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"Acto reflejo" -Cuento corto-
1 comentarios viernes, 30 de marzo de 2012No puedo dejar de hablar solo, estando solo. En voz alta elijo una situación y la planteo, la repaso, digo mis dudas con fluidez, descarnadamente a veces. Soy muy claro conmigo, no me doy tiempos y suelo castigarme. Más de una vez sin embargo logré en voz alta apaciguar una pena hecha problema, o un problema hecho dolor, porque me sirve para darme cuenta dónde estoy y qué hago. Y eso me pasó ayer. Hablé en voz alta, con las paredes que rebotaban mis palabras y mis pesares. Y vuelve el sonido a mi, esperando la respuesta que pido. Ayer ocurrió: pregunté qué tan importante soy para alguien y me respondi en silencio. Fui a la computadora, la prendi y aun no sé la respuesta, aunque supongo está en el final de este texto. Las respuestas están colgadas en los silencios, no en las palabras, y las busco ahí. Tendemos a poner nuestros temas tan en el medio del camino, que nos tapan el horizonte. A veces siento que freno antes de ver al obstáculo, como un cómplice. En silencio. Por eso en silencio busco respuestas. Y al final sí: piensa en mi. Me di cuenta ayer. Cuando no pude dejar de hablar solo, estando solo.
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."No te cambio".
0 comentarios jueves, 8 de marzo de 2012Te necesito porque tenés defectos, porque no impostás ninguna actitud, porque sos la vereda de enfrente de mis sueños. Porque te comprendo sin dejar de criticarte, porque hablás todo el tiempo, porque yo no hablo nunca, porque sos el refugio de mis palabras. Te necesito porque aprendí a necesitarte, porque no hay plan cuando hay deseo. Porque no cumplís ninguna de las siete cosas que querría de una mujer. Porque así has hecho de mi un hombre que te escribe, celoso de no poder cambiarte. Porque algo corre en las venas cuando te veo. Porque te necesito distinta, para no cambiarte jamás.
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."Cansado de esperar".
0 comentariosNo me divierte la espera. No puedo divertirme cuando sufro por tu respuesta que no llega. Yo ya dije en el idioma de los gestos, las miradas y el deseo reprimido, todo lo que tengo. Estoy feliz de dar lo que no tengo, y que lo notes. Luzco cansado, quizás enojado. La espera es una herramienta que al amor le va perfecto pero a mi alma le resta años. Desde hace meses vivo como si fueran años. Pero hasta acá llegué. Dejo de estar a tu lado para tomar aire, el mio. Dejo en paz a mi corazón que exige lo que no podrías darme y que late confuso cuando me hablás. Dejo acá como una mochila, la pesada carga de tu negativa. La que nunca me diste pero está en mi espera.
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."Parientes frente al espejo".
1 comentarios miércoles, 22 de febrero de 2012Tengo que ponerme a averiguar datos. Muchos no tengo porque no suele hablar demasiado, le conozco poco la voz. Le podría preguntar a un par de amigos, sobretodo para que ellos me pinten mejor un panorama. Por alguna causa hace que se sepa de él a través de otros y no de su boca. Eso tiene el problema de la interpretación, porque quien mira algo o a alguien no vive del mismo modo las cosas. Así que veré qué hago. Probablemente me mire al espejo y como Periodista hable con el que suelo ver reflejado. A ver qué pasa con su vida.
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"Mortales" -Cuento corto-
1 comentarios miércoles, 11 de enero de 2012Dos hadas en el cielo se divertían mirando mortales para salvarlos. Desde arriba los veían caminar y elegían, pero no al azar. “El destino no es para cualquiera, es para quien está dispuesto a asumirlo”, decía siempre una de ellas. La otra en silencio estaba concentrada en elegir a alguien. Ve a un hombre caminando por Florida con cara de preocupado. El traje le pesa y cuelga en estos días de verano, parece apurado pero no muy feliz de ir adonde va. Las hadas debaten si puede ser un candidato. Estudian sus pensamientos, sus deseos, los sueños. Pueden saber qué miedo lo aflige con sólo verlo caminar. En voz alta opinan las dos y en silencio lo siguen con la mirada un par de cuadras. Se ponen de acuerdo en que ya tienen al hombre. Las hadas buscan ahora una mujer siempre parecida a ellas, pero no las encuentran, no las hay. Cruzando Viamonte ven a alguien casi corriendo. El pelo atado y una camisa blanca, deducen que puede ser una oficinista llegando tarde. Miran su alma, algo asi como el curriculum vitae tallado en uno. Y creen que tiene las condiciones también, que busca aquello que no ha conseguido por mala suerte, que desea en silencio algo de alguien. Las hadas ya decidieron por ella. Ahora hay que unirlos de algún modo, la parte más difícil. Una excusa, una razón, una situación que los junte. Un hada propone que sea en una plaza o en un bar. La otra piensa en la entrada de algún museo o en la fila del colectivo. Mientras hablan, el hombre está llegando a su destino. Entra a la oficina y se sienta a esperar su turno, justo en punto. Una sola empleada está atendiendo al público. En eso entra corriendo una mujer, de pelo atado y camisa blanca. Se sienta y llama al 33. El hombre va con su número y la mira. Le dice que siente conocerla de algún lado, ella no lo recuerda, pero también siente lo mismo aunque no se lo diga. Que se buscaron sin conocerse. Por alguna razón se rieron y ambos escucharon, desde algún lado, otras dos risas.
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"Mitad y mitad" -Cuento corto-
1 comentarios lunes, 9 de enero de 2012Los dos hombres apuraban el paso. Se habían encontrado en la esquina y como si se conocieran de toda la vida se saludaron. A mitad de cuadra entraron al Banco. Es de los lugares que invita a quedarse con el aire acondicionado prendido, respiraron aliviados. Parecía hermanos, los dos de traje gris. Sacaron número y se sentaron en las últimas filas. Uno rompió el hielo. “Me llamo Quique. ¿Vos?”. Yo Julio, encantado. Y Julio siguió hablando porque Quique no hablaba. Le dijo que tenía 43 años, que se había separado hace poco y que su hija de 7 años aun intenta pegarle cuando lo ve. Que lo culpa de la separación porque esa idea le metió la madre. Que él no haría algo para dañar a la nena. “¿Cómo se llama la nena?”. Lucía. Le dice a Quique que es hermosa, que ella se rie y él no piensa más en nada, pero que cada vez que va, la nena está nerviosa, se siente mal de verlos asi. “¿Así cómo?”. Separados, le dice Julio. Le confiesa que está triste todo el tiempo, que ya no trabaja con las mismas ganas de antes, que los demás le dicen que debe ir a un psicólogo. Quique escuchó la catarata de información de alguien a quien conoció en la esquina y en 10 minutos le había contado sus pesares. Le preocupaba que no le tocaba nunca el número y a la vez tener que escucharlo a Julio. Por 15 minutos lo veía mover los labios pero dejó de prestarle atención, estaba pendiente de la numeración. “Nos está por tocar el número”, le dice a Julio, interrumpiéndole el monólogo. Ambos se paran y cuando llaman al 59 van a la caja. Uno hace la operación y el otro tapa un poco la visual para que los que están sentados no vean. Con la mampara se ve igual la acción, es la teoría de Julio. Cuando Quique termina con la operación ambos salen casi a la par. Saludan al de seguridad, que les abre la puerta. Apenas salen cada uno se va para distintas esquinas con el dinero repartido en una sola maniobra y casi en mitades iguales. “¿Cómo era tu nombre?”. Julio. “Chau”. Y se va Quique pensando en que Julio es un buen ladrón, pero habla hasta por los codos. Mañana se juntarán en otra esquina. Por las dudas recomiendo sacar número antes que ellos.
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"La hora"-Prosa
2 comentarios miércoles, 14 de diciembre de 2011Nadie tiene noticias
de ese niño que aun veo
en espejos, en señas, en gestos
de quienes también lo ven.
Aunque nada se sabe de él todos
dicen que está. Yo lo veo y le hablo,
le cuento y cuento con él
para mis dos historias de amor,
para mis ausencias frias,
para tenerlo en mis dudas solitarias, grises.
Viene conmigo cuando no quiero ser yo,
me toma y juega el tiempo a su modo.
