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."Retrato en su noche".

1 comentarios sábado, 30 de junio de 2012
Te confundí con el ruido del mar a la noche, tocando la arena. Cuando hay viento y camino solo dejando que la cabeza trate de pensar, o en realidad sólo piense en no tener ideas. Creí que eras una presencia, de tantas que suelen rodearme sin darme tregua, que cansado suelo dejar que caminen conmigo y la soledad mejor les queda. Miré sin darme vuelta sintiendo a mis espaldas pero no escuché nada. A los costados el mar  y cierta arena hecha tierra. Dejé de escuchar para sentir tu esencia. De pronto estabas conmigo, miraste a los que me rodeaban y te hicieron reverencia. Me sentí mejor al rato, sólo veía lo que el ruido del mar a la noche me dejó en recompensa. Y alejó con caricias. Eternas.
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"Se perdió el buscado" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Laberinto de espejos. Un espacio dentro de un amplio tinglado. Con el piso de esos de tierra tan usado que sin ganas el tiempo lo volvió plano. La base de todos los espejos estaban oxidados y creí que eso sería una ayuda cuando entré para salir. Pero de niño uno es atropellado y me acuerdo pegarme la frente dos veces bastante fuerte, y recién ahí ir tanteando. Por supuesto me perdi. Miré para arriba, me fijé en una lámpara que colgaba e imaginé por qué lugar del laberinto andaba. Seguí tanteando escuchando ruidos cada vez más cercanos, imaginé como Minotauro estar mas o menos terminando. Pero fui a dar a un costado y de nuevo a entrar. Volví a tantear, ubicando, viendo si desde el medio podía ir retomando el camino deseado. Miré otra vez la lámpara, tomé un sentido, lo seguí seguro pero no obstinado. Parecía que iba bien, uno de chico se frustra sin resultados. Puse la mano delante del último espejo. Me miré prestándome atención por primera vez reflejado sin otro motivo que mirarme parado, me fui por un costado y llegué a la salida. Del laberinto del que a veces creo, no salgo. Pasados los años.
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"Errado precavido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012
1991. El cielo completamente gris. La calle absolutamente embarrada de lado a lado y yo, no sé si tan mojado como resignado en el fondo, miraba la situación con las manos en la cintura. Tenía que cruzar hacia el otro lado para tomar el colectivo. Las calles de tierra cuando llueve forman al paso de los autos dos zanjas parejas por donde a veces se puede caminar. Esta vez todo era agua y tierra mojada. Durante cuatro cuadras seguí caminando derecho sin encontrar la manera de poder cruzar. Me arremangué el pantalón jean, que para esa altura ya era una piedra mojada, y pensé que al final mis medias necesitaban un cambio, asi que las podría sacrificar. Me daban pena las zapatillas porque tenía sólo un par. Luego de dos eternos minutos me animé. Crucé casi en diagonal. Tenía la extraña sensación de caminar sobre algo parecido a la crema, que hacía ruido cuando levantaba la pierna para volver a pisar. Decidí no mirar hacia abajo para no deprimirme aunque sentía que cada vez me hundía más. Llegué al otro lado. Puse primero un pie sobre el mejorado del frente de una casa y luego con dificultad el otro pie. Miré pero el colectivo no venía. Bajé la vista para verme las piernas y la parte de los pies estaban de otro color. Mis plantillas hacían ruido y las sentía como flotando. Me detuve a ver mis pasos marcados en la calle de tierra. Parecían los del hombre llegado a la luna, casi redondos y con alguna forma de la zapatilla. Lamenté mi único par de zapatillas. Se ve venir el colectivo. Es de los viejos, muy viejos. Me subo y el chofer me ve la facha. Le dije que no se podía cruzar, que me embarré. “Te hubieras quedado de ese lado y yo te abría la puerta de acá”, en referencia a la puerta del lado del conductor, el colectivo aun tenía de esas. Yo lo miré y pensé que por precavido a veces no se ven mejores soluciones. Llegué a mi casa y mi vieja me recibe con horror. Aun el barro seco en mi ropa y me dice “Mañana es tu cumpleaños, andá a comprarte unas zapatillas, esas no dan más. Es mi regalo”. Yo la miré y pensé que por precavido tampoco acá había visto mejores soluciones. Desde ese dia, para la lluvia tuve un exclusivo par de zapatillas. Y además, un amigo que me abría la puerta del lado del conductor.
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"El piso del ruido"-Prosa

