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"Himno" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 5 de enero de 2013
Un hombre estaba concentrado en un papel algo amarillo y apenas escrito puesto sobre una mesa vieja. Bastante vieja. Reparé en el detalle porque al apoyarse debía hacer equilibrio con sus brazos de lo chueca que estaba. Me fui acercando y el hombre, un señor alto y canoso, seguía mirando el papel. En su mano izquierda una lapicera fuente de la misma edad que todo el entorno y sobre el papel en punta, como esos escritores que garabatean cuando nada les nace. Me presenté, me miró por sobre sus anteojos, se incorporó, se mostró amable. Respiró hondo y se rascó la cabeza. Unos tres eternos segundos de reflexión y me dijo que lo fuera a ver en dos días. Regresé sin mucha esperanza, debo decir. Puse en sus manos la tarea de rearmar un pasado. O de armarlo mejor de lo que estaba. Reescribió una carta de amor a mi pedido. Quería que fuera épica. “Nada de lo que piense será eterno, si la razón por la que soy está frente a mis ojos. Imposible jurar eternidad, no existe el tiempo. La devoción es parecida a lo que siento. Pero no alcanza. Como escalones a tu cielo. Al que sigo subiendo”. Me fui con mi carta feliz y creyéndome escritor. Egoísta, doblé la hoja sin mirar para agradecer. Todo empezó de nuevo. Y el hombre siguió escribiendo.
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"La primera cena" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 18 de agosto de 2012
Prendió la tele de madrugada y fue de una punta a la otra de la grilla de canales, incluso esos del final que nadie ve. Abrió la heladera sin ganas de comer pero la miró unos segundos hasta que sintió frio y la cerró. Ya al otro dia ordenó los libros de su biblioteca. En grandes o pequeños, por colores, por autores. Luego los volvió a desordenar. Miró la hora del reloj una y otra vez. Acomodó los almohadones unas veinte veces. Reguló el oxígeno de la pecera, les dio alimento a los peces, se los quedó mirando un rato. Pero ni los peces ya lo observan. Corrió la cortina, luego la dejó como estaba. En el comedor tres platos decorados están torcidos en la pared y fue a enderezarlos. Miró el baño y se fijó si las canillas goteaban, o si las dos lámparas bajo consumo parpadeaban ya había que cambiarlas. Sacó el pañuelo y lo pasó por una ventana donde había la huella de un dedo marcado. Puso sus dos manos detrás, como quien está satisfecho y camina revisando con jactancia su propio mundo. Suena el timbre, mira su ropa, se pasa la mano por la solapa, pone su espalda derecha, carraspea. Abre la puerta. Y pasa ella. “Qué linda casa”, le dice. “¿Te parece?. Me agarraste de sorpresa”, miente él de la mejor manera. En su primera cena.
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"Contemplar a la reina" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 4 de agosto de 2012
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Después de una larga semana pudo contar de esa mujer los lunares pequeños de su cara. Como siempre la veía de un solo lado decidió cambiar de posición y asi completar esa especie de cuadro vivo que creía estar mirando. Para un solitario nada mejor que una mujer en el bar de siempre, todos los días a la misma hora, al igual que esos cuentos poco románticos que luego se hacen novela de la tele a la tarde. Pedía siempre un cortado y se ponía a revolverlo sin mirar la cuchara en el pocillo. Cuando la veía entrar se hacía el muy interesado en lo que estaba tomando. Ella tenía el pelo largo, más atrás que adelante lo que la hacía más atractiva. Un tapado rojo hasta las rodillas, con un pantalón blanco y una cartera que siempre ponía en su falda. Dejaba una carpeta anillada arriba de la mesa, sacaba el estuche de los anteojos y ponía el celular frente a ella, que vibraba cuando la llamaban y se movía en la mesa color bordó frente a la puerta. Todos estos detalles los había visto él durante una semana sin querer seguirla pero esperando que apareciera. Hoy era el dia en que sentía que debía hacer algo con esos nervios cuando quería cruzar miradas, y la admiración de verla y no pensar en absolutamente nada que no fuera lo que de ella viera. Terminó el cortado y se levantó presuroso al encuentro. Lo atajó el mozo, pensando que se iba sin pagarle, había olvidado el detalle. Le dio vergüenza la situación. Pagó y se volvió a sentar. Una persona pasó por delante y ahora si. Ahí va. Carraspeó para luego no carraspear, se puso derecho para parecer armado, miró al cielo para que Dios le dé una mano. Se puso de frente y la miró. Le dijo que no quería interrumpirla, que hace una semana notaba que iba a tomar café al mismo lugar que él, que algo de raro tiene el destino si estaba haciendo lo que sentía por dentro. Le pidió si podía sentarse. Y ella dijo “hace una semana te estaba esperando, la mesa tiene dos sillas”. Se sentó por primera vez tan cerca de la Reina, que al final pudo notarlo: uno, dos, tres cuatro. El quinto lunar está cerca de sus labios. Y pidieron otro cortado.
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"Musa inspiradora" -Cuento corto-

