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"El alto precio" -Relato no-ficción-
1 comentarios sábado, 16 de junio de 2012Relato de no-ficción. En la fila de la verdulería éramos seis personas esperando que una mano le pida permiso a la otra del vendedor de fruta, que con su lentitud daba forma al paisaje del supermercado chino. Delante de mi y a punto de ser atendida estaba una mujer vestida enteramente de blanco. Se puso de costado y algo tenía escrito en el ambo asi que sospeché fuera una enfermera, nomás. Tenía el pelo teñido de a tramos, rubio y castaño, mediana edad, mediano tamaño. De pronto se sale de la fila desde atrás un muchacho. Campera negra inflable y un casco de moto en la mano. Se acercó hasta la chica, le tocó el hombro, los dos se miraron. Ella se rió y bajó la vista, él le empezó a hablar casi al oído. Yo pensé en las naranjas que ya me pesaban en la mano y que este hombre se iba a colar. Siguió hablando y empezó un poco a elevar el tono. Le dijo a la mujer, estaba al lado y lo escuché claro: “Sueño con vos todas las noches, ¿vos soñás conmigo?”. La chica se puso de frente al muchacho y sacando la mano hacia atrás para soltarse le dijo “No”. El hombre bajó los brazos, el casco de moto y se ve que el estado de ánimo: quedó apesadumbrado. La enfermera compró papas y zanahorias, supongo que para algún estofado. Luego me tocó a mi y cuando las naranjas me estaban pesando, me di vuelta y el hombre del casco ya se había ido. Quedó como escrachado. Si la conocía tuvo un arrebato. Si no la conocía, fue la osadía del enamorado. Y el precio caro de ser rechazado.
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"Se que existe" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012Existen dos clases de personas: aquellos que marcan absolutamente todo un almanaque con fechas y recordatorios, y aquellos que lo dejan tal cual está. Ricardo es de los que no marcan nada en los meses de su almanaque. Cuando terminó el mes de febrero sacó la hojita y descubrió que el miércoles 15 de marzo estaba marcado con fibra roja. No lo había hecho él y sin embargo aparecía un círculo, a mano. Viviendo solo las posibilidades se reducían. No sabía quién había sido y no le prestó demasiada atención. Con el correr de los días cada vez que miraba su almanaque no lo veía blanco de números azules sino con ese círculo en fibra y pasó a importarle. Iba llegando la fecha. Lunes 13, martes 14. En la noche del martes cenó y antes de acostarse miró el número, puso su mano arriba, como para ver si transmitía algo esa marca. Al otro dia, miércoles 15 de marzo. Se levantó, fue a trabajar. Recordó todo el tiempo su almanaque, quería ser precavido, quizás fuera una señal. Hizo todo más lento, saludó a conocidos y desconocidos, se concentró en su trabajo. En el almuerzo llamó por teléfono al portero para saber si su departamento estaba bien. Volvió de la oficina, dejó las cosas arriba de la mesa de la cocina, miró el almanaque con sus dos manos apoyadas en la pared con la camisa arremangada. “¿Qué me quisiste decir?” dijo Ricardo en voz alta. Se fue a dormir. No. Suena el celular. “Gracias por el mensaje, Ricardo”, le dice su ex novia Andrea, “podemos empezar de nuevo”. ¿Qué mensaje?. “El que me dejaste, me hiciste muy feliz, te acordaste de nuestra fecha”. Ricardo miró el almanaque y le agradeció al destino, el que existe. El que marca en nuestro almanaque las fechas de nuestro olvido. Para que dejen de serlo. Y empecemos. Con algún motivo.
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"Es para allá" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Veo un sendero allá a lo lejos. Caminan varias personas, una detrás de la otra. No es mi sendero, yo camino por el mio, que en diagonal cruzará aquel de allá. Avanzo más que nada para ver cómo caminan los otros, me voy acercando. Son personas de todas las edades, algunas con la vista al frente y otras al piso. Yo voy solo por mi sendero y me miran con asombro. Me voy acercando a ellos, los caminos se van juntando. El que iba adelante, una persona alta y joven, se detiene cuando voy a pasar yo. La fila entera frena y sigo caminando. Serán más de cien los que frenaron a la vez, quizás más. Paso casi con vergüenza, el hombre joven me mira y me hace un gesto de saludo que yo retribuyo. Me quiere hablar pero seguí y dejé de mirarlo. Hice unos pasos y me di vuelta para ver que nadie se había movido y todos estaban con sus ojos en mi. El sol me estaba dando calor. “¡No sigas caminando para allá!” gritó alguien de la fila que no pude distinguir. Yo miré de nuevo hacia adelante y sentí el calor. Respiré y por primera vez elegí qué hacer por mi. El hombre joven y alto me deseó suerte. Yo me saqué mis zapatos y mis medias. Mi campera y mi mochila. Mis miedos, que dejé en un diario de apuntes. Y seguí caminando decidido hacia el calor. Por mi sendero.
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."Culpable".
1 comentariosSeñor: vengo a demandarla a ella. No me trata bien, suele generarme rabia y es intransigente. Cuando le quiero hablar elige mirar para otro lado porque le conviene: me dijo que ella nunca puede parar. No le voy a negar que la quería, siempre soñé ser quien de ella hiciera dos personas en una pero sabe qué pasa…descubrí que me engaña. Me engaña no con uno, sino con varios. No, no tengo sus nombres, si los tuviera yo mismo iría a solucionarlo. Señas particulares?? Es de mediana estatura, se rie con toda la cara, tiene ojos que me reflejan. Sus manos siempre están en movimiento. Una vez vi cómo sostenía dos nubes con tres dedos, y al mismo tiempo con la otra mano me acariciaba. Sí, ya sé que suena cursi pero si usted la viera también perdería la cabeza. Tiene un vestido blanco y parecen hilos de oro, si: hilos de oro los que bordean su cuerpo. Cuando la tuve no lo supe y cuando no la tuve, la extrañé. Hoy soy un enojado perdedor. Señor, demando a la Fe. La que me engaña con varios. Y perdí engañándola.
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"La hermosa condena" -CC-
1 comentarios jueves, 6 de octubre de 2011
Todo. Completamente todo de verde. Gonzalo se despertó y estaba boca arriba. La claridad le hizo achicar los ojos y sintió que algo no habitual ocurría, lo que veía era extraño. El techo y la lámpara de tres tulipas de verde. Miró la unión entre pared y techo, también verde. Las cortinas, el placard, el piso que reflejaba la claridad de la mañana en un verde muy tenue que entraba por la ventana. Vio sus sábanas, se sentó en la cama.
Se tomó la cabeza con las dos manos, intentó cerrar los ojos y ordenar los pensamientos, como si ese gesto trajera en sí la solución. Pero no sentía nada malo, sólo que lo que veía tenía color verde. Fue Gonzalo a la cocina, desayunó sin asustarse de ver un café verde ni una manteca color mate cocido. Comprendió que él veía todo así y no era que el mundo lo confundía.
Salió, tomó el colectivo, viajó sentado, miró por la ventanilla las casas, los árboles, el tránsito, las demás personas. El chofer, la señora sentada al lado. Todo en verde. Llega a la oficina, entra sin saludar a nadie porque nadie solía saludarlo, además. Se sienta y cree haber encontrado la razón del verde. Saca cinco carpetas, las revisa. Son las mismas que ayer había mirado, sólo que las hojas eran blancas y hoy son verdes.
Busca la tercera carpeta, la de Marcela, la abre. Llama a su secretaria y le da la carpeta. Le dice ella que espere un rato. Gonzalo se pone a jugar con el regalo que un cliente le hizo: sobre un pequeño rectángulo de madera un poco de arena y tres pequeñas piedras. En un costado un rastrillo. Según le dijo el cliente cuando estaba muy nervioso arrastrar por la arena el pequeño rastrillo era muy relajante. La arena es verde, o él la veía verde, el rastrillo también. Durante unos 15 minutos intentó sin éxito concentrarse.
La secretaria le dijo que esperara otros 15 minutos, no le devolvía aun la carpeta de Marcela. Se sintió solo, empezó a angustiarse, estaba esperando algo que no sabía qué era pero que intentaría solucionar el verde problema. Miró por la ventana hacia abajo, veía a personas caminando y se sintió más pequeño que ellos, irónicamente inferior desde un cuarto piso. La secretaria le dijo “en cinco minutos”. Se sentó, movió su cuello para que sonara y lo relajara pero seguía ansioso. Cerró los ojos y respiró.
Tocan la puerta, la secretaria dice que si ya puede pasar la persona. Sí. Entra. Gonzalo la mira y Marcela agradece que la hayan seleccionado. La miró a los ojos y a partir de ahí el color verde se volvió a acomodar a la fuente de luz que lo generaba: los ojos de Marcela.
Gonzalo se entregó tranquilo a esa condena que el deseo paga y cobra con tiempo.
Y cambia en uno hasta el color de la vida.
"Lo mio, que fue un regalo" (Cuento Corto -CC-)
1 comentarios martes, 26 de julio de 2011Era de las personas que olvidaba el paraguas en cualquier lugar, desde chico tuvo tantos que ya no lo recuerda. Alejandro los perdía en los colectivos, en los negocios, en los cines. Si algo conservaba de su infancia era eso y hoy de grande los sigue perdiendo con igual precisión.
