Mostrando entradas con la etiqueta lejos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lejos. Mostrar todas las entradas
."Deberes".
1 comentarios sábado, 15 de septiembre de 2012Bajé la bandera que flameaba en el mástil del recuerdo. Enrollé algunos papeles para ponerlos bien lejos de tentadores momentos que me inviten a leerlos. Con sutileza cambié horarios necesarios, volví a viejas rutinas que por precisas había olvidado. Empecé a pensar en mi cuando de nuevo fui acomodando nuevamente los recuerdos donde querían estarlo. Parece correr la brisa sobre todo lo que uno ha dado, y se lleva lo que sea y me deja necesario la tarea de seguir. Y en el mástil, bandera de cambio.
read more “."Deberes".”
"El dibujo" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Ezequiel tiene muchas cosas: una hoja en blanco, la bolsa con lápices de colores a medio usar y la mesa rectangular de la cocina de su casa. El ratito luego de hacer la tarea, sus tiempos. Ese segundo de paz en donde no se escucha otra cosa que el lápiz contra la hoja. Las ganas de hacer aparecer en lo blanco eso ya pintado en su mente. Su madre sin preguntarle qué está haciendo y alcanzándole chocolatada. Sus hermanos jugando lejos deseando que no lo interrumpan. La luz que entra por la ventana se va con la tarde y prende la lámpara de la cocina. El ruido en el estómago acelera sus trazos antes que le den de comer. La falta absoluta de tiempo porque no le importa mirar el reloj. El dibujo que se va pareciendo a lo que imaginó, los lápices desordenados en la mesa y el sacapuntas con virutas de varios colores. La madre que le dice que las junte y tire. El final del dibujo sobre el borde de la hoja. Para mirar mejor la levanta, se siente conforme con su obra. La madre, que justo se da vuelta y le dice que es precioso. Durante 20 minutos la cercana y única preocupación de Ezequiel fue sólo la de hacer un dibujo. Ya de grandes, no tenemos tiempo ni dibujos. Hay otras preocupaciones. Me encantaría alguna vez volver a mi hoja en blanco. Y ver qué dibujé. Aspirar a estar conforme y si hace falta terminar lo que empecé.
read more “"El dibujo" -Cuento corto-”
"Pacto" -Prosa-
1 comentarios viernes, 25 de noviembre de 2011No era Dios la razón,
lleno en las paredes y ajeno
a sus pasos habituales y desteñidos.
Sentía lo que nadie sentía,
lágrimas por fuera de sí que lo seguían
estoicas, lo esperaban en la esquina de su alma.
Y procedían. Pinchaban.
El niño sentía eso.
Hasta que no pudo más
que volverse ausencia de miedo repetida.
Fue resuelto un dia en que ya estaba dentro
de aquello tan habitual que es ser. Y volvió.
Para buscar preguntas a sus respuestas
de laberintos ya tan transitados, de curvas, de señas.
Se dejó llevar, recorrió el centro de sí, tocó las paredes.
Pensó en Dios y puso la mano contra el sol.
Sombras de sus dedos ajenos se mueven
pero lo rodean, lo observan y se van.
No está el niño, esperan todos por él.
Tiene una llave que cerró del lado del alma
para imponer la razón y sus pasos.
Su deseo de niño, hombre.
Su viejo deseo que lo acompaña.
Ayer, hoy, ya.
De lejos.
read more “"Pacto" -Prosa-”
lleno en las paredes y ajeno
a sus pasos habituales y desteñidos.
Sentía lo que nadie sentía,
lágrimas por fuera de sí que lo seguían
estoicas, lo esperaban en la esquina de su alma.
Y procedían. Pinchaban.
El niño sentía eso.
Hasta que no pudo más
que volverse ausencia de miedo repetida.
Fue resuelto un dia en que ya estaba dentro
de aquello tan habitual que es ser. Y volvió.
Para buscar preguntas a sus respuestas
de laberintos ya tan transitados, de curvas, de señas.
Se dejó llevar, recorrió el centro de sí, tocó las paredes.
Pensó en Dios y puso la mano contra el sol.
Sombras de sus dedos ajenos se mueven
pero lo rodean, lo observan y se van.
No está el niño, esperan todos por él.
Tiene una llave que cerró del lado del alma
para imponer la razón y sus pasos.
Su deseo de niño, hombre.
Su viejo deseo que lo acompaña.
Ayer, hoy, ya.
De lejos.
"Buscando la calle"
1 comentarios jueves, 6 de octubre de 2011
¿Por dónde era?. Camilo estaba perdido dando vueltas con el auto, no encontraba la calle Padilla. Su hermano lo estaba esperando ahí pero él no conocía la zona. Como socio firmaban siempre los dos juntos cualquier emprendimiento pero esta vez Lucas fue el impulsor del negocio. Llegaba tarde. Las esquinas no tienen los carteles con sus nombres, tienen la chapa color violeta que con dificultad le ganan al óxido con sus letras blancas.