2 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012
Junté todos los textos que eran dedicados. Los uní a mi destino, que fue la idea cuando pasaron de la mente a la tinta. Ahí hay sueños, posibilidades, realidades frustrantes, deseos, mucho amor. Muchas preguntas, que caen de maduras y sin respuestas. Dejé los textos arriba de una mesa, ordenados por fecha. Quería sorprenderla y entonces los puse envueltos en una seda transparente, que casi no tuve que atar, de tan suave. Dejé abierta mi ventana en pleno otoño y la puerta cerrada para que el viento no lo haga después. Apagué la luz y me acosté mirando hacia la mesa. Pasaron tres horas y me dormí, pensándola como todos los días. Lo sé de buena fuente: en medio de la noche las cortinas se movieron y no era el viento. Ella entró y me miró, como un herido de amor cansado, entregado. Fue a la mesa y con dos dedos desató la seda, que dejó ver todos mis textos dedicados. Ella los tomó y los apretó fuerte en su pecho, como quien recibe un regalo del alma y para el alma. Se acercó para verme, respiró conmigo y me dio un beso de sueño. En sueños. Y me despertó. Vi alguien que se iba, vi mi mesa vacía. Sentí pero no la vi. Mi musa inspiradora se fue diciéndome que vuelve. Que desde mi corazón siempre vuelve a buscar más textos dedicados.
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"Crujido" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 15 de febrero de 2012
La vereda estaba algo rota por las raíces del tilo, esas veredas de color amarillo y gris cemento. El cerco era blanco y elevado unos veinte centímetros del piso. Las inundaciones en su momento eran habituales y había que tomar recaudos. Una puerta baja de reja color negro, el inicio de una serie de ruidos que en ningún otro lado se oirán. Un chillido particular al abrir. La entrada tiene un porshe en donde la persiana rectangular hace juego con la puerta, casi del mismo tamaño pero en vertical, toda en madera. Un farol con una cadena bastante larga se mueve peligrosamente de costado con el viento. Tiene vidrios trabajados de dos o tres colores aunque le falta uno de ellos. El picaporte de la puerta es amarillo y la vieja llave Trabex entra cansada, con facilidad. Hay que tener cuidado con la segunda elevación esta vez de goma, que tiene debajo el marco, contra el agua. De nuevo se escucha el segundo chillido particular. La cerradura hace crujir la madera de la puerta, y se abre. De frente la foto del abuelo, tan parecido al señor del pan dulce Musel que durante años creí que lo era. El piso es verde y amarillo en círculos, una especie de imitación de mármol. A la izquierda la mesa de madera oscura, tapada por un plástico transparente. Un cuadro de una cabaña con árboles detrás. Un hogar que fue verdadero pero de leños falsos, la llave de paso del gas disimulada detrás de un florero. Un tocadiscos de los años 40 que aun andaba, al menos las veces que el nieto lo prendió. De frente un mueble con dos cajones a los costados y una puerta en el medio. En el cajón de la derecha los juegos que abuela y nieto preferían: dominó, damas, algún rompecabezas. De pronto me doy vuelta y todo desaparece. Las cosas del comedor no están, queda completamente vacío, me toco el corazón porque me dio miedo. Ya despierto, me siento en la cama. A la misma hora en que todos los días dejo a ese sueño en el mismo lugar. Para volver por él.
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"El cuadro" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011
Mabel contempló un rato la vieja pared. La recordaba aun más destruída de lo que la estaba viendo, con un color rosa fuerte que se fue transformando en casi blanco, además de varias manchas de humedad. Su abuela tenía pasión por rotular todo asi que los hombres de la mudanza miraban las etiquetas y elegían qué cargar en la camioneta primero.

Le pidió Mabel a uno de los muchachos que retirara los tres cuadros colgados. Formaban una especie de triángulo en donde el del centro era el más grande y también el más lindo para ella, siempre se lo dijo a su abuela. Una cabaña con un fondo de bosque y algunas nubes en el horizonte. Cuando al final sacaron los tres cuadros, Mabel vio que dejaron las marcas sobre la pared y no pudo resistirlo: acercó la mano para tocar esa parte que aun conservaba el viejo color rosa intenso. Miró los tres clavos, ahora solos en la pared inmensa.

