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"La casa" -Cuento corto-

1 comentarios sábado, 30 de junio de 2012
No me gustan las veredas hechas con ladrillos. Al poco tiempo se desgastan. Las casas con entradas de vehículos hacia abajo, de profundidad, mucho menos. Da la impresión de casa-túnel. Los cestos de basura colgando de los postes de luz con un clavito: muy feos. Prefiero un metal común y silvestre. Me gusta que las ventanas que dan a la calle estén pegadas a la puerta asi uno espía, a ver quién es antes de abrir. La alfombrita para sacarse el barro de los zapatos tiene que estar afuera y a lo sumo el trapo de piso adentro. Nunca al revés. Una casa tiene portón de reja y un caminito hasta la puerta con jardín en los costados, algún rosal o la planta de aloe vera. En la cocina tazas grandes, de mango ancho, como para poder agarrar y sentir el calor de lo que se toma con las dos manos. Una mesa redonda, un espacio para apoyar las cosas del dia. Y no olvidarlas. Si hay escalera, que sea con pasamanos en ambos lados. Con las habitaciones no hay problema. Uno se acostumbra o no a ellas, pero de todas formas se está. Me gustan los baños grandes, con el espejo enmarcado en madera. Una vez viajé en barco y el mejor lugar, por amplio, era el baño. Lo último: quiero una pared blanca. Sin nada colgado, ni un clavo. Que sea el espacio para ambos cuando la realidad nos haga estar pensando, más que soñando. Estas son las exigencias. Para que mi corazón se mude a tu planeta.
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"Esos miedos" -Cuento corto-

1 comentarios jueves, 12 de abril de 2012
Laura tenía miedo a la oscuridad. Tan simple como poco solucionable desde que a los cinco años le pasó lo que le pasó. Una noche su madre le contó un cuento que ya no recuerda, pero sí que tenía tormenta y viento en el relato. Se durmió, y en la madrugada se levantó una fuerte tormenta, que con el viento hizo que su puerta se cerrara de golpe, haciendo un gran ruido que la despertó. La luz se cortó, empezó a gritar y luego esa pesada mochila de años, que la hace dormir hoy con la luz del pasillo encendida. Cuando tiene que darse vuelta para el lado de la puerta le molesta el reflejo y aprieta los ojos cerrados. Pero no hay caso y siempre duerme para el otro lado. Hace dos noches se cansó de ella misma. Laura fue hasta el pasillo y apagó la luz. El reflejo del farol de la calle entraba en diagonal por la habitación y eso la tranquilizaba. Se acostó con los ojos abiertos, respirando acelerada, tenía miedo. Los departamentos de solteros tienen ruidos distintos a los que están con mucha gente. Se puso a rezar y fue cuando recordó el final de aquel cuento que a ella le leyeron. La chica salía de aquella tormenta fuerte por una claraboya. Fue a dibujar una, a falta de la real en un departamento. La dejó arriba de la mesa y apagó la luz. Y desde esa noche Laura, por fin, terminó su cuento.
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"Lo que fue y lo que es" -Cuento corto-

1 comentarios viernes, 3 de febrero de 2012
“Estas son mis memorias, las que jamás serán leídas”, arrancaba el desordenado texto que Joaquín empezó hacía cuatro noches. Desempolvó la máquina de escribir y todas las noches se sentaba de cara a una pared de su habitación, con algo de reflejo de luz viniendo por la ventana. No seguía un orden sino lo primero que le venía a la mente. En