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Ahí pasa el apurado -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 7 de julio de 2012
Estoy pisando quizás el camino equivocado. Como quien baja a la calle porque cree que hace más rápido y de pronto viene un coche y corriendo se vuelve a subir a la vereda. Lo que sí noto, cuando me veo, es que estoy siempre apurado. Con el cuerpo más adelante que los pies, mirando el reloj una y otra vez. Me veo y luzco desesperado como el que falla al horario de una consulta. Vivo asi porque asi me han criado. No echo culpas ni retrocedo a buscar razones ni calvarios. Ya está. Es juntar en el apuro tiempo que luego me sobra en alguna parte del dia, entonces sucede lo contrario: odio llegar muy temprano. Y me quedo dando vueltas en las cercanías de mi destino, haciendo tiempo, culpable de asi pasarlo. Me programo llegar a una hora de vuelta cuando aun no termino de hacer la ida. Por suerte con los años eso fue aflojando, de chico era peor. Porque uno no tiene control sobre horarios, son casi todos impuestos, sufría en silencio. Cierto sinónimo de independencia fue el primer reloj que me regalaron. Un digital con la cara de la Rana René, que dejé al costado del lavamanos, se deslizó y terminó mojado. Tres días lo usé. Me pregunto, viéndome con años, adonde es que voy siempre apurado. Para eso tendría que detenerme, antes que la vida lo haga sin que me pregunte directamente. Tengo una teoría: el que corre está apurado, si. Por llegar a algún lado. O quizás, no lo descarto, en realidad viva escapando. Quién sabe cuál es mi horario.
"Las tres cajas" -CC-
1 comentarios jueves, 29 de septiembre de 2011
Situación uno: Enrique mira la caja que le acaban de dar. Parece algo rota y eso que los zapatos que tiene dentro son nuevos, los compró recién. Vuelve a la oficina pero no se los quiere poner porque todos se darían cuenta. Cree que estará por fin elegante, siempre le criticaban sus gastados mocasines todoterreno. Tendría un par de horas como para ablandarlos un poco sin sufrirlos en la cara. Mira el reloj, ya concluye su horario. Apaga la computadora y se va con la caja dentro de una bolsa rumbo al ascensor.
Situación dos: Margarita tiene frio. No llevó el pullóver fino de color blanco a la oficina para que no creyeran que en la fiesta usaría el mismo. Decidió teñirlo y esperaba que cuando llegara a la casa ya estuviera seco y tan azul como pretende. Le pidió a una amiga una cartera, que se la trajo dentro de una caja forrada en papel madera. En 19 años de servicio fue a muchas de estas reuniones, el que no iba no recibía reprimendas pero quedaba relegado. A sus jefes les encantaba oír que le digan que la fiesta era divertida. Aunque no lo fuera. En todo eso pensaba mientras se dio cuenta que eran las cinco de la tarde. Se puso la caja debajo del brazo y algo incómoda esperaba el ascensor.
Situación tres: Zelenevich tenía un problema. Su mujer lo apuraba por mensaje de texto desde la casa lista para salir rumbo a la fiesta. Pero justo a la secretaria en ese momento se le ocurrió pensar que el rol de amante no era suficiente. Cerró la puerta de la oficina y los gritos se escuchaban y sentían, las persianas de fino plástico no alcanzaban a tapar toda la vergüenza del hombre que veía hacerse público aquello que disfrutaba a escondidas. Mandó a un cadete a comprar bombones para calmarla, el gasto correría por cuenta de la empresa. Le trajo como tres kilos, una enormidad. Tanto que la secretaria le dijo “¿me estás diciendo gorda con tantos bombones?. ¿Qué soy?” y se los devolvió cuando Zelenevich esperaba el ascensor, a punto de irse. Se los daría a su esposa como solución rápida.
Situación cuatro: Enrique y Margarita le hacen espacio a Zelenevich cuando la puerta del ascensor se abre. Él los mira con algo de desprecio, observa las cajas y ellos a su vez también observan la de él. Los tres en sus cajas tienen cosas para aparentar, para que de ellos se piense lo que quizás no sean. Y se miran sabiéndolo. Los zapatos estaban apretados, la cartera era elegante, los bombones muy ricos.
La apariencia, feliz. Siempre va a las fiestas con gente que la lleva.
"El amor de cualquier plaza" (cuento corto-CC-)
1 comentarios martes, 26 de julio de 2011
Sentado, el hombre se puso a mirar una hoja que se iba moviendo con el viento. Chocó contra el banco de la plaza y caprichosamente no se movió más. El frio lo trajo de nuevo a su presente. ¿Le había dicho ella, el amor, algún horario en concreto?. Tenías ciertas esperanzas, cierta en fe en miradas que cruzó en momentos del día que, sentía, ella también necesitaba.
Y ahora estaba ahí, esperándola. Pero no había nadie y el frio es como la soledad: duele mucho más sin testigos. De pronto, enderezó sus anteojos. Era ella. Tapado largo, botas al tono, cartera debajo del brazo, mirada al piso. ¡La imagen parecía la de una marca de ropa!. El viento movía su pelo corto. Pasó y él hizo un ademán. Ella dijo "¿vos qué hacés acá?" y siguió caminando sin esperar respuesta.
El hombre se puso de pie y la miró irse. Comprendió que antes de esperar por alguien, ese alguien debe saberlo. "Mañana le digo algo" pensó con la seguridad de no ser oído en su promesa de amor. Mañana, quizás, no haga tanto frio...
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