En el comedor, ese comedor, su abuela jugaba con ella al dominó. A veces creía que en realidad su abuela tenía más pasión por el juego que la propia Mabel, y aun así se dejaba llevar por el momento, ese instante de abuela y nieta. Después de grande uno comprende que aquello que parecía rutina forma parte de lo que siempre tendremos en mente de alguien. Lamentó vender la casa. Su abuela estaría diciéndole de todo, y es posible que desde una nube hoy le esté tirando rayos. Nunca hubiera aceptado una venta y el peligro de demoler o modificar algo. Para no sentir tanta culpa Mabel aceleró el paso de los hombres de la mudanza y ayudó a embalar cosas. Se las iba a llevar a su casa, no tenía por ahora otro espacio.

Cuando terminaron con todo cerró la puerta de madera. Hacía un chillido muy especial, el picaporte de metal en la madera de viejo nomás hacía un ruido que jamás escuchó en otro lado. De chica oía ese chillido y sabía que su abuela o su tía llegaban. Por última vez lo oyó y cerró la puerta con lágrimas en los ojos. Se le cayeron las llaves y las levantó, lo que hizo que sus lágrimas también cayeran. Mabel subió a la camioneta de mudanza y sin decirles nada arrancaron. Cuando llegó a su casa ordenó que pusieran todo en la cochera dentro de cestos que le habían prestado. Los tres cuadros quedaron para el final y los puso arriba de una mesa.

Se fue al baño a lavarse las manos, a sacarse quizás culpa. Volvió y miró por dónde empezar a desarmar todo lo que trajo. Miró los cuadros, uno arriba del otro, y se quedó observando el más grande. Nunca lo había tenido tan cerca y le pasó muy lentamente la mano por sobre la pintura. A pesar de la tierra le parecía aun el más bello, con los dedos tocó la parte de la cabaña y descubrió que la imagen era de más horizonte que otra cosa, muy marcado en el fondo un atardecer en naranja y ocre.

Lo da vuelta y además de telarañas tenía una curita. Sí, una curita. Y en letras de color negro se leía, a duras penas, “Ahora es tuyo”.
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"Crónica de un adiós" -CC-

1 comentarios jueves, 18 de agosto de 2011


El anillo brillaba en la mano y Claudia agradeció el regalo por mensaje de texto. Él se lo había dejado a la chica de la recepción del trabajo de ella, y luego la llamó para avisarle que “una sorpresa” la esperaba ahí. Era el tercer regalo del mes que Oscar le hacía.






Cuando hay acumulación de regalos es porque algo raro está pasando y los dos lo sabían. Un regalo es un “gracias” y ocasionalmente un “por favor no lo hagas”, que tiene una carga de culpa importante. Oscar intuía que ya no era para ella. Tomar un café con alguien que mira pero uno siente que no escucha es muy deprimente y Oscar lo sentía hacía meses todas las tardes cuando se veían. Por eso tantos regalos.






Claudia no sabía cómo cortar con algo que le hizo bien durante un tiempo y ahora no, y a su vez el que no se resigna evita dar chances de ser rechazado. Los besos del “hasta mañana” eran más de protocolo y rara vez coincidían en la boca. Ella pensó que estaba claro para él el asunto.






La invitó esa noche Oscar a cenar. Pleno centro, a diferencia de otras veces. Tenía puestos los tres regalos de Oscar en el mes: los aros, la gargantilla y el flamante anillo. Miraban más sus platos que a sus caras, ese silencio que sólo se corta (justamente) con ruidos de cuchillos y tenedores. Claudia lo dejó hablar de sus cosas porque sintió que el protagonista del momento debía ser él hasta que se diera cuenta y decirle sin herirlo. Había estado en una etapa complicada de su vida y cuando empezó a ver todo en perspectiva descubrió que Oscar era más un amigo confiable que una pareja deseable. Como decía su mamá, ella estaba para otra cosa.






La conversación era sobre el trabajo y Claudia se cansó.



Te tengo que decir algo, le dijo.



“Yo también”, le empardó Oscar.



Ella se sorprendió y con un gesto le dijo que hablara él.



“Quería decirte la verdad: estoy saliendo con una compañera tuya de oficina”.



Claudia dejó caer los cubiertos en el plato. ¿Qué?. ¿Vos?.



“Si…es la recepcionista…la conocí cuando te dejaba los regalos y bueno…no sé, perdoname, sos tan buena”…






Claudia quedó pálida como el color del mantel. Pasó de la culpa al enojo en dos segundos. ¿Qué te hice para que me hagas esto, te dejé de querer acaso?, dijo ella. Sabiendo que sí.






Oscar pagó la última cena y casi sin saludarse se despidieron. En el juego de amar, pensó ella con dolor, ganar es dejar, y no que te dejen. Al otro día Claudia fue a trabajar y la recepcionista lucía, contenta, un anillo que brillaba en su mano.

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El último día de Ordoñez (parte 4)

1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010

Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.


Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.


Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.


Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.


Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.


Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.


Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.


Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.

Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.

Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.

“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.

Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.

Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
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