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"Casas encadenadas" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 25 de agosto de 2012
Venia caminando y encontré mi casa cuando era chico. Estaba tal cual la dejé a los 11 años, con los marcos de la puerta despintados de tantos pelotazos, con la pared descascarada en la base y una planta que pinchaba en el frente de la que nunca supe el nombre. Con la mano empujé la reja bajita y el chillido inconfundible sonó, ese que resiste la memoria emotiva. Salí y me crucé. Mi escuela secundaria tenía la bandera del frente en eterna media asta porque el mástil estaba oxidado. Cuatro escalones en la entrada y tras las puertas de madera un largo pasillo gris hasta el patio, todo eso lo vi desde afuera. Al lado, la casa de la abuela. Donde se oían los golpes del taller de muebles de don Nieva, a la vuelta, y el sol reflejado en la antena de televisión le daba al techo forma de nave espacial inventada. En diagonal está la facultad, donde siempre entré y salí cansado, de ventanas grandes y el hombre en la puerta, custodiando la nada como si la protegiera. Ahora parado en el frente de mi casa busco las llaves y saco tres distintas, la de mi infancia, la de la abuela, la actual. Empujo y entro dejando mis recuerdos en esa cuadra que camino cada vez más lento.
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"Reflejo de desconfiado" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 14 de julio de 2012
“Qué pena, no está ahora”, me dijo el hombre que limpia en la entrada a la iglesia. “Si lo espera un ratito seguro que ya viene, fue a hacer un trámite”. Seguí el consejo y me senté en un costado. En el silencio tocar con un pie el banco de madera significa que retumbe como si un sismo fuera cercano. Me puse a mirar los santos, habría unos tres por lado, con tulipas en bronce y base de madera que los iluminaban en la cara. El piso es de color crema, de algún mármol de esos que se ven cansados de tanto uso. Me pareció que el techo era bajo, pero colgaba una araña. En el altar la cruz a la izquierda y a la derecha María y José. O eso supuse, a la distancia. En el medio, Santa Rosa. Cuando ya miraba el reloj con algo de molestia, apareció el cura. El “trámite”, me pareció, eran las facturas que en la bolsita traía. Me miró y me dijo buen dia. Le conté que quería hablar de algo que me estaba pasando pero que quizás él no lo iba a entender. “Si no me lo decís, efectivamente nunca lo voy a entender”. Nos sentamos y le conté la tradición familiar que me pesaba, que a la noche no me dejaba dormir, que yo no seguía porque creí que dominaba hasta que dejé de engañarme a mi. Era rezar. Yo no lo hacía. Casi por costumbre. Pero algo, le dije al cura, hace que yo venga acá para buscar alguna respuesta. Abrió el paquete de facturas y lo puso sobre el asiento de madera, para que comiéramos. Me dijo “esta es la casa de Dios, pero no está siempre acá. Va a lugares donde creen que lo necesitan. Probá rezar. Creo que te encontró él antes que vos a él”. Lo miré y le di la mano, con cara de desconfiado. A la noche recé por lo primero que se me ocurrió: que se me vaya de una buena vez el resfriado. Prometí que si bajaba la fiebre iría al cura a confesarlo. Al otro dia, temprano, fui a la iglesia. El hombre en la entrada estaba limpiando. Me fui a la panadería y encontré al cura comprando. Le dije que tenía razón. Y me dijo “no, él (señalando la iglesia al lado) tiene razón”. Compró medialunas y volvió a la iglesia. Yo aun sigo rezando.
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"Quiero que me abrace" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 30 de junio de 2012
Pasaron 15 minutos. Ya ninguno de los dos sabe quién en realidad tenía la razón. Porque la misma razón, cansada de indirectas y reproches, se fue a dormir antes que nosotros. Es la primera vez que te miro a los ojos y no tenés la razón, el motivo. Es extraño, me siento desnudo frente a un espejo de esos de circo, que deforman lo que veo. En realidad veo mejor. Y detrás del ideal hay motivos. Y una mujer que agitada por la discusión me mira pidiendo tregua. Mi corazón es de ella asi que sabe que le haré caso, la miré y nos abrazamos. La alejé y la vi mejor. Es hermosa cuando no tiene razón. Se lo dije, nos reímos. Nos callamos. Tomamos café revolviendo con la misma cuchara, compartimos el azúcar. La razón se asomó un poco por la puerta, nos vio abrazados y siguió durmiendo. Sospecho que en el amor la razón es cosa compartida. Terminado el café el espejo devolvió la imagen de uno. Que somos dos.
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"Todas las puertas" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Abrió la puerta de rejas. Abrió luego la puerta de su casa. Abrió el maletín para sacar su corbata de seda. Abrió la heladera, tan soltera como el soltero que nunca la llena. Abrió el placard y guardó su camisa color crema. Abrió el cajón de las medias. Abrió la canilla del baño. La fría, la que congela. Abrió de su cocina la alacena, abrió una lata cualquiera. Abrió el microondas que siempre mal cierra. Abrió la ventana bajando la persiana. Abrió el estuche de sus anteojos de chicato. Abrió una botella y se sentó a la mesa. Abrió bien sus ojos, puso sus manos arriba de la cabeza, tomó coraje. Abrió el sobre, primero con delicadeza. Pero como no pudo, pasó a la fuerza: la abrió en un costado y con cuidado. Desplegó la carta de dos hojas dobladas. Abrió su corazón para que su alma también leyera. Empujó las palabras, quiso tenerlas enteras. Frenó su apuro para disfrutarlas. Acompañaba los renglones leídos con el dedo índice, estaba temblando, llegaba la respuesta. Se puso de pie. Cerró la puerta de su casa. Cerró la puerta de rejas. Era de noche. Y gritó el si bajo las estrellas.
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"Señora Paciencia" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 12 de abril de 2012
El Hombre Nervioso estaba idem. Prendió su cuarto cigarrillo en media hora y miraba el reloj impaciente, faltaba menos de un minuto para la hora pactada y ya creía que llegaría tarde la otra parte. Sentía que estaba perdiendo el tiempo pudiendo hacer otras cosas, que sus otros compromisos se iban a atrasar, que debería después andar dando explicaciones cuando en realidad él estuvo en punto y la otra parte no. Volvió a mirar el reloj y todo este pensamiento le consumió el minuto que faltaba. Miró hacia el lado de la puerta pero no vio a nadie. Sobre el filo del primer minuto de impuntualidad, apareció ella. La Mujer Paciente no se disculpó por ninguna tardanza, llegó en punto. Calmándolo le dijo que no se preocupara por los demás, que debía aprender a confiar. Le vio el bolso al Hombre Nervioso y le dijo “Bueno…vamos. Conmigo no fumes más, eh”, y le tiró el cigarrillo que tenía el Hombre en la boca. Enamorado, el Hombre Nervioso se dejó llevar desde ese día por la Mujer Paciente. Ella lo invitó a su casa para convivir. No supe más de ellos. Bueno, sí. Un día lo vi en la calle al Hombre llevando, Pacientemente, a la hija de ambos de la mano. Se lo veía bien. Tranquilo. Paciente.
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."Se fue, gracias a vos".

