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"Grabado reloj" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 8 de septiembre de 2012
Memoria prodigiosa. Pablo caminaba por San Telmo con su esposa en esos días en que el aburrimiento se vuelve salida a fin de mes. Tomados de la mano miraban las mesas con caballetes que ofrecían en el viejo mercado cosas indescifrablemente antiguas. Se detuvieron frente a viejo aparador con pequeños relojes. Pablo miro a los costados sabiendo que no podía hacer lo que iba a hacer. Se acercó a mirarlos bien de cerca y de a uno. La esposa vio a su marido hacer un salto de sorpresa sobre sus pies, como los chicos cuando encuentran la pelota debajo de algún armario. “Es el reloj, igualito al de la tia Inés”. Le contó Pablo que cuando era chico iba a la casa de la tia Inés y sobre un mueble dentro de un estuche con pana de color roja, estaba un reloj de bolsillo. Que él nunca más que ahí dentro vio al reloj, subido a una silla sin querer tocarlo. Luego dejó a la tia Inés por sus visitas a amigos, creció y ella cambió de barrio. La esposa le siguió el juego de intentar entender aunque nada comprendía. Pablo compró el reloj a precio razonable y se lo llevó a la casa. Al otro dia fue a lo de la tia Inés. Luego de años vivía en Claypole, cuando la vio sus recuerdos volvieron a ella y a él. Se sentaron y le preguntó cosas de rigor hasta que le contó lo del reloj. La tia le dijo que no lo tenía más. Que una deuda con la vieja casa hizo que lo vendiera a muy bajo precio, que era hermoso, un regalo a su marido de parte de un jefe naviero. Pablo saca del estuche el reloj. Le da un beso, ambos lloran. Se queda un rato, agradece a Dios cuando por San Telmo vio al reloj. En su memoria.
"Las marcas" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 9 de junio de 2012
Abrió la caja por el costado, le hundió el dedo al cartón, no se abría por ahí, era por arriba. Pero la desesperación fue coherente por una sola vez: quería saber qué le habían mandado de encomienda. Nicolás parecía como un chico abriendo en navidad su regalo, y algo de eso pasaba. Modismos del nuevo milenio, se puso de novio a distancia con una chica argentina que vivía en Holanda, y ella le mandó un caja con algunas cosas que, avisó, eran para tenerlo más cerca. Abrió y encontró una carta envuelta en una bolsa de esas de supermercado con palabras en holandés indescifrables. Debajo y ordenados, aplastados: dos guantes de lana blancos, tejidos al crochet; una bufanda tamaño mediano también en blanco; una botella en miniatura y un reloj de arena algo viejo. Nicolás se rascó la cabeza y abrió la carta. Decía: “Voy a seguir en Holanda pero mientras pensamos solucionarla, acá van cosas anti-distancia. Los guantes son los mios, con los que sueño no tener frio si sé que están ahí, protegidos. La bufanda es para que no olvides decirme en invierno que lleve mi abrigo. Esa botellita en miniatura es para la cena, la pondrás siempre arriba de la mesa, estoy ahí y abrimos esa botella. El reloj de arena es un regalo de mi abuela. Marcó tantas veces cosas que no quería, que ahora te lo doy a vos. En cada granito de arena que caiga y vos veas lento, siempre voy a estar yo. Hasta que suceda lo nuestro”. Nicolás miró la caja, llevó la carta a su pecho, se secó lágrimas que nadie vio. Se puso los guantes. Y durmió mirando el techo, soñando con ella en ese reloj de arena. En su deseo.