¿Por qué los demás lo ven sin saber de él?.
Se los presentaría para que hablen,
para que lo miren, para que dependan de él.
Tengo de rehén a mi captor.
Orgullosamente lo muestro como siempre.
Pero una mañana, alguien preguntó por él.
Iba a decir noticias suyas, lo busqué,
lo perseguí en sombras, en sus escondites.
Le pedí piedad, que apareciera
y fuera de nuevo yo.
Estaba de lejos, inmóvil.
Iba a acercarme y la distancia se redujo.
No quiso venir ni yo ir por él.
Me había dejado,
lo había dejado.
Me mira de lejos,
no tengo noticias.
Aunque al niño yo aun
también lo veo.
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de ese niño que aun veo
en espejos, en señas, en gestos
de quienes también lo ven.
Aunque nada se sabe de él todos
dicen que está. Yo lo veo y le hablo,
le cuento y cuento con él
para mis dos historias de amor,
para mis ausencias frias,
para tenerlo en mis dudas solitarias, grises.
Viene conmigo cuando no quiero ser yo,
me toma y juega el tiempo a su modo.
¿Por qué los demás lo ven sin saber de él?.
Se los presentaría para que hablen,
para que lo miren, para que dependan de él.
Tengo de rehén a mi captor.
Orgullosamente lo muestro como siempre.
Pero una mañana, alguien preguntó por él.
Iba a decir noticias suyas, lo busqué,
lo perseguí en sombras, en sus escondites.
Le pedí piedad, que apareciera
y fuera de nuevo yo.
Estaba de lejos, inmóvil.
Iba a acercarme y la distancia se redujo.
No quiso venir ni yo ir por él.
Me había dejado,
lo había dejado.
Me mira de lejos,
no tengo noticias.
Aunque al niño yo aun
también lo veo.
"El amor y la puerta" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 3 de noviembre de 2011“No sos una estampita” me dijo la negra antes de darse vuelta e irse, quedándose con la última palabra y lo que es peor: la razón. Tenía estilo para pelear, siempre le reconocí eso, me gustaba hasta cuando se enojaba conmigo. Cerró la puerta de la habitación y se quedará ahí un rato hasta que se le pase. Me porté mal, no le avisé a qué hora volvía, me esperó con la comida. La negra tenía razón, una vez más.
Evidentemente no soy una estampita pero ella para mi sí lo es, me conoce en mis debilidades, estoy entregado hace ya tres años a lo que me diga. Cuando la conocí me sacó rápido la ficha, creo que uno va predispuesto según quién sea, a que pase algo así y a que lo conozcan del todo. Conocer del todo implica eso que ocultamos frente a los demás, que compartimos sin pensarlo, cuando encontramos una razón para no sentir que tenemos un defecto, o una manía o algún dolor. Y la negra era eso, yo le entregué el corazón apenas la vi.
Golpeo ahora la puerta y no me abre, le digo que no se enoje conmigo, que me comeré la comida fría de todos modos, que la próxima le avisaré con tiempo. La primera vez que la vi fue en la facultad. Pasaba y se daban vuelta para mirarla, como dice el tango. Luego un amigo en común hizo una fiesta y sentí que era una señal. Me acerqué a ella aquel viernes de hace tres años y la toqué con el vaso frio que tenía en la mano. Me miró y me presenté, le dije que la ubicaba de alguna materia en común y me dijo que sí. Bah, me dijo que sí, que me ubicaba. Hablamos de cualquier cosa unos 15 minutos.
Me preguntó la edad y los 23 le sonaron a poco, lo vi en su cara. Ella tenía la misma edad pero seguramente querría a alguien un tanto mayor. ¿A vos te gustaba antes de conocerme alguien mayor que yo?. “¡No! ¡Qué decís!” me dice la negra detrás de la puerta. Bueno, al menos me habla, es un avance. Dos semanas hasta que le mandé un mensaje de texto con miedo a la respuesta: ¿podremos salir?. Y ella me respondió “Bueno, pero elijo yo adonde”. Así que fuimos tres días seguidos…¡al cine! Nadie puede resistir ver tres películas en días seguidos y le parezcan buenas, salvo a la negra. A mi me aburrieron las tres pero cuando no se daba cuenta la miraba en la oscuridad de la sala y era realmente hermosa, no sabía cómo demostrarle que sentía haberme sacado la lotería.
Mezcla de libertaria y formal, me presentó a sus padres. ¿Te acordás cuando conocí a tus viejos?. “Yo sí, ellos no”, me dice, haciéndose la graciosa detrás de la puerta. Dale, abrime negra, ya me comí toda la cena aunque estaba fria (mentira, tiré la comida, helada e impasable). No me hagas prometerte lo que no tengo, che. Y no tengo más nada, vos sos yo. “Callate, cursi”, me dice con la puerta aun cerrada. El casamiento fue en una capilla con diez invitados, ella se encargó de hacerlo como quería, tengo una foto de la fiesta en mi celular, porque ahí la negra se rie con una felicidad genial, no de flash, sino porque así nos sentíamos.
Tres años hasta hoy. Dale, abrime. Te llevo al cine. “¿Elijo yo?”. Sí, elegís vos. La puerta se abre y la negra sale arreglada y pintada. “Dale, vamos”, me dice. El día que saque la puerta de la habitación se acaba el amor, le dije, por decir algo. “No me hagas prometer lo que no tengo, vos sos yo”, me dice la negra.
Me sonó conocido. Y cursi.
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Evidentemente no soy una estampita pero ella para mi sí lo es, me conoce en mis debilidades, estoy entregado hace ya tres años a lo que me diga. Cuando la conocí me sacó rápido la ficha, creo que uno va predispuesto según quién sea, a que pase algo así y a que lo conozcan del todo. Conocer del todo implica eso que ocultamos frente a los demás, que compartimos sin pensarlo, cuando encontramos una razón para no sentir que tenemos un defecto, o una manía o algún dolor. Y la negra era eso, yo le entregué el corazón apenas la vi.
Golpeo ahora la puerta y no me abre, le digo que no se enoje conmigo, que me comeré la comida fría de todos modos, que la próxima le avisaré con tiempo. La primera vez que la vi fue en la facultad. Pasaba y se daban vuelta para mirarla, como dice el tango. Luego un amigo en común hizo una fiesta y sentí que era una señal. Me acerqué a ella aquel viernes de hace tres años y la toqué con el vaso frio que tenía en la mano. Me miró y me presenté, le dije que la ubicaba de alguna materia en común y me dijo que sí. Bah, me dijo que sí, que me ubicaba. Hablamos de cualquier cosa unos 15 minutos.
Me preguntó la edad y los 23 le sonaron a poco, lo vi en su cara. Ella tenía la misma edad pero seguramente querría a alguien un tanto mayor. ¿A vos te gustaba antes de conocerme alguien mayor que yo?. “¡No! ¡Qué decís!” me dice la negra detrás de la puerta. Bueno, al menos me habla, es un avance. Dos semanas hasta que le mandé un mensaje de texto con miedo a la respuesta: ¿podremos salir?. Y ella me respondió “Bueno, pero elijo yo adonde”. Así que fuimos tres días seguidos…¡al cine! Nadie puede resistir ver tres películas en días seguidos y le parezcan buenas, salvo a la negra. A mi me aburrieron las tres pero cuando no se daba cuenta la miraba en la oscuridad de la sala y era realmente hermosa, no sabía cómo demostrarle que sentía haberme sacado la lotería.
Mezcla de libertaria y formal, me presentó a sus padres. ¿Te acordás cuando conocí a tus viejos?. “Yo sí, ellos no”, me dice, haciéndose la graciosa detrás de la puerta. Dale, abrime negra, ya me comí toda la cena aunque estaba fria (mentira, tiré la comida, helada e impasable). No me hagas prometerte lo que no tengo, che. Y no tengo más nada, vos sos yo. “Callate, cursi”, me dice con la puerta aun cerrada. El casamiento fue en una capilla con diez invitados, ella se encargó de hacerlo como quería, tengo una foto de la fiesta en mi celular, porque ahí la negra se rie con una felicidad genial, no de flash, sino porque así nos sentíamos.
