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"Luciana, a lo lejos" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011El viento golpeaba haciendo ruido en sus oídos, ese persistente zumbido que no para. Luciana quiso quedarse un rato más mirando el final del cielo, confundido allá a lo lejos en un poco de nubes. La tarde del jueves se iba lento y desde el mirador del lago Traful ella se sentía tan chiquita como su ánimo.
Puso los dos brazos sobre el pasamanos, se sintió moverse al ritmo del viento y se alejó un poco. Descubrió que tenía miedo a las alturas. Con 20 años lo acababa de notar. Se paralizó: miró hacia adelante, vio al sol intentando pasar por entre las nubes y llegar al lago. Pensó en el Espíritu Santo aunque se acordó que ya no era católica. Que escapó desde chica de todo lo que pudo. De sus padres primero, luego de la religión, de su barrio, del colegio. De ella. Hacía tres años vivía ahí y seguía escapando. Estaba triste de descubrir lo que nadie le dijo. Que escapar de lo que no nos gusta a veces no es marcar un rumbo, sino directamente no tenerlo.
Temblaba, Luciana. Frio, miedo, las dos cosas quizás. Se tomó fuerte de la baranda y se puso a llorar recordando eso que le molestaba en su conciencia. Una vez, una sola vez alguien le dio una chance. Y ella la ignoró. Gritó algo fuera del diccionario pero desde su alma, sacó el dolor, se limpió las lágrimas. Bajó del mirador. Se sentía con un deber, el de encontrarla. Llamó por teléfono a los dos números que tenía pero ya no eran de esa persona. Sacó pasaje en micro y luego de tres años volvió a Buenos Aires. Con una mochila como toda compañía tomó el 132 hasta Flores. No recordaba cómo poner las monedas en la máquina y la ayudaron.
Se bajó y caminó tres cuadras hasta Yerbal, de memoria. La casa con la ligustrina al frente, entremezclada con el rosal, seguía frondosa. Tocó timbre con su dedo índice temblando, no había avisado que iba. Ladró un perro que no conocía, escuchó llaves detrás de la puerta y ahí la vio. “¡Luciana, mi amor!. ¡Qué sorpresa, nena!”. Se abrazaron y Luciana preguntó si recordaba qué le había dicho hace tres años cuando enojada vio que ella se iría. Y su tía le respondió: “Que acá estaba todo lo que vos ibas a buscar en otro lado, que tu destino era ir para volver”.
Luciana pudo alquilar su casa del sur, pudo encontrar trabajo acá: en una agencia de turismo vendiendo paquetes turísticos…al sur. Pudo también aprender a manejar la máquina en el colectivo y poner las monedas.
A los dos meses estaba sentada en el 132, volviendo de su trabajo, y abrió la ventanilla. El aire entraba y le hacía un poco de ruido en los oídos. Como alguna vez aquello que fue a buscar y tuvo ante ella. Un segundo antes de darse cuenta.
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Puso los dos brazos sobre el pasamanos, se sintió moverse al ritmo del viento y se alejó un poco. Descubrió que tenía miedo a las alturas. Con 20 años lo acababa de notar. Se paralizó: miró hacia adelante, vio al sol intentando pasar por entre las nubes y llegar al lago. Pensó en el Espíritu Santo aunque se acordó que ya no era católica. Que escapó desde chica de todo lo que pudo. De sus padres primero, luego de la religión, de su barrio, del colegio. De ella. Hacía tres años vivía ahí y seguía escapando. Estaba triste de descubrir lo que nadie le dijo. Que escapar de lo que no nos gusta a veces no es marcar un rumbo, sino directamente no tenerlo.
Temblaba, Luciana. Frio, miedo, las dos cosas quizás. Se tomó fuerte de la baranda y se puso a llorar recordando eso que le molestaba en su conciencia. Una vez, una sola vez alguien le dio una chance. Y ella la ignoró. Gritó algo fuera del diccionario pero desde su alma, sacó el dolor, se limpió las lágrimas. Bajó del mirador. Se sentía con un deber, el de encontrarla. Llamó por teléfono a los dos números que tenía pero ya no eran de esa persona. Sacó pasaje en micro y luego de tres años volvió a Buenos Aires. Con una mochila como toda compañía tomó el 132 hasta Flores. No recordaba cómo poner las monedas en la máquina y la ayudaron.
Se bajó y caminó tres cuadras hasta Yerbal, de memoria. La casa con la ligustrina al frente, entremezclada con el rosal, seguía frondosa. Tocó timbre con su dedo índice temblando, no había avisado que iba. Ladró un perro que no conocía, escuchó llaves detrás de la puerta y ahí la vio. “¡Luciana, mi amor!. ¡Qué sorpresa, nena!”. Se abrazaron y Luciana preguntó si recordaba qué le había dicho hace tres años cuando enojada vio que ella se iría. Y su tía le respondió: “Que acá estaba todo lo que vos ibas a buscar en otro lado, que tu destino era ir para volver”.
Luciana pudo alquilar su casa del sur, pudo encontrar trabajo acá: en una agencia de turismo vendiendo paquetes turísticos…al sur. Pudo también aprender a manejar la máquina en el colectivo y poner las monedas.
A los dos meses estaba sentada en el 132, volviendo de su trabajo, y abrió la ventanilla. El aire entraba y le hacía un poco de ruido en los oídos. Como alguna vez aquello que fue a buscar y tuvo ante ella. Un segundo antes de darse cuenta.
"El trabajo de Sabrina" -CC-
1 comentarios jueves, 13 de octubre de 2011
Cuando estaba nerviosa siempre Sabrina movía su pie derecho, lo golpeaba contra el piso y hacía ruido. Para evitarlo cruzaba las piernas. El inconveniente es que para una entrevista laboral cruzar las piernas podría interpretarse de cinco mil maneras y seguramente ninguna sería de su agrado. Puso la espalda derecha, juntó las rodillas y las dos manos en la falda, una sobre la otra. La mano izquierda tenía los dedos cruzados y con la derecha tapaba la cábala.
Le habían dicho que la cabeza siempre debía estar de frente para escuchar. Inclinarse hacia uno de los oídos le dijeron que no era correcto, cuidó el detalle. Sentía que le iban a decir que sí pero su futuro jefe estaba con ganas de hablar. Sabrina pensó en el pasillo camino a la oficina: estaba en el final de una sala y parecía todo un avión por dentro. Filas de dos o de tres mesas una al lado de la otra.
El jefe (futuro) seguía hablando bien de sí mismo hasta que ella escuchó, por fin, la felicitación por haber sido elegida. Dijo “gracias”. Que era un honor, que…no la estaban escuchando, no pudo seguir y el jefe continuaba hablando.
Recordó Sabrina a su hermana. A los 20 años le había conseguido su primer trabaja. Separaba cartas simples de certificadas en la vieja E.N co.Tel y también vendía estampillas. En tres años la pasó dentro de todo bastante bien, salvo que su jefe cuando la miraba le molestaba bastante.
Luego trabajó en una perfumería. Ocho horas, seis días a la semana. Como era callada bajaba la cabeza y soportaba bastante. Piensa en Emilse, comprendiendo que para jefe déspota no hace falta ser hombre. La suspendieron tres días por plegarse a un reclamo: sillas para las chicas que atendían al público.
En el tercer trabajo fue donde más duró. Secretaria de un fulano, amigo de un mengano. Escribanía Costa Mendez. Todos de traje, todos hablando bajito, todos sospechosos. Pero pagaban bien. Funcionaban tipo logia. Sabrina miraba por televisión todas las noches la novela “El elegido” y los “Nevares-Sosa” le sonaban tan parecidos que a veces se reía. Después de cuatro años un día prendió la computadora y se negó a mover el mouse. Se fue. Estaba cansada de vestirse siempre igual, de verse como un robot. Harta de ser amable cuando no lo sentía. Con su hermana de chica soñaba ser pintora de cuadros. Pero los sueños que no dejan dinero son rápidamente desechados, sentía envidia de los realizadores. Aquellos que juntaban deseo con oportunidad.
Estaba ahora a punto de obtener algo por lo que no había luchado ni soñado. Aunque para variar iba a aceptar, otra vez, en silencio. El jefe (futuro) le siguió hablando y Sabrina volvió a la realidad cuando le preguntaron ¿podría empezar hoy mismo?.
Ella lo miró y le dijo lo que salió. “No, muchas gracias, ya tengo trabajo”.
Y esa tarde Sabrina se anotó en un curso de pintura.
Empezó a trabajar a los 31 años. Por ella.
"Los zapatos embarrados" (texto para concurso)
1 comentarios miércoles, 6 de octubre de 2010
Elena miró hacia arriba y la claridad de la mañana terminó de encandilarla en plena calle, lo que hizo que cerrara por un momento sus ojos y tratara de ubicarse para seguir caminando. El sol parecía de estreno pero para ella lo único de estreno, aunque algo incómodos los dedos de los pies todos apretados, eran esos zapatos de color negro que terminaban en punta. Se fijó en cómo lucían, una especie de tic que nunca dejaba de hacer. La mañana del 25 de julio no era tan fría como para el tapado oscuro que había elegido y caminaba ya pensando en donde lo dejaría colgado cuando viniera el mediodía.
