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"Vos, hablando de vos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011
Situación uno: Bueno, ¡al fin viniste!. Hace media hora que te estoy esperando, ¿por qué tardaste?. No sé para qué arreglamos en un horario si después aparecés cuando se te ocurre. Te perdono, siempre te perdono. ¿Trabajaste mucho?. No te lo creo, andá a engañar a otra, yo sé que ahí se rascan de lo lindo, no creo que por eso hayas llegado tarde.
Cuando yo llego tarde ponés cara, la vez que fuimos al cine y tardé 15 minutos me lo recriminaste. Igual, tuve un día de locos, ni de pelearme tengo ganas. Bah, ya se han peleado conmigo hoy. ¿Podés creer que el desgraciado de Giménez me pidió una rendición de cuenta de 1987?. Yo no trabajaba en ese momento, había otros, ¿cómo puedo saber dónde estará eso?.
Intenté decírselo de buen modo, sí. Pero hay que gritar, sino no te escucha. Ahora me van a ayudar dos más a buscar esa bendita rendición. ¿Vos que contás?. Sos aburrido, negro. Te lo dije mil veces. Me hablás de tus compañeros y me duermo.
¿Qué cosa divertida me podés contar de laburar en un call center?. Nada, por eso ni te dejo hablar de tu laburo, contame de otra cosa. Sí, vamos yendo hasta London, quiero tomar café. ¡Contate algo, che!.
Sos de terror, tenés lengua pero no palabras, Ceci me dice que le parece que yo te inhibo. Esa está mal de la cabeza, ¿qué nos tiene que venir a decir algo a nosotros?. Pensaba que se acerca el aniversario, supongo te acordabas. Tres años de novios, ya sos como de mi familia. Ayer a la tarde me compré una planta para mi casa, si tengo que esperar que vos me regales algo puedo volverme vieja.
¿Estás apurado? Acelerás el paso. Ah, dale, que el semáforo corta, si. Esperemos no haya mucha gente en London. No me agarres de la mano en Florida, te lo dije cien veces. Dale, llegamos. Bueno, ¡elegimos mesa y todo!. ¿Vos qué querés?. Yo un café bien cargadito, capaz que un tostado de jamón. Pedí vos mientras voy al baño, negro. Uh, me acordé, me voy a comprar medias, es un ratito y vuelvo.

Situación dos: ¿Dejó pagado todo y se fue?. ¿Está seguro, mozo?. No estoy para las bromas, ¿dónde se metió este tipo?. Es un chiquilín, un tonto marca cañón, nadie me lo dice pero yo lo sé. Debe andar por ahí, ya va a volver, soy lo más maduro que tiene, es como un nene, seguro me está haciendo una escena. ¿Con todo lo que me tengo que aguantar en el laburo encima esto!. Mozo, traeme el tostado, tengo hambre.

Situación tres: ¿Te dijo que me dieras esto a los 15 minutos? Ah bueno, es de cuarta, encima le hacés caso. Una carta, a ver. Se piensa que tengo cinco años, es un infantil. Encima que le doy mi tiempo, el poco que tengo.
“Fabi: quise decirte esto muchas veces pero no me dejás. O yo no tengo palabras, quizás. En esta última vez te contesto por todo lo que me preguntaste: en el trabajo estoy bien, nunca me dejás contarte pero ando bien. Con mis compañeros, los que no son divertidos, si, queremos hacer una empresita de informática, venta, arreglos. Nunca te lo dije, o ahora te lo digo. Trabajo mucho, si es tu duda. Ocho horas escuchando gente que no para de hablar sin decirme nada. Aquella vez del cine…si, llegaste con la película empezada y te enojaste con el horario y no con tu tardanza. Y la culpa fue mia según vos, por querer ver esa película. Que vos habías elegido. Lo último. Ceci tiene razón. Me inhibo. En todo. No respiro, sólo escucho, y estoy con alguien que sólo se escucha. La culpa es mia. Te dejo pago el café, en una buena mesa. Te dejo esta carta. Me dejaste solo, acá. Te dejé hace mucho”. Firmado: Sergio.
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"Sol de calefón" -CC-

1 comentarios jueves, 18 de agosto de 2011


Estaban las dos mirando el mar, de cara al sol del mediodía. De pronto la mamá la mira y pregunta ¿qué sentís que te falta por cumplir, Anita?. Y ella responde “no lo sé, creo que cumplí con todo lo que quiero. ¡Y callate, no me llames Anita! Soy Ana, mamá”.






