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."Alegria".
1 comentarios sábado, 5 de enero de 2013No se compra, pero se consigue. Cuando ayer me enteré que te vieron corrí enseguida adonde me dijeron, estabas. Pero el lugar lleno de gente no me ayudó. Caminé por el costado de la vereda, pegado al cordón, asi veía un poco más lejos. Entre el tumulto de personas que buscaban lo mismo que yo, casi inclinados en el suelo, una sola persona miraba de pie, con la espalda derecha. Me acerqué y ella también, mientras todos buscaban sin verla. Tenía puesto lo que no había imaginado, vestido azul de tela, pelo atado, alma suelta. Parecida a nada, nada se parece a ella. Le di la mano, encontré la suya. Y caminé su estrella.
."Lucha diaria".
1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012Una mujer tenía una sombra que la seguía, la escuchó sin verla, oyó pasos. Salió corriendo. Encontró a alguien en la calle, que la ayudó a buscar esa sombra en la vereda donde ella le dijo. Miraron los frentes de las casas, los jardines, los zaguanes. Nada. Comenzó a pensar que la sombra quizás era ese hombre que la intentaba ayudar y empezó otra vez a correr, dejándolo parado en la vereda. A unos 50 metros se dio vuelta y el hombre seguía allí, y ella ya no sentía que era esa sombra. Volvió y le pidió disculpas. Se juraron seguir buscando. Ya no a la sombra, sino a la razón del miedo. Si ella quiere, juntos.
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"Lugares de uno" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012Salió tomada de la mano de su mamá. Antes de bajar del cordón se dio vuelta y vio su casa. Un chalet con dos ventanas grandes, un jardín con la ligustrina bien cortada, la cochera y su perro, que asomado detrás de una planta la estaba viendo. Cruzó y caminó derecho. Cuando llegó al otro lado de la calle su mamá no estaba a su lado. Se miró sus brazos y vio que el reloj marcaba las dos y media de la tarde. La casa de su abuelo estaba ahí y tenía la sensación de molestar la habitual siesta. Puso la mano en la puerta de reja para abrirla y se arrepintió. Siguió caminando. Encontró el edifico del colegio lleno de chicos en la puerta. “Amenaza de bomba, todos afuera. Nos salvamos de la prueba, Inés”, le dice uno. Ella no puede creer lo que pasa y se vuelve a mirar las manos, que sostenían un guardapolvo arrugado y una carpeta azul. Vuelve a cruzar la calle, esta vez por la mitad. Ve escaleras altas y la entrada con rampa por donde ahora quería ingresar. Las puertas cerradas. Un cartel decía “La Universidad hoy permanecerá cerrada por desinfección”. Siguió caminando. Y el edificio donde trabajaba, y el consultorio del dentista, y el colegio de sus hijos, y su casa recién estrenada. No podía entrar en ningún lado. Volvió por la misma vereda a la casa de sus padres. En la puerta la mamá la esperaba y sin retarla la volvió a tomar de la mano. Como cuando se deja a los hijos, ir, ver, y volver. Algo así como pasear por su destino.
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"Crujido" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"Pesada culpa" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012San Juan y Defensa. Donde San Telmo es de asfalto y también empedrado mezclado. Tobías hace equilibrio en la calle angosta con el viejo bolso en la mano mientras los autos como espiándolo, le pasan cerca pero lento. Llegando a Plaza Dorrego se toma un respiro y mira hacia arriba. Los árboles, el sol de media mañana, los puestos ambulantes de cosas viejas. Su bolso no desentona con el ambiente. Acelera el paso porque la carga ya le pesa un poco. Entra al Mercado subiendo un gastado escalón. La dirección es la correcta, está llegando sin conocer el lugar. Deja el bolso en el piso y relee el papel: cuarto negocio, lado izquierdo. Todos parecen iguales pero va resuelto al cuarto local. Un señor mayor está sentado en una banqueta diez números más chica que su anatomía, con una especie de trofeo en la mano. “Buenos días, ¿usted es el señor López?”. Levanta su vista sin mucho agrado y le dice que sí. “Me llamo Tobías, su dirección figuraba dentro de este bolso que un tio mio tenía entre sus cosas. Él falleció y le traje lo que había. Quizás le interese”. El hombre giró para quedar de frente al bolso, lo miró a Tobías diciendo lo obvio: “Sos joven, vos”. Esos comentarios sin respuesta que casi todos hacemos. Miró el hombre el bolso por fuera, le sintió la textura unos segundos con las manos. Cuando levantó la cabeza Tobías ya no estaba. Lo buscó casi sin interesarle y volvió su vista al bolso. Estaba vacío pero pesaba como si estuviera lleno. El hombre lo cerró y lo dejó en un costado. Quizás Tobías volvería, pensó. Pero pasaron días y noches, el hombre no conciliaba el sueño, le volvía a la mente ese bolso vacío. Una madrugada salió de su casa rumbo al negocio. Vio el bolso abierto, lo cerró. Al intentar levantarlo estaba imposible de alzar con una sola mano. Desde ese día, por las mañanas, se ve a un hombre en su local de antiguedades esperando que un joven vuelva. Y se lleve ese bolso lleno de culpas, de años, que todos los días se va poniendo cada vez más pesado.
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