Quiso aniquilar su mala suerte comprando un buen paraguas, que le diera la sensación de definitivo e imperdible. Con la lluvia de hoy resultaba ideal. Era de color azul y muy grande, con mango de madera, parecía distinguido.
Salió del negocio muy contento. El mango aun tenía el celofán de las cosas nuevas asi que mientras esperaba el colectivo se puso con la mano a sacarlo como si fuera una cáscara.
De pronto siente de atrás a una mujer. Parecía embarazada y recién salida del hospital. El agua de lluvia iba mojando el pelo largo y colorado que tenía, sintió pena por ella. Dándose vuelta arrimó el paraguas y juntos compartieron el espacio.
El colectivo llegó. Él cerró el paraguas y ambos subieron. La mujer se sentó y dialogaron un poco. Diez minutos después ella se bajó.
Se saludaron con la mirada y ella le respondió alzando el paraguas con su mano. ¿El paraguas?.
Sí. Alejandro perdió tantos que nunca tuvo la chance de poder regalar uno.
Y el primero, fue el de él.
"Un orgullo, un hermano" -CC-
1 comentarios
Daniel iba por la página 16. Subió al colectivo sin perder el párrafo que estaba leyendo. Se afirmó bien en sus piernas y un brazo sosteniéndose en el pasamanos. Le estaba interesando el inicio: contaba el viaje de dos hermanos a ver a un tercero luego de años de no hablarse. Lo asoció a él. Hacía mucho tiempo perdió noticias de su hermano luego de la pelea.
"Nos va a separar una mujer?"...sí, respondió él. Y un amor puede unir a dos pero definitivamente separar a tres, alguna vez le dijeron. Nunca más supo de él, pasaron cinco años.
Volvió al libro, se pudo sentar. El relato decía que fueron a buscarlo a su barrio y les dijeron que ya no vivía ahí. Los hermanos se resignaron y tomaban un café mientras se echaban culpas. Daniel casi razona en voz alta: "¿cómo no se les ocurre ir al registro de las personas, o buscar por internet?. ¡qué pocas ganas de averiguar!".
De pronto alguien saca boleto. Tiene una campera marrón, un celular en la mano, un bolso cruzado en bandolera. Sí, era su hermano.
Carraspea, de nervios junta las manos y el libro se le cae. Lo ve venir y Daniel elige mirar para abajo y buscar el libro en el piso. Cuando se incorporó su hermano ya estaba en la parte de atrás. No lo vio. No se vieron. Maldito el orgullo que por amor se confunde y hace de amigos, enemigos. O de hermanos, desconocidos.
Se bajó del colectivo, fue a tomar un café. Y como en el libro, a echarse culpas a sí mismo.
Feliz, feliz en tu día (del Periodista)...
1 comentarios jueves, 3 de junio de 2010
En Mayo de 1810 las Provincias Unidas del Sud, nombre original del acta, rompían relación con el virreinato español dando así comienzo a la Revolución que fue el primer intento por separar los ideales ajenos e impuestos, por algo un poco más criollo aunque no exento de seguir mirando otros países “protectores”.
Desde que el mundo es mundo cada gobierno intentó tener una voz oficial en donde expresar sus logros y objetivos. La Primera junta presidida por Cornelio Saavedra tampoco escapó a eso, sabiendo la influencia que una palabra independiente (de voces opositoras) tenía sobre la población. O en realidad sobre los que sabían leer, porque en aquel momento era todo un lujo intelectual un folletín y su lectura. Se le encargó a Mariano Moreno, uno de los puntales de la Revolución, que realizara una publicación que marcara la nueva etapa independentista. La llamó “La Gazeta de Buenos Aires”.
El llamado día del Periodista se instituyó recién en 1938. Se hizo un Congreso Nacional de Periodistas y allí se fijó como fecha el 7 de junio, día de salida del primer número de “La Gazeta”. Fue también un homenaje al primer medio gráfico dentro de ideales libertarios.
Personalmente creo que el pluralismo se da con el ejercicio y no simplemente por crear un medio gráfico en sí, y siempre dependiendo de dos cosas: el contenido profesional y humano de la publicación, y en segundo lugar….el dinero. Si el medio tiene la suerte de poseerlo, es posible que las ideas expresadas lleguen más rápidamente. Aunque lo que se diga es fundamental: un millón de ejemplares de un montón de nada no suele ser atractivo aunque lo regalaran.
La irrupción de nuevas tecnologías allanó en mucho el camino, pero imaginar hace 200 años a cuatro o cinco personas queriendo hacer realidad un medio, suponía una epopeya también revolucionaria.
Ser Periodista es también “Ser” frente a la vida, una actitud. Con las crisis permanentes varios arrojaron y arrojarán su ética al tacho en nombre de un puesto y de sobrevivir. El dilema de la vocación y sus ideales se enfrenta a la necesidad humana de comer en primer lugar y luego progresar, una escala de prioridades que se hace evidente desde el momento en que decidimos qué carrera seguir, ya que no se hace para pasar el tiempo sino para vivir de ahí en más, o eso se supone.
Excede la profesión, cualquiera fuera, pensar en trabajar con libertad. Porque empieza por la conciencia de cada uno. Los primeros límites están ahí y eso condiciona todo lo demás, en donde lo externo empuja a la formación. Uno termina siendo lo que el lugar de trabajo va llevando a que seamos. Detenerse a ver eso y enfrentarlo supongo que es una cuestión de experiencia y más que nada de decisión.
Cada vez hay más medios independientes (del dinero sobretodo), pequeños, embarcados en el sueño de hacer posible lo que creen. Es invalorable como hecho y en general no valorado por ojos ajenos. La profesión es una invitación a ejercerla parado en cualquier esquina. Porque consiste en la claridad de un pensamiento intentando expresarlo de la mejor forma. Nada más ni nada menos. Lo que diferencia es la formación a partir de los estudios y saber qué se debe hacer y qué cosas son evitables. La objetividad es materia inevitable.
Una persona en la calle opinando sobre fútbol por ejemplo, puede no ser objetiva ni tendría que plantearse desde lo técnico serlo. Un profesional se supone que si. Y digo se supone porque las corrientes de pensamientos ante lo teórico son como tsunamis en este punto. Uno estudia sin dejar de ser uno mismo frente a algo, y eso se lleva no como carga sino como cosa aprendida fuera de la Facultad.
Como sea, el pararse frente a un hecho y describirlo, parte antes que todo desde la libertad de conciencia. Donde la objetividad y subjetividad se pelean por prevalecer.
Para todos los Periodistas, un muy buen día. Hoy alguno nos recordará que es el día, pero mañana hay que seguir. Y más allá del festejo no dejamos de ser aquel camino que transitamos. Eso es ser persona. Y Periodista.
Renata, una valija en el corazón: El agua que corre en la fuente
1 comentarios miércoles, 14 de abril de 2010
Prendió el cigarrillo sin ningún apuro luego de haberlo sostenido y jugado con él durante varios minutos. Guardó el encendedor en la cartera y vio dentro de ella la foto de su familia que siempre llevaba en versión de bolsillo, a resguardo en un cubre carnet transparente. Sacó la foto, la puso sobre la mesa y para que quede parada la apoyó contra un portalápices azul. Renata comenzaba a tratar de hacer su nuevo mundo un poco más amigable ya que era el primer día de trabajo, pero la jefa no le dejó completar la faena y la llamó.
Le explicaron lo que debía hacer. Recibir a los que recién llegaban y asesorarlos en las actividades que quisieran tener o en las dudas que les surgieran, todo en inglés. Si bien en ese hostel había en poco tiempo escuchado que se hablaban varios idiomas, el inglés dominaba la situación. Se volvía accesible el lugar para personas con el dinero justo y también para quienes querían la experiencia de hacer un viaje de esa forma, ella notaba muchas ganas de aventura en algunos rostros y el paisaje invitaba.
Hasta aquí todo muy altruista pero lo que debía aprender rápidamente se lo estaban a punto de explicar. Su jefa se levantó y fue a cerrar la puerta, como quien busca alejar los ruidos ajenos (para eso son las puertas cerradas). Le dijo que el hostel tenía contrato con varios tours fijos y clásicos de Bariloche, que viven de los clientes extranjeros por temporada. Que se podían tomar de manera particular por el turista o bien ser recomendado por alguien del hostel. Explicó la mujer sin vueltas que eran una sociedad de hecho dos o tres empresas y ellos, por lo cual las ganancias se repartían si el combo hospedaje-viajes se hacía bajo las mismas personas.
De su cajón de la izquierda sacó folletos y se los dio a Renata, que los tomó sin preguntar qué eran y aun así sabiendo que debía aprenderlos de memoria. Se estaba aguantando no meter bocadillo, tal su costumbre. Pero la voz de la mujer un poco la frenaba, era respeto o miedo, o quizás ambas cosas. Se sentía en inferioridad aunque no incómoda del todo, el trabajo no le parecía tan difícil.
