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"En la arena esperando" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 26 de octubre de 2012
Seguía en la playa esperando. Lo llenaron de recomendaciones. Algunos le dijeron que debía buscar con anteojos de gran aumento, una lupa de ser posible. Otros querían hacerlo razonar para que mire desde más lejos y descubrirlas entre tantas. La realidad es que no había receta asi que emprendió la tarea lo mejor que pudo. Se levantaba bien temprano y recorría la costa bordeando el mar. Cierta espuma traída por el viento le impedía fijarse bien, y debía apurar el paso cuando veía que el mar atacaba la costa. Si tocaban días nublados los aprovechaba y los de lluvia lo angustiaban. Cuando ocurría eso salía luego a mirar fijamente, caminaba más lento y se tomaba 24 horas. Nadie lo sabía pero él también buscaba de noche, contra todo pronóstico. Nadie busca algo sin luz y de noche. Hasta que ocurrió que mirando el reflejo de la luna en el agua vio esa especie de hilo blanco en el mar dibujado, que visto con entusiasmo parecía ser un indicio. Vio en la arena dos huellas que salían desde el agua. Las siguió hasta que amaneció, y cansado se sentó. Echó su espalda hacia atrás y se quedó dormido. Lo despertó al rato una mujer que le extendió la mano. Estaba un poco dormido pero le resultó raro que, caminando, veía claramente que cuando ella pisaba la arena no dejaba huellas. Como los ángeles. Como el que estaba esperando.
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"Florencia Maravilla" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012
De dia una sola estrella brilla. El simple pensamiento a los siete años termina siendo motor de todas las preguntas que Florencia tenía. Consultó a sus padres si ellos también veían que las estrellas de dia no estaban y de noche salían encendidas. Que sólo quedaba el sol arriba. A Florencia la miraban con la ternura de quien pregunta lo que nadie le responde, sólo se rien y la creen inteligente por razonar de manera tan profunda. Cuando la maestra escuchó también la pregunta, se rascó la cabeza y le dijo lo primero que tuvo la niña como dato concreto: “tenés razón, pasa todos los días y es lindo verlo. Prometo averiguarte, pero de dia no se esconden”. Durante cuatro noches y a eso de las 9, apoyaba sus dos brazos contra el marco, afirmaba la pera en una de sus manos y miraba rato lago hacia arriba. A la luna la conocía y las estrellas le resultaban un verdadero enigma, le parecían señales o creía que en cada una había alguien haciendo lo mismo que ella. Mirar. Quiso contarlas de izquierda a derecha empezando desde la luna pero se cansó en el número 23. Torció su boca con rictus de duda y se acostó boca arriba enojada de no saber la verdad pura. A los 15 dias ya era rutina que a la noche junto a la ventana arrimara la silla, se subiera a ella y mirara lo que había. De pronto esa noche comenzó a nublarse, y las estrellas dejaron de verse. En un círculo rodeada de nubes quedó sólo la luna. Florencia escuchó de a poco el ruido de la lluvia golpeando las hojas del árbol, y sacó un poco el brazo. Gotas pequeñas la fueron mojando y abrió los ojos cuando por fin tuvo la respuesta: las estrellas lloraban porque ya no podían verla. Al otro día le contó a la maestra, que la miró ante tanta inocencia y le dio un beso como toda respuesta. Estaba la niña feliz de entender qué pasaba allá arriba. Florencia brilla.




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"A la misma hora" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Quedaron en mirar todos los días a las nueve y media de la noche la luna al mismo tiempo. A la izquierda estaban Las tres Marías y mas o menos por el medio había que concentrarse, uno en el otro. Casi como los chicos, repetían cada cual en su lugar esa tarea dia a dia. Era la forma de acortar distancias, de creer alguna utópica solución, soñarse cerca y verdaderos. Se llamaban por teléfono para recordar hacerlo. Pero el tiempo es como el agua a la piedra: no la destruye pero la desgasta. Y con los meses se llamaban dos veces a la semana, y luego una. Y luego cada 30 dias. Cada uno hizo su vida sin mirar al cielo a esa hora. Pasaron años, modas y formas. Una noche ella jugaba con sus hijos y miró hacia arriba. Y vio la luna, llena y clara. Todo lo que pudo hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. Corrió a buscar su agenda amarilla de hojas amarillas. Buscó un número de teléfono, le faltaban el 4 y el 6, suponía. Marcó y llamó. Sonó tres veces y contestaron. Era él. Eran las nueve y media de la noche. Al lado de Las tres Marías la seguía esperando.
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.”Dia a dia”. Basado en “A merced”, de Gustavo Cerati

