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."Ser imaginado".

0 comentarios viernes, 19 de octubre de 2012
Cuatro flores de distinto color. Un arco iris teñido en su vestido. El poder de hacer un sueño dentro de otro sueño, y caer dos veces rendido. Ese silencio del que habla mi destino, sus palabras que cubren sin permiso como agua mi desierto, el anhelo dormido juega al sinsentido de verme para ella perdido, y me deja en la orilla que no pisará. Que veré partir a lo lejos, dos veces rendido. En su piel y en mi piel. De mi lado cuatro flores. Y el color de su vestido.
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."Duerme soñando".

0 comentarios viernes, 20 de julio de 2012

Dormido suelo dejarlo. En noches como la de anoche, de frio innecesario, me levanté de madrugada y corrí pronto a taparlo. Yo sé que de dia sufre, aunque no lo diga lo tengo claro. Simula un poco aquel ideal hombre formado, que soluciona todo a la vez y parece ha madurado. Pone en caja sus lágrimas, las vuelca en el papel en blanco, las empuja a ser palabras y hace esperanza de ruego hablado. Lo miro ahora dormido, tiene su sueño en la corteza azul. Profundo. Donde el aire ya no suele ser el suyo. Con Fe, sin tiempo a la vista. Cuando termina el dia cuelga en su pared la brisa de los ojos de ilusión, que hace meses lo guían. Se queda dormido. El amor de él por ella. Hasta el otro dia.
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."Las letras leídas".

1 comentarios sábado, 23 de junio de 2012
Las palabras leídas duermen siesta, heridas. Las cuido desde hace unos días, cuando se enteraron la noticia impactante: la destinataria a quienes iban dirigidas repasa con sus ojos los textos que le dan vida. Las palabras se pusieron tan alegres que entraron en la locura de querer ser leídas. Una quiso ser mejor, la otra quiso ser mejor entendida. Unos cuantos renglones se pusieron en fila, y se acomodaron las palabras para que quede mejor a la vista. Mientras seguí escribiendo, sigo haciendo palabras leídas, sigo deseando el cielo de sus ojos. Que en sus días mejora los peores textos, y afirma que con amor, hay vida. Ella me lee. Mis letras curan sus heridas.
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."Reina de las palabras".

0 comentarios
El efecto de tu afecto. El sinfín de palabras. El amor que no se dicta, el que sufro de mañana. El que poco demuestro y crece en la distancia. El que cede lugar a las letras recitadas. El que extraña lo que no tuvo, el que cree con esperanza poder hacer de dos algo más que varias palabras. El que suele quejarse torciendo la mirada, el que limitado por no saber expresarla, te da el mundo. Y si querés, la galaxia. Donde te deseaba. Y morí sin palabras.
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."Me dirijo a Usted".

1 comentarios miércoles, 18 de abril de 2012
Querida Reina: estas palabras tienen todo de tu pelo, de tu mirada, de tu ropa, también de todo lo que sueño. Podría estar tres días escribiendo lo que siento, describiendo mi ilusión de querernos ver repletos. De flores en el jardín, de colores en el cielo, de utopías que no hay, de palabras en exceso. Podría pensar mejor si en mi mente me concentro pero vos lo hacés posible: es imposible hacerlo. Quiero todo lo que tengo, pero más lo que te sueño. Quiero paz a nuestra guerra, quiero creer que sos el sueño donde vaya yo a caer. Rendido, amor. Rendido quiero. Final de carta y al pie firmada “el hombre que te ama” El hombre, que soy nuevo.
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."No quiero soñarte".

