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."Lecciones que hoy aprendo".

1 comentarios sábado, 10 de noviembre de 2012
Me lo creí. Pobre de mi en los intentos de hacer pensar que no fuera cierto, parecido a las condenas que nadie acepta pero ven pasar el tiempo. Aceptado el error surge el temor y desconsuelo, porque por algo se premia o se deja de lado, por cortesía lo he sabido en su silencio. Como ocurre con la marea y la costa, todos los días volvía. Y todos los días encontraba en aquello algo distinto, y a la vez nada nuevo. Hasta que el sol me avisó, harto de lo que veía, que no resistía más intentos. Y un dia dejé de hacerlo. No volví más por su recuerdo.
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."La lista de mis deseos".

1 comentarios sábado, 7 de julio de 2012
No sos la mujer de mis sueños. Ni la que por las noches en deseos viene a ver si la recuerdo. Ni la que impide los malos momentos, ni ocupa mi mente dejando allá lejos supuestos problemas que uno tiene por ciertos. No sos la razón delante de los hechos, ni los proyectos, ni el presente, ni el pasado, ni lo que tiñe en mi vida tu pelo. No sos la chance perdida que ha vuelto, no sos ningún faro, ni soy playa, ni el corazón buscando sendero. Definitivamente no sos mi secreto, que públicamente guardo y protejo. Ni la medida con que rezo y me confieso. No sos aquella que recibe mi energía, cuando pienso en darte la que es mia. No sos la mujer detrás de mis sueños. Quiero que lo sepas: sos mucho más. Mucho más que todo esto.
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"Mi recuerdo" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012
Para cada persona nuestra mente guarda una imagen que es la primera que nos aparece cuando los recordamos. Cecilia recordaba a su padre cada vez que la tomaban de la mano. De chica, en un parque de diversiones, no quería subirse a esas insufribles tazas que uno debe sentarse y comienzan a girar bruscamente. Entonces se tapó la cara y el papá tomó una de sus manos y la acarició. Ella lo miró y vio desde abajo algo así como la representación de la seguridad. Confió y subió. Pasaron los años, como 30. Nunca le había contado a su papá esa imagen que le solía venir a la memoria, pero sí se lo contó a su novio actual. No resultó una solución: el muchacho jamás la volvió a tomar de la mano. Temor a las comparaciones y quizás a saber que de ese modo no pensaría sólo en él. “Los hombres son básicos”, pensó Cecilia. Quería cerrar una etapa y poder contarle al padre ese recuerdo. Un almuerzo familiar era una buena ocasión. Fue con su novio (”tan básico”) y esperó algún momento a solas. Lo vio llevar la ensalada a la cocina y ella agarró un vaso y fue tras él. Se rascó la cabeza y trató de ganarle a la timidez. “Papá, quería contarte algo”. Si. “Quería decirte que siempre me acuerdo de vos por algo, por un recuerdo”. Y sí, nos pasa a todos, yo también te recuerdo a vos por una cosa. “¿Sí?. ¿Qué?”. Ni te vas a acordar. Una vez tenías terror a subirte a un juego en el parque que estaba frente a la plaza, y te pusiste a llorar. Yo te agarré la mano y tu mirada con los ojos bien grandes no la olvido nunca”. Cecilia lo abrazó llorando y le dijo que no le contaría su recuerdo porque él ya lo había hecho. Y volvió a mirarlo con esos mismos ojos.
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"Luchas"-Prosa

1 comentarios miércoles, 28 de diciembre de 2011
Dime lo que valgo sin mentirme,
dijo el viejo a su recuerdo.
-“Hoy no vales mucho, eres un pasado
en esplendor, un cielo finito y humano
para una orden que ya no existe”.
No mires esto, mira mi pasado de sol, de lluvia,
de ideas célebres, de tirano que convencía.
Pídeme algo que haga y lo haré.
-“Ve y destruye el sol”.
¡No puedo!. Es imposible. Me rige,
nos gobierna, es objetivo naciente y poniente,
sería un desperdicio.
-“Eres un viejo y yo, un recuerdo que te golpea
donde no quieres. Una vez lo intentaste.
¿Lo recuerdas?. Eras joven, por primera vez
decisión y duda se dieron en vos la mano.
Desde ahí hasta hoy. ¿Pido otra cosa?”.
Sí, estaré dispuesto a hacerlo.
-“Retrocede el tiempo”.
¡No puedo!. Nadie puede.
Es tenaz, es decidido, tiene un objetivo,
es inexorable en él y en todos,
respeto la sabiduría de los obstinados.
Tiene algo de mi envidia
a su camino largo y seguro.
-“Tampoco puedes, los años te hacen dudar.
Un solo intento más por tu arrojo:
¿Puedes volver a buscarte
adonde vos quisiste quedarte?”.
¡Sí, puedo!.
Eres, recuerdo, donde siempre
hubo sol y tiempo, donde soy
parte de mi y de lo que ya no extraño.
Puedo volver pero necesito la llave
que impide el olvido, la razón perfecta
del sueño tenue, aun.
Y el recuerdo al fin, dijo:
-“Ahora, viejo hombre,
todo de mi, puedes”.
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Energía (Texto para concurso)