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
No, soledad: ya tuve lo que me diste. Te cerré la puerta porque te conozco, no quiero que me mires más a los ojos. Soy aun tu juego pero no quiero seguir siéndolo, negándote o aceptándote en silencio. No tenés que ver conmigo, ya no. Necesito que me dejes, cansado de esa pared circular que encierra mis miedos, que de algún modo fueron tu energía de mi energía. No, soledad: ya tuve suficiente con tantos años. Con tantos anhelos, con tanto deseo guardado en secreto, con tantas chances calladas por terco. No insistas, no abriré. Te irás sin que te hable, porque tengo quien me hable. Un ser que de mis paredes circulares hizo luz, y una ventana de amor con vista hacia los dos. No, soledad: ya tuve lo que me diste. Y lo que me diste, ya no lo tengo.
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"El árbol" (Cuento corto número 103)

1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012
Rodrigo volvía del trabajo en colectivo. Al lado de la puerta la gente empuja aunque no haga falta, para no perder la costumbre. En eso ve una casa y sin pensarlo se apura a tocar timbre. Baja con su mochila y el colectivo lleno se va. Queda mirando hacia enfrente, la plaza enrejada en color verde. Ahí jugaba de chico. ¿Por qué se le ocurrió bajarse?. Caminó como quien quisiera ubicarse con la posición del sol, mirando al cielo y luego a los edificios blancos y grises. Se bajó a la calle y comenzó a caminar por ahí, no venía ningún auto. Del lado de la plaza unos tres árboles resistían el paso del tiempo y Rodrigo los recordaba. Del otro lado en cambio eran más. Y sentía que seguían siendo los mismos, pegados al cordón y con la misma altura y tamaño, con las copas de hojas en mezcla entre verde y amarillo otoño. Siguió caminando y por alguna magia no había tránsito, asi que escuchaba el ruido de sus pies pisando hojas. Los iba a los árboles tocando de a uno, como quien acaricia algo que es suyo, como pulóveres en los placares. Iba llegando a la esquina y se detuvo. Se acomodó bien la mochila y sacó su celular. Buscó en la corteza y en un lugar que recordaba. Y apenas legible ahí estaba: “R y M”. Pegó un salto como quien encuentra el oro del Perú. Sacó siete fotos y luego elegiría una sola. Por la noche la mandó por Facebook a Mariana. Le escribió: Mariana, ¿te acordás de esto?. Y ella, con la seguridad propia del olvido, le escribió “No”. Rodrigo se sintió triste, mientras todos sus amigos le ponían “Me gusta” a su foto. El viejo árbol sigue siendo testigo de otoño de algo que sólo una parte recuerda. Y parece consolarlo a Rodrigo al moverse con el viento, cuando pasa con el colectivo todas las tardes.
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"Lugares de uno" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012
Salió tomada de la mano de su mamá. Antes de bajar del cordón se dio vuelta y vio su casa. Un chalet con dos ventanas grandes, un jardín con la ligustrina bien cortada, la cochera y su perro, que asomado detrás de una planta la estaba viendo. Cruzó y caminó derecho. Cuando llegó al otro lado de la calle su mamá no estaba a su lado. Se miró sus brazos y vio que el reloj marcaba las dos y media de la tarde. La casa de su abuelo estaba ahí y tenía la sensación de molestar la habitual siesta. Puso la mano en la puerta de reja para abrirla y se arrepintió. Siguió caminando. Encontró el edifico del colegio lleno de chicos en la puerta. “Amenaza de bomba, todos afuera. Nos salvamos de la prueba, Inés”, le dice uno. Ella no puede creer lo que pasa y se vuelve a mirar las manos, que sostenían un guardapolvo arrugado y una carpeta azul. Vuelve a cruzar la calle, esta vez por la mitad. Ve escaleras altas y la entrada con rampa por donde ahora quería ingresar. Las puertas cerradas. Un cartel decía “La Universidad hoy permanecerá cerrada por desinfección”. Siguió caminando. Y el edificio donde trabajaba, y el consultorio del dentista, y el colegio de sus hijos, y su casa recién estrenada. No podía entrar en ningún lado. Volvió por la misma vereda a la casa de sus padres. En la puerta la mamá la esperaba y sin retarla la volvió a tomar de la mano. Como cuando se deja a los hijos, ir, ver, y volver. Algo así como pasear por su destino.
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"Crujido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012
La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"Lo que hacemos" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 10 de febrero de 2012
