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"El número" -CC-

1 comentarios viernes, 9 de septiembre de 2011


La una de la tarde. Martes. El Banco estaba increíblemente vacío, los asientos desocupados y el cartel de llamado de los clientes fijo en el número 74. Titilaba esperando pero nadie aparecía. Ramón había aprendido en casi seis meses de trabajo ahí que su tarea no era sólo de “seguridad”, sino poco menos que de asesor en dudas y afines. Además de estar atento a todo debía responder preguntas bancarias que bien variadas eran.






Pero ese día todo estaba tranquilo, había una sola persona sentada esperando ser llamada. Como nadie aparecía y estando semi vacio el lugar, fue directo al hombre en cuestión. Un tapado gris, una gorra elegante, creía ubicarlo de verlo mes a mes. Tenía las manos cruzadas y miraba hacia adelante, parecía extraviado en algún pensamiento.






Ramón le toca el hombro al viejo, lo mira y sonríe. Señor…no hay nadie, puede usted pasar.






“No, tengo el número 75”, le dijo el viejo a Ramón, quien se rascó la cabeza para tratar de entenderlo.






-Mire…con el número ese lo van a atender igual, puede pasar…






”Soy paciente, espero mi turno”, dijo el hombre mirándolo a los ojos con cara de no querer ser más preguntado. Cuando comprendió que su explicación no era muy clara, a Ramón se le ocurrió algo. Fue al aparato, el de color rojo y pico negro de donde se sacan los números, y le iba a llevar alguno para que entienda la progresión, que ya podía pasar. Se llevó una sorpresa: todos los números eran el 75. Lo miró al letrero titilando en el 74.






Volvió a fijar la vista para asegurarse no estar del todo loco y empezó a tirar del rollo de números, todos eran el mismo. Se cayeron, desenrollados, al piso. Ramón se puso nervioso, nadie lo miraba. De nuevo los números en el aparato y fue adonde estaba el viejo, que seguía ahí. Siguió hasta las cajas, la gente de las ventanillas lo miraban sin entenderlo porque no le salían las palabras, se desesperó porque no podía expresar lo que le pasaba.






¿Y qué le pasaba?. Todos los números iguales y no había gente, o uno solo que no era atendido. Volvió cerca del viejo, que lo miró y le hizo un gesto con la mano. Ramón pegó un grito. Se despertó. Estaba agitado de haber corrido una especie de maratón mental en un sueño feo. Eran casi las siete. Preparó el desayuno, se puso el uniforme. Le sobraron diez minutos a su rutina y prendió la radio para dejar pasar el tiempo.






Cuando salió caminó encandilado por el sol de mañana. Se puso la mano arriba de las cejas para hacerse visera. En diagonal un hombre va a cruzar la calle por el medio, viene un colectivo. Ramón le grita pero el hombre mayor miraba para abajo. Se cruza y confía en que el chofer a tiempo parará, alcanza a tomar al viejo de uno de los brazos. Lo gira y ambos caen cuando justo el chofer frena. Se levantan los dos bastante doloridos.






El viejo, de tapado gris y gorra elegante, le agradece. Ramón abre los ojos como si hubiera visto lo que vio: una aparición. Por tercera vez tuvo un sueño premonitorio que se cumplió, pero para que no le digan loco no se lo va a contar a nadie. El colectivero la noche anterior también había soñado que en algún momento del recorrido tenía que frenar. Porque dos locos salidos de ningún lado se le iban a cruzar.






Satisfecho de haberle hecho caso al destino, el chofer de la línea 75 arrancó. Y también se fue.
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Lo que hay detrás de la puerta: El último día de Ordoñez (primera parte)

1 comentarios miércoles, 7 de abril de 2010

Movía la lapicera con su mano de lado a lado deseando que el tiempo pase, aunque en general la acción de esperar que algo ocurra haga que todo parezca más lento. Se miró la corbata gris y azul más como tic que como comprobación de si estaba o no arrugada. Estiró su cuello todo lo que pudo buscando descontracturarse pero los sillones de cuero eran muy poco mullidos y su espalda imploraba comodidad. Resopló, mirando de costado el reloj marrón de la pared. Había un cosquilleo en los pies y cuando sentía eso era señal de algo no muy venturoso.