"No avanzo" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Los relojes cuando son a pila y se gastan, siguen haciendo tic tac aunque sus agujas no se muevan. Eso hace que si uno lo mira cada tanto, pareciera que sigue marcando la hora exacta. Pero no. A Juan esto le jugó una mala pasada. El martes se le quedó el reloj de la cocina sin pilas a las tres y cuarto de la mañana. Salió a trabajar y cuando volvió por la tarde, miró el reloj: marcaba las tres y cuarto de la tarde. Se apuró para ir a las clases de italiano y todos le dijeron que había llegado temprano, no entendía por qué. Miró su reloj de pulsera y marcaba las tres y cuarto de la tarde. ¿Cómo podía ser, si salió a esa hora?. Le tocó en el aula 315. Al terminar y ya en la calle, fue a tomar el colectivo y le preguntó a uno de la fila qué hora era: “Las tres y cuarto”, le dijo el hombre. Juan se tomó la cabeza y fue hacia la esquina. Paró un taxi, era un viaje largo hasta la casa. Le costó 31, 50 pesos. En la puerta tanteó si en el bolsillo del saco tenía la pila que había comprado. Fue y se la cambió al reloj de la cocina, que empezó a marcar la hora exacta. Miró el de su muñeca y también. Asunto solucionado. Cenó y se fue a dormir pero el reloj no. A las tres y cuarto de nuevo se detuvo, que fue cuando Juan se levantó para ir al baño. Pasó por el comedor y vio la hora. O no vio la hora de asustarse, ya eran demasiadas casualidades. Un grito, el suyo, lo despertó. Era una pesadilla, pobre Juan. Se asustó, y era hora de levantarse de la siesta. Que se apure: son las tres y cuarto.
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."Eras mi tiempo".
1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Te lo dije como a las tres de la tarde de ya no me acuerdo qué dia. Y desde ese momento mi reloj del alma no se mueve, se quedó enamorado de ese minuto y segundo en que dejé de ser persona para poder ser nosotros. Pero el amor a veces no anda a pilas sino a cuerda, y no alcancé a darle una vuelta entera a ese reloj que significaba mi ilusión con ruido a vida. Creo que te llevaste mi tiempo, creo que dejé que lo hicieras, creo que me equivoqué. Mientras, me quedo con mi reloj de agujas clavadas en las tres de la tarde. Cuando quise que fuera nuestra hora. Nuestro ahora. Ya no lo sos.
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"Las tres cajas" -CC-
1 comentarios jueves, 29 de septiembre de 2011
Situación uno: Enrique mira la caja que le acaban de dar. Parece algo rota y eso que los zapatos que tiene dentro son nuevos, los compró recién. Vuelve a la oficina pero no se los quiere poner porque todos se darían cuenta. Cree que estará por fin elegante, siempre le criticaban sus gastados mocasines todoterreno. Tendría un par de horas como para ablandarlos un poco sin sufrirlos en la cara. Mira el reloj, ya concluye su horario. Apaga la computadora y se va con la caja dentro de una bolsa rumbo al ascensor.
Situación dos: Margarita tiene frio. No llevó el pullóver fino de color blanco a la oficina para que no creyeran que en la fiesta usaría el mismo. Decidió teñirlo y esperaba que cuando llegara a la casa ya estuviera seco y tan azul como pretende. Le pidió a una amiga una cartera, que se la trajo dentro de una caja forrada en papel madera. En 19 años de servicio fue a muchas de estas reuniones, el que no iba no recibía reprimendas pero quedaba relegado. A sus jefes les encantaba oír que le digan que la fiesta era divertida. Aunque no lo fuera. En todo eso pensaba mientras se dio cuenta que eran las cinco de la tarde. Se puso la caja debajo del brazo y algo incómoda esperaba el ascensor.
Situación tres: Zelenevich tenía un problema. Su mujer lo apuraba por mensaje de texto desde la casa lista para salir rumbo a la fiesta. Pero justo a la secretaria en ese momento se le ocurrió pensar que el rol de amante no era suficiente. Cerró la puerta de la oficina y los gritos se escuchaban y sentían, las persianas de fino plástico no alcanzaban a tapar toda la vergüenza del hombre que veía hacerse público aquello que disfrutaba a escondidas. Mandó a un cadete a comprar bombones para calmarla, el gasto correría por cuenta de la empresa. Le trajo como tres kilos, una enormidad. Tanto que la secretaria le dijo “¿me estás diciendo gorda con tantos bombones?. ¿Qué soy?” y se los devolvió cuando Zelenevich esperaba el ascensor, a punto de irse. Se los daría a su esposa como solución rápida.
Situación cuatro: Enrique y Margarita le hacen espacio a Zelenevich cuando la puerta del ascensor se abre. Él los mira con algo de desprecio, observa las cajas y ellos a su vez también observan la de él. Los tres en sus cajas tienen cosas para aparentar, para que de ellos se piense lo que quizás no sean. Y se miran sabiéndolo. Los zapatos estaban apretados, la cartera era elegante, los bombones muy ricos.