1 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012
Ayer tenías mis sueños atados a tu presente. Ayer quisiste que yo te acompañara para que juntos disfrutemos de nuestras soledades. Ayer me hiciste hombre cuando lloraba delante de vos. Ayer uniste el amor bordándolo a fuego a mi lado izquierdo. Ayer me rendía con placer viendo en vos mis seguridades. Ayer tuve tu cintura rodeando mi brazo. Ayer, justo ayer, descubría mi destino. Ayer te iba a decir algo pero todo lo que pensaba lo sabías. Ayer eras mi respiración consciente. Ayer me enseñaste el idioma sin palabras, y palabras de nuestro propio idioma. Ayer me miraste y me dijiste que sólo soy un hombre presente. Sin ayer. Y hoy, lloré.
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"Vos, hablando de vos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011
Situación uno: Bueno, ¡al fin viniste!. Hace media hora que te estoy esperando, ¿por qué tardaste?. No sé para qué arreglamos en un horario si después aparecés cuando se te ocurre. Te perdono, siempre te perdono. ¿Trabajaste mucho?. No te lo creo, andá a engañar a otra, yo sé que ahí se rascan de lo lindo, no creo que por eso hayas llegado tarde.
Cuando yo llego tarde ponés cara, la vez que fuimos al cine y tardé 15 minutos me lo recriminaste. Igual, tuve un día de locos, ni de pelearme tengo ganas. Bah, ya se han peleado conmigo hoy. ¿Podés creer que el desgraciado de Giménez me pidió una rendición de cuenta de 1987?. Yo no trabajaba en ese momento, había otros, ¿cómo puedo saber dónde estará eso?.
Intenté decírselo de buen modo, sí. Pero hay que gritar, sino no te escucha. Ahora me van a ayudar dos más a buscar esa bendita rendición. ¿Vos que contás?. Sos aburrido, negro. Te lo dije mil veces. Me hablás de tus compañeros y me duermo.
¿Qué cosa divertida me podés contar de laburar en un call center?. Nada, por eso ni te dejo hablar de tu laburo, contame de otra cosa. Sí, vamos yendo hasta London, quiero tomar café. ¡Contate algo, che!.
Sos de terror, tenés lengua pero no palabras, Ceci me dice que le parece que yo te inhibo. Esa está mal de la cabeza, ¿qué nos tiene que venir a decir algo a nosotros?. Pensaba que se acerca el aniversario, supongo te acordabas. Tres años de novios, ya sos como de mi familia. Ayer a la tarde me compré una planta para mi casa, si tengo que esperar que vos me regales algo puedo volverme vieja.
¿Estás apurado? Acelerás el paso. Ah, dale, que el semáforo corta, si. Esperemos no haya mucha gente en London. No me agarres de la mano en Florida, te lo dije cien veces. Dale, llegamos. Bueno, ¡elegimos mesa y todo!. ¿Vos qué querés?. Yo un café bien cargadito, capaz que un tostado de jamón. Pedí vos mientras voy al baño, negro. Uh, me acordé, me voy a comprar medias, es un ratito y vuelvo.

Situación dos: ¿Dejó pagado todo y se fue?. ¿Está seguro, mozo?. No estoy para las bromas, ¿dónde se metió este tipo?. Es un chiquilín, un tonto marca cañón, nadie me lo dice pero yo lo sé. Debe andar por ahí, ya va a volver, soy lo más maduro que tiene, es como un nene, seguro me está haciendo una escena. ¿Con todo lo que me tengo que aguantar en el laburo encima esto!. Mozo, traeme el tostado, tengo hambre.

Situación tres: ¿Te dijo que me dieras esto a los 15 minutos? Ah bueno, es de cuarta, encima le hacés caso. Una carta, a ver. Se piensa que tengo cinco años, es un infantil. Encima que le doy mi tiempo, el poco que tengo.
“Fabi: quise decirte esto muchas veces pero no me dejás. O yo no tengo palabras, quizás. En esta última vez te contesto por todo lo que me preguntaste: en el trabajo estoy bien, nunca me dejás contarte pero ando bien. Con mis compañeros, los que no son divertidos, si, queremos hacer una empresita de informática, venta, arreglos. Nunca te lo dije, o ahora te lo digo. Trabajo mucho, si es tu duda. Ocho horas escuchando gente que no para de hablar sin decirme nada. Aquella vez del cine…si, llegaste con la película empezada y te enojaste con el horario y no con tu tardanza. Y la culpa fue mia según vos, por querer ver esa película. Que vos habías elegido. Lo último. Ceci tiene razón. Me inhibo. En todo. No respiro, sólo escucho, y estoy con alguien que sólo se escucha. La culpa es mia. Te dejo pago el café, en una buena mesa. Te dejo esta carta. Me dejaste solo, acá. Te dejé hace mucho”. Firmado: Sergio.
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El último día de Ordoñez (parte cinco)

1 comentarios jueves, 23 de septiembre de 2010

Nada mejor que buen café a la mañana para Ordoñez. Elegía hacerlo él para no tomar el de la máquina, y se iba a un pequeño cuarto que tenía una hornalla en donde calentaba el agua. Todas las mañanas batía con la cucharita el café en polvo y ese ruido particular también le servía para despertarse del todo, aunque ya estuviera vestido y lejos de su cama. En tiempo de descuento por su jubilación a fin de año estaba dispuesto hasta de disfrutar tan mecánica acción diaria.


Era temprano y había quedado en reunirse con dos personas. Marcela, la chica que le había mandado el mail con los detalles de las acciones de Gutiérrez (las que todos sabían que estaban mal pero nadie hacía nada) y con Franco, el empleado nuevo de otro sector y que fue sin quererlo testigo de ciertas maniobras para cobrar trámites que no se deberían.