Se levantó. Cerró la puerta del baño. Cerró la canilla, cerró el dentífrico. Cerró luego el envase de café, cerró el pote de queso crema y el de azúcar en la alacena. Cerró el placard en la parte de las camisas. Cerró la llave de paso, cerró la ventana del comedor. Cerró la puerta de entrada, la del ascensor y la de la salida del edificio. Cerró su billetera vacía a mediados de mes y cerró la puerta del taxi. Cerró el celular luego de leer un mensaje. Cerró la puerta del pasillo de su oficina, que debería ser corrediza. Cerró de nuevo su billetera para un café de la máquina. El Windows se colgó y cerró para volver a abrir. Cerró la caja de ganchitos de la abrochadora, que después nadie tiene. Se tomó la cabeza a media mañana para despejarse. Cerró su lapicera Parker y miró por la ventana. Resopló cerrando los ojos. Vino Adriana y lo trajo a la realidad. “Tenés que cerrar el balance, dale”. Cerró el chat que lo distrae, la página de internet de chimentos también. Cerró el balance con pérdidas mas o menos dibujadas. Cerró la puerta del jefe. Se sentó y lo escuchó, necesitaba de él asi que mejor cerrar el balance. Se dieron la mano, cerraron ahí trato. Al mediodía en el pulmón del edificio cerró la bandejita de plástico con el celofán, no quería comer más. Cerró el balance a la tarde. Su jefe lo dice a viva voz con falsa felicidad. Aplauso cerrado. A las cinco cerró la computadora y volvió a cerrar su billetera en el taxi. Llegó a su casa. Abrió la puerta. Miró sin suerte por la ventana cerrada la luz de la tarde. Mañana, juró, empezará por su bien a abrir todo.
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"Lo que fue y lo que es" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 3 de febrero de 2012
“Estas son mis memorias, las que jamás serán leídas”, arrancaba el desordenado texto que Joaquín empezó hacía cuatro noches. Desempolvó la máquina de escribir y todas las noches se sentaba de cara a una pared de su habitación, con algo de reflejo de luz viniendo por la ventana. No seguía un orden sino lo primero que le venía a la mente. En esa primera noche recordó a Álvarez, un zapatero de barrio que atendía en su propia casa chorizo de Liniers. Joaquín con la mamá solían ir ahí y mientras ella elegía zapatos, él miraba todas esas puertas de habitaciones que daban al patio, y la enredadera en la pared del fondo. Recordaba el olor a cuero. Difícil explicar eso, contar un momento a partir de un aroma que impregna la memoria. Luego escribió sobre el ruso Lezevich. El ruso fue su primer amigo, un amigo de más edad que él pero que lo había adoptado en sus afectos. Sentía Joaquín que a su lado hacía cosas de grande y el ruso sentiría volver un poco a ser chico. La amistad se cortó cuando un pelotazo fue a dar a la base de hierro de una maceta, que se cayó y se hizo ruido y silencio en esa tarde. ¡Y pedacitos!. La madre se levantó de la siesta y lo echó al ruso de la casa. Se comenzaron a saludar de lejos y dejaron de frecuentarse. Al año los Lezevich se mudaron. Lo tercero que Joaquín había escrito era sobre Norita Antonino. Era la hermana de una amiga de la mamá de él. Cuando la vio por primera vez le pareció altanera, luego esa especie de odio que le generaba entendió que era algo más. Nunca lo saludaba, él debía buscarla para eso. La veía desde la ventana de su casa cómo caminaba por la calle, con un vestido de falda muy larga y el pelo atado con dos colitas. Ponía al caminar el cuello muy derecho y ese gesto le causaba gracia y ternura. Estaba descubriéndose en eso de mirar a una mujer que ni bajo tortura hubiera dicho que le gustaba. “Lo secreto del placer es, justamente, lo secreto”, escribió. No le faltaba razón. A la cuarta noche el intento por hacer sus propias memorias le dio lugar al sueño. Había escrito nueve hojas y avanzado solamente un año de su infancia. Sintió imposible poder contar tanto y se durmió sentado frente a la máquina. Norita Antonino, su esposa, lo despertó a la mañana siguiente con un beso en la boca. Le contó que ubicó a los nietos de Álvarez, también zapateros, y que encontró al hijo de Lezevich por Facebook. Joaquín, aun a medio despertar, sigue con sueño. La vida de él, en algún modo, sigue siendo aquel año de su infancia que lo marcó para no olvidarlo. Para su libro de memorias eso le basta.
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"La cuchara" -cuento corto-