La apariencia, feliz. Siempre va a las fiestas con gente que la lleva.
Crónica de viaje (Micro-viaje)
2 comentarios viernes, 30 de julio de 2010Dicen que las cosas quedan en nosotros a veces por repetición, fijas a partir de realizarlas varias veces y luego ya ni nos darnos cuenta de la diferencia de pensarlas o no. Con los viajes creo que ocurre algo similar. A veces uno no repara en que ciertos lugares ya los hemos transitado, simplemente ahora pasa que le estamos prestando más atención. Y a la vez, algo de ellos nos es familiar.
Por cuarta vez hago un mismo recorrido en micro. Y esto implica ya una predisposición a saber que poco va a sorprenderme desde el momento en que me subo. La gracia es tratar de que así no sea, empezando por prestar atención a los detalles aunque la hora del viaje, de madrugada, no ayuda a la cuestión y uno de entrada se prepara para ver pasar paisajes lo más rápido posible hasta que amanezca.
Saliendo de Capital aun las luces molestan si se tiene sueño, asi que más atento se está. Y el micro bordeando muchos lugares diversos da la idea de algo que apenas se asoma pero no alcanza a entrar a esa realidad. Bordea una villa, la 31. Varias cuadras de casas que hacen equilibrio en calles que son angostas, gente joven mirando desde las veredas el pasar no sólo de mi micro sino el de tantos otros que a la misma hora salen.
Ellos miran el ómnibus con detalle, porque la luz de adentro aun está encendida, y uno los mira a ellos. Las calle tiene lomos de burro y baches que cumplen la misma función: la de impedir que se tome velocidad. De pronto el micro gira hacia la derecha y esa realidad queda detrás y uno respira profundo creyendo que no viéndola más, ya no sucede.
Lo siguiente es a velocidad. Transitar la zona del puerto, con el rio reflejado por las luces que algunos postes dan a la noche, luego la Avenida Sarmiento y la costanera, con agua a la derecha y el aeropuerto a la izquierda de mi vista. Sube la autopista y ya me pierdo por un rato largo en el relato detallado. Busco el mp3 y pretendo escuchar alguna radio, pero descubro que no tiene pilas. Maldigo el momento en que pasé por al lado del señor que las vende a bajo precio y yo, de tacaño, no quise comprarle. Su maldición fue ahora recordarlo. Intento cerrar los ojos y sacarme los anteojos pero a la vez quiero seguir viendo por la ventana. Se empezó a empañar el vidrio por el calor humano, no porque la calefacción estuviera encendida, y eso impedía que mirara. Lo desempañé y me acomodé.
Peajes, dos o tres. Luego una ruta angosta y con tránsito en sentido contrario. Dos o tres rotondas siempre hacia la izquierda y a partir de allí un silencio. Mi parte favorita. El campo de noche no tiene interrupciones visuales. Es la sensación de magnitud que mejor siento que el mundo puede expresar. Todo es plano, interrumpido por algún árbol o construcción pequeña. La luna se refleja en la tierra y da luz a la noche mientras avanza el micro. Eso es lo más cercano a lo que yo llamo imagen de tranquilidad. Ha llovido mucho durante semanas y el reflejo de la luna hace que vea grandes charcos en los campos y a los costados de la ruta. Pienso en dormir pero también en tomarle el tiempo al micro, nunca llega en horario y me esperan en la terminal.
Casi cuatro horas de viaje. Una pareja con su hijo de unos tres años son los más inquietos, primero levantándose él y luego ella a buscar agua para el chico, al que veo en la oscuridad algo inmóvil. Con un poco de sueño intento concentrarme en lo oscuro y fijar la vista, y la madre sienta al chico y le cambia el buzo. Tiene algo blanco que le impide el movimiento y parece un yeso, que va desde la punta de los dedos de la mano hasta la mitad del pecho, por eso parecía no moverse bien el chico. Me vuelvo a dar vuelta y mirar el paisaje nocturno, y ya está entrando el micro en un pueblo.
Frena la velocidad e intenta maniobrar en calles angostas para tamaño colectivo. La pequeña localidad se llama Benito Juárez, homónima de la ciudad cordobesa. Sus calles son asfaltadas a nuevo, sus casas no tienen rejas y en general sin luz externa. Las bicicletas están afuera sin mucha protección al parecer, junto a maquinaria agrícola o alguna camioneta vieja.