Tres años hasta hoy. Dale, abrime. Te llevo al cine. “¿Elijo yo?”. Sí, elegís vos. La puerta se abre y la negra sale arreglada y pintada. “Dale, vamos”, me dice. El día que saque la puerta de la habitación se acaba el amor, le dije, por decir algo. “No me hagas prometer lo que no tengo, vos sos yo”, me dice la negra.
Me sonó conocido. Y cursi.
"El silencio heredado" -Cuento corto-
1 comentarios jueves, 27 de octubre de 2011Agosto de 1982. Germán tenía ocho años y dormía como podía, espantando mosquitos que parecían picarlo a él y a nadie más. La casa de su abuela y las dos tías en San Isidro era muy extraña, ciertas cosas le ocurrían y decirlas en voz alta sonaban siempre a alguna mentira infantil. Una sola vez dijo que había mosquitos cuando dormía y su abuela lo calmó: “No mientas, Germán. Hay una tela mosquitero”. Y era cierto, ¡pero los mosquitos estaban del lado de adentro!. Sin mucho derecho a queja dormía sabiendo que era por unos días nomás, hasta que volviera a su casa.
A las seis y veinte de la mañana su otra tía lo despertaba y le preparaba el desayuno. Comenzaba su rutina. A Germán lo llevaban al colegio en auto cuando se quedaba en lo de su abuela. Una de sus tias guardaba el Citroen “ranita” color rojo en una especie de galpón junto a coches de vecinos. Todos los días caminaban hasta ahí, Germán abría el portón oxidado y esperaba que su tía sacara el auto para luego cerrarlo. Escuchaba el silencio del barrio, los grillos que en el amanecer sonaban fuerte y un poco de miedo le daban. Luego el espectáculo de viajar, a él le encantaba viajar en auto porque lo hacía pocas veces.
El Citroen tenía la palanca al lado del tablero, hacía un ruido muy particular, siempre daba la impresión de motor ahogado. Mientras iba por Panamericana rumbo a capital él prendía la radio y apretaba la botonera buscando frecuencias hasta que su tía se enojaba y le pegaba con autoridad en la mano. Entonces Germán miraba el piso. Y en el piso, el asfalto de la Panamericana. El proceso de cataforesis no había llegado al Citroen y solía verse el suelo en pequeños círculos oxidados. O en realidad no verse, para ser precisos. La tía ponía Radio Continental, Germán escuchaba las voces y se dormía un poco.
Cuando estaba por llegar al colegio se daba cuenta por el ruido de bocinas del centro. No había diálogo en todo el trayecto. La miraba a su tía que movía los labios como hablando con ella misma, con el ceño fruncido. No preocupada sino ocupada, su mente. Era un gesto que a veces él también hacía. Le gustaba a Germán mirar a la gente, su tia le parecía tan amable desde lo que hacía por él, más allá de si lo transmitía, se sentía protegido de algún modo. En la puerta del colegio Germán puso su brazo arriba del de su tia, quiso jugar. Ella le hizo cosquillas detrás de las orejas y ambos se rieron.
Para él llegaba un gran momento. Bajarse de un auto en la puerta del colegio sentía que era algo parecido a la llegada de Colón a América: todo un acontecimiento que no fuera ni en tren ni en colectivo, lo habitual. Cerraba la puerta con parsimonia para oírla. Germán estaba medio dormido. El cuello de la camisa celeste tenía una ballenita quebrada y se subía, sin solución. Se dio vuelta para saludar a su tia pero ella se estaba yendo, le hizo señas y volvió a parar el auto. Por la ventanilla abierta le dio un beso y el gesto de los dos brazos por sobre los de ella. “¿Por qué tenés ronchas?”. Y Germán le dijo que no lo sabía. “Vos tenés que hablar con los mosquitos a la noche así no te pican, como hago yo. Después te enseño”.
Le guiñó un ojo y él se sintió aliviado de saber que alguien más veía los mosquitos en la casa de su abuela. Por la tarde volviendo en el auto escuchó el plan. Su abuela se iría a comprar y con la casa sola ellos tirarían insecticida sin que se dé cuenta. Esa noche no zumbaron mosquitos y la abuela seguía creyendo que jamás los hubo.
Germán se sintió parte de algo, de una complicidad. Estaba feliz. Con qué poco uno es feliz de verdad, pensaba él al otro día viajando en el Citroen y mirando de nuevo a su tía, hablando en silencio con ella misma. Como él también hacía. Otra complicidad.
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A las seis y veinte de la mañana su otra tía lo despertaba y le preparaba el desayuno. Comenzaba su rutina. A Germán lo llevaban al colegio en auto cuando se quedaba en lo de su abuela. Una de sus tias guardaba el Citroen “ranita” color rojo en una especie de galpón junto a coches de vecinos. Todos los días caminaban hasta ahí, Germán abría el portón oxidado y esperaba que su tía sacara el auto para luego cerrarlo. Escuchaba el silencio del barrio, los grillos que en el amanecer sonaban fuerte y un poco de miedo le daban. Luego el espectáculo de viajar, a él le encantaba viajar en auto porque lo hacía pocas veces.
El Citroen tenía la palanca al lado del tablero, hacía un ruido muy particular, siempre daba la impresión de motor ahogado. Mientras iba por Panamericana rumbo a capital él prendía la radio y apretaba la botonera buscando frecuencias hasta que su tía se enojaba y le pegaba con autoridad en la mano. Entonces Germán miraba el piso. Y en el piso, el asfalto de la Panamericana. El proceso de cataforesis no había llegado al Citroen y solía verse el suelo en pequeños círculos oxidados. O en realidad no verse, para ser precisos. La tía ponía Radio Continental, Germán escuchaba las voces y se dormía un poco.
Cuando estaba por llegar al colegio se daba cuenta por el ruido de bocinas del centro. No había diálogo en todo el trayecto. La miraba a su tía que movía los labios como hablando con ella misma, con el ceño fruncido. No preocupada sino ocupada, su mente. Era un gesto que a veces él también hacía. Le gustaba a Germán mirar a la gente, su tia le parecía tan amable desde lo que hacía por él, más allá de si lo transmitía, se sentía protegido de algún modo. En la puerta del colegio Germán puso su brazo arriba del de su tia, quiso jugar. Ella le hizo cosquillas detrás de las orejas y ambos se rieron.
Para él llegaba un gran momento. Bajarse de un auto en la puerta del colegio sentía que era algo parecido a la llegada de Colón a América: todo un acontecimiento que no fuera ni en tren ni en colectivo, lo habitual. Cerraba la puerta con parsimonia para oírla. Germán estaba medio dormido. El cuello de la camisa celeste tenía una ballenita quebrada y se subía, sin solución. Se dio vuelta para saludar a su tia pero ella se estaba yendo, le hizo señas y volvió a parar el auto. Por la ventanilla abierta le dio un beso y el gesto de los dos brazos por sobre los de ella. “¿Por qué tenés ronchas?”. Y Germán le dijo que no lo sabía. “Vos tenés que hablar con los mosquitos a la noche así no te pican, como hago yo. Después te enseño”.
Le guiñó un ojo y él se sintió aliviado de saber que alguien más veía los mosquitos en la casa de su abuela. Por la tarde volviendo en el auto escuchó el plan. Su abuela se iría a comprar y con la casa sola ellos tirarían insecticida sin que se dé cuenta. Esa noche no zumbaron mosquitos y la abuela seguía creyendo que jamás los hubo.
Germán se sintió parte de algo, de una complicidad. Estaba feliz. Con qué poco uno es feliz de verdad, pensaba él al otro día viajando en el Citroen y mirando de nuevo a su tía, hablando en silencio con ella misma. Como él también hacía. Otra complicidad.
"Mañana le pregunto" -Cuento corto-
1 comentarios martes, 18 de octubre de 2011No me habla, no me contesta. Baja la mirada y parece que tiene poder pero conozco esos ojos, es puro teatro. Respira hondo para sentirse seguro y en realidad es la exhalación propia del miedo. Cuando nos agitamos, satisfacción o miedo no se distinguen. Me pone nervioso no saber cómo empezar a preguntarle por él. Tengo dudas cuando lo veo, siento que no es el que me muestra, porque se esfuerza en crear una imagen pero yo no me creo esa imagen. Se calla por estrategia, quizás también porque nada tenga para decir, me voy a anotar esa pregunta para hacerle, y cuál es la diferencia.