1 comentarios
¿Hola?. Ah, Silvana ¿cómo andás?. Bien, si, yo ahí viste…lo que pasa es que todavía no me terminé de mudar. Estoy sentada en la silla nueva sin sacarle el celofán, mirando los canastos. No tengo ganas de desarmar nada, me siento linyera. Sí, sí, dejé mucha ropa en lo de mi hermana, sí. Pero uno guarda puras pavadas. Las cosas del colegio te juro las tiraría, porque ya no veo a nadie, y los que frecuento ya son gente grande, no la de los cuadernos. Ayer revisando la agenda me encontré el teléfono de Leti. ¿Estará aun por Devoto?. ¿Te acordás?. Sí, sí, ¡esa del pelo de alambre!. Uh, mi vieja me dijo que pusiera un ordenador de llaves. Me regaló uno que es un loro de madera que va al lado de la puerta, es horrible, ¡prefiero perder la llave antes de poner eso en la pared!. Ah, hoy conocí a la primera vecina. Le digo “Hola me llamo Renata, soy la nueva vecina del 5 C”…y la tipa me miró de arriba abajo y me dijo “Bueno gracias” y cerró la puerta del ascensor. ¡Arpía, la vieja!. Quiero dejarle mi teléfono a algún vecino y yo saberme un par, por las dudas, viste. Tengo un chino a la vuelta asi que eso me salva. Tintorería no vi, hay dos farmacias, un gimnasio recontra trucho y una verdulería con todos los cajones afuera y casi ninguno adentro. No te invito a casa porque todavía es un desastre. Ni sé dónde envolví las tazas de café, negra. Al final hablé todo yo, perdoname. Beso, chau. Chau. Renata manoteó el primer envoltorio de papel de diario y ahí estaban las tazas de café. No sin emoción fue a probar la cocina y puso la pava. Se hizo el primer café en su nueva casa. Se sentó a saborearlo. Miró los canastos, los bolsos, las paredes blancas. Se acordó que no tenía las cucharitas. Las buscó hasta que sacó una. Revolvió el café y oyó el golpe de la cuchara contra el pocillo. Hizo un gran ruido en la sala aun vacía. Miró a su alrededor. Sintió un escalofrío en el cuello y juntó los hombros, el miedo le daba frio. Y tenía frio y miedo. Las paredes rebotaron el ruido. Bienvenida Renata, a eso de vivir sola. Tranquila.
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"El amor y la puerta" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011
“No sos una estampita” me dijo la negra antes de darse vuelta e irse, quedándose con la última palabra y lo que es peor: la razón. Tenía estilo para pelear, siempre le reconocí eso, me gustaba hasta cuando se enojaba conmigo. Cerró la puerta de la habitación y se quedará ahí un rato hasta que se le pase. Me porté mal, no le avisé a qué hora volvía, me esperó con la comida. La negra tenía razón, una vez más.

Evidentemente no soy una estampita pero ella para mi sí lo es, me conoce en mis debilidades, estoy entregado hace ya tres años a lo que me diga. Cuando la conocí me sacó rápido la ficha, creo que uno va predispuesto según quién sea, a que pase algo así y a que lo conozcan del todo. Conocer del todo implica eso que ocultamos frente a los demás, que compartimos sin pensarlo, cuando encontramos una razón para no sentir que tenemos un defecto, o una manía o algún dolor. Y la negra era eso, yo le entregué el corazón apenas la vi.

Golpeo ahora la puerta y no me abre, le digo que no se enoje conmigo, que me comeré la comida fría de todos modos, que la próxima le avisaré con tiempo. La primera vez que la vi fue en la facultad. Pasaba y se daban vuelta para mirarla, como dice el tango. Luego un amigo en común hizo una fiesta y sentí que era una señal. Me acerqué a ella aquel viernes de hace tres años y la toqué con el vaso frio que tenía en la mano. Me miró y me presenté, le dije que la ubicaba de alguna materia en común y me dijo que sí. Bah, me dijo que sí, que me ubicaba. Hablamos de cualquier cosa unos 15 minutos.

Me preguntó la edad y los 23 le sonaron a poco, lo vi en su cara. Ella tenía la misma edad pero seguramente querría a alguien un tanto mayor. ¿A vos te gustaba antes de conocerme alguien mayor que yo?. “¡No! ¡Qué decís!” me dice la negra detrás de la puerta. Bueno, al menos me habla, es un avance. Dos semanas hasta que le mandé un mensaje de texto con miedo a la respuesta: ¿podremos salir?. Y ella me respondió “Bueno, pero elijo yo adonde”. Así que fuimos tres días seguidos…¡al cine! Nadie puede resistir ver tres películas en días seguidos y le parezcan buenas, salvo a la negra. A mi me aburrieron las tres pero cuando no se daba cuenta la miraba en la oscuridad de la sala y era realmente hermosa, no sabía cómo demostrarle que sentía haberme sacado la lotería.

Mezcla de libertaria y formal, me presentó a sus padres. ¿Te acordás cuando conocí a tus viejos?. “Yo sí, ellos no”, me dice, haciéndose la graciosa detrás de la puerta. Dale, abrime negra, ya me comí toda la cena aunque estaba fria (mentira, tiré la comida, helada e impasable). No me hagas prometerte lo que no tengo, che. Y no tengo más nada, vos sos yo. “Callate, cursi”, me dice con la puerta aun cerrada. El casamiento fue en una capilla con diez invitados, ella se encargó de hacerlo como quería, tengo una foto de la fiesta en mi celular, porque ahí la negra se rie con una felicidad genial, no de flash, sino porque así nos sentíamos.