1 comentarios martes, 15 de noviembre de 2011


26 de septiembre de 1992. Usaba de esos relojes feos que tienen la fecha y el mes incorporados, miraba la hora con un cierto orgullo adolescente, patético orgullo, de tener ese reloj y que otros no. Asi que recuerdo fijarme qué día era, me había impactado la noticia aunque quien me avisó primero quería saber si yo tenía “eso” que me había prestado Carlos. Yo le dije que sí, que se lo llevaría esa misma semana. “Traelo mañana”, dijo. Rascándome la cabeza, como siempre cuando me pongo nervioso, corté.
Traté de entender. Me avisan por teléfono que Carlos, con quien hablé el martes y me pidió mi número para que estemos en contacto, había fallecido. La persona que me llamó quería que devolviera el panel solar que Carlos me había prestado para una clase de Biología. Un trabajo sobre Energía. ¿Pero este hombre quiere que vaya al velatorio con el panel solar bajo el brazo?.
Carlos era un profesor de escuela en General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires, conocido de la docente que yo tenía en ese momento, quien nos hizo el contacto para poder hacer mejor nuestra clase especial. Fuimos durante tres meses, tres veces a la semana unas dos horas. Nos explicaba con pasión, era como darnos clases fuera de sus horas. Me quedé muy apenado y sorprendido, uno de chico se cree inmortal y lo advierte ya de grande, cuando comprueba que no lo es. Fue una de las primeras veces en que me di cuenta del punto y aparte que suele ser la muerte repentina. Llamé a mis dos amigos, Héctor y Ariel. Eran quienes iban conmigo a verlo a la escuela técnica donde Carlos trabajaba. Al otro día tomamos el 52, “La lujanera”, rumbo al velatorio. La ruta era muy angosta, el colectivo excedía la media calzada de ancho y solía esquivar en velocidad los autos que venían de frente. Cerramos la ventana para que no entrara la tierra cuando aceleraba. Llegamos a General Rodríguez. Teníamos que cruzar las vías del tren e ir hacia la izquierda unas 15 cuadras. Íbamos los tres en silencio, turnándonos para llevar ese incómodo panel metálico. Era de mañana pero solíamos ir luego de las 18, me gustaba ver la caída del sol entre las casas. Luego de clases ya nos habíamos acostumbrado a tomar el colectivo y caminar un rato para llegar a la escuela y escuchar la “miniclase” de Carlos.
Estaba detrás de mis dos amigos. Miré qué nombre llevaba el boulevard por el que siempre caminábamos ya que nunca se me había ocurrido saberlo. Era San Martín. Previsiblemente General San Martín. Los cordones de calle muy blancos, el pasto cortado por gente a la que uno de tarde veía, limpiando y arreglando. Con poco tránsito se dejaban oír mejor los altoparlantes. El boulevard tenía unos tres por cuadra, se escuchaba música melódica, a veces folclore. Me parecía un detalle de pueblo, de tranquilidad inoxidable, y me encantaba.
Ariel era el más chico y le tocaba llevar sólo por subordinación mucho más tiempo el panel. Héctor y yo sintonizábamos la frecuencia de quien se mira con otro y sobran las palabras. Ambos decidimos llevar primero el panel a la escuela para luego ir al velatorio. La Técnica 1 está frente a una rotonda, las veredas son chicas y no solía haber autos en la calle asi que caminábamos por ella. Llegamos y una señora en la escuela abre una puerta con reja. Explicamos la situación y nos acepta el panel solar. Le preguntamos dónde era el velatorio y nos dice cómo llegar, hace gestos con la mano que sinceramente no entendí pero Héctor si. Ariel preguntó en voz alta algo que yo me había preguntado en silencio: ¿por qué lo devolvimos si la clase es mañana?. Respuesta que di: “somos demasiado buenos, Ariel”. Nuestra clase especial sería menos impactante sin el panel solar. No quise aclarar eso a quien me llamó cuando me dieron la noticia, no era el momento además. Lo solucionaríamos de algún modo, imaginé.
A media cuadra del boulevard estaba la casa velatoria. Era realmente una casa transformada para su función actual, desde la esquina parecía un chalet más. “Saluden”, les dije a mis amigos. Entré primero y saludamos a todos aunque no conociéramos a nadie. Vi a mi profesora de Biología y ella se acercó. Nos saludó y luego nos presentó a Damián, otro profesor de la escuela donde Carlos trabajaba, el que me había llamado por teléfono para darme la noticia. Mi profesora le comentó que éramos quienes daríamos la clase especial y Damián abrió los ojos sorprendido. Nos dijo que saliéramos, que quería hablarnos.
Le pregunté qué había pasado.“No sé, era joven, fue repentino”. Estaba interesado en hablar de otra cosa y yo no quise preguntarle más. Sentí que tenía ganas de conocernos. Contó que hablaba a diario con Carlos y que le había comentado de nuestra clase especial, que sin ser sus alumnos le dijo que le parecíamos interesados en el tema y que nos daría un panel solar. Héctor le dijo que ya lo habíamos devuelto a la escuela. “Se los voy a dar de nuevo”. Los tres respiramos aliviados sin poder disimularlo. Estábamos a cuatro cuadras pero de todos modos nos llevó en su auto hasta la escuela. Llegamos y nos hizo esperar en un aula. Prendimos las luces. Ariel se sentó en esos bancos ajenos. La escuela que no es la nuestra parece ajena cuando uno la mira. Bancos desordenados, el pizarrón mal borrado, dos mitades de tizas amarillas, un vaso de plástico arriba de una mesa. Me apoyo en la pared, pasan unos tres minutos. Entra Damián con el panel solar y un cuaderno.
Rectangular y de color gris. Dos capas de un vidrio grueso atravesado por una malla metálica muy fina, que soportaba otras dos capas de vidrio oscuro que ante la luz se veía rojo, en un extremo una especie de oreja, que era de donde lo sosteníamos para llevarlo. Eso era un panel solar. El colegio, explicó Damián, tenía tres y experimentaba usando otros tres. Pidió que lo cuidáramos y dijimos que sí al mismo tiempo. Abrió el cuaderno. Era un anotador que Carlos tenía. Al final de cada jornada hacía alguna acotación y nos mostró lo que ponía luego de ayudarnos a nosotros. Eran elogios a cómo lo habíamos comprendido, lo obedientes que parecíamos. “Lo parecemos nomás” dijo Héctor, y todos reímos. Pero Damián nos dijo que anoche al leer el cuaderno notó que en los comentarios del martes decía algo extraño, como una orden. Nos dio a leer y era claro: “Dar el panel 6, mirando al Este”. Asi que nos daba el panel número 6 con los cables que permitían la conexión a otra fuente de energía. Lo de mirar al Este Damián creía que era la posición en que debía estar para que si se cargaba correctamente, funcionara.
Volvimos en el colectivo con el panel dentro de una bolsa blanca, cubierto con una remera. Ariel se lo quedaría en su casa porque era la más cercana a la escuela y al otro día los tres nos juntaríamos ahí para salir todos juntos. Por fin había llegado el momento. La idea era poner el panel al sol y luego hacer ver que funcionaba a través de una o dos lamparitas conectadas.
Dependíamos del buen tiempo, sin nubes y con sol. Pero como en las previsibles películas catástrofe, sobre el mediodía el cielo se fue nublando. Llegamos temprano e igual lo pusimos a cargar aunque el clima parecía de lluvia. Nos tocaba a las cuatro de la tarde. Preparamos esquemas, hicimos fotocopias de ayuda memoria para que los chicos nos pudieran seguir sin perderse. El panel estaba sobre una mesa en la parte de afuera del aula y el final de la clase era encender las dos bombitas que estaban en una base de cartón, conectadas por un largo cable hasta el panel.
La clase empezó y salió el sol aunque como no había cargado el panel durante horas seguramente ya no serviría. Ariel hablaba y Héctor y yo mirábamos nerviosos el cable que salía de las bombitas. Le rezábamos a Carlos. Energía es un concepto amplio dentro de la Biología y en otras ramas, nos centramos en la solar aunque en las fotocopias repartidas habíamos elegido una definición general del término. Hablamos los tres y la profesora vio nuestra cara de desilusión porque no nos había resultado el experimento. Héctor fue hasta el panel y lo giró, pero no hubo resultado. De pronto nos miramos y le señalé a la derecha, Dirección Este. Nos cruzamos los tres de brazos pidiéndole con la mirada en las lamparitas a Carlos el milagro.
Diez segundos y no pasaba nada. Queríamos cerrar la clase especial con la frase que habíamos preparado, nos aplaudieron de compromiso. Sentíamos que le habíamos fallado a Carlos. El aplauso se interrumpe cuando las lamparitas empiezan a alumbrar.
“Para los griegos la energía era la eficacia en el saber obrar. La fuerza de voluntad y el vigor que una actividad merece. Se puede aplicar a lo que ustedes quieran y deseen. Externa o interna, la energía tiene un poder”.
Ariel aprovecha el momento de asombro: “Señores, esto es energía”. Yo miré mi reloj feo. Jueves 28 de septiembre de 1992. Desde ese día creo que la hay. En todos.
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Crónica de viaje (Micro-viaje)

