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"Tres minutos" (lo que sentimos ante una canción)
1 comentarios sábado, 25 de agosto de 2012Cerrando los ojos, volviendo un ratito. Al lugar inventado, a cierto sitio vivido respirando profundo, trayendo al olvido mares que años con gusto vivimos. Y un compás es la tierra, una melodía el cielo, un nombre el abismo. Borrando de plano al presente de gente y queriendo ser uno viéndose lentamente. Allí sin fronteras, que un par de minutos juegan a eternas batallas campales de alegría y tristeza. Lo dice el silencio tan suave al rendirnos creyendo ser héroes, mirando mejor lo que ha sido: vida. De un ser presente. Y sentido.
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."Me estás cambiando".
0 comentarios viernes, 6 de abril de 2012Tenia una vida tranquila, entre aburrida y esquiva. Tenía un temor reverencial al futuro, compuesto de cosas que no conocía y malos pensamientos. Tenía seguridades, sí: las pocas cosas logradas y los triunfos a veces prestados que el destino me dio en gracia. Tenía el placer de las pequeñas cosas vacías que no compartía. Tenía poder: el de la libertad que no ejercía. Tenía paciencia, la que surge cuando nada se hace. Tenía también una idea de soledad, una maqueta despintada que durante años mi mente cuidó como un tesoro sin valor. Tenía una vida tranquila, aburrida y esquiva. Hasta que te conocí. Y ahora mi vida es tu vida. Y tus manos en las mias. Y ese futuro de temor hecho ruinas, por un deseo de amor en tu sonrisa. Hoy, perdido en vos, querría que en mi corazón vos te dieras por perdida.
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"La cita" Cuento corto
1 comentariosSoy quien vio pasar la vida delante de sus ojos. No la reconocí, pintada y vestida para una fiesta a la que me invitó pero yo no quise ir. Tenía un aire altanero, de felicidad legítima pero con la idea de hacerme sentir culpable al verla. Y la verdad es que logró su objetivo. Me dio pena de mi mismo, con la felicidad pasándome por delante. Me fui a mi cuarto. Busqué mi saco, mi mejor pantalón, mis zapatos usados. Salí sin peinarme. Caminé hacia el lado en que la vi irse. Aceleré mis pasos, busqué en las esquinas, miré los colectivos y la gente arriba, quizás estuviera allí. Seguí sin rumbo pero derecho. Hasta que la vi. En la puerta de un salón llamado TIEMPO. Esperándome. Y hoy, no fallándole. La vida y yo, de la mano, entramos a la fiesta.
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."No sé, no sé".
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012A veces quiero ser testigo de lo que nunca ha ocurrido con vos. A veces pruebo enojarme con ira, para demostrarte que te amo detrás de mi enojo, y lo notes. A veces creo un mundo en donde es intocable el verbo querer, conjugado en nuestros corazones. A veces, sólo a veces, pienso en que no estás, o que escondida jugás a que te encuentre en el medio de nosotros. A veces te veo aunque estés lejos, preparada para seguir tu vida sin que te la interrumpa con mis sueños. A veces descreo del futuro, porque mi presente es un montón de deseos que no puedo transmitirte. A veces pienso que no será posible. A veces sostengo mi Fe respirando con los ojos cerrados, soñando que es al mismo tiempo que vos. A veces creo que sos toda mi vida. Y a veces creo que ya es tuya.
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."Eras mi tiempo".
1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Te lo dije como a las tres de la tarde de ya no me acuerdo qué dia. Y desde ese momento mi reloj del alma no se mueve, se quedó enamorado de ese minuto y segundo en que dejé de ser persona para poder ser nosotros. Pero el amor a veces no anda a pilas sino a cuerda, y no alcancé a darle una vuelta entera a ese reloj que significaba mi ilusión con ruido a vida. Creo que te llevaste mi tiempo, creo que dejé que lo hicieras, creo que me equivoqué. Mientras, me quedo con mi reloj de agujas clavadas en las tres de la tarde. Cuando quise que fuera nuestra hora. Nuestro ahora. Ya no lo sos.
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."Era obvio".