Ante cada esquina aminoraba la marcha, buscando la calle. No lo vio. O no lo vieron, a esta altura da lo mismo. El 68 con caja automática vendría en segunda, quién sabe. Lo real es que no frenó y primero tocó al auto adelante y luego éste hizo un trompo y dio de lleno la parte del conductor contra el costado del colectivo. El chofer frenó y los pasajeros gritaron, algunos se fueron hacia adelante por el efecto del cimbronazo.
Camilo se desmayó, se durmió. Vio que intentaron abrir la puerta de su coche, que le hablaban pero que no podía hacer gestos con las manos. Apoyó la cabeza en el respaldo y supuso que la cosa iba a ser eterna. Pudo ver que llegaron los bomberos, que de algún modo cortaban los hierros del hasta hace media hora auto caro y respetable. Que lo sacaron de ahí, que lo subieron a una ambulancia. Que acostado sentía que viajaba dentro de una coctelera, que dos personas le hablaban. Que llegaron a algún hospital que no adivinó porque entró en camilla. Se sentía bien atendido, había un movimiento de gente muy grande, estaba agradecido y cuando se recuperara les daría las gracias.
De a poco el dolor de espalda fue aflojando, le habrían dado algo para calmar el dolor, se sentía mejor. Los miró a los médicos porque eran tantos que no quiso olvidar caras para cuando volviera. Le dio sueño. Se despertó a los dos segundos. Movió el cuello, sintió sus dedos, miró a sus costados. Estaba solo.
Aparece un Hombre y le pregunta si está bien y él dice que si. Pregunta por los doctores y el Hombre le comenta que se han ido porque ya lo atendieron. Camilo se queda tranquilo, no oye nada. No oye nada porque no hay sonido. Ruido a nada. El Hombre le pregunta adónde estaba yendo y Camilo le cuenta que a firmar un contrato, que su hermano lo estaría esperando, que nunca hacen negocios por separado, que crecer es una apuesta y sentía que era el momento. Que celebrarían los dos por eso.
El Hombre le dijo que no se preocupara, que ya estaba avisado. Que lo acompañara a otra habitación. Y Camilo fue detrás del Hombre. Tan en paz que se miró sin zapatos pero caminaba como si los tuviera puestos.
¿Este Hombre sabría dónde queda la calle Padilla?, pensó Camilo. Intuía, se jugaba los zapatos que no tenía, que lo llevaría seguramente un tanto más lejos.
Más lejos de Padilla. Y lo siguió igual.
Morena, a lo Sherlock (fin de la saga)
5 comentarios lunes, 4 de enero de 2010Creo en la amistad entre el hombre y la mujer pero aun por sobre eso hay algo: el sentido común aplicado a todo lo que hagamos. A veces sostenemos pensamientos solo por ser nuestros y a veces lejos están de ser adecuados. Hay que saber ubicarse.
Estábamos mi novia y yo (ella será protagonista de los capítulos que siguen) y teníamos la clara sensación de ser observados. Sin señales claras, ni siquiera ver algo extraño. Era sentir que adonde íbamos a alguien también le importaba.
Casi dos horas de viaje para estar en Capital sólo tres, en general era así. Visitábamos muchos lugares, para algo me sirvió haber cursado el primario tan lejos, al fin. Conocía bastante Capital. En uno de esos viajes fuimos a un bar, Corrientes casi nueve de julio, aun lo recuerdo. Entramos y pedimos para tomar. Y de nuevo la sensación de vigilancia. Mi novia y yo nos mirábamos pensando ya que estábamos locos. Decidí darme vuelta y mirar directamente mesa por mesa sin disimular nada.
Mi novia de izquierda a derecha, yo de derecha a izquierda. Gente de mayor edad que nosotros (teníamos cerca de 20 años en ese momento), nada extraño. Pero en diagonal a nuestra mesa, bien en el extremo de la sala, una mujer de costado, no de frente a nosotros. La miré. Pelo atado, camisa algo arrugada y grande, una carpeta y cartera arriba de la mesa, anteojos negros algo chicos.
Me salió del alma: dije “Ay, no”…y mi novia buscó adonde yo miraba y dejé que la nombrara ella: “Morena”.
Estaba más sorprendido que molesto, y mi novia sentía exactamente lo contrario.
Me levanté para ir a la mesa. Cinco eternos segundos, quizás diez. Bullicio de bar, yo no sabía qué iba a decir más allá de mi cara de indignación. Llegué y no me miró a los ojos. Apoyé la mano en la mesa y dije “buenas tardes”. Como no respondía le dije que no la entendía, que me dejara en paz. Conmigo podía meterse pero con mi novia no. Seguía sin decirme una palabra.
Francamente no era aquella que me escribía semanalmente. Aquella aun con intromisiones se metía mucho menos en mis cosas. A la vez sentí pena, reconozco que está mal y en general hace que tenga cierta visión condescendiente y pierda objetividad. Al fin y al cabo era mi amiga, no me salía mandarla al diablo.
Así que apliqué la solución simple. Llamé al mozo, pregunté cuánto era y pagué lo de ella. Le dejé el dinero arriba de la mesa. “Tomá y chau”, le dije. Me di vuelta y enfilé adonde yo estaba. Y con unos metros ya avanzados Morena dice “Te estoy queriendo mal, ¿no?”. Esa frase la escuché de espaldas. Dudé pero no me di vuelta, seguí caminando hacia donde mi novia estaba. Le expliqué. “Ahora que se vaya”, me dijo. Y esperamos eso.