Faltaba una cuadra y media para llegar y Florida era el ruido que la gente hacía al caminar, mezcla de murmullo y tránsito de autos cuando cruzó Corrientes. Su amiga Nilda le había conseguido la oportunidad de un trabajo nuevo y hacia allí iba, pensando luego en contarle cómo le había ido. Llegando al 400 de Florida, aquello le parecía cada vez más grande y todos sus conocimientos cada vez más pequeños.
La entrada al local de perfumería tenía dos grandes vidrieras repletas de productos mayormente importados. Más de una vez pasó por ese lugar y ahora le prestaba real atención, como al cartel de las “ofertas de temporada 1952”.De primera impresión todo muy ordenado y colorido: se sintió como una niña mirando una juguetería.
Tenía estantes de madera en distintos tamaños casi hasta el techo, en donde se exhibían cientos de frascos al lado de su correspondiente caja. No fijó su vista en algo puntual, repasó con sus ojos delicadamente para que no se note su asombro hasta que una señora que la había observado llegara desde el final del salón. En esos cuatro segundos miró el piso, blanco y reluciente, y el techo, con los extremos de la sala trabajados artísticamente como los antiguos locales que conocía. Se presentó y tenía algo preparado como para romper el hielo, pero la señora le dijo que se llamaba Mirta, que la estaban esperando y que pasara hacia el interior del local.
Detrás de la señora, Elena iba pensando mil cosas a la vez, egoístamente sólo en ella y en realidad egoísta es la sensación del primer trabajo, un premio como el de aprender a caminar y lograrlo. Lo diferente es que esta vez se sentía consciente de eso y resopló entre nerviosa y satisfecha. Una oficina impecablemente ordenada con una mujer que hacía juego con el entorno, fue quien le dio la bienvenida. No vio libros contables a primera vista y se puso a buscarlos más detenidamente con la mirada. Había sido elegida para llevar los registros contables y sin embargo no estaban ante sus ojos ni uno solo. La mujer que le hablaba parecía amable pero una no escuchaba a la otra. Elena le preguntó cuestiones que la señora no oyó y tuvo que esperar que terminara de hablar.
Cuando se hizo un inevitable silencio para tomar un segundo de aire se preocupó en saber el tema de la vestimenta, porque ella tenía una blusa blanca y vio que dos o tres mujeres estaban de color azul. “La ropa reglamentaria es camisa y pollera azul”, le dijeron. Tragó saliva y pensó en su placard, con tres camisas de color blanco y una de color crema. Empezaba al día siguiente lo cual le iba a permitir teñir esa noche una camisa para que fuera lo más azul posible a las que vio. El horario para entrar era las ocho de la mañana y las presentaciones formales quedaron entonces para el 26 de julio.
Tiñó su camisa y la puso a secar en el patio, rezando para que aun húmeda igual quedara bien. Su hermana menor la observaba en silencio y la madre ya se había acostado. A las cinco y media de la mañana sonó la sirena de la fábrica que llamaba a sus trabajadores, y que era el mejor reloj puntual que un barrio podía tener. Temprano aun, se levantó y preparó el desayuno que al final casi no probó. Se hizo la hora, salió y esperó el tranvía que la dejara en el centro, calculando la hora como un físico matemático. Llegó y caminó sin tanto conflicto con sus zapatos, el cuero ya estaba flojo por usarlos el día anterior.
En la puerta dos chicas de su edad la saludaron con un beso y la mano sobre su brazo, como quien reconforta al que empieza, cosa que le generó una electricidad en el cuerpo positiva. Resopló y se sintió a gusto de inmediato, contando y escuchando a mujeres que pasaron por lo de ella y esas expectativas ante lo que no conocían. Un hombre desde adentro subió las persianas y ellas entraron, casi al mismo tiempo que llegó la señora Mirta. La saludó y ambas fueron otra vez hacia la oficina en la que ayer había estado. No veía los libros contables y la curiosidad la estaba matando. Un escritorio de madera con una silla mullida aunque algo vieja parecía ser su centro de importancia de allí en más.
Mirta le contó detalladamente el funcionamiento del local, el de las otras sucursales, quienes venían cada día y el movimiento de la caja, a cargo de una de las chicas que ya había conocido. Le pidió permiso para pasar frente al escritorio y así mostrarle el gran truco: el cajón debajo del centro de la mesa de madera era rectangular y se abría llevando hasta el fondo uno de los cajones de los costados. El mecanismo hacía que se destrabara el del centro y se abriera, con tres libros contables bastante importantes. Su herramienta de trabajo estaba por fin a la vista.
El primer día fue bastante rutinario y la única preocupación era no equivocarse en la fecha cuando se asentaba: 26 de julio de 1952. Se fue contenta con su labor aunque no le permitía el contacto con el resto y ella quería conocer más de sus compañeras de negocio. Los cuatro siguientes días serían inolvidables por otros motivos y ella no lo sabría aun.
Su felicidad por el primer trabajo no se correspondía con el ánimo en la calle y menos en el local, tras la muerte de Eva Perón. La orden fue la de ver en el momento qué se hacía, ya sea porque el gobierno decretara duelo o simplemente desde la central se optara por cerrar. Hombres de brazalete o algún crespón de color negro y las mujeres de ropa rigurosamente oscura dominaron la semana. Como decisión general de la empresa se habían apagado las luces de las vidrieras y si bien no era exactamente de su incumbencia, el hecho no le parecía correcto. Notaba que las actividades en el local habían bajado y su trabajo ya no era tanto, cuestión que compartía con el resto de sus compañeras y comenzaba a hablar a diario. Iba y venía del escritorio hacia adelante donde estaban todas, cada vez más. Indicaba poco trabajo.
El velatorio hizo que las personas formaran fila de cuadras de largo, que llegaron hasta la puerta misma del local de Florida. Muchos estaban apoyados contra la persiana baja y el hecho de abrir el local causaba molestia; les dijeron a todas las empleadas que intentaran limpiar la entrada con agua y así poder “desarmar” la fila para ver si se podía abrir.
La orden incluía a Elena, que trapo en mano ayudó a sus compañeras, que trataban de limpiar sin a la vez molestar. Se arremangó pero de a poco fue más espectadora que protagonista. Se quedó mirando a la gente y el aspecto triste que tenían, tan lejos a su felicidad por trabajar. Vio la punta de cada zapato algo mojadas y pensó en cuidarlos, alejándose del charco con agua y obsesionada con no estropearlos. Pero por primera vez sintió que ese tic era visto. Y no por una sola persona sino por varios de quienes estaban en esa fila. El tic consistía en juntar los pies y bajar la cabeza casi como quien reza, para verse la punta de ambos zapatos y comprobar si estaban manchados. La acción casi mecánica esta vez la vieron muchos y al darse cuenta se sonrojó, como cuando alguien es encontrado haciendo algo indebido. Ella intentó no mirar a la gente a la cara para no ponerse aun más colorada y terminó mirando los zapatos de todos. Le llamó la atención que muchos estaban con barro. No era momento para preguntar nada pero ese detalle funcionó a la inversa: le sacó todo valor a sus propios zapatos y sintió valorar otros.
Se quedó pensando en tantas cosas a la vez que un tirón en la pollera no la sacaba de sus cuestiones, hasta que vio que una nena de unos siete años estaba a su lado. Intentó mirarla a la cara pero tenía el pelo ensortijado y le tapaba una parte. Se agachó y con cariño movió los rulos y se sorprendió. La tomó de ambos hombros más para no caerse ella misma: era su propia hermanita, que la reconoció y se acercó a saludarla. Cuando la alzó la sintió con la piel fría y le pasó su mano por uno de los brazos mientras buscaba a su madre con la mirada, a quien vio un poco más adelante.
“Tengo que trabajar, disculpen”, dijo a modo de súplica. Las saludó y volvía para la perfumería sin ver aquel gran charco que evitó y ahora no consiguió esquivar.
Frenó enseguida sin salir del agua. Se agachó y los miró, juntos y ya sucios a sus propios zapatos.
Le parecieron maravillosos porque eran de ella. Y cuando terminó su trabajo, también se puso a hacer la fila.
Daba
Faltaba una cuadra y media para llegar y Florida era el ruido que la gente hacía al caminar, mezcla de murmullo y tránsito de autos cuando cruzó Corrientes. Su amiga Nilda le había conseguido la oportunidad de un trabajo nuevo y hacia allí iba, pensando luego en contarle cómo le había ido. Llegando al 400 de Florida, aquello le parecía cada vez más grande y todos sus conocimientos cada vez más pequeños.
La entrada al local de perfumería tenía dos grandes vidrieras repletas de productos mayormente importados. Más de una vez pasó por ese lugar y ahora le prestaba real atención, como al cartel de las “ofertas de temporada 1952”.De primera impresión todo muy ordenado y colorido: se sintió como una niña mirando una juguetería.
