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"Balada del niño mayor" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 10 de noviembre de 2012
Se miró al espejo y trató de cerrar la camisa hasta el cuello. Pero no lograba coordinar la imagen al revés y el ojal se resistía a abrirse, respiró harto. Se miró a los ojos y sabía que estaba nervioso. Además jamás se había ajustado tanto la camisa, sin embargo lo quería hacer. Le pareció un botón muy pequeño para un ojal demasiado grande y cuando por fin pudo anudó la corbata. Se rascó la cabeza y desacomodó un poco el pelo, se sentía encorsetado, como esos dibujos de los moldes que en alguna revista vio una vez, que las mujeres aparecen derechas como el Obelisco. Se puso el saco y sabiendo que nada tenía igualmente revisó el bolsillo de adentro. Finalmente se miró de pies a cabeza. Sus piernas chuecas no podían disimular unos zapatos muy lustrados, los pantalones grandes y planchados, el cinturón que le quedaba un poco justo. Al final era un dia más, lo quería vivir de ese modo. Desayunó, buscó sus cosas, salió a la calle, caminó tres cuadras y luego una a la izquierda. Por fin llegó. Se soltó de la mano de su mamá. Y entró corriendo a la escuela.
."Hace una semana".
0 comentarios viernes, 6 de abril de 2012No te diste cuenta. Mientras me hablabas desacomodé tu pelo detrás de la oreja porque lo quise ver suelto. Es imposible recordar de qué estabas hablando, ocupado en asemejar la imagen perfecta que estaba viendo, tal como en mis sueños y anhelos. Te miré en silencio y el corazón gritaba que gritara. Pasó un minuto y luego dos. Y el amor que de nervios me hace tartamudear y por eso lo quise evitar no hablando. Luego un tema, dos personas y algo más que un reproche. Mi mano y mis lágrimas, que me lastiman y te lastiman. No querer que te vayas. Desear mi deseo. Para que vuelva a ser sueño mi amor versus tu tiempo. Para que vuelvas, Reina. Y desacomodar tu pelo.
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"Mi recuerdo" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012Para cada persona nuestra mente guarda una imagen que es la primera que nos aparece cuando los recordamos. Cecilia recordaba a su padre cada vez que la tomaban de la mano. De chica, en un parque de diversiones, no quería subirse a esas insufribles tazas que uno debe sentarse y comienzan a girar bruscamente. Entonces se tapó la cara y el papá tomó una de sus manos y la acarició. Ella lo miró y vio desde abajo algo así como la representación de la seguridad. Confió y subió. Pasaron los años, como 30. Nunca le había contado a su papá esa imagen que le solía venir a la memoria, pero sí se lo contó a su novio actual. No resultó una solución: el muchacho jamás la volvió a tomar de la mano. Temor a las comparaciones y quizás a saber que de ese modo no pensaría sólo en él. “Los hombres son básicos”, pensó Cecilia. Quería cerrar una etapa y poder contarle al padre ese recuerdo. Un almuerzo familiar era una buena ocasión. Fue con su novio (”tan básico”) y esperó algún momento a solas. Lo vio llevar la ensalada a la cocina y ella agarró un vaso y fue tras él. Se rascó la cabeza y trató de ganarle a la timidez. “Papá, quería contarte algo”. Si. “Quería decirte que siempre me acuerdo de vos por algo, por un recuerdo”. Y sí, nos pasa a todos, yo también te recuerdo a vos por una cosa. “¿Sí?. ¿Qué?”. Ni te vas a acordar. Una vez tenías terror a subirte a un juego en el parque que estaba frente a la plaza, y te pusiste a llorar. Yo te agarré la mano y tu mirada con los ojos bien grandes no la olvido nunca”. Cecilia lo abrazó llorando y le dijo que no le contaría su recuerdo porque él ya lo había hecho. Y volvió a mirarlo con esos mismos ojos.
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"Contorno"-Prosa
1 comentarios miércoles, 28 de diciembre de 2011Deseo averiguarlo para saber enfrentarlo.
Hay cierta imagen adherida a todo lo que hago,
una especie de gemela alma que repite sorda
ciertos lentos movimientos: los mios.
Un ángel sería el mejor responsable
de mi luz nocturna, pero él no es.
Porque éste tiene forma de mi, duda como yo,
arranca y frena no cuando lo hago
sino cuando lo pienso.