Todo lo que sé son suposiciones. Es lo que los demás dicen que es él. Y eso es dejar hablar al mundo sobre uno, en mi opinión demasiado. Espero acepte que crea que su estrategia no le va a resultar en el tiempo. Uno tiene que valerse a partir de sus acciones y no en la detención permanente para fijarse qué tal salieron las cosas: en eso se suele transformar la mirada del otro. Es como ir en un auto y bajarse cada dos cuadras para ver si de afuera todo funciona correctamente.
Para hacerlo feliz, diré también lo que veo de él pero sin adularlo porque no se lo va a terminar creyendo. Estudia los silencios, me di cuenta que mira a la boca de quien le habla, cree en que los gestos dicen todo de uno. Incluso lo que no queremos. Voy a terminar pensando que es peligroso preguntarle cosas. Una idea parecida a la de una pared con muchos cajones y en un cierto orden a veces se me representa cuando lo escucho hablar.
Alguien estructurado debe saber qué es el futuro. El de él, el mio y el de todos. Quiero que me diga qué será de mi vida, ya que parece tan en sintonía con lo que viene. Yo no tengo idea de futuro. Siento que voy avanzando y a la vez borrando el rumbo, que uno camina hacia adelante por inercia, que a veces se deja llevar, que cosas o gente hacen que aceleremos hacia ese lugar que no sé cuál es. Creo en un camino con cierta soledad, querría saber qué dice él, quizás esté de acuerdo o no.
Es tarde, tengo sueño, estoy engripado. Mañana me levantaré temprano y le preguntaré a él todo. Absolutamente todo. Cuando me mire al espejo.
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Todo lo que sé son suposiciones. Es lo que los demás dicen que es él. Y eso es dejar hablar al mundo sobre uno, en mi opinión demasiado. Espero acepte que crea que su estrategia no le va a resultar en el tiempo. Uno tiene que valerse a partir de sus acciones y no en la detención permanente para fijarse qué tal salieron las cosas: en eso se suele transformar la mirada del otro. Es como ir en un auto y bajarse cada dos cuadras para ver si de afuera todo funciona correctamente.
Para hacerlo feliz, diré también lo que veo de él pero sin adularlo porque no se lo va a terminar creyendo. Estudia los silencios, me di cuenta que mira a la boca de quien le habla, cree en que los gestos dicen todo de uno. Incluso lo que no queremos. Voy a terminar pensando que es peligroso preguntarle cosas. Una idea parecida a la de una pared con muchos cajones y en un cierto orden a veces se me representa cuando lo escucho hablar.
Alguien estructurado debe saber qué es el futuro. El de él, el mio y el de todos. Quiero que me diga qué será de mi vida, ya que parece tan en sintonía con lo que viene. Yo no tengo idea de futuro. Siento que voy avanzando y a la vez borrando el rumbo, que uno camina hacia adelante por inercia, que a veces se deja llevar, que cosas o gente hacen que aceleremos hacia ese lugar que no sé cuál es. Creo en un camino con cierta soledad, querría saber qué dice él, quizás esté de acuerdo o no.
Es tarde, tengo sueño, estoy engripado. Mañana me levantaré temprano y le preguntaré a él todo. Absolutamente todo. Cuando me mire al espejo.
"Todos somos alguien" -CC-
1 comentarios jueves, 11 de agosto de 2011
Apuró el paso entre la gente, que cuando uno tiene que llegar a algún lado parecieran ir todos en cámara lenta. Cristian se aflojó los botones del chaleco, esperando el semáforo miró la hora. Estaba retrasado unos tres minutos y la reunión seguro ya había comenzado. Imaginó que estarían preguntando por él, que pensarían que se tomó el dia o que algo le ocurrió. Extrañarían sus chistes como los que siempre contaba, ese lunes faltarían al inicio los comentarios futbolísticos.
Lo hacían sentir importante y él estaba contento con su trabajo, respetado e integrado. El sueldo no era muy alto pero tenía posibilidades de hablar con su jefe a ver qué se podía hacer. Le faltaban para llegar dos cuadras. Piensa que quizás la reunión no comience sin él. Se rie de lo importante que se sintió por tres segundos y aceleró esquivando gente por Florida.
¿Por qué cuando se está apurado la marea de gente parece ir en contra de uno?. El edificio tiene entrada sobre la esquina de Tucumán. Justo alguien sale y él entra sin tener que esperar que le abran de adentro. Saluda al de seguridad. “Mire que lo están esperando, eh”, le dice, y Cristian le agradece con una reverencia. Sube en el ascensor, se mira en los extremos, que tienen espejos rectangulares. Acomoda la ropa, se pone derecho. Décimo piso y la puerta se abre.
La secretaria cuando lo ve le hace un gesto con una mano en señal de que se apure. Había silencio en el pasillo asi que estarían todos en la sala de reuniones. Antes de tocar la puerta para entrar se alisó el chaleco.
Entró diciendo buenas noches. “¡Faltaba Cristian, fuerte ese aplauso!” dice alguien, y todos aplauden. Él agradece y comienza su trabajo: “¿Alguien quiere café de este buen mozo?”, dijo.
Y todos, una vez más, rieron con su chiste.
El último día de Ordoñez (parte 4)
1 comentarios sábado, 26 de junio de 2010
Durmió con el mail impreso doblado al lado de la almohada en lo que auténticamente se podría denominar “llevarse trabajo a casa”, era en este caso literal. Su compañera de trabajo le describía acciones de una persona que conocía de hace años y de las que bien sabía de maniobras que como mínimo, eran bastante cuestionables. Debía hacer algo y pensó que dormir lo haría más sabio en la decisión. Pero justamente la falta de una respuesta hizo que durmiera poco y diera vueltas por su mente no sólo la solución a lo injusto, sino cómo él podía quedar luego de intentar solucionar algo.
Lo que su compañera de trabajo cuando le mandó el mail contando sus pesares no sabía de Ordoñez, es qué tan involucrado el propio Ordoñez podía estar. No por ser parte de algo ilícito, sino por omisión, saberlo y elegir callarlo. Esa preocupación era la que no lo dejó dormir buscando una solución que lo deje en paz, primero con su conciencia. Se levantó de la cama que lo vio dar vueltas como trompo toda la noche sin pegar un ojo, se hizo el desayuno y salió con la misma ropa del día anterior, quería estar lo más rápido posible en la oficina.
Llegó y colgó el saco en la percha de metal. Puso sus manos en la cintura y respiró profundo, mirando el teléfono. Luego se sentó y con todos los dedos de su mano derecha golpeaba el teléfono blanco que deriva a los internos de cada sector, esperando que el destino hiciera que Gutiérrez, la persona en cuestión acusada en el mail, llamara y así evitar la tarea. Pero lo tuvo que hacer él y lo llamó sin saber qué decir primero. Le dijo que pasaría por su sector a hablar, no se le ocurrió otra cosa. Su voz sonaba algo nerviosa y temió que Gutiérrez lo intuyera.
Salió rumbo a la otra oficina, cruzó tres pasillos largos y alguno que otro lo paraba a saludar y a felicitarlo. Sentía todo el tiempo que el hecho de decretarle la renuncia obligada a fin de año lo había vuelto popular. Pero no era el momento de pensar en eso, quería llegar rápido y a la vez no tenía idea de lo que debía decir. Llegó a la oficina y tocó la puerta, entró. Sorpresa en la cara de Gutiérrez que lo saludó y le preguntó qué andaba pasando.
Se sentó y le dijo que se iba de la empresa a fin de año y que en un punto había cosas que lo ligaban luego de tantos años y otras a las que aprendió a aceptar aunque no le gustaran, pero que ya era todo lo mismo cuando a la mañana llegaba a su oficina. Que lo conocía de años y que ninguno estaba como para contarle las costillas al otro. Le explicó que no pudo dormir pensando en algunas cuestiones, no le dijo nada del mail ni el nombre de quien se lo mandó. Se hizo cargo del tema como si fuera cosa de él.