1 comentariosEl sentimiento carece de explicaciones concretas. Una vez quise explicarme por qué te quería tanto. Y fracasé, tengo que decirte. Porque me pierdo en innumerables recodos, en caminos que no llegan a ningún lado, que chocan y se juntan sin darme razones. Soy terco, tiene que haber alguna clave racional para el amor. Me empeñé, me esforcé como en casi nada de mi vida. Hace dos meses que cuando te veo recuerdo todo lo que me costó encontrar la razón de mi amor por vos. Y la encontré, vida: porque sí.
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."Parientes frente al espejo".
1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012Tengo que ponerme a averiguar datos. Muchos no tengo porque no suele hablar demasiado, le conozco poco la voz. Le podría preguntar a un par de amigos, sobretodo para que ellos me pinten mejor un panorama. Por alguna causa hace que se sepa de él a través de otros y no de su boca. Eso tiene el problema de la interpretación, porque quien mira algo o a alguien no vive del mismo modo las cosas. Así que veré qué hago. Probablemente me mire al espejo y como Periodista hable con el que suelo ver reflejado. A ver qué pasa con su vida.
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"Extraña conocida"-Prosa
1 comentarios jueves, 22 de diciembre de 2011
Destino que no quise. Presencia hipnótica, llena de heridas curadas con olvido. Un trazo gris, uniforme en mirada baja de cansadores días, moviéndonos sin sentir para qué y pensando en llegar para luego irnos. La clave es esa, un lugar sin destino para quien no busca quedarse. Se padece. Se parece. Crea todos los días fotocopias de hojas en blanco, que llenamos con pudor, con vergüenza, con rabia. Es la sede de lo que odiamos, es tan nuestra como los defectos de mi en otros, tiene luz tenue cuando estoy mal, tiene claridad en el aire, que por ella siempre circula. Tiene el bello caos del acostumbramiento, la sorpresa a la inversa, la satisfacción de hacer las cosas bien a pesar de todo. Es imposible estar en ella y verme en otros, o quizás nunca me encontré, con laberintos tan de Cortázar y Borges, de vendedores y puestos de flores. Nadie la conoce del todo, porque cuando hay sol fuerte lo que se refleja corre a esconderse. Se suele estar sin mirar alrededor, se nutre de nuestra presencia fantasmal y ajena para con ella. La definimos sin nosotros dentro, es un objeto a veces, otras un deseo, suele ser un ente con vida propia: la nuestra. Está en los genes, en ciertos locos y en algún perdido que de ella es espejo. Tengo por bien reflejar escribiendo lo que mi barrio dijo, cuando tuvo noticia de su incierto flagelo. Y quiso escapar dejándose atrapar.
"Marisa empieza hoy" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 20 de octubre de 2011Marisa se puso de pie en la oficina. Abrió la cartera y comenzó a llenarla con casi todo lo que había arriba de su escritorio. Levantó el vidrio de la mesa, sacó un almanaque y una estampita de la Virgen del Rosario. Se llevó el pad del mouse, decorado con unas flores de gomaespuma algo gastadas por apoyar la muñeca ahí. Sacó las dos rosas que siempre compraba y vació el florero porque era de ella, lo envolvió en un pañuelo.
Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.
Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.
Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.
La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.
Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
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Miró el portalápices: las cuatro lapiceras eran suyas pero se llevaría la que mejor estaba, sin culpa. Abrió el cajón, que era el organizado caos en donde todo encontraba. Miró la máquina abrochadora con un dilema: era de ella pero los ganchitos del Ministerio. La vació, dejó los ganchitos tirados dentro del cenicero. De un cuaderno en blanco arrancó las hojas usadas y lo puso en un costado. Desenchufó el cargador del celular, lo metió en la cartera. Por sobre el divisor de durlock le dio a Noemí un libro que siempre le reclamaba y ahora encontró en el final del cajón: no lo leyó nunca, pero le agradeció igual.