1 comentarios viernes, 6 de abril de 2012
Tibio amanecer de esos que siento tienen el horizonte más arriba que el sol. Con la luna en el centro brillando y las estrellas de telón, con gente durmiendo de dia y de noche sin solución. Nada de relojes, nada de presión, sin distancias ni objeción. El mundo entero en contradicción, girando fuerte para el lado donde siento tu calor, amanece de mi sueño, de mi vida, y de vos. Girando como planeta sabiendo que sos el sol, que me tiene como esclavo de su tiempo, a merced de su control. Por amor, por quererla. Por tenerla. Por su don. Tibio amanecer de esos que siento, estoy más arriba que el sol.
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"Reflejo de luna" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 29 de febrero de 2012
El micro pegaba saltos porque la ruta no estaba muy bien que digamos. Con los ojos entrecerrados y mirando por la ventana veía los charcos de agua en el campo. La luna se reflejaba contra el agua en la noche clara y me generaba curiosidad. Me senté mejor y comencé a mirar el campo. De cerca no se ve nada de noche y de lejos alguna luz, como un punto perdido. Sin embargo sentía que ese lugar estaba ocupado, que con el micro de alguna manera interrumpía esa tranquilidad de algo o alguien durmiendo. Me acordé que de chico yendo en micro, creí ver en las estrellas la figura de un caballo perfectamente hecho. Y le decía a mi mamá que veía un caballo formado por estrellas pero ella no lo veía, me puse a llorar. Recuerdo con angustia no haber sido entendido. Volví de aquello al presente y me fijé en la luna. Estaba rodeada de nubes pero brillando muy fuerte. Saber que aunque sea de noche miro el horizonte al ras y sin nada que lo desdibuje, es ya una manera de descansar. En mi barrio el horizonte es la propiedad horizontal del vecino. En el campo uno se siente muy poco cuando se pierde de vista el límite de todo. Aparecen un poco de luces. Me gustan las estaciones de micros de las ciudades chicas. Son hermosamente presumidas, quizás lo más importante que ese lugar tenga. De noche relucen con todo prendido, y uno se encandila cuando aun no se ha podido dormir. Las rotondas iluminadas, los camiones a los costados y a los pocos metros otra vez la oscuridad de la ruta. Y el placer de la luna reflejada en el agua, que es para mi descansar antes de ponerse a descansar. Algo así como llegar cuando en realidad uno recién está yendo. Y cerrar los ojos bajo la luna.
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"La luna de Ludmila" -Cuento corto-

1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012
Le dijo a su papá que podía prender y apagar la luna a distancia. El padre la miró para seguirle el juego y fueron hasta el medio del patio de la casa. A los cinco años no había que romper la creencia de Ludmila asi que la siguió. Ella miró hacia arriba e hizo un chasquido con los dedos. Luego otro. Y otro. Empezó a hacerlo más rápidamente pero no había resultados. “Ayer te juro que me salía, papá”, le dijo a modo de disculpa. El dia anterior había estado nublado a la noche. Quiso el papá no hacerla sentir mal y le dijo que lo mirara tapar la luna con un dedo, que él lo podía hacer. Se sentaron en el pasto y ella se puso a un costado de él. Cuando el papá tapó desde su posición la luna con el dedo gordo, hizo que Ludmila se pusiera en su posición, para ver que era real. Ella gritó una especie de alarido de sorpresa. “¿Cómo hiciste?”, le preguntó. Hubiera sido más práctico decirle sobre lo que es la perspectiva pero prefirió una explicación más acorde: le dijo que ella heredaba “poderes” de él, por ejemplo hacer desaparecer la luna o taparla con un dedo, pero que no se lo tenía que decir a nadie. Ludmila era muy obediente y por más que al otro dia quiso comentarlo se frenó dos o tres veces, se guardó el secreto que nadie conocía por años. Hoy, ya una madre, Ludmila le dice lo mismo a sus hijos chicos, mientras mira al cielo para que su papá haga un chasquido con los dedos. Y la ilumine.
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"Rayo nocturno"-Prosa