Los recuerdos empezaron a surgir entre gente que tanto se conocía. Pero Ordoñez era el que hablaba, le relataba todas y cada una de las acciones que durante años supo que estaban mal hechas pero que había dejado pasar no interviniendo en nombre de una amistad que elegía proteger con ese silencio. Que pensó que eso haría que no tuviera problemas y de hecho no los tuvo pero que ahora que se estaba por ir sentía que sí, que todo aquello le molestaba, su silencio parecido a cierta complicidad en maniobras que no eran correctas. Empezando por el cobro para hacer trámites que por carriles normales no debería cobrarse nada. Gutiérrez lo miraba con suficiencia y puso su espalda contra la silla mullida, cruzando las manos como quien sabe que lo que el otro dirá va para largo y que era un desahogo.
Ordoñez le contó que un par de veces lo habían consultado “de arriba” para saber sobre Gutiérrez y todo lo que se decía, y él eligió defenderlo desconociendo todo lo que le preguntaban. Que en su momento no se lo dijo por pudor y por amistad, códigos. Además había elegido decir eso y nadie lo había obligado.
Sacó el paquete de cigarrillos y empezó a fumar, hábito que retomó hace un mes cuando le informaron de la renuncia. La imagen que estaba dando era de un hombre tan confundido como cansado de ver sin actuar, y lo estaba planteando frente a quien durante años hizo cosas sin que se las cuestionen, y ahora por eso Ordoñez se sentía el peor del mundo.
Gutiérrez tomó con ambas manos los brazos de Ordoñez, en un gesto que intentó confortarlo. Le pidió que se calmara, parecía comprender la carga de ese hombre con principios, que se estaba yendo de ahí y que se sentía culpable de cosas que vio y no tuvo el coraje ni oportunidad de hacer saber. Y se lo venía a plantear casi como confesión, sin saber qué hacer exactamente con eso, dando si se quiere una oportunidad de reivindicación. Estaba frente a quien le había muchas veces salvado las papas del fuego, fuego que el mismo Gutiérrez había generado.
Cuando logró calmarlo apoyó las manos sobre la mesa y extendió los dedos como quien se apoya para levantarse luego de estar sentado. Pero las golpeó un poco haciendo algo de ruido. Lo miró a Ordoñez fijamente ahora ya sin mucha compasión, esperó que su amigo se calmara para hablar. Y nadie podrá decir que no fue claro.
Le dijo “Denunciame si tenés pruebas y hacete el héroe si querés”.
“No entendiste nada”, le llego a decir Ordoñez, antes de que amablemente lo invitaran a retirarse con una mano en la espalda que aceleraba sus pasos. “Si tenés principios hacés bien en irte” le dijo Gutiérrez, haciendo sentir al echado como si fuera decisión de él la de irse de la empresa. Ordoñez se quedó al lado de la puerta, cerrada ya, y se tomó la frente porque pensaba que tenía fiebre del calor que le subía por el cuerpo. Era señal de la presión arterial por las nubes. No sólo su amigo no se hizo cargo, sino que lo invitó a que lo denunciara.
Se iba a acomodar mejor el saco para volver a su lugar de trabajo pero comprobó que había ido hasta ahí sin el saco. Arremangó los puños de la camisa porque tenía calor. Y desandó el camino hacia su oficina, llegó y miró hacia el eterno cielorraso color blanco buscando una respuesta a lo vivido y las lágrimas no salieron porque las evitó levantando lo que más pudo la pera.
Se sentó y empezó a escribir un texto. No sabía si ser formal o ser sincero sin complejos, y eligió hacer lo que sentía. Una mezcla de confesión y de denuncia, entre ambos mares intentaría hacer el escrito. Cuando comenzaba a inspirarse apareció Franco, o “franquito”, el chico nuevo del que le habían hablado en el mail, lo mandó el cielo a ese lugar que no era el de su sector. Fue por unos papales para sellar y Ordoñez le dijo “me tenés que ayudar, sos bueno”.
“¿Yo?”, le dijo Franco.
Y ambos pusieron en marcha algo. Que lo sabremos pronto.
La vida es un tren que pasa
2 comentarios jueves, 18 de febrero de 2010
Lugar: San Antonio de Padua Edad: 11 años Año: 1984
Cuando alguien pasa mucho tiempo en un ámbito cerrado en donde hay tensión, murmullo de gente que suena a avispas y calor humano, en general se tarda de volver en si, poder ubicarse en tiempo y espacio. Esa tarea lleva sus minutos.
Pasa cuando salimos de un Banco o de alguna entidad en donde el amontonamiento de gente nos invita a retirarnos pero no podemos. Cuando lo hacemos, esa sensación de cerebro en terremoto continúa.
Quien ha tenido la experiencia nada edificante de subirse a un tren en hora pico también puede dar fe de eso. A las seis y media de la tarde de un día de semana hay que levantarse de los asientos una estación antes para ir “acomodándose” cerca de la puerta. La gente desaprueba el movimiento con la mirada, como si uno fuera culpable de vivir en donde debe bajarse. Cuando se consigue otros con las mismas ganas de salir de ahí, se intentan juntar fuerzas. Llegado el momento el tren se detiene (las puertas ya estaban abiertas porque algunos las traban para que entre el aire) y la masa, tan lejana a la que Freud estudiaba, se mueve hacia adelante, y uno se deja llevar. Yo viajaba con mi madre a la que Dios le ha dado gran bondad pero pocos centímetros, y realmente se le complicaba el panorama porque sus pies quedaban en el aire cuando la masa (qué cosa fuera) nos hace salir.
Ya en la estación de San Antonio de Padua lo primero que revisamos, ambos, son nuestras pertenencias. Ella volvía de su trabajo y yo del colegio. Nos palpamos elementos, a ver si no habían sido sacados. Una vez comprobado vía tacto que todo estaba en orden, resoplamos y encaramos para una de las salidas. El sol se pone justo a esa hora y la imagen del tren alejándose de nosotros y en dirección adonde el sol cae es muy linda. Mostramos el abono, el guarda lo perfora con su maquinita y mi madre comienza a hablarme. Y no se detiene. No recuerdo los temas, suele saltar de uno a otro sin que nadie pueda seguirla, quizás alguna de sus hermanas. Pero no tenía ninguna tía cerca así que la oía yo.
La salida es angosta y de asfalto bastante malo, es un camino de brea sin muchas ganas de ser decente. Lo bordea una malla de metal que por oxidada, está vencida para el lado de afuera. La gente salta por sobre ella y corta camino. Somos más de cien en un angosto espacio.
Empieza a sonar la campana de la barrera y la gente acelera el paso para cruzar antes que el tren. Mi madre sigue hablándome de su oficina y compañeros de trabajo de quienes podría ya trazar una idea a partir de lo que me dice de ellos, los ubico. A medida que uno se acerca a la campana de la barrera más fuerte suena. Mi madre quiere seguir hablándome casi al oído. Me detengo y miro hacia donde el sol caía y de ese lado no veía ningún tren llegar, con lo cual vendría del otro lado. Dije que me detuve pero mi madre no. Siguió caminando y por lo que veía, hablando sola sin notar en que yo paré. El final de ese angosto pasillo de brea tiene dos salidas, izquierda o derecha. Dobló a la izquierda y yo seguí mirándola hablar sola. Ahí fui consciente en que lo gracioso del momento ya pasaba a no serlo. Venía algo por la vía, todos pararon de moverse, sólo ella seguía caminando.
Cuando quise reaccionar ya estaba a más de cinco metros de mi posición así que no podía alcanzarla. Sin verla escuchaba que venía una locomotora. Elije ella cruzar en diagonal y salir por donde pasan los autos, con lo cual esa maniobra le llevaba más segundos que salir por donde correspondía. Me sentí con mucha angustia y grité, no recuerdo qué. Otra persona también lo hizo y de pronto veo la locomotora, parado yo en el caminito. La veo a ella que sigue caminando y como en los dibujitos animados, cuando saca su pie derecho de la vía, el último paso, la locomotora hace la maniobra de frenar, aunque ella ya había pasado raspando…yo me agarro la cabeza, la gente grita cosas pero yo no oigo nada. Corro hacia la barrera empujando y mi madre blanca como el fondo de estas letras, con la boca abierta y los ojos enormes, tras los anteojos. Se pone a llorar, me abraza y yo, que no expreso sentimientos tan fácilmente, intenté contenerla aunque tuviera 11 años. Los dos temblábamos y las manos de ella me tocaban la cara muchas veces, como revisándome, algo que las madres hacen imperceptiblemente para los hijos.