Pero intentaba no transmitir eso a su cara para no parecer suficiente, que es un defecto que sus amigos le marcan como cosa a cambiar. Escuchó a su jefa en todo y con los folletos volvió a su mesa pequeña en un costado del hall de entrada. Se sentó y revisó los papeles, que eran más que nada claves y órdenes. Nombres de personas a quienes debía el turista ubicar en puntos ya acordados, direcciones en donde las combis estaban esperando a los turistas y los números de celular de los coordinadores y sus nombres.
Tardó unos 15 minutos aprenderse algunos códigos que estaban escritos ahí, por ejemplo el de ofrecer primero tours más cercanos y luego los más lejanos en distancia, para no cansar de entrada al turista, o el viejo truco de las “falsas opciones”, muy común comercialmente y del que se había dado cuenta. Plantear ante una consulta dos opciones de solución, siendo que ambas soluciones quedaran dentro de la sociedad entre hostel y tours. Trucos viejos pero efectivos, aunque tenía experiencia en ellos por haber caído en la trampa, y esta vez estaba del otro lado del mostrador.
Circuito chico, punto panorámico, Las Grutas, las fábricas de chocolate Del Turista y Fenoglio. Eran los clásicos de toda visita aunque su mirada ya pasaba por lo comercial, entonces consultó si se podían hacer excursiones seguidas en un mismo día y le dijeron que si, con lo cual armó en su cuaderno alternativas que se estudió como para tener de opción si le preguntaban. A ella le gustaba la conversación y estaba a gusto si se daba como para conocer más al otro.
Los primeros días la cuestión laboral fue bastante esquemática, llegaban pasajeros y ella entraba en acción ofreciendo servicios y los turistas aceptaban. Luego eso fue mutando. Porque aquellos del primer dia con el tiempo estaban con menos inhibiciones y le consultaban por agencia de viajes, kioscos cercanos, lugares para internet, negocios que vendieran artesanías…
No tenía esa parte de su labor muy clara y fue a la pequeña sala donde su jefa estaba y le preguntó qué hacer ante esas preguntas, si es que había alguna organización como para también guiarlos y obtener ganancia. Le dio su jefa que no, que eso quedaba a criterio de Renata, que la ciudad era pequeña y todos al final irían más o menos a los mismos lugares. Volvió a su silla y se sentó un rato pensando en esa respuesta.
La tarde solía ser más tranquila que la mañana y a las 17 en punto ya estaba de nuevo en la calle. El frio de Abril se estaba haciendo sentir y se maldijo por no llevar la bufanda, que descansaba muy tranquila en el gancho de ropa del placard. Levantó la solapa de su campera y bajó la cabeza un poco, como para taparse el pecho del frio directo.
Caminó tres cuadras derecho, no quería ir aun a su hotel, necesitaba despejarse y estirar las piernas. Miró vidrieras apoyando primero un pie en el piso y luego otro, como para sacarse el frio, caminaba para adelante sin mucha convicción, sólo para que su mente respire un tanto de los temas del dia (y el frio los congele).
Pero de pronto se detuvo para verse reflejada en el vidrio de un local. Se acomodó el desorden que su pelo largo tenía por el viento cruzado y le prestó atención a lo que estaba exhibido. Eran esas figuras que tienen agua que sube y baja por piedras, como simulando ser una fuente en miniatura. Siempre había querido tener una y el precio le parecía razonable asi que entró resuelta a comprarla.
Entre dos opciones se quedó con la que más se parecía a una fuente que alguna vez había visto en Córdoba, una cascada natural perdida en medio de las piedras y el paisaje. Cuando fue a pagar se le prendió la lamparita. Y decidió explicar qué se le había ocurrido. Le relató a la dueña del local que ella era una recién llegada y que había conseguido trabajo, pero notaba que los hoteles no promocionaban “como es debido”, enfatizó, las cuestiones locales a los turistas y que su propio lugar de trabajo, el hostel, no tenía tampoco eso en cuenta. Le propuso algo bastante simple. Que esa fuente en miniatura Renata la pondría en su mesa junto a algún cartel alusivo (“recuerdo de Bariloche” se caía de maduro) como para que los turistas que sean clientes la vieran y ella indicarles donde poder comprarla. La idea a ella le parecía genial, su autoestima siempre estaba por las nubes.
Por la cara que la dueña del comercio puso, pareció que de brillante no tenía demasiado. En realidad no tenía mucho de original. Le dijo a Renata la dueña que encargados de tours iban con frecuencia a su local para “ofrecerle” clientes en conjunto para luego dividir ganancias, pero que no le convenía, porque siempre terminaba peleando por los porcentajes incluso si había un acuerdo escrito, y que siendo una ciudad de no tantos habitantes como Buenos Aires, el que rompía un negocio con otro uno lo veía pasar todos los días, y ella no quería más sociedades que en el fondo le significaran un problema.
Con buenos argumentos en contra, Renata quedó dándole la razón en silencio. Pagó y quiso aclarar como final que ella no hablaba en nombre del hostel, sino por iniciativa propia, y que lamentaba lo que a la mujer le había pasado. Agradeció, iba a traspasar la puerta y la señora la llama nuevamente. Quizás porque la habrá visto honesta, quizás porque la sintió emprendedora, y tantos otros “quizás” que nunca tendrán una razón más que la de ese sólo momento. La hizo entrar de nuevo y la invitó con un mate.
Al otro día Renata tenía en su mesa una fuente (no la suya, sino otra que la señora le dio para exhibir, mucho más grande y con figuras talladas) que estaba estratégicamente puesta en medio de su mesa.
Quienes la consultaban no podían hacer menos que mirarla y ella en inglés indicaba la dirección en donde ese “recuerdo” se podía conseguir. El arreglo fue 60 por ciento para el local, 40 por ciento para Renata, era bastante justo. A los 15 días había podido vender gracias a la idea, ocho de esas fuentes, lo cual era un éxito. Tanto, que se tuvo que mandar a pedir otras.
A la noche, en su habitación, Renata se quedaba mirando su propia fuente, maravillada cómo el líquido corría siempre renovándose en un ida y vuelta del agua muy ingenioso, dando la sensación de vertiente.
Escribía en su cuaderno todo lo que en 15 días le había pasado. Como estaba extrañando su casa, deseó por un rato ser agua de fuente. Libre.
Cuando alguien es lo que necesito
1 comentarios lunes, 25 de enero de 2010
Un dolor en el alma tiene fecha de vencimiento en el exacto momento en que querramos desearlo, como en general pasa con las cosas que nos molestan. La piedra en un zapato tiene dos maneras de ser tomada. O se la saca del zapato, primera opción, o se empieza a caminar rengo hasta que no se siente ni el pie, ni la piedra y ni el zapato. El adiós a una pareja es una piedra en el zapato. Veamos cómo fue en mi caso.
Decidir volver a enamorarme supongo que fue parte de un proceso en el que el duelo por Grillito duró el tiempo necesario. En medio de esos casi cuatro años entre una relación y otra hubo un tema personal (la pérdida de mi mejor amigo) que me reordenó prioridades. Fue como lograr encastrar piezas de un juego de repente, y en un solo movimiento. Eso ayudó indirectamente a que dejara otras cosas y me enfocara un tanto más en el presente y en mi. A la vez tan mal no estaba solo y el ser solitario tiene bastante que ver conmigo.
Terminé quinto año con todos mis compañeros. Pero de rendir, recién un año después. La profesora de Matemática decía que sin nivel no podía entrar a la Facultad de Veterinaria. Quizás ella asi definió que no siguiera esa carrera.
Cuando terminé por fin el larguísimo secundario, también sabía que algo más concluía: mi etapa como concurrente a clases particulares. De allí en más iría o como "ayudante docente" o simplemente de visita.
Y empecé a hacer un poco las dos cosas. Me costaba esa etapa. Cambié Veterinaria por Derecho, quería alejarme de los números. Completé el primer año y luego de reflexionarlo bastante porque había cosas que me gustaban, decidí dejar la carrera. Me anoté y por una semana cursé Periodismo deportivo. Tuve un problema de salud y varios meses sin poder hacer mucho. Pasado eso me anoté en las Academias Pitman (los que tienen más de 30 años la recordarán) y por unos meses hice el curso de dactilografía, que creí que luego podría aplicar a la computadora, objeto hasta ahí mirado con recelo. Jamás pude salir de usar dos o tres dedos de ambas manos, me terminaban doliendo todos los dedos.
Insastisfecho con tanto fracaso, otra explicación no hay, me anoté en el Instituto Superior Mariano Moreno, en donde me enseñaron unos 3 meses esa cosa tan extraña llamada Office. Pero me cansé del profesor que en vez de llamarme por mi apellido o nombre, me decía "máquina seis", y así con cada uno de los alumnos. Explicaba sin enseñar, algo bastante común. Y estar pagando para "recibir" eso, era mejor irse y dejarle la chance a otro, que sienta lo mismo que yo, al menos.
Todo este derrotero es para explicar que lo único que realmente no se había modificado con los años era el ir a dar clases, estar en contacto con chicos, tomar mate y disfrutar de lo que hacía y pasaba. Cuatro años después de Grillito en ese contexto estaba.