La oficina vacía a media hora del comienzo de la actividad era bastante deprimente. Sólo se oía el ruido de la cuchara revolviendo el café en la taza y en eso Marcela aparece y lo saluda. De nuevo Ordoñez siente que es con ese afecto propio del que lo hace con quien se va, que es tan incómodo como respetuoso a la vez. Se quedan ambos hablando de cosas de momento y la pava avisó que el agua estaba en punto así que entró al pequeño cuarto y terminó de armar su café. Llega Franco también y los tres están en ese lugar, aunque ellos dos viendo cómo termina la obra del café hecho líquido. Se sientan alrededor de una mesa de la oficina que es rectangular y color crema como casi todas y Ordoñez pone una hoja en blanco para apoyar el café. Les dice “hola de nuevo” y los tres sonríen sabiendo que algo a escondidas van a hacer y suena a maldad como cuando uno es chico y disfruta de algo planeado.


Franco es el menos enterado y en cinco minutos Marcela le cuenta el contenido del mail que le había escrito a Ordoñez y entonces todos quedan con la misma información. “Yo no puedo hacer nada solo, esto lo tienen que saber. Presentarme con una denuncia ante las autoridades implica que necesite testigos y pruebas, si no es posible que la ligue yo, y acá saben que eso es una mancha que no sale ¡y hay varios manchados ya!”, aclaró Ordoñez.


Se refería a quienes tuvieron también indignación en su momento ante los hechos que para todos eran claros, los cobros por trámites, pero al no ser probados la carga se invierte y pasan a ser señalados y hasta mal vistos. En un ámbito pequeño como una oficina, ser mal visto es poco menos que la muerte. Por eso Ordoñez realmente pedía la ayuda de ellos dos, para lo que había que ponerle el cuerpo a la situación, además de apoyar la sospecha. Los otros dos dijeron que sí y que no tuviera dudas de eso. Marcela por cansancio de tanto tiempo de injusticia vista sin poder reaccionar y hacer algo, y Franco porque ya estaba jugado: él había conocido a quien pagaba por un trámite como si fuera parte de la normalidad.


No había plan creado, faltaban pocos minutos para que el resto de la gente llegara y las palabras sobraban, así que la idea era actuar. Marcela tenía contacto con la encargada de hacer reunir a proveedores de la empresa, y con ese listado podría saber en los momentos que vendrían quienes eran parte de la maniobra ya habitual y quienes no. Las versiones hablaban claramente de una persona y a esa fue a donde se apuntó como para dejarlo al descubierto. Franco relató la sensación de miedo que genera tanto Gutiérrez como el proveedor y que acusarlos directamente implicaba que cuando supieran de donde venía la denuncia temiera represalias.


Se llegó a una conclusión: lo que se debía denunciar era además del nombre y apellido de los involucrados, la maniobra en sí. Con una sola prueba que generara sospechas, todas las anteriores serían revisadas. Pensarlo así era una apuesta pero Ordoñez no tenía más que tiempo de descuento en la oficina y encontró gente con ganas de ayudarlo, ellos perdían más que él si no salía bien.


Marcela pidió a su amiga el listado de proveedores. Encontró a quien era el más sospechado, aquel que franquito vio alguna vez, y esperó el día en que apareciera.


Se le había ocurrido algo que comentó luego por mail a sus dos “cómplices” en esto, y le dijeron que era una buena idea. Como le resultaría imposible estar presente en la reunión entre Gutiérrez y el proveedor y grabarlo sería peligroso, resolvió que podía ser ella misma una especie de anzuelo. La maniobra era sencilla: cuando el hombre estuviera relativamente cerca de la oficina ella lo “atajaría” para explicarle que Gutiérrez no lo podría atender, y que lo que debía dejarle a él se lo diera a ella, porque ya estaba “informada”.


Llegado el día Marcela estaba muy nerviosa porque ella sí tendría un grabador para que todo quedara registrado. Se le ocurrió que el del celular, que nunca usaba, podría ser porque llevándolo en la mano no generaría sospechas. La clave era hacerle decir sin que resultara forzado que el dinero entregado a ella era para Gutiérrez, y formaba parte de lo “mensual” que el hombre llevaba. Cuando apareció ya era mediodía, y Marcela tenía hambre y cierto miedo, las dos cosas juntas.


Lo vio acercarse a la puerta de la oficina y ella acomodó su pollera hacia abajo y se arregló el cuello de la camisa celeste. Respiró hondo, igual a cuando alguien se mete en una pileta de agua fría, evitando la sensación. Miró los pasos de él y esperó hasta un punto medio del pasillo, en donde salió a su encuentro. La grabadora ya estaba prendida y la luz del celular apagada para que no lo notara. Debía ser rápido y a la vez claro el diálogo, Gutiérrez mismo podía salir de la oficina y era el fin del plan.


Apenas la miró el hombre quiso seguir pero ella lo detuvo, gentil. “El señor Gutiérrez no puede ahora atenderlo…¿quiere dejarle algo dicho?”.

Miró Marcela hacia el maletín del hombre como invitándolo a dejar “eso” de siempre, pero ese gesto no sale en una grabación de audio, no alcanzaba. El hombre la miró a los ojos buscando reconocerla y Marcela tembló, creyó ser descubierta.