Algunos se acercan a verla, parecía objeto de culto alguien que realmente se había salvado de milagro. Quedó en estado de shock. Le llevé la cartera y su bolsa con los zapatos de repuesto que siempre tenía. Me agarró del brazo y enfilé para la parada de taxis. Eran seis cuadras pero creí que no estaría en condiciones de seguir caminando mucho más. Llegamos a la casa y continuaba blanca. No hubo otro tema de conversación en el resto de la noche. Me dijo que temió que yo estuviera detrás cuando escuchó que alguien la llamaba. Yo le dije que si ella se hubiera detenido ante mi grito, la locomotora la agarraba, así que agradecí su inesperada sordera. Al otro día no fui al colegio y ella pidió médico. Se engripó en pleno abril caluroso. Estuvo en cama una semana y yo sin ir a clases.
Cuando volvimos a pasar por ahí, vueltos de Capital en tren, sonó la campana de la barrera. Ella se detuvo y me agarró fuerte de una mano. Pasó esta vez un tren. Ella lo miró y yo sentía cómo su mano se iba transpirando y apretando a la mía.
Se levantaron las barreras y sin embargo miramos a ver si venía otro. El susto en forma de locomotora le duró un par de meses.
Al menos ya no hablaba de la oficina.
Cuando alguien pasa mucho tiempo en un ámbito cerrado en donde hay tensión, murmullo de gente que suena a avispas y calor humano, en general se tarda de volver en si, poder ubicarse en tiempo y espacio. Esa tarea lleva sus minutos.
Pasa cuando salimos de un Banco o de alguna entidad en donde el amontonamiento de gente nos invita a retirarnos pero no podemos. Cuando lo hacemos, esa sensación de cerebro en terremoto continúa.
Quien ha tenido la experiencia nada edificante de subirse a un tren en hora pico también puede dar fe de eso. A las seis y media de la tarde de un día de semana hay que levantarse de los asientos una estación antes para ir “acomodándose” cerca de la puerta. La gente desaprueba el movimiento con la mirada, como si uno fuera culpable de vivir en donde debe bajarse. Cuando se consigue otros con las mismas ganas de salir de ahí, se intentan juntar fuerzas. Llegado el momento el tren se detiene (las puertas ya estaban abiertas porque algunos las traban para que entre el aire) y la masa, tan lejana a la que Freud estudiaba, se mueve hacia adelante, y uno se deja llevar. Yo viajaba con mi madre a la que Dios le ha dado gran bondad pero pocos centímetros, y realmente se le complicaba el panorama porque sus pies quedaban en el aire cuando la masa (qué cosa fuera) nos hace salir.
Ya en la estación de San Antonio de Padua lo primero que revisamos, ambos, son nuestras pertenencias. Ella volvía de su trabajo y yo del colegio. Nos palpamos elementos, a ver si no habían sido sacados. Una vez comprobado vía tacto que todo estaba en orden, resoplamos y encaramos para una de las salidas. El sol se pone justo a esa hora y la imagen del tren alejándose de nosotros y en dirección adonde el sol cae es muy linda. Mostramos el abono, el guarda lo perfora con su maquinita y mi madre comienza a hablarme. Y no se detiene. No recuerdo los temas, suele saltar de uno a otro sin que nadie pueda seguirla, quizás alguna de sus hermanas. Pero no tenía ninguna tía cerca así que la oía yo.
La salida es angosta y de asfalto bastante malo, es un camino de brea sin muchas ganas de ser decente. Lo bordea una malla de metal que por oxidada, está vencida para el lado de afuera. La gente salta por sobre ella y corta camino. Somos más de cien en un angosto espacio.
Empieza a sonar la campana de la barrera y la gente acelera el paso para cruzar antes que el tren. Mi madre sigue hablándome de su oficina y compañeros de trabajo de quienes podría ya trazar una idea a partir de lo que me dice de ellos, los ubico. A medida que uno se acerca a la campana de la barrera más fuerte suena. Mi madre quiere seguir hablándome casi al oído. Me detengo y miro hacia donde el sol caía y de ese lado no veía ningún tren llegar, con lo cual vendría del otro lado. Dije que me detuve pero mi madre no. Siguió caminando y por lo que veía, hablando sola sin notar en que yo paré. El final de ese angosto pasillo de brea tiene dos salidas, izquierda o derecha. Dobló a la izquierda y yo seguí mirándola hablar sola. Ahí fui consciente en que lo gracioso del momento ya pasaba a no serlo. Venía algo por la vía, todos pararon de moverse, sólo ella seguía caminando.
Cuando quise reaccionar ya estaba a más de cinco metros de mi posición así que no podía alcanzarla. Sin verla escuchaba que venía una locomotora. Elije ella cruzar en diagonal y salir por donde pasan los autos, con lo cual esa maniobra le llevaba más segundos que salir por donde correspondía. Me sentí con mucha angustia y grité, no recuerdo qué. Otra persona también lo hizo y de pronto veo la locomotora, parado yo en el caminito. La veo a ella que sigue caminando y como en los dibujitos animados, cuando saca su pie derecho de la vía, el último paso, la locomotora hace la maniobra de frenar, aunque ella ya había pasado raspando…yo me agarro la cabeza, la gente grita cosas pero yo no oigo nada. Corro hacia la barrera empujando y mi madre blanca como el fondo de estas letras, con la boca abierta y los ojos enormes, tras los anteojos. Se pone a llorar, me abraza y yo, que no expreso sentimientos tan fácilmente, intenté contenerla aunque tuviera 11 años. Los dos temblábamos y las manos de ella me tocaban la cara muchas veces, como revisándome, algo que las madres hacen imperceptiblemente para los hijos.
Algunos se acercan a verla, parecía objeto de culto alguien que realmente se había salvado de milagro. Quedó en estado de shock. Le llevé la cartera y su bolsa con los zapatos de repuesto que siempre tenía. Me agarró del brazo y enfilé para la parada de taxis. Eran seis cuadras pero creí que no estaría en condiciones de seguir caminando mucho más. Llegamos a la casa y continuaba blanca. No hubo otro tema de conversación en el resto de la noche. Me dijo que temió que yo estuviera detrás cuando escuchó que alguien la llamaba. Yo le dije que si ella se hubiera detenido ante mi grito, la locomotora la agarraba, así que agradecí su inesperada sordera. Al otro día no fui al colegio y ella pidió médico. Se engripó en pleno abril caluroso. Estuvo en cama una semana y yo sin ir a clases.
Cuando volvimos a pasar por ahí, vueltos de Capital en tren, sonó la campana de la barrera. Ella se detuvo y me agarró fuerte de una mano. Pasó esta vez un tren. Ella lo miró y yo sentía cómo su mano se iba transpirando y apretando a la mía.
Se levantaron las barreras y sin embargo miramos a ver si venía otro. El susto en forma de locomotora le duró un par de meses.
Al menos ya no hablaba de la oficina.
Una, vos, en el teléfono
1 comentarios lunes, 11 de enero de 2010Las personas menores de quince años es posible que no sepan como había que hablar por teléfono cuando otras personas tenían quince o veinte años, en este caso yo. Era realmente una proeza el simple hecho de comunicar algo, y también menos dependiente del sistema terminábamos siendo. Un compañero de primario si quería hablar a mi casa en Provincia de Buenos Aires debía marcar nueve números, muchos menos que ahora en general pero, claro, era a disco y se cortaba en medio del eterno ir y venir del dedo anular por el aparato.
Esta dificultad volvía importante la comunicación cuando se daba, a veces no diariamente. No había locutorios hace 15 o 16 años, estaban los teléfonos públicos que con suerte andaban. Y los cospeles. Para hablar con mi novia desde Moreno, lugar donde vivía, debía ir hasta la sede de la vieja empresa de teléfonos (ENTEL) y en la puerta había seis de ellos, públicos en fila, donde la gente hablaba. Si la llamada se lograba eso “comía” un cospel, el resto duraban unos tres minutos cada uno.
