas. Esos nombres de calles los recordaba y le sirvieron para ubicarse. Como arregló la reserva telefónicamente iba a ser una sorpresa lo que viera.
Siguió la altura de la calle y cuando se vio cerca se fue sacando la mochila de la espalda, a esa altura ya una sola cosa, inseparable aunque sufridamente pesada. La apoyó en el piso y resopló un poco mirando el lugar para ambos lados. Revisó el papel en donde lo tenía escrito y una puerta de vidrio decía “abierto” en un cartel hecho en madera y con letras verde oscuro. Abrió y pasó. Sobre la izquierda un salón pequeño con algunas mesas de manteles blancos, pero todo vacío de gente. A la derecha dos puertas de una madera reluciente y algunos cuadros con caras dibujadas y sonrientes. Una mujer la miró sentada detrás de un mostrador en forma de U esperando que dijera quién es. Se anunció y la acompañó a pasar por una de esas dos puertas que veía.
Su habitación era en planta baja y cuando pasó por el ascensor, buscó con la mirada que dijera cuántos pisos tenía ese lugar porque no lo sabía. Pero sólo leyó “capacidad máxima 3 personas” y ningún otro dato. Cerca del final de ese pasillo la mujer le abre una de las puertas mientras Renata buscaba la propina para darle, aunque ni la mochila le estaba llevando. Le mostró la cama, el placard, la ventana y el baño, tan angosto a primera vista que bañarse parado ya sería un problema, pensó rápidamente.
De Bariloche le llamaba la atención que muchas cosas fueran en madera. Y si bien es lógico por la zona, ella no dejaba de sorprenderse porque le traía recuerdos de momentos y de viajes. Su abuela decía que la madera tenía un olor característico, lo cual acentuaba un clima y un recuerdo. Era como el mar y su ruido, que además tenía un olor propio que la salinidad le daba. Además le parecía acogedor, se sentía bien.
Cuando se fue la señora, hizo lo que la mayoría en esas circunstancias: miró todo desde un punto, respiró profundo y abrió la ventana para ver qué era lo que desde ahí se podía observar. Tenía en diagonal una vista del lago, no era lo que exactamente había pensado pero no se podía quejar.
Acomodó la mochila en el placard, que la hacía muy pequeña respecto del espacio que tenía.
Se tiró en la cama boca arriba y puso sus manos debajo de la cabeza. Cerró los ojos y su familia como un ejército de figuras, le pasaron por la mente. Respiró aliviada en por fin haber llegado y sabiendo que todo era un desafío para ella. Su primer viaje decididamente sola y en la mochila todos los preconceptos, además de ropa. Significaba mucho el viaje y era una manera de poder ver qué tan distinto era todo fuera de sus lugares conocidos y poca gente que de amiga tenía.
Vio una mesa de metal negro y una silla, eso casi la puso más feliz que la ventana al lago…podría sentarse a escribir todo de una vez. Desentonaba en medio de ese ámbito de maderas hasta en las paredes y no supo cómo no había visto eso, o no reparó en que estaba. Movió la mesa hacia un extremo de la ventana, la ubicó en diagonal como para probar si se podía ver el lago mientras escribía. Buscó la silla, se sentó…pero le quedaba muy abajo la silla respecto del marco. Buscó un pantalón y lo puso como almohadón a la silla, y de paso se plancharía, pensó. Y ahí si, el pequeño gran logro estaba hecho.
Vio una mesa de metal negro y una silla, eso casi la puso más feliz que la ventana al lago…podría sentarse a escribir todo de una vez. Desentonaba en medio de ese ámbito de maderas hasta en las paredes y no supo cómo no había visto eso, o no reparó en que estaba. Movió la mesa hacia un extremo de la ventana, la ubicó en diagonal como para probar si se podía ver el lago mientras escribía. Buscó la silla, se sentó…pero le quedaba muy abajo la silla respecto del marco. Buscó un pantalón y lo puso como almohadón a la silla, y de paso se plancharía, pensó. Y ahí si, el pequeño gran logro estaba hecho.
Su estómago le hizo ruido y era la manera de preguntar por el desayuno. Miró la hora y eran diez menos cinco de la mañana. Se incorporó y buscando las llaves pensó en ir a tratar de comer algo. Dudó porque creerían que sería mal visto, hacía menos de 10 minutos había llegado…pero el hambre le apuró el paso. Fue por el pasillo hasta el hall y luego al salón.
Se sentó, pidió un jugo de naranja y le trajeron un vaso al que casi le salía la mitad de una naranja por el borde, no estaba del todo bien colado. O no al menos como la madre lo hacía, o como ella estaba acostumbrada. Pensó en quejarse pero estaba sola en el salón y el mozo de lejos mirándola, y no se animó. Su complejo de malcriada como decía su novio, hacía que se enojara por cómo estaban las cosas cuando no le gustaban, y estando sola y dependiendo sólo de ella no le servía de nada. Agarró el vaso y tomó el jugo, conteniendo la respiración como si fuera el peor de los jarabes.
Volvió a su cuarto y sacó el cuaderno y la lapicera de la mochila. Los puso arriba de la mesa y se sentó en la punta de la cama mirando la silla, la mesa y lo que arriba había dejado. Pero no se sentía inspirada.
Se tiró en la cama de nuevo y quiso descansar 10 minutos. Despertó pensando en el viaje, el olor de la madera y ese vaso de jugo que no estaba como ella quería. Se sentó, miró por la ventana y empezó a escribir la hoja inaugural de su cuaderno.
Escribió Renata-Relatos a modo de título, y empezó a escribirse su vida.
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