Me debe conocer más que yo.
¿Quién me creería que dentro de mis miedos
el peor es el de no saber qué pasa conmigo
frente a lo que me paraliza?.
No es de humano, no es de hombre,
Los defectos son costillas que en voz alta
gustan contar unos, de uno. Me lo callo.
De día, tortura, de noche paz.
Aun sospecho que me deja dormir
para darme energías y creerme superior,
porque no tiene ganas de irse.
Si algún dia se pone adelante, lo enfrentaré.
Si un dia se pone a mi lado, será compañía.
Y si sigue a mi espalda,
seguirá siendo eterno.
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Hay cierta imagen adherida a todo lo que hago,
una especie de gemela alma que repite sorda
ciertos lentos movimientos: los mios.
Un ángel sería el mejor responsable
de mi luz nocturna, pero él no es.
Porque éste tiene forma de mi, duda como yo,
arranca y frena no cuando lo hago
sino cuando lo pienso.
Me debe conocer más que yo.
¿Quién me creería que dentro de mis miedos
el peor es el de no saber qué pasa conmigo
frente a lo que me paraliza?.
No es de humano, no es de hombre,
Los defectos son costillas que en voz alta
gustan contar unos, de uno. Me lo callo.
De día, tortura, de noche paz.
Aun sospecho que me deja dormir
para darme energías y creerme superior,
porque no tiene ganas de irse.
Si algún dia se pone adelante, lo enfrentaré.
Si un dia se pone a mi lado, será compañía.
Y si sigue a mi espalda,
seguirá siendo eterno.
"Rescate"-Prosa
1 comentarios miércoles, 14 de diciembre de 2011Suelo ver mi propia imagen
con un cierto inspirador silencio.
Provocado, provocante.
Es un arma que suele apuntarme,
que da terror en la mano
y ternura a la distancia.
Dentro de la imagen la figura
quiere dejar de ser contorno.
Cree que es humedad, cree que es
el centro y la atención.
Pero la veo de afuera y hay que avisarle
que sólo es parte de la niebla húmeda.
Que salga de ahí.
Intento acercarme.
Mi figura no tiene cara y sin embargo
me da la espalda.
Me acerco. ¿Qué tiene de mi
ese contorno?.
No siento nada mio, figura y fondo
es la misma humedad
que hasta en sus ojos siento.
Me doy una última chance,
estiro mi mano para ayudarme
y alguien me toca.
Quiero entender y doy un paso atrás.
La imagen desaparece dentro de mi,
vuelvo a buscarla en el
inspirador silencio,
La encuentro en la humedad.
Dándome la espalda, sin cara.
En el paso atrás, lentamente.
Para alejarme de mi.
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con un cierto inspirador silencio.
Provocado, provocante.
Es un arma que suele apuntarme,
que da terror en la mano
y ternura a la distancia.
Dentro de la imagen la figura
quiere dejar de ser contorno.
Cree que es humedad, cree que es
el centro y la atención.
Pero la veo de afuera y hay que avisarle
que sólo es parte de la niebla húmeda.
Que salga de ahí.
Intento acercarme.
Mi figura no tiene cara y sin embargo
me da la espalda.
Me acerco. ¿Qué tiene de mi
ese contorno?.
No siento nada mio, figura y fondo
es la misma humedad
que hasta en sus ojos siento.
Me doy una última chance,
estiro mi mano para ayudarme
y alguien me toca.
Quiero entender y doy un paso atrás.
La imagen desaparece dentro de mi,
vuelvo a buscarla en el
inspirador silencio,
La encuentro en la humedad.
Dándome la espalda, sin cara.
En el paso atrás, lentamente.
Para alejarme de mi.
"40 minutos" -Prosa-
1 comentarios martes, 15 de noviembre de 2011Un ser realista, un hombre escapado de su imagen,
tan ajena a veces que la busca en él cuando ya está en él.
Golpes de fatiga, ritmo aburrido de ojos atascados de luz
en plena noche, queriendo comportarse como le piden.
Sale con rumbo sin saberlo hasta el final, camina llevado
por un instante deseo de ser sal.
Lo mira, lo escucha, abre los ojos apretando los párpados
y queriendo llevarse el fin de su ruido, llevárselo en su alma.
De pronto el día sigue siendo día pero el hombre entra en su noche.