Tres años hasta hoy. Dale, abrime. Te llevo al cine. “¿Elijo yo?”. Sí, elegís vos. La puerta se abre y la negra sale arreglada y pintada. “Dale, vamos”, me dice. El día que saque la puerta de la habitación se acaba el amor, le dije, por decir algo. “No me hagas prometer lo que no tengo, vos sos yo”, me dice la negra.
Me sonó conocido. Y cursi.
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"Luciana, a lo lejos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011
El viento golpeaba haciendo ruido en sus oídos, ese persistente zumbido que no para. Luciana quiso quedarse un rato más mirando el final del cielo, confundido allá a lo lejos en un poco de nubes. La tarde del jueves se iba lento y desde el mirador del lago Traful ella se sentía tan chiquita como su ánimo.

Puso los dos brazos sobre el pasamanos, se sintió moverse al ritmo del viento y se alejó un poco. Descubrió que tenía miedo a las alturas. Con 20 años lo acababa de notar. Se paralizó: miró hacia adelante, vio al sol intentando pasar por entre las nubes y llegar al lago. Pensó en el Espíritu Santo aunque se acordó que ya no era católica. Que escapó desde chica de todo lo que pudo. De sus padres primero, luego de la religión, de su barrio, del colegio. De ella. Hacía tres años vivía ahí y seguía escapando. Estaba triste de descubrir lo que nadie le dijo. Que escapar de lo que no nos gusta a veces no es marcar un rumbo, sino directamente no tenerlo.

Temblaba, Luciana. Frio, miedo, las dos cosas quizás. Se tomó fuerte de la baranda y se puso a llorar recordando eso que le molestaba en su conciencia. Una vez, una sola vez alguien le dio una chance. Y ella la ignoró. Gritó algo fuera del diccionario pero desde su alma, sacó el dolor, se limpió las lágrimas. Bajó del mirador. Se sentía con un deber, el de encontrarla. Llamó por teléfono a los dos números que tenía pero ya no eran de esa persona. Sacó pasaje en micro y luego de tres años volvió a Buenos Aires. Con una mochila como toda compañía tomó el 132 hasta Flores. No recordaba cómo poner las monedas en la máquina y la ayudaron.

Se bajó y caminó tres cuadras hasta Yerbal, de memoria. La casa con la ligustrina al frente, entremezclada con el rosal, seguía frondosa. Tocó timbre con su dedo índice temblando, no había avisado que iba. Ladró un perro que no conocía, escuchó llaves detrás de la puerta y ahí la vio. “¡Luciana, mi amor!. ¡Qué sorpresa, nena!”. Se abrazaron y Luciana preguntó si recordaba qué le había dicho hace tres años cuando enojada vio que ella se iría. Y su tía le respondió: “Que acá estaba todo lo que vos ibas a buscar en otro lado, que tu destino era ir para volver”.

Luciana pudo alquilar su casa del sur, pudo encontrar trabajo acá: en una agencia de turismo vendiendo paquetes turísticos…al sur. Pudo también aprender a manejar la máquina en el colectivo y poner las monedas.

A los dos meses estaba sentada en el 132, volviendo de su trabajo, y abrió la ventanilla. El aire entraba y le hacía un poco de ruido en los oídos. Como alguna vez aquello que fue a buscar y tuvo ante ella. Un segundo antes de darse cuenta.
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"El mueble" -CC-

1 comentarios jueves, 1 de septiembre de 2011


La puerta del mueble estaba vencida y caída hacia adelante, para cerrarla había que sujetarla con un cartón o bien con una hoja varias veces doblada que hiciera tope. No existía para Miguel orgullo más grande que ese mueble triste, viejo. Tenía un lugar destacado en el comedor, contra una de las paredes y en medio de la sala. Su esposa lo aceptó siempre a regañadientes al objeto, que a veces parecía tener más entidad que varias decisiones en conjunto.






Cuando Miguel no estaba lo abría y siempre encontraba lo mismo: sus recuerdos de niño, algunos cuadernos de escuela, un par de corbatas de adolescente, copas de torneos de fútbol que ya no existen. Lo que le llamaba la atención es que en la parte posterior de la puerta estaba pegada una hoja en blanco, pero que detrás se veía algo escrito aunque no distinguía qué. Doblaba el cartón para hacer tope en la puerta exactamente igual a él para que no se diera cuenta que anduvo mirando el mueble triste.






Una noche Miguel volvió muy tarde, ella lo esperó para prepararle la comida. Fue a buscar el postre y cuando regresó estaba Miguel revolviendo el mueble triste.






¿No viste un señalador?.



“¿Un señalador?. No, yo nunca abro ahí”, mintió con estilo Carla.






Después de mucho buscar lo encontró y se lo llevó a la habitación, ambos se acostaron, él se puso a leer un libro y cuando se decidió dormir usó el señalador para marcar la hoja. Carla vio eso y esperó pacientemente su momento. Cuando Miguel estuvo dormido dio la vuelta a la cama y tomó el libro de la mesa de luz, lo abrió. El señalador, muy viejo y despintado, decía “Sólo viven aquellos que luchan-Víctor Hugo-Los miserables”. Eso no significaba nada para Carla.






