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"Luchas"-Prosa
1 comentarios miércoles, 28 de diciembre de 2011Dime lo que valgo sin mentirme,
dijo el viejo a su recuerdo.
-“Hoy no vales mucho, eres un pasado
en esplendor, un cielo finito y humano
para una orden que ya no existe”.
No mires esto, mira mi pasado de sol, de lluvia,
de ideas célebres, de tirano que convencía.
Pídeme algo que haga y lo haré.
-“Ve y destruye el sol”.
¡No puedo!. Es imposible. Me rige,
nos gobierna, es objetivo naciente y poniente,
sería un desperdicio.
-“Eres un viejo y yo, un recuerdo que te golpea
donde no quieres. Una vez lo intentaste.
¿Lo recuerdas?. Eras joven, por primera vez
decisión y duda se dieron en vos la mano.
Desde ahí hasta hoy. ¿Pido otra cosa?”.
Sí, estaré dispuesto a hacerlo.
-“Retrocede el tiempo”.
¡No puedo!. Nadie puede.
Es tenaz, es decidido, tiene un objetivo,
es inexorable en él y en todos,
respeto la sabiduría de los obstinados.
Tiene algo de mi envidia
a su camino largo y seguro.
-“Tampoco puedes, los años te hacen dudar.
Un solo intento más por tu arrojo:
¿Puedes volver a buscarte
adonde vos quisiste quedarte?”.
¡Sí, puedo!.
Eres, recuerdo, donde siempre
hubo sol y tiempo, donde soy
parte de mi y de lo que ya no extraño.
Puedo volver pero necesito la llave
que impide el olvido, la razón perfecta
del sueño tenue, aun.
Y el recuerdo al fin, dijo:
-“Ahora, viejo hombre,
todo de mi, puedes”.
read more “"Luchas"-Prosa”
dijo el viejo a su recuerdo.
-“Hoy no vales mucho, eres un pasado
en esplendor, un cielo finito y humano
para una orden que ya no existe”.
No mires esto, mira mi pasado de sol, de lluvia,
de ideas célebres, de tirano que convencía.
Pídeme algo que haga y lo haré.
-“Ve y destruye el sol”.
¡No puedo!. Es imposible. Me rige,
nos gobierna, es objetivo naciente y poniente,
sería un desperdicio.
-“Eres un viejo y yo, un recuerdo que te golpea
donde no quieres. Una vez lo intentaste.
¿Lo recuerdas?. Eras joven, por primera vez
decisión y duda se dieron en vos la mano.
Desde ahí hasta hoy. ¿Pido otra cosa?”.
Sí, estaré dispuesto a hacerlo.
-“Retrocede el tiempo”.
¡No puedo!. Nadie puede.
Es tenaz, es decidido, tiene un objetivo,
es inexorable en él y en todos,
respeto la sabiduría de los obstinados.
Tiene algo de mi envidia
a su camino largo y seguro.
-“Tampoco puedes, los años te hacen dudar.
Un solo intento más por tu arrojo:
¿Puedes volver a buscarte
adonde vos quisiste quedarte?”.
¡Sí, puedo!.
Eres, recuerdo, donde siempre
hubo sol y tiempo, donde soy
parte de mi y de lo que ya no extraño.
Puedo volver pero necesito la llave
que impide el olvido, la razón perfecta
del sueño tenue, aun.
Y el recuerdo al fin, dijo:
-“Ahora, viejo hombre,
todo de mi, puedes”.
Lo que hay detrás de la puerta: ¡alguien lo hace mejor que yo!
1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009
En un mundo laboral bastante inestable y en donde no hay momentos de calma en cuanto a seguridad del puesto de trabajo, saber que una tarea es responsabilidad de nosotros y no de terceros otorga tranquilidad. Porque creemos que eso es el salvoconducto hacia cierta permanencia, que nos valoraràn a partir de esa acciòn especìfica y hasta en una de esas nos felicitan. ¡Hace cuanto que no me felicitan por hacer bien las cosas!.
Pero hemos hablado en algún momento de la diferencia según los ámbitos que un trabajo puede tener. Si las acciones estàn delimitadas, son inamovibles, o hay muchos que realizan tareas similares.
Esto es, trabajar o no junto a muchos compañeros en una oficina, por ejemplo. En donde realizan labores iguales màs de una persona.
Cuando la sensación al trabajar es de comodidad, funcionan ciertos mecanismos en nosotros. Por empezar seguramente iremos de mejor ànimo, sabiendo que en un punto todo se deja llevar, fluir, y que uno acompaña lo que hace, no lo enfrenta, no lo sufre, no lo lleva como carga. Veremos todo mejor y el otro notarà que nos sucede eso.