Tenía estantes de madera en distintos tamaños casi hasta el techo, en donde se exhibían cientos de frascos al lado de su correspondiente caja. No fijó su vista en algo puntual, repasó con sus ojos delicadamente para que no se note su asombro hasta que una señora que la había observado llegara desde el final del salón. En esos cuatro segundos miró el piso, blanco y reluciente, y el techo, con los extremos de la sala trabajados artísticamente como los antiguos locales que conocía. Se presentó y tenía algo preparado como para romper el hielo, pero la señora le dijo que se llamaba Mirta, que la estaban esperando y que pasara hacia el interior del local.
Detrás de la señora, Elena iba pensando mil cosas a la vez, egoístamente sólo en ella y en realidad egoísta es la sensación del primer trabajo, un premio como el de aprender a caminar y lograrlo. Lo diferente es que esta vez se sentía consciente de eso y resopló entre nerviosa y satisfecha. Una oficina impecablemente ordenada con una mujer que hacía juego con el entorno, fue quien le dio la bienvenida. No vio libros contables a primera vista y se puso a buscarlos más detenidamente con la mirada. Había sido elegida para llevar los registros contables y sin embargo no estaban ante sus ojos ni uno solo. La mujer que le hablaba parecía amable pero una no escuchaba a la otra. Elena le preguntó cuestiones que la señora no oyó y tuvo que esperar que terminara de hablar.
Cuando se hizo un inevitable silencio para tomar un segundo de aire se preocupó en saber el tema de la vestimenta, porque ella tenía una blusa blanca y vio que dos o tres mujeres estaban de color azul. “La ropa reglamentaria es camisa y pollera azul”, le dijeron. Tragó saliva y pensó en su placard, con tres camisas de color blanco y una de color crema. Empezaba al día siguiente lo cual le iba a permitir teñir esa noche una camisa para que fuera lo más azul posible a las que vio. El horario para entrar era las ocho de la mañana y las presentaciones formales quedaron entonces para el 26 de julio.
Tiñó su camisa y la puso a secar en el patio, rezando para que aun húmeda igual quedara bien. Su hermana menor la observaba en silencio y la madre ya se había acostado. A las cinco y media de la mañana sonó la sirena de la fábrica que llamaba a sus trabajadores, y que era el mejor reloj puntual que un barrio podía tener. Temprano aun, se levantó y preparó el desayuno que al final casi no probó. Se hizo la hora, salió y esperó el tranvía que la dejara en el centro, calculando la hora como un físico matemático. Llegó y caminó sin tanto conflicto con sus zapatos, el cuero ya estaba flojo por usarlos el día anterior.
En la puerta dos chicas de su edad la saludaron con un beso y la mano sobre su brazo, como quien reconforta al que empieza, cosa que le generó una electricidad en el cuerpo positiva. Resopló y se sintió a gusto de inmediato, contando y escuchando a mujeres que pasaron por lo de ella y esas expectativas ante lo que no conocían. Un hombre desde adentro subió las persianas y ellas entraron, casi al mismo tiempo que llegó la señora Mirta. La saludó y ambas fueron otra vez hacia la oficina en la que ayer había estado. No veía los libros contables y la curiosidad la estaba matando. Un escritorio de madera con una silla mullida aunque algo vieja parecía ser su centro de importancia de allí en más.
Mirta le contó detalladamente el funcionamiento del local, el de las otras sucursales, quienes venían cada día y el movimiento de la caja, a cargo de una de las chicas que ya había conocido. Le pidió permiso para pasar frente al escritorio y así mostrarle el gran truco: el cajón debajo del centro de la mesa de madera era rectangular y se abría llevando hasta el fondo uno de los cajones de los costados. El mecanismo hacía que se destrabara el del centro y se abriera, con tres libros contables bastante importantes. Su herramienta de trabajo estaba por fin a la vista.
El primer día fue bastante rutinario y la única preocupación era no equivocarse en la fecha cuando se asentaba: 26 de julio de 1952. Se fue contenta con su labor aunque no le permitía el contacto con el resto y ella quería conocer más de sus compañeras de negocio. Los cuatro siguientes días serían inolvidables por otros motivos y ella no lo sabría aun.
Su felicidad por el primer trabajo no se correspondía con el ánimo en la calle y menos en el local, tras la muerte de Eva Perón. La orden fue la de ver en el momento qué se hacía, ya sea porque el gobierno decretara duelo o simplemente desde la central se optara por cerrar. Hombres de brazalete o algún crespón de color negro y las mujeres de ropa rigurosamente oscura dominaron la semana. Como decisión general de la empresa se habían apagado las luces de las vidrieras y si bien no era exactamente de su incumbencia, el hecho no le parecía correcto. Notaba que las actividades en el local habían bajado y su trabajo ya no era tanto, cuestión que compartía con el resto de sus compañeras y comenzaba a hablar a diario. Iba y venía del escritorio hacia adelante donde estaban todas, cada vez más. Indicaba poco trabajo.
El velatorio hizo que las personas formaran fila de cuadras de largo, que llegaron hasta la puerta misma del local de Florida. Muchos estaban apoyados contra la persiana baja y el hecho de abrir el local causaba molestia; les dijeron a todas las empleadas que intentaran limpiar la entrada con agua y así poder “desarmar” la fila para ver si se podía abrir.
La orden incluía a Elena, que trapo en mano ayudó a sus compañeras, que trataban de limpiar sin a la vez molestar. Se arremangó pero de a poco fue más espectadora que protagonista. Se quedó mirando a la gente y el aspecto triste que tenían, tan lejos a su felicidad por trabajar. Vio la punta de cada zapato algo mojadas y pensó en cuidarlos, alejándose del charco con agua y obsesionada con no estropearlos. Pero por primera vez sintió que ese tic era visto. Y no por una sola persona sino por varios de quienes estaban en esa fila. El tic consistía en juntar los pies y bajar la cabeza casi como quien reza, para verse la punta de ambos zapatos y comprobar si estaban manchados. La acción casi mecánica esta vez la vieron muchos y al darse cuenta se sonrojó, como cuando alguien es encontrado haciendo algo indebido. Ella intentó no mirar a la gente a la cara para no ponerse aun más colorada y terminó mirando los zapatos de todos. Le llamó la atención que muchos estaban con barro. No era momento para preguntar nada pero ese detalle funcionó a la inversa: le sacó todo valor a sus propios zapatos y sintió valorar otros.
Se quedó pensando en tantas cosas a la vez que un tirón en la pollera no la sacaba de sus cuestiones, hasta que vio que una nena de unos siete años estaba a su lado. Intentó mirarla a la cara pero tenía el pelo ensortijado y le tapaba una parte. Se agachó y con cariño movió los rulos y se sorprendió. La tomó de ambos hombros más para no caerse ella misma: era su propia hermanita, que la reconoció y se acercó a saludarla. Cuando la alzó la sintió con la piel fría y le pasó su mano por uno de los brazos mientras buscaba a su madre con la mirada, a quien vio un poco más adelante.
“Tengo que trabajar, disculpen”, dijo a modo de súplica. Las saludó y volvía para la perfumería sin ver aquel gran charco que evitó y ahora no consiguió esquivar.
Frenó enseguida sin salir del agua. Se agachó y los miró, juntos y ya sucios a sus propios zapatos.
Le parecieron maravillosos porque eran de ella. Y cuando terminó su trabajo, también se puso a hacer la fila.
Daba
El último día de Ordoñez (segunda parte)
1 comentarios miércoles, 21 de abril de 2010
Su oficina tenía las mismas paredes de durlock que el resto del cuarto, y el cieloraso le daba al lugar la impresión de cajita en donde todos estaban perfectamente ubicados en sus lugares. Se preguntaba Ordoñez qué lo diferenciaba a él respecto de sus empleados y quizás la respuesta fuera sólo esas paredes divisorias y poco más.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.
El apocalipsis le cayó en la cabeza y hasta fin de año, sabiendo que su despido era cosa juzgada, no se podía sentir mucho más que los que lo rodeaban, seguros de continuar en sus puestos.
Buscó su celular en el bolsillo y no lo tenía. Se sentó rascándose la cabeza y queriendo hacer foco mental en esa pérdida y no en saberse perdido él. Respiró profundo y recordó que lo tenía en la mano cuando lo invitaron a sentarse en la oficina del Gerente.
Salió en la búsqueda y pasó por el angosto pasillo de alfombra color crema con mesas y cubículos a su alrededor. Sintió que todos lo miraban tras su paso pero seguramente era lo que creía que pasaba, ya que nadie aun sabía nada de su suerte.
Llegó a la Gerencia y estaba en un borde de la mesa. Dijo “permiso” y lo levantó. El Gerente, de reojo, se dignó a mirarlo pero no a los ojos sino a sus manos, que ya tenían el bendito celular. Buscó el número de su mujer y se quedó con el celular abierto hasta que volvió a su oficina.