La terminal está como dentro de un complejo en donde todo está pintado de blanco furioso. Y lo puedo ver bien porque la iluminación ahí (y encima cerca de las tres de la mañana cualquier linterna es casi dañina) se asemeja a la de un tren de frente. Cerca está una imagen del General San Martín, han elegido una figura extraña hecha de un color verde y de aspecto joven, con su gorro de Teniente y no de General. Lleva una espada que nunca puedo ver bien porque justo maniobra el micro al revés y no me deja.
Allí bajan algunos y suben otros. Un chico de unos 15 años aparece con un carro de metal viejo, de rueditas que van para cualquier lado y él maniobra con esfuerzo. Hace frio, por el apuro y la posición de sus hombros, achicados por la temperatura, parecieran. Es como dije, la cuarta vez que hago el mismo viaje y siempre está el mismo muchacho a las 3 de la mañana, en el mismo lugar. Casi que lo he visto crecer, parece más grande. Le toca descargar envoltorios en celofán, son guías o revistas apretadas en ese plástico delgado, que tira arriba del carrito. La otra vez lo vi bajar 4 ruedas de auto, esta vez sólo esos envoltorios. Entra a la terminal, modesta. Desempaño mejor el vidrio y saco la foto que se ve en este texto. El colectivo arranca.
A la hora y cuarto entra en la ciudad de Balcarce. “Tierra de Juan M Fangio”, como dice el cartel de entrada a la ciudad, con el dibujo de la Flecha de plata, su auto y su emblema. La terminal no es tan diferente a la de mi querido Benito Juárez, aunque resalta la colaboración del Rotary club, cuyo logo está presente cada 10 metros. La terminal tiene paredes bien blancas salvo en un extremo, en donde está pintado un sector. Dice “bienvenido” y debajo “buen viaje”, lo que pensé al mirarlo que era un poco contradictorio…recién llegaba y ya me echaban. Pero para el viajante de paso como yo, es así como uno ve a estas ciudades. Dos pinturas sobre la pared representan a dos caballos, una de ellos de nombre “negra”. El otro no lo recuerdo y prometo mirar la próxima vez que pase.
Empiezo a calcular que ya estoy llegando, sin mirar el reloj. Los paisajes me son familiares. Dos rotondas más y una entrada nuevamente angosta y por un camino tallado entre dos piedras algo grandes, da esa sensación. Las luces de la ciudad se ven algo abajo, mientras el micro parece también bajar al nivel de las luces y superar esa hondonada. La última rotonda, ya con el nombre de la ciudad, por fin llegamos. Contento de estar con quienes quiero.
Al final no dormí nada. Me la pasé anotando, con el micro a oscuras, cosas como estas.
Querido diario: ¡ya llegué!. Eso anoté.
Querido diario: ¡ya llegué!. Eso anoté.
Y un día Carmen volvió (a hablarme)
3 comentarios lunes, 21 de diciembre de 2009El reloj sonó puntual aunque para ser sincero ya estaba con un ojo abierto esperando el momento, igual lo lamenté: es muy feo hacerle caso a un despertador. Me levanto siempre temprano, aunque ése fue un sábado diferente. Por empezar, me juramenté nada de lágrimas y menos frente a la protagonista. Le quería evitar mi mar de llanto, justo a ella que vive cerca del río.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Largos trayectos, primero en tren y luego en colectivo. Temía que mis nervios me ganaran, asi que reaccioné linealmente. Ví una parada de colectivo y supuse que allí debía esperarlo. Casi una hora y media después, un sms me dio el lugar preciso. El último tramo de 23 largos años de espera comenzaba.
Tres personas estábamos en ese colectivo, apurado por llevarme, parecía. Un punto del camino que previamente me habían dicho, hizo de resorte en mi y le pregunté al chofer si conocía al menos la calle (no creí que a Carmen) y me dijo que sí. Luego el marido de Carmen resolvió rápidamente mis dudas: agitó sus brazos y el colectivo se detuvo.
Me bajé como quien ve con felicidad al portero del paraíso. Saludo formal al lado de su auto, y yo sin que me salieran las palabras. Él abrió la puerta del lado del conductor y casi entro junto a él. “No, andá por el otro lado”, dijo no sin lógica. Mis nervios se devoraron todo y no sé qué dije en los 500 metros de trayecto hacia la casa. Llegamos.