Cuando cerró la cartera parecía una valija, pesaba mucho. Nadie notó lo que había hecho Marisa, se fue de la oficina llevándose lo suyo pero a las 17 ahí todos se apuran por tomar el ascensor y bajar primero. Viajó con tres compañeros y dos Secretarios pero nadie reparó en su cara triste durante los siete pisos. Sin mirar hacia atrás, no quería ponerse a llorar, buscó la puerta y enfiló hacia la claridad de la calle que apenas se veía desde ahí. Vio pasar los autos y resopló con tristeza, se mordió el labio inferior, se acomodó el pelo detrás de las orejas como tic de nervios.
Fue hasta la esquina, dobló por Combate de los pozos, hizo media cuadra más. Cruzó a buscar a la tintorería el trajecito sastre color gris, tan usado y cuidado durante años. Lo pagó y puso cara de ya no volver ahí. Se fue a tomar un café.
La esperó y Ella llegó, puntual. Le preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer y Marisa le dijo que sí. Porque todo es siempre empezar de nuevo, porque el incentivo para ser mejor lo debía encontrar en ella y no en esa oficina. Porque entendió que su única seguridad al final era ese trajecito gris dentro de la bolsa, tan suyo como el orgullo de tenerlo sin manchas. Con una servilleta Ella le secó algunas lágrimas. La consoló diciendo que la esperaba ahí y no en otro momento, que estaba feliz de hacerle bien.
Pagó el café y se fueron. Las dos para el mismo lado. Marisa, y la segunda mejor parte de su vida.
La chica de los apodos
1 comentarios miércoles, 23 de diciembre de 2009
Creo en el orden cósmico sin lugar a dudas, entendido como algo que escapa a nuestra realización y que por si, busca que todas las piezas encajen perfectamente. Las piezas en general somos nosotros y los motivos también son sagradamente nuestros.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
A fines del año pasado un ex compañero del primario dio con mi dirección de correo electrónico y así se pusieron un grupo pequeño de ellos en contacto conmigo. Luego del intercambio de datos de rigor me dieron algunas direcciones de correo electrónico para que pudiera hacer contacto con los hasta allí encontrados y eso hice.
Me fui a un locutorio en una mañana de diciembre y mandé en un solo mail a todas esas direcciones mis saludos y alegría de haber dado con ellos. Al otro día revisé mi cuenta buscando novedades.
Sólo una persona había respondido.
De todo aquel listado era con quien menos diálogo tuve en aquellos años, y a menor confianza más distancia, dicen. Respondí formalmente y me alegré de su respuesta posterior. El retorno de algunos nombres a mi vida era de la mano de alguien de quien nunca hubiera esperado eso. Y sin embargo hubo confianza enseguida, alegría a partir de sus respuestas, y yo intentaba no ser menos.
Formó familia y vive lejos de donde yo vivo así que el correo electrónico y el chat son las ayudas fundamentales. Pero con el chat no me llevaba, lo tenía instalado en mi computadora pero renegaba bastante de su uso. Ella me insistió en poder hacerlo y empecé de a poco.
Estaba muy contento de lograr confianza con alguien que era conocida y desconocida a la vez, era extraño. Sin embargo estuve seguro y feliz con ella, un lindo abrigo para empezar a ser amigos.
Hicimos ambos un curso acelerado contándonos nuestras cuestiones, le pusimos empeño en comprenderlas y nos acompañamos en las que merecían apoyo. Intenté estar a la distancia con ella ante algunas circunstancias, tendiendo la mano desde tan lejos y sintiéndola tan cerca. No sé si le pasó lo mismo, pero me hizo tan bien su presencia que de alguna manera empujó al año a que así lo fuera, me dio ganas de poner en acción a mis intenciones de mejorar, ella es la hermosa culpable.
Tiene claramente un problema. Un nombre que me remite a muchos recuerdos y evito decir en voz alta. A eso hay que sumarle que no soy un gran fijador de nombres, los olvido, con lo cual intento a partir de algún hecho o sobrenombre, ubicar a la gente. En su caso ella era alumna excelente y junto a otra, yo no les hablaba porque temía no tener un tema de conversación. Interpretaba de chico que el conocimiento distanciaba demasiado a la gente, que no había temas generales.
