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."Hace una semana".

0 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
No te diste cuenta. Mientras me hablabas desacomodé tu pelo detrás de la oreja porque lo quise ver suelto. Es imposible recordar de qué estabas hablando, ocupado en asemejar la imagen perfecta que estaba viendo, tal como en mis sueños y anhelos. Te miré en silencio y el corazón gritaba que gritara. Pasó un minuto y luego dos. Y el amor que de nervios me hace tartamudear y por eso lo quise evitar no hablando. Luego un tema, dos personas y algo más que un reproche. Mi mano y mis lágrimas, que me lastiman y te lastiman. No querer que te vayas. Desear mi deseo. Para que vuelva a ser sueño mi amor versus tu tiempo. Para que vuelvas, Reina. Y desacomodar tu pelo.
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."La cobardía".

1 comentarios miércoles, 29 de febrero de 2012
Sabés que no voy a decirte nada. La cobardía forma parte del cuero que los hombres tenemos, donde todo rebota para no doler. Supongo que notás lo desarmado que estoy cuando te veo, el alma que está suelta sólo si sabe que estás cerca. Y la ilusión con forma de diálogo diario que solemos tener. A lo único que me animo es a que me preguntes algo, soy en tu duda el hombre más feliz. Pero si vos tampoco me decís nada entenderé que mi ilusión, la que nunca se hizo palabra, se pondrá triste. Eso sí: dejá que mi alma juegue al lado tuyo, como el chico que fui, sin pensar en nada más. Soy un cobarde con amor.
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"Paredes" -Cuento corto-

1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012
Los Richmond se van de vacaciones y le aviso a mi esposa para que venga a ver por la ventana cómo parten nuestros vecinos. El auto está cargado de cosas y hasta el perro asoma por la ventanilla. Es una familia rara, los Richmond. No saludan, no se los suele ver, hace cinco años son algo así como invitados de un barrio tranquilo. Al otro día, llegan a las siete de la mañana obreros enfrente y comienzan a limpiar el terreno. Sobre el mediodía llegaron los materiales, el asunto ya me parecía extraño. Mis vacaciones del trabajo parece que serán sólo mirar la casa del vecino. A los tres días veo que hacen la base de cemento de una pared. Pero una pared bien grande, que abarca el ancho del terreno y es mezcla de ladrillos a la vista y un cemento con algún garabato. A los veinte días la casa no se veía más, superada en alto por la pared. Quedó prolijo pero horrible desde lo estético. Los obreros se van y la casa que ya es directamente una pared, tiene ahora dos faroles que decoran la flamante construcción. Exactamente al mes los Richmond regresan. Entran por el portón nuevo y estrecho, pareciera que el auto pide permiso. Mi esposa me dice que ella averiguará de algún modo por qué han hecho esa pared. Un día veo que entran el auto y espero a que cierren el portón. Me cruzo y me agacho un poco para ver desde la cerradura hacia el interior. En eso alguien abre desde adentro y me ve espiando. Yo me pongo derecho y tan colorado como el mejor de los tomates. El señor Richmond se empezó a reir y yo no sabía qué hacer. Le pedí disculpas pero le pregunté con todo respeto qué razón tenía hacer esa pared. “¿Yo le puedo hacer una pregunta a usted?”. Sí. “¿Y qué razón tiene usted para mirar mi casa?”. Me quedé en silencio y él aprovechó y me extendió la mano, que también le di. Desde ese día pasaron dos meses. Mi esposa ya no espía más a los vecinos. Los Richmond ya no me importan. Y a la nueva pared de mi casa, el color verde le hace juego con el pasto. Un consuelo, saber que ahora nadie me ve. Ni veo.
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"Pablo y las luces" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012
No había manera. Pablo no se podía dormir. Cuando no se tiene el sueño fácil hasta la luz de un fósforo se siente como el sol mismo, y molesta. Pablo siempre duerme del lado derecho, cree que el corazón así descansa mejor. Pero esta vez abría los ojos en la oscuridad y algo veía. Se levantó y fue hacia eso. Era la pequeña luz roja del televisor, señal de que estaba apagado. La tapó y volvió a la cama. Dio vueltas y desacomodó la sábana. Se volvió a levantar. Fue al comedor. Pablo vio que la radio también tenía esa luz roja encendida. Y el teléfono inalámbrico. Y las llaves de luz. Y el cargador del celular. Y la base de la cafetera. Y el mouse óptico de su notebook que no desenchufó. El cargador de pilas desentonaba con el resto: su luz era de color verde. Debajo de la puerta se veía la luz prendida del pasillo de su edificio. Se acercó sin encender nada y se golpeó el dedo chiquito del pie contra el mueble. Pablo se sentía un paranoico en su propia casa pero no se lo iba a decir a nadie. Por la mirilla todo se ve en redondo y nunca hacia los costados. Al que se le ocurrió inventarla jamás vio su producto terminado. Apoya Pablo sus dos manos contra la puerta pero no ve gente. Entonces desenchufa el televisor, la radio, el teléfono inalámbrico, el cargador del celular, la base de la cafetera, la notebook y el cargador de pilas. Ahora sí, Pablo podrá dormir. Prende la luz para ver qué hora es. Siente que no hará a tiempo, adelanta la alarma una hora, se acuesta. Se queda pensando en que la alarma puede no sonar si se corta la luz, busca un reloj a pilas. Ahora sí. A dormir. No. Ya amanece. Mejor se queda despierto. Mañana seguro Pablo dormirá mejor.
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"El espejo del otro"-Prosa

