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"Epidemia" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 9 de marzo de 2013
Todos eran felices en Diamberes. Ni siquiera nadie mentía, no había necesidad. El pueblo jamás tuvo tres mil habitantes como reza el cartel de entrada. Algún intendente quiso dejar su sello y por comodidad todos pasaron a creerlo. Diamberes tiene poco más de mil habitantes. Su única atracción turística era secreta: cada vez que llovía, sus pobladores esperaban se despejen las nubes y subían al cerro más alto, el Tinacao, para ver el arco iris. Hasta aquí, nada extraordinario. Lo increíble es cada habitante lo solía de ver del color y en el orden diferente al otro. El vecino más viejo veía tonos de azules. El cura, algo de amarillo. El comisario, gris. Y negro. Antes de sentirse todos locos pactaron en Diamberes mantener el secreto. Hasta que un dia estaba nublado y apareció un forastero. Hablaba con el cura y de pronto, la lluvia. Las nubes cargadas y luego el sol, el arco iris. Miró al cielo. “Veo los siete colores del arcoíris, Padre. ¿Los ve?”. El cura tragó saliva, dijo si. Y todos en Diamberes empezaron a mentir.
"La luna de Ludmila" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012Le dijo a su papá que podía prender y apagar la luna a distancia. El padre la miró para seguirle el juego y fueron hasta el medio del patio de la casa. A los cinco años no había que romper la creencia de Ludmila asi que la siguió. Ella miró hacia arriba e hizo un chasquido con los dedos. Luego otro. Y otro. Empezó a hacerlo más rápidamente pero no había resultados. “Ayer te juro que me salía, papá”, le dijo a modo de disculpa. El dia anterior había estado nublado a la noche. Quiso el papá no hacerla sentir mal y le dijo que lo mirara tapar la luna con un dedo, que él lo podía hacer. Se sentaron en el pasto y ella se puso a un costado de él. Cuando el papá tapó desde su posición la luna con el dedo gordo, hizo que Ludmila se pusiera en su posición, para ver que era real. Ella gritó una especie de alarido de sorpresa. “¿Cómo hiciste?”, le preguntó. Hubiera sido más práctico decirle sobre lo que es la perspectiva pero prefirió una explicación más acorde: le dijo que ella heredaba “poderes” de él, por ejemplo hacer desaparecer la luna o taparla con un dedo, pero que no se lo tenía que decir a nadie. Ludmila era muy obediente y por más que al otro dia quiso comentarlo se frenó dos o tres veces, se guardó el secreto que nadie conocía por años. Hoy, ya una madre, Ludmila le dice lo mismo a sus hijos chicos, mientras mira al cielo para que su papá haga un chasquido con los dedos. Y la ilumine.
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"La fiesta de los 100 pesos" -Cuento corto-
3 comentarios sábado, 14 de enero de 2012El método era lamentable pero rendidor. Cada vez que la mamá salía para darle de comer al perro, Marisa iba hasta la ensaladera de vidrio, la levantaba para sacar la billetera escondida de la familia, y se hacía de algunos pesos. No muchos, siempre para el recreo porque la madre le prohibía comer las cosas del kiosco del colegio. Ya en la secundaria no lo hizo más. Pedía, directamente. Ahora, cerca de los 15 años lo que realmente le molestaba a Marisa era no tener control sobre su propia fiesta. Sentía que era más una alegría para los otros, que para ella. Se lo dijo al hermano mayor, mate de por medio una tarde de abril. Y el hermano le dijo que en las fiestas siempre pasaban esas cosas, porque los 15 de una chica son especiales para todas las familias, y esa cosa de “ahora el mundo es tuyo” en realidad es luego de la fiesta y no durante. Ambos se rieron. Marisa entendió lo que le dijo su hermano y un poco se calmó. Pero se acercaba el dia y los padres decidían todo. El colmo fue el vestido, que no le gustaba y en cuanto más lo decía, resultaba que más convencía a la mamá de lo contrario. Hasta que el jueves anterior a la fiesta se cansó. Vio a la madre salir al patio para darle de comer al perro y fue hasta la ensaladera de vidrio. Sacó dinero mientras todo el tiempo se daba vuelta para ver si la mamá volvía, fueron 100 pesos. Los guardó en el jean y puso la mejor cara de disimulo que tenía. A la media hora le dice a la mamá que se iba a lo de una amiga. En realidad había visto ropa sobre Avenida Cabildo y se fue para ahí. Estuvo toda la tarde mirando y pensando en que no le iba a alcanzar. En eso ve un negocio de ropa y dos remeras en maniquíes bastante feos, como siempre. Una remera-polera, con un hombro descubierto y estampada la frase “Happy Day”. Entró, preguntó el precio y le dijeron 65 pesos. Le quedaba bien. Cuando salía del probador vio a la madre apoyando una mano en el mostrador, con gesto de enojo. Sonó. Le preguntó cómo la había encontrado y la respuesta fue muy del siglo 21: “te olvidaste apagar el gps del celular”. Y sí. Marisa le dijo que quería ponerse esa remera y no el horrible vestido. Llegaron a un acuerdo secreto: el vestido se lo iban a regalar a una amiga de Marisa, total nunca sabría lo feo que le resultaba a ella. Bajando la escalera el sábado, sonaba de fondo la canción de “Ghost”. Marisa, feliz. Con su remera puesta y una cadenita de plata con un colgante que decía ”Sé tu siempre”. Ambas, madre e hija, por 35 pesos la habían elegido. Gastaron los 100. Resultó barata la fiesta. Ahora sí el mundo era suyo, como le dijo el hermano.
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