Si la competencia està al lado de nuestro asiento la cosa cambia. Porque se termina intentando trabajar màs y mejor que el de al lado y no por hacer bien lo nuestro. Es inevitable entonces cierta competencia y tambièn el apuro. La velocidad, creemos, es necesaria y a veces se premia calidad de lo hecho y no rapidez en si, hay que saberlo.
Ante iguales posibilidades puede ocurrir de encontrarnos a alguien que puede hacer nuestra tarea mejor que nosotros. Porque no somos màquinas, porque tenemos virtudes y defectos que se dan a conocer en nuestro andar. Lejos està de ser debilidad, sobretodo si aprendemos a mirar què es aquello que nos falta. Para un principiante (y para muchos con años de oficina y lugares varios, recorridos) lo primero que surgirà es la envidia. Tampoco eso nos aconseja. ¿Què hace alguien que es mejor que yo? ¿Què tiene de bueno? ¿Lo puedo aplicar yo a mis cuestiones?.
A veces no hace falta consultar a la persona directamente, uno aprende a mirar a partir de lo que le ocurre (¡de malo!), en general. En estas palabras no hay resignación. Sòlo se trata de aprender de nuestros límites. Pero aprender. Quizàs luego, sabido lo que lo hace mejor al otro, lo hago mejor yo que los demàs.
Porque a su vez tendrà mis propios valores.
Al final, luego de un tiempo, yo soy, finalmente, quien puede hacerlo mejor que antes.
Pero hemos hablado en algún momento de la diferencia según los ámbitos que un trabajo puede tener. Si las acciones estàn delimitadas, son inamovibles, o hay muchos que realizan tareas similares.
Esto es, trabajar o no junto a muchos compañeros en una oficina, por ejemplo. En donde realizan labores iguales màs de una persona.
Cuando la sensación al trabajar es de comodidad, funcionan ciertos mecanismos en nosotros. Por empezar seguramente iremos de mejor ànimo, sabiendo que en un punto todo se deja llevar, fluir, y que uno acompaña lo que hace, no lo enfrenta, no lo sufre, no lo lleva como carga. Veremos todo mejor y el otro notarà que nos sucede eso.
Si la competencia està al lado de nuestro asiento la cosa cambia. Porque se termina intentando trabajar màs y mejor que el de al lado y no por hacer bien lo nuestro. Es inevitable entonces cierta competencia y tambièn el apuro. La velocidad, creemos, es necesaria y a veces se premia calidad de lo hecho y no rapidez en si, hay que saberlo.
Ante iguales posibilidades puede ocurrir de encontrarnos a alguien que puede hacer nuestra tarea mejor que nosotros. Porque no somos màquinas, porque tenemos virtudes y defectos que se dan a conocer en nuestro andar. Lejos està de ser debilidad, sobretodo si aprendemos a mirar què es aquello que nos falta. Para un principiante (y para muchos con años de oficina y lugares varios, recorridos) lo primero que surgirà es la envidia. Tampoco eso nos aconseja. ¿Què hace alguien que es mejor que yo? ¿Què tiene de bueno? ¿Lo puedo aplicar yo a mis cuestiones?.
A veces no hace falta consultar a la persona directamente, uno aprende a mirar a partir de lo que le ocurre (¡de malo!), en general. En estas palabras no hay resignación. Sòlo se trata de aprender de nuestros límites. Pero aprender. Quizàs luego, sabido lo que lo hace mejor al otro, lo hago mejor yo que los demàs.
Porque a su vez tendrà mis propios valores.
Al final, luego de un tiempo, yo soy, finalmente, quien puede hacerlo mejor que antes.
Lo que hay detrás de la puerta: felicidad laboral, cara de portaretrato
1 comentarios
En un mundo ideal podríamos encontrar sólo dos tipos de personas: aquellas que son efectivamente felices y las otras, que sólo creen que lo son.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
Lo que hay detrás de la puerta: nuestro vaso medio lleno
1 comentarios lunes, 16 de noviembre de 2009
Si bien aquello que uno puede aportar desde su visión pretende ser la mirada del alumno que sale del cascarón universitario hacia “la vida”, pocas cosas nos unen a todos como la búsqueda laboral. Con mayores o menores pretensiones, currículums extensos o vacíos, todos queremos de nuestro futuro algo así como un trabajo “decente y permanente” (ustedes pongan los dos términos en el orden e importancia que deseen).