2 comentarios viernes, 30 de julio de 2010

Dicen que las cosas quedan en nosotros a veces por repetición, fijas a partir de realizarlas varias veces y luego ya ni nos darnos cuenta de la diferencia de pensarlas o no. Con los viajes creo que ocurre algo similar. A veces uno no repara en que ciertos lugares ya los hemos transitado, simplemente ahora pasa que le estamos prestando más atención. Y a la vez, algo de ellos nos es familiar.


Por cuarta vez hago un mismo recorrido en micro. Y esto implica ya una predisposición a saber que poco va a sorprenderme desde el momento en que me subo. La gracia es tratar de que así no sea, empezando por prestar atención a los detalles aunque la hora del viaje, de madrugada, no ayuda a la cuestión y uno de entrada se prepara para ver pasar paisajes lo más rápido posible hasta que amanezca.


Saliendo de Capital aun las luces molestan si se tiene sueño, asi que más atento se está. Y el micro bordeando muchos lugares diversos da la idea de algo que apenas se asoma pero no alcanza a entrar a esa realidad. Bordea una villa, la 31. Varias cuadras de casas que hacen equilibrio en calles que son angostas, gente joven mirando desde las veredas el pasar no sólo de mi micro sino el de tantos otros que a la misma hora salen.


Ellos miran el ómnibus con detalle, porque la luz de adentro aun está encendida, y uno los mira a ellos. Las calle tiene lomos de burro y baches que cumplen la misma función: la de impedir que se tome velocidad. De pronto el micro gira hacia la derecha y esa realidad queda detrás y uno respira profundo creyendo que no viéndola más, ya no sucede.


Lo siguiente es a velocidad. Transitar la zona del puerto, con el rio reflejado por las luces que algunos postes dan a la noche, luego la Avenida Sarmiento y la costanera, con agua a la derecha y el aeropuerto a la izquierda de mi vista. Sube la autopista y ya me pierdo por un rato largo en el relato detallado. Busco el mp3 y pretendo escuchar alguna radio, pero descubro que no tiene pilas. Maldigo el momento en que pasé por al lado del señor que las vende a bajo precio y yo, de tacaño, no quise comprarle. Su maldición fue ahora recordarlo. Intento cerrar los ojos y sacarme los anteojos pero a la vez quiero seguir viendo por la ventana. Se empezó a empañar el vidrio por el calor humano, no porque la calefacción estuviera encendida, y eso impedía que mirara. Lo desempañé y me acomodé.


Peajes, dos o tres. Luego una ruta angosta y con tránsito en sentido contrario. Dos o tres rotondas siempre hacia la izquierda y a partir de allí un silencio. Mi parte favorita. El campo de noche no tiene interrupciones visuales. Es la sensación de magnitud que mejor siento que el mundo puede expresar. Todo es plano, interrumpido por algún árbol o construcción pequeña. La luna se refleja en la tierra y da luz a la noche mientras avanza el micro. Eso es lo más cercano a lo que yo llamo imagen de tranquilidad. Ha llovido mucho durante semanas y el reflejo de la luna hace que vea grandes charcos en los campos y a los costados de la ruta. Pienso en dormir pero también en tomarle el tiempo al micro, nunca llega en horario y me esperan en la terminal.


Casi cuatro horas de viaje. Una pareja con su hijo de unos tres años son los más inquietos, primero levantándose él y luego ella a buscar agua para el chico, al que veo en la oscuridad algo inmóvil. Con un poco de sueño intento concentrarme en lo oscuro y fijar la vista, y la madre sienta al chico y le cambia el buzo. Tiene algo blanco que le impide el movimiento y parece un yeso, que va desde la punta de los dedos de la mano hasta la mitad del pecho, por eso parecía no moverse bien el chico. Me vuelvo a dar vuelta y mirar el paisaje nocturno, y ya está entrando el micro en un pueblo.


Frena la velocidad e intenta maniobrar en calles angostas para tamaño colectivo. La pequeña localidad se llama Benito Juárez, homónima de la ciudad cordobesa. Sus calles son asfaltadas a nuevo, sus casas no tienen rejas y en general sin luz externa. Las bicicletas están afuera sin mucha protección al parecer, junto a maquinaria agrícola o alguna camioneta vieja.


La terminal está como dentro de un complejo en donde todo está pintado de blanco furioso. Y lo puedo ver bien porque la iluminación ahí (y encima cerca de las tres de la mañana cualquier linterna es casi dañina) se asemeja a la de un tren de frente. Cerca está una imagen del General San Martín, han elegido una figura extraña hecha de un color verde y de aspecto joven, con su gorro de Teniente y no de General. Lleva una espada que nunca puedo ver bien porque justo maniobra el micro al revés y no me deja.


Allí bajan algunos y suben otros. Un chico de unos 15 años aparece con un carro de metal viejo, de rueditas que van para cualquier lado y él maniobra con esfuerzo. Hace frio, por el apuro y la posición de sus hombros, achicados por la temperatura, parecieran. Es como dije, la cuarta vez que hago el mismo viaje y siempre está el mismo muchacho a las 3 de la mañana, en el mismo lugar. Casi que lo he visto crecer, parece más grande. Le toca descargar envoltorios en celofán, son guías o revistas apretadas en ese plástico delgado, que tira arriba del carrito. La otra vez lo vi bajar 4 ruedas de auto, esta vez sólo esos envoltorios. Entra a la terminal, modesta. Desempaño mejor el vidrio y saco la foto que se ve en este texto. El colectivo arranca.


A la hora y cuarto entra en la ciudad de Balcarce. “Tierra de Juan M Fangio”, como dice el cartel de entrada a la ciudad, con el dibujo de la Flecha de plata, su auto y su emblema. La terminal no es tan diferente a la de mi querido Benito Juárez, aunque resalta la colaboración del Rotary club, cuyo logo está presente cada 10 metros. La terminal tiene paredes bien blancas salvo en un extremo, en donde está pintado un sector. Dice “bienvenido” y debajo “buen viaje”, lo que pensé al mirarlo que era un poco contradictorio…recién llegaba y ya me echaban. Pero para el viajante de paso como yo, es así como uno ve a estas ciudades. Dos pinturas sobre la pared representan a dos caballos, una de ellos de nombre “negra”. El otro no lo recuerdo y prometo mirar la próxima vez que pase.


