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."Lección florida".

0 comentarios lunes, 14 de mayo de 2012
Una vez me rechazaron un ramo de flores entero. La mortal sensación de caminar y que todos estuvieran viendo, que las llevaba para abajo con cara de desconsuelo. Llegué enseguida a casa y con papel y todo fueron, a dar las 12 flores con agua a su florero. Pasaron 15 minutos y volví para mirarlas, me parecían aun más tristes y dos o tres marchitadas. Las volví a sacar a la calle, el ramo chorreaba agua. Dije “yo asi las regalo a la primera dama que pasa”. Acertó ser Adelina, la señora del ferretero, que me miró algo extrañada: “esto es por lo que debo”. La vi a Adelina alejarse oliendo las flores del ramo. Sentí tarea cumplida, a alguien le había importado mi ramo de flores rojas, en principio rechazado. Nunca más regalo flores a quien no sabe apreciarlo.
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."A veces cuesta".

1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012
Hace meses que no distingo la paciencia de la espera que me han pedido. Si son lo mismo, si una contiene a la otra, si las dos optan por quererme y en el abrazo no dejarme salir. A veces las pierdo y quiero vivir sin ellas, pero están impuestas, otra voz les ordenó vigilarme. Para que no cometa el error de querer hacer realidad lo que me pasa, apuntando a la nada sin armas ni objetivo. No se persigue un sueño cuando hay una sensación que oprime, cuando no se depende de mis errores, sino de alguien que los ve para evaluar, delante de mis cosas buenas. La espera tiene rostro, la paciencia es la que no se ve. Paciencia y espera. Cuando me canse, si sucede, me iré con dolor sabiendo cuál es la diferencia.
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"Sus ojos" -Cuento corto-

1 comentarios martes, 14 de febrero de 2012
De nuevo esa sensación horrible. El escritor notaba cómo otra vez se le empezaba a nublar la vista y frente a la mesa se tomó la cara con ambas manos. Se sentó. Escribió casi a ciegas, sólo percibiendo las letras y recordando lo que pensaba. Dejó caer el presente y luego sus pesares. Redactó que ya no podía ver bien a pesar de siempre tener una vista excelente, pero que desde hacía dos meses todas las noches dejaba de ver nítido y en la parte de arriba de la vista había algo que le molestaba. Que pensaba era el final de él. Que hacía 20 años no lloraba. Que nació para escribir y sin su arma se iba a sentir inútil. Recordó a sus tres amigos de la infancia, quienes leían a escondidas de los padres los libros “de grandes”. El escritor tiene la real sensación de puntapié de inicio en aquellos libros leídos por los tres, sentados en el piso y en voz alta. Escribió sobre su madurez, teñida de cierta nostalgia presente (vaya ironía) en casi todas sus novelas. Se permitía sentirse preso orgulloso de cierta época que no ha vuelto. Escribió que tuvo hijos pero no esposa, que ella se fue junto a aquel viajante de comercio tan odiable. Que no la extraña porque se crió junto a la soledad. El escritor veía cada vez más nublado. Cerró con lo que le generaba una mujer que conoció, como unas nuevas ganas de vivir, algo que no podía explicar y que le pesaba. Terminó el texto firmando al pie de la hoja. Se levantó y miró hacia el frente. Dos enormes lágrimas cayeron de sus ojos, le ardieron. El amor lo hizo llorar luego de 20 años y dos meses. Una lágrima cayó en la mesa y la otra en la hoja, al lado de su firma. Enseguida empezó a ver mejor. Al otro dia se sentó a escribir la historia de un hombre enamorado con lágrimas de miedo, que ante el amor temblaba. Nadie sabría que hablaba de él. Y nadie sabe, en realidad, lo que las lágrimas pesan.
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"Segunda sensación" -Prosa-