Los días pasaron y el ánimo de Miguel iba en bajada, el postre pasaba a ser un café en donde le contaba todos sus pesares laborales. A la mañana otra vez Carla vio a Miguel revolviendo el mueble triste. Encontró una hoja muy amarilla o en realidad parecía un sobre muy amarillo por el tiempo. Decía “Abrir a los 37 años”. Lo abrió y estaba la letra de su papá. El mensaje decía “Ya leíste el señalador, ya leíste esta carta. Sabés lo que sigue”.






Ella entendía más bien poco y sospechaba que su marido algo menos. Carla le preguntó en confianza por la hoja puesta en la parte de atrás de la puerta del mueble triste y él le dijo que debía leerla luego de todo lo que le ocurriera.






Dos días después Miguel renuncia a su trabajo, se pelea con su jefe, llega a la casa mojado por la lluvia repentina que no perdonó a su traje. Sacó los objetos del mueble triste y los puso en otro lugar. Le contó a su esposa lo que el padre le había dicho hace muchos años, de cómo a los 37 iban a suceder todas y cada una de las cosas, que no entendía cómo podía saberlo tantos años antes.






“Para honrar pasado olvídelo caminando su presente”, decía la hoja en la puerta.






Un martes lo dejó en la calle, al lado del poste.



A ese mueble viejo, su tristeza, para empezar de nuevo.

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"Subir tu escalera" -CC-

1 comentarios viernes, 26 de agosto de 2011


Cuando le dijeron “consultorio 203” ya tuvo claro que sería en un segundo piso y resopló imaginando lo que le costaría llegar. El hall de entrada de la clínica tenía esa fila de personas que a veces se arma con formas extrañas y espacios para que otros puedan pasar entre medio, una multitud hacía murmullo detrás de él.






Las paredes eran blancas, el piso era blanco, el sol entraba por una de las ventanas a medio abrir. Se acercó y miró el pulmón del edificio, con un rectángulo de pasto y algunas plantas entre las salidas de aire de los equipos de la clínica. Se dio vuelta apoyando una mano en la ventana y vio la fila de gente en la que había estado 20 largos minutos.






Tres ascensores a su izquierda tenían un cartel que no alcanzaba a leer pero que no serían de buenos augurios de funcionamiento, quedaba uno con otra fila de personas con cara de hacía mucho no verlo por planta baja. Caminaba arrastrando un poco la pierna izquierda pero despacio se llega igual, como solía decir.






Miró dónde estaba la escalera. Tiene el turno con el médico en diez minutos y eran dos pisos por subir. Toma coraje y va a su objetivo. Pensar que corría para llegar a horario, pensar que hacía con sus hijos carreras en la plaza con alguno en sus hombros. Pero se mentalizó en el hoy. Con un brazo se agarró del pasamanos y empezó a subir de a un pie a la vez los escalones. Las personas le pasaban por al lado y él trataba de hacerse pequeño para no incomodar a los apurados.






Cuando llegó al primer piso se fijó en el ascensor y allí también tenía fila asi que tuvo que seguir su escalamiento. Cuando llegó al segundo piso habían pasado cinco minutos de su turno. En la mitad del pasillo sobre un costado una mesa con forma de medialuna y una secretaria vestida en gris y blanco, como todo el entorno.






Buen dia, Roque Velez, tenía turno 15 45…



”ya entró la persona del turno siguiente, señor. Cuando se desocupe el Doctor le pregunto si puede atenderlo”.






Tenía bronca pero Roque la miró con resignación, no tenía ganas de enojarse. Le ofrecieron sentarse, una mujer lo notó frágil quizás, pero no quiso. Se apoyó contra una de las paredes enfrente a la puerta del médico.






“¿Quiere leer algo, abuelo?”, le dijo la mujer y le alcanzó una revista “Gente” bastante vieja. Quiso hacer el crucigrama pero ya estaba hecho, como siempre ocurre con las revistas de consultorios. Miró las notas y se rió un poco. Aprovechó la pared para ponerse derecho. Se masajeó la pierna que tanto le molestaba hasta que logró mas o menos enderezarla. Aun estaba agitado por el esfuerzo pero bastante conforme con llegar.






La puerta se abre y la secretaria entra. Al segundo vuelve a salir y lo invita a pasar.



El doctor lo recibe.: “¿primera vez, no?”. Y única, doctor. Me llamo Roque Vélez. Estoy curado, ¿sabe?. Me costó mucho llegar acá pero pude. Todo estaba en mi, recién me di cuenta que todo estaba en mi. Gracias.






El viejo le dio la mano y el psiquiatra lo miró. Entendió cómo funciona a veces en algunos eso que los remedios no conocen: la autoestima.

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"Todos somos alguien" -CC-

1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011


Apuró el paso entre la gente, que cuando uno tiene que llegar a algún lado parecieran ir todos en cámara lenta. Cristian se aflojó los botones del chaleco, esperando el semáforo miró la hora. Estaba retrasado unos tres minutos y la reunión seguro ya había comenzado. Imaginó que estarían preguntando por él, que pensarían que se tomó el dia o que algo le ocurrió. Extrañarían sus chistes como los que siempre contaba, ese lunes faltarían al inicio los comentarios futbolísticos.






Lo hacían sentir importante y él estaba contento con su trabajo, respetado e integrado. El sueldo no era muy alto pero tenía posibilidades de hablar con su jefe a ver qué se podía hacer. Le faltaban para llegar dos cuadras. Piensa que quizás la reunión no comience sin él. Se rie de lo importante que se sintió por tres segundos y aceleró esquivando gente por Florida.