Empiezo a calcular que ya estoy llegando, sin mirar el reloj. Los paisajes me son familiares. Dos rotondas más y una entrada nuevamente angosta y por un camino tallado entre dos piedras algo grandes, da esa sensación. Las luces de la ciudad se ven algo abajo, mientras el micro parece también bajar al nivel de las luces y superar esa hondonada. La última rotonda, ya con el nombre de la ciudad, por fin llegamos. Contento de estar con quienes quiero.


Al final no dormí nada. Me la pasé anotando, con el micro a oscuras, cosas como estas.
Querido diario: ¡ya llegué!. Eso anoté.
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Renata, una valija en el corazón: De buena madera

1 comentarios martes, 23 de marzo de 2010

Con el amanecer la marcha del micro que llevaba a Renata a Bariloche parecía tomar más velocidad. Ella deseaba llegar y a la vez poder volver a sentir la emoción de cuando por primera vez viajó, y quería ahora tomar nota de todo lo que pasaba. Pero decidió acomodarlo en su cabeza y prescindir del papel, necesitaba la superficie plana de una mesa y ahí si dejarse llevar por lo que le estaba ocurriendo.


El micro paró en Piedra del Águila. Recordaba todo hace más de 20 años como un conjunto de casas perfectamente ubicadas pero alejadas entre si, y a su madre protegiéndola con un pullover marrón tejido por ella del frio intenso en pleno verano. Esta vez sucedía algo similar. Se bajó y el viento le hizo ruido en las orejas, ese silbido que acompaña el movimiento del viento decididamente fuerte.

El piso no era asfalto, o en realidad mezcla con piedras de color gris muy pequeñas, algo más chatas que las de canto rodado. Se descubrió rápidamente como la única que había bajado a estirar las piernas mientras los choferes entraron a una oficina a dejar cajas y bolsas. Miró hacia sus costados y vio el día celeste con nubes que parecían líneas horizontales, y una claridad justa para usar anteojos de sol. Las dos elevaciones de color gris y marrón a su frente cortaban el color que todo el lugar tenía, y se puso a ver cómo el viento jugaba en mitad de la montaña, levantando polvillo y haciendo figuras extrañas.

Se volvió a subir al micro y a sus temas no resueltos en la mente. Miraba el paisaje sentada con la mano en la pera, resignada a ver pasar ya un terreno más árido y para ella menos poético que las estrellas de la noche anterior. Intentó dormir pero ya faltaba poco. Escuchaba a algún pasajero decir que estaban cerca de Bariloche y prestó atención un poco más a lo que veía. El paisaje se agigantaba, todo parecía inmenso y la ruta se iba poniendo cada vez más angosta.

Cuando a uno de los costados vio agua, su felicidad fue el corazón latiendo más fuerte. Estaba en el lugar por el que quería empezar un camino que no sabía adonde la llevaría. Lo sinuoso del trazado, el micro deteniéndose ante un puesto de la policía, lugar todo en madera como si una casa autóctona fuera, le remitía a cosas que ya antes había visto.

La estación terminal seguía pequeña como la dejó hace años, la vista que tenía desde ahí ya era de las calles con subidas y bajadas que de chica tanto le habían gustado. Caminó algunos metros e intentó ubicarse usando su memoria pero no encontraba punto de referencia en lo que veía. Buscó el lago con la vista como para ir bordeando y lo encontró, una imagen de color gris, planchada con las montañas que de fondo invitaban a mirar aunque uno estuviera bien perdido.

Quiso hacer exactamente lo mismo que la última vez, y trató de ubicar antes del viaje, el mismo hotel que la había alojado. Pero aquel lugar que alquilaban sindicatos ahora se convirtió casi en un hotel de lujo. Así que sus sueños por un tiempo descansarían en un humilde edificio de dos más que relucientes estrellas, sobre la Avenida San Martín. Mitre, Pascasio Moreno, Conrado Villegas. Esos nombres de calles los recordaba y le sirvieron para ubicarse. Como arregló la reserva telefónicamente iba a ser una sorpresa lo que viera.

Siguió la altura de la calle y cuando se vio cerca se fue sacando la mochila de la espalda, a esa altura ya una sola cosa, inseparable aunque sufridamente pesada. La apoyó en el piso y resopló un poco mirando el lugar para ambos lados. Revisó el papel en donde lo tenía escrito y una puerta de vidrio decía “abierto” en un cartel hecho en madera y con letras verde oscuro. Abrió y pasó. Sobre la izquierda un salón pequeño con algunas mesas de manteles blancos, pero todo vacío de gente. A la derecha dos puertas de una madera reluciente y algunos cuadros con caras dibujadas y sonrientes. Una mujer la miró sentada detrás de un mostrador en forma de U esperando que dijera quién es. Se anunció y la acompañó a pasar por una de esas dos puertas que veía.

Su habitación era en planta baja y cuando pasó por el ascensor, buscó con la mirada que dijera cuántos pisos tenía ese lugar porque no lo sabía. Pero sólo leyó “capacidad máxima 3 personas” y ningún otro dato. Cerca del final de ese pasillo la mujer le abre una de las puertas mientras Renata buscaba la propina para darle, aunque ni la mochila le estaba llevando. Le mostró la cama, el placard, la ventana y el baño, tan angosto a primera vista que bañarse parado ya sería un problema, pensó rápidamente.

De Bariloche le llamaba la atención que muchas cosas fueran en madera. Y si bien es lógico por la zona, ella no dejaba de sorprenderse porque le traía recuerdos de momentos y de viajes. Su abuela decía que la madera tenía un olor característico, lo cual acentuaba un clima y un recuerdo. Era como el mar y su ruido, que además tenía un olor propio que la salinidad le daba. Además le parecía acogedor, se sentía bien.

Cuando se fue la señora, hizo lo que la mayoría en esas circunstancias: miró todo desde un punto, respiró profundo y abrió la ventana para ver qué era lo que desde ahí se podía observar. Tenía en diagonal una vista del lago, no era lo que exactamente había pensado pero no se podía quejar.
Acomodó la mochila en el placard, que la hacía muy pequeña respecto del espacio que tenía.

Se tiró en la cama boca arriba y puso sus manos debajo de la cabeza. Cerró los ojos y su familia como un ejército de figuras, le pasaron por la mente. Respiró aliviada en por fin haber llegado y sabiendo que todo era un desafío para ella. Su primer viaje decididamente sola y en la mochila todos los preconceptos, además de ropa. Significaba mucho el viaje y era una manera de poder ver qué tan distinto era todo fuera de sus lugares conocidos y poca gente que de amiga tenía.

Vio una mesa de metal negro y una silla, eso casi la puso más feliz que la ventana al lago…podría sentarse a escribir todo de una vez. Desentonaba en medio de ese ámbito de maderas hasta en las paredes y no supo cómo no había visto eso, o no reparó en que estaba. Movió la mesa hacia un extremo de la ventana, la ubicó en diagonal como para probar si se podía ver el lago mientras escribía. Buscó la silla, se sentó…pero le quedaba muy abajo la silla respecto del marco. Buscó un pantalón y lo puso como almohadón a la silla, y de paso se plancharía, pensó. Y ahí si, el pequeño gran logro estaba hecho.