La rubia, sin dudas, era como San Martín y yo el lustrabotas del Sargento Cabral, sentía jerarquía. Equivocadamente, porque ella no generaba eso, pero mi mente sí.
Para solucionar esto de no nombrarla, decidí ponerle apodos para recordarla. También funcionan como códigos entre nosotros y todos tienen que ver con ella, describiéndola.
Salí de mis rutinas bastante oxidadas de siempre tener las mismas actividades. Me invitó a su mundo y a conocer a su familia y yo dudé porque no estaba acostumbrado a viajar, mi confianza en las cosas nuevas para hacer aun no era tan importante como hoy ya lo es.
Dudé bastante, pensé en qué diría su marido que le caiga a su casa alguien que no conoce y se quede unos días. Pero de nuevo me sorprendieron: me llamó por teléfono y me invitó él personalmente, me obligó a poner fecha y que me esperaría retrasando su trabajo para poder verme. A esa altura ya debía ir por simple curiosidad. ¡Una familia tan maravillosamente normal no existe!.
Le dije unos días antes que me enviara una foto para poder ubicarla si me iba a buscar, porque iba a complicarse. Me envió una foto y ya su pelo no es largo ni se lo ata, debía buscar otros parámetros. Luego de un eterno viaje recorriendo la Argentina entera antes de llegar (me vendieron pasaje en el micro que paraba en todas las esquinas), la vi, sola, sentada en la estación terminal, mirando para la ventanilla a ver si era el micro.
Un viaje eterno que valió la pena. Fue muy lindo y fui feliz de verla otra vez, aunque ya no como compañera de aquellos años, ahora fui a ver a una amiga reciente, a quien quería seguramente mucho más y mejor que aquella. Lo tomé como un viaje de egresados para disfrutar y la pasé muy bien.
Conocer a la gente implica hacerlo en todos los momentos y no habíamos tenido contrapuntos, hasta que los hubo, y también aprendí de ellos, padecí el enojo: es brava y también cariñosa, todo en la misma mano que tiende.
Revitalizó un poco mi entorno, y si bien la lejanía impide, está de alguna manera en mis cosas. No es una amistad que empieza y acaba en el año, creo que empezó rápidamente y ahora seguirá conmigo, aunque ya no sea la rubia aquella que se ataba el pelo largo.
Crecimos. Aprenderemos porque nunca es tarde. A ser mejores, primero para con nosotros, a predisponernos en recibir lo que damos a diario, a no sufrir si no es por lograr mejorar, a ver el futuro aun con el sol de frente, como alguna vez leí por ahí. Todas estas cosas nos unen y sin ella las padecería bastante.
Gracias, brujita.
Sin vos el año no hubiera sido movido. ¡Y lo fue!
Te quiero mucho. Le debo una a la vida.
Y un día Carmen volvió (a hablarme)
3 comentarios lunes, 21 de diciembre de 2009El reloj sonó puntual aunque para ser sincero ya estaba con un ojo abierto esperando el momento, igual lo lamenté: es muy feo hacerle caso a un despertador. Me levanto siempre temprano, aunque ése fue un sábado diferente. Por empezar, me juramenté nada de lágrimas y menos frente a la protagonista. Le quería evitar mi mar de llanto, justo a ella que vive cerca del río.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Evité preguntar aquello que ya sabía: las razones de su enojo (ver “La des-aparición”)…no las conoce ni recuerda. Yo menos. Los dos años y medio de silencio en la primaria de su parte quedarán como el crimen perfecto de mi infancia, no lo sabré jamás. Tampoco fui a eso, quería sentirla, lo necesitaba. No soy demostrativo e intentaba serlo, habrá visto una extraña combinación de ambas.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
No es el fin de la saga, es una continuación de aquí en más de nuestra saga de vida, tenía que ser ahora y no en otro momento, como escribiste.
Ahora no te enojes más o en tal caso hablalo conmigo antes de actuar, ¿vio?.
¡Estoy llorando de nuevo! Ahora ya de grande. Gracias por volver a darme la mano y entrar ya no en el jardín, sino a tu vida, otra vez.