Se sentó y marcó el número mientras buscaba cómo empezar a decir todo ya que sabía que a nivel familiar la cosa se iba a complicar. Para su sorpresa inicial la mujer lo contuvo y le dio ánimo, casi que le dijo que lo que sucede conviene, y que por algo esto ahora pasaba, que quizás fuera una señal de cambio, de fin de un ciclo. Descubrió que su esposa parecía tomárselo mejor que el, más allá del problema que traería. Cerró el celular y se apoyó en el respaldo de la silla, satisfecho de escuchar a quien debía y como seguramente quería oírla. Llegaba el turno de informar a sus empleados.
Giró la silla para usar la computadora, abrió el Outlook y pensó en un mail colectivo que informara todo y si le venía en ganas, con detalles de la charla con el Gerente. En “asunto” puso “DECISIÓN” con mayúsculas. Escribió un par de renglones, pero descubrió que lo estaba haciendo para leerse a si mismo y no para que otros lo puedan entender, y borró todo. Apoyó sus dos manos en la mesa y se levantó de un impulso.
Se puso en un extremo del pasillo angosto y tocó con el puño una de las paredes de durlock, como para que le presten atención. Al instante un montón de cabezas se asomaron tras los cubículos y la imagen que veía Ordoñez era la de ojos asombrados de parte de todos. Carraspeó un poco. Movió las piernas como quien empieza una maratón larga, y dijo lo suyo.
“Para no andar con vueltas y antes de que puedan saberlo por otro lado, estuve hace un rato en la Gerencia y me informaron que me adelantan la jubilación para fin de año…están haciendo una reducción de personal con más años y me ha tocado a mi. Les quiero decir que no tengo ni tendré quejas para con ustedes y que todo seguirá de mi parte con total normalidad hasta el último día acá. Incluso tu café siempre frio, Ibañez”…
La risa general, y la cara colorada de Ibañez en particular, descomprimieron un tanto la situación y le sacó el peso de tener que decir lo que debía. Volvió a su lugar y de lejos el inevitable murmullo se oía a sus espaldas. Decidió meterse en sus papeles y en las firmas de documentos que esperaban en su mesa y así pasó la tarde hasta que se fue a su casa.
Al otro día llegó a su cubículo y saludó a los tres empleados madrugadores de siempre. Prendió su computadora y su casilla estaba casi completa con mensajes en cadena en donde se hablaba sobre su despido-retiro y las muestras de afecto de algunos que él conocía, pero de otros que no eran empleados de su sector pero que se habían enterado de la noticia. Se sintió bien y mal a la vez, porque ser algo famoso por esa circunstancia no lo podía ver con felicidad, aunque valoró que de él se tenga una buena referencia, al menos para los que componían esa larga cadena de mails.
Decidió agradecer el gesto y respondió que él no era merecedor de eso, aunque su corazón lo agradecía y lo hacía poner contento. Dijo al pasar que se volvería más atento a oír a todos en sus cuestiones porque sentía que aun cerca de su retiro debía hacerse cargo de la estabilidad de ellos. Cerró el correo y se puso a trabajar.
Cerca de las cuatro de la tarde volvió a revisar su casilla y para su sorpresa, había varios correos electrónicos de empleados que él no conocía y que contaban, en algunos casos a él solo, y en otros a todos los demás en cadena, casos puntuales de pedidos de solución a conflictos. La mayoría escritos con cierta angustia en la que lógicamente se sintió identificado, le había pasado a él 24 horas antes.
Se acomodó mejor frente a la máquina dispuesto a leer. No era edad para ser un empleado justiciero, pero comprendió que estaba ahí, esperándolo, la oportunidad de hacer algo por los que lo necesitaban y se lo hacían saber.
Empezaba el tiempo de leerlos y oírlos.
Capítulo cinco: La defensora del apellido
1 comentarios lunes, 14 de diciembre de 2009Mi familia tiene claramente dos estilos bien marcados, que los definen frente a otros. Por parte de mi madre son en su mayoría abiertos, habladores, simpáticos, demostrativos y de gestos y acciones que no pasan de largo ante una situación.
Por parte de mi padre la cosa cambia totalmente. Reconcentrados, serios hasta lo exasperante, nada demostrativos, callados y muy afectos a las miradas y guiños que da el cuerpo a partir de actitudes, se sabía cuándo alguien estaba o no enojado, era claro. Mi abuela Juana, la madre de mi padre, encarnaba perfectamente ese papel.
Entre esos dos mares navegué yo. Nada mejor entonces que saber nadar, y eso creyó oportuno mi abuela Juana que aprendiera de chico. Mar del Plata era el punto de inicio de mis vacaciones, en general apenas terminadas las clases del colegio religioso. Los primeros recuerdos de mi abuela en mi mente tienen que ver con el Centro de Educación Física número 1 y su pileta cubierta en la rambla. Cómo me miraba nadar, o intentar hacerlo, cuando mis pies no tocaban bajo ningún concepto el fondo de la pileta y me sentía un caldo en cubito fuera de la caja, inútil.
Recuerdo cumplir, cumplir a rajatabla sin chistar, no había segunda opinión. En general estábamos solos y alguna de mis tías se sumaban cinco o seis días en un mes, pero casi siempre con mi abuela, los dos. Me daba la mano como contención más que por cariño, era una mano tendida que no me dejaba solo en la calle, el afecto era estar ahí, disponer del tiempo para conmigo, llenarme de actividades físicas hasta casi desear que empiecen las clases, eran realmente muchas (Fútbol, básquet, patín, la nombrada natación). En medio de todo yo disfrutaba, me las rebuscaba, soy de mirar lo positivo hasta de mi imagen en un espejo roto, diría un amigo. Y fui muy feliz con ella, y ella feliz de saberse necesaria.
Íbamos de vacaciones en tren hasta Mar del Plata, una linda travesía de varias horas pero que disfrutaba sentado, acostumbrado a viajar mal y parado. En una oportunidad mi tía nos despedía porque nos estábamos yendo, y mi madre no llegaba, debía ir a saludarme. Yo estaba muy triste por eso, tendría ocho años, pensaba que algo malo le había pasado. El tren se ponía en marcha en Constitución con esa eterna bocina de la locomotora.
Saludo a mi tía con la mano y asomado a la puerta del vagón, esperaba que mi madre apareciera. Y como si fuera una película de Campanella, con el vagón en marcha aparece corriendo mi madre con una velocidad que le desconocía hasta allí, y me alcanza a saludar tirando un beso. ¡Y tirando una campera blanca, también! Que atajé con buenos reflejos. La escena era entre cómica y muy angustiante a la vez.
Me puse a llorar amargamente. Y mi abuela, muy práctica, muy frontal y siempre de voz segura, me mira y me dice “¿Por qué llorás, si siempre la ves todos los días?”.
Mi abuela y su sentido práctico. De algún lado evidentemente salgo.
Juana, y sus hijas (mis tías) vivían en San Isidro, lugar bastante tranquilo hace 30 años, las cosas van cambiando. Un barrio silencioso acorde a la familia. Una vez al mes pasaba a buscarme por el colegio y me quedaba un fin de semana en su casa y el lunes una de mis tías me llevaba al colegio en su Citroen rojo (llegar en auto era una extraña sensación, sin tren y colectivo de por medio).
En general los últimos viernes de cada mes pasaba mi abuela a buscarme. Sostuvo el pago de la cuota del colegio por mucho tiempo, jamás sabré por cuánto. Pero la maniobra que tanto mi madre como ella hacían era bastante clara, hasta para un chico de ocho o nueve años: mi abuela me pasaba a buscar y a las 17 íbamos al café “De los angelitos”, té para ella, gaseosa para mi. Llegaba mi madre y ambas se iban al baño. Seguramente allí mi abuela le daría el dinero a mi madre y luego ambas salían del baño y mi madre enfilaba para la puerta. “¿Adónde va mamá?”, preguntaba yo. “Se olvidó algo en la oficina, ahora vuelve”, decía mi abuela.
Lo que en realidad hacía mi madre era ir hasta el colegio (que la esperaba aun abierto) para que pueda pagar la cuota mensual. No recuerdo cuántas veces se repitió esta maniobra, o si hubo otras de las que no me percaté, pero de esa contención que renglones arriba hablé, tiene que ver con estas cosas. Hacer dentro de todo sencillo un transitar, excede lo monetario, era su forma de estar presente, a disposición sin que se lo pidan, eso valoro por sobre todo de mi abuela e intento aplicar para con el otro.
Quizás por eso no desafié su autoridad, porque me sentía protegido. Así la acompañé en las cuestiones más curiosas. Me llevaba a la playa entre las 7 30 y las 11 horas de la mañana, luego de esa hora, decía, el sol hacia mal. Luego a la tarde, pasadas las 18. Fue fanática del Yoga, practicarlo a mi me ponía de buen humor y me relajaba. Además el centro Yogananda marplatense, de personas descalzas siempre y casi todos vestidos de naranja, me resultaba muy simpático. La música la solía llevar ella. Era un casete TDK cuya cinta patinaba bastante con música de la que llamaríamos hoy incidental, a modo de relajación. Y era efectiva.