Su estómago le hizo ruido y era la manera de preguntar por el desayuno. Miró la hora y eran diez menos cinco de la mañana. Se incorporó y buscando las llaves pensó en ir a tratar de comer algo. Dudó porque creerían que sería mal visto, hacía menos de 10 minutos había llegado…pero el hambre le apuró el paso. Fue por el pasillo hasta el hall y luego al salón.

Se sentó, pidió un jugo de naranja y le trajeron un vaso al que casi le salía la mitad de una naranja por el borde, no estaba del todo bien colado. O no al menos como la madre lo hacía, o como ella estaba acostumbrada. Pensó en quejarse pero estaba sola en el salón y el mozo de lejos mirándola, y no se animó. Su complejo de malcriada como decía su novio, hacía que se enojara por cómo estaban las cosas cuando no le gustaban, y estando sola y dependiendo sólo de ella no le servía de nada. Agarró el vaso y tomó el jugo, conteniendo la respiración como si fuera el peor de los jarabes.

Volvió a su cuarto y sacó el cuaderno y la lapicera de la mochila. Los puso arriba de la mesa y se sentó en la punta de la cama mirando la silla, la mesa y lo que arriba había dejado. Pero no se sentía inspirada.

Se tiró en la cama de nuevo y quiso descansar 10 minutos. Despertó pensando en el viaje, el olor de la madera y ese vaso de jugo que no estaba como ella quería. Se sentó, miró por la ventana y empezó a escribir la hoja inaugural de su cuaderno.

Escribió Renata-Relatos a modo de título, y empezó a escribirse su vida.
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La vida es un tren que pasa

2 comentarios jueves, 18 de febrero de 2010

Lugar: San Antonio de Padua Edad: 11 años Año: 1984
Cuando alguien pasa mucho tiempo en un ámbito cerrado en donde hay tensión, murmullo de gente que suena a avispas y calor humano, en general se tarda de volver en si, poder ubicarse en tiempo y espacio. Esa tarea lleva sus minutos.
Pasa cuando salimos de un Banco o de alguna entidad en donde el amontonamiento de gente nos invita a retirarnos pero no podemos. Cuando lo hacemos, esa sensación de cerebro en terremoto continúa.

Quien ha tenido la experiencia nada edificante de subirse a un tren en hora pico también puede dar fe de eso. A las seis y media de la tarde de un día de semana hay que levantarse de los asientos una estación antes para ir “acomodándose” cerca de la puerta. La gente desaprueba el movimiento con la mirada, como si uno fuera culpable de vivir en donde debe bajarse. Cuando se consigue otros con las mismas ganas de salir de ahí, se intentan juntar fuerzas. Llegado el momento el tren se detiene (las puertas ya estaban abiertas porque algunos las traban para que entre el aire) y la masa, tan lejana a la que Freud estudiaba, se mueve hacia adelante, y uno se deja llevar. Yo viajaba con mi madre a la que Dios le ha dado gran bondad pero pocos centímetros, y realmente se le complicaba el panorama porque sus pies quedaban en el aire cuando la masa (qué cosa fuera) nos hace salir.

Ya en la estación de San Antonio de Padua lo primero que revisamos, ambos, son nuestras pertenencias. Ella volvía de su trabajo y yo del colegio. Nos palpamos elementos, a ver si no habían sido sacados. Una vez comprobado vía tacto que todo estaba en orden, resoplamos y encaramos para una de las salidas. El sol se pone justo a esa hora y la imagen del tren alejándose de nosotros y en dirección adonde el sol cae es muy linda. Mostramos el abono, el guarda lo perfora con su maquinita y mi madre comienza a hablarme. Y no se detiene. No recuerdo los temas, suele saltar de uno a otro sin que nadie pueda seguirla, quizás alguna de sus hermanas. Pero no tenía ninguna tía cerca así que la oía yo.

La salida es angosta y de asfalto bastante malo, es un camino de brea sin muchas ganas de ser decente. Lo bordea una malla de metal que por oxidada, está vencida para el lado de afuera. La gente salta por sobre ella y corta camino. Somos más de cien en un angosto espacio.

Empieza a sonar la campana de la barrera y la gente acelera el paso para cruzar antes que el tren. Mi madre sigue hablándome de su oficina y compañeros de trabajo de quienes podría ya trazar una idea a partir de lo que me dice de ellos, los ubico. A medida que uno se acerca a la campana de la barrera más fuerte suena. Mi madre quiere seguir hablándome casi al oído. Me detengo y miro hacia donde el sol caía y de ese lado no veía ningún tren llegar, con lo cual vendría del otro lado. Dije que me detuve pero mi madre no. Siguió caminando y por lo que veía, hablando sola sin notar en que yo paré. El final de ese angosto pasillo de brea tiene dos salidas, izquierda o derecha. Dobló a la izquierda y yo seguí mirándola hablar sola. Ahí fui consciente en que lo gracioso del momento ya pasaba a no serlo. Venía algo por la vía, todos pararon de moverse, sólo ella seguía caminando.

Cuando quise reaccionar ya estaba a más de cinco metros de mi posición así que no podía alcanzarla. Sin verla escuchaba que venía una locomotora. Elije ella cruzar en diagonal y salir por donde pasan los autos, con lo cual esa maniobra le llevaba más segundos que salir por donde correspondía. Me sentí con mucha angustia y grité, no recuerdo qué. Otra persona también lo hizo y de pronto veo la locomotora, parado yo en el caminito. La veo a ella que sigue caminando y como en los dibujitos animados, cuando saca su pie derecho de la vía, el último paso, la locomotora hace la maniobra de frenar, aunque ella ya había pasado raspando…yo me agarro la cabeza, la gente grita cosas pero yo no oigo nada. Corro hacia la barrera empujando y mi madre blanca como el fondo de estas letras, con la boca abierta y los ojos enormes, tras los anteojos. Se pone a llorar, me abraza y yo, que no expreso sentimientos tan fácilmente, intenté contenerla aunque tuviera 11 años. Los dos temblábamos y las manos de ella me tocaban la cara muchas veces, como revisándome, algo que las madres hacen imperceptiblemente para los hijos.

Algunos se acercan a verla, parecía objeto de culto alguien que realmente se había salvado de milagro. Quedó en estado de shock. Le llevé la cartera y su bolsa con los zapatos de repuesto que siempre tenía. Me agarró del brazo y enfilé para la parada de taxis. Eran seis cuadras pero creí que no estaría en condiciones de seguir caminando mucho más. Llegamos a la casa y continuaba blanca. No hubo otro tema de conversación en el resto de la noche. Me dijo que temió que yo estuviera detrás cuando escuchó que alguien la llamaba. Yo le dije que si ella se hubiera detenido ante mi grito, la locomotora la agarraba, así que agradecí su inesperada sordera. Al otro día no fui al colegio y ella pidió médico. Se engripó en pleno abril caluroso. Estuvo en cama una semana y yo sin ir a clases.