Fue la última vez que la vi hasta un año y medio después, cuando fue por mi cumpleaños a llevarme un regalo antes de irme de viaje de egresados a Bariloche (historia narrada en otro capítulo). Seguimos luego escribiéndonos cada mes o mes y medio, de cualquier cosa menos de este hecho. Actualmente nada sé de ella. Habrá seguido su camino, repleto de contratiempos, de los que sólo Morena sabrá la forma de salir.
Soy un convencido, hay cariños que matan. Queriéndome me hizo sufrir bastante, quizás en la vereda de enfrente hubiera sido más leal. Pero el cariño le otorgó impunidad. En aquel momento, haciendo de Sherlock, y hoy, que sin saber nada de ella hace años, elijo qué palabras usar para no herirla.
Ella no sé si hoy haría eso para conmigo.
Acotación al margen: Si algo duele, molesta, apena, no hay que esperar “el momento” para decirlo, Cuando lo sientan, exprésenlo. Si no, un entripado puede ser eterno.
Siempre hay solución, hay que acertar los modos. Aunque en mi caso la solución se haya llevado 12 años de mi vida.
Estábamos mi novia y yo (ella será protagonista de los capítulos que siguen) y teníamos la clara sensación de ser observados. Sin señales claras, ni siquiera ver algo extraño. Era sentir que adonde íbamos a alguien también le importaba.
Casi dos horas de viaje para estar en Capital sólo tres, en general era así. Visitábamos muchos lugares, para algo me sirvió haber cursado el primario tan lejos, al fin. Conocía bastante Capital. En uno de esos viajes fuimos a un bar, Corrientes casi nueve de julio, aun lo recuerdo. Entramos y pedimos para tomar. Y de nuevo la sensación de vigilancia. Mi novia y yo nos mirábamos pensando ya que estábamos locos. Decidí darme vuelta y mirar directamente mesa por mesa sin disimular nada.
Mi novia de izquierda a derecha, yo de derecha a izquierda. Gente de mayor edad que nosotros (teníamos cerca de 20 años en ese momento), nada extraño. Pero en diagonal a nuestra mesa, bien en el extremo de la sala, una mujer de costado, no de frente a nosotros. La miré. Pelo atado, camisa algo arrugada y grande, una carpeta y cartera arriba de la mesa, anteojos negros algo chicos.
Me salió del alma: dije “Ay, no”…y mi novia buscó adonde yo miraba y dejé que la nombrara ella: “Morena”.
Estaba más sorprendido que molesto, y mi novia sentía exactamente lo contrario.
Me levanté para ir a la mesa. Cinco eternos segundos, quizás diez. Bullicio de bar, yo no sabía qué iba a decir más allá de mi cara de indignación. Llegué y no me miró a los ojos. Apoyé la mano en la mesa y dije “buenas tardes”. Como no respondía le dije que no la entendía, que me dejara en paz. Conmigo podía meterse pero con mi novia no. Seguía sin decirme una palabra.
Francamente no era aquella que me escribía semanalmente. Aquella aun con intromisiones se metía mucho menos en mis cosas. A la vez sentí pena, reconozco que está mal y en general hace que tenga cierta visión condescendiente y pierda objetividad. Al fin y al cabo era mi amiga, no me salía mandarla al diablo.
Así que apliqué la solución simple. Llamé al mozo, pregunté cuánto era y pagué lo de ella. Le dejé el dinero arriba de la mesa. “Tomá y chau”, le dije. Me di vuelta y enfilé adonde yo estaba. Y con unos metros ya avanzados Morena dice “Te estoy queriendo mal, ¿no?”. Esa frase la escuché de espaldas. Dudé pero no me di vuelta, seguí caminando hacia donde mi novia estaba. Le expliqué. “Ahora que se vaya”, me dijo. Y esperamos eso.
Fue la última vez que la vi hasta un año y medio después, cuando fue por mi cumpleaños a llevarme un regalo antes de irme de viaje de egresados a Bariloche (historia narrada en otro capítulo). Seguimos luego escribiéndonos cada mes o mes y medio, de cualquier cosa menos de este hecho. Actualmente nada sé de ella. Habrá seguido su camino, repleto de contratiempos, de los que sólo Morena sabrá la forma de salir.
Soy un convencido, hay cariños que matan. Queriéndome me hizo sufrir bastante, quizás en la vereda de enfrente hubiera sido más leal. Pero el cariño le otorgó impunidad. En aquel momento, haciendo de Sherlock, y hoy, que sin saber nada de ella hace años, elijo qué palabras usar para no herirla.
Ella no sé si hoy haría eso para conmigo.
Acotación al margen: Si algo duele, molesta, apena, no hay que esperar “el momento” para decirlo, Cuando lo sientan, exprésenlo. Si no, un entripado puede ser eterno.
Siempre hay solución, hay que acertar los modos. Aunque en mi caso la solución se haya llevado 12 años de mi vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