1 comentarios jueves, 10 de noviembre de 2011
Conocía, percibía, disfrutaba.
Tenía una alegría por mi tal
que el acto hasta de afuera era mio.
Amaba lo que sentía más que lo que veía.
Era feliz sin impedimentos, comunión entre
deseo y esperanza fundidas sin ser dos.
No había otra cosa más que sentir, sentirme
presente en lo teñido de realidad, contaba las nubes
impunemente, cadencia infantil perpetua.
Y llegó. El motivo de mi emoción
que quema y empuja, de atrás, de adelante.
La alegría se dibujó en un espacio
lentamente de dos, por vez primera.
Una mano se abre para percibir,
se detiene cuando en el aire no se reconoce.
Un silencio y el centro que pasa a ser suelo,
dándome por incapaz satisfecho.
Y un partir de individuo ahí, en dos.
En amor doloroso.
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"Temo" -Prosa-

1 comentarios
Dos almas arriba de un ruido,
de aquellos que cortan la noche
para que seamos los mismos,
alcanzados por lo que no buscamos.
La sensación de miedo respira en la sorpresa
y hace día de la noche, con un hilo blanco
sobre un fondo titilante. Se contempla, se descree.
Somos nosotros con el miedo o es el miedo
que nos dejó de lado, espectadores temerosos
de hilos blancos sobre oscuro cofre.
Horizonte escondido hacia lo que voy
para verlo de cerca. ¿O será que viene a mi
cada vez más fuerte?. Tiene ruido a cercanía.
Y yo, aun más adentro de mi alma.
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"Soy yo, cuando eras vos" (Cuento Corto -CC-)

1 comentarios jueves, 4 de agosto de 2011


Eran los ocho de la noche y Miriam fue hasta la persiana del negocio para bajarla enseguida, porque siempre le pasaba lo mismo: un minuto antes de la hora aparecía en el almacén una nena, de no más de diez años. Tantas veces la vio que ya soñaba con ella, una verdadera aparición, y lo que más le llamaba la atención: se parecía mucho a ella cuando era pequeña. Como ver a alguien y recordarse a sí mismo, una rara sensación. Pero otra vez la nena ganó de mano y entró empujando la puerta de vidrio con sus dos manitos.






Tenía siempre una bolsa, que llenaba con cinco cosas, siempre eran cinco productos. Cuando había que hacer fila se iba dar la vuelta por las góndolas y volver cuando le tocaba. Miriam preguntó si alguien la conocía, a las señoras del barrio que saben hasta el adn de los novios ocasionales. Pero nadie la ubicaba. Su vestido era blanco y amarillo como un uniforme que siempre llevaba pero no era de ningún colegio de la zona ese color.






Ponía las cosas de a una, con parsimonia, y luego de a una las ubicaba en la bolsa. Pagaba mirando a los ojos. La gente cuando se desprende de dinero no mira a los ojos. Pero la nena sí, Miriam sentía que buscaba complicidad. ¿Qué tengo que entender, yo? No tengo tiempo de hacerme la detective, pensaba cuando volvía a su casa.






Un día la nena dejó de ir al almacén. Y dos, tres, y cuatro, y una semana entera. Miriam luchaba para que el tema no le importara pero era imposible. A las dos semanas, un martes, la nena aparece. Compra tres cosas. Tenía algo de tristeza en los ojos.






Un cliente se va y la nena entrega las tres cosas para pagar. Miriam aprovecha esa cierta soledad para saber.



¿Estás bien?



-Si, ahora si.



¿Qué te había pasado que no venías?



-¿Desde hace cuánto no creés en mi, te acordás?






Miriam pegó un grito y un salto hacia atrás. A los ocho años recordó haber dicho que no creía en los Angeles de la Guarda, que ella tenía uno de su edad pero que la odiaba.






¿Dónde vivís?



-Con vos, pero nunca me ves.






La nena se fue y todos los días Miriam espera verla en el negocio, sin bajar las rejas, que vuelva. Que vuelva por ella, que la perdone.
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"Lo mio, que fue un regalo" (Cuento Corto -CC-)

1 comentarios martes, 26 de julio de 2011


Era de las personas que olvidaba el paraguas en cualquier lugar, desde chico tuvo tantos que ya no lo recuerda. Alejandro los perdía en los colectivos, en los negocios, en los cines. Si algo conservaba de su infancia era eso y hoy de grande los sigue perdiendo con igual precisión.