La extensa introducción quiere significar lo importante que era una simple llamada, tenía otro valor hablar media hora con alguien, y no me refiero a lo económico. Yo hablaba con mi novia mientras la fila de personas iba aumentando y así yo esperé también mi turno antes.
¿De qué hablaba?. Supongo que de los mismos temas de novios que todos, pero sumada una dificultad: su teléfono estaba en el comedor y no brindaba privacidad en cuanto a temas y diálogos, con lo cual creamos un código de palabras clave que significaban otra cosa, pero servía para entendernos. Hablábamos los días lunes como para organizar ya la semana en cuanto a vernos o a donde nos encontraríamos.
Usaba el teléfono para con tres personas durante algún tiempo: mi madre, Grillito y Morena. En el orden que se prefiera y la duración que hiciera falta, las tres se llevaban mi tiempo y los cospeles.
He vivido situaciones tragicómicas. Como en los saqueos de 1989 en donde los padres pasaban a buscar a sus hijos por la escuela, ya que las autoridades alertaron mediante aquellos teléfonos públicos que nombré antes, porque no poseían línea fija, créase o no. Se me ocurrió preguntar si tenían el número del trabajo de mi madre (que era en Capital, a 30 kilómetros) y me dijeron que no, pero que ya se les había avisado a todos y no se volvería a salir.
El portero consiguió un poste de madera y lo atravesó a la puerta principal, que era la entrada de autos de una casa vieja, ahora colegio. La situación era de nervios y todos los chicos, de a uno, se fueron yendo. Me ofrecí a ir hasta los teléfonos públicos, si eso los hacía felices, pero me dijeron que su responsabilidad era que no saliera. Encima fue un martes y tenía séptima hora, con lo cual me quedé hasta las seis de la tarde con otro compañero, se ve que nuestras madres no habían sido avisadas.
Cuando salí no había nadie en la calle, a medio oscurecer porque fue a fines de junio. Viajé en el tren con las puertas abiertas de los dos extremos hasta mi casa.
Ni bien llegué mi madre me contó que estaba hacía 20 minutos, y que se la pasó llamando por teléfono al colegio. “¿Qué numero? Si el colegio no tiene número?”, le dije. “El número que me dieron el día que te inscribiste”, me dijo…y claro…era el número de otro colegio y no del mío…se inscribió a todos los alumnos de una escuela nueva en otra como sede, y lo que tenía mi madre era un número de esa escuela y no el de la mía. Genial.
También Morena fue una voz en el teléfono. Ella era fanática del programa de Alejandro Dolina, yo se lo recomendé para que lo escuchara, a ambos nos gustaba. Quise realizar la sorpresa de llamar por teléfono y dejar un mensaje para ella, tarea complicada porque llamar a una radio todos al mismo tiempo seguramente me costaría. Cuando terminó el primer bloque del programa me fui hasta el comedor de mi casa, me senté en el piso y empecé a marcar, pero siempre daba ocupado.
Lo intenté, con el teléfono a disco, 28 veces, contadas. En la última también me daba ocupado. Estaba acercando el tubo a la base y escucho que atienden. Suerte la mía. Pidieron mi nombre y me dijeron “Mirá que Alejandro selecciona a su vez todo lo que le mandamos, así que tenés que ser original, sino es complicado que lo lea al aire”. E improvisé algo que se me ocurrió en el momento, sobre los ojos y la luz de la luna, que reflejaba ya no sé qué cosa…era algo naif y bastante malo a mi entender.
“Lo llega a escuchar Morena y se muere”, pensé. Llegó la parte de los llamados y leen varios hasta que justo Dolina lee mi mensaje…primero recita lo que yo hice a las apuradas en ese momento y luego dice mi nombre. Lo remató con un “mirá Gabriel, eh”…que me sonó a triunfo. Me fui a dormir contento. No la quise llamar a su teléfono siendo casi las dos de la mañana, prefería escuchar su alegría después..
Y al otro día, era un jueves, llamé al mediodía. La saludé y le dije “¿Y?”…¿y qué?...”Qué me decís?”...¿de qué?...”del llamado, Morena”…¿qué llamado?...”¡el que hice al programa!”…me quedé dormida…
Pero había una opción de emergencia. Yo grabé todo en un cassette TDK y lo había llevado, así que se lo di y ella me lo agradeció, sin mucho entusiasmo. Tuvo consigo la cinta un tiempo largo. Empezó una discusión muchos años después alguna vez acerca de mis actividades y del poco tiempo que a ella le dedicaba y de pronto veo en su mano aquella cinta del programa de Dolina. Pasó de estar enojada conmigo, a estar enojada con la cinta. Abrió la caja, lo sacó al cassette y también a la cinta. La tironeó con las dos manos y la rompió. Vi eso y me fui sin hablar, casi.
A la semana me pidió disculpas. Intentó la misma proeza que yo, el llamado telefónico a la radio. No se pudo comunicar nunca.
Ni conmigo en tantos años. Mucho menos a un programa.
Esta dificultad volvía importante la comunicación cuando se daba, a veces no diariamente. No había locutorios hace 15 o 16 años, estaban los teléfonos públicos que con suerte andaban. Y los cospeles. Para hablar con mi novia desde Moreno, lugar donde vivía, debía ir hasta la sede de la vieja empresa de teléfonos (ENTEL) y en la puerta había seis de ellos, públicos en fila, donde la gente hablaba. Si la llamada se lograba eso “comía” un cospel, el resto duraban unos tres minutos cada uno.
La extensa introducción quiere significar lo importante que era una simple llamada, tenía otro valor hablar media hora con alguien, y no me refiero a lo económico. Yo hablaba con mi novia mientras la fila de personas iba aumentando y así yo esperé también mi turno antes.
¿De qué hablaba?. Supongo que de los mismos temas de novios que todos, pero sumada una dificultad: su teléfono estaba en el comedor y no brindaba privacidad en cuanto a temas y diálogos, con lo cual creamos un código de palabras clave que significaban otra cosa, pero servía para entendernos. Hablábamos los días lunes como para organizar ya la semana en cuanto a vernos o a donde nos encontraríamos.
Usaba el teléfono para con tres personas durante algún tiempo: mi madre, Grillito y Morena. En el orden que se prefiera y la duración que hiciera falta, las tres se llevaban mi tiempo y los cospeles.
He vivido situaciones tragicómicas. Como en los saqueos de 1989 en donde los padres pasaban a buscar a sus hijos por la escuela, ya que las autoridades alertaron mediante aquellos teléfonos públicos que nombré antes, porque no poseían línea fija, créase o no. Se me ocurrió preguntar si tenían el número del trabajo de mi madre (que era en Capital, a 30 kilómetros) y me dijeron que no, pero que ya se les había avisado a todos y no se volvería a salir.
El portero consiguió un poste de madera y lo atravesó a la puerta principal, que era la entrada de autos de una casa vieja, ahora colegio. La situación era de nervios y todos los chicos, de a uno, se fueron yendo. Me ofrecí a ir hasta los teléfonos públicos, si eso los hacía felices, pero me dijeron que su responsabilidad era que no saliera. Encima fue un martes y tenía séptima hora, con lo cual me quedé hasta las seis de la tarde con otro compañero, se ve que nuestras madres no habían sido avisadas.
Cuando salí no había nadie en la calle, a medio oscurecer porque fue a fines de junio. Viajé en el tren con las puertas abiertas de los dos extremos hasta mi casa.
Ni bien llegué mi madre me contó que estaba hacía 20 minutos, y que se la pasó llamando por teléfono al colegio. “¿Qué numero? Si el colegio no tiene número?”, le dije. “El número que me dieron el día que te inscribiste”, me dijo…y claro…era el número de otro colegio y no del mío…se inscribió a todos los alumnos de una escuela nueva en otra como sede, y lo que tenía mi madre era un número de esa escuela y no el de la mía. Genial.
También Morena fue una voz en el teléfono. Ella era fanática del programa de Alejandro Dolina, yo se lo recomendé para que lo escuchara, a ambos nos gustaba. Quise realizar la sorpresa de llamar por teléfono y dejar un mensaje para ella, tarea complicada porque llamar a una radio todos al mismo tiempo seguramente me costaría. Cuando terminó el primer bloque del programa me fui hasta el comedor de mi casa, me senté en el piso y empecé a marcar, pero siempre daba ocupado.