Era imposible que dejaran de llevarse mal en todo momento, Ana era memoriosa o rencorosa, ya a esa altura le daba lo mismo, la cuestión es que recordaba muy bien su primer enojo con ella. A los 8 años no la dejó ir a la fiesta de cumpleaños de una compañera de colegio porque ambas madres estaban enojadas. Y ese fue el principio de una cadena de rispideces o para mejor decir, de recuerdos encadenados en donde las discusiones con los años fueron cambiando de color y estilo. La mira y se le viene a la mente el casamiento, de lo que padeció la última semana peleando con ella por pavadas.






Varias veces intentó dejar de hablarle pero no podía con la sangre familiar, era más fuerte que ella y volvía. Así fue la relación durante 25 años. Estaban ahora en Mar del Plata. Caminaron por la rambla y bajaron hasta la arena. El sol de agosto es tibio, el mar invita a la reflexión cuando no hace calor y nadie se mete en él. Ana veía bien a su madre, contenta. Un vestido entre gris y blanco, una bufanda de hilo gris a rayas, el pelo algo más largo y sobretodo serena, sin la intención de atacarla.






Se arrepintió enseguida de haberle dicho que se calle y lo quiso remediar poniéndole una mano en el hombro. La mamá en cambio la tomó de la mano y ambas caminaron. Ana no le decía nada pero la situación le parecía extraña, ¿Te acordás cuando ibas y venías del agua pensando que se pondría tibia?. Ana le dice que de chica creía en que el sol era algo así como un gran calefón que calentaba el agua del mar pero siempre estaba fría. Ambas rieron recordando lo mismo.






La madre en un momento se detiene y la mira, se saca la bufanda y quiere atarla en el cuello de Ana. El viento soplaba y lo sencillo parecía complicado pero al final pudo. La miró y le dijo ahora volvete a tu casa porque es tardísimo. “¿Y vos cómo sabés?” . Ana se da vuelta desatándose la bufanda, enojada para variar, la tira en la arena.






Pega un grito. Se despierta. Con un brazo golpea en la cama al marido, que también grita. ¿Qué pasa?, le dice. Ana intenta hacer pie con su mente, cosa difícil a la mañana. “¿Hace cuanto estamos acá?”. Desde que fue lo de tu mamá, hace dos días, le dijo el marido. Ella se pone lo primero que encuentra, se va a la playa, sale sin campera y tiene mucho frio.






Hay viento pero es dia de sol. Va hasta donde habían visto. Mira el mar, le grita y lo insulta, como testigo silencioso que no ayuda. Cuando se da vuelta camina, ve un hilo en el suelo, tira de él, es la bufanda gris a rayas. Le saca con la mano la arena y nota que está tibia.






Como ese mar que soñó que tenía un sol de calefón. Desde ese dia Ana no duerme. Sueña. Que volverán felices, ahí. Juntas.

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El hombre que no quería oír ni su música

1 comentarios viernes, 22 de enero de 2010

Amar nunca puede ser una foto detenida en el tiempo, necio de aquel que sabiendo algo claro e inminente, decide estirar tiempos, cerrar los ojos, mirar hacia otro lado, creyendo en soluciones que nunca llegarán. Y algo así me pasó con el final de mi relación con Grillito.

Negué mentalmente lo que los hechos me habían hacía rato demostrado. La situación de quien siente esto no es sencilla y se buscan soluciones pero siempre corriendo la coneja.