La quinta en donde se daban clases era una fuente inagotable de rostros nuevos. Personas desesperadas por "zafar", que es recién cuando la ayuda particular la creen necesaria. También ese lugar definía el ritmo del barrio en donde siempre era común cada una hora el recambio de alumnos en grupo, que esperaban en la esquina el colectivo que los llevara al centro. En la casa en diagonal a la parada vivía una chica a la que veía cada vez que yo esperaba en esa esquina. Le pregunté un día a mi "jefa" si sabía quién era esa chica y me dijo "viene hoy a las ocho de la noche, uh, ya le echaste el ojo"...
Para mis adentros no podía estar menos que de acuerdo con la afirmación, pero decidí no decir nada. Si bien yo me iba algo más temprano me quedé para ver, sentado en aquel sillón desde donde Grillito me miraba tan risueñamente, ahora yo a alguien.
Llegó vestida de negro, jeans, remera, mochila. Pelo más bien corto y la espalda derecha como soldado de Marina. Saludó a todos pero no creo que me hubiera visto. Se sentó y comenzó a hablar. Se llamaba Vanesa. Y ahí fue cuando salió el sol a las ocho de la noche.
Hablaba muy bien, hasta parecía saber qué dudas irían apareciendo en los textos que debía leer. ¿Para qué necesitaría alguien así a una maestra particular?, Con la excusa de hacer mate me presenté y su mirada se clavó en mi. Por tres semanas hablamos de todo un poco. En la comprobación total acerca de lo chiquito que es el mundo, me vine a enterar que fue compañera de Morena en la primaria. Que estaba leyendo "El principito", ya de grande porque jamás lo había leído, y a mi me pasó algo semejante. No sé por qué me la imaginé a ella en una especie de planeta, sola (la ilustración de este texto explica más y mejor). Así seguimos charlando para conocernos.
Cuando se lo propuse pensé que me diría que no. Me miró y dijo "lo vamos a intentar". Esa frase fue un condicionante que marcó la relación, después lo supe. Lo bueno era poder acompañarla todos los días hasta la casa, me quedaba cerca...así todo pasaba a tener un estilo que hasta ahí desconocía: el de llevar adelante una relación. Con Grillito compartíamos decisiones, se charlaba todo. En este caso, a falta de opinión de Vanesa, yo decidía por los dos.
Estaba tan dolido de la etapa anterior que si ocurrió así, por algo sería. Aunque luego no nos necesitáramos más. Pero eso será en el próximo capítulo.
¡La vida, y los escritos, suelen dividirse en capítulos!
Acotación al margen: Dicen que un clavo saca a otro y yo me niego a denominar así a las personas. Diría que a veces se necesita más de alguien, y que pasa por las formas. Uno cambia la manera de querer porque cambia también su forma de ver las cosas. Y en esos cambios van, algunas veces, las personas amadas.
Practicando en la Iglesia
5 comentarios miércoles, 6 de enero de 2010
Un hecho se vuelve extraordinario y tapa a otros hechos, los minimiza, los vuelve aburridos incluso. Cuando uno se enamora todo lo demás es relativo, no me importaba nada…yo creo que si hacía fila y tenía el número 100 e iban por el 2, no me molestaba…en la cabeza tenía un tema para entretenerme.
Lo bueno es no tener que andar aclarando posturas personales, eso no pasa cuando se encuentra a quien lo interpreta a uno, y a mi para con ella me pasaba lo mismo. Así que la relación no era de estar todo el tiempo juntos ni de distancias prolongadas. Un medio camino entre ambas posturas era suficiente, como un acuerdo tácito.
A las tres semanas me presentó a sus padres. Los recuerdo muy amables, a él lo conocía del auto y su música a todo lo que daba. A la madre no y me cayó muy bien, me dejó un espacio de confianza que yo tomé con cariño y cuidado, dejó también que la quiera. Con su hermano ya tenía relación de verlo en donde se hacían las clases particulares. Era realmente el fruto de un montón de lindas cosas, Grillito.
Como mi vida fue y es viajar todo el tiempo, no fue esta la excepción. Porque ella no conocía prácticamente Capital así que aprovechamos ese verano y las vacaciones de invierno posteriores para poder visitar lugares, que ella no conocía. Éramos adolescentes pero juntos bastante chicos aun, o eso nos hacía sentir mejor. Nos reíamos bastante, combinábamos mi sarcasmo y su ironía ante la vida más que bien.
De visitas pasamos a encuentros. Y la diferencia era que cada momento servía para disfrutarlo y prepararse bien cuando íbamos a Capital. Yendo al cine, dentro de cosas raras llamadas Shoppings. O a museos…me agarró una especie de fiebre de ir al Centro Cultural Recoleta y ver qué se exponía y durante un mes y medio una vez a la semana pasábamos.
Me sentía bien yo pero sabía que para ella era relacionarse con cosas que nunca hasta ahí le habían ocurrido, veía esa carita de asombro ante lo nuevo, Capital en si lo era para ella. Creo que con los meses pasamos de aquella alegría adolescente a tomarnos en serio lo que ocurría y actuábamos como para sentirnos satisfechos de lo que pasaba con nosotros.
Sentía que me comportaba con el tiempo como si tuviera más edad. La llevé a cenar varias veces a buenos restaurantes, pero salíamos rápido para que no se nos hiciera tarde, no había gran sobremesa, quizás eso valía más que la cena en si. Me sentía realizado en verla feliz, y útil dentro de todas esas actividades que los dos hacíamos.
Un día hicimos recorrido de Iglesias como si fuera un circuito, era invierno y hacía mucho frío con viento. Tenía Grillito una bufanda blanca de lana, angosta pero mullida, que le quedaba muy linda. Yo con mi campera enorme parecía el muñeco de Michelín, pero bueno…la cuestión era la recorrida católica y turística, no conocía ella Iglesias de la zona. Dejé para el final la más importante, la Catedral. La hice entrar por el costado, para que pudiera ver el Mausoleo de San Martín y el eterno e inoxidable grupo de granaderos que están ahí sin moverse durante horas. Luego volvimos a la entrada principal. Las puertas de la parte del medio estaban de par en par abiertas y entramos por ahí. Nos quedamos mirando todo detenidamente, ella revoleaba los ojos para donde podía, era todo asombro. Los bancos en fila, con orden, el pasillo central que de atrás parece algo angosto pero es ilusión óptica.
Supongo que por eso, por ilusión, la agarré del brazo, no lo pensé antes ni era una estrategia, fue impulso. La miré y le dije a los ojos “¿practicamos?” y no esperé la respuesta. Puse mi mano en su brazo y lo acaricié, quedaba caminar nomás. Y arrancamos con rumbo al altar. Había tres o cuatro personas rezando, eso nos daría menos vergüenza, ella temblaba. Caminamos y comprobé lo eterno que es el llegar hasta adelante, ir con otro implica coordinar ganas y movimientos, supongo que el matrimonio son también esas dos palabras. En 30 metros o más debo haber respirado dos veces, quizás tres. Y ella no sé si respiró.
Creo que llegué cansado adelante de todo. Ella no me soltaba el brazo y la miré, estaba blanca como su bufanda. Se soltó y me miró. Yo la vi con su cara de miedo y terror, no había mirada que contuviera a esa chica. Se tomó la cara con las dos manos y se puso a llorar. Yo me sentía mal, creí no hacerle bien. Mi complejo de culpa iba ganando terreno. Seguíamos frente al altar en la Catedral con poca gente. Ella llorando desconsoladamente y yo con ganas de meterme bajo los mármoles del piso.
Fueron casi dos minutos de sentirme mal hasta que me miró y me dijo “gracias”. Nos sentamos en un extremo de los bancos, su llanto retumbó en la Iglesia con ese eco tan particular. Ya empezaba a calmarse y apareció, de la nada, un cura. “¿Están bien?. No quiere ella un poco de agua?”…no, Padre, muchas gracias, dije…ahí comprendí que reírse o llorar, una cosa es cuando estás en tu casa y otra diferente si estás en otro lugar.
Me preocupé en que no se haya sentido mal de verdad y se lo pregunté con el tiempo. Me dijo que fue de lo más extraño que le pasó alguna vez, que fue mágico pero que la emoción tapa todo. Que se sintió mal de verme a mí sentirme mal.
Por las dudas, evité volver a llevarla a Iglesias, suspendí las prácticas del brazo. El altar igual, nunca llegó. Ya se enterarán.
Acotación al margen: Para evitar inconvenientes siempre es preferible preguntar antes de actuar, no soy ya a partir de lo ocurrido gran amigo de las sorpresas. Conviene ir por lo seguro. Y ver si el otro siente lo mismo. Eviten en lo posible que las mujeres lloren ante una sorpresa, es demoledor y angustiante.
Lo bueno es no tener que andar aclarando posturas personales, eso no pasa cuando se encuentra a quien lo interpreta a uno, y a mi para con ella me pasaba lo mismo. Así que la relación no era de estar todo el tiempo juntos ni de distancias prolongadas. Un medio camino entre ambas posturas era suficiente, como un acuerdo tácito.
A las tres semanas me presentó a sus padres. Los recuerdo muy amables, a él lo conocía del auto y su música a todo lo que daba. A la madre no y me cayó muy bien, me dejó un espacio de confianza que yo tomé con cariño y cuidado, dejó también que la quiera. Con su hermano ya tenía relación de verlo en donde se hacían las clases particulares. Era realmente el fruto de un montón de lindas cosas, Grillito.
