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"Casas encadenadas" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 25 de agosto de 2012
Venia caminando y encontré mi casa cuando era chico. Estaba tal cual la dejé a los 11 años, con los marcos de la puerta despintados de tantos pelotazos, con la pared descascarada en la base y una planta que pinchaba en el frente de la que nunca supe el nombre. Con la mano empujé la reja bajita y el chillido inconfundible sonó, ese que resiste la memoria emotiva. Salí y me crucé. Mi escuela secundaria tenía la bandera del frente en eterna media asta porque el mástil estaba oxidado. Cuatro escalones en la entrada y tras las puertas de madera un largo pasillo gris hasta el patio, todo eso lo vi desde afuera. Al lado, la casa de la abuela. Donde se oían los golpes del taller de muebles de don Nieva, a la vuelta, y el sol reflejado en la antena de televisión le daba al techo forma de nave espacial inventada. En diagonal está la facultad, donde siempre entré y salí cansado, de ventanas grandes y el hombre en la puerta, custodiando la nada como si la protegiera. Ahora parado en el frente de mi casa busco las llaves y saco tres distintas, la de mi infancia, la de la abuela, la actual. Empujo y entro dejando mis recuerdos en esa cuadra que camino cada vez más lento.
"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011Llegado su turno pidió que la mandaran certificada. La mujer lo miró a él y luego al sobre, la sensación fea de ser interrogado con los ojos. Se detuvo en el remitente y cuando comprobó que estaba correcto lo pasó por la máquina. Ya no ponen estampillas y ahora entregan un recibo muy parecido al de un supermercado. Como si escribir fuera una compra. Daniel sentía que el mundo moderno le estaba dando un cachetazo a sus modos algo antiguos.
¿Qué hizo?. Se acordó de ella, de Claudia, y le mandó una carta como en su época de adolescentes. El problema es que ya no lo eran y si bien él nunca se casó eso no quería decir que quien leyera lo tomara en gracia luego de tantos años. Quizás tuviera hijos, muchos, quizás no viva donde siempre vivía. La mandó adonde recordaba.
El texto era bastante simple: “¿Te acordás de mi?”. Y el remitente era de Martín J Haedo. Le gustaba hace 20 años poner de remitente en cartas apellidos de estaciones de trenes. Apostaba a que con eso lo debería recordar. Con el correr de los dias las ganas de recibir respuesta se transformaron en resignación, en melancolía de lo que nunca pasó.
La duda era si llegó y si fue así cuál había sido la reacción, que Claudia sintiera lo mismo, en una palabra. Hasta que a los 36 días de enviadas la carta, llega el cartero a la casa. Se baja de la bicicleta, toca timbre. Daniel sale y el hombre le hace firmar una planilla. Ve la letra de Claudia, igual que hace 20 años.
Rompió con cuidado el papel madera y adentro tenía una caja blanca. La desató y abrió: había cartas. Suyas, escritas para ella. En la tapa se leía “fijate en el sobre”. Y dentro había una hoja que decía “Sí, me acuerdo de vos. Te doy las cartas tuyas. Volvé pero hoy, no ayer”.
Daniel se rascó la cabeza y no perdió tiempo. De a una las fue quemando con un encendedor. Vio luego de tanto sus propias cartas, amarillas del tiempo y de lo que sentía de verlas. Le estaban pidiendo que dejara atrás a él mismo para empezar a ser, justamente, él.
Hoy son tan felices que se escriben cartas aunque estén al lado del otro.
Primer día de clases (texto para perfil de Facebook)
1 comentarios martes, 3 de agosto de 2010
Me desperté ese día con la voz de mi madre al oído, mezcla de orden y cariño: `vamos que hoy empezás´…y la verdad es que tenía tantas ganas de ir como de no ir. El primer día de escuela es una rara mezcla de sentimientos, y el pavor que se tiene puede ser curiosidad o tal vez el temor a lo desconocido.
La ropa nueva aun no adaptada a nosotros es incómoda el primer día, y los útiles son tan flamantes como ajenos hasta que no los usemos. La mochila es nueva y está desinflada, luciendo colores que con los meses poco a poco irá perdiendo. Los zapatos hacen ruido al caminar, el cuero cruje, un poco aprietan, y los pasos acelerados no ayudan mucho a la causa, hay un apuro que los padres tienen por sus hijos en el primer día que hasta parecen disfrutar. Y lo disfrutan, seguramente.
Llegamos a la puerta del colegio y el centro de gravedad está más arriba de nuestra altura. Saludos a personas mucho más altas que nosotros, intentando transmitirnos alegría que quite los miedos. En la entrada un grupo de chicos de mi edad parecen estar en la misma situación: compleja. Los padres se agachan y nos acomodan la ropa de un tirón, para que todo quede derecho. Ratificamos nuestra incomodidad con una mirada pero no hay caso, será así por un tiempo.
Un batallón de estaturas y colores iguales se apuran a pasar por la puerta. Los padres van detrás aunque se quedan abloquelados, mirando, sacando fotos, pensando, llorando, o todo eso junto. Las maestras organizan como pueden las filas, ubicando por altura aunque todos midan mas o menos lo mismo, y con las filas ya hechas se hace un silencio bastante incómodo, que se rompe con algún grito de pedido de orden de alguna maestra.
De chico todo lo que se vive es absorbido, más que vivido. Los recuerdos se impregnan, no se eligen demasiado, ocurren y uno los recibe de la mejor manera, en general con asombro. Suena el himno. La introducción es algo larga y uno ve a los padres de frente y en un rincón, mirando todo con orgullo y atención a la vez.
Comprobamos que el himno aun no lo sabemos todo, uno se queda callado a la espera de la frase que uno sabe. ¡No llega nunca!. Termina y hay un murmullo de inicio de etapa. En el colegio, y dentro de nosotros. Eso, es el primer día.
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