1 comentarios jueves, 22 de diciembre de 2011
No es verdad, no es todo el tiempo.
Hay cosas que decide sin consultar,
sin dejarse llevar, sin compañía eterna
de algún cierto resplandor en el que cree.
A veces se apura para perderlo, acelera
para perderse él mismo en algún rincón.
Está expectante, mi teoría concluyente
esperaba por ser dicha.
Ayer los vi, a los dos.
Uno tenía la cara de mendigo de cariño,
dulcemente contento de ser
contenido con la mirada.
El otro en cambio me observaba a mi.
Me sonreía, a veces se movía
de lado a lado, me miraba fijo
disimulando atención en el viento.
Cada uno a su manera quieren que se los escuche,
yo me desdoblo en oídos aunque no pueda.
Decido mirar y escuchar por separado del plano.
¿Puedo?. Pude.
Recibí cierto calor, de fuego y razón.
Ellos tienen eso, yo sigo viendo
lo que el otro me dice, disociado en ellos
y unido en mi.
Intento con un gesto que los dos
dejen de hacer que los entienda.
Y les dije mi teoría.
La concluyente:
“Ustedes son dos en un único fin,
en recuerdos y en presentes, en
la teoría de mi al verlos y la del mundo
girando para seguirlos. Son privilegiados.
Vivan lo suficiente para comprobarlo”.
El que me hablaba se fue diciendo
que no me creía.
El que me oía dijo
que todos lo oyen menos el que habla.
Entendí, entendieron, disimulaban
hasta la necedad.
Y yo ya dejé de verlos en dos
cuando ayer cruzaron mi vida.
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"Latido reflejo"-Prosa

1 comentarios miércoles, 14 de diciembre de 2011
Un corazón que apunta,
dispara y rompe en tres
el ajeno corazón tan suyo.
Siento que no sabe lo que hace,
no soy un plano en espera, necesario,
deseado. Ante su corazón irremediablemente
yo soy ella.
Dejo de mi la respiración en otro ritmo,
un ritmo propio y agitado
que luego sentiré preso en los dos.
¿Saben aquellos dos árboles sensatos
la unión sin mezcla de dos respiraciones?.
No me molestan cuando ven
mis tres partes en corazón, son testigos
de esa resignación amorosa.
De quedarme sin mi y ser egoístamente
yo en ella.
Me toma de la mano, tocamos nuestras yemas
para buscarnos, para fundir huellas.
Para tener la energía del otro.
Para desesperadamente querer ser el otro.
Y lo logramos.
Los árboles mueven mi corazón en tres partes.
Soy afortunado con el alma,
de respirar en alguien, de querer
y de creer.
Ahora en tres partes de mi, viven dos.
Vivimos.
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Museo de puertas abiertas

1 comentarios martes, 24 de noviembre de 2009





















Ubicado en la Provincia de Buenos Aires y en una esquina de Vicente López, Alsina y Monasterio, el local de Guillermo Pastene sobresale del común apenas la puerta de entrada se traspasa. Cientos de objetos pequeños y grandes, de diferentes épocas y relacionados o no con el mundo de un local comercial, dan la bienvenida. El término museo no le queda grande. “Pastene es una institución dentro de Vicente López, y con el paso del tiempo intentamos hacer un pequeño museo que pudiera contar la historia del partido. Lo traté de ambientar como me gusta a mi”.
Pensado o no, los objetos más grandes son los que están en la parte superior, mientras que los más chicos se ubican debajo, lo que permite ver todos y cada uno de los elementos que Guillermo ¿juntó o ya tenía?. “La verdad es que, teniendo 11 años, empecé en este lugar ayudando a mis padres. Pasaban botelleros todo el tiempo y les compraba metales. Al principio hacía lámparas con lo que podía conseguir. Luego algunas cosas guardé y otras las conseguí”.






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