También la recuerdo escribiendo cartas a sus hijas y a mi mamá, también la recuerdo cansada, mirando perdida en sus pensamientos un punto de la mesa, ausente de ahí. También resoplar y siempre caminar más rápido que yo dando el doble de pasos. Dándome los gustos, pero haciendo que me sienta agradecido de que sea así.
La extraño al pensar que en aquel lado de mi familia ya no quedan demasiados familiares, sólo yo. Supongo que cuando tenga un hijo también me gustaría verlo en una pileta, a ver qué tan capaz es de tocar el fondo y seguir respirando sin ahogarse. Eso es salir a flote. De todo, supongo. De la vida.
Revista Superventas: el misterio de saber exhibir
1 comentarios jueves, 19 de noviembre de 2009Toda empresa necesita como objetivo final vender. El consumidor reconoce el producto y lo adquiere. A modo de nexo entre ellos se encuentra el dueño del comercio, con sus propias necesidades de venta.
Una empresa mediana o grande de cualquier rubro posee un presupuesto con el que se ajustan y preparan campañas de publicidad para instalar la marca en el público. A partir del recurso económico, todo producto es potencialmente conocido y reconocido.
Sin embargo la estrategia para ser puesto dentro de un autoservicio no se ha modificado en más de 3 o 4 canales efectivos de venta.
Pasillos: del frío al calor
Más que nada en locales con sucursales, la disposición de los productos a vender se establece por cantidades. Lo que permite sacar conclusiones en cuanto a la ubicación de una marca.
La técnica, dentro del mundo de la publicidad se llama Marketing.
Kotler, una de las principales voces dentro del mundo publicitario, la define como “la actividad que se desarrolla en el punto de venta, e involucra técnicas de exhibición para lograr que un producto se destaque e importe, estimulando la compra impulsiva”.
Con lugares de mayor circulación el producto será más recordado y tendrá más chances de ser adquirido. Los dueños de autoservicios también tienen su idea respecto de las marcas, y si bien pueden diferenciarse los intereses de la empresa de los del dueño, existen maneras o formas de acordar.
Más que nada en locales con sucursales, la disposición de los productos a vender se establece por cantidades. Lo que permite sacar conclusiones en cuanto a la ubicación de una marca.
La técnica, dentro del mundo de la publicidad se llama Marketing.
Kotler, una de las principales voces dentro del mundo publicitario, la define como “la actividad que se desarrolla en el punto de venta, e involucra técnicas de exhibición para lograr que un producto se destaque e importe, estimulando la compra impulsiva”.
Con lugares de mayor circulación el producto será más recordado y tendrá más chances de ser adquirido. Los dueños de autoservicios también tienen su idea respecto de las marcas, y si bien pueden diferenciarse los intereses de la empresa de los del dueño, existen maneras o formas de acordar.
Temporada de caza (de clientes)
Cuando se logró definir la ubicación de cada producto, se inicia la auténtica carrera: las empresas salen a la caza de las ventas, y así atrapar al consumidor.
En su libro “Dirección de Mercadotecnia”, Kotler dedica un capítulo a la llamada promoción de venta. “Consiste en incentivos a corto plazo adicionales a los beneficios básicos ofrecidos por el producto o servicio, para animar la venta del producto o servicio”.
Vale decir que, entonces, en la estrategia también ingresa el dueño del autoservicio. El objetivo de las promociones al canal –enumera Kotler- incluye:
Motivar a los detallistas para que incorporen nuevos productos y que tengan más referencias.
Convencerles para que hagan publicidad al producto y le den más espacio en las estanterías del punto de venta.
Por último, persuadirles para comprar más de ese producto, para tener existencias en el futuro.
A modo de resúmen. Clientes para una empresa son tanto los dueños de comercios, como los consumidores finales de los productos.
Cuando se logró definir la ubicación de cada producto, se inicia la auténtica carrera: las empresas salen a la caza de las ventas, y así atrapar al consumidor.
En su libro “Dirección de Mercadotecnia”, Kotler dedica un capítulo a la llamada promoción de venta. “Consiste en incentivos a corto plazo adicionales a los beneficios básicos ofrecidos por el producto o servicio, para animar la venta del producto o servicio”.
Vale decir que, entonces, en la estrategia también ingresa el dueño del autoservicio. El objetivo de las promociones al canal –enumera Kotler- incluye:
Motivar a los detallistas para que incorporen nuevos productos y que tengan más referencias.
Convencerles para que hagan publicidad al producto y le den más espacio en las estanterías del punto de venta.
Por último, persuadirles para comprar más de ese producto, para tener existencias en el futuro.
A modo de resúmen. Clientes para una empresa son tanto los dueños de comercios, como los consumidores finales de los productos.
Los encargados de la tarea
Repartir mercadería para que los exhibidores siempre tengan el producto requerido. Esa es la tarea que, para la empresa Fa
rgo, personas como Ariel Osores y Hugo Sandoval hacen diariamente con el camión de reparto.
Sandoval nos da algunos datos que explican su trabajo. “Hay dos tamaños de exhibidores que Fargo tiene. En el más chico pueden entrar hasta 100 envases de pan”. Dependiendo del recorrido (en este caso 25 a 30 clientes por día, tres veces a la semana) un camión lleva hasta 160 bandejas en las que se ubican unos diez o doce panes en cada una de ellas.
La entrega del producto también es un factor importante, ya que la reposición inmediata significa la presencia en las góndolas ante una demanda importante.
Repartir mercadería para que los exhibidores siempre tengan el producto requerido. Esa es la tarea que, para la empresa Fa
Sandoval nos da algunos datos que explican su trabajo. “Hay dos tamaños de exhibidores que Fargo tiene. En el más chico pueden entrar hasta 100 envases de pan”. Dependiendo del recorrido (en este caso 25 a 30 clientes por día, tres veces a la semana) un camión lleva hasta 160 bandejas en las que se ubican unos diez o doce panes en cada una de ellas.
La entrega del producto también es un factor importante, ya que la reposición inmediata significa la presencia en las góndolas ante una demanda importante.
Esto marca una diferencia entre los productos frescos y de primera necesidad, respecto de los demás. Para el caso de las marcas “de heladera” o de pan, necesariamente reparten mercadería en cada negocio tres veces a la semana.
El poder de conocernos
La oportunidad de darnos a conocer es la de exhibir; las empresas, poniendo todos los recursos en ser aceptados por el comerciante primero, y luego por el cliente.
Los dueños de locales en tanto, no son un nexo silencioso: también con sus decisiones pueden ejercer influencia para beneficio de sus propios intereses comerciales.
Al fin y al cabo nadie obliga a nadie a modificar una ubicación de mercadería.
Por último, tercer eslabón, es el del rol del cliente, con la decisión final de comprar ya sea por moda, por comodidad, por la oferta, por la calidad o por los colores del envase…todo es posible porque cada eslabón de la cadena sigue siendo imprevisible.
Cada sector depende del otro y estará también en la capacidad de conocerse, el éxito para cada uno.
La oportunidad de darnos a conocer es la de exhibir; las empresas, poniendo todos los recursos en ser aceptados por el comerciante primero, y luego por el cliente.
Los dueños de locales en tanto, no son un nexo silencioso: también con sus decisiones pueden ejercer influencia para beneficio de sus propios intereses comerciales.
Al fin y al cabo nadie obliga a nadie a modificar una ubicación de mercadería.
Por último, tercer eslabón, es el del rol del cliente, con la decisión final de comprar ya sea por moda, por comodidad, por la oferta, por la calidad o por los colores del envase…todo es posible porque cada eslabón de la cadena sigue siendo imprevisible.
Cada sector depende del otro y estará también en la capacidad de conocerse, el éxito para cada uno.
Lo que hay detrás de la puerta: doble trabajo, doble responsabilidad
1 comentarios miércoles, 18 de noviembre de 2009
La frase es bastante conocida y lamentablemente vieja: “con un solo trabajo no alcanza” es una realidad para muchos. Y lo que ocurre puntualmente con aquellos que recién comienzan el camino laboral es que desde el momento en que deciden estudiar ya tienen muchos una forma de mantenerse a nivel gastos o viàticos propios del que cursa una carrera u oficio.
Cuando se termina de estudiar a veces se està en la duda de si dejar aquello que quizás nada tenga que ver con lo que se estudió, o iniciar algo referido a lo nuestro.
Nadie aconseja dejar un trabajo en este momento. El tema es si no satisface lo que esperamos, sobretodo de nuestras aspiraciones personales. Para muchos la opciòn es no dejar nada y esperar la oportunidad de trabajar en aquello que se estudiò. Cuando se logra, hay dos trabajos a la vez.
La alegria o el peso de la tarea, es lo que sigue a eso. Como fuese, es una realidad que llevar dinero a la casa està complicado, y nadie puede juzgar cuando de mantener un equilibrio de plata se trata. Los tiempos se acortan, los descansos son pocos y entre un trabajo y otro recièn se da, algunas veces.
Conoci durante mi etapa como estudiante en la Facultad a una persona, un chico, que tenìa dos trabajos a la vez. Y eso hacìa que le fuera complicado integrar grupos para hacer pràcticos, porque no podìa reunirse con sus compañeros debido a que en general estaba trabajando. Todas estas cosas condicionan a alguien y tambièn le exigen el doble de esfuerzo.
