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."Dos miradas".
1 comentarios sábado, 13 de octubre de 2012Un niño imagina con los ojos abiertos, y un grande con los ojos cerrados. Un niño se concentra cuando el mundo se detiene sólo en lo que está interesado, un grande busca siempre algún motivo para aparentar cierto interés en ciertos trabajos. Un niño mira desde abajo hacia arriba buscando con la mirada gente más alta, un grande a veces suele bajar la mirada ante gente aun más baja. Un niño cree en algo porque lo hace, un grande sólo sabe que debe hacerlo. Un niño dice la verdad sin filtro, un grande fabrica para cada respuesta un filtro. Un niño desconoce preconceptos, ataduras morales, silencios de testigo, conveniencias. Un grande ejerce todo lo dicho. Un niño duerme en su cama tranquilo, con ideas sin formas de final sugerido. Tendrá tiempo, de grande, en soñar lo que ha sido.
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"Grabado reloj" -Cuento corto-
1 comentarios sábado, 8 de septiembre de 2012
Memoria prodigiosa. Pablo caminaba por San Telmo con su esposa en esos días en que el aburrimiento se vuelve salida a fin de mes. Tomados de la mano miraban las mesas con caballetes que ofrecían en el viejo mercado cosas indescifrablemente antiguas. Se detuvieron frente a viejo aparador con pequeños relojes. Pablo miro a los costados sabiendo que no podía hacer lo que iba a hacer. Se acercó a mirarlos bien de cerca y de a uno. La esposa vio a su marido hacer un salto de sorpresa sobre sus pies, como los chicos cuando encuentran la pelota debajo de algún armario. “Es el reloj, igualito al de la tia Inés”. Le contó Pablo que cuando era chico iba a la casa de la tia Inés y sobre un mueble dentro de un estuche con pana de color roja, estaba un reloj de bolsillo. Que él nunca más que ahí dentro vio al reloj, subido a una silla sin querer tocarlo. Luego dejó a la tia Inés por sus visitas a amigos, creció y ella cambió de barrio. La esposa le siguió el juego de intentar entender aunque nada comprendía. Pablo compró el reloj a precio razonable y se lo llevó a la casa. Al otro dia fue a lo de la tia Inés. Luego de años vivía en Claypole, cuando la vio sus recuerdos volvieron a ella y a él. Se sentaron y le preguntó cosas de rigor hasta que le contó lo del reloj. La tia le dijo que no lo tenía más. Que una deuda con la vieja casa hizo que lo vendiera a muy bajo precio, que era hermoso, un regalo a su marido de parte de un jefe naviero. Pablo saca del estuche el reloj. Le da un beso, ambos lloran. Se queda un rato, agradece a Dios cuando por San Telmo vio al reloj. En su memoria.
."Mis principios y finales".
1 comentarios sábado, 11 de agosto de 2012En un camino ascendente suelo retroceder. Como ocurre con las cosas que no se quieren hacer o tardan en venir cuando ya es tarde después. Quien espera en una esquina al amor de su vida no sabe que ella hace lo mismo. Por otro, en otro lado. Tengo piezas sueltas que no encajan pero son todas mias. Dudas, amores, esperas. Vieja mochila cargando sueños transformados dia a dia, para quererlos mejor y aceptarme sin desdicha cuando uno va con el viento, o en contra de él camina. Ahora hay que empezar de nuevo. Con los mismos zapatos que renuevo en anhelos, con la misma figura que devuelve el espejo. Con la misma Fe del puño cerrado y dentro el aliento. Para buscar lo que no he tenido. Para dejar lo que ya está hecho.
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."La base de mis destino".
1 comentarios sábado, 7 de julio de 2012No tiene bases el destino. Se construye en el aire, en los momentos de uno y otro bien distintos. Por la mañana son mochila y en la noche ya son mios, los reconozco, son queribles y hasta frente a vos me hacen un guiño. Mis defectos te ven y se esconden aunque los tuyos invitan a los mios a que seamos leales a los errores ya cometidos. Somos una mezcla de intenciones, de idas y vueltas, de relatos heridos. De historias que iban en barco y sin ayuda dejamos en el rio para volvernos hacia dentro de nosotros mismos. No temas al brazo extendido, ni a la mano, ni a los dedos, ni a los surcos de mi palma. Ni a estar vivos. Dos soledades con un alma juegan en la noche de frio.