Apaga su queja vencido, bendecido por lo que lo rodea.
No se despierta, sigue ahí, no está en él,
no controla lo que piensa, ni piensa, ni es hombre.
Ni es lo que será, dejará en el ruido y en la sal
todo en un momento. Para sentirse luz.
La imagen volvió cuando dormía y lo encontró.
Feliz de verlo sin ella. Con paz.
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tan ajena a veces que la busca en él cuando ya está en él.
Golpes de fatiga, ritmo aburrido de ojos atascados de luz
en plena noche, queriendo comportarse como le piden.
Sale con rumbo sin saberlo hasta el final, camina llevado
por un instante deseo de ser sal.
Lo mira, lo escucha, abre los ojos apretando los párpados
y queriendo llevarse el fin de su ruido, llevárselo en su alma.
De pronto el día sigue siendo día pero el hombre entra en su noche.
Apaga su queja vencido, bendecido por lo que lo rodea.
No se despierta, sigue ahí, no está en él,
no controla lo que piensa, ni piensa, ni es hombre.
Ni es lo que será, dejará en el ruido y en la sal
todo en un momento. Para sentirse luz.
La imagen volvió cuando dormía y lo encontró.
Feliz de verlo sin ella. Con paz.
"Escalera" -Prosa-
1 comentarios jueves, 10 de noviembre de 2011Pies subiendo en imagen blanca de túnica,
de seda, sobre escalones que imagino ajenos.
Inseguro, miedo dentro y fuera,
ganas de no saber,
amar querer ser otro
cuando nadie quiere ser uno.
Tiene paz, lleva paz.
Vive y es un decir porque aun cree
más que nunca en él.
Camino en altura. Lo ve mejor, lo vemos lejos.
Termina su túnica, su seda, frente al final
de la imagen blanca. De la escalera y su corazón.
Color cielo.
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de seda, sobre escalones que imagino ajenos.
Inseguro, miedo dentro y fuera,
ganas de no saber,
amar querer ser otro
cuando nadie quiere ser uno.
Tiene paz, lleva paz.
Vive y es un decir porque aun cree
más que nunca en él.
Camino en altura. Lo ve mejor, lo vemos lejos.
Termina su túnica, su seda, frente al final
de la imagen blanca. De la escalera y su corazón.
Color cielo.
"Afrodita criolla" -CC-
1 comentarios jueves, 22 de septiembre de 2011
Le preguntaron qué estaba haciendo. Y él dijo “no lo sé”. En realidad Juan sabía qué era pero como no estaba tallada aun, quería representar lo mejor posible el sueño. El sueño. Tuvo hacía dos noches un sueño, la imagen de una mujer, y se puso a tallar con pasión.
Dicen que los escultores no crean sino que “descubren” sus obras dentro de la piedra, que las rescatan de ahí para que otros las vean. No iba a estar feliz si no resultaba algo cercano al sueño que tuvo lo que hiciera al final del día. Era una mujer con un vestido hasta los pies, con muchos pliegues y volados. El pelo largo y con algunos rulos rebeldes que acomodaba en la parte de atrás de las orejas sin mucha suerte: volvían a la frente. Su sueño de esa mujer fue en movimiento. O eso creía, porque el pelo de ella se movía, quizás la imagen tenía viento.
A los 15 días la figura tenía poco más de un metro y treinta centímetros. Ya era su obsesión a escala real. Le contorneó delicadamente la parte del cabello, con el pelo suelto como quien mira de frente el mar. La cara tenía el mentón algo elevado, la quiso retratar altiva, al fin y al cabo era su sueño, una Afrodita criolla. Terminó un martes. Otros trabajos pedidos la dejaron en un costado del taller pero no de su mente, todas las noches le mejoraba algo. A los tres meses la tapó con una sábana, sentía que ella lo miraba trabajar.
Fue al tiempo un hombre y curioso le preguntó qué era aquello tapado ahí atrás y Juan le contó que era su obra terminada, de lo que la había inspirado. “Si la imagen te tiene mal podrías venderla”, le dijo el hombre. A la semana fue a la casa de remates sobre Talcahuano. No era la primera vez que iba a un remate de alguna obra suya pero lo evitaba, sentía lo comercial que era todo. Gente de saco que levanta la mano, juegan con los montos. Mujeres que esperan su momento y dicen una cifra mirando de reojo. El rematador decide con su martillo. Vendido al señor de la segunda fila. La gente aplaude sin ganas. Juan miraba todo desde el final de la sala, apoyado contra una columna. No quiere ir a decirle que se lleva algo de su autoría, es tímido para esas cosas.