Lo intenté, con el teléfono a disco, 28 veces, contadas. En la última también me daba ocupado. Estaba acercando el tubo a la base y escucho que atienden. Suerte la mía. Pidieron mi nombre y me dijeron “Mirá que Alejandro selecciona a su vez todo lo que le mandamos, así que tenés que ser original, sino es complicado que lo lea al aire”. E improvisé algo que se me ocurrió en el momento, sobre los ojos y la luz de la luna, que reflejaba ya no sé qué cosa…era algo naif y bastante malo a mi entender.
“Lo llega a escuchar Morena y se muere”, pensé. Llegó la parte de los llamados y leen varios hasta que justo Dolina lee mi mensaje…primero recita lo que yo hice a las apuradas en ese momento y luego dice mi nombre. Lo remató con un “mirá Gabriel, eh”…que me sonó a triunfo. Me fui a dormir contento. No la quise llamar a su teléfono siendo casi las dos de la mañana, prefería escuchar su alegría después..
Y al otro día, era un jueves, llamé al mediodía. La saludé y le dije “¿Y?”…¿y qué?...”Qué me decís?”...¿de qué?...”del llamado, Morena”…¿qué llamado?...”¡el que hice al programa!”…me quedé dormida…
Pero había una opción de emergencia. Yo grabé todo en un cassette TDK y lo había llevado, así que se lo di y ella me lo agradeció, sin mucho entusiasmo. Tuvo consigo la cinta un tiempo largo. Empezó una discusión muchos años después alguna vez acerca de mis actividades y del poco tiempo que a ella le dedicaba y de pronto veo en su mano aquella cinta del programa de Dolina. Pasó de estar enojada conmigo, a estar enojada con la cinta. Abrió la caja, lo sacó al cassette y también a la cinta. La tironeó con las dos manos y la rompió. Vi eso y me fui sin hablar, casi.
A la semana me pidió disculpas. Intentó la misma proeza que yo, el llamado telefónico a la radio. No se pudo comunicar nunca.
Ni conmigo en tantos años. Mucho menos a un programa.
Acotación al margen: Se dice que valoramos las cosas cuando ya no las tenemos. Pero me permito decir que ciertas veces sobrevaloramos algunas cosas dándole importancia por lo que son frente a otros, que por lo que representan en nosotros. Y acabo de dar, sin querer, una definición de “celular”. Pero, fuera del área de cobertura.
Capítulo 1: La aparición
5 comentarios jueves, 10 de diciembre de 2009
El mundo me venía maltratando bastante. El 9 de julio de 1978 fue el acto de cierre de una etapa, venían las vacaciones de invierno y con 4 años no aspiraba a más que desear que se pasen rápidamente para estar de nuevo junto a mis compañeros, 16 o 18 en cantidad, con quienes ya tenía un mundo armado.
Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.
Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.
El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.
Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.
Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.
Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.
En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
“Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.
La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.
Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.
Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.
Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
Mi padre falleció el 12 de julio y sin quererlo protagonizó por un largo tiempo todo aquello que yo pensara o expresara. Cuando no se impone lo de uno se tiende a dejar llevarse por la marea, más si se es chico y nada decide. En quince dias olvidé a mis compañeros de jardín, la camioneta que me llevaba todos los dias y el barrio. Mi madre comenzó a trabajar y seguir siendo a la vez, mi madre. Y yo, cambié de colegio.
Pasé de 16 o 18 a cerca de 40 compañeros, cuyos nombres, disculpas, hoy no recuerdo en su totalidad. Si recuerdo mi primer dia y a quien estuvo conmigo ese primer dia.
El colegio era de forma rectangular y muy largo. El piso era viejo pero muy lustrado, la claridad se reflejaba bien, y eso que tenia un techo corredizo y una mampara azul también corrediza. Unos juegos que invitaban a subirse pero estaba llorando, no me interesaban. Junto a mi madre y a mi, caminaba la Hermana Directora, a quien vería durante todo ese período con más grises que blancos.
Me hicieron entrar a un aula, todo era bullicio de chicos sentados frente a mesas hexagonales, no conocía a nadie y nadie reparó en que entré. Afuera la maestra, la Directora y mi madre hablaban.
Eterno, el tiempo corto que nunca se va!!. Cuando ocurre finalmente, mi madre se acerca, me da un beso y dice que todo estará bien, que me quedara tranquilo…nada peor de oir para un chico!! Mala señal. Ella y la Directora se van caminando por ese patio largo y angosto y yo me quedo sentado, en un escalón de la entrada al jardín, una doble puerta de madera bien lustrada en donde apoyo la espalda de cuatro años y lloro.
Se iba nomás, mi madre!! Sale la maestra de adentro y me dice algo que no escucho, estaba interesado más en mi propio drama, en todo lo que habia pasado en menos de un mes, en tratar de entender. Ella se va, supongo que resignada como yo pero por no saber tratarme.
En eso, se abre la puerta y sale alguien, una nena. Se queda de pie con la puerta medio abierta y me pregunta si se puede sentar. Yo le digo que si sin mirarla. Ella fija su vista hacia donde yo miraba, las espaldas de mi madre y la Directora, que se iban ya en el final del patio, y me pregunta
“¿Esa es tu mamá?”…si…
¿Cómo te llamás?”…Gabriel…
“Gabriel…tu mamá va a volver!!, no llores más!!”…
Y yo la miré como quien me pide algo sin entender el momento y… en ese instante caí en que eso que me pedía, lo estaba haciendo alguien de mi edad, jamás me había ocurrido hasta ahí ver cierta autoridad en gente igual a mi. Fue extraño y también, luminoso. No fue una orden, sino un comentario de un par, si se quiere. Tenia picardía en la mirada, además de todos los dientes porque ¡a mi se me habían caído dos en esa semana!.
Me puso la mano en el hombro, me dijo que me quedara tranquilo, que ahí la iba a pasar bien, que no tuviera miedo porque ella me iba a ayudar. Yo intentaba ingresar toda la información que podía y estaba dispuesto a recibir.
Y vos, ¿cómo te llamás?
“Carmen”…Carmen…lo primero que hice fue tratar de retener ese nombre, porque los olvidaba rápidamente (cuestión sin solución hasta hoy). Me extendió su mano y me dijo “vení, dale, vamos”… y yo no tenía ganas de moverme. Entonces ella, de pie, dio un tirón a mi brazo obligándome a levantarme y me hizo entrar, siempre de la mano.
La mesa y silla de la maestra estaban cerca de la puerta y ella, en sus cosas. Carmen le dice “Señorita, ¿Gabriel puede quedarse hoy en mi mesa para que pueda conocer a los compañeros?”. La maestra dijo que si y enfilamos para una de las mesas hexagonales. Reparé en que dijo “mi” mesa con una autoridad que no se correspondía con la edad. Me presentó de a uno a los siete u ocho que estaban ahí. Era yo, parte ahora de ese bullicio que vi antes y del que no sentía más que lejanía, ahora ya tenía que ver conmigo.
Fomenté el silencio en mi niñez con singular pasión. Generalmente porque como dije, los acontecimientos eran lo suficientemente claros y ante mi presencia escuchaba el relato de mi llegada y las razones, lo cual condicionaba toda charla. Uno percibe la lástima o pena que surge de lo que dicen de uno, no debía agregar mucho más.
Pero ser introvertido no es tan reparador como conseguir una aliada en Carmen. Todo pasó a ser Carmen cuando a mi madre le relataba las cosas, tanto que hasta pensó que la maestra se llamaba Carmen. Sentía admiración por aquella nena que tan bien se desenvolvía, haciendo, por lejos, aquello que yo no podía: hablar sin sentir vergüenza.
Fue sin dudas una aparición. Alguien puesta ahí, seguramente mandada por la maestra para que me hable y solucione lo que ella no sabía o podía. Se convirtió con el tiempo en un símbolo de mi paso por ese colegio, en símbolo de protección ante algo que desconocía y temía. Una figura de sobreprotección que yo repetí para con mis afectos en el tiempo. Un gesto que yo valoro hasta hoy, y que la vida me permite agradecérselo aun hoy. Gracias, negra. Siempre damos lo que recibimos. Te quiero.
Aunque después…bueno, será en otro capítulo!!
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