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."No te preocupes, amor".
1 comentarios sábado, 12 de mayo de 2012
Memoria quiero que guardes esto que voy a pedirte, sólo te pido el favor que hagas lo que te explique. Tengo mucho en mi presente que quiero sea pasado y poder ponerlo a resguardo de cierto dolor temerario. Son algunos de mis hechos que felices por un rato siento hacen de mi y de alguien a quien amo. Te imploro los guardes bien, no es futuro ni es pasado, son parte de mi presente que quiero, que vivo, que hago. No te pido nada más, memoria de mis costados. Ya sabés ahora tener algo hermoso a tu resguardo.
."Mi tarea".
0 comentarios lunes, 19 de marzo de 2012Estoy separando el haberte amado del quererte demasiado. Sé que puedo hacerlo, sería imposible dejar de hablarte. Y prometí tratarte como al resto de los mortales, aunque seas un Angel. Desde tu belleza no ves el barro, ese que pisa el que pierde, el que habita quien se queda lleno de sueños. Y en el piso hay sueños de muchos. El mio lo perdí de vista, siempre con la intención de rescatarlo. Pero te prometí no hacerlo. Debería no haber placer en una pérdida, el placer es el gozo de lo realizado. Lo que siento es acostumbramiento, eso que es la suma de tristeza más tiempo, que pasa, que duele, que esquivo para volver a encontrarlo. Pero ya está, me acostumbré a esto. Confiá en mi. Dejaré de amarte, sólo para quererte demasiado.
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"Vacaciones de nosotros" -Cuento corto-
1 comentarios martes, 24 de enero de 2012Beatriz no soportaba el viento fuerte de la playa y la sombrilla casi de costado le impedía tomar mate. Hizo un agujero en la arena y tiró la yerba ahí. Se levantó y se fue caminando no por el sendero marcado porque el sol hacía arder las maderitas blancas del camino. Fue por un costado. Llegó a la calle con todos los elementos de playa y vio venir el colectivo. En mitad de cuadra no era la parada pero ella igual levantó la mano. El chofer siguió de largo y Beatriz lo insultó bastante y en voz baja. Y luego alta. Cuando lo pudo tomar al colectivo, sacó boleto de 1,50. En realidad debería pagar dos pesos, pero el cambio de sección era una cuadra antes de bajarse y como nadie le decía nada, sacaba de menos valor. Llegó a su casa alquilada, dejó todo, se bañó y se fue a comer. Todos quieren comer mas o menos lo mismo y en los mismos lugares. Había una fila de por lo menos 20 personas esperando. Beatriz miró quién comía solo o sola y vio a una mujer sin compañía. Le dijo al de la entrada que era amiga de “aquella señora” y que la estaban esperando. La dejaron pasar. Cuando llegó a la mesa le explicó a la señora que comía sola que en la entrada le habían dicho que ella no tendría problemas en que compartieran un poco de la mesa y usar la silla que estaba libre. La mujer la miró desconfiada pero al final se sentó Beatriz a comer. Pidió pastas. Que con astucia estaban acomodadas de manera tal que pareciera abundante. Mientras comía veía detrás del vidrio a la gente en la calle haciendo aun la fila y mirándola con odio. En la mesa casi no quedaba comida a la media hora, la otra mujer comía rápido. Beatriz la miró sin disimulo. Tenía el pelo muy arreglado, con un batido como los de antes. Manos con las venas muy marcadas, pintura en la cara quizás en exceso. Dedujo que sería de ahí y no turista. Ambas tenían sus carteras entre las piernas, a falta de lugar para apoyarlas. La mujer levanta su cartera y busca la billetera. Por primera vez en la noche la mira a los ojos a Beatriz. “Déjeme que pague la cena”. Beatriz le agradeció pero le dijo que no, que no hacía falta. Pero la mujer insistió y Beatriz aceptó. Llaman al mozo y la señora le paga con dos billetes de 100 pesos. Le dice a Beatriz que va al baño y que ya vuelve, que le cuide la cartera. Diez minutos, quince. La mujer no vuelve y el mozo con el vuelto tampoco. Beatriz lo ve hablando allá en el fondo y mirando para donde ella estaba. Se acerca el mozo y le dice que esos billetes eran falsos. Beatriz se da vuelta y mira para el baño, le dice al hombre que la señora pagó con esos billetes. Abre la cartera de la mujer y está vacia. El mozo le dice que ambas cenas suman 243 pesos. Beatriz se toma la cabeza y mira al cielo. Al techo del local en realidad. Y dice: “en este país nadie hace las cosas bien. No hay más honestos”. Tiene razón Beatriz. Al menos en esa mesa de dos. Esa noche.