Salen todos a la vez de ahí, es ya de noche y el frio apura el paso. El comprador va rumbo a un bar, Juan también decide ir para ese lado. Los dos están solos en mesas algo cercanas, quizás el destino quiere que le termine diciendo que es el autor de lo que acaba de comprar. Pero el hombre saluda a alguien que entra. Una mujer muy alta con un tapado gris y un gorro. Se sienta y el hombre se va, cree Juan que al baño.
Ella se quita el gorro. Fue la imagen, fue el sueño. Era la mujer, su Afrodita criolla. Se acercó y la miró. Se lamentó que pareciera estar en pareja. “No quiero incomodarla, soy el autor de la obra que su marido compró”. Ella le dijo que no era su marido sino su hermano, y que por teléfono le había dicho que era una imagen tal cual de ella. Juan le dijo que primera vez estaba viendo a una musa, que su vida de ahí en más seguro iba a cambiar.
¿Qué es una musa?.
“Usted”, le dice él.
Y Afrodita y Juan, sueño y soñador, se fueron juntos de ahí.
Feliz día del escritor!! (quién....yo??)
1 comentarios lunes, 13 de junio de 2011Hoy temprano me han saludado por el día del Escritor, en conmemoración al nacimiento de Leopoldo Lugones. Lo sabía, lo había escuchado, pero leí el mensaje sin razonar que era para mi. Y respondí "para mi??"...
Tuve la suerte de ser publicado en una Antología, lo que es una claraboya por donde uno se puede hacer chiquito y pasar a otros niveles, si es que se quiere eso. Yo nací para escribir. Pero el lugar donde eso se deja plasmado es a veces lo que cuenta. Y puedo eruditar cual Borges (bah, no podría pero supongámoslo) en un mensaje de texto que sólo una persona leería. No alcanza para considerarme escritor. Tengo todo por aprender y eso es virtud y defecto, al mismo tiempo. El ensayo y error permite corregir, que humano es, pero quita tiempo. Y todo se rige por el tiempo, por la elección de algo o alguien que tenga eso y no virtudes a las que haya que esperar. No tengo una base de cultura que me permita crear universos, pero si el deseo de descubrir cosas nuevas, incorporar. La base la voy hacendo mientras escribo, sobre mis propios errores y virtudes, si el otro puede verlas. Escribo para mi. Escribo pensando en otros, en un ideal de mujer a veces. Me gusta retratar el universo de las mujeres, me parece más amplio y con colores más suaves que el de los hombres. Tenemos los hombres cierta falta de matices o quizás no sea yo quien mejor los sabe retratar aunque lo intento. Escribo porque puedo hacerlo, tengo la libertad que me da este medio, es una descarga asi como hay sitios más divertidos, retratando actualidad o pura vida diaria. La escritura es costosa de realizar. La lectura en cambio es más blanda, menos apegada a los tiempos, permite retroceder páginas si algo no se entendió. El que escribe y deja su testimonio no retrocede, es eso que ya de él salió.
No sé qué soy o si soy merecedor del saludo, es posible que sí. No me lo creo, a veces conspiro contra mi propio talento buscándole perfección a lo que hago, cuando nadie la tiene. La imagen de alguien tomándose la cabeza sentado frente a una mesa con lapicera en mano me representa, pero cuando me iba mal en la escuela y no me salían las cuentas. Ahora estoy sentado frente a una compu, escribiendo en un Blog directamente y equivocándome como siempre, reflexionando y acelerando los dedos en el teclado. En un escritor su principal virtud es la lectura. Siempre quiero leer todo lo que me llega aunque no sean temas que domine. Pero el interés del renglón siguiente, ese instante de interés, de agarrar más fuertemente el papel escrito para prestar atención, el concentrarse...ese instante es único.
Ojalá pueda dejar escrito lo que quiero decir, y no decir lo que no voy a poder escribir nunca. Feliz dia.
El último día de Ordoñez (parte 4)
1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010
Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.
Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.
Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.
Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.
Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.
Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.
Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.
Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.
Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.
Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.
“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.
Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.
Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
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