Como mi vida fue y es viajar todo el tiempo, no fue esta la excepción. Porque ella no conocía prácticamente Capital así que aprovechamos ese verano y las vacaciones de invierno posteriores para poder visitar lugares, que ella no conocía. Éramos adolescentes pero juntos bastante chicos aun, o eso nos hacía sentir mejor. Nos reíamos bastante, combinábamos mi sarcasmo y su ironía ante la vida más que bien.
De visitas pasamos a encuentros. Y la diferencia era que cada momento servía para disfrutarlo y prepararse bien cuando íbamos a Capital. Yendo al cine, dentro de cosas raras llamadas Shoppings. O a museos…me agarró una especie de fiebre de ir al Centro Cultural Recoleta y ver qué se exponía y durante un mes y medio una vez a la semana pasábamos.
Me sentía bien yo pero sabía que para ella era relacionarse con cosas que nunca hasta ahí le habían ocurrido, veía esa carita de asombro ante lo nuevo, Capital en si lo era para ella. Creo que con los meses pasamos de aquella alegría adolescente a tomarnos en serio lo que ocurría y actuábamos como para sentirnos satisfechos de lo que pasaba con nosotros.
Sentía que me comportaba con el tiempo como si tuviera más edad. La llevé a cenar varias veces a buenos restaurantes, pero salíamos rápido para que no se nos hiciera tarde, no había gran sobremesa, quizás eso valía más que la cena en si. Me sentía realizado en verla feliz, y útil dentro de todas esas actividades que los dos hacíamos.
Un día hicimos recorrido de Iglesias como si fuera un circuito, era invierno y hacía mucho frío con viento. Tenía Grillito una bufanda blanca de lana, angosta pero mullida, que le quedaba muy linda. Yo con mi campera enorme parecía el muñeco de Michelín, pero bueno…la cuestión era la recorrida católica y turística, no conocía ella Iglesias de la zona. Dejé para el final la más importante, la Catedral. La hice entrar por el costado, para que pudiera ver el Mausoleo de San Martín y el eterno e inoxidable grupo de granaderos que están ahí sin moverse durante horas. Luego volvimos a la entrada principal. Las puertas de la parte del medio estaban de par en par abiertas y entramos por ahí. Nos quedamos mirando todo detenidamente, ella revoleaba los ojos para donde podía, era todo asombro. Los bancos en fila, con orden, el pasillo central que de atrás parece algo angosto pero es ilusión óptica.
Supongo que por eso, por ilusión, la agarré del brazo, no lo pensé antes ni era una estrategia, fue impulso. La miré y le dije a los ojos “¿practicamos?” y no esperé la respuesta. Puse mi mano en su brazo y lo acaricié, quedaba caminar nomás. Y arrancamos con rumbo al altar. Había tres o cuatro personas rezando, eso nos daría menos vergüenza, ella temblaba. Caminamos y comprobé lo eterno que es el llegar hasta adelante, ir con otro implica coordinar ganas y movimientos, supongo que el matrimonio son también esas dos palabras. En 30 metros o más debo haber respirado dos veces, quizás tres. Y ella no sé si respiró.
Creo que llegué cansado adelante de todo. Ella no me soltaba el brazo y la miré, estaba blanca como su bufanda. Se soltó y me miró. Yo la vi con su cara de miedo y terror, no había mirada que contuviera a esa chica. Se tomó la cara con las dos manos y se puso a llorar. Yo me sentía mal, creí no hacerle bien. Mi complejo de culpa iba ganando terreno. Seguíamos frente al altar en la Catedral con poca gente. Ella llorando desconsoladamente y yo con ganas de meterme bajo los mármoles del piso.
Fueron casi dos minutos de sentirme mal hasta que me miró y me dijo “gracias”. Nos sentamos en un extremo de los bancos, su llanto retumbó en la Iglesia con ese eco tan particular. Ya empezaba a calmarse y apareció, de la nada, un cura. “¿Están bien?. No quiere ella un poco de agua?”…no, Padre, muchas gracias, dije…ahí comprendí que reírse o llorar, una cosa es cuando estás en tu casa y otra diferente si estás en otro lugar.
Me preocupé en que no se haya sentido mal de verdad y se lo pregunté con el tiempo. Me dijo que fue de lo más extraño que le pasó alguna vez, que fue mágico pero que la emoción tapa todo. Que se sintió mal de verme a mí sentirme mal.
Por las dudas, evité volver a llevarla a Iglesias, suspendí las prácticas del brazo. El altar igual, nunca llegó. Ya se enterarán.
Acotación al margen: Para evitar inconvenientes siempre es preferible preguntar antes de actuar, no soy ya a partir de lo ocurrido gran amigo de las sorpresas. Conviene ir por lo seguro. Y ver si el otro siente lo mismo. Eviten en lo posible que las mujeres lloren ante una sorpresa, es demoledor y angustiante.
Capítulo 3: Mujeres de guardapolvo blanco
1 comentarios lunes, 14 de diciembre de 2009
En la mente de algunas personas se asocia una sola anécdota o comentario para poder lograr la descripción de alguien, lo que vuelve querible o no un recuerdo. Una característica, una virtud, o un defecto. Buscamos etiquetar como presentación mental del recuerdo, y detrás la persona y lo que era en realidad.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
Las maestras siempre estarán condenadas a ser estereotipadas en el recuerdo infantil a partir de hechos puntuales. Poco se sabía de la vida de ellas, algunas podían tener hijas, otras hermanas dentro de un colegio, pero eran aquello que a diario veíamos y salvo que fueran vecinas, una vez sacado el guardapolvo blanco desaparecían a nuestros ojos de su rol.
Miradas con admiración unos, por presencia, resistidas como símbolo de autoridad de la que no se quiere depender, por otros, ser docente hoy en día es una profesión de riesgo. Podrán decir que es una vocación y no una profesión y es cierto, pero la mecánica de lo diario hace que también se vea así.
De grande los recuerdos se hacen visibles, son más puntuales. Rescato tres de ellos.
En cuarto grado era un muy mal alumno, lo que ya constituía una verdadera línea de conducta desde que había comenzado. Sobretodo en lo referido a la matemática. La monja de mi escuela religiosa encargada de aquel año le apasionaba el alumno en el pizarrón y la cuenta de dividir de grandes (en tamaño) números, para que cada uno hiciera. Llegado mi turno tardé algo así como 15 minutos en determinar cuanto era 24 dividido 6. Pero la Hermana-docente me daba mi tiempo, aunque fuera eterno y desesperante. Una vez, ante otra cuenta, vio que no avanzaba la situación y decidió explicarme la división en voz alta, y con tiza escribió el inicio del número 2, la parte de arriba de ese número, para que me diera cuenta y le evitara perder más tiempo. Si no, aun estaría ahí.
También hay de los otros recuerdos, no exactamente gratos por la falta total de tacto. Segundo grado. Llegado junio, día del padre, tanto en mi casa como en el colegio era época complicada, yo no lo tenía. Se mandó a comprar papel glasé, plasticola, brillantina y cartulina. Eso hice. La maestra explicó qué hacer (tarjetas para regalar). Cuando pasó por mi banco le dije “señorita, yo no tengo papá. ¿Qué hago?”. Pregunta inocente y decisiva.
Me respondió “Podés salir al patio”.
Y eso hice…con algo de frío en junio me senté de cara al patio vacío absolutamente. A los 15 minutos pasa la Hermana Directora y me pregunta “Patané, ¿qué hace acá?”…la señorita me dijo que me quedara afuera. “¿Por qué?”. Porque están haciendo tarjetas para el día del padre.
Bastó que dijera eso para que ella como tromba entrara al aula. Al ratito salió y me llamó para que volviera. Me senté y la maestra me dijo “Gabriel, podés hacerle la tarjeta a quien vos quieras”. ¿Puede ser de navidad?, pregunté. “Si”. Entonces en cartulina roja y verde armé una tarjeta con la palabra PAZ, que aun hoy conservo.
A la noche le relaté lo sucedido a mi madre, quien también reaccionó como una tromba y fue al otro día al colegio a pedir explicaciones. Su voz retumbaba en el patio vacío de las siete y media de la mañana, se oía perfectamente a distancia su voz. Supongo que le habrán pedido disculpas. Pero esas disculpas se ve que no llegaron a la maestra de tercer grado, quien al otro año repitió el mismo procedimiento, y todo lo anteriormente citado ocurrió otra vez.
Esto no me traumó, evidentemente la ausencia de mi padre la tenía yo mucho más y mejor asumida que las ocasionales maestras, quedaba claro.
El tercer recuerdo lo protagoniza una maestra de contraturno, yo era lo que se llamaba “medio pupilo”, de siete de la mañana hasta las seis de la tarde (en realidad todo terminaba a las 17 pero mi madre de su trabajo salía una hora después). La maestra encargada de supervisar que hiciéramos la tarea era además profesora particular, y mi madre arregló que a la salida me diera clases (¡más clases!) y luego ella pasaría a buscarme.