El hombre se disponía a hablar. ¡Ya sabremos de qué!.
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Nosotros, simulando ser nosotros

1 comentarios lunes, 18 de enero de 2010
Para las mujeres una fiesta es un acontecimiento donde disfrutan el estar en un ámbito, vestidas no como habitualmente, y con una cierta capacidad, encima, como para elevarse por sobre eso y sacar una radiografía de todo y todos.

En los hombres en general esto es diferente. O al menos en mi esa vez lo fue. Me negaba a comprarme un saco, desde mi escuela primaria no quise usar más, presentándome a todas las fiestas con camisa azul, blanca o celeste, dependía mi ánimo. Y aun a riesgo de ser confundido con un mozo de la celebración a la que iba, no quería un saco.


Pero estaba acorralado por las circunstancias: a finales de julio estar sólo con una camisa no combinaba con la semana previa que fue un cubito de hielo, demasiado fria. Me mandé a una casa en la calle Esmeralda donde vendían sacos. Esmeralda pasando Rivadavia se transforma en Piedras. Brillante quien pensó en la casualidad como referencia geográfica.

Por Piedras, llegué hasta Esmeralda. Y por el saco, llegué hasta esa casa.


Necesitó el vendedor un sólo golpe de vista para darme un saco azul que me quedaba perfecto. Menos de diez minutos después, la compra hecha. Llegué a mi casa, era sábado al mediodía, y llamé a Grillito por teléfono, con más de compromiso que de felicidad. Era el saco también una exigencia de ella.

Su hermanito a la tarde tenía clases, asi quye nos juntamos en el lugar de siempre. Me dio la mano emocionada y me llevó hasta la cocina. Pusimos el agua para el mate multitudinario. Una mesa y tres banquetas completaban la escena.


Se sienta en una de ellas y me muestra un sobre. Era la invitación para el casamiento de "Juan Carlos y Victoria", a quienes no conocía. El hombre era primo del papá de Grillito y hacía dos semanas visitó la familia y prometió el sobre que ese día llegó.

Pero el detalle de tanta emoción es que cada sobre venía con la tarjeta habitual, y los que tenían hijos, para ellos, se hicieron otras tarjetas más pequeñas. Una especie de "pase especial". Y en la tarjetita figuraba su nombre y mi nombre. El hecho me llamó la atención y a Grillito la emocionó mucho.

Teníamos claro qué éramos, pero nunca lo habíamos visto escrito.


La ventana de la cocina era muy chica y la lámpara que colgaba del techo definitivamente mala, asi que ella movía la tarjeta para buscar claridad, y la contemplamos como quien ve un cuadro importante en un museo. ¡El agua de la pava hirvió y nos sacó del museo!.


Mi saco quedó colgado toda la semana previa. Era sólo una prenda. Para Grillito su ropa, en cambio, debía ser especial. La madre la acompañó a comprársela, y no quiso que vea el vestido hasta ese día. En cambio para mi una de las preocupaciones era que conocería a dos personas de entre más de 100, seguramente. Mi proverbial escasez de palabras, atentaba contra todo.


Llegado el día, lo que debía hacer era pasar por la casa de ella para todos juntos llegar. Padre, madre, Grillito y yo. Su hermanito quedó en lo de sus abuelos.

Me abre la puerta la mamá, hermosa y elegante. Le di un beso y le dije que una rosa se había fugado de un ramo (frases hechas aplicadas cuando se las necesita., Es así.).

Escucho mi nombre y me doy vuelta. Lo que sigue es lo que vi, no pude decir nada porque no me salían las palabras. Ella (ELLA) se había atado el pelo y estaba sonriente; un vestido azul pegado al cuerpo, con unos pliegues a la altura de la cintura. El largo era perfecto, o a ella le quedaba perfecto. Unos zapatos la hacían más alta que yo.


No me importaba, si yo iba con la más linda de todas.


Le di un beso y le pasé la mano por uno de sus brazos, acariciándolo, gesto que aun hoy hago con aquellos que quiero. No sé qué querrá decir. Quizás es un "gracias" a mi modo.


Era nuestro deporte mirarnos fijo a los ojos. Deporte que jugábamos muy bien. Así estábamos, hasta que subimos al auto, aquel vehículo destartalado del que hablé algunos capítulos atrás. Llegamos al salón, que para los que conocen la zona de Moreno lo ubicarán, se llamaba "Momento´s" (otro alarde de originalidad, como el Piedras y Esmeralda). El padre dejó el auto o el auto quiso quedarse ahí, ya no lo recuerdo.


