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."Credulidad".

1 comentarios viernes, 26 de octubre de 2012
No quise ver la realidad, y entonces no quise verte. Elegí la construcción prejuiciosa del silencio que desvanece la razón de pensar si todo conviene. Las alas tienen vuelo en su memoria, uno se deja arrastrar por aquella imagen que cree omnipotente. Fuera de mi, lo que ella sienta en su mente, dentro de mi lo que siempre quise quererte. Hasta la hora en hacerme presente ahí donde el destino quiso que el punto fuese, el darme cuenta, el saberlo de antes, el actuar con dolor de un terco en ciernes. Allí donde era, es y seguirá estando. El más astuto, a lo lejos, de mis defectos ausentes.
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"Tapado color miedo" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 4 de agosto de 2012
Un tapado de color negro tenía Marisa en su perchero. Le quedaba bien, o en realidad cuando algo pasa a ser cómodo la línea divisoria entre gusto y conveniencia se borra. Tampoco sabía si lo usaba para protegerse del frio o es que se lo ponía antes de querer saber la temperatura. La cuestión es que Marisa se sentía plena cuando lo usaba, segura. Una especie de escudo que la protegía. Pavada que se le ocurrió pensar un dia, que no se lo puso y nada salió como debía ni en su trabajo, ni en la oficina, ni en el viaje hasta su casa de regreso. Decidió no sugestionarse y probarse el reto a si misma. Al dia siguiente no lo usaría. Y asi fue. El viernes de invierno era frio y de sol. Buscó un pullóver y dos buzos, más la camisa. Una bufanda de hilos celestes, unos guantes que cambió por mitones grises, gorro de suave lana. Salió a la calle precavida tratando de no pensar en cosas que no debía. El día fue normal, por la tarde volvió tranquila, puso la llave en la puerta, entró y dejó la ropa en la cama, nada extraño ocurría. Hasta que abrió el placard y vio el tapado color negro en el perchero. Estaba viejo, como quien de gastado con pena lo guarda de recuerdo. Lo tocó con la mano para sentirlo, y lo puso en el final de sus prendas colgadas. Descubrió que había dejado sus miedos en la tela avejentada. Y salió de allí en más todos los días de su casa, tan segura de ser ella. Llevara lo que llevara.
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."Frase de solitario".

1 comentarios
Me duelen las gotas de lluvia, que quiero que suban para no escuchar locuras. Tales como: el placer es estar a solas, el entenderse es la voz del que se oiga, el querer es aprender de nuestras propias cosas. Nadie entiende a quien ejerce, hipnótica, esa fuerza herida llamada congoja y al destino, que recorre la espalda de quien uno adora. Magnetismo que atrae dos mitades si son una, y separan por sus bordes almas juntas. Pero el amor es sentir antes de decir, lograr dejarse llevar sin más comentarios que alguien al lado, viviendo lo que pudimos querer, en duo armado. Hasta que la realidad hace gotas de lluvia en el camino a oscuras, de quien se quedó en penumbras esperando a su mitad profunda. Que no está a nuestro lado, se ha ido. Vaciado el escenario, donde tuvo el magnetismo dos corazones calcados. Y el de arriba, se ha marchado.
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"Reglas de juego" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 19 de mayo de 2012
No entiendo el juego, le dije a mi primo Oscar. Él me decía que en realidad estaba negado a entender. Teníamos 9 años y a veces me hablaba como si fuera mayor, con esas palabras extrañas a la niñez. Una vez le pregunté a mi mamá por qué mi primo usaba palabras que eran de gente grande y me dijo lacónicamente “porque él lee más que vos”. Lo cual de movida no me pareció una crítica, ni envidiaba a mi primo demasiado por hablar “raro”. Estuvo toda esa tarde tratando de explicarme cómo se jugaba a las Damas. Fui fichas rojas y luego negras; me hizo poner junto a él, luego enfrente del tablero, y al final en un costado. Lo que le entendía era que se podía avanzar si uno comía fichas del rival en diagonal, si había en el cuadradito posterior un espacio libre. La teoría, perfecta. Pero fallaba en la práctica, porque intentaba avanzar sin respetar la regla y Oscar se enojaba mucho, me corría el brazo para que no siguiera. Llegó la mamá de él y se fue. Me saludó y el tablero quedó en el suelo. A la noche casi me lo llevo por delante y me puse a fijarme. Podía avanzar hasta el otro extremo del tablero si seguía los pasos que me enseñó Oscar. Tomé la ficha roja y empecé a avanzar en diagonal, comiendo cinco fichas negras como si fueran un laberinto que de pronto mi mente encontró. Y llegué al otro lado del tablero. Gané. ¡Gané!. Algo de razón tenía mi primo Oscar. Estaba yo negado a entender. En realidad creo que estaba negado a entenderlo a él.
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."Allá están".