La realidad en los números nos muestra una oferta laboral para ciertos rubros, que no necesariamente tienen que ver con los universitarios o terciarios. Basta que se decida llamar a alguien para cortar el pasto que se verá que a Dios gracias, trabajo en general no les falta. Esto también les cabe a albañiles, pintores, electricistas, cortineros, maestros mayores de obra, plomeros y entendidos en informática que quieran ser empleados realizando más que nada labores muy específicas.
Otros rubros no corren con igual suerte. Porque existe sobreabundancia y también, porque cuando el diario se abre no hay oferta de aquello que se es. La conclusión primaria nos muestra una realidad tras los números positivos de la economía. Algo así como una “matrix” en la que o se está dentro de ella, o se la contempla.
Ergo: la inserción laboral es lenta, o básicamente dependiente de ciclos. Vale decir, cuando una profesión está de moda y todos quieren ser parte de una actividad. Queremos “subirnos” a esa matrix, pero parece que no somos los únicos en querer hacerlo. Y el mercado se agota en pedidos muy puntuales.
Las nuevos términos para definir al simple empleado nos eximen de mayores comentarios:“Senior”, “semi Senior”, “Junior” “semi Junior”…
Hace unos días me puse contento ya que cerca de mi casa alguien puso un cartel en su inmobiliaria buscando empleados. Algunas personas había en la fila y les pregunté qué se precisaba…”Empleado principal o Senior para desempeñar tareas relativas a la profesión”. Si alguien no comprendió, se pide experiencia para atender el teléfono, sacar fotocopias, concertar entrevistas, realizar una agenda de contactos…
Lo triste es que si bien exigir condiciones por parte de un empleador es su derecho y en esos términos gana el que mejor preparado esté, tampoco es sano tener que ser Abogado para coordinar por teléfono reuniones de otros. Mejor dicho, no es justo.
Nuestras posibilidades son siempre el vaso medio lleno en la historia de buscar trabajar. Confiar en la experiencia debe ser tan determinante como también lo que nosotros hagamos ante una chance, una puerta que se abra. Si la supervivencia es la del más apto, allí se verán nuestros reales valores.
Por las dudas, para no quedar fuera de la matrix, es bueno empezar por confiar en lo que cada uno siente que es luego de recibirse. Ese y no otro, es el vaso medio lleno.
La realidad en los números nos muestra una oferta laboral para ciertos rubros, que no necesariamente tienen que ver con los universitarios o terciarios. Basta que se decida llamar a alguien para cortar el pasto que se verá que a Dios gracias, trabajo en general no les falta. Esto también les cabe a albañiles, pintores, electricistas, cortineros, maestros mayores de obra, plomeros y entendidos en informática que quieran ser empleados realizando más que nada labores muy específicas.
Otros rubros no corren con igual suerte. Porque existe sobreabundancia y también, porque cuando el diario se abre no hay oferta de aquello que se es. La conclusión primaria nos muestra una realidad tras los números positivos de la economía. Algo así como una “matrix” en la que o se está dentro de ella, o se la contempla.
Ergo: la inserción laboral es lenta, o básicamente dependiente de ciclos. Vale decir, cuando una profesión está de moda y todos quieren ser parte de una actividad. Queremos “subirnos” a esa matrix, pero parece que no somos los únicos en querer hacerlo. Y el mercado se agota en pedidos muy puntuales.
Las nuevos términos para definir al simple empleado nos eximen de mayores comentarios:“Senior”, “semi Senior”, “Junior” “semi Junior”…
Hace unos días me puse contento ya que cerca de mi casa alguien puso un cartel en su inmobiliaria buscando empleados. Algunas personas había en la fila y les pregunté qué se precisaba…”Empleado principal o Senior para desempeñar tareas relativas a la profesión”. Si alguien no comprendió, se pide experiencia para atender el teléfono, sacar fotocopias, concertar entrevistas, realizar una agenda de contactos…
Lo triste es que si bien exigir condiciones por parte de un empleador es su derecho y en esos términos gana el que mejor preparado esté, tampoco es sano tener que ser Abogado para coordinar por teléfono reuniones de otros. Mejor dicho, no es justo.
Nuestras posibilidades son siempre el vaso medio lleno en la historia de buscar trabajar. Confiar en la experiencia debe ser tan determinante como también lo que nosotros hagamos ante una chance, una puerta que se abra. Si la supervivencia es la del más apto, allí se verán nuestros reales valores.
Por las dudas, para no quedar fuera de la matrix, es bueno empezar por confiar en lo que cada uno siente que es luego de recibirse. Ese y no otro, es el vaso medio lleno.