Quiso aniquilar su mala suerte comprando un buen paraguas, que le diera la sensación de definitivo e imperdible. Con la lluvia de hoy resultaba ideal. Era de color azul y muy grande, con mango de madera, parecía distinguido.



Salió del negocio muy contento. El mango aun tenía el celofán de las cosas nuevas asi que mientras esperaba el colectivo se puso con la mano a sacarlo como si fuera una cáscara.



De pronto siente de atrás a una mujer. Parecía embarazada y recién salida del hospital. El agua de lluvia iba mojando el pelo largo y colorado que tenía, sintió pena por ella. Dándose vuelta arrimó el paraguas y juntos compartieron el espacio.



El colectivo llegó. Él cerró el paraguas y ambos subieron. La mujer se sentó y dialogaron un poco. Diez minutos después ella se bajó.



Se saludaron con la mirada y ella le respondió alzando el paraguas con su mano. ¿El paraguas?.



Sí. Alejandro perdió tantos que nunca tuvo la chance de poder regalar uno.



Y el primero, fue el de él.
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¡La gente se muere por estar ahí!

1 comentarios viernes, 16 de julio de 2010

El del título creo que es el chiste más común sobre cementerios que conozco aunque debe haber más, es el intento por tratar de hacer de un pésimo momento algo que sea superado con una humorada. En general no se habla y esta vez tampoco lo haré, sólo describiré lo que vi.


Por obligación debí ir en esta semana. Necesitaba viajar en subte para llegar y eso ya es algo semejante a un gran cajón de 200 personas por vagón pero con gente quejándose y empujando. Me metí más en mis pensamientos, subiendo el volumen del mp3 pero es tal el ruido que hace en movimiento el vagón que no logro taparlo con música. Me saqué los auriculares y me quedé escuchando el demoledor ruido hasta que uno se acostumbra justo cuando debe bajar. El contraste mientras uno sube las escaleras hacia el exterior es mortal y el invierno da en la cara y duele.


Cruzo una avenida y ya estoy dentro. Nadie sabe que estoy ahí, salvo la señora de un puesto de flores que intentó venderme un ramo pero estiró su brazo sin decirme una palabra. Subo escalones de mármol y listo, a caminar. Respiré profundo, parado desde la explanada de la entrada sabiendo que me quedaba un largo trecho por recorrer.


Cuando hace frio todos los lugares parecen más inmensos de lo que son, o eso me pasa a mí. Me puse a caminar sabiendo adonde iba y en general en estos lugares todos saben lo que van a hacer sin preguntar demasiado, uno ve personas apuradas yendo no se sabe adonde. Ni pienso jamás preguntar. Aceleré porque el frio corría por la entrada y me empujaba hacia adelante ese viento helado de la mañana.


Cruzo por la puerta de la capilla, paso por al lado del cura que estaba hablando con una señora y dije buen día, pero no me respondieron. Seguí caminando y ya no se ve más gente. A partir de ahí el camino se conoce. El arquitecto que diseñó el lugar hizo las entradas a las galerías de dos en dos, pero evitó poner escaleras y ascensores en todas las entradas, con lo cual hay a veces que bajar antes de destino para luego caminar por debajo. Seguramente fue una venganza contra algún familiar de él para hacerlo caminar, sino no se comprende el diseño. Cómodo, seguro que no es.


El ascensor es muy grande y metálico, hace ruido cuando uno baja y parece que suspira cuando uno sube. El señor que abre la puerta es alto y ahora a diferencia de otras veces le ha agregado vida al espacio, si se me permite la ironía: vende chucherías que cuelgan de una de las paredes de metal. Como el tramo es corto pero el ascensor es lentísimo, miré de qué se trataba pero nada me interesó, eran llaveros de fútbol o motivos infantiles. Lo miré y pensé que eso en ese lugar es muy complicado de vender…pero no le dije nada. Se gana la vida en un lugar donde esa palabra vale.