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Yo creía que los miedos eran cosa de fantasmas, que sólo los veía en esas películas baratas. Pero creo que los miedos se cargan como recuerdos que uno tuvo y de grande, vuelve uno por todos ellos, lentamente, sin quererlo, quizás sin proponérselo. Hoy me puse a pensar si esto que es tan nuevo, en el fondo no es aquello que guardé con tanto celo. Cosas que nunca supe, cosas que tengo dentro, que por alguna causa se activan con desenfreno. Me la paso describiendo lo feo que es tener miedo, como manera de perderle el respeto que le tengo. O tenía, en realidad. O tengo cuando lo pienso. Es raro encerrarse en lugares de esos muy bien abiertos. Que falte un poco el aire frente al viento más intenso. Que haya nerviosismo cuando se está solo y con tiempo. El que lo pueda dominar, dominará todos sus miedos. Y el que falla pero lo intenta, lo seguirá describiendo.
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"Lo que hacemos" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012
Se levantó. Cerró la puerta del baño. Cerró la canilla, cerró el dentífrico. Cerró luego el envase de café, cerró el pote de queso crema y el de azúcar en la alacena. Cerró el placard en la parte de las camisas. Cerró la llave de paso, cerró la ventana del comedor. Cerró la puerta de entrada, la del ascensor y la de la salida del edificio. Cerró su billetera vacía a mediados de mes y cerró la puerta del taxi. Cerró el celular luego de leer un mensaje. Cerró la puerta del pasillo de su oficina, que debería ser corrediza. Cerró de nuevo su billetera para un café de la máquina. El Windows se colgó y cerró para volver a abrir. Cerró la caja de ganchitos de la abrochadora, que después nadie tiene. Se tomó la cabeza a media mañana para despejarse. Cerró su lapicera Parker y miró por la ventana. Resopló cerrando los ojos. Vino Adriana y lo trajo a la realidad. “Tenés que cerrar el balance, dale”. Cerró el chat que lo distrae, la página de internet de chimentos también. Cerró el balance con pérdidas mas o menos dibujadas. Cerró la puerta del jefe. Se sentó y lo escuchó, necesitaba de él asi que mejor cerrar el balance. Se dieron la mano, cerraron ahí trato. Al mediodía en el pulmón del edificio cerró la bandejita de plástico con el celofán, no quería comer más. Cerró el balance a la tarde. Su jefe lo dice a viva voz con falsa felicidad. Aplauso cerrado. A las cinco cerró la computadora y volvió a cerrar su billetera en el taxi. Llegó a su casa. Abrió la puerta. Miró sin suerte por la ventana cerrada la luz de la tarde. Mañana, juró, empezará por su bien a abrir todo.
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"Vacaciones de nosotros" -Cuento corto-

1 comentarios martes, 24 de enero de 2012
Beatriz no soportaba el viento fuerte de la playa y la sombrilla casi de costado le impedía tomar mate. Hizo un agujero en la arena y tiró la yerba ahí. Se levantó y se fue caminando no por el sendero marcado porque el sol hacía arder las maderitas blancas del camino. Fue por un costado. Llegó a la calle con todos los elementos de playa y vio venir el colectivo. En mitad de cuadra no era la parada pero ella igual levantó la mano. El chofer siguió de largo y Beatriz lo insultó bastante y en voz baja. Y luego alta. Cuando lo pudo tomar al colectivo, sacó boleto de 1,50. En realidad debería pagar dos pesos, pero el cambio de sección era una cuadra antes de bajarse y como nadie le decía nada, sacaba de menos valor. Llegó a su casa alquilada, dejó todo, se bañó y se fue a comer. Todos quieren comer mas o menos lo mismo y en los mismos lugares. Había una fila de por lo menos 20 personas esperando. Beatriz miró quién comía solo o sola y vio a una mujer sin compañía. Le dijo al de la entrada que era amiga de “aquella señora” y que la estaban esperando. La dejaron pasar. Cuando llegó a la mesa le explicó a la señora que comía sola que en la entrada le habían dicho que ella no tendría problemas en que compartieran un poco de la mesa y usar la silla que estaba libre. La mujer la miró desconfiada pero al final se sentó Beatriz a comer. Pidió pastas. Que con astucia estaban acomodadas de manera tal que pareciera abundante. Mientras comía veía detrás del vidrio a la gente en la calle haciendo aun la fila y mirándola con odio. En la mesa casi no quedaba comida a la media hora, la otra mujer comía rápido. Beatriz la miró sin disimulo. Tenía el pelo muy arreglado, con un batido como los de antes. Manos con las venas muy marcadas, pintura en la cara quizás en exceso. Dedujo que sería de ahí y no turista. Ambas tenían sus carteras entre las piernas, a falta de lugar para apoyarlas. La mujer levanta su cartera y busca la billetera. Por primera vez en la noche la mira a los ojos a Beatriz. “Déjeme que pague la cena”. Beatriz le agradeció pero le dijo que no, que no hacía falta. Pero la mujer insistió y Beatriz aceptó. Llaman al mozo y la señora le paga con dos billetes de 100 pesos. Le dice a Beatriz que va al baño y que ya vuelve, que le cuide la cartera. Diez minutos, quince. La mujer no vuelve y el mozo con el vuelto tampoco. Beatriz lo ve hablando allá en el fondo y mirando para donde ella estaba. Se acerca el mozo y le dice que esos billetes eran falsos. Beatriz se da vuelta y mira para el baño, le dice al hombre que la señora pagó con esos billetes. Abre la cartera de la mujer y está vacia. El mozo le dice que ambas cenas suman 243 pesos. Beatriz se toma la cabeza y mira al cielo. Al techo del local en realidad. Y dice: “en este país nadie hace las cosas bien. No hay más honestos”. Tiene razón Beatriz. Al menos en esa mesa de dos. Esa noche.
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"No sé quién es" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 14 de enero de 2012
Juan se lo preguntó por primera vez a su mamá cuando tenía 10 años: “¿Por qué nos acordamos de los sueños apenas nos levantamos y después nos olvidamos?”. La madre lo miró y le acarició la cara, señal de que no tenía ni idea. Se fue en silencio y dejó al chico con sus dudas intactas. Una mañana notó que ese sueño que acababa de tener ya lo había soñado. Fue hasta el mueble y sacó lápiz y papel. Dibujó rápido por miedo a olvidarse, arriba de la cama con la hoja puesta de costado. Hizo una línea en la parte superior, como un horizonte. Luego árboles altos y bajos que él veía moverse y oía también. Un cielo con algunas nubes, pero había sol. Finalmente quería recordar dónde estaba él en el sueño, desde donde miraba todo. Pero se olvidó y se quedó sentado en la cama con su dibujo hecho a las apuradas y desilusionado. La madre interpretó que quizás a Juan le interesaría aprender a dibujar. Lo anotó en una escuela para niños. Aprendió técnicas, mejoró los trazos a las ideas que le surgían, empezó a querer dibujar todas las mañanas algo. Juntó unos 20 dibujos y se los llevó al docente. Mientras esperaba a que terminara de mirarlos, se puso a observar el trabajo de otros chicos ese dia. Hasta que se quedó fijo frente a un caballete. Lo que veía era tal cual su dibujo. Cielo, sol, árboles, mar. Exactamente reproducido. Y un perfil en un costado observando todo. El cuadro era de una chica llamada Micaela. Le preguntó cuándo se le ocurrió y le dijo que era algo que siempre soñaba, pero que en realidad ella quería hacer otro cuadro. Juan le acercó el último que había hecho hacía dos días. Micaela se quedó asombrada: era la figura del hombre con un sombrero y un paraguas, mirando una calle, tal como lo había soñado. Quedaron ambos en un imposible: soñar los dos esa noche lo mismo. Se fueron a dormir temprano. Se llamaron por teléfono antes, se desearon buenas noches, se durmieron contentos. Lo creyeron posible. Al siguiente miércoles cada uno llevó su dibujo: eran dos mitades exactas de un mismo corazón.
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"Eran dos" -Prosa-