Entramos Grillito y yo del brazo y con la tarjetita en la mano. La ambientación, salvo por unas telas que simulaban un cierto tono árabe, era lo habitual en fiestas de casamiento. Empezó a llegar gente y como temí, no conocía a nadie. Así que más me refugié en mi novia, en hablar con ella. Comenzamos a criticar vestimentas, cosa que se hace en toda celebración. Se apagaron las luces y aparecieron los recién casados. Ella más alta que él, primer detalle. Miré los muñequitos que van arriba de la torta y no tenían nada que ver con los originales.


Una hora y media después llegaron a nuestra mesa. El padre de Grillito me presenta como "Gabriel, un amigo de mi hija"...y yo estreché la mano del recién casado y dije " el novio en realidad, buenas noches"...me salió del alma aunque nunca hay que corregir en público, es feo. Nos sacan esa foto sentados y los novios detrás, parados. Será la foto 234 de 3000 que se sacaron seguramente esa noche. Cuando se van, le pedí disculpas al padre por corregirlo. Empezó la música para bailar y Grillito me arrastra con el brazo, pero yo quería escuchar las palabras del padre. Y me dijo "está bien, si es la verdad". Me quedé más tranquilo. Nos levantamos ella y yo para bailar y él me miró de nuevo, puso el dedo índice debajo de su ojo y dice "compórtense".


Mi saco azul me hacía sentir una pastilla de Redoxón en su tubo: incómodo. Cuando decidí sacarme, por fin, el saco, se terminó la música. Las mujeres son llamadas a sacar el anillo. Una señora muy pintada resultó favorecida. Luego el ramo arrojado lo arañó Grillito, pero una mujer más corpulenta le ganó el lugar. ¿Se habrán casado esas mujeres?.


Grillito se paraba en una pierna porque los zapatos ya le molestaban, yo quería revolear el saco por alguna ventana, muchos comenzaron a irse. Con los claros se dejaba ver el piso con cotillón, serpentinas, servilletas y demás. Fin de fiesta.


Mientras esperamos que el papá acercara el auto, nos quedamos pegando saltitos para evitar el frio. Yo estaba aun embobado mirando a mi novia, que lucía perfecta, aun saltando en un pie. Hasta que el ruido a motor viejo me volvió a la realidad.


Subimos y le pedí que me mostrara qué se había sacado en la torta con las cintitas: era un caballito dorado. "Una imagen tuya", dije. "No, debés ser vos. Al menos no es un ciervo, no tiene cuernos", dijo ella...y los cuatro nos reímos.


Arranca y el padre dice "Muy bien Gabriel"..."Viste papá...fuimos nosotros en la fiesta y no simulamos nada"..."Bueno, pero yo soy un amigo tuyo, nomás", acoté...y el padre me miró por el espejito retrovisor con la pera dura y los ojos hacia abajo...comprendí que debía callarme.

No le gustó el chiste. ¡Y no estaba simulando!.






Acotación al margen: Conviene ante fiestas programadas armarse algo así como un uniforme presentable. Si hay que llevar saco, cuidarlo de manchas (de salsa, en la primera salida de la prenda...sobre tela azul es un crimen), y averiguar si todo combina. Una mujer finalmente dictaminará, aprobando o no. Infalibles.

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El regalo de la novia

3 comentarios lunes, 11 de enero de 2010

Mi relación con los regalos fue problemática desde la infancia, siempre creyendo que eran objetos a querer sin haberme preguntado antes. La duda, el apresuramiento, cierta presión en ser original, son los inconvenientes cuando hago regalos. Y para completarla: soy poco aceptador de presentes. Me incomodan.

Grillito daría fe a mis dichos. Regalo nunca era sinónimo de sorpresa, ya que siempre terminaba preguntando qué cosa quería además de plantearle varias opciones para que elija. Soy un creyente en los gestos más que en los regalos fijos anuales. Prefiero sentir que lo hago con alguna razón de momento, en general por agradecimiento. Dentro de esos términos me siento mejor. Hay situaciones de caballerosidad podría decir, en el que un presente no debe llamarse regalo.
Siempre digo que caballeros hay pocos, y hombre es cualquiera.

Mi novia cumplía años el 15 de enero. Por la fecha ya podíamos descartar varios presentes, empezando por bufandas y guantes. Como cumplía en mes de vacaciones, solía celebrarlo el 15 de marzo ya con las clases iniciadas y junto a sus compañeros. El regalo “oficial” debía entonces, ser en esa fecha.

No había percibido en lo que me decía una gran pasión por algún objeto que pudiera querer. Así que una vez que fui a la casa me puse a mirar detenidamente en su habitación cosas que dieran alguna idea. Tres estantes repletos. Libros, carpetas, fotos, muñecos, tarjetas…lo único repetido eran las revistas de “Patoruzito”, que me llamaron la atención porque hacía tiempo que no veía una.

No había otro objeto en cantidad, sólo ése. Me puse en campaña y en el kiosco amigo conseguí unas quince revistas de Patoruzito. No las quise leer para no marcar las hojas. Compré una caja color metal y le pegué unos stickers de unas flores. Luego la llevé a una librería y pedí que le pusieran un moño de color azul para que luzca más importante. Dos días antes ya tenía el regalo listo.

