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."Me encantaria".
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012Tenés en tus manos las mias, estoy a punto de rogarte piedad. No debe haber algo más domesticable que un corazón sensible, y mis latidos y poder se dejan acariciar. De pronto una especie de rayo que surge entre nuestras manos, calor tibio de quien ya nada siente cuando siento todo por quien miro. Y la lluvia, y la oscuridad, y mis miedos, y mis dedos extendidos buscando los tuyos. Y mi soledad entregada a su suerte, mi buena suerte. Y el deseo. Y mis promesas hechas en silencio sobre tu pelo. Y el maldito destino escrito, en una hoja amarilla que veo volar con el viento. Y el dolor y mis secretos, que ahora compartimos. Me soltás, y la luz se va con tus manos hacia la fuente de energía poderosa que la atrae y que me atrae. Es imposible sentirme mejor cuando no soy otra cosa que vos. Estoy a punto de rogarte piedad, amor.
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"El dibujo" -Cuento corto-
1 comentariosEzequiel tiene muchas cosas: una hoja en blanco, la bolsa con lápices de colores a medio usar y la mesa rectangular de la cocina de su casa. El ratito luego de hacer la tarea, sus tiempos. Ese segundo de paz en donde no se escucha otra cosa que el lápiz contra la hoja. Las ganas de hacer aparecer en lo blanco eso ya pintado en su mente. Su madre sin preguntarle qué está haciendo y alcanzándole chocolatada. Sus hermanos jugando lejos deseando que no lo interrumpan. La luz que entra por la ventana se va con la tarde y prende la lámpara de la cocina. El ruido en el estómago acelera sus trazos antes que le den de comer. La falta absoluta de tiempo porque no le importa mirar el reloj. El dibujo que se va pareciendo a lo que imaginó, los lápices desordenados en la mesa y el sacapuntas con virutas de varios colores. La madre que le dice que las junte y tire. El final del dibujo sobre el borde de la hoja. Para mirar mejor la levanta, se siente conforme con su obra. La madre, que justo se da vuelta y le dice que es precioso. Durante 20 minutos la cercana y única preocupación de Ezequiel fue sólo la de hacer un dibujo. Ya de grandes, no tenemos tiempo ni dibujos. Hay otras preocupaciones. Me encantaría alguna vez volver a mi hoja en blanco. Y ver qué dibujé. Aspirar a estar conforme y si hace falta terminar lo que empecé.
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"Carta para mi ayer" -Cuento Corto-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011Llegado su turno pidió que la mandaran certificada. La mujer lo miró a él y luego al sobre, la sensación fea de ser interrogado con los ojos. Se detuvo en el remitente y cuando comprobó que estaba correcto lo pasó por la máquina. Ya no ponen estampillas y ahora entregan un recibo muy parecido al de un supermercado. Como si escribir fuera una compra. Daniel sentía que el mundo moderno le estaba dando un cachetazo a sus modos algo antiguos.
¿Qué hizo?. Se acordó de ella, de Claudia, y le mandó una carta como en su época de adolescentes. El problema es que ya no lo eran y si bien él nunca se casó eso no quería decir que quien leyera lo tomara en gracia luego de tantos años. Quizás tuviera hijos, muchos, quizás no viva donde siempre vivía. La mandó adonde recordaba.
El texto era bastante simple: “¿Te acordás de mi?”. Y el remitente era de Martín J Haedo. Le gustaba hace 20 años poner de remitente en cartas apellidos de estaciones de trenes. Apostaba a que con eso lo debería recordar. Con el correr de los dias las ganas de recibir respuesta se transformaron en resignación, en melancolía de lo que nunca pasó.
La duda era si llegó y si fue así cuál había sido la reacción, que Claudia sintiera lo mismo, en una palabra. Hasta que a los 36 días de enviadas la carta, llega el cartero a la casa. Se baja de la bicicleta, toca timbre. Daniel sale y el hombre le hace firmar una planilla. Ve la letra de Claudia, igual que hace 20 años.
Rompió con cuidado el papel madera y adentro tenía una caja blanca. La desató y abrió: había cartas. Suyas, escritas para ella. En la tapa se leía “fijate en el sobre”. Y dentro había una hoja que decía “Sí, me acuerdo de vos. Te doy las cartas tuyas. Volvé pero hoy, no ayer”.
Daniel se rascó la cabeza y no perdió tiempo. De a una las fue quemando con un encendedor. Vio luego de tanto sus propias cartas, amarillas del tiempo y de lo que sentía de verlas. Le estaban pidiendo que dejara atrás a él mismo para empezar a ser, justamente, él.
Hoy son tan felices que se escriben cartas aunque estén al lado del otro.
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