1 comentarios jueves, 22 de diciembre de 2011
Hay motivos que sobran.
En algún momento la lucidez los trae
para que los vea. Nunca sabré
con la respuesta enfrente qué genera
la luz de dia encerrada en mi madrugada.
La precavida insistencia me ubica fuera
de toda razón interna, explicaciones
teñidas de mi en excusas que descansan
en el sol, y en los rayos
que matan la luna.
Nadie me empuja a hacerlo, ni a ser.
Tengo sabido el libreto de principio
a fin de mis maniobras, y a veces
las trampas más duras no las supero,
puestas por mi para luego lamentarme
no ser más que ellas.
Cuando la luz cenital enciende el paso oscuro,
Me miro con recelo en mi reflejo,
me busco sin ganas de ser todo el tiempo
un ruido reiterativo y futuro
de letras blancas y teclas negras.
Busco razones fuera de mi cuando cierro
más fuerte los ojos, que no caen rendidos
ante lo que deseo.
¿Deseo?.
La respiración consume cansancio,
alimento la jornada con el aire que queda.
La lucidez se sienta del lado de la cama
que le toca, me ve.
Acaricia los rayos y se hace sol.
Otra vez.
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Crónica de viaje (Micro-viaje)

2 comentarios viernes, 30 de julio de 2010

Dicen que las cosas quedan en nosotros a veces por repetición, fijas a partir de realizarlas varias veces y luego ya ni nos darnos cuenta de la diferencia de pensarlas o no. Con los viajes creo que ocurre algo similar. A veces uno no repara en que ciertos lugares ya los hemos transitado, simplemente ahora pasa que le estamos prestando más atención. Y a la vez, algo de ellos nos es familiar.


Por cuarta vez hago un mismo recorrido en micro. Y esto implica ya una predisposición a saber que poco va a sorprenderme desde el momento en que me subo. La gracia es tratar de que así no sea, empezando por prestar atención a los detalles aunque la hora del viaje, de madrugada, no ayuda a la cuestión y uno de entrada se prepara para ver pasar paisajes lo más rápido posible hasta que amanezca.


Saliendo de Capital aun las luces molestan si se tiene sueño, asi que más atento se está. Y el micro bordeando muchos lugares diversos da la idea de algo que apenas se asoma pero no alcanza a entrar a esa realidad. Bordea una villa, la 31. Varias cuadras de casas que hacen equilibrio en calles que son angostas, gente joven mirando desde las veredas el pasar no sólo de mi micro sino el de tantos otros que a la misma hora salen.


Ellos miran el ómnibus con detalle, porque la luz de adentro aun está encendida, y uno los mira a ellos. Las calle tiene lomos de burro y baches que cumplen la misma función: la de impedir que se tome velocidad. De pronto el micro gira hacia la derecha y esa realidad queda detrás y uno respira profundo creyendo que no viéndola más, ya no sucede.


Lo siguiente es a velocidad. Transitar la zona del puerto, con el rio reflejado por las luces que algunos postes dan a la noche, luego la Avenida Sarmiento y la costanera, con agua a la derecha y el aeropuerto a la izquierda de mi vista. Sube la autopista y ya me pierdo por un rato largo en el relato detallado. Busco el mp3 y pretendo escuchar alguna radio, pero descubro que no tiene pilas. Maldigo el momento en que pasé por al lado del señor que las vende a bajo precio y yo, de tacaño, no quise comprarle. Su maldición fue ahora recordarlo. Intento cerrar los ojos y sacarme los anteojos pero a la vez quiero seguir viendo por la ventana. Se empezó a empañar el vidrio por el calor humano, no porque la calefacción estuviera encendida, y eso impedía que mirara. Lo desempañé y me acomodé.