1 comentarios miércoles, 14 de diciembre de 2011
Nadie está preparado
para una sorpresa programada.
Es imposible unir cielo y tierra
en paz y en infiernos, no hay mezcla
divina si estamos siempre de un lado sordo.
Queremos ser aquellos sin mutar
en más sencillos receptores.
Lo vamos a buscar, desde algo llamado vida
para verlo como espectadores, deseando
no ser llamados ni molestados.
El ruido es el piso que se mueve,
estoy dudando de qué siento, si miedo, si frio,
si algo de ganas de cerrar mis ojos
para seguir un ritmo.
Viene de abajo, retumba en mi,
en mis pestañas, como final de extremidad
traspasando toda materia.
No miro más, ya sólo siento.
El sonido tiene el color de mis latidos,
como si estuviera yo fuera de mi.
Y hay sensación de vuelo,
de obra terminada en el tiempo justo,
dulce cuando nadie lo impone.
Y aun así, se impone.
Salgo consciente de algo, del ruido,
del piso y su sonido.
De la sensación placentera del vacío
con mis emociones fuera de mi.
Sorprendido del plan perfecto
de cielo y tierra, ahora.
Cuando ya soy dos.
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"Paisaje en el alma" -Cuento Corto-

1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011


Marcelo disfrutaba el viaje por Mendoza. Estaba realmente feliz por tener 15 días de descanso y quería aprovecharlo. Para Alicia en cambio la cuestión pasaba por acompañar y aceptar que si las vacaciones tocan en pleno enero, el calor aunque no le guste va a estar presente en todo el viaje.






En el último dia el grupo va hasta Las Leñas. Al mediodía, unos veinte kilómetros antes de Malargue, una estancia los esperaba para el almuerzo. Bajan y se van acomodando en una larga mesa. Ella pide el primer plato y no quiso comer más, no tenía hambre, y sale un rato para fumar tranquila. La entrada a la estancia tenía un camino en piedra de color gris, un canto rodado muy lindo, demarcado por líneas blancas. Sobre la izquierda otro camino, ya de tierra y sin piedras.






Elige ir unos metros por ese sector pero no puede prender el cigarrillo por el viento que se lo impide. Lo guarda y sigue caminando. Por el azar de la naturaleza ese camino empezaba a quedar encerrado entre dos tramos de la cordillera. Cerró su campera hasta el cuello, el viento hacía un ruido particular que nunca había sentido. Se frenó. Escuchó el silencio, creyó estar loca pero no: el silencio tiene ruido cuando el ámbito es más grande.






La realidad, por dos segundos, la hace girar y ver que la estancia le iba quedando lejos. Mira hacia adelante y descubre la razón del ruido: un pequeño rio iba con fuerza, de izquierda a derecha, con agua de color tan transparente que veía el fondo de piedras en distintos tamaños y colores. Era realmente hermoso. Siguió paralela al rio unos veinte metros. Encontró a un nene de no tendría más de 10 años. Estaba sentado mirando el agua muy concentrado. Cuando lo iba a saludar vio a un hombre en medio de la correntada, con su caña de pescar. Un hombre mayor, con unas botas muy altas que apenas se le veían de lo profundo que resultaba ser ese rio. Luchaba con la caña y el pez, el arte de pescar tiene una tensión que sin embargo Alicia disfrutó.






Se quedó mirando el final de la obra. El hombre de un movimiento saca el pez y lo mira al chico, que se pone de pie y espera el final, lo deja casi en su mano. Alicia saluda y ambos se la quedan mirando. Los felicita, les cuenta que era turista, que el paisaje le parecía hermoso.






El hombre le dice “este paisaje no es mio, es de usted también, doña”. Y ella entendió con el corazón el razonamiento de ese hombre desconocido. De pronto volvió a la realidad, emprendió la vuelta. En la estancia todos preguntaban por ella.



"¿Dónde estuviste?" Preguntó Marcelo?.



-Disfrutando el viaje, le dice Alicia. Por fin.

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