Esperé pacientemente. Y el quince por la mañana fui hasta la casa. Sabía que estaba en el colegio y no ahí. Saludé a los padres y sobre la cama de la habitación dejé la caja, además de una tarjeta con lindas palabras que sólo digo cuando estoy enamorado. ¡Difícil que me gusten leerlas en otro estado!.

Miré esa habitación siempre ordenada y con todo en los extremos, vacío al centro. Vi que las revistas ahora estaban sobre unas cajas cerca de la cama. Entendí que las estaba leyendo, mi regalo era genial.

Salía ella unos 20 minutos antes de yo entrar a mi colegio, así que fui a saludarla por su cumple ahí. “Tu regalo te lo debo”, le dije mintiendo. “¿A la tarde pasás por casa?”. Dije que sí. La saludé con esos besos largos eternamente queridos. Me di vuelta para irme, hice tres pasos. “Ay, no…mirá, le había dicho a mi viejo que ordenara de una vez sus cosas y lo hace hoy, si querés pasame a buscar y vemos para donde vamos”. Yo asentí. “Porque va a poner en cajas todo…hasta unas Patoruzito que juntan tierra en mi pieza, no sé qué hacen ahí”…

Yo abrí los ojos como quien lee la factura de teléfono de una casa con hijos…tragué saliva. Y pensé en la caja con el moño enorme azul en medio de la cama…en realidad pensaba ya en cómo deshacerme de eso. Me fui caminando y razonando opciones. Pensé en faltar a clases, buscar la caja antes que ella para luego ver un regalo de emergencia. Luego en llamar al padre para que saque la caja y la esconda. Finalmente fui al colegio. Grillito vio mi cara de espanto indisimulable y algo intuyó. Me fui maldiciendo el momento de haber decidido sin antes consultar. Un infortunio visto como un drama, ahora me reiría.

Estuve en la escuela pero con la mente sólo en esa bendita caja, aunque ya no podía hacerla desaparecer, la debió haber visto. Cuando salí caminé derrotado las 12 cuadras hasta su casa. Llego y saludo como si nada. La veo y me dice que podíamos quedarnos. Me hace pasar a su habitación, y en su cama la caja, aunque sin el moño. La miré y se sonrió. No sé por qué, pero me puse colorado. Me rasqué la cabeza y la miré algo desconsolado. Me dijo que cerrara la puerta. Detrás, pegó una hoja que decía “te amo” y unos corazones dibujados….

Como extraña moraleja diré que el padre, ella y yo nos turnamos en leer todas las revistas. La caja luego guardó cartas, y el moño terminó de vincha en la cabeza de un oso color blanco, también presente mío.

Fue mi último regalo sin avisar. Por suerte la pegué después con algunos, porque tenían más cariño que sorpresa. Mi intuición siempre está en crisis.
Merecería que me regalen una nueva.






Acotación al margen: Cuando alguien no sepa qué regalar, sugiero preguntar sin vueltas al interesado y no hacerse el original dejándose llevar. “Correrías de Patoruzito” para una novia de 17 años en ese momento, no era lo más recomendable.
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Morena, a lo Sherlock (fin de la saga)

5 comentarios lunes, 4 de enero de 2010

Creo en la amistad entre el hombre y la mujer pero aun por sobre eso hay algo: el sentido común aplicado a todo lo que hagamos. A veces sostenemos pensamientos solo por ser nuestros y a veces lejos están de ser adecuados. Hay que saber ubicarse.

Estábamos mi novia y yo (ella será protagonista de los capítulos que siguen) y teníamos la clara sensación de ser observados. Sin señales claras, ni siquiera ver algo extraño. Era sentir que adonde íbamos a alguien también le importaba.

Casi dos horas de viaje para estar en Capital sólo tres, en general era así. Visitábamos muchos lugares, para algo me sirvió haber cursado el primario tan lejos, al fin. Conocía bastante Capital. En uno de esos viajes fuimos a un bar, Corrientes casi nueve de julio, aun lo recuerdo. Entramos y pedimos para tomar. Y de nuevo la sensación de vigilancia. Mi novia y yo nos mirábamos pensando ya que estábamos locos. Decidí darme vuelta y mirar directamente mesa por mesa sin disimular nada.

Mi novia de izquierda a derecha, yo de derecha a izquierda. Gente de mayor edad que nosotros (teníamos cerca de 20 años en ese momento), nada extraño. Pero en diagonal a nuestra mesa, bien en el extremo de la sala, una mujer de costado, no de frente a nosotros. La miré. Pelo atado, camisa algo arrugada y grande, una carpeta y cartera arriba de la mesa, anteojos negros algo chicos.