Lo màs sencillo de pedir serìa consideración para este tipo de casos, pero pocos tienen en cuenta el detalle. En una Facultad o lugar de estudio un profesor puede considerar el esfuerzo. Ya en un empleo y con un jefe puede resultar màs difícil.
Hay personas que no aclaran en un trabajo que lo hacen tambièn en otro, y hablamos de aquellos que por primera vez consiguen trabajar. Por temer que les den la opciòn de abandonar uno, no dejan ninguno de los dos.
Quizàs el esfuerzo sea recompensado con algo que haga dejar dos labores y poner el foco en algo que satisfaga. Quizàs nunca llegue ese momento. Como fuera, para lo que se haga se tiene que contar con ganas. Personas con un solo trabajo pueden no tener ganas y alguien sin un segundo de tiempo libre, si.
El destino, pero sobretodo còmo se tomaràn lo que les ocurra, marca con fuego de allì en màs al que recièn comienza.
Cuando se termina de estudiar a veces se està en la duda de si dejar aquello que quizás nada tenga que ver con lo que se estudió, o iniciar algo referido a lo nuestro.
Nadie aconseja dejar un trabajo en este momento. El tema es si no satisface lo que esperamos, sobretodo de nuestras aspiraciones personales. Para muchos la opciòn es no dejar nada y esperar la oportunidad de trabajar en aquello que se estudiò. Cuando se logra, hay dos trabajos a la vez.
La alegria o el peso de la tarea, es lo que sigue a eso. Como fuese, es una realidad que llevar dinero a la casa està complicado, y nadie puede juzgar cuando de mantener un equilibrio de plata se trata. Los tiempos se acortan, los descansos son pocos y entre un trabajo y otro recièn se da, algunas veces.
Conoci durante mi etapa como estudiante en la Facultad a una persona, un chico, que tenìa dos trabajos a la vez. Y eso hacìa que le fuera complicado integrar grupos para hacer pràcticos, porque no podìa reunirse con sus compañeros debido a que en general estaba trabajando. Todas estas cosas condicionan a alguien y tambièn le exigen el doble de esfuerzo.
Lo màs sencillo de pedir serìa consideración para este tipo de casos, pero pocos tienen en cuenta el detalle. En una Facultad o lugar de estudio un profesor puede considerar el esfuerzo. Ya en un empleo y con un jefe puede resultar màs difícil.
Hay personas que no aclaran en un trabajo que lo hacen tambièn en otro, y hablamos de aquellos que por primera vez consiguen trabajar. Por temer que les den la opciòn de abandonar uno, no dejan ninguno de los dos.
Quizàs el esfuerzo sea recompensado con algo que haga dejar dos labores y poner el foco en algo que satisfaga. Quizàs nunca llegue ese momento. Como fuera, para lo que se haga se tiene que contar con ganas. Personas con un solo trabajo pueden no tener ganas y alguien sin un segundo de tiempo libre, si.
El destino, pero sobretodo còmo se tomaràn lo que les ocurra, marca con fuego de allì en màs al que recièn comienza.
Lo que hay detrás de la puerta: Pymes, somos pocos pero nos conocemos mucho
1 comentarios
Como medida para atravesar de mejor manera las permanentes crisis que ponen en peligro una actividad laboral, las llamadas pequeñas y medianas empresas sostuvieron a partir de su funcionamiento una constante salida ingeniosa para paliar la falta de trabajo.
En alguna medida con la vieja receta de las cooperativas, fuertes aun en varias provincias, las llamadas PymEs dieron su impulso al trabajo luego del tornado económico de 2001 aunque ahora se multiplican y reformulan para seguir cada vez más presentes.
La receta era subsistir de manera económica sin perder el objetivo de producir. La conformación de pequeñas estructuras que pudieran generar empleo fue una alternativa más que viable. Las grandes empresas, con crisis financieras que hacían peligrar la continuidad de sus trabajadores, dieron paso en varios rubros a emprendimientos zonales o regionales, apuntando específicamente a un área de trabajo.
Algunas directamente reemplazaron el accionar de las grandes fábricas, desaparecidas tras las crisis. Este movimiento e incorporación de un nuevo modo de producción hizo que los trabajadores se relacionen también de una manera distinta.
Si bien no es una cooperativa desde lo técnico, al ser pocos los empleados hay un criterio solidario de búsqueda y mejora permanente que deriva en el crecimiento de una empresa que, cada empleado ve, funciona a partir del esfuerzo propio y en conjunto. Se definió así un modelo de trabajo en donde aquel que formaba parte de una pequeña y mediana empresa podía sentir ese proyecto un poco como propio, en donde cada uno cumplía un rol asignado sin posibilidades de malos entendidos.
También redefinió jerarquías. Porque un empleado de una gran fábrica no podía optar ni ganar más dinero aun si a la empresa le fuera bien, pasaba eso por una decisión de su empleador. En este caso la producción en una empresa de pocos empleados es notoria, así como también las ganancias que genera una mayor producción. Lo que permite soñar (nadie dice que es inmediato) con la real chance de poder aumentar el ingreso mensual.
Como contra, el ser de número reducido impide por construcción de la idea, una mayor cantidad de empleados, lo que limita un tanto las ganas de trabajar de muchos que quieran sumarse.
El futuro parece asegurarles larga vida. Si bien nada es seguro, se ha visto, las PymEs tienen horizonte para seguir su crecimiento. En estos años muchas de ellas orientan su poder hacia exportar su material y unirse a otras para abastecer juntas pedidos en grandes cantidades. También son vistas como una oportunidad desde lo comercial y se ingresa en ese mundo con un fin totalmente económico y no está mal, si se tienen reglas claras. Los empleados ven en estos emprendimientos una oportunidad. O el objetivo de trabajar, más allá de ser pequeña o grande su labor, siempre.
En alguna medida con la vieja receta de las cooperativas, fuertes aun en varias provincias, las llamadas PymEs dieron su impulso al trabajo luego del tornado económico de 2001 aunque ahora se multiplican y reformulan para seguir cada vez más presentes.
La receta era subsistir de manera económica sin perder el objetivo de producir. La conformación de pequeñas estructuras que pudieran generar empleo fue una alternativa más que viable. Las grandes empresas, con crisis financieras que hacían peligrar la continuidad de sus trabajadores, dieron paso en varios rubros a emprendimientos zonales o regionales, apuntando específicamente a un área de trabajo.
Algunas directamente reemplazaron el accionar de las grandes fábricas, desaparecidas tras las crisis. Este movimiento e incorporación de un nuevo modo de producción hizo que los trabajadores se relacionen también de una manera distinta.
Si bien no es una cooperativa desde lo técnico, al ser pocos los empleados hay un criterio solidario de búsqueda y mejora permanente que deriva en el crecimiento de una empresa que, cada empleado ve, funciona a partir del esfuerzo propio y en conjunto. Se definió así un modelo de trabajo en donde aquel que formaba parte de una pequeña y mediana empresa podía sentir ese proyecto un poco como propio, en donde cada uno cumplía un rol asignado sin posibilidades de malos entendidos.
También redefinió jerarquías. Porque un empleado de una gran fábrica no podía optar ni ganar más dinero aun si a la empresa le fuera bien, pasaba eso por una decisión de su empleador. En este caso la producción en una empresa de pocos empleados es notoria, así como también las ganancias que genera una mayor producción. Lo que permite soñar (nadie dice que es inmediato) con la real chance de poder aumentar el ingreso mensual.
Como contra, el ser de número reducido impide por construcción de la idea, una mayor cantidad de empleados, lo que limita un tanto las ganas de trabajar de muchos que quieran sumarse.
El futuro parece asegurarles larga vida. Si bien nada es seguro, se ha visto, las PymEs tienen horizonte para seguir su crecimiento. En estos años muchas de ellas orientan su poder hacia exportar su material y unirse a otras para abastecer juntas pedidos en grandes cantidades. También son vistas como una oportunidad desde lo comercial y se ingresa en ese mundo con un fin totalmente económico y no está mal, si se tienen reglas claras. Los empleados ven en estos emprendimientos una oportunidad. O el objetivo de trabajar, más allá de ser pequeña o grande su labor, siempre.
Lo que hay detrás de la puerta: el enchufe, el cable y la patada
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Nada más concreto que aquello que hacemos a diario y nos enorgullece realizar, el sueño cumplido de ser y pertenecer. Desde levantarse y partir rumbo al trabajo hasta volver y descansar luego del esfuerzo. En algún punto nos sentimos seguros luego de hacer rutinariamente ciertos deberes.
Otras veces es un pesar que no termina nunca. Como fuera, la situación se vive según la sienta cada uno, aunque con un solo peligro. Que un día alguien decida que esa rutina en este caso laboral deje de ser tal.