Si bien no rogué que algo perdurara, me comportaba como si nada ocurriera. Y cuando al amor hay que ponerle algún tipo de barrera para no salirse de donde está, algo pasa. Ya expliqué en el anterior relato el valor que al principio ambos le dimos a la rutina de vernos, y cómo después eso mismo empezó a molestar. Creí que salvando la situación lograría no perder a quien amaba pero ese pensamiento, tan dentro de mi, no la incluía a ella. Sino que era lo que yo quería que pasara. Ella sólo tuvo que esperar el momento, pero evité como pude que llegara. La situación se mantuvo así unos dos meses y medio.


Llegado Septiembre quedaba por delante mi viaje de egresados. Estaba un tanto extraño con esta situación que no se definía, asi que la expectativa por el viaje en parte fue liberadora, podía ocupar tiempo y mente en otras cosas. Ella vio esto y no necesitó estudiar mucho el panorama. Habrá elegido incluso que fuera en ese momento. Y no fue oportuna.


Un día antes de mi cumpleaños cayó en martes. Yo me iba de la clase particular y noté que ella me esperó en la puerta, parada como soldado. Junto a la ligustrina por donde la vi irse aquella primera vez.


Busqué mirarla ahora, en sus ojos, para encontrarla. Pero no estaba.

Ya no recuerdo las palabras exactas y poco importan, si el hecho estaba consumado. Mi reacción sí la recuerdo: busqué apoyarme en el pilar de la entrada con mi mano, como a quien le mueven el piso y está con miedo. Algo así me pasaba.


Le pregunté por lo que en versiones me habían dicho ahí (usina de rumores permanentes, esa quinta) y luego de una introducción eterna para mi, lo confirmó. Había un tercero en discordia y no lo conocía.


Cuando escuché su respuesta, avancé hacia la salida y doblé como para ir a la parada del colectivo e irme. Quizás creí que me seguiría o se disculparía, pero no ocurrió. Y llegué a la esquina solo y llorando. Miré hacia arriba y el sol me encandiló, asi que sería al mediodía, mucho más dato no recuerdo ya, o no quiero.


Lo que siguió a ese día y hasta el siguiente a la noche fue el silencio. No tenía muchas ganas de hablar y quería pensar. Necesitaba paz para razonar y acomodar las piezas, si es que el amor es como un juego. Al otro día llegó mi cumpleaños. Tuve clases en la escuela normalmente y a la salida me fui para mi casa. Me senté en el tren y vi por la ventana el paisaje y también dos años y ocho meses de relación. Casi me paso de estación pero el ruido de las puertas abriéndose me sacó de aquello.


Llegué a mi casa sin decirle nada a nadie sobre el tema. Mis familiares saludaban por teléfono (no había sms, ni celular, ni internet y aun así comunicados estábamos) y yo agradecía, nunca tan de compromiso.

A eso de las siete de la tarde sonó el teléfono y era Morena. Hacía varios meses que no tenía noticias, desde aquel seguimiento ya contado en esta sección.

No creí en las casualidades. O al menos no en tantas.


Se autoinvitó a mi casa aunque me había negado. Festejó lo que para mi era un drama. La dejé hablar, si interrumpía sería peor. Cuando se fue otra vez quedé perdido en medio de mis cosas. Faltaban dos días para irme a Bariloche y no tenía ganas de ir. Pero fui y la pasé bien más allá de no tener una sola foto en la que haya algo parecido a felicidad en mi cara.


Lo que siguió fueron cuatro años sin mucho importarme el amor y sus derivados. Morena volvió a ser amiga. Intenté retomar el hábito de las cartas semanales, pero no estaban los temas de aquellos primeros meses de amistad, y tambien porque escribía sabiendo que vendría una respuesta. Toda carta mia era como una gran pregunta que Morena tenía la obligación de responderme. El hecho de escribir, tan parecido a la libertad para mi, depende de factores externos. De tiempos. Y cada vez que escribía empujaba con la lapicera a las palabras, no las sentía.