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"Mitad y mitad" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012Los dos hombres apuraban el paso. Se habían encontrado en la esquina y como si se conocieran de toda la vida se saludaron. A mitad de cuadra entraron al Banco. Es de los lugares que invita a quedarse con el aire acondicionado prendido, respiraron aliviados. Parecía hermanos, los dos de traje gris. Sacaron número y se sentaron en las últimas filas. Uno rompió el hielo. “Me llamo Quique. ¿Vos?”. Yo Julio, encantado. Y Julio siguió hablando porque Quique no hablaba. Le dijo que tenía 43 años, que se había separado hace poco y que su hija de 7 años aun intenta pegarle cuando lo ve. Que lo culpa de la separación porque esa idea le metió la madre. Que él no haría algo para dañar a la nena. “¿Cómo se llama la nena?”. Lucía. Le dice a Quique que es hermosa, que ella se rie y él no piensa más en nada, pero que cada vez que va, la nena está nerviosa, se siente mal de verlos asi. “¿Así cómo?”. Separados, le dice Julio. Le confiesa que está triste todo el tiempo, que ya no trabaja con las mismas ganas de antes, que los demás le dicen que debe ir a un psicólogo. Quique escuchó la catarata de información de alguien a quien conoció en la esquina y en 10 minutos le había contado sus pesares. Le preocupaba que no le tocaba nunca el número y a la vez tener que escucharlo a Julio. Por 15 minutos lo veía mover los labios pero dejó de prestarle atención, estaba pendiente de la numeración. “Nos está por tocar el número”, le dice a Julio, interrumpiéndole el monólogo. Ambos se paran y cuando llaman al 59 van a la caja. Uno hace la operación y el otro tapa un poco la visual para que los que están sentados no vean. Con la mampara se ve igual la acción, es la teoría de Julio. Cuando Quique termina con la operación ambos salen casi a la par. Saludan al de seguridad, que les abre la puerta. Apenas salen cada uno se va para distintas esquinas con el dinero repartido en una sola maniobra y casi en mitades iguales. “¿Cómo era tu nombre?”. Julio. “Chau”. Y se va Quique pensando en que Julio es un buen ladrón, pero habla hasta por los codos. Mañana se juntarán en otra esquina. Por las dudas recomiendo sacar número antes que ellos.
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"Pesada culpa" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 4 de enero de 2012San Juan y Defensa. Donde San Telmo es de asfalto y también empedrado mezclado. Tobías hace equilibrio en la calle angosta con el viejo bolso en la mano mientras los autos como espiándolo, le pasan cerca pero lento. Llegando a Plaza Dorrego se toma un respiro y mira hacia arriba. Los árboles, el sol de media mañana, los puestos ambulantes de cosas viejas. Su bolso no desentona con el ambiente. Acelera el paso porque la carga ya le pesa un poco. Entra al Mercado subiendo un gastado escalón. La dirección es la correcta, está llegando sin conocer el lugar. Deja el bolso en el piso y relee el papel: cuarto negocio, lado izquierdo. Todos parecen iguales pero va resuelto al cuarto local. Un señor mayor está sentado en una banqueta diez números más chica que su anatomía, con una especie de trofeo en la mano. “Buenos días, ¿usted es el señor López?”. Levanta su vista sin mucho agrado y le dice que sí. “Me llamo Tobías, su dirección figuraba dentro de este bolso que un tio mio tenía entre sus cosas. Él falleció y le traje lo que había. Quizás le interese”. El hombre giró para quedar de frente al bolso, lo miró a Tobías diciendo lo obvio: “Sos joven, vos”. Esos comentarios sin respuesta que casi todos hacemos. Miró el hombre el bolso por fuera, le sintió la textura unos segundos con las manos. Cuando levantó la cabeza Tobías ya no estaba. Lo buscó casi sin interesarle y volvió su vista al bolso. Estaba vacío pero pesaba como si estuviera lleno. El hombre lo cerró y lo dejó en un costado. Quizás Tobías volvería, pensó. Pero pasaron días y noches, el hombre no conciliaba el sueño, le volvía a la mente ese bolso vacío. Una madrugada salió de su casa rumbo al negocio. Vio el bolso abierto, lo cerró. Al intentar levantarlo estaba imposible de alzar con una sola mano. Desde ese día, por las mañanas, se ve a un hombre en su local de antiguedades esperando que un joven vuelva. Y se lleve ese bolso lleno de culpas, de años, que todos los días se va poniendo cada vez más pesado.