Lo que hay detrás de la puerta: el trabajador en su laberinto
1 comentarios
Cuando hablamos de primeras oportunidades dadas, la persona que lo hizo posible no será jamás olvidada. Fue quien confió en que nosotros podíamos y de paso, nos dimos cuenta que algo de razón tenía. Ciertas veces otros confían más en nuestros valores que nosotros mismos.
Existen matices. Como en todo, cuando de relaciones humanas se trata. Para saber diferenciar lo que el empleador quiere de cada uno, la tarea de averiguarlo resulta sencilla: ¿nos paga por nuestro trabajo?. ¿No?. Pues entonces estamos en presencia de la temida condición de “a prueba”. Y aunque aprender de la práctica nunca está mal, sí lo está el abuso del tiempo, el generar el “estado permanente” de nuestra condición.
Las soluciones no están en quien recién comienza. Laberintos de un sistema que en general nos pierde dentro de sus caminos, estamos en medio de todas las decisiones que otros toman. Una protección legal la dan aquellas empresas que buscando dentro de las Facultades, quieren en condición de pasantes a alumnos. Para ir fogueando a aquellos que se están por recibir.
Aunque se puede envidiar a los que son elegidos, nada es un lecho de rosas. Porque uno aprende si le enseñan, además de lo que uno observa. La cuestión es si quienes contratan buscan enseñar las cosas, o sólo a quienes lo hagan rápido y sin chistar. Mejor, no sabemos. Pero, rápido.
Nuestra ilusión de luz al final del túnel nos guía en el laberinto. Mientras, el tiempo pasa, para puro beneficio de quien nos “toma una prueba”. Por eso la recomendación (y les aseguro que con una base empírica importante) es aclarar todo lo necesario desde el principio. Aunque uno quede como estructurado y amigo de los formalismos. Pero es que después no hay derecho a la queja. Es algo así como la letra chica de la compra de un microondas. ¿Quién lee que el representante de la marca atiende en Uruguay?. Nadie. Así que en lo posible, fijarse de aclarar puntos.
A veces ocurre que se sabe cómo es la labor diaria, aunque el empleador no impone otras reglas ya que las da por entendidas. Pero no todos tenemos la lógica de un empleador. Nunca está demás consultar, y a veces hasta con suerte uno ha inaugurado un estilo de trabajo sin quererlo.
Siempre es mejor que en el laberinto sólo quede el Minotauro y nadie más.
Existen matices. Como en todo, cuando de relaciones humanas se trata. Para saber diferenciar lo que el empleador quiere de cada uno, la tarea de averiguarlo resulta sencilla: ¿nos paga por nuestro trabajo?. ¿No?. Pues entonces estamos en presencia de la temida condición de “a prueba”. Y aunque aprender de la práctica nunca está mal, sí lo está el abuso del tiempo, el generar el “estado permanente” de nuestra condición.
Las soluciones no están en quien recién comienza. Laberintos de un sistema que en general nos pierde dentro de sus caminos, estamos en medio de todas las decisiones que otros toman. Una protección legal la dan aquellas empresas que buscando dentro de las Facultades, quieren en condición de pasantes a alumnos. Para ir fogueando a aquellos que se están por recibir.
Aunque se puede envidiar a los que son elegidos, nada es un lecho de rosas. Porque uno aprende si le enseñan, además de lo que uno observa. La cuestión es si quienes contratan buscan enseñar las cosas, o sólo a quienes lo hagan rápido y sin chistar. Mejor, no sabemos. Pero, rápido.
Nuestra ilusión de luz al final del túnel nos guía en el laberinto. Mientras, el tiempo pasa, para puro beneficio de quien nos “toma una prueba”. Por eso la recomendación (y les aseguro que con una base empírica importante) es aclarar todo lo necesario desde el principio. Aunque uno quede como estructurado y amigo de los formalismos. Pero es que después no hay derecho a la queja. Es algo así como la letra chica de la compra de un microondas. ¿Quién lee que el representante de la marca atiende en Uruguay?. Nadie. Así que en lo posible, fijarse de aclarar puntos.
A veces ocurre que se sabe cómo es la labor diaria, aunque el empleador no impone otras reglas ya que las da por entendidas. Pero no todos tenemos la lógica de un empleador. Nunca está demás consultar, y a veces hasta con suerte uno ha inaugurado un estilo de trabajo sin quererlo.
Siempre es mejor que en el laberinto sólo quede el Minotauro y nadie más.
(imagen gentilezawww.1.bp.blogspot.com)
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