Ahí pude comprobar lo idealizada que tenía la imagen de un maestro, qué distinta era a lo que imaginé. Vivía en una pensión de la calle Castelli en Capital Federal. Edificio antiguo, escalera al tono. Habitación muy angosta, mesa, televisor y cama marinera se disputaban el espacio a los golpes. Se ponía a hacer café y me invitaba un poco, mucho no me gustaba. Era amable y explicaba bien, lo reconozco. En el piso tenía una especie de trapo, muy pequeño. No sabía qué era, me acerqué y no era un trapo…¡era un conejo!. La piel de un conejo. Me quedé tan impactado con eso que luego casi iba a la casa a observar eso que en mi vida había visto. Pero duró tres días mi asombro, luego me acostumbré. ¿Qué será de la vida del docente aquel y su conejo?.
Tres historias y tres recuerdos. Las personas con el tiempo somos esto, anécdotas contadas. Somos todos síntesis, resumen en la mente de los otros.
Aquí fueron estas tres. Se guarda en la memoria cajoncitos con historias, como estas tres que salieron hoy, de uno.
Organizaciones: gente de ideas bien fundadas
1 comentarios viernes, 4 de diciembre de 2009Trabajo final materia: Políticas de desarrollo Universidad de Morón
“Informe de situación”
Inspirado en un tema
de Víctor Heredia.
read more “Organizaciones: gente de ideas bien fundadas”
“Informe de situación”
Inspirado en un tema
de Víctor Heredia.
“Sucinto informe que usted demandó:
duele a mi persona tener que expresar
que aquí no ha quedado casi nada en pie”
duele a mi persona tener que expresar
que aquí no ha quedado casi nada en pie”
La génesis de la falta de trabajo en la República Argentina es algo semejante a encontrar una aguja en un paj
ar. No por ser una tarea difícil de apreciar, sino porque puede demostrarse en distintas etapas del país, según la idea política que el ocasional analista tenga. Una lectura simplista nos conforma diciendo que “pobres hubo siempre”, lo cual no deja de ser cierto, pero vacío de contenido.
La pobreza de un inmigrante en la primer década del siglo XX poco tiene que ver con las necesidades del piquetero reclamando en un corte de ruta. Ideas políticas y económicas van de la mano durante buena parte de la historia a nivel país. Surgen las necesidades.
ar. No por ser una tarea difícil de apreciar, sino porque puede demostrarse en distintas etapas del país, según la idea política que el ocasional analista tenga. Una lectura simplista nos conforma diciendo que “pobres hubo siempre”, lo cual no deja de ser cierto, pero vacío de contenido.La pobreza de un inmigrante en la primer década del siglo XX poco tiene que ver con las necesidades del piquetero reclamando en un corte de ruta. Ideas políticas y económicas van de la mano durante buena parte de la historia a nivel país. Surgen las necesidades.
El fin del siglo XIX y los comienzos del XX mostraban a un país en desarrollo, merced a la política agroexportadora, que implicaba el producir para exportar a países centrales de Europa y a la creciente Norteamérica.
Pronto, la primera guerra mundial modificó el mapa económico y aquellos países “benefactores” compradores de productos se retrajeron, lo que provocó una recesión en nuestras exportaciones. La primer bisagra significó el fin de un modelo de país que miraba inexorablemente hacia afuera, sin tener en cuenta el consumo interno.
Pronto, la primera guerra mundial modificó el mapa económico y aquellos países “benefactores” compradores de productos se retrajeron, lo que provocó una recesión en nuestras exportaciones. La primer bisagra significó el fin de un modelo de país que miraba inexorablemente hacia afuera, sin tener en cuenta el consumo interno.
La segunda bisagra está directamente relacionada con la llegada al poder del General Juan Domingo Perón; una fuerte política de lo nacional (antagónico de las ideas liberales de la aristocracia de entonces) tuvo como consecuencia la fuerte intervención del Estado en toda actividad laboral de ambos lados del mostrador: se crearon sindicatos, y también entes que regulaban las actividades de éstos.
La conformación de la llamada clase media tuvo su origen en esta suerte de “política integradora”, que nivelaba a todos en derechos laborales y sociales. El fuerte acento en este último punto trajo bienestar a buena parte de la población excluida hasta allí de los beneficios mínimos.
La conformación de la llamada clase media tuvo su origen en esta suerte de “política integradora”, que nivelaba a todos en derechos laborales y sociales. El fuerte acento en este último punto trajo bienestar a buena parte de la población excluida hasta allí de los beneficios mínimos.
Como tercera bisagra encontramos la política económica durante la última dictadura militar en nuestro país, personificada en la figura de José Alfredo Martínez de Hoz. El creador de la ya mítica “tablita finanaciera” abrió desmesuradamente la importación perjudicando a las industrias nacionales, que resultaron incapaces de competir contra productos más baratos en costos y en precio.
Se agudizaron las diferencias entre clases y la deuda externa era tan impagable como la deuda interna.
Llegamos a la última bisagra que motivó un antes y un después en la historia política y económica de nuestro país: las privatizaciones de las empresas públicas durante la década de 1990 bajo el gobierno de Carlos Menem. Literal bandera de remate de los servicios esenciales (luz, agua, teléfonos, gas, ferrocarriles, petróleo), el ingreso del sector privado obligó a un reacomodamiento de trabajadores hasta allí bajo la tutela del Estado, que al igual que algo que estorba en nuestras casas, se los dejó a un costado.
Esta suerte de desamparo acentuó los problemas de arrastre durante décadas, y permitió –fomentó- la creación de agrupaciones tales como el “Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados”, o el “Movimiento de Trabajadores Desocupados”. El fruto de políticas sociales y económicas erradas habían hecho eclosión.
Diciembre de 2001 fue su punto cúlmine.
Diciembre de 2001 fue su punto cúlmine.
A medida que la crisis económica iba en aumento, también crecía la intención de poder generar canales para creación de entidades que se ocuparan de socorrer las mínimas necesidades que equiparó a todos: ya no sólo el nivel social del más humilde empeoró, sino que en la caída también arrastró a los sectores medios, que vieron depreciar sus ingresos. Crisis con pobres cada vez más pobres y sectores medios cada vez más empobrecidos. Y se siguen sumando conforme avanza el problema.
Con un tejido social débil, aparecen asociaciones que ayudan a paliar carencias evidentes: un Estado incapaz de llegar a los sectores sociales más pobres si no es a través de subsidios que no hacen más que fomentar aquello que intentan erradicar.
A aquellas organizaciones que lograron imponerse a los vaivenes económicos y políticos sin otro fin que la ayuda genuina hacia el par en dificultades, esta nota se dirige. Intenta ser la luz de un futuro posible.
“Aunque el daño es grave bien pudiera ser
que podamos salvar todo el trigo joven
si actuamos con Fe y celeridad”
que podamos salvar todo el trigo joven
si actuamos con Fe y celeridad”
“Gurisitos Jaba Club” nació hacia fines de 1995, luego de escuchar las necesidades de un cura de la zona de Cuartel Quinto de la ciudad de Moreno, en nuestra Provincia de Buenos Aires. Su nombre no surgió hasta el primer viaje solidario hacia la Provincia de Entre Ríos a una escuela dentro de una isla llamada “Arroyo negro”: gurises es el seudónimo que los chicos reciben en la zona, y Jaba es en homenaje a uno de los primeros colaboradores del grupo.
El comienzo fue humilde, y lo conformaban entre otros, cuatro docentes y un cura. Teniendo como vehículo un viejo rastrojero, las primeras colaboraciones estaban relacionadas a ropa y comestibles. El modo de conseguir aquello que se necesita se basa en la credibilidad que genera el destino de lo que se dona. Y es el primer eslabón de la cadena: para lograr la colaboración es esencial creer en aquel que hace el pedido.
Actualmente el club cuenta con 30 asociados. El que quiere asociarse puede aportar, en ves de dinero, ropa, comestibles o materiales para la construcción.
“Hay cierta gente, que ya se sabe,
saca provecho de la ocasión;
comprando a uno lo que vale dos
y haciendo abuso de autoridad...”.
saca provecho de la ocasión;
comprando a uno lo que vale dos
y haciendo abuso de autoridad...”.
“Cometimos la torpeza de querer conseguir ayuda del Estado”, señala Ricardo Holtz, uno de los socios fundadores del club. “Te salen mangueando ellos a vos... además chocamos con mucha gente incompetente”.
Las posibilidades de hacer con el proyecto una fundación fueron muy concretas. Con el visto bueno del político de turno, las chances de poder tramitar la habilitación sería más sencilla. “No lo hicimos, señala Holtz, porque desde 1997 hasta hoy, Argentina sufre algo así como una invasión de fundaciones. Es seguramente, la forma más rápida de conseguir votos”. Esta especie de “boom” de fundaciones se consolidó en la segunda parte de la década de los 90’ y transformó a éstas en excelentes oportunidades como trampolín político para el voto asegurado.
“Llegado un tiempo, cada diputado tenía una fundación. Cuando la política ingresó en eso, la gente comenzó a rechazar las asociaciones. No se ayudaban a lugares, se los invadía directamente”.
“La gente duda en empezar
la tarea dura de cosechar...”
la tarea dura de cosechar...”
El gran inconveniente de la mezcla entre interés solidario e interés material, es que en un punto aquel que lo ve es consciente de lo que ocurre y lo siente como algo “normal”.
Vivir en la Argentina contemporánea obligó a procesar ciertos cambios intensos en lo cotidiano, lo de todos los días. Entonces la "normalidad" pasa a ser la inseguridad, los sistemas de controles (alarma, vigilador, rejas, ciertos sectores amurallados). Para cambiar nuestro pensamiento, es preciso ver que nuestra vida supone el haber perdido la posibilidad de frecuentar –por ejemplo- ciertos lugares hoy considerados peligrosos.
Vivir en la Argentina contemporánea obligó a procesar ciertos cambios intensos en lo cotidiano, lo de todos los días. Entonces la "normalidad" pasa a ser la inseguridad, los sistemas de controles (alarma, vigilador, rejas, ciertos sectores amurallados). Para cambiar nuestro pensamiento, es preciso ver que nuestra vida supone el haber perdido la posibilidad de frecuentar –por ejemplo- ciertos lugares hoy considerados peligrosos.
Un “despliegue” del modo financiero de producir y vivir, incorpora velocidades vertiginosas que desdibujan la consistencia que antes otorgaban un Estado como organizador social, o las prácticas disciplinadas en torno de instituciones como las que analizamos en este caso.
“Suscribo nombre y apellido
y ruego a usted, tome partido...”
y ruego a usted, tome partido...”
Gurisitos no sólo tiene su fin solidario en la zona oeste de la Provincia de Buenos Aires: el club ha llegado con su colaboración a las provincias de Corrientes, Tucumán, Chaco, Entre Ríos, Santiago del Estero y Formosa.
La estructura en la que se mueven todos los operativos es simple: un contacto recibe el pedido de ayuda de una escuela u organización que lo necesite (asilo de ancianos, comedores escolares, jardines maternales, personas afectadas por la inundación, entre otros). El nexo entre el pedido y la ayuda ya está resuelto. Luego se comienza con la búsqueda de lo que se necesita, esto es, acercarse a empresas que puedan proveer –por caso- guardapolvos para chicos. La ropa y otros elementos son seleccionados por una persona, que los acondiciona para ser usados (esto es, lavar, planchar, embolsar y poner en las cajas que luego serán llevadas a destino).
La estructura en la que se mueven todos los operativos es simple: un contacto recibe el pedido de ayuda de una escuela u organización que lo necesite (asilo de ancianos, comedores escolares, jardines maternales, personas afectadas por la inundación, entre otros). El nexo entre el pedido y la ayuda ya está resuelto. Luego se comienza con la búsqueda de lo que se necesita, esto es, acercarse a empresas que puedan proveer –por caso- guardapolvos para chicos. La ropa y otros elementos son seleccionados por una persona, que los acondiciona para ser usados (esto es, lavar, planchar, embolsar y poner en las cajas que luego serán llevadas a destino).
El traslado implica que cinco o siete personas vayan hasta el lugar, y durante los tres viajes anuales promedio que se realizan, se van rotando; por si hacía falta aclararlo, ésta organización no cobra por su tarea, y cada miembro tiene sus propios trabajos y obligaciones. La crisis de Diciembre de 2001 obligó a un parate en las actividades, que poco a poco se van poniendo nuevamente en marcha.
Destacamos entonces, a estas asociaciones que, como “Gurisitos”, cumplen el rol de socorrer al más necesitado sin más interés que el interés mismo por ayudar.
Con esta nota tienen su merecido homenaje.
Con esta nota tienen su merecido homenaje.
“...intentar una solución
que bien podría ser la unión
de los que aun estamos vivos
para torcer nuestro destino...
saluda a usted un servidor”.
que bien podría ser la unión
de los que aun estamos vivos
para torcer nuestro destino...
saluda a usted un servidor”.
Lo que hay detrás de la puerta: doble trabajo, doble responsabilidad
1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009
La frase es bastante conocida y lamentablemente vieja: “con un solo trabajo no alcanza” es una realidad para muchos. Y lo que ocurre puntualmente con aquellos que recién comienzan el camino laboral es que desde el momento en que deciden estudiar ya tienen muchos una forma de mantenerse a nivel gastos o viàticos propios del que cursa una carrera u oficio.
Cuando se termina de estudiar a veces se està en la duda de si dejar aquello que quizás nada tenga que ver con lo que se estudió, o iniciar algo referido a lo nuestro.
Nadie aconseja dejar un trabajo en este momento. El tema es si no satisface lo que esperamos, sobretodo de nuestras aspiraciones personales. Para muchos la opciòn es no dejar nada y esperar la oportunidad de trabajar en aquello que se estudiò. Cuando se logra, hay dos trabajos a la vez.
La alegria o el peso de la tarea, es lo que sigue a eso. Como fuese, es una realidad que llevar dinero a la casa està complicado, y nadie puede juzgar cuando de mantener un equilibrio de plata se trata. Los tiempos se acortan, los descansos son pocos y entre un trabajo y otro recièn se da, algunas veces.
Conoci durante mi etapa como estudiante en la Facultad a una persona, un chico, que tenìa dos trabajos a la vez. Y eso hacìa que le fuera complicado integrar grupos para hacer pràcticos, porque no podìa reunirse con sus compañeros debido a que en general estaba trabajando. Todas estas cosas condicionan a alguien y tambièn le exigen el doble de esfuerzo.
Lo màs sencillo de pedir serìa consideración para este tipo de casos, pero pocos tienen en cuenta el detalle. En una Facultad o lugar de estudio un profesor puede considerar el esfuerzo. Ya en un empleo y con un jefe puede resultar màs difícil.
Hay personas que no aclaran en un trabajo que lo hacen tambièn en otro, y hablamos de aquellos que por primera vez consiguen trabajar. Por temer que les den la opciòn de abandonar uno, no dejan ninguno de los dos.
Quizàs el esfuerzo sea recompensado con algo que haga dejar dos labores y poner el foco en algo que satisfaga. Quizàs nunca llegue ese momento. Como fuera, para lo que se haga se tiene que contar con ganas. Personas con un solo trabajo pueden no tener ganas y alguien sin un segundo de tiempo libre, si.
El destino, pero sobretodo còmo se tomaràn lo que les ocurra, marca con fuego de allì en màs al que recièn comienza.
Cuando se termina de estudiar a veces se està en la duda de si dejar aquello que quizás nada tenga que ver con lo que se estudió, o iniciar algo referido a lo nuestro.
Nadie aconseja dejar un trabajo en este momento. El tema es si no satisface lo que esperamos, sobretodo de nuestras aspiraciones personales. Para muchos la opciòn es no dejar nada y esperar la oportunidad de trabajar en aquello que se estudiò. Cuando se logra, hay dos trabajos a la vez.
La alegria o el peso de la tarea, es lo que sigue a eso. Como fuese, es una realidad que llevar dinero a la casa està complicado, y nadie puede juzgar cuando de mantener un equilibrio de plata se trata. Los tiempos se acortan, los descansos son pocos y entre un trabajo y otro recièn se da, algunas veces.
Conoci durante mi etapa como estudiante en la Facultad a una persona, un chico, que tenìa dos trabajos a la vez. Y eso hacìa que le fuera complicado integrar grupos para hacer pràcticos, porque no podìa reunirse con sus compañeros debido a que en general estaba trabajando. Todas estas cosas condicionan a alguien y tambièn le exigen el doble de esfuerzo.
Lo màs sencillo de pedir serìa consideración para este tipo de casos, pero pocos tienen en cuenta el detalle. En una Facultad o lugar de estudio un profesor puede considerar el esfuerzo. Ya en un empleo y con un jefe puede resultar màs difícil.
Hay personas que no aclaran en un trabajo que lo hacen tambièn en otro, y hablamos de aquellos que por primera vez consiguen trabajar. Por temer que les den la opciòn de abandonar uno, no dejan ninguno de los dos.
Quizàs el esfuerzo sea recompensado con algo que haga dejar dos labores y poner el foco en algo que satisfaga. Quizàs nunca llegue ese momento. Como fuera, para lo que se haga se tiene que contar con ganas. Personas con un solo trabajo pueden no tener ganas y alguien sin un segundo de tiempo libre, si.
El destino, pero sobretodo còmo se tomaràn lo que les ocurra, marca con fuego de allì en màs al que recièn comienza.
Lo que hay detrás de la puerta: felicidad laboral, cara de portaretrato
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En un mundo ideal podríamos encontrar sólo dos tipos de personas: aquellas que son efectivamente felices y las otras, que sólo creen que lo son.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
Con seguridad en ese mundo ideal todos sus habitantes consiguen, y una vez que obtienen disfrutan, de su trabajo. Hoy hablamos de las personas y la felicidad laboral que los rodea, contiene. Aquellos que necesitan ser pellizcados y aun así creen estar soñando. Lo que llamaremos de aquí en más risueñamente “cara de portarretrato”: cuando uno va a comprarlos siempre habrá un rostro en la foto inmensamente feliz.
Revelaremos aquí el motivo de tanta alegría en este tipo de personas: el trabajo, como la vida, es felicidad o tristeza según cómo te lo tomes. Incluso aplicado a las labores más insalubres.