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"Miel, sombra"-Prosa
1 comentarios jueves, 22 de diciembre de 2011Mecanismo imposible, el del amor ajeno.
Necesita de mi, de lo mágico y perverso
de ser espectador: pero no lo sabía.
Me enteré cuando algo se partió,
se dividió como la mañana, la que
veo sin dejar verme en ella
para no asustarla.
Cuando dos sombras atraviesan en diagonal
la gran sala que son los ojos color miel
de esa luz, me ubico.
Una esfera divide su respiración de la mia,
era un compás que en hora solía poner
el placer en su sitio.
Ahora veo que respira, no lo oigo.
Aun cercana, siento otros ojos,
otra mirada que lo hace, que lo siente
sin dejar de admirarla.
Miel de color y aire, fundidos
pero lejanos, lejana.
Cinco dedos buscan energía en su dirección.
Los ve, intenta que me acerque
pidiéndomelo con la luz,
ella no se acerca.
Yo no puedo, ella no quiere.
Las dos sombras se hacen una,
lo observo dentro de la esfera.
Me alejo de mi mano, del intento.
De cierto heroico movimiento
para que me recuerde.
Cuando no empezaba a hacerlo.
En el amor ajeno
que de ella siento.
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Necesita de mi, de lo mágico y perverso
de ser espectador: pero no lo sabía.
Me enteré cuando algo se partió,
se dividió como la mañana, la que
veo sin dejar verme en ella
para no asustarla.
Cuando dos sombras atraviesan en diagonal
la gran sala que son los ojos color miel
de esa luz, me ubico.
Una esfera divide su respiración de la mia,
era un compás que en hora solía poner
el placer en su sitio.
Ahora veo que respira, no lo oigo.
Aun cercana, siento otros ojos,
otra mirada que lo hace, que lo siente
sin dejar de admirarla.
Miel de color y aire, fundidos
pero lejanos, lejana.
Cinco dedos buscan energía en su dirección.
Los ve, intenta que me acerque
pidiéndomelo con la luz,
ella no se acerca.
Yo no puedo, ella no quiere.
Las dos sombras se hacen una,
lo observo dentro de la esfera.
Me alejo de mi mano, del intento.
De cierto heroico movimiento
para que me recuerde.
Cuando no empezaba a hacerlo.
En el amor ajeno
que de ella siento.
"Usted no tiene mensajes nuevos" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011Valeria salió apurada de la casa y olvidó el celular en la mesa. Cuando iba en el subte recién se dio cuenta y se puso la mano en la frente a modo de lamento. Mientras viajaba como sardina hasta la estación Perú, empezó a razonar.
No atendería los cuatro llamados que la madre le hacía durante el día para preguntarle y repreguntarle siempre lo mismo.
No respondería los mensajes de texto de sus amigas usando el clásico “arreglen ustedes y después me dicen”.
No recibiría el odioso aviso a las nueve y veinte de la mañana (siempre a la misma hora) sobre lo afortunada en ganar un auto.
De paso, evitaba también a ese pesado al que Valeria le dio su número y le mandaba mensajes entre baboso y triste cada tres horas. Al final, pensó, era un alivio no tener celular.