Amparado en las leyes, el jefe bien puede avisarnos unos días antes la infausta noticia, con lo cual pasó de “otorgador de oportunidades” a “despreciable” a partir de su decisión para con nosotros. Durante ese lapso, entre la noticia y la efectividad de la orden, hay un vacío ya no legal, sino de sentido común. El castillo de naipes se derrumba y se vuelve al hogar pensando en cómo conseguir urgentemente algo que permita no hacer naufragar esa rutina que ya era parte nuestra.
Muchos buscan trabajo en la oficina desde donde aun son empleados a través de la red…la cabeza le dedica horas al nerviosismo de no saber qué hacer, de no creer más en nadie, de ver que el piso no era tan firme…pero uno al fin de cuentas es mucho más que el trabajo que hace. No se recibe ayuda del prójimo en general, sobretodo en oficinas de personal considerable.
La crisis (cual fuera, es permanente en la excusa) hace un tembladeral de aquel lugar genial hasta hace unos días…y entre la realidad y lo que uno cree percibir, se siente observado por los compañeros que no quieren igual suerte.
Como cuando se enchufa un equipo musical con un alargue para llevarlo lejos… si queremos desenchufarlo iremos hasta el enchufe y notarán que entre que se desenchufa y el corte de energía, el equipo anduvo uno o dos segundos más.. que es lo que tarda la electricidad en terminar de pasar por el cable.
Dentro de esta idea no están los que trabajan…o en realidad están en el extremo en el que aceptan la decisión de otros y se ven condicionados por factores externos, en un rol que viene estructurado y del que no es conveniente opinar en contra.
El “sistema” te acepta o te deja y uno es feliz en tanto trabaje…el “revolucionario” que quisiera otras reglas más equitativas, sobretodo si es joven, es generador de controversia y por lo tanto, fácil de echar.
Otras veces es un pesar que no termina nunca. Como fuera, la situación se vive según la sienta cada uno, aunque con un solo peligro. Que un día alguien decida que esa rutina en este caso laboral deje de ser tal.
Amparado en las leyes, el jefe bien puede avisarnos unos días antes la infausta noticia, con lo cual pasó de “otorgador de oportunidades” a “despreciable” a partir de su decisión para con nosotros. Durante ese lapso, entre la noticia y la efectividad de la orden, hay un vacío ya no legal, sino de sentido común. El castillo de naipes se derrumba y se vuelve al hogar pensando en cómo conseguir urgentemente algo que permita no hacer naufragar esa rutina que ya era parte nuestra.
Muchos buscan trabajo en la oficina desde donde aun son empleados a través de la red…la cabeza le dedica horas al nerviosismo de no saber qué hacer, de no creer más en nadie, de ver que el piso no era tan firme…pero uno al fin de cuentas es mucho más que el trabajo que hace. No se recibe ayuda del prójimo en general, sobretodo en oficinas de personal considerable.
La crisis (cual fuera, es permanente en la excusa) hace un tembladeral de aquel lugar genial hasta hace unos días…y entre la realidad y lo que uno cree percibir, se siente observado por los compañeros que no quieren igual suerte.
Como cuando se enchufa un equipo musical con un alargue para llevarlo lejos… si queremos desenchufarlo iremos hasta el enchufe y notarán que entre que se desenchufa y el corte de energía, el equipo anduvo uno o dos segundos más.. que es lo que tarda la electricidad en terminar de pasar por el cable.
Dentro de esta idea no están los que trabajan…o en realidad están en el extremo en el que aceptan la decisión de otros y se ven condicionados por factores externos, en un rol que viene estructurado y del que no es conveniente opinar en contra.
El “sistema” te acepta o te deja y uno es feliz en tanto trabaje…el “revolucionario” que quisiera otras reglas más equitativas, sobretodo si es joven, es generador de controversia y por lo tanto, fácil de echar.
Nos desenchufan si nos dejan sin trabajo…tarda la orden unos días en hacerse efectiva y luego…fin de la música. Lo que si es semejante en la comparación es la patada…en ambos casos trae consecuencias y nos dolerá.
Por eso, confiar en las iniciativas propias y ser capaces de superarnos desde lo nuestro podría ayudar a la causa. Y un buen par de zapatos con suela de goma…para estar a salvo de las “patadas”. Precavido vale por dos.
Lo que hay detrás de la puerta: entre el ser y el parecer
1 comentarios
Cuando la inestabilidad económica se hace dueña del sistema (y en el que mal o bien estamos inmersos) todo tipo de decisión pasa a tener razones o justificaciones propias que el espectador ajeno no comprende.
Algunos ejemplos claros.
La precariedad laboral no es real problema, Simplemente es el pequeño precio que se debe pagar si se quiere pertenecer como pasajero a un tren que no para.
El nulo reclamo sobre condiciones de trabajo hace imposible cualquier otro cuestionamiento: salarial, imposible. Las exigencias propias chocan con la realidad impuesta.
La famosa serie norteamericana “Lost” muestra la lucha de un grupo de personas por sobrevivir en una isla. En el inestable mundo laboral actual no hay grupos, y cada uno vive en su propia isla, donde existe –para qué negarlo- canibalismo laboral. Esto es, que uno mata por el lugar del otro.
Desde lo personal también se nota el tembladeral que implica el peligro de la pérdida del empleo. Como a todos les ocurre lo mismo, el clima en una oficina es algo parecido a la asfixia lenta. La cosa es no ser el primero de la lista.
Imposible obviar cierto poder extorsivo en quien brinda la oportunidad, y el recordatorio –a través de palabras o de hechos-de cuántos esperarían que uno se vaya de un lugar para ocuparlo.
Existe además una idea que consiste en creer que si la labor es de menor remuneración, más bajo debe ser el tono de la queja, lo que considero erróneo. Los derechos y obligaciones corresponden a todas las escalas salariales.
Esto lo sabe perfectamente el empleador, pero duda en manifestarlo el empleado. Básicamente porque el miedo no es zonzo, diría mi abuela.
Por último, aunque no menos importante. El rol que como empleados tenemos y ejercemos. O no. Alguno podría decir que es más sencillo regatear un precio en vacaciones de verano que pedir aumento de sueldo. ¡Qué novedad!. La cuestión es si creemos que un pedido puntual es técnicamente un reclamo. ¿Lo es?.
Dependen los casos. Exigir ciertas reglas claras no parece ser más difícil –entonces- que regatear el precio de un pullover en Mardel. ¿Somos capaces de modificar la realidad?. ¿Aspiramos de corazón con hacer eso?.
El aguantar, la resignación, no son buenas herramientas.
Ojalá ésta columna fuera de solución. Por lo pronto intenta ser de opinión.
A sobrevivir, jóvenes.
Algunos ejemplos claros.
La precariedad laboral no es real problema, Simplemente es el pequeño precio que se debe pagar si se quiere pertenecer como pasajero a un tren que no para.
El nulo reclamo sobre condiciones de trabajo hace imposible cualquier otro cuestionamiento: salarial, imposible. Las exigencias propias chocan con la realidad impuesta.
La famosa serie norteamericana “Lost” muestra la lucha de un grupo de personas por sobrevivir en una isla. En el inestable mundo laboral actual no hay grupos, y cada uno vive en su propia isla, donde existe –para qué negarlo- canibalismo laboral. Esto es, que uno mata por el lugar del otro.
Desde lo personal también se nota el tembladeral que implica el peligro de la pérdida del empleo. Como a todos les ocurre lo mismo, el clima en una oficina es algo parecido a la asfixia lenta. La cosa es no ser el primero de la lista.
Imposible obviar cierto poder extorsivo en quien brinda la oportunidad, y el recordatorio –a través de palabras o de hechos-de cuántos esperarían que uno se vaya de un lugar para ocuparlo.
Existe además una idea que consiste en creer que si la labor es de menor remuneración, más bajo debe ser el tono de la queja, lo que considero erróneo. Los derechos y obligaciones corresponden a todas las escalas salariales.
Esto lo sabe perfectamente el empleador, pero duda en manifestarlo el empleado. Básicamente porque el miedo no es zonzo, diría mi abuela.
Por último, aunque no menos importante. El rol que como empleados tenemos y ejercemos. O no. Alguno podría decir que es más sencillo regatear un precio en vacaciones de verano que pedir aumento de sueldo. ¡Qué novedad!. La cuestión es si creemos que un pedido puntual es técnicamente un reclamo. ¿Lo es?.
Dependen los casos. Exigir ciertas reglas claras no parece ser más difícil –entonces- que regatear el precio de un pullover en Mardel. ¿Somos capaces de modificar la realidad?. ¿Aspiramos de corazón con hacer eso?.
El aguantar, la resignación, no son buenas herramientas.
Ojalá ésta columna fuera de solución. Por lo pronto intenta ser de opinión.
A sobrevivir, jóvenes.
Lo que hay detrás de la puerta: el trabajador en su laberinto
1 comentarios lunes, 16 de noviembre de 2009
Cuando hablamos de primeras oportunidades dadas, la persona que lo hizo posible no será jamás olvidada. Fue quien confió en que nosotros podíamos y de paso, nos dimos cuenta que algo de razón tenía. Ciertas veces otros confían más en nuestros valores que nosotros mismos.