¡Llegamos!
“Gabriel, no llores”, “Gabriel, no llores”, me repetía como rezo. Salió el sol en ese día de lluvia, aunque quería escuchar su voz de nuevo, eso haría que se completara mi corazón. Y la escuché. Así uní aquel momento de hace 31 años y éste, se ataron pasado y presente con un buen nudo, un nudo de felicidad.
Me presentó a su familia, yo no sé de qué hablé la primera media hora (¿habré hablado?) porque esa carga de emoción es paralizante. Es muy linda pero a la vez detiene todo. Me costó reaccionar.
Somos nuevos y viejos. Creo que pasan tantas cosas a lo largo de la vida de las personas que deciden olvidar algunas, resignarlas por otras más importantes. Somos presente, al fin y al cabo. De eso hablamos, de nuestra realidad. No quería aburrirla con mis anécdotas así que no ordené nada en mi cabeza, que fuera lo que salga. Escuché más de lo que hablé. Y sentí. Quería reencontrarme con el cariño que no perdí nunca y ahora estaba ahí, tomando mate conmigo.
Evité preguntar aquello que ya sabía: las razones de su enojo (ver “La des-aparición”)…no las conoce ni recuerda. Yo menos. Los dos años y medio de silencio en la primaria de su parte quedarán como el crimen perfecto de mi infancia, no lo sabré jamás. Tampoco fui a eso, quería sentirla, lo necesitaba. No soy demostrativo e intentaba serlo, habrá visto una extraña combinación de ambas.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
Evité, también, decir lo que ahora digo: me tendré que buscar otros objetivos a cumplir por mi, porque el de encontrarla ya lo había logrado.
Además comprobar al oírla algo que la volverá entrañable. Ella también sufría mucho las cosas, tenía sus períodos de silencio y de vulnerabilidad. Ella estuvo en un pedestal en el que yo la subí, pero es mucho más humana y terrenal, lo cual la agiganta. Y disimulaba de chica muy bien sus pesares.
La tarde se fue llevando el repaso de nuestras vidas. Afuera una lluvia quería protagonizar el encuentro. Su lugar es muy lindo y tranquilo. Silencio y bastante de verde es una combinación que a mi me gusta, además el paisaje reduce angustia y la autopresión. Nada de llantos. Le hice ver en este momento lo importante que fue antes y ahora que ha vuelto.
Se hizo de noche, no hubiera querido irme. Son los momentos (únicos) en que pienso en tener un auto y disponer movilidad. La saludé un segundo antes del límite del llanto. El marido (chofer, opinador, espectador y amable conmigo) inició la marcha.
Me iba de la casa de Carmen pero no de su cariño, recíproco sin dudas y feliz de ser quien soy y de ver a quien vi. Me llevó su marido hasta la parada de colectivo, que llegó enseguida mientras lloviznaba finito y molesto.
Ya sentado, respiré exactamente una milésima de segundo antes de ponerme a llorar. Todo el día lo venía aguantando, era casi terapéutico. Estaba contento, no era llanto de angustia, nunca lloré por dolor sino de alegría de saberla de nuevo presente.
Era sensación a objetivo cumplido del que en estos años había soñado.
Le pedí que escribiera unas palabras, que quise leer hace un rato en voz alta para que mi madre pudiera escucharlas, pero no pude terminar. Ahí hay tanto cariño que no con palabras se puede expresar. Se lo di a leer. También lloró.
¡Carmen va a devastar a una familia a puro llanto!
El sábado fui feliz, cuerda que me durará un buen rato. Vi a aquella nena transformada en mujer y mamá. Más y mejor.
Es un placer que vuelvas a hablarme. Y sentir que aquello de ayudarme a los 4 años, hasta hoy no se olvida. Te quiero mucho.
No es el fin de la saga, es una continuación de aquí en más de nuestra saga de vida, tenía que ser ahora y no en otro momento, como escribiste.
Ahora no te enojes más o en tal caso hablalo conmigo antes de actuar, ¿vio?.
¡Estoy llorando de nuevo! Ahora ya de grande. Gracias por volver a darme la mano y entrar ya no en el jardín, sino a tu vida, otra vez.
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