Peajes, dos o tres. Luego una ruta angosta y con tránsito en sentido contrario. Dos o tres rotondas siempre hacia la izquierda y a partir de allí un silencio. Mi parte favorita. El campo de noche no tiene interrupciones visuales. Es la sensación de magnitud que mejor siento que el mundo puede expresar. Todo es plano, interrumpido por algún árbol o construcción pequeña. La luna se refleja en la tierra y da luz a la noche mientras avanza el micro. Eso es lo más cercano a lo que yo llamo imagen de tranquilidad. Ha llovido mucho durante semanas y el reflejo de la luna hace que vea grandes charcos en los campos y a los costados de la ruta. Pienso en dormir pero también en tomarle el tiempo al micro, nunca llega en horario y me esperan en la terminal.


Casi cuatro horas de viaje. Una pareja con su hijo de unos tres años son los más inquietos, primero levantándose él y luego ella a buscar agua para el chico, al que veo en la oscuridad algo inmóvil. Con un poco de sueño intento concentrarme en lo oscuro y fijar la vista, y la madre sienta al chico y le cambia el buzo. Tiene algo blanco que le impide el movimiento y parece un yeso, que va desde la punta de los dedos de la mano hasta la mitad del pecho, por eso parecía no moverse bien el chico. Me vuelvo a dar vuelta y mirar el paisaje nocturno, y ya está entrando el micro en un pueblo.


Frena la velocidad e intenta maniobrar en calles angostas para tamaño colectivo. La pequeña localidad se llama Benito Juárez, homónima de la ciudad cordobesa. Sus calles son asfaltadas a nuevo, sus casas no tienen rejas y en general sin luz externa. Las bicicletas están afuera sin mucha protección al parecer, junto a maquinaria agrícola o alguna camioneta vieja.


La terminal está como dentro de un complejo en donde todo está pintado de blanco furioso. Y lo puedo ver bien porque la iluminación ahí (y encima cerca de las tres de la mañana cualquier linterna es casi dañina) se asemeja a la de un tren de frente. Cerca está una imagen del General San Martín, han elegido una figura extraña hecha de un color verde y de aspecto joven, con su gorro de Teniente y no de General. Lleva una espada que nunca puedo ver bien porque justo maniobra el micro al revés y no me deja.


Allí bajan algunos y suben otros. Un chico de unos 15 años aparece con un carro de metal viejo, de rueditas que van para cualquier lado y él maniobra con esfuerzo. Hace frio, por el apuro y la posición de sus hombros, achicados por la temperatura, parecieran. Es como dije, la cuarta vez que hago el mismo viaje y siempre está el mismo muchacho a las 3 de la mañana, en el mismo lugar. Casi que lo he visto crecer, parece más grande. Le toca descargar envoltorios en celofán, son guías o revistas apretadas en ese plástico delgado, que tira arriba del carrito. La otra vez lo vi bajar 4 ruedas de auto, esta vez sólo esos envoltorios. Entra a la terminal, modesta. Desempaño mejor el vidrio y saco la foto que se ve en este texto. El colectivo arranca.


A la hora y cuarto entra en la ciudad de Balcarce. “Tierra de Juan M Fangio”, como dice el cartel de entrada a la ciudad, con el dibujo de la Flecha de plata, su auto y su emblema. La terminal no es tan diferente a la de mi querido Benito Juárez, aunque resalta la colaboración del Rotary club, cuyo logo está presente cada 10 metros. La terminal tiene paredes bien blancas salvo en un extremo, en donde está pintado un sector. Dice “bienvenido” y debajo “buen viaje”, lo que pensé al mirarlo que era un poco contradictorio…recién llegaba y ya me echaban. Pero para el viajante de paso como yo, es así como uno ve a estas ciudades. Dos pinturas sobre la pared representan a dos caballos, una de ellos de nombre “negra”. El otro no lo recuerdo y prometo mirar la próxima vez que pase.


Empiezo a calcular que ya estoy llegando, sin mirar el reloj. Los paisajes me son familiares. Dos rotondas más y una entrada nuevamente angosta y por un camino tallado entre dos piedras algo grandes, da esa sensación. Las luces de la ciudad se ven algo abajo, mientras el micro parece también bajar al nivel de las luces y superar esa hondonada. La última rotonda, ya con el nombre de la ciudad, por fin llegamos. Contento de estar con quienes quiero.


Al final no dormí nada. Me la pasé anotando, con el micro a oscuras, cosas como estas.
Querido diario: ¡ya llegué!. Eso anoté.
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