Existen matices. Como en todo, cuando de relaciones humanas se trata. Para saber diferenciar lo que el empleador quiere de cada uno, la tarea de averiguarlo resulta sencilla: ¿nos paga por nuestro trabajo?. ¿No?. Pues entonces estamos en presencia de la temida condición de “a prueba”. Y aunque aprender de la práctica nunca está mal, sí lo está el abuso del tiempo, el generar el “estado permanente” de nuestra condición.
Las soluciones no están en quien recién comienza. Laberintos de un sistema que en general nos pierde dentro de sus caminos, estamos en medio de todas las decisiones que otros toman. Una protección legal la dan aquellas empresas que buscando dentro de las Facultades, quieren en condición de pasantes a alumnos. Para ir fogueando a aquellos que se están por recibir.
Aunque se puede envidiar a los que son elegidos, nada es un lecho de rosas. Porque uno aprende si le enseñan, además de lo que uno observa. La cuestión es si quienes contratan buscan enseñar las cosas, o sólo a quienes lo hagan rápido y sin chistar. Mejor, no sabemos. Pero, rápido.
Nuestra ilusión de luz al final del túnel nos guía en el laberinto. Mientras, el tiempo pasa, para puro beneficio de quien nos “toma una prueba”. Por eso la recomendación (y les aseguro que con una base empírica importante) es aclarar todo lo necesario desde el principio. Aunque uno quede como estructurado y amigo de los formalismos. Pero es que después no hay derecho a la queja. Es algo así como la letra chica de la compra de un microondas. ¿Quién lee que el representante de la marca atiende en Uruguay?. Nadie. Así que en lo posible, fijarse de aclarar puntos.
A veces ocurre que se sabe cómo es la labor diaria, aunque el empleador no impone otras reglas ya que las da por entendidas. Pero no todos tenemos la lógica de un empleador. Nunca está demás consultar, y a veces hasta con suerte uno ha inaugurado un estilo de trabajo sin quererlo.
Siempre es mejor que en el laberinto sólo quede el Minotauro y nadie más.
Existen matices. Como en todo, cuando de relaciones humanas se trata. Para saber diferenciar lo que el empleador quiere de cada uno, la tarea de averiguarlo resulta sencilla: ¿nos paga por nuestro trabajo?. ¿No?. Pues entonces estamos en presencia de la temida condición de “a prueba”. Y aunque aprender de la práctica nunca está mal, sí lo está el abuso del tiempo, el generar el “estado permanente” de nuestra condición.
Las soluciones no están en quien recién comienza. Laberintos de un sistema que en general nos pierde dentro de sus caminos, estamos en medio de todas las decisiones que otros toman. Una protección legal la dan aquellas empresas que buscando dentro de las Facultades, quieren en condición de pasantes a alumnos. Para ir fogueando a aquellos que se están por recibir.
Aunque se puede envidiar a los que son elegidos, nada es un lecho de rosas. Porque uno aprende si le enseñan, además de lo que uno observa. La cuestión es si quienes contratan buscan enseñar las cosas, o sólo a quienes lo hagan rápido y sin chistar. Mejor, no sabemos. Pero, rápido.
Nuestra ilusión de luz al final del túnel nos guía en el laberinto. Mientras, el tiempo pasa, para puro beneficio de quien nos “toma una prueba”. Por eso la recomendación (y les aseguro que con una base empírica importante) es aclarar todo lo necesario desde el principio. Aunque uno quede como estructurado y amigo de los formalismos. Pero es que después no hay derecho a la queja. Es algo así como la letra chica de la compra de un microondas. ¿Quién lee que el representante de la marca atiende en Uruguay?. Nadie. Así que en lo posible, fijarse de aclarar puntos.
A veces ocurre que se sabe cómo es la labor diaria, aunque el empleador no impone otras reglas ya que las da por entendidas. Pero no todos tenemos la lógica de un empleador. Nunca está demás consultar, y a veces hasta con suerte uno ha inaugurado un estilo de trabajo sin quererlo.
Siempre es mejor que en el laberinto sólo quede el Minotauro y nadie más.
(imagen gentilezawww.1.bp.blogspot.com)
Lo que hay detrás de la puerta: mirame!! yo lo hago mejor
1 comentarios jueves, 12 de noviembre de 2009
Ante un mismo trabajo y con iguales responsabilidades y tareas, el futuro directamente no lo imaginamos para sentirnos mejor, o a lo sumo veremos que será semejante al de quienes nos rodean. Imaginemos a los que trabajan en los ahora llamados call – center, una nueva “salida laboral” propia de la mano de obra barata que lamentablemente representan los que quieren tener el primer trabajo. El porvenir es tan acotado y asfixiante como los cubículos desde donde atienden llamados de España o Estados Unidos.
Las universidades no tienen la tarea de “entregar” a la sociedad alumnos que no puedan destacarse en lo suyo. Si bien la estabilidad monetaria despertó a ciertos rubros y a profesiones alicaídas, las oportunidades laborales no parecen salir de aquellas con las que alguien puede “bancarse” los estudios hasta llegar al final de su carrera.
Luego de terminarla, el trabajo que se consiguió continúa: esta vez, para mantenernos todos los días. El esfuerzo por ser mejor cuando se estudia, parece no prosperar afuera de las aulas.
Un buen aprendizaje es el saber que la igualdad de oportunidades le cabe a los que se prepararon y a los que no. Y que se esté o no de acuerdo, la sociedad pide y da moviéndose dentro de estos preceptos.
Lo que nos diferencia respecto de otros es nuestra preparación. Que es mucho más que un elevado número en el analítico final como promedio: significa poder resolver situaciones y aplicar lo que sabemos en lo que entendemos.
Por supuesto que los que egresan siempre estarán de un mismo lado del mostrador, y esperando que alguien se apiade de un currículum con más ganas que antecedentes. La especialización es una solución moderna o al menos, que está de moda. Poder enfocarse en una actividad dentro de lo que estudiamos y desde allí hacer carrera. Apostar a las propias fuerzas y encontrar quien reconozca eso. Nada menos.
Párrafo final para la búsqueda de ejemplos. Llamado a la solidaridad: si usted conoce un ejemplo a seguir en su profesión, alguien a quien usted admire y crea que su constancia y dedicación explican su buen presente, se ruega aferrarse a él. Lo que en Política podría denominarse apatía o crisis de representatividad, también lo sufren quienes recién salen de la universidad y buscan su futuro. En general pensamos que “si uno es vivo” (en tanto llegar con malas artes, pero rápido), hace las cosas bien.
Pero, si las carreras que elegimos se parecieran a un campo listo para cosechar, cada paso que damos significa sembrar algo que al que viene detrás le servirá. Lo que quiere decir que en tiempos de sequía, uno debe tratar de formar un buen ejemplo a partir de sus propias acciones. Y mientras, esperar que el jefe sepa que como nosotros no va a encontrar a otro empleado en ningún lado. Todo llega.
Las universidades no tienen la tarea de “entregar” a la sociedad alumnos que no puedan destacarse en lo suyo. Si bien la estabilidad monetaria despertó a ciertos rubros y a profesiones alicaídas, las oportunidades laborales no parecen salir de aquellas con las que alguien puede “bancarse” los estudios hasta llegar al final de su carrera.
Luego de terminarla, el trabajo que se consiguió continúa: esta vez, para mantenernos todos los días. El esfuerzo por ser mejor cuando se estudia, parece no prosperar afuera de las aulas.
Un buen aprendizaje es el saber que la igualdad de oportunidades le cabe a los que se prepararon y a los que no. Y que se esté o no de acuerdo, la sociedad pide y da moviéndose dentro de estos preceptos.
Lo que nos diferencia respecto de otros es nuestra preparación. Que es mucho más que un elevado número en el analítico final como promedio: significa poder resolver situaciones y aplicar lo que sabemos en lo que entendemos.
Por supuesto que los que egresan siempre estarán de un mismo lado del mostrador, y esperando que alguien se apiade de un currículum con más ganas que antecedentes. La especialización es una solución moderna o al menos, que está de moda. Poder enfocarse en una actividad dentro de lo que estudiamos y desde allí hacer carrera. Apostar a las propias fuerzas y encontrar quien reconozca eso. Nada menos.
Párrafo final para la búsqueda de ejemplos. Llamado a la solidaridad: si usted conoce un ejemplo a seguir en su profesión, alguien a quien usted admire y crea que su constancia y dedicación explican su buen presente, se ruega aferrarse a él. Lo que en Política podría denominarse apatía o crisis de representatividad, también lo sufren quienes recién salen de la universidad y buscan su futuro. En general pensamos que “si uno es vivo” (en tanto llegar con malas artes, pero rápido), hace las cosas bien.
Pero, si las carreras que elegimos se parecieran a un campo listo para cosechar, cada paso que damos significa sembrar algo que al que viene detrás le servirá. Lo que quiere decir que en tiempos de sequía, uno debe tratar de formar un buen ejemplo a partir de sus propias acciones. Y mientras, esperar que el jefe sepa que como nosotros no va a encontrar a otro empleado en ningún lado. Todo llega.
(imagen gentileza http://www.ehib.es/)
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