1 comentarios jueves, 1 de diciembre de 2011
El horizonte es esto que veo,
envuelto en caminos que no conozco,
que descubro sin razonarlos.
Por primera vez no me siento
vivo en todo eso visto,
Porque no soy yo, sin entender
realidades, capas, tiempos,
espejos que son rotos.
Que no reflejan.
No me veo y los veo, son varios.
Son pedacitos dispersos, que en día de sol
se mueven a brillar, se tiñen
cambiando su aspecto mejor por un momento.
Y dejo de verlos, preocupado en la suerte
que no cambio, que sólo deseo.
Vuelven al rato y miro
más pedacitos de eso que brilla.
En varios, como un cortejo alegre,
fiel, seguidor, expectante. Y uno no hace nada.
Todo es lo que siento. El sol cambia colores de azul
y yo me pongo de mi lado, me alejo y me alejan.
Me vuelvo a mi y ellos se han quedado
en su horizonte.
Que en pedacitos, aun hoy es mio.
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"El trabajo de Sabrina" -CC-

1 comentarios jueves, 13 de octubre de 2011


Cuando estaba nerviosa siempre Sabrina movía su pie derecho, lo golpeaba contra el piso y hacía ruido. Para evitarlo cruzaba las piernas. El inconveniente es que para una entrevista laboral cruzar las piernas podría interpretarse de cinco mil maneras y seguramente ninguna sería de su agrado. Puso la espalda derecha, juntó las rodillas y las dos manos en la falda, una sobre la otra. La mano izquierda tenía los dedos cruzados y con la derecha tapaba la cábala.






Le habían dicho que la cabeza siempre debía estar de frente para escuchar. Inclinarse hacia uno de los oídos le dijeron que no era correcto, cuidó el detalle. Sentía que le iban a decir que sí pero su futuro jefe estaba con ganas de hablar. Sabrina pensó en el pasillo camino a la oficina: estaba en el final de una sala y parecía todo un avión por dentro. Filas de dos o de tres mesas una al lado de la otra.






El jefe (futuro) seguía hablando bien de sí mismo hasta que ella escuchó, por fin, la felicitación por haber sido elegida. Dijo “gracias”. Que era un honor, que…no la estaban escuchando, no pudo seguir y el jefe continuaba hablando.






Recordó Sabrina a su hermana. A los 20 años le había conseguido su primer trabaja. Separaba cartas simples de certificadas en la vieja E.N co.Tel y también vendía estampillas. En tres años la pasó dentro de todo bastante bien, salvo que su jefe cuando la miraba le molestaba bastante.






Luego trabajó en una perfumería. Ocho horas, seis días a la semana. Como era callada bajaba la cabeza y soportaba bastante. Piensa en Emilse, comprendiendo que para jefe déspota no hace falta ser hombre. La suspendieron tres días por plegarse a un reclamo: sillas para las chicas que atendían al público.






En el tercer trabajo fue donde más duró. Secretaria de un fulano, amigo de un mengano. Escribanía Costa Mendez. Todos de traje, todos hablando bajito, todos sospechosos. Pero pagaban bien. Funcionaban tipo logia. Sabrina miraba por televisión todas las noches la novela “El elegido” y los “Nevares-Sosa” le sonaban tan parecidos que a veces se reía. Después de cuatro años un día prendió la computadora y se negó a mover el mouse. Se fue. Estaba cansada de vestirse siempre igual, de verse como un robot. Harta de ser amable cuando no lo sentía. Con su hermana de chica soñaba ser pintora de cuadros. Pero los sueños que no dejan dinero son rápidamente desechados, sentía envidia de los realizadores. Aquellos que juntaban deseo con oportunidad.






Estaba ahora a punto de obtener algo por lo que no había luchado ni soñado. Aunque para variar iba a aceptar, otra vez, en silencio. El jefe (futuro) le siguió hablando y Sabrina volvió a la realidad cuando le preguntaron ¿podría empezar hoy mismo?.



Ella lo miró y le dijo lo que salió. “No, muchas gracias, ya tengo trabajo”.






Y esa tarde Sabrina se anotó en un curso de pintura.



Empezó a trabajar a los 31 años. Por ella.
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"Afrodita criolla" -CC-

1 comentarios jueves, 22 de septiembre de 2011


Le preguntaron qué estaba haciendo. Y él dijo “no lo sé”. En realidad Juan sabía qué era pero como no estaba tallada aun, quería representar lo mejor posible el sueño. El sueño. Tuvo hacía dos noches un sueño, la imagen de una mujer, y se puso a tallar con pasión.






Dicen que los escultores no crean sino que “descubren” sus obras dentro de la piedra, que las rescatan de ahí para que otros las vean. No iba a estar feliz si no resultaba algo cercano al sueño que tuvo lo que hiciera al final del día. Era una mujer con un vestido hasta los pies, con muchos pliegues y volados. El pelo largo y con algunos rulos rebeldes que acomodaba en la parte de atrás de las orejas sin mucha suerte: volvían a la frente. Su sueño de esa mujer fue en movimiento. O eso creía, porque el pelo de ella se movía, quizás la imagen tenía viento.