¿Por qué cuando se está apurado la marea de gente parece ir en contra de uno?. El edificio tiene entrada sobre la esquina de Tucumán. Justo alguien sale y él entra sin tener que esperar que le abran de adentro. Saluda al de seguridad. “Mire que lo están esperando, eh”, le dice, y Cristian le agradece con una reverencia. Sube en el ascensor, se mira en los extremos, que tienen espejos rectangulares. Acomoda la ropa, se pone derecho. Décimo piso y la puerta se abre.






La secretaria cuando lo ve le hace un gesto con una mano en señal de que se apure. Había silencio en el pasillo asi que estarían todos en la sala de reuniones. Antes de tocar la puerta para entrar se alisó el chaleco.






Entró diciendo buenas noches. “¡Faltaba Cristian, fuerte ese aplauso!” dice alguien, y todos aplauden. Él agradece y comienza su trabajo: “¿Alguien quiere café de este buen mozo?”, dijo.



Y todos, una vez más, rieron con su chiste.

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Una, vos, en el teléfono

1 comentarios lunes, 11 de enero de 2010

Las personas menores de quince años es posible que no sepan como había que hablar por teléfono cuando otras personas tenían quince o veinte años, en este caso yo. Era realmente una proeza el simple hecho de comunicar algo, y también menos dependiente del sistema terminábamos siendo. Un compañero de primario si quería hablar a mi casa en Provincia de Buenos Aires debía marcar nueve números, muchos menos que ahora en general pero, claro, era a disco y se cortaba en medio del eterno ir y venir del dedo anular por el aparato.

Esta dificultad volvía importante la comunicación cuando se daba, a veces no diariamente. No había locutorios hace 15 o 16 años, estaban los teléfonos públicos que con suerte andaban. Y los cospeles. Para hablar con mi novia desde Moreno, lugar donde vivía, debía ir hasta la sede de la vieja empresa de teléfonos (ENTEL) y en la puerta había seis de ellos, públicos en fila, donde la gente hablaba. Si la llamada se lograba eso “comía” un cospel, el resto duraban unos tres minutos cada uno.

La extensa introducción quiere significar lo importante que era una simple llamada, tenía otro valor hablar media hora con alguien, y no me refiero a lo económico. Yo hablaba con mi novia mientras la fila de personas iba aumentando y así yo esperé también mi turno antes.

¿De qué hablaba?. Supongo que de los mismos temas de novios que todos, pero sumada una dificultad: su teléfono estaba en el comedor y no brindaba privacidad en cuanto a temas y diálogos, con lo cual creamos un código de palabras clave que significaban otra cosa, pero servía para entendernos. Hablábamos los días lunes como para organizar ya la semana en cuanto a vernos o a donde nos encontraríamos.

Usaba el teléfono para con tres personas durante algún tiempo: mi madre, Grillito y Morena. En el orden que se prefiera y la duración que hiciera falta, las tres se llevaban mi tiempo y los cospeles.

He vivido situaciones tragicómicas. Como en los saqueos de 1989 en donde los padres pasaban a buscar a sus hijos por la escuela, ya que las autoridades alertaron mediante aquellos teléfonos públicos que nombré antes, porque no poseían línea fija, créase o no. Se me ocurrió preguntar si tenían el número del trabajo de mi madre (que era en Capital, a 30 kilómetros) y me dijeron que no, pero que ya se les había avisado a todos y no se volvería a salir.

El portero consiguió un poste de madera y lo atravesó a la puerta principal, que era la entrada de autos de una casa vieja, ahora colegio. La situación era de nervios y todos los chicos, de a uno, se fueron yendo. Me ofrecí a ir hasta los teléfonos públicos, si eso los hacía felices, pero me dijeron que su responsabilidad era que no saliera. Encima fue un martes y tenía séptima hora, con lo cual me quedé hasta las seis de la tarde con otro compañero, se ve que nuestras madres no habían sido avisadas.

Cuando salí no había nadie en la calle, a medio oscurecer porque fue a fines de junio. Viajé en el tren con las puertas abiertas de los dos extremos hasta mi casa.

Ni bien llegué mi madre me contó que estaba hacía 20 minutos, y que se la pasó llamando por teléfono al colegio. “¿Qué numero? Si el colegio no tiene número?”, le dije. “El número que me dieron el día que te inscribiste”, me dijo…y claro…era el número de otro colegio y no del mío…se inscribió a todos los alumnos de una escuela nueva en otra como sede, y lo que tenía mi madre era un número de esa escuela y no el de la mía. Genial.

También Morena fue una voz en el teléfono. Ella era fanática del programa de Alejandro Dolina, yo se lo recomendé para que lo escuchara, a ambos nos gustaba. Quise realizar la sorpresa de llamar por teléfono y dejar un mensaje para ella, tarea complicada porque llamar a una radio todos al mismo tiempo seguramente me costaría. Cuando terminó el primer bloque del programa me fui hasta el comedor de mi casa, me senté en el piso y empecé a marcar, pero siempre daba ocupado.

Lo intenté, con el teléfono a disco, 28 veces, contadas. En la última también me daba ocupado. Estaba acercando el tubo a la base y escucho que atienden. Suerte la mía. Pidieron mi nombre y me dijeron “Mirá que Alejandro selecciona a su vez todo lo que le mandamos, así que tenés que ser original, sino es complicado que lo lea al aire”. E improvisé algo que se me ocurrió en el momento, sobre los ojos y la luz de la luna, que reflejaba ya no sé qué cosa…era algo naif y bastante malo a mi entender.