Cuando volvimos a pasar por ahí, vueltos de Capital en tren, sonó la campana de la barrera. Ella se detuvo y me agarró fuerte de una mano. Pasó esta vez un tren. Ella lo miró y yo sentía cómo su mano se iba transpirando y apretando a la mía.
Se levantaron las barreras y sin embargo miramos a ver si venía otro. El susto en forma de locomotora le duró un par de meses.
Al menos ya no hablaba de la oficina.
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El hombre que no quería oír ni su música

1 comentarios viernes, 22 de enero de 2010

Amar nunca puede ser una foto detenida en el tiempo, necio de aquel que sabiendo algo claro e inminente, decide estirar tiempos, cerrar los ojos, mirar hacia otro lado, creyendo en soluciones que nunca llegarán. Y algo así me pasó con el final de mi relación con Grillito.

Negué mentalmente lo que los hechos me habían hacía rato demostrado. La situación de quien siente esto no es sencilla y se buscan soluciones pero siempre corriendo la coneja.


Si bien no rogué que algo perdurara, me comportaba como si nada ocurriera. Y cuando al amor hay que ponerle algún tipo de barrera para no salirse de donde está, algo pasa. Ya expliqué en el anterior relato el valor que al principio ambos le dimos a la rutina de vernos, y cómo después eso mismo empezó a molestar. Creí que salvando la situación lograría no perder a quien amaba pero ese pensamiento, tan dentro de mi, no la incluía a ella. Sino que era lo que yo quería que pasara. Ella sólo tuvo que esperar el momento, pero evité como pude que llegara. La situación se mantuvo así unos dos meses y medio.


Llegado Septiembre quedaba por delante mi viaje de egresados. Estaba un tanto extraño con esta situación que no se definía, asi que la expectativa por el viaje en parte fue liberadora, podía ocupar tiempo y mente en otras cosas. Ella vio esto y no necesitó estudiar mucho el panorama. Habrá elegido incluso que fuera en ese momento. Y no fue oportuna.


Un día antes de mi cumpleaños cayó en martes. Yo me iba de la clase particular y noté que ella me esperó en la puerta, parada como soldado. Junto a la ligustrina por donde la vi irse aquella primera vez.


Busqué mirarla ahora, en sus ojos, para encontrarla. Pero no estaba.

Ya no recuerdo las palabras exactas y poco importan, si el hecho estaba consumado. Mi reacción sí la recuerdo: busqué apoyarme en el pilar de la entrada con mi mano, como a quien le mueven el piso y está con miedo. Algo así me pasaba.


Le pregunté por lo que en versiones me habían dicho ahí (usina de rumores permanentes, esa quinta) y luego de una introducción eterna para mi, lo confirmó. Había un tercero en discordia y no lo conocía.


Cuando escuché su respuesta, avancé hacia la salida y doblé como para ir a la parada del colectivo e irme. Quizás creí que me seguiría o se disculparía, pero no ocurrió. Y llegué a la esquina solo y llorando. Miré hacia arriba y el sol me encandiló, asi que sería al mediodía, mucho más dato no recuerdo ya, o no quiero.


Lo que siguió a ese día y hasta el siguiente a la noche fue el silencio. No tenía muchas ganas de hablar y quería pensar. Necesitaba paz para razonar y acomodar las piezas, si es que el amor es como un juego. Al otro día llegó mi cumpleaños. Tuve clases en la escuela normalmente y a la salida me fui para mi casa. Me senté en el tren y vi por la ventana el paisaje y también dos años y ocho meses de relación. Casi me paso de estación pero el ruido de las puertas abriéndose me sacó de aquello.


Llegué a mi casa sin decirle nada a nadie sobre el tema. Mis familiares saludaban por teléfono (no había sms, ni celular, ni internet y aun así comunicados estábamos) y yo agradecía, nunca tan de compromiso.

A eso de las siete de la tarde sonó el teléfono y era Morena. Hacía varios meses que no tenía noticias, desde aquel seguimiento ya contado en esta sección.

No creí en las casualidades. O al menos no en tantas.


Se autoinvitó a mi casa aunque me había negado. Festejó lo que para mi era un drama. La dejé hablar, si interrumpía sería peor. Cuando se fue otra vez quedé perdido en medio de mis cosas. Faltaban dos días para irme a Bariloche y no tenía ganas de ir. Pero fui y la pasé bien más allá de no tener una sola foto en la que haya algo parecido a felicidad en mi cara.


Lo que siguió fueron cuatro años sin mucho importarme el amor y sus derivados. Morena volvió a ser amiga. Intenté retomar el hábito de las cartas semanales, pero no estaban los temas de aquellos primeros meses de amistad, y tambien porque escribía sabiendo que vendría una respuesta. Toda carta mia era como una gran pregunta que Morena tenía la obligación de responderme. El hecho de escribir, tan parecido a la libertad para mi, depende de factores externos. De tiempos. Y cada vez que escribía empujaba con la lapicera a las palabras, no las sentía.


A Grillito la seguí viendo. Y al tiempo, la vi embarazada. Y al tiempo, con un hijo. Y luego de visita con su bebé adonde yo daba clases. Estaba feliz si ella lo era, no podía desearle que le fuera mal. Uno aprende con la resignación, se rinde ante las circunstancias y todo es aprendizaje.


Asi como en su momento el chimento en donde estaba trabajando era que ella no era más mi novia y sí de otro, ahora lo que se decía era que su pareja la había dejado. La seguí viendo pero nunca le pregunté nada, de hecho casi no hablábamos, ella iba por inercia y yo no quería otra cosa que silencio, aunque me hacía bien verla.


Tardé unos meses en ubicarme. No sabía donde estaba o lo que hacer frente a ella. Nunca había estado en una situación asi antes, y no conocía ni mis propias reacciones. Esto era un final. Cuando se estabilizó todo, me empecé a sentir bien solo.


Así fue por cuatro años. Hasta que algunas cosas volvieron a darse y con otra persona la historia tendría más capítulos. Volví a querer oír mi música.




Acotación al margen: El amor llega y también se termina y se va. Uno es el mismo de siempre pero ante alguien, ante una sola persona, somos otros. Cuando esa persona no está más, volvemos por nosotros, a ver si podemos seguir sin ella. Y se puede. Porque tan importante como el amor, es el tiempo. Inexorable.

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El juego de la "última vez"

1 comentarios martes, 19 de enero de 2010
Sabemos del rol que el ánimo tiene en todo lo que hagamos y lo importante que es en la realización individual de nuestros sueños. El momento en que esto se modifica es cuando se está enamorado, ahí el amor, sinónimo de ánimo, es compartido y se retroalimenta. Si hay buen estado de ánimo todo será ganancia, hasta lo que no lo es.