A los 15 días la figura tenía poco más de un metro y treinta centímetros. Ya era su obsesión a escala real. Le contorneó delicadamente la parte del cabello, con el pelo suelto como quien mira de frente el mar. La cara tenía el mentón algo elevado, la quiso retratar altiva, al fin y al cabo era su sueño, una Afrodita criolla. Terminó un martes. Otros trabajos pedidos la dejaron en un costado del taller pero no de su mente, todas las noches le mejoraba algo. A los tres meses la tapó con una sábana, sentía que ella lo miraba trabajar.






Fue al tiempo un hombre y curioso le preguntó qué era aquello tapado ahí atrás y Juan le contó que era su obra terminada, de lo que la había inspirado. “Si la imagen te tiene mal podrías venderla”, le dijo el hombre. A la semana fue a la casa de remates sobre Talcahuano. No era la primera vez que iba a un remate de alguna obra suya pero lo evitaba, sentía lo comercial que era todo. Gente de saco que levanta la mano, juegan con los montos. Mujeres que esperan su momento y dicen una cifra mirando de reojo. El rematador decide con su martillo. Vendido al señor de la segunda fila. La gente aplaude sin ganas. Juan miraba todo desde el final de la sala, apoyado contra una columna. No quiere ir a decirle que se lleva algo de su autoría, es tímido para esas cosas.






Salen todos a la vez de ahí, es ya de noche y el frio apura el paso. El comprador va rumbo a un bar, Juan también decide ir para ese lado. Los dos están solos en mesas algo cercanas, quizás el destino quiere que le termine diciendo que es el autor de lo que acaba de comprar. Pero el hombre saluda a alguien que entra. Una mujer muy alta con un tapado gris y un gorro. Se sienta y el hombre se va, cree Juan que al baño.






Ella se quita el gorro. Fue la imagen, fue el sueño. Era la mujer, su Afrodita criolla. Se acercó y la miró. Se lamentó que pareciera estar en pareja. “No quiero incomodarla, soy el autor de la obra que su marido compró”. Ella le dijo que no era su marido sino su hermano, y que por teléfono le había dicho que era una imagen tal cual de ella. Juan le dijo que primera vez estaba viendo a una musa, que su vida de ahí en más seguro iba a cambiar.



¿Qué es una musa?.



“Usted”, le dice él.



Y Afrodita y Juan, sueño y soñador, se fueron juntos de ahí.
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La noticia menos censada

1 comentarios jueves, 28 de octubre de 2010

Se habían creado las condiciones para el evento que por extraño, la gente tomó como unas vacaciones en queja: no había ningún lugar abierto y era un feriado forzado por la imposición. Las rutinas cambian cuando ya no contamos con el control de ellas, y eso es como ceder parte de nuestro territorio, entonces nos resistimos. El 27 de octubre había que estar a la espera de la aparición del censista para luego acomodar el resto de la jornada, dándole el plazo de 12 horas que se estipuló. Quienes viven en casas podrían espiar si sus vecinos estaban siendo censados mientras que en los edificios de departamentos la opción de atender a la persona en el palier sonaba más sensata que la visita unidad por unidad.


Me levanté a las siete de la mañana, desayuné y preparé un café al que sumé una taza más, por si la persona con planilla en mano me caía simpática y así le podría servir también. No tenía nada para acompañar y al instante maldije al censo, ya que todo estaba cerrado. Decidí que no le daría café al censista, mitad por enojado.


Esperando al censo y sus preguntas, prendí la radio y la computadora. Cerca de las nueve de la mañana nada se dejaba escuchar entre mis vecinos y comprendí que empezarían por otras zonas. Vivo en un edificio que es el único de departamentos en toda la cuadra, pero era posible que eligieran primero destinos más sencillos, casas. Me llega un mensaje de texto que por la hora y por la forma de redacción no comprendí muy bien: “Kaput Kirchner. Rumores”. Lo bueno de tener ex compañeros que han estudiado Periodismo es el contacto, pero nunca se sabe si me hablan a mí directamente o siempre desde su profesión, aunque reconozco que no me molesta la diferencia.


Prendí la computadora que ahora mismo uso, pero nada decían los portales de internet. Prendí la radio y empecé a buscar en el dial, sin suerte. Un medio se anticipó a comentar que algo había ocurrido, sin dar precisiones y entonces seguí buscando hasta dar con una radio, con periodista en tono apesadumbrado, aunque cauto. Y ahí me quedé, uno a través de la voz percibe lo que se dice y lo que no se dice, a veces. Pregunté por mensaje de texto alguna confirmación y volvían los mensajes con rumores. Hasta que el periodista en la radio se sinceró: “lo voy a decir”…y lo dijo.


Eran cerca de las nueve de la mañana y no hacía frio, aunque lo sentía. El día ya era extraño en sí, y con esto muchísimo más. El tema impuesto, el censo, era devorado por la realidad como siempre pasa, y pone en un orden que nos excede a todo lo demás que ocurra. Escuchamos hablar del orden de prioridades, qué cosas son realmente las que debemos tener en atención y cuáles no. Hechos como estos nos hacen repensar el orden del listado que cada uno tiene de lo que llama “problemas”.


Pensé primero y no sé por qué en el censista. Si seguiría con su labor, si todo este operativo armado en mitad de semana serviría al final para algo, si no responder formaba parte de la situación inesperada. Me hice otro café y me quedé sentado, mirando de lejos la pava tomando temperatura. Y me pregunté por qué me sentía así. No tenía que ver con mis simpatías políticas y sin embargo ante este puntual hecho y otros que por época me han tocado, la sensación inmediata es de profundo vacío. Nadie analiza emociones de momento y humanas, no haría eso conmigo, me senté a mirar la pava sin mirarla, pensando en que el sistema argentino tiene estas cosas. Por ser presidencialista cuando una persona fuerte ya no está, surge una sensación de indefensión. La manera en que se ejerce el poder por estos lugares del sur hace que todo tenga un costado paternalista, en cuanto a cómo nos tratan y en cómo nos dejamos tratar.