“Lo llega a escuchar Morena y se muere”, pensé. Llegó la parte de los llamados y leen varios hasta que justo Dolina lee mi mensaje…primero recita lo que yo hice a las apuradas en ese momento y luego dice mi nombre. Lo remató con un “mirá Gabriel, eh”…que me sonó a triunfo. Me fui a dormir contento. No la quise llamar a su teléfono siendo casi las dos de la mañana, prefería escuchar su alegría después..

Y al otro día, era un jueves, llamé al mediodía. La saludé y le dije “¿Y?”…¿y qué?...”Qué me decís?”...¿de qué?...”del llamado, Morena”…¿qué llamado?...”¡el que hice al programa!”…me quedé dormida…

Pero había una opción de emergencia. Yo grabé todo en un cassette TDK y lo había llevado, así que se lo di y ella me lo agradeció, sin mucho entusiasmo. Tuvo consigo la cinta un tiempo largo. Empezó una discusión muchos años después alguna vez acerca de mis actividades y del poco tiempo que a ella le dedicaba y de pronto veo en su mano aquella cinta del programa de Dolina. Pasó de estar enojada conmigo, a estar enojada con la cinta. Abrió la caja, lo sacó al cassette y también a la cinta. La tironeó con las dos manos y la rompió. Vi eso y me fui sin hablar, casi.

A la semana me pidió disculpas. Intentó la misma proeza que yo, el llamado telefónico a la radio. No se pudo comunicar nunca.
Ni conmigo en tantos años. Mucho menos a un programa.





Acotación al margen: Se dice que valoramos las cosas cuando ya no las tenemos. Pero me permito decir que ciertas veces sobrevaloramos algunas cosas dándole importancia por lo que son frente a otros, que por lo que representan en nosotros. Y acabo de dar, sin querer, una definición de “celular”. Pero, fuera del área de cobertura.


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Capítulo 1: La aparición

5 comentarios jueves, 10 de diciembre de 2009

El mundo me venía maltratando bastante. El 9 de julio de 1978 fue el acto de cierre de una etapa, venían las vacaciones de invierno y con 4 años no aspiraba a más que desear que se pasen rápidamente para estar de nuevo junto a mis compañeros, 16 o 18 en cantidad, con quienes ya tenía un mundo armado.

Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.

Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.

El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.

Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.

Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.

Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.

En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.

La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.

Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.

Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.

Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
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Lo que hay detrás de la puerta: nuestro vaso medio lleno

1 comentarios lunes, 16 de noviembre de 2009

Si bien aquello que uno puede aportar desde su visión pretende ser la mirada del alumno que sale del cascarón universitario hacia “la vida”, pocas cosas nos unen a todos como la búsqueda laboral. Con mayores o menores pretensiones, currículums extensos o vacíos, todos queremos de nuestro futuro algo así como un trabajo “decente y permanente” (ustedes pongan los dos términos en el orden e importancia que deseen).

La realidad en los números nos muestra una oferta laboral para ciertos rubros, que no necesariamente tienen que ver con los universitarios o terciarios. Basta que se decida llamar a alguien para cortar el pasto que se verá que a Dios gracias, trabajo en general no les falta. Esto también les cabe a albañiles, pintores, electricistas, cortineros, maestros mayores de obra, plomeros y entendidos en informática que quieran ser empleados realizando más que nada labores muy específicas.

Otros rubros no corren con igual suerte. Porque existe sobreabundancia y también, porque cuando el diario se abre no hay oferta de aquello que se es. La conclusión primaria nos muestra una realidad tras los números positivos de la economía. Algo así como una “matrix” en la que o se está dentro de ella, o se la contempla.

Ergo: la inserción laboral es lenta, o básicamente dependiente de ciclos. Vale decir, cuando una profesión está de moda y todos quieren ser parte de una actividad. Queremos “subirnos” a esa matrix, pero parece que no somos los únicos en querer hacerlo. Y el mercado se agota en pedidos muy puntuales.

Las nuevos términos para definir al simple empleado nos eximen de mayores comentarios:“Senior”, “semi Senior”, “Junior” “semi Junior”…

Hace unos días me puse contento ya que cerca de mi casa alguien puso un cartel en su inmobiliaria buscando empleados. Algunas personas había en la fila y les pregunté qué se precisaba…”Empleado principal o Senior para desempeñar tareas relativas a la profesión”. Si alguien no comprendió, se pide experiencia para atender el teléfono, sacar fotocopias, concertar entrevistas, realizar una agenda de contactos…
Lo triste es que si bien exigir condiciones por parte de un empleador es su derecho y en esos términos gana el que mejor preparado esté, tampoco es sano tener que ser Abogado para coordinar por teléfono reuniones de otros. Mejor dicho, no es justo.

Nuestras posibilidades son siempre el vaso medio lleno en la historia de buscar trabajar. Confiar en la experiencia debe ser tan determinante como también lo que nosotros hagamos ante una chance, una puerta que se abra. Si la supervivencia es la del más apto, allí se verán nuestros reales valores.
Por las dudas, para no quedar fuera de la matrix, es bueno empezar por confiar en lo que cada uno siente que es luego de recibirse. Ese y no otro, es el vaso medio lleno.
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