Capítulo 4: Marcela Metejón
1 comentarios sábado, 12 de diciembre de 2009
Le diremos cariñosamente Marcela Metejón. No es su nombre y apellido, está claro, pero es a modo de una mejor descripción de lo que sentia, para evitar explicaciones de renglones eternos. Llegó cuando mi primaria ya promediaba y fue luz. Jamás había estado tan embobado al ver a alguien, sensación nueva que a la timidez le calzaba justita. Mi silencio se asociaba a quedarse mirando sin emitir sonido alguno.
De a poco la sorpresa y alegria inicial pasaban a ser algo cotidiano, lo que hizo que no pensara en prácticamente más nada, o que todo descendiera a niveles en los que no era capaz de razonar. Se fue al coro casi inmediatamente, cosa nueva era el coro en el colegio. Se nombraba la palabra y media aula quedaba vacia, y yo penando con lo que me daban de tarea mientras la mayoría cantaba o intentaba hacerlo. No era justo.
Mi timidez tuvo una seria lucha con mis convicciones, y tras casi dos meses me animé y pedí ser parte del coro. A la idea de huir de la clase se le sumaba el hecho de estar allí Marcela Metejón. Dos razones valederas.
El día en que se pidió a "los del coro" salir, comprobé qué era irse. O eva-dirse. Ya dentro del comedor en donde el coro por lo general ensayaba, vi a Marcela, guitarra en mano. ¡Y ahí ya pasó a categoría de inolvidable! no sólo sabía las canciones religiosas básicas de coro para misa y celebración puntual, sino aquellas que el profesor usaba para ensayar y además !tenía su propio repertorio!. Con el correr de los días la escuchaba afinar en el comedor su guitarra y me quedaba en el patio, apoyado contra la pared de cuadraditos celestes y blancos, escuchando...
El colegio y el hecho de ir, se volvió interesante. No tardó en ser el centro de las conversaciones, encabezadas o no por ella, y además era femeninamente varonera, si se me permite el término. Se adaptaba a los varones sin dejar de ser ella, lo cual caía bien y la hacía querible. Hasta ahí nadie me gustaba, no me preocupaba eso, vivía lejos y tenía otra relación con todos, no los veía fuera de clases, no sabía donde vivían, y yo si: lejos. Por eso las horas de clases eran sinónimo de tareas, amistades, peleas, charlas, o todo eso junto.
De más decir que al ser linda no iba a tardar en conseguir novio, y también era una realidad que salvo que el mundo se levantara al revés una mañana, yo no diría nada de lo que me pasaba, por miedo a su reacción pero sobretodo por miedo a mi, el introvertido sentirá siempre miedo por verse en situaciones que no dimensiona.
Querer a alguien y callarlo es como festejar un cumpleaños en silencio.
Un año después, en el cumpleaños (justamente) de una compañera, se lo dije. Y el no, rotundo, sonó por todo ese silencio de 365 dias. Me lo esperaba, pero se lo dije. Eso ya era un alivio. Una proposición más, una chica linda puede oir o no, pero para mi circunstancia, hoy hasta agradezco ese no como aliviador de trauma, me sentí mejor.
Las cosas fueron más sencillas. El hecho de la contemplación de algo que a uno le gusta puede darse sabiendo o no la otra persona, aunque es deseable que lo sepa. Nada de lo dicho me significó un sufrimiento y eso rescato. Quizás no era amor, era metejón. Como fuera, nunca había sentido algo asi con nadie.
A veces pienso en que estaba demasiado ocupado en sortear cuestiones del momento y no metido en el metejón por decirlo asi. Pero como sea, fue la primera de quien dije: ¡me rindo! ¡sos lo más lindo que vi en mi vida!. Bah...no lo dije...sólo lo pensé.
Hoy la veo y no me produce nada, es un recuerdo lindo de un momento y nada más, es extraña la vida. Las cosas no avanzan, en general son sepultadas por otras. No sentí desilusión al verla, hoy, sino que pasó el viento y se llevó todo. Y la convirtió ahora en anécdota hermosa de unos pocos renglones. Vaya, Metejón.
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