En eso pensaba pero a la pava no le importaba: movía la tapa chillando y volví con mi mente al café. ¿Y ahora?.


Y ahora…a esperar que me censen, pensé. Bajé a planta baja para comprobar que la chica ya estaba haciendo su trabajo y de paso presentarme. Le dije la información, abrió los ojos grandes y se tocó en su cintura el celular, como quien ante una noticia se lleva la mano al corazón. Los tiempos cambiaron, o el corazón se mudó de lugar en el cuerpo, pero ciertas reacciones ahora pasan por saber si el celular está con nosotros, ahí. Latiendo de señal. Y me dijo “me tendrían que avisar qué tengo que hacer”. Yo le dije que por favor decidiera así sabía los pasos a seguir, y volví a la hora y media. Recibió la orden de seguir y el portero me dijo que me avisaría mediante el timbre de mi departamento.


A las cuatro horas de esa promesa ya creí que algo o andaba mal o alguien tenía mucha gente viviendo en una casa y tardó en censar. Bajé y la chica se estaba yendo. El portero me dijo que tocó el timbre y yo no salí, e interpretaron que me había ido. Les dije que estando ellos en la puerta y viendo que no había pasado por ahí, salvo que decidiera bajar por el balcón, tercer piso me parece alto para la hazaña, difícil que me hubiera ido de mi casa. Al final me tomó los datos, o en realidad respondí las preguntas.


Respondí lo que me preguntaron, porque la mayoría de las preguntas las respondió ella sin consultarme. Me preguntó mi nombre y mi fecha de nacimiento. Se centró en mis estudios o yo percibí eso. Duración, formación y qué nivel alcanzado, año en que rendí la última materia de la carrera. Luego me dijo “listo…gracias” y me extendió la mano, al mejor estilo “lo vamos a llamar”, con que un gerente despide a quien nunca más piensa ver. Yo la miré y enfoqué en su bolso transparente y le pedí la oblea que certifica el censo. “Se me terminaron, a la tarde paso y dejo algunas”. Me acordé del café y le dije que como no subió se lo perdió. Se fue, apurada.


Volví a mi casa y a evaluar qué tan productivo fue todo hasta ese momento. Y antes de terminar de defraudarme, puse la tele buscando precisiones sobre el tema que se comió al otro tema. Como siempre ocurre, y nos ocurre. Los medios de comunicación imponen indirectamente un ritmo de noticias, pero siempre pasará todo por la forma en que uno se tome las cosas, y en eso somos siempre de la misma forma. Impulsivos y desconfiados, siempre vivimos caminando mirando a los costados y no hacia adelante. Sentía que el censo no servía y a la vez que a nadie le importaría eso. La oblea del censo nunca me llegó. Y la noticia del día tampoco había sido censada. Marche otro café.
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Lo que hay detrás de la puerta: Marcos, un hombre en la realidad virtual

1 comentarios miércoles, 24 de marzo de 2010

Tengo un amigo con el que me une un gran afecto desde hace mucho tiempo, y cuando digo tiempo me refiero al invertido en conocer más y mejor al otro, y no a la cantidad de años. Lo veía semanalmente y coincidíamos en algunos lugares así que la comunicación fue más sencilla a partir de los mismos gustos. Amigos de jugar al fútbol y de pasar lo más y mejor posible el rato que el trabajo de ambos nos deja para las familias.


Lo que noto en Marcos últimamente es que tiene un problema. Ustedes dirán bueno, problemas tenemos todos. Cuando acudimos a una bruja y nos dice “usted tiene un problema”, nueve de cada diez veces la pegaría. A lo que me refiero es que mi amigo Marcos está encerrado en su propio laberinto laboral. Y lo que digo es que su empresa lo colma de expectativas de superación, mientras de él exige el doble de lo que realmente podría hacer.

Pero Marcos debe mantener a su familia, es el mayor aportante de la casa. Con lo cual no dirá que trabaja más por el mismo sueldo mensual, ya que no entenderían su razonamiento: le han prometido que mejorará “muy pronto” su nivel.

La lectura era bastante simple y estaba a la vista. Si por mayor cantidad de horas él me decía que recibía igual cantidad de dinero, no hace falta ser economista marxista para caer en que algo no estaba bien. Me explicó que si este pedido que le habían hecho se dio a esta altura del año, comprendía que no lo iban a echar y que podía ascender no a ser jefe pero al menos cambiar de sector. Su empresa tiene escala en los sueldos casualmente dividida en los sectores en donde se trabaje. Los de primer piso ganan equis cantidad, los del tercero una cantidad un poco más elevada.

Si de chico aprendí algo de mi querida abuela Juana, es que más allá de la ayuda brindada por otros, uno siempre es el capitán de su propio barco. Entendiendo eso me resultaba complicado plantearle a mi amigo lo evidente de la situación. Hace unos 15 días me contó que hubo un “reordenamiento” (según decía el correo interno que circuló) y quedaron ocho personas afuera de la empresa. Sin ser cruel, Marcos lo veía como oportunidad para ocupar esos espacios vacíos.

Como no quería pincharle el globo de la ilusión, le pregunté tratando de hacerlo razonar. Le dije si había compañeros o personas de otros sectores que estuvieran pensando exactamente lo mismo sobre los ocho puestos ahora vacantes, y me dijo que si, seguramente. Que ser ambicioso no estaba mal y que ante la oportunidad pareja para todos, él se tenía fe. Me pareció justo lo que yo hubiera dicho ante una pregunta como la que hice, y entonces no insistí más.

Parece imposible una solución a partir de ser empleado, si esto es norma a seguir para sobrevivir. El problema que existe, creo yo, es que el objeto de la maniobra (la persona) ya directamente la aprueba y hasta la alimenta, sencillamente porque no tiene otra opción. Un trabajador en relación de dependencia está sometido a estar reglas en donde una realidad virtual le hace seguir obstinadamente, combustible que le durará un año y que al otro año se renovará.

