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"Mi recuerdo" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 26 de enero de 2012Para cada persona nuestra mente guarda una imagen que es la primera que nos aparece cuando los recordamos. Cecilia recordaba a su padre cada vez que la tomaban de la mano. De chica, en un parque de diversiones, no quería subirse a esas insufribles tazas que uno debe sentarse y comienzan a girar bruscamente. Entonces se tapó la cara y el papá tomó una de sus manos y la acarició. Ella lo miró y vio desde abajo algo así como la representación de la seguridad. Confió y subió. Pasaron los años, como 30. Nunca le había contado a su papá esa imagen que le solía venir a la memoria, pero sí se lo contó a su novio actual. No resultó una solución: el muchacho jamás la volvió a tomar de la mano. Temor a las comparaciones y quizás a saber que de ese modo no pensaría sólo en él. “Los hombres son básicos”, pensó Cecilia. Quería cerrar una etapa y poder contarle al padre ese recuerdo. Un almuerzo familiar era una buena ocasión. Fue con su novio (”tan básico”) y esperó algún momento a solas. Lo vio llevar la ensalada a la cocina y ella agarró un vaso y fue tras él. Se rascó la cabeza y trató de ganarle a la timidez. “Papá, quería contarte algo”. Si. “Quería decirte que siempre me acuerdo de vos por algo, por un recuerdo”. Y sí, nos pasa a todos, yo también te recuerdo a vos por una cosa. “¿Sí?. ¿Qué?”. Ni te vas a acordar. Una vez tenías terror a subirte a un juego en el parque que estaba frente a la plaza, y te pusiste a llorar. Yo te agarré la mano y tu mirada con los ojos bien grandes no la olvido nunca”. Cecilia lo abrazó llorando y le dijo que no le contaría su recuerdo porque él ya lo había hecho. Y volvió a mirarlo con esos mismos ojos.
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"Los reyes de Devoto" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012Desde Villa Devoto dos hombres llevan un enorme espejo. Lucen cansados, pareciera que hace días caminaran, sus guantes son de color naranja y están bastante gastados. Cruzan la ciudad, siguen una ruta, salen del infierno. Se turnan para descansar y uno siempre se queda despierto cuidándolo al espejo, por las dudas. Luego de ocho eternas semanas llegan a un palacio en medio del desierto y tocan la puerta. Les abre un hombre también con guantes, pero blancos y relucientes, pide que esperen allí. Ponen el espejo en el piso, los dos miran a su alrededor, todo un lujo como jamás en sus vidas vieron. Los hacen pasar a una sala, el Rey mismo los atendería. Apoyan el espejo contra una columna, el Rey aparece. Tiene un halo brillante que apenas distingue su rostro, los hombres sin pensarlo se inclinan como gesto casi natural. “¿Han traído lo que pedí?”. Los dos hombres señalan la columna y el Rey abre grande sus ojos. Se acerca al espejo y se mira, levanta su pera, se pone de costado, acomoda su ropa, gira, se queda unos segundos de frente. Los hombres reciben su paga. Le preguntan por qué quería un espejo desde tan lejos y el Rey dice: “Quise tener un espejo del lugar más lejano que conociera y a la vez, que no me conocieran. Es la primera vez que alguien sin juzgarme ve lo que soy sin otro interés que la verdad: eso es un espejo”. Los dos hombres vuelven a Devoto con la historia del Rey que nadie les creerá. A la noche, ya en sus casas, los hombres se levantan de madrugada y se miran al espejo. Desde ese día se ven como Reyes.
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