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"Musa inspiradora" -Cuento corto-
2 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Junté todos los textos que eran dedicados. Los uní a mi destino, que fue la idea cuando pasaron de la mente a la tinta. Ahí hay sueños, posibilidades, realidades frustrantes, deseos, mucho amor. Muchas preguntas, que caen de maduras y sin respuestas. Dejé los textos arriba de una mesa, ordenados por fecha. Quería sorprenderla y entonces los puse envueltos en una seda transparente, que casi no tuve que atar, de tan suave. Dejé abierta mi ventana en pleno otoño y la puerta cerrada para que el viento no lo haga después. Apagué la luz y me acosté mirando hacia la mesa. Pasaron tres horas y me dormí, pensándola como todos los días. Lo sé de buena fuente: en medio de la noche las cortinas se movieron y no era el viento. Ella entró y me miró, como un herido de amor cansado, entregado. Fue a la mesa y con dos dedos desató la seda, que dejó ver todos mis textos dedicados. Ella los tomó y los apretó fuerte en su pecho, como quien recibe un regalo del alma y para el alma. Se acercó para verme, respiró conmigo y me dio un beso de sueño. En sueños. Y me despertó. Vi alguien que se iba, vi mi mesa vacía. Sentí pero no la vi. Mi musa inspiradora se fue diciéndome que vuelve. Que desde mi corazón siempre vuelve a buscar más textos dedicados.
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"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011Llegado su turno pidió que la mandaran certificada. La mujer lo miró a él y luego al sobre, la sensación fea de ser interrogado con los ojos. Se detuvo en el remitente y cuando comprobó que estaba correcto lo pasó por la máquina. Ya no ponen estampillas y ahora entregan un recibo muy parecido al de un supermercado. Como si escribir fuera una compra. Daniel sentía que el mundo moderno le estaba dando un cachetazo a sus modos algo antiguos.
¿Qué hizo?. Se acordó de ella, de Claudia, y le mandó una carta como en su época de adolescentes. El problema es que ya no lo eran y si bien él nunca se casó eso no quería decir que quien leyera lo tomara en gracia luego de tantos años. Quizás tuviera hijos, muchos, quizás no viva donde siempre vivía. La mandó adonde recordaba.
El texto era bastante simple: “¿Te acordás de mi?”. Y el remitente era de Martín J Haedo. Le gustaba hace 20 años poner de remitente en cartas apellidos de estaciones de trenes. Apostaba a que con eso lo debería recordar. Con el correr de los dias las ganas de recibir respuesta se transformaron en resignación, en melancolía de lo que nunca pasó.
La duda era si llegó y si fue así cuál había sido la reacción, que Claudia sintiera lo mismo, en una palabra. Hasta que a los 36 días de enviadas la carta, llega el cartero a la casa. Se baja de la bicicleta, toca timbre. Daniel sale y el hombre le hace firmar una planilla. Ve la letra de Claudia, igual que hace 20 años.
Rompió con cuidado el papel madera y adentro tenía una caja blanca. La desató y abrió: había cartas. Suyas, escritas para ella. En la tapa se leía “fijate en el sobre”. Y dentro había una hoja que decía “Sí, me acuerdo de vos. Te doy las cartas tuyas. Volvé pero hoy, no ayer”.
Daniel se rascó la cabeza y no perdió tiempo. De a una las fue quemando con un encendedor. Vio luego de tanto sus propias cartas, amarillas del tiempo y de lo que sentía de verlas. Le estaban pidiendo que dejara atrás a él mismo para empezar a ser, justamente, él.
Hoy son tan felices que se escriben cartas aunque estén al lado del otro.
El último día de Ordoñez (parte 4)
1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010
Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.
Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.
Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.
Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.
Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.
Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.
Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.
Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.
Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.
Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.
“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.
Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.
Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
Encerrado (en él)
3 comentarios martes, 30 de marzo de 2010
Las imágenes del televisor se reflejaban en la pared y el techo, que tienen el mismo color blanco. Como quien decide acelerar una cinta, los movimientos de las sombras eran rápidos y seguramente provenían de algún noticiero. A las ocho de la noche Leonardo miraba religiosamente las noticias. Mirar, en su idioma, es tener el televisor de fondo y encendido en algún canal cuya imagen se mueva, le daba más vida a la habitación. El elemento más importante no era ese, sino su computadora.
En ella estaba trabajando, aburrido y con ganas de no parar hasta terminar lo debido. Esa mezcla de sensaciones eran habituales, no reniega de lo que hace pero sí, bastante de los modos. Más de una vez sueña con no ser él y escapar de esa especie de condena que a veces, significa hacer lo que uno sabe. Pero escapar es algo así como huir y no le suena bien. Plantea entonces en su mente una retirada elegante, trazando probabilidades que tienen siempre que ver con un cambio absoluto.
Un cambio que lo defina o en tal caso, lo redefina. Buscó vueltas de tuerca a su oficio, lo intentó ver de otro modo, buscó colaboración. Pero siempre sus ojos verían todo de la misma manera y estaba notando algo que lo inquietaba. Las miradas de quienes lo rodeaban (amigos y conocidos) hacían un diagnóstico sobre él exactamente igual al suyo. Se sabe que el de afuera quizás vea mejor o peor las cosas, pero es extraño que exactamente igual.
En todo eso pensaba Leonardo mientras escribía, y era un milagro que el texto tuviera algún criterio. Aceleró el final del escrito. Lo cerró con frases hechas y lo mandó por mail, su trabajo era archivo recibido, modificado y enviado nuevamente. Cuando se liberó de lo exigido, por fin pudo pensar en él. Se preparó un café algo cargado, gusto que supo hacer luego de mil intentos fallidos hasta encontrar el punto., Un café lo despertaba, o para mejor decir lo sacaba de un momento para llevarlo a otro de su mente. Era como la puerta, el límite que marcaba los ánimos.
Se sentó junto a la mesa para cuatro personas pero de una sola silla. Miró la taza y la cuchara con la que intentaba no hacer ruido contra el fondo. Le gustaría estar en otro lugar, seguramente con algunos más para compartir si más no fuera, las desventuras de pensar ser otro. Pero la computadora lo esperaba en la habitación, y prendida. Llevó el café al lado del monitor. Se puso a chatear con una amiga.
Leonardo tiene ojo para la distancia, sobretodo las largas distancias. Sus amistades no brillan por su ausencia sino por la lejanía en kilómetros. El refugio que significaba el chat lo descubrió no hace mucho tiempo y era bastante liberador de angustias, aunque no reemplaza estar cara a cara, cosa que notaba, antes hacía mucho más que ahora.
La idea de futuro con los años se le había ido modificando. Sus ideales más que adaptarse al paso del tiempo se fueron achicando, lo que hace que el conformismo ocupe el lugar de la ambición. La bien entendida y que sirve de inspiración para motorizar lo que se quiere. Vivir siendo consciente de lo que le pasa a uno es muy bueno de cara a una solución pero no como método de tortura si una solución no llega.
Si las respuestas, como le habían dicho, estaban siempre en uno, nada más que él tendría esas respuestas. Intentó cambiar cosas y de hecho lo había logrado, cambió preconceptos y los transformó en conceptos que aplicaba, se despojó de él mismo en muchas cosas, movió su piso y generó cambios. Pero no estaba conforme.
El final no lo sabe, es posible que Leonardo lo escriba y lo reescriba, lo modifique y sea por un tiempo un borrador más que una declaración. Ve mar, ve caminos y ve cruces. Pero aun no se ve él. Lo único que le interesa, casi obligado por las circunstancias, son las metas cortas. Por ejemplo, terminar este texto.
Y subirlo al blog.
La canciòn de la semana!!
0 comentarios sábado, 26 de septiembre de 2009Textos semanales encabezados por el nombre de un tema musical. Serà el disparador del caòtico orden de mis palabras.
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