Quizás todo este razonamiento valga para mi propio trabajo también. Y el de casi todos lo que esto leen. Pero hoy me acordé de mi amigo Marcos.

¡Ojalá me tape la boca y ascienda de una vez!. Juro que lo contaré.
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Nosotros, simulando ser nosotros

1 comentarios lunes, 18 de enero de 2010
Para las mujeres una fiesta es un acontecimiento donde disfrutan el estar en un ámbito, vestidas no como habitualmente, y con una cierta capacidad, encima, como para elevarse por sobre eso y sacar una radiografía de todo y todos.

En los hombres en general esto es diferente. O al menos en mi esa vez lo fue. Me negaba a comprarme un saco, desde mi escuela primaria no quise usar más, presentándome a todas las fiestas con camisa azul, blanca o celeste, dependía mi ánimo. Y aun a riesgo de ser confundido con un mozo de la celebración a la que iba, no quería un saco.


Pero estaba acorralado por las circunstancias: a finales de julio estar sólo con una camisa no combinaba con la semana previa que fue un cubito de hielo, demasiado fria. Me mandé a una casa en la calle Esmeralda donde vendían sacos. Esmeralda pasando Rivadavia se transforma en Piedras. Brillante quien pensó en la casualidad como referencia geográfica.

Por Piedras, llegué hasta Esmeralda. Y por el saco, llegué hasta esa casa.


Necesitó el vendedor un sólo golpe de vista para darme un saco azul que me quedaba perfecto. Menos de diez minutos después, la compra hecha. Llegué a mi casa, era sábado al mediodía, y llamé a Grillito por teléfono, con más de compromiso que de felicidad. Era el saco también una exigencia de ella.

Su hermanito a la tarde tenía clases, asi quye nos juntamos en el lugar de siempre. Me dio la mano emocionada y me llevó hasta la cocina. Pusimos el agua para el mate multitudinario. Una mesa y tres banquetas completaban la escena.


Se sienta en una de ellas y me muestra un sobre. Era la invitación para el casamiento de "Juan Carlos y Victoria", a quienes no conocía. El hombre era primo del papá de Grillito y hacía dos semanas visitó la familia y prometió el sobre que ese día llegó.

Pero el detalle de tanta emoción es que cada sobre venía con la tarjeta habitual, y los que tenían hijos, para ellos, se hicieron otras tarjetas más pequeñas. Una especie de "pase especial". Y en la tarjetita figuraba su nombre y mi nombre. El hecho me llamó la atención y a Grillito la emocionó mucho.

Teníamos claro qué éramos, pero nunca lo habíamos visto escrito.


La ventana de la cocina era muy chica y la lámpara que colgaba del techo definitivamente mala, asi que ella movía la tarjeta para buscar claridad, y la contemplamos como quien ve un cuadro importante en un museo. ¡El agua de la pava hirvió y nos sacó del museo!.


Mi saco quedó colgado toda la semana previa. Era sólo una prenda. Para Grillito su ropa, en cambio, debía ser especial. La madre la acompañó a comprársela, y no quiso que vea el vestido hasta ese día. En cambio para mi una de las preocupaciones era que conocería a dos personas de entre más de 100, seguramente. Mi proverbial escasez de palabras, atentaba contra todo.


Llegado el día, lo que debía hacer era pasar por la casa de ella para todos juntos llegar. Padre, madre, Grillito y yo. Su hermanito quedó en lo de sus abuelos.

Me abre la puerta la mamá, hermosa y elegante. Le di un beso y le dije que una rosa se había fugado de un ramo (frases hechas aplicadas cuando se las necesita., Es así.).

Escucho mi nombre y me doy vuelta. Lo que sigue es lo que vi, no pude decir nada porque no me salían las palabras. Ella (ELLA) se había atado el pelo y estaba sonriente; un vestido azul pegado al cuerpo, con unos pliegues a la altura de la cintura. El largo era perfecto, o a ella le quedaba perfecto. Unos zapatos la hacían más alta que yo.


No me importaba, si yo iba con la más linda de todas.


Le di un beso y le pasé la mano por uno de sus brazos, acariciándolo, gesto que aun hoy hago con aquellos que quiero. No sé qué querrá decir. Quizás es un "gracias" a mi modo.


Era nuestro deporte mirarnos fijo a los ojos. Deporte que jugábamos muy bien. Así estábamos, hasta que subimos al auto, aquel vehículo destartalado del que hablé algunos capítulos atrás. Llegamos al salón, que para los que conocen la zona de Moreno lo ubicarán, se llamaba "Momento´s" (otro alarde de originalidad, como el Piedras y Esmeralda). El padre dejó el auto o el auto quiso quedarse ahí, ya no lo recuerdo.


Entramos Grillito y yo del brazo y con la tarjetita en la mano. La ambientación, salvo por unas telas que simulaban un cierto tono árabe, era lo habitual en fiestas de casamiento. Empezó a llegar gente y como temí, no conocía a nadie. Así que más me refugié en mi novia, en hablar con ella. Comenzamos a criticar vestimentas, cosa que se hace en toda celebración. Se apagaron las luces y aparecieron los recién casados. Ella más alta que él, primer detalle. Miré los muñequitos que van arriba de la torta y no tenían nada que ver con los originales.


Una hora y media después llegaron a nuestra mesa. El padre de Grillito me presenta como "Gabriel, un amigo de mi hija"...y yo estreché la mano del recién casado y dije " el novio en realidad, buenas noches"...me salió del alma aunque nunca hay que corregir en público, es feo. Nos sacan esa foto sentados y los novios detrás, parados. Será la foto 234 de 3000 que se sacaron seguramente esa noche. Cuando se van, le pedí disculpas al padre por corregirlo. Empezó la música para bailar y Grillito me arrastra con el brazo, pero yo quería escuchar las palabras del padre. Y me dijo "está bien, si es la verdad". Me quedé más tranquilo. Nos levantamos ella y yo para bailar y él me miró de nuevo, puso el dedo índice debajo de su ojo y dice "compórtense".