A Grillito la seguí viendo. Y al tiempo, la vi embarazada. Y al tiempo, con un hijo. Y luego de visita con su bebé adonde yo daba clases. Estaba feliz si ella lo era, no podía desearle que le fuera mal. Uno aprende con la resignación, se rinde ante las circunstancias y todo es aprendizaje.


Asi como en su momento el chimento en donde estaba trabajando era que ella no era más mi novia y sí de otro, ahora lo que se decía era que su pareja la había dejado. La seguí viendo pero nunca le pregunté nada, de hecho casi no hablábamos, ella iba por inercia y yo no quería otra cosa que silencio, aunque me hacía bien verla.


Tardé unos meses en ubicarme. No sabía donde estaba o lo que hacer frente a ella. Nunca había estado en una situación asi antes, y no conocía ni mis propias reacciones. Esto era un final. Cuando se estabilizó todo, me empecé a sentir bien solo.


Así fue por cuatro años. Hasta que algunas cosas volvieron a darse y con otra persona la historia tendría más capítulos. Volví a querer oír mi música.




Acotación al margen: El amor llega y también se termina y se va. Uno es el mismo de siempre pero ante alguien, ante una sola persona, somos otros. Cuando esa persona no está más, volvemos por nosotros, a ver si podemos seguir sin ella. Y se puede. Porque tan importante como el amor, es el tiempo. Inexorable.

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El regalo de la novia

3 comentarios lunes, 11 de enero de 2010

Mi relación con los regalos fue problemática desde la infancia, siempre creyendo que eran objetos a querer sin haberme preguntado antes. La duda, el apresuramiento, cierta presión en ser original, son los inconvenientes cuando hago regalos. Y para completarla: soy poco aceptador de presentes. Me incomodan.

Grillito daría fe a mis dichos. Regalo nunca era sinónimo de sorpresa, ya que siempre terminaba preguntando qué cosa quería además de plantearle varias opciones para que elija. Soy un creyente en los gestos más que en los regalos fijos anuales. Prefiero sentir que lo hago con alguna razón de momento, en general por agradecimiento. Dentro de esos términos me siento mejor. Hay situaciones de caballerosidad podría decir, en el que un presente no debe llamarse regalo.
Siempre digo que caballeros hay pocos, y hombre es cualquiera.

Mi novia cumplía años el 15 de enero. Por la fecha ya podíamos descartar varios presentes, empezando por bufandas y guantes. Como cumplía en mes de vacaciones, solía celebrarlo el 15 de marzo ya con las clases iniciadas y junto a sus compañeros. El regalo “oficial” debía entonces, ser en esa fecha.

No había percibido en lo que me decía una gran pasión por algún objeto que pudiera querer. Así que una vez que fui a la casa me puse a mirar detenidamente en su habitación cosas que dieran alguna idea. Tres estantes repletos. Libros, carpetas, fotos, muñecos, tarjetas…lo único repetido eran las revistas de “Patoruzito”, que me llamaron la atención porque hacía tiempo que no veía una.

No había otro objeto en cantidad, sólo ése. Me puse en campaña y en el kiosco amigo conseguí unas quince revistas de Patoruzito. No las quise leer para no marcar las hojas. Compré una caja color metal y le pegué unos stickers de unas flores. Luego la llevé a una librería y pedí que le pusieran un moño de color azul para que luzca más importante. Dos días antes ya tenía el regalo listo.

Esperé pacientemente. Y el quince por la mañana fui hasta la casa. Sabía que estaba en el colegio y no ahí. Saludé a los padres y sobre la cama de la habitación dejé la caja, además de una tarjeta con lindas palabras que sólo digo cuando estoy enamorado. ¡Difícil que me gusten leerlas en otro estado!.