Se bajó y caminó hasta Piedras, dobló y entró a su oficina. Saludó y en su escritorio la habitual montaña de cosas para hacer. Al mediodía manoteó su cintura y luego se fijó en la mesa a modo de ataque de abstinencia pero todo continuó igual. Por la tarde pasan, “pasillean”, todas las secretarias de la empresa, casi en fila saliendo de una reunión. Les preguntó por qué no le habían avisado. “Nos mandaron hoy un mensaje de texto, ¿no lo leíste?”. Valeria golpeó la mesa y se puso de pie aunque con estilo disimuló la bronca. No sabía si ir a disculparse o no explicar nada, ambas cosas sonarían a excusa.
Salió de la oficina apurada, llegaba tarde al gimnasio. Un cartel en la puerta “Hoy desinfección, el gimnasio permanecerá cerrado. Favor de avisar por teléfono a todos”. Se puso Valeria los brazos en jarra, se pegó con los nudillos en los costados de las piernas, ese tic heredado de la mamá, un símbolo de bronca.
Fue a la casa, abrió la puerta y el celular arriba de la mesa. Lo tomó y leyó tres mensajes de su madre, otros dos de sus amigas, uno de la oficina para la reunión, su profesora avisando que no fuera al gimnasio, el aviso por haber ganado un o km, y el del muchacho que sin suerte quería salir con ella. Por un instante se vio a si misma en todas esas actividades, se planteó qué tantas ganas tendría de hacerlas. Descubrió que para ser feliz no había que dejárselo olvidado al celular: directamente debía apagarlo.
Y a todos, al otro día, Valeria les dio el número de teléfono de su casa. Incluído al pesado de los mensajes. Si estaba, atendía. Y si no estaba, que esperen. Como era antes y nadie moría.
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No atendería los cuatro llamados que la madre le hacía durante el día para preguntarle y repreguntarle siempre lo mismo.
No respondería los mensajes de texto de sus amigas usando el clásico “arreglen ustedes y después me dicen”.
No recibiría el odioso aviso a las nueve y veinte de la mañana (siempre a la misma hora) sobre lo afortunada en ganar un auto.
De paso, evitaba también a ese pesado al que Valeria le dio su número y le mandaba mensajes entre baboso y triste cada tres horas. Al final, pensó, era un alivio no tener celular.
Se bajó y caminó hasta Piedras, dobló y entró a su oficina. Saludó y en su escritorio la habitual montaña de cosas para hacer. Al mediodía manoteó su cintura y luego se fijó en la mesa a modo de ataque de abstinencia pero todo continuó igual. Por la tarde pasan, “pasillean”, todas las secretarias de la empresa, casi en fila saliendo de una reunión. Les preguntó por qué no le habían avisado. “Nos mandaron hoy un mensaje de texto, ¿no lo leíste?”. Valeria golpeó la mesa y se puso de pie aunque con estilo disimuló la bronca. No sabía si ir a disculparse o no explicar nada, ambas cosas sonarían a excusa.
Salió de la oficina apurada, llegaba tarde al gimnasio. Un cartel en la puerta “Hoy desinfección, el gimnasio permanecerá cerrado. Favor de avisar por teléfono a todos”. Se puso Valeria los brazos en jarra, se pegó con los nudillos en los costados de las piernas, ese tic heredado de la mamá, un símbolo de bronca.
Fue a la casa, abrió la puerta y el celular arriba de la mesa. Lo tomó y leyó tres mensajes de su madre, otros dos de sus amigas, uno de la oficina para la reunión, su profesora avisando que no fuera al gimnasio, el aviso por haber ganado un o km, y el del muchacho que sin suerte quería salir con ella. Por un instante se vio a si misma en todas esas actividades, se planteó qué tantas ganas tendría de hacerlas. Descubrió que para ser feliz no había que dejárselo olvidado al celular: directamente debía apagarlo.
Y a todos, al otro día, Valeria les dio el número de teléfono de su casa. Incluído al pesado de los mensajes. Si estaba, atendía. Y si no estaba, que esperen. Como era antes y nadie moría.
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