Mi saco azul me hacía sentir una pastilla de Redoxón en su tubo: incómodo. Cuando decidí sacarme, por fin, el saco, se terminó la música. Las mujeres son llamadas a sacar el anillo. Una señora muy pintada resultó favorecida. Luego el ramo arrojado lo arañó Grillito, pero una mujer más corpulenta le ganó el lugar. ¿Se habrán casado esas mujeres?.


Grillito se paraba en una pierna porque los zapatos ya le molestaban, yo quería revolear el saco por alguna ventana, muchos comenzaron a irse. Con los claros se dejaba ver el piso con cotillón, serpentinas, servilletas y demás. Fin de fiesta.


Mientras esperamos que el papá acercara el auto, nos quedamos pegando saltitos para evitar el frio. Yo estaba aun embobado mirando a mi novia, que lucía perfecta, aun saltando en un pie. Hasta que el ruido a motor viejo me volvió a la realidad.


Subimos y le pedí que me mostrara qué se había sacado en la torta con las cintitas: era un caballito dorado. "Una imagen tuya", dije. "No, debés ser vos. Al menos no es un ciervo, no tiene cuernos", dijo ella...y los cuatro nos reímos.


Arranca y el padre dice "Muy bien Gabriel"..."Viste papá...fuimos nosotros en la fiesta y no simulamos nada"..."Bueno, pero yo soy un amigo tuyo, nomás", acoté...y el padre me miró por el espejito retrovisor con la pera dura y los ojos hacia abajo...comprendí que debía callarme.

No le gustó el chiste. ¡Y no estaba simulando!.






Acotación al margen: Conviene ante fiestas programadas armarse algo así como un uniforme presentable. Si hay que llevar saco, cuidarlo de manchas (de salsa, en la primera salida de la prenda...sobre tela azul es un crimen), y averiguar si todo combina. Una mujer finalmente dictaminará, aprobando o no. Infalibles.

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Lo que hay detrás de la puerta: el enchufe, el cable y la patada

1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009

Nada más concreto que aquello que hacemos a diario y nos enorgullece realizar, el sueño cumplido de ser y pertenecer. Desde levantarse y partir rumbo al trabajo hasta volver y descansar luego del esfuerzo. En algún punto nos sentimos seguros luego de hacer rutinariamente ciertos deberes.
Otras veces es un pesar que no termina nunca. Como fuera, la situación se vive según la sienta cada uno, aunque con un solo peligro. Que un día alguien decida que esa rutina en este caso laboral deje de ser tal.

Amparado en las leyes, el jefe bien puede avisarnos unos días antes la infausta noticia, con lo cual pasó de “otorgador de oportunidades” a “despreciable” a partir de su decisión para con nosotros. Durante ese lapso, entre la noticia y la efectividad de la orden, hay un vacío ya no legal, sino de sentido común. El castillo de naipes se derrumba y se vuelve al hogar pensando en cómo conseguir urgentemente algo que permita no hacer naufragar esa rutina que ya era parte nuestra.

Muchos buscan trabajo en la oficina desde donde aun son empleados a través de la red…la cabeza le dedica horas al nerviosismo de no saber qué hacer, de no creer más en nadie, de ver que el piso no era tan firme…pero uno al fin de cuentas es mucho más que el trabajo que hace. No se recibe ayuda del prójimo en general, sobretodo en oficinas de personal considerable.
La crisis (cual fuera, es permanente en la excusa) hace un tembladeral de aquel lugar genial hasta hace unos días…y entre la realidad y lo que uno cree percibir, se siente observado por los compañeros que no quieren igual suerte.

Como cuando se enchufa un equipo musical con un alargue para llevarlo lejos… si queremos desenchufarlo iremos hasta el enchufe y notarán que entre que se desenchufa y el corte de energía, el equipo anduvo uno o dos segundos más.. que es lo que tarda la electricidad en terminar de pasar por el cable.
Dentro de esta idea no están los que trabajan…o en realidad están en el extremo en el que aceptan la decisión de otros y se ven condicionados por factores externos, en un rol que viene estructurado y del que no es conveniente opinar en contra.
El “sistema” te acepta o te deja y uno es feliz en tanto trabaje…el “revolucionario” que quisiera otras reglas más equitativas, sobretodo si es joven, es generador de controversia y por lo tanto, fácil de echar.


Nos desenchufan si nos dejan sin trabajo…tarda la orden unos días en hacerse efectiva y luego…fin de la música. Lo que si es semejante en la comparación es la patada…en ambos casos trae consecuencias y nos dolerá.
Por eso, confiar en las iniciativas propias y ser capaces de superarnos desde lo nuestro podría ayudar a la causa. Y un buen par de zapatos con suela de goma…para estar a salvo de las “patadas”. Precavido vale por dos.
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Lo que hay detrás de la puerta: entre el ser y el parecer

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Cuando la inestabilidad económica se hace dueña del sistema (y en el que mal o bien estamos inmersos) todo tipo de decisión pasa a tener razones o justificaciones propias que el espectador ajeno no comprende.
Algunos ejemplos claros.
La precariedad laboral no es real problema, Simplemente es el pequeño precio que se debe pagar si se quiere pertenecer como pasajero a un tren que no para.

El nulo reclamo sobre condiciones de trabajo hace imposible cualquier otro cuestionamiento: salarial, imposible. Las exigencias propias chocan con la realidad impuesta.

La famosa serie norteamericana “Lost” muestra la lucha de un grupo de personas por sobrevivir en una isla. En el inestable mundo laboral actual no hay grupos, y cada uno vive en su propia isla, donde existe –para qué negarlo- canibalismo laboral. Esto es, que uno mata por el lugar del otro.