También importante y a la vez peligroso es el desánimo, porque uno arrastra al otro y en general una de las dos partes se termina cansando.



Con Grillito tuvimos etapas de inseparables, etapas de distancia considerable, otras de cierto fervor religioso, y por último una etapa de la que escribiré hoy: el fatalismo.


Por alguna causa que sinceramente ya no recuerdo, en algún momento todas las acciones de los dos se empezaron a teñir de una consigna: disfrutemos todo lo que hagamos porque puede ser la última vez. Tener como meta vivir la vida y ponerlo en práctica es un objetivo perfectamente lícito. El fatalismo pasaba por un tinte dramático terminal a cada acción, algunas de ellas en el tiempo hasta graciosas.


Vale este ejemplo. Escribí una veintena de cartas durante unos tres meses con la consigna "esta puede ser la última carta", en donde el texto no salía de una despedida y agradecimientos para ella casi con humor, diría. Hicimos recorridas por lugares visitados antes casi como despedida, fuimos al cine como si esa fuera la última vez, y nos mirábamos como si no lo volviéramos a hacer más. La "gran idea" le surgió a ella: conseguir una caja y poner ahí todo lo que en común teníamos, cartas, regalos mutuos, fotos. Una especie de cofre para poner a resguardo lo material.


Llevé en una mochila hasta la casa de ella sus regalos, sus cartas y algunas fotos. La caja estaba en su habitación. Era no muy grande aunque alta, y la puso sobre una silla pequeña. Fui sacando de la mochila las cosas para poner en la caja, acomodarlas de a una. Y me detuve a pensar en que cada objeto tenía ya una cierta historia, algo que hablaba de él y de nosotros también. Tan mala la idea de ponerlo a resguardo no me parecía, ahora.


Pero el fatalismo estaba en medio de todo, asi que un día me fui a la casa y nos sentamos a hablar del por qué adoptábamos una postura de adiós si aun eso no había sucedido, que como juego de adolescentes lo podíamos hacer, pero que eso no debía ser parte siempre de todo lo que hacíamos, que no estaba bueno o al menos a mi no me divertía. Ella me escuchó y como siendo todo parte de algo escrito me dijo "¿Ves?, ya te estás despidiendo"...


Estábamos los dos sentados en su cama tomados de la mano. Cuando me dijo eso me levanté y me fui sin saludarla, estaba cansado. Salí y la madre me preguntó si todo estaba bien y le dije "todo está como siempre" y me fui. Grillito convencida en su idea de fatal final; hasta pensé en que si esto no fue todo un gran preparativo para su propio adiós y me doliera menos. Porque ella sabía que si se iba me dejaba mal, sobretodo solo. Ella era el mini centro de gravedad de mis actividades, todo era en torno de ella, me había costado ser asi pero lo adopté y sacarme de eso dolería.


Hubo unos días de distancia sin pedirla. Coincidió con una etapa no demasiado expresiva de mi, ni siquiera escribiendo. Para ella sí era momento de escribir. Anotaba bastante y una vez miré ese cuaderno de tapa dura. Tenía reflexiones y explicaciones de hechos en común, o su reacción y la mia. Diría que no era un diario íntimo, más bien un libro de anotaciones, como los que puede tener un barco. Hubiera querido en esas noches sin mucho sueño, ver qué estaría escribiendo en esos días, en ese cuaderno.



Seguí yendo a clases particulares. Ella iba y sentada en un sillón amarillo viejo me miraba dar clases. Ponía su mano izquierda sobre un costado de la cara y me miraba fijo, casi sin parpadear. Yo trataba de seguir con lo mio pero era demasiado evidente lo incómodo que estaba. Sentía un montón de cosas en esa mirada: culpa, bronca, pedido de explicaciones que seguramente yo no tenía. Y la verdad es que era preferible una pelea final traumática, antes que esta especie de silencio, ese silencio que percibía como agresivo.
El silencio agrede al que espera que el otro hable.



Cada habitación de esa quinta donde estudiábamos tenía su antesala y pasillo. Camino al de la cocina nos cruzamos o yo la fui a buscar ahí, y le preguntñé qué pasaba. Sin mirarme me pidió cambios, mios y respecto de nosotros. Por primera vez me sentí menos que ella. Me daba una opción y debía seguirla o no, sin muchas más salidas. Pero me refiero a lo que internamente me pasaba. A veces hay trunfos de la boca para afuera, que son derrotas de la boca para adentro. Y si bien todo siguió, no me gustó lo que pasó. Lo viví como el entrenamiento no querido del final.



Pero siempre ocurre que tras una pelea, resurge todo lo positivo y aparecen nuevos impulsos. Ya no la pasaba a buscar por la casa, sino en lugares que acordábamos, podía ser cualquier sitio. Luego decidíamos qué hacer. Volvieron los viajes a Capital pero a elección de Grillito, de hora y lugar. Empecé a ir más a la casa cuando no estaban los padres, lo que nos daba más tranquilidad.



Dejamos también el fatalismo. No escribí más cartas. Ni de ese estilo ni de las comunes. Me invitó a que me volviera a llevar mis cosas que habíamos puesto en esa caja de su habitación. Decidí que la mayoría sí, a excepción de algunos peluches y todas las fotos, para elegir y hacer un álbum general.



No podía quejarme porque nos sentíamos bien, diría mejor que antes. Grandes crisis, grandes cambios. Pero como escribí antes, sentí que de la boca para adentro algo no estaba bien.

Confié en que no se cumpliera lo que ella me había dicho: "Si algún día esto termina, el que ponga el punto no va a saber que lo hace".
No sé si lo leyó o se le ocurrió, pero tal cual así fue.
Una frase fatalmente cierta.














Acotación al margen: Cierta vez siendo chico, miraba cómo se desbordaba una alcantarilla. Y ese hecho bastante común en Capital los días de lluvia me hizo reflexionar: el agua no se "iba" por ahí. Tan solo desaparecía de mi vista para correr por otros lados. Cuando eso no ocurría, aparecía el agua de nuevo. El agua y los problemas cuando no los vemos parece que no están, asi que...atención a la alcantarilla. A destaparla de problemas y que todo fluya. Como el agua.
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El amor no tiene cura

1 comentarios martes, 12 de enero de 2010

La sabiduría popular dice que la separación de un matrimonio comienza en el exacto momento posterior al casamiento, lo que sin dudas se puede aplicar también a los noviazgos, con esas sensaciones algunas veces de inicio y final, todo al mismo tiempo. Y en nuestro caso también ocurrió la comezón del séptimo mes, ya que no año.