Miré esa habitación siempre ordenada y con todo en los extremos, vacío al centro. Vi que las revistas ahora estaban sobre unas cajas cerca de la cama. Entendí que las estaba leyendo, mi regalo era genial.

Salía ella unos 20 minutos antes de yo entrar a mi colegio, así que fui a saludarla por su cumple ahí. “Tu regalo te lo debo”, le dije mintiendo. “¿A la tarde pasás por casa?”. Dije que sí. La saludé con esos besos largos eternamente queridos. Me di vuelta para irme, hice tres pasos. “Ay, no…mirá, le había dicho a mi viejo que ordenara de una vez sus cosas y lo hace hoy, si querés pasame a buscar y vemos para donde vamos”. Yo asentí. “Porque va a poner en cajas todo…hasta unas Patoruzito que juntan tierra en mi pieza, no sé qué hacen ahí”…

Yo abrí los ojos como quien lee la factura de teléfono de una casa con hijos…tragué saliva. Y pensé en la caja con el moño enorme azul en medio de la cama…en realidad pensaba ya en cómo deshacerme de eso. Me fui caminando y razonando opciones. Pensé en faltar a clases, buscar la caja antes que ella para luego ver un regalo de emergencia. Luego en llamar al padre para que saque la caja y la esconda. Finalmente fui al colegio. Grillito vio mi cara de espanto indisimulable y algo intuyó. Me fui maldiciendo el momento de haber decidido sin antes consultar. Un infortunio visto como un drama, ahora me reiría.

Estuve en la escuela pero con la mente sólo en esa bendita caja, aunque ya no podía hacerla desaparecer, la debió haber visto. Cuando salí caminé derrotado las 12 cuadras hasta su casa. Llego y saludo como si nada. La veo y me dice que podíamos quedarnos. Me hace pasar a su habitación, y en su cama la caja, aunque sin el moño. La miré y se sonrió. No sé por qué, pero me puse colorado. Me rasqué la cabeza y la miré algo desconsolado. Me dijo que cerrara la puerta. Detrás, pegó una hoja que decía “te amo” y unos corazones dibujados….

Como extraña moraleja diré que el padre, ella y yo nos turnamos en leer todas las revistas. La caja luego guardó cartas, y el moño terminó de vincha en la cabeza de un oso color blanco, también presente mío.

Fue mi último regalo sin avisar. Por suerte la pegué después con algunos, porque tenían más cariño que sorpresa. Mi intuición siempre está en crisis.
Merecería que me regalen una nueva.






Acotación al margen: Cuando alguien no sepa qué regalar, sugiero preguntar sin vueltas al interesado y no hacerse el original dejándose llevar. “Correrías de Patoruzito” para una novia de 17 años en ese momento, no era lo más recomendable.
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Morena, cartas y celos

3 comentarios martes, 29 de diciembre de 2009

Hablé la anterior vez sobre Morena en el colegio, su fiesta, su vals, mi pullóver y sobretodo, de su sentencia a partir de lo que me dijo. Sin embargo esa fiesta terminó siendo negativa para con nosotros. Dejé de hablarle y ella a mi. Sin motivo específico, pero evidentemente cada uno viéndose en ese momento juzgó forzada la situación.
Y hubo distancia.

Sobre el final de uno de los años, Morena anuncia que se cambiará de colegio. El nivel de educación no era el deseado para ella y pasaría de una escuela pública a otra privada. Compró un cuaderno con espiral y lo fue pasando a cada compañero para que le escribieran alguna frase de recuerdo. Cuando fue mi turno lo primero que hice fue mirar las dedicatorias hasta allí, no para inspirarme, sino para conocer el tono con el que el cuaderno venía.

Escribí unos diez renglones, pero ya no recuerdo el contenido. Me referí a su fiesta de 15 y lo posterior, esa especie de silencio tenso. Terminó el año con los saludos de rigor y se fue. Era el fin de Morena.

O eso creí.