Desde lo personal también se nota el tembladeral que implica el peligro de la pérdida del empleo. Como a todos les ocurre lo mismo, el clima en una oficina es algo parecido a la asfixia lenta. La cosa es no ser el primero de la lista.

Imposible obviar cierto poder extorsivo en quien brinda la oportunidad, y el recordatorio –a través de palabras o de hechos-de cuántos esperarían que uno se vaya de un lugar para ocuparlo.

Existe además una idea que consiste en creer que si la labor es de menor remuneración, más bajo debe ser el tono de la queja, lo que considero erróneo. Los derechos y obligaciones corresponden a todas las escalas salariales.
Esto lo sabe perfectamente el empleador, pero duda en manifestarlo el empleado. Básicamente porque el miedo no es zonzo, diría mi abuela.

Por último, aunque no menos importante. El rol que como empleados tenemos y ejercemos. O no. Alguno podría decir que es más sencillo regatear un precio en vacaciones de verano que pedir aumento de sueldo. ¡Qué novedad!. La cuestión es si creemos que un pedido puntual es técnicamente un reclamo. ¿Lo es?.
Dependen los casos. Exigir ciertas reglas claras no parece ser más difícil –entonces- que regatear el precio de un pullover en Mardel. ¿Somos capaces de modificar la realidad?. ¿Aspiramos de corazón con hacer eso?.

El aguantar, la resignación, no son buenas herramientas.
Ojalá ésta columna fuera de solución. Por lo pronto intenta ser de opinión.
A sobrevivir, jóvenes.
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Lo que hay detrás de la puerta: no me llames, yo te llamo

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Difícil negar la contundencia de la frase del título y más complicado aun es cuando se percibe lo vacía que en general suena en la mayoría de los casos. Si ante un desengaño amoroso la frase es definitivamente dolorosa, escucharla luego de intentar convencer a alguien de nuestras habilidades nos deja claramente en la lona.

Frase de compromiso de cabecera, no exactamente refleja que uno no sirve para lo que cree saber. Ciertas veces aquellos que deciden la repiten sin dudar pero sin sentirla. Si la cantidad que requiere un lugar de trabajo está a criterio de la superioridad y consideran no cambiar nada, igual le brindan la oportunidad al desesperado de desplegar sus humildes armas de seducción. Pero el que decide sabe en el fondo que nada puede hacer por él.

La tecnología sirve para evitar ciertos momentos indeseables, y el “compromiso” de escuchar súplicas pasa por dejar vía mail un currículum que tendrá el seguro destino de papelera de reciclaje. Aclaramos que no es así en todos los casos, que existe una especie de “banco de suplentes” de personas que tienen un currículum más que interesante y son tenidos en cuenta para una eventualidad. Esto se da en las empresas a gran escala, en donde Recursos Humanos suele dividirse en tantos Departamentos como personas haya en él. Pero aun así, destaco que algunos realmente tienen en cuenta el dejar los datos y tomar nota de ellos.

Si bien tratamos de ser más descriptivos de una realidad que formalmente opinadores de la cuestión, lo que se puede aconsejar al que pasa por esta situación, muchos, es que la insistencia tiene su premio. La diferencia entre la sutileza del pedido y el fastidio que el constante pedido puede generar, es “un hilo delgado por donde hace equilibrio el sentido común”, como leí en un libro hace algún tiempo.

La presencia en la mente de quien está en condiciones de tenernos en cuenta es bastante clara, desde que la computadora modificó costumbres. Se pueden mandar mails diariamente a algún sitio en donde han dicho “por ahora no”, que es también una frase condicional llena de intrigas. Percibir en dónde es posible, exige tanto de nosotros como el conocimiento que tengamos para una tarea. La jungla laboral en donde todos quieren trabajar de lo mismo así lo ha impuesto.

Por último destacar que no existe más (y es una pena) el concepto de “acuse de recibo”, que es un término quizás postal, pero que no deja de ser de cortesía. Donde envié mis datos, ¿sé que lo reciben?. Es un cumplido que el que desea trabajar lo valora siempre. Ojalá el empleador lo supiera.

La tarea del que necesita trabajar es lograr, de movida, no escuchar la frase del título. Después el resto es a suerte o verdad.
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Lo que hay detrás de la puerta: la ética de nuestro propio código

1 comentarios miércoles, 11 de noviembre de 2009

Dos fuerzas poderosas, algunas veces reñidas con el sentido común, se hacen presentes una vez que deseamos llevar algo a la práctica. Por un lado aquello que se nos ha inculcado en términos de estudios: primarios, secundarios o universitarios. Por el otro nuestros valores, esos que podemos usar ante cualquier eventualidad como parámetro.

El sano ejercicio de hacer lo que queremos, y porque para eso se ha estudiado, nos lleva en alguna instancia a plantearnos cuándo aplicar o no lo que aprendimos.
Empezamos a redactar con hechos nuestro código de ética.

¿Me sirve lo que estudié como teoría llevada a la práctica?.
¿Uno se destaca frente a otros con idénticos sueños por todos los conocimientos previos, o logrando mirar qué se necesita exactamente de mi?.

De primera impresión, no se duda. La teoría escrita en una hoja se ve muy bien, pero de ahí no se mueve; el ser observador de la realidad en la que estamos inmersos es la respuesta que más contentos deja a todos. De hecho es la fórmula más aplicada en el mundo laboral de hoy en día. “El que sabe sabe, y el que no es jefe” lo resume a la perfección.

Me permito desde esta columna levantar la bandera del equilibrio entre los dos conceptos, al menos para empezar. En nuestro sentido común queda registrado no todo lo que se nos ha enseñado, pero sí los conceptos que creemos que nos sirven.

La realidad nos da la chance de ver si podemos aplicarlos. Y así como hay leyes y normas, la construcción de nuestro propio código de ética tiene su comienzo en el exacto momento en que decimos “No estaba tan mal aquello que me dijeron alguna vez” y saber cuándo es el momento apropiado para usarlo.
A vivir e intentarlo.
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