Finalmente llegué. El hombre-vendedor-ascensorista abre la puerta tijera con suspenso y lentitud, palabras incompatibles sólo en un cementerio. Salgo, casi huyendo, y me voy a encontrar con la persona que debía ver. La busqué y por supuesto aun no había llegado así que me puse a preguntar a qué hora iba a estar y me dijeron que esperara media hora.


Más allá del lugar, yo estaba congelado de frio. El viento era bastante y no se escuchaba absolutamente nada. Durante media hora fue sólo silencio interrumpido dos veces: a unos 30 metros vi caminando a una señora totalmente cubierta con una chalina color crema, que tenía puestos unos zapatos de tacos altos que hacían ruido y mucho más cuando nada más se escucha.


La miré pero ella tenía la cabeza gacha y creo que de lejos no me llegó a ver, pero por esas cosas de la acústica cuando se está en un lugar rectangular y alto el techo, se produce un eco que da la sensación de ruido espejo…el sonido se produce en un extremo y rebota en el otro extremo. La señora caminaba y yo la veía, pero a la vez sus pasos sonaban detrás de mi…la sensación me pareció al principio curiosa pero a los 15 segundos ya no me gustó nada y miré hacia atrás directamente. Pero era el ruido de los zapatos de ella y esperé a que terminara su caminata y no pensar pavadas.


El otro momento de no-silencio fue un tanto más poético, pero así lo sentí cuando pasaron las horas y no en el instante. En los pasillos hay asientos de cemento en los que creo jamás se sentó nadie. Enfrente un cantero de árboles algo secos por el frio y porque creo que si no es lluvia, nadie los debe regar. Del pasto se levantó una hoja seca, que fue a dar al camino de piso de mármol. El viento la empezó a empujar y yo veía la acción con las manos en la cintura, maldiciendo al hombre que no llegaba. La hoja fue a dar contra un extremo de la base del asiento de cemento, y el viento la siguió empujando pero la hoja chocaba, haciendo un ruido muy particular. No se escuchaba en el lugar otra cosa y tampoco nadie me veía, así que decidí socorrer de alguna manera a la hoja: la levanté con cuidado y la puse arriba del asiento. Me sentí un tonto haciendo eso y a la vez no había testigos de mi tontería. Increíblemente paró el viento y la hoja se quedó ahí, arriba del asiento.


El frio no me permitía hacer metáforas sobre las hojas, el tiempo y ese lugar en especial. Quería irme y el hombre no llegaba. Cuando finalmente hizo su aparición le di la mano, hablamos un par de cosas que ya olvidé y le estreché la mano nuevamente, como todo recuerdo anual de mí. La incomodidad que me genera la situación él la comprende y decidió hacer que suceda rápido para que me vaya. Saludé y desandé el camino.


Tomé otra vez el ascensor, al que hay que llamar apretando un botón que suena a campana de colegio. Luego de dos minutos los cables de las poleas, que veo, anuncian que está llegando, al fin. El hombre me dice “muy bien” y se pone de costado para que entre. De nuevo ese tiempo eterno, mirando las cosas que el hombre vende…observo que tiene cotonetes…¿quién puede necesitar eso en ese lugar?. De nuevo me callé el hecho de preguntarle y salí con un saludo sin esperar el suyo.


El sol ya era de media mañana y el frio perdía un poco la batalla contra mi cara, ya no sentía el frio que duele. Crucé la avenida al trote y me metí de nuevo en el subte. Más gente queriendo subir, empujando otra vez todos.


Me puse los auriculares pero no prendí la radio. Quería de nuevo estar a la altura de ese contexto, y no pensar en nada. A los 10 minutos me acordé de la hoja. Debería estar agradecida por mi gesto, pero las hojas no hablan, y si yo creo que lo hacen y pasados unos días aun lo creo, estamos en graves problemas.


Confirmado. Estamos en graves problemas.
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