Lo habían citado de la Gerencia y no sabía la razón, sobretodo porque teniendo su número de interno prefirieron convocarlo a la oficina y no decírselo por el teléfono. Cuando hay aumento uno se entera por rumores, cuando hay nombramientos uno se entera por algún memorándum, cuando no se renuevan contratos obligatoriamente se acerca fin de año. Pero ninguna de estas opciones, pensaba él, se estaban dando así que esto realmente sería una sorpresa. A pesar de los años ahí dentro se sentía frente a la situación como el peor de los novatos.

Cuando se abrió la puerta se levantó del sillón pero salió una mujer y no el Gerente, la puerta quedó abierta. Esperó unos eternos 15 segundos y se acercó para ver si había alguien. Vio al Gerente en su escritorio, reconcentrado leyendo unos papeles, y sin percatarse de la presencia de alguien. Cuando iba a hablar, el Gerente levantó la vista.

Ordoñez…pase…¡¡bueno, ya está adentro!!...siéntese…¿cómo anda?. ¿Le pido un café?

Comprendió que la charla iría a durar un rato y pidió un cortado. Comprobó que detrás de tanta amabilidad había una situación forzada, al fin y al cabo al Gerente lo conocía y sus muecas en la cara ya las veía venir. Dando el paso de confianza que otorgan los años, lo tuteó.

“¡Decime qué es lo que pasa antes de tomarme el café, al menos sabré por qué me va a caer mal!. ¿Es sobre mi el tema?”.

El Gerente lo miró buscando las palabras para empezar su discurso de ocasión.
Mirá…nos conocemos ¿hace cuánto? 20 años…un poco más. Y aunque te enoje sabés que tengo menos edad que vos. Me tocó decirte justo la parte más asquerosa de mi laburo, la que odio, que es comunicar malas nuevas. El asunto es que…me informaron de arriba que van a hacer un recorte y que están prescindiendo de aquellos a los que le faltan pocos años para el retiro, a vos te faltan…esperá que me fije acá…

“Un año y medio”…
-Tal cual, un año y medio, sí. El asunto es que…estamos con el 2010 iniciado hace poquito y si bien me dijeron que ya es decisión tomada, me pareció una crueldad que te dejaran en la calle, y quiero que sepas que pedí para que se te respete tu cargo por lo menos hasta fin de este año.

El cosquilleo de pies en Ordoñez tenía un justificativo. Respiró escuchando lo que ya intuía desde que lo llamaron a la oficina, lo que nunca imaginó es que el Gerente le saldría con que había peleado por él ese “favor” de sostenerlo un tiempo más. Pero no sintió ganas de agradecérselo, quizás porque notó que el gesto estaba hecho para ser luego agradecido y nada más. Sin embargo había más informaciones para este boletín.

Llegó el café que ninguno de los dos se atrevió a tomar, el clima no estaba para eso. Ambos se conocían y estaban dolidos por razones diferentes, era obvio. Uno por comunicar algo que no quería, y el otro por recibir la noticia que tampoco quería. Sin embargo el Gerente tenía más para decir.

Supongo que lo ubicás a Jorge…

-“Jorgito, si, tu hijo, claro…¿cómo anda él?”

Bueno…¡ya no me atrevo yo a decirle Jorgito! Ha crecido y es todo un hombre. Se fue a hacer el Master en Estados Unidos, creo que te conté, y volvió con las mejores notas. Le dije que presentara su currículum acá y adiviná…¡lo aceptaron!.

Y como ocurre en las películas, terminó de decir eso y apareció Jorge. Elegante en un traje de primera marca y con una sonrisa ancha. Ordoñez se dio vuelta para verlo mejor y lo saludó. Le dio la mano cuando su cabeza comenzó a razonar todo: Jorge sería nombrado en su lugar. Pero ninguno de los dos se lo dirían, esperarían a que se diera cuenta y eso ya había ocurrido.

Se puso de pie y dijo que no tomaría el café, que volvería a su oficina. Ni el Gerente ni su hijo le dijeron palabra alguna, estaba todo dicho. Se rascó la cabeza buscando paz por un minuto pero no había forma.
Repasó sus inicios, más o menos semejantes a los que hoy le tocaban como final, le había ocurrido en su momento reemplazar a una persona que se jubilaba. Se rió de la parábola del destino y de lo que la vida abre y cierra como puertas, ahora él cerraba la suya. Avisó a quien pudo sobre lo que pasaba y se dispuso a seguir trabajando.

En cualquier lugar todos los días se viven como el último, así de salvaje es el mundo laboral. La diferencia es que en esta oficina, Ordoñez se empezaría a despedir haciendo todo lo que no pudo antes. Estemos atentos.
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