Cuando las clases otra vez comenzaron una amiga en común me entrega una postal y una carta (¡de papel color verde!) que Morena le había dejado para mi. La tarjeta era sobre deseos para la navidad y la carta de dos carillas decía que le había gustado lo que escribí y que deseaba seguir el contacto si yo quería a través de cartas. Me puso su dirección y saludaba con un “gracias por todo”, que sonaba más de compromiso que real.

Hoy pasados casi 20 años ya de lo que relato, comprendo que si decidí escribirle sin dudas era para sentir un escape de la realidad, que yo había delimitado dentro de terminar el colegio y estudiar luego Veterinaria. Lo sentí como la posibilidad de “hacer” algo que me debía “hacer”, sabiendo incluso que podía desilusionarme, tanto de mí como de las respuestas posibles. Y esa misma noche empecé algo que con mayor o menor ritmo duró más de nueve años.

Las escribía en el fin de semana y las despachaba el lunes. Ella las escribía en la semana y me llegaban los viernes. Al principio eran absolutamente informativas, darse a conocer con datos y también a través del estilo de cada uno. Salvo por esa tendencia (en mi opinión bastante fea) de escribir la letra M al revés, con las montañitas hacia abajo y no como Dios manda, del resto no tenía quejas.

Así pasaron unos cuatro meses hasta que acordamos vernos. El acuerdo era encontrarnos los días viernes por la tarde y los encuentros de allí en más fueron bastante paranoicos. Nos saludábamos evitando hablar y cada uno entregaba el sobre cerrado al otro, que no lo abría hasta que se estuviera solo. Lo vivíamos como un regalo semanal, algo que nos hacía bien sin juzgarnos ni pretender cambiarnos, una auténtica ida y vuelta sin histerias.

El idilio duró unos meses más. Porque luego sobrevino el querer interpretar conceptos del otro, el tomar una parte y no el todo sobre una opinión y cierta electricidad cuando no se opina de igual manera. Aun con eso, seguía no pareciéndome rutinario, todo lo contrario. Era liberador lo que yo sentía al expresarme.

Pero inexorablemente, todo fue para mí siendo tan cuesta arriba como tener un bote de un solo remo. El tono “descriptivo-festivo” de las cartas pasó ya a ser acusatorio. Y yo no me salí de mi eje, seguí escribiendo de igual manera, que a la distancia sin dudas fue un error, debí parar.

Paralelamente me puse de novio con alguien fuera del colegio, lo que hizo que terminara de desarmarse el “castillito postal”. Morena era muy celosa y no aceptaba que los viernes comenzara a hacer otras cosas. Luego de una charla casi a los gritos por teléfono, quedé en que se las enviaría a las cartas semanales por correo, como al principio. Nunca supe si lo entendió o es que se resignó. Pero finalmente quedamos de esa manera.

Para el viaje de egresados se la invitó a pesar de ya no ser más del grupo. Morena comenzó a llevarme las cartas al colegio, me las daba en mano o se las dejaba a la preceptora. No quiso ir al viaje, fue con sus nuevos compañeros casi en la misma fecha que nosotros, en realidad volvió un día antes de la partida de nuestro grupo.

El día anterior a mi cumpleaños termino con mi novia. Morena me llama para ir a mi casa y llevarme un regalo de Bariloche. Le digo que me había peleado con mi novia, que no estaba de ánimo. “Voy igual”.
Aparece con una botella de champagne. Pide dos vasos, sirve y dice “celebremos este momento”…

Yo la miré, recordando aquel “de mi no te vas a olvidar” tan claro en el tiempo. ¡Vaya si lo llevó a la práctica!
Y como ya dije, esto continuará.




Acotación al margen: Moraleja para los lectores. Si van a escribirse con alguien o llevar adelante otro tipo de relación, tener en cuenta que las alegrías no se sostienen sólo de un lado, sino que son la unión de dos sentimientos. Porque si no, el bote se mueve en círculos si se tiene un solo remo. Yo sé por qué lo digo.
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