Cuando una discusión se parece a un embudo y uno ve irse por el fondo las posibles soluciones, que uno quiere, aun a costa de perder su postura, la sensación es bastante amarga. En la guerra de querer tener razón en general la razón pierde, y gana el que dice y grita más y mejor “su” verdad. Recuerdo los efectos más que las causas de la pelea. La recuerdo a Grillito enfurecida, personalidad tenía y mucha, y a mi tratando de bajar decibeles. Ella me exigía algunos cambios, ciertas reiteraciones volvían todo mecánico y sin mucha sorpresa, más allá de tener bastante actividad. Seguíamos yendo a Capital aunque más espaciadamente, seguía yendo a la maestra particular y a la vez dando clases como hoobie, y seguíamos repartiendo bastante bien el tiempo entre nuestros respectivos colegios y las tardes libres. Quizás fue todo esto lo aburrido y yo no lo noté, es posible. Me pidió un tiempo para pensar y lo que sigue es muy parecido a las comedias románticas más baratas que Norteamérica puede brindarnos.

Me empezó a ir mal en el colegio, y como encima no faltaba, más se dejaba ver mi caída al vacío de las notas malas. Tampoco me importaba mi aspecto y comencé a tener el pelo algo más largo. La caída del imperio duró exactamente 43 largos días. Y durante ese tiempo seguí yendo a la particular, cada vez con más razón, y ella llevando a su hermanito. Yo le hablaba y ella no respondía nada, rebotaban en una pared mis palabras.

La situación me ponía muy mal porque en mi no encontraba solución si la otra parte ni siquiera quería escucharme. Pensaba en eso, mirando un punto fijo de la mesa de estudio, perdido en mis pensamientos más pesimistas y de pronto una palabra me sacó de aquello: seminario. En realidad luego deduje que escuché cualquier cosa, que la palabra era seminarista. Un chico habló de eso y de la promesa de traer unas hojas sobre el tema al otro día. Y 24 horas después paré un poco mejor la oreja y lo que trajo fue una especie de cuestionario con una larga, muy extensa introducción que atentaba contra todo interés. Aun de esa manera, leí el texto.

El cuestionario era de cuatro hojas y era referido a la familia, la conformación y las convicciones religiosas. No las sentí invasivas y estaban bien formuladas. El muchacho lo consiguió en una clase de catequesis y contó que en misa pidió algunas copias para entregar cuando fuera a su maestra particular. ¿Hace cuánto que yo no iba a misa?. Mucho tiempo. Me formé en colegio religioso y tuve luego cierta prudente distancia, no por mala enseñanza sino por descreimiento general, nadie clavado en la cruz tenía la culpa de eso. Leer esas preguntas ya me había sacado de la monotemática postura de estar triste por un motivo. Volviendo en tren leí la introducción de nuevo, que no salía de aclaraciones acerca de lo que el texto no quería hacer, o sea convencer.

Llegado a mi casa contesté las preguntas. Tres renglones en líneas de puntos había debajo de cada pregunta, y ese espacio parecía poco. Me entretuve bastante por unos 25 minutos, riéndome de mis propias respuestas. Hay veces que poder salirse de la acción y verse uno leyendo y respondiendo algo es muy loco.

Pasados otros dos días, volví a ver al muchacho en clases. Era más alto que yo, teniendo menos edad, su ropa parecía muy limpia, que por alguna causa uno asocia con orden. Me dijo que no aceptaría que yo le diera el cuestionario porque eran respuestas personales. Que se daría una charla en una sede del arzobispado en Moreno, abierta a quien deseara ir a escuchar. Era un sábado a la tarde y no me significaba gran esfuerzo. Conservé el cuestionario un par de días más y ese sábado enfilé rumbo a la sede. Cometí el error de icuestionario, r sin preguntar mucho y al llegar el lugar era amplio aunque con una sola puerta principal.

Me puse ahí, esperando que la gracia divina me abriera, ya que no veía ni timbre ni campana, ni nada sinónimo de aviso de llegada. Cuando se me ocurrió golpear las manos, alguien me vio y me abrieron. El lugar era agradable, de techo bajo, algunas inscripciones en carteles que ahora no recuerdo qué decían, pasillo mitad para abajo en madera, mitad hacia arriba color crema. Dos salas con varias personas pero nadie con sotana o Biblia en la mano, como creí encontrar. Busqué entre tantas miradas a la única que conocía, la del muchacho que iba a clases conmigo y nunca lo vi.

El murmullo de gente hablando bajo me hizo clic, y me empecé a preguntar qué hacía yo ahí. En eso estaba cuando me saludan con un apretón de manos. Yo respondo mientras pensaba en cómo y dónde entregar el cuestionario, o en su defecto adonde dejarlo olvidado…

La persona que me saluda amaga a quedarse pero no tenía diálogo conmigo, ni yo tema…sensación frustrante. Viene otra persona quien me da también su mano y mira las hojas que tenía. Lo aparté y le pregunté en voz baja si sabía que se debía esos papeles entregar o hablar algo con un encargado…quería ver quién recibía lo que yo venía a dar, y hasta donde llegaba con mi locura, a esa altura. Me miró y me dijo algo así como que eso no era un juego y que debía primero saber desde mí, qué quería hacer y luego embarcarme en la tarea…no me lo dijo en esos términos, pero es la idea principal.

Yo lo miré como sabiendo hasta donde debía llegar, y las convicciones incipientes terminaron ahí. Porque tenía razón. Y además, porque yo estaba demasiado interesado en otras cosas a solucionar, antes. Me miró y se fue, como quien sabe que dio sentencia, con aire de superior. Yo miré el mar de gente desconocida y me mandé para la salida, o sea la entrada. Doblé las hojas en vez de en dos, en cuatro. Las puse en el bolsillo y seguí como hacía tres días atrás…pensando en Grillito.

Tuvo mucho de positivo ese paso en falso, esa ilusión que no fue. Porque volví a la Iglesia y a la vez, empecé a creer un poco más en mí. Ambas cosas no se enseñan, se hacen con ganas, nada menos. Reconozco cierta asignatura pendiente con el tema que resolveré de alguna forma, pero la manera ni yo la sé. Poder seguir un camino implica saber que un final está bueno, que es aquello que deseo, pero a la vez me aleja de lo que me da seguridad. Un lindo dilema que siento que se me dará ahora, o quizás nunca. Pero que anda dando vueltas en mí.

¿Cómo terminó la historia?. Y, al igual que las baratas comedias americanas, con el regreso del amor a la pareja. Grillito comenzó a hablarme y yo acepté ciertos cambios en las cosas que hacíamos, para que no sean reiterativas y algo más originales.
Aunque ser cura hubiera sido como solución, algo bien original. Sin dudas.





Acotación al margen: La tarea de hacer libre una elección, la que fuera, no implica dejar en libertad absoluta a la persona, sino ofrecerle opciones para que elija. Y entender que funcionamos mejor no por imitación, sino por convencimiento. Si estamos convencidos gozaremos el triunfo y las derrotas nos dolerán también, pero al menos son de quien está convencido de un camino.
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