Existe una gran carga de subjetividad en todas las visiones. Alguno puede sentirse realizado por el lugar físico que ocupa y en donde desarrolla su labor (por ejemplo una linda oficina, amplia y con ventana al río) y en un segundo plano deja qué es exactamente lo que hace. Y también lo contrario. Una persona en un lugar diminuto puede sentirse a gusto con la tarea que lleva adelante.
Las políticas económicas (vaya si ocurre ahora) tienen mucho de esto. Se la llama “Teoría subjetiva del valor”, que es ni más ni menos que darle una forma y carácter a algo que siempre estará condicionado por nuestra propia opinión.
“Tiembla la bolsa”, “Los Bancos respiran”, “Mercados alterados”, son expresiones que comúnmente leemos u oímos. Si nos preguntan cómo nos fue en el trabajo tal vez diremos “Hoy estuvo tranquilo” (¿el trabajo o uno?), “Nos hacen trabajar cada vez más” (¿más horas o cumplir más en menos tiempo?).
Como fuera, la mirada parece ser aquello que nos rige el camino. Por eso existen quienes ven no uno, sino todos los trabajos como injustos. Y la injusticia siempre es para con ellos. Ni está todo como para decir que el trabajo es como caminar entre flores, ni tampoco es Vietnam o un campo minado. En todo caso la senda siempre estará elegida por nosotros.
Algún lector fuertemente capitalista puede preguntarse con todo derecho en dónde entra el tema del dinero en la idea de felicidad en el trabajo. En la pirámide de cuestiones importantes cada uno ubica al dinero en el escalón que prefiera. Es lo más subjetivo de todo este espacio porque entre “querer ganar” y “aceptar ganar”, el trecho será grande o pequeño según la paciencia del trabajador.
Los que ríen desde sus portarretratos deben ganar bien, imagino. Pero la reflexión es: pelear por la calidad del trabajo es parte de nuestra felicidad laboral.
O el largo camino hacia ella.
Lo que hay detrás de la puerta: no me llames, yo te llamo
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Difícil negar la contundencia de la frase del título y más complicado aun es cuando se percibe lo vacía que en general suena en la mayoría de los casos. Si ante un desengaño amoroso la frase es definitivamente dolorosa, escucharla luego de intentar convencer a alguien de nuestras habilidades nos deja claramente en la lona.
Frase de compromiso de cabecera, no exactamente refleja que uno no sirve para lo que cree saber. Ciertas veces aquellos que deciden la repiten sin dudar pero sin sentirla. Si la cantidad que requiere un lugar de trabajo está a criterio de la superioridad y consideran no cambiar nada, igual le brindan la oportunidad al desesperado de desplegar sus humildes armas de seducción. Pero el que decide sabe en el fondo que nada puede hacer por él.
La tecnología sirve para evitar ciertos momentos indeseables, y el “compromiso” de escuchar súplicas pasa por dejar vía mail un currículum que tendrá el seguro destino de papelera de reciclaje. Aclaramos que no es así en todos los casos, que existe una especie de “banco de suplentes” de personas que tienen un currículum más que interesante y son tenidos en cuenta para una eventualidad. Esto se da en las empresas a gran escala, en donde Recursos Humanos suele dividirse en tantos Departamentos como personas haya en él. Pero aun así, destaco que algunos realmente tienen en cuenta el dejar los datos y tomar nota de ellos.
Si bien tratamos de ser más descriptivos de una realidad que formalmente opinadores de la cuestión, lo que se puede aconsejar al que pasa por esta situación, muchos, es que la insistencia tiene su premio. La diferencia entre la sutileza del pedido y el fastidio que el constante pedido puede generar, es “un hilo delgado por donde hace equilibrio el sentido común”, como leí en un libro hace algún tiempo.
La presencia en la mente de quien está en condiciones de tenernos en cuenta es bastante clara, desde que la computadora modificó costumbres. Se pueden mandar mails diariamente a algún sitio en donde han dicho “por ahora no”, que es también una frase condicional llena de intrigas. Percibir en dónde es posible, exige tanto de nosotros como el conocimiento que tengamos para una tarea. La jungla laboral en donde todos quieren trabajar de lo mismo así lo ha impuesto.
Por último destacar que no existe más (y es una pena) el concepto de “acuse de recibo”, que es un término quizás postal, pero que no deja de ser de cortesía. Donde envié mis datos, ¿sé que lo reciben?. Es un cumplido que el que desea trabajar lo valora siempre. Ojalá el empleador lo supiera.
La tarea del que necesita trabajar es lograr, de movida, no escuchar la frase del título. Después el resto es a suerte o verdad.
Frase de compromiso de cabecera, no exactamente refleja que uno no sirve para lo que cree saber. Ciertas veces aquellos que deciden la repiten sin dudar pero sin sentirla. Si la cantidad que requiere un lugar de trabajo está a criterio de la superioridad y consideran no cambiar nada, igual le brindan la oportunidad al desesperado de desplegar sus humildes armas de seducción. Pero el que decide sabe en el fondo que nada puede hacer por él.
La tecnología sirve para evitar ciertos momentos indeseables, y el “compromiso” de escuchar súplicas pasa por dejar vía mail un currículum que tendrá el seguro destino de papelera de reciclaje. Aclaramos que no es así en todos los casos, que existe una especie de “banco de suplentes” de personas que tienen un currículum más que interesante y son tenidos en cuenta para una eventualidad. Esto se da en las empresas a gran escala, en donde Recursos Humanos suele dividirse en tantos Departamentos como personas haya en él. Pero aun así, destaco que algunos realmente tienen en cuenta el dejar los datos y tomar nota de ellos.
Si bien tratamos de ser más descriptivos de una realidad que formalmente opinadores de la cuestión, lo que se puede aconsejar al que pasa por esta situación, muchos, es que la insistencia tiene su premio. La diferencia entre la sutileza del pedido y el fastidio que el constante pedido puede generar, es “un hilo delgado por donde hace equilibrio el sentido común”, como leí en un libro hace algún tiempo.
La presencia en la mente de quien está en condiciones de tenernos en cuenta es bastante clara, desde que la computadora modificó costumbres. Se pueden mandar mails diariamente a algún sitio en donde han dicho “por ahora no”, que es también una frase condicional llena de intrigas. Percibir en dónde es posible, exige tanto de nosotros como el conocimiento que tengamos para una tarea. La jungla laboral en donde todos quieren trabajar de lo mismo así lo ha impuesto.
Por último destacar que no existe más (y es una pena) el concepto de “acuse de recibo”, que es un término quizás postal, pero que no deja de ser de cortesía. Donde envié mis datos, ¿sé que lo reciben?. Es un cumplido que el que desea trabajar lo valora siempre. Ojalá el empleador lo supiera.
La tarea del que necesita trabajar es lograr, de movida, no escuchar la frase del título. Después el resto es a suerte o verdad.
Amanece en la ruta
2 comentarios lunes, 12 de octubre de 2009
(Es difìcil no ser Periodista aunque sea en un viaje y seguir "d-escribiendo")
Por cuestiones laborales viajo una vez a la semana hasta Marcos Paz, Provincia de Buenos Aires. Taxi desde mi casa hasta la estaciòn de trenes de Once y de allì hasta Merlo, en donde un colectivo me deja en la plaza central de la ciudad. De mi casa salgo 6: 20 am.
Existen dos recorridos. El que directamente llega desde Merlo hasta el centro de Marcos Paz, y el que culmina en la Unidad Penal 2, una càrcel relativamente nueva. La casualidad hizo que tomara el segundo de los colectivos. A las ocho de la mañana el sueño todavìa es protagonista y muchos duermen. El colectivo asi se completa hasta no quedar asientos libres. Como mi objetivo no es quedarme dormido llevo prendido el mp3 con alguna radio puesta que me saque la modorra.
Estoy sentado por la mitad del colectivo, lado izquierdo. En el asiento de adelante un muchacho de pelo corto y enteramente vestido de azul deja ver en la cintura la cartuchera con su revòlver.
La mayorìa de los que duermen se ubican en la derecha: sobre ese extremo no da el sol. Cuando la sombra me deja puedo mirar un poco mejor y muchos tienen esas valijas altas y profundas, en donde otros bolsos pueden entrar. Parece ropa lo que llevan. Un muchacho usa su celular durante todo el viaje, con la cabeza gacha todo el tiempo en la pantalla. Miràndolo, hasta parece dormido.
Nadie habla. Me siento el màs entusiasmado de todos los pasajeros. Yo me miro con obvia subjetividad y lo hago tambien sobre lo que veo o siento, que es ni màs ni menos que resignaciòn. Se percibe. Las personas que llevan los bolsos, porque estàn yendo a un lugar que seguramente evitarìan ir, a ver a alguien que supongo sentirà lo mismo que ellos. Los policìas tambièn lucen resignados. Cuando uno sueña en una profesiòn no piensa en partes feas en el camino rumbo a lo que se quiere. Toda eso, ademàs de personas, transporta el colectivo.
Para ser la primera vez que viajo en este ramal, lleguè bastante ràpido a la plaza de Marcos Paz, 43 minutos despuès de la salida. Me bajè yo solo, el resto del pasaje siguiò camino.
La resignaciòn "colectiva" siguiò viaje, y yo me bajè antes.
Foto: gentileza fotolog.com/viajerodelbondi
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