Me salió del alma: dije “Ay, no”…y mi novia buscó adonde yo miraba y dejé que la nombrara ella: “Morena”.

Estaba más sorprendido que molesto, y mi novia sentía exactamente lo contrario.

Me levanté para ir a la mesa. Cinco eternos segundos, quizás diez. Bullicio de bar, yo no sabía qué iba a decir más allá de mi cara de indignación. Llegué y no me miró a los ojos. Apoyé la mano en la mesa y dije “buenas tardes”. Como no respondía le dije que no la entendía, que me dejara en paz. Conmigo podía meterse pero con mi novia no. Seguía sin decirme una palabra.

Francamente no era aquella que me escribía semanalmente. Aquella aun con intromisiones se metía mucho menos en mis cosas. A la vez sentí pena, reconozco que está mal y en general hace que tenga cierta visión condescendiente y pierda objetividad. Al fin y al cabo era mi amiga, no me salía mandarla al diablo.

Así que apliqué la solución simple. Llamé al mozo, pregunté cuánto era y pagué lo de ella. Le dejé el dinero arriba de la mesa. “Tomá y chau”, le dije. Me di vuelta y enfilé adonde yo estaba. Y con unos metros ya avanzados Morena dice “Te estoy queriendo mal, ¿no?”. Esa frase la escuché de espaldas. Dudé pero no me di vuelta, seguí caminando hacia donde mi novia estaba. Le expliqué. “Ahora que se vaya”, me dijo. Y esperamos eso.

Fue la última vez que la vi hasta un año y medio después, cuando fue por mi cumpleaños a llevarme un regalo antes de irme de viaje de egresados a Bariloche (historia narrada en otro capítulo). Seguimos luego escribiéndonos cada mes o mes y medio, de cualquier cosa menos de este hecho. Actualmente nada sé de ella. Habrá seguido su camino, repleto de contratiempos, de los que sólo Morena sabrá la forma de salir.

Soy un convencido, hay cariños que matan. Queriéndome me hizo sufrir bastante, quizás en la vereda de enfrente hubiera sido más leal. Pero el cariño le otorgó impunidad. En aquel momento, haciendo de Sherlock, y hoy, que sin saber nada de ella hace años, elijo qué palabras usar para no herirla.
Ella no sé si hoy haría eso para conmigo.




Acotación al margen: Si algo duele, molesta, apena, no hay que esperar “el momento” para decirlo, Cuando lo sientan, exprésenlo. Si no, un entripado puede ser eterno.
Siempre hay solución, hay que acertar los modos. Aunque en mi caso la solución se haya llevado 12 años de mi vida.
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Crónica de un supermercado chino

1 comentarios viernes, 4 de diciembre de 2009
Nota publicada en la revista Superventas, edición en chino


Adaptado al barrio




La historia de “Daniel” es común a quienes han desembarcado desde China en busca de bienestar económico: cierto recelo inicial, consolidación de su negocio y la adaptación a un país que, dice, no lo rechaza.



Lo primero para decir es algo que ya muchos saben. No es sencillo entablar una conversación con una persona de la República popular China. A la barrera del idioma (tan complicado para nosotros como para ellos el castellano) se le suma cierto recelo para hablar sobre sus orígenes, lo que sería para nosotros aquella persona que viene de un pueblo del interior del país y llega a una Buenos Aires que poco entiende de silencios. Detrás de esa barrera a veces infranqueable, aparece Daniel.


Un hombre de suerte
Nos ubicamos en la calle Independencia 1861, barrio de Congreso, Capital Federal. El supermercado se llama “Suerte”, y el nombre parece atraer clientela, al menos en esta mañana
en la que la gente decidió hacer sus compras. Llegué cuando se descarga la mercadería, trabajo diario y silencioso en muchos casos.
El local es más largo que ancho, con muchas góndolas. El techo es algo alto y escucho música a bajo volumen por unos parlantes. Cerca de la puerta está la caja en donde atiende Li Xue Sun, que es al que llaman “Daniel” sus conocidos y empleados. Tiene 34 años y vino de la provincia de Shandong. “Ahí viven mas o menos 30 millones de personas”, dice. Recordemos que cada provincia de China equivale en cantidad de habitantes a cualquier país de Sudamérica.”Ustedes son pocos en comparación al territorio que tienen. Pero al hombre que siempre vivió en el campo le cuesta adaptarse a la ciudad”.


Aquí hay otra característica de las personas que han decidido probar suerte desde tan lejos: en su mayoría provienen de zonas de China alejadas de las ciudades, donde el campo es su fuente de ingresos desde siempre. La historia de Daniel no escapa a eso.

Hace tres años y cuatro meses decidió venir a nuestro país. “Vine con mi esposa. Y ya tengo una hija argentina. Un amigo llegó primero y luego llegué yo. El comienzo no me fue fácil por el tema del idioma, pero me fui adaptando. No me quejo, me tratan bien”. Le pregunto si ha tenido algún tipo de rechazo inicial, de desconfianza. Pero me repite que ha sido bien tratado. Mi insistencia en la pregunta y su negativa me hace pensar en que el argentino discrimina más que al extranjero, a aquel que ve que no trabaja para ganarse un lugar en el barrio. Quizás el choque de culturas, ante alguien que uno ve trabajador y honesto, no se da tanto.


Las reglas del juego
Mientras pienso en esto, Daniel ya atendió en la caja a cuatro clientes. Los empleados se ríen de que pueda salir en una revista y él también se ríe con ellos. Tengo una pregunta escrita y tenía temor en que no quisiera hablar de eso. Se refiere a la competencia entre pares. El barrio de Congreso es sólo una muestra del crecimiento de autoservicios y supermercados de origen chino que ha tenido Capital Federal y muchas de las ciudades del interior.
Visto el fenómeno desde afuera, pareciera que todos han llegado desde China a Argentina organizados. Quizás el silencio en el que eligen estar me mueva a pensar eso. Pero entre regiones también existen diferencias y competencias, como en cualquier lugar del mundo. “Enfrente se instaló otro supermercado chino hace 15 días. Y es competencia, claro”. Daniel se refiere a uno ubicado en diagonal a su negocio, que luce con pintura nueva. No puedo dejar de comparar el negocio de enfrente con el de Daniel, y le pregunto si desearía modificar algo de su comercio, ampliar, cambiar ciertos aspectos para que los clientes no se le vayan. “El negocio está bien, no nos falta nada. Es una inversión. Dejar plata en arreglar y la pintura es fácil. Pero luego hay que mantener eso. Además esto (mueve su brazo hacia las góndolas) es barato”.


El tema de lo barato que puede ser un comercio chino lo ayuda, aunque en parte. “Yo puedo tener un 25 % más barato la mayoría de los productos, pero todos los que rebajamos después ganamos poquito”, me aclara. Luego me dice que cierta idea de que en Argentina se vive bien, hace que muchos chinos desembarquen en nuestro país y luego tengan problemas para subsistir. “No es sencillo un negocio, y se vienen con la idea de que bajando precios la ganancia es mucha. Pero se gana poquito”, repite la palabra.


Que si vengo, que si voy
Imagino que progresar, para alguien que no es de aquí, implica que le vaya bien en su comercio y afianzar lazos con un país que no es el de ellos. O tal vez piense en volver a su patria. Para Daniel el tema de lo lejano lo ha superado, aunque sí añora el campo. “El campo es mucho más lindo que la ciudad. Hay otros ritmos y se vive mejor, y más si es en tu país. Pero igual, no pensé en irme. O bueno…tuve momentos malos con mi negocio, la crisis, todo eso. De afuera todo es fácil para el que no es comerciante.”


Dice reconocer a alguien de China si vino del campo o la ciudad. “Yo nací en Shandong…en Shanghai no, eh”. Parece que hay diferencias entre ciudades. Me vuelve a hablar del campo. Tiene admiración y algo de melancolía lo que me dice. Le cuento que aquí también hay campo, y mucho. Pero que las ciudades cabeceras dominan todo el movimiento. En China también ocurre, en cuanto a dinero y cultura.
Pero a su manera, cada uno sobrevive.


“No…fotos, no”
Antes de asustarlo sacando mi cámara, decidí comentarle que la idea es tomarle una fotografía para darle un buen marco a la nota. Pero es reacio a posar. Le propuse entonces que él eligiera qué sector de su comercio quería que saliera, si no quería aparecer en persona. Le di mi cámara y luego de ir hasta el fondo y volver, eligió un sector de la entrada. La cámara casualmente era de origen chino (pura casualidad, realmente) y elogió la marca. Le pregunté a qué se debe esa sensación que tengo que las fotos son cosa prohibida. “No, no me gustan…además con esta cara…la foto tiene que ser linda”. Y nos reímos de su salida. Comprendí que tiene que ver con lo cultural y no con la necesidad de esconderse de algo o alguien. Respeto eso.


¿Qué es “ser de acá?”
Estuve un rato más con Daniel. Simpático, de pocas palabras. Con igual placer, me habla de cómo se adaptó a la ciudad, como de los campos de su provincia.
No podría juzgar el sentido de pertenencia, es algo parecido, sino igual, a definir qué es patria. De última, todos somos de aquí, en tanto estemos viviendo.
O sobreviviendo.
Lo veo a Daniel mismo como sobreviviendo en Buenos Aires.
Más allá de estar instalado y en parte adaptado.
Y si aprendió a sobrevivir, comprendí que entre Shandong y Buenos Aires no hay mucha distancia.

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La canciòn de la semana!!

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Textos semanales encabezados por el nombre de un tema musical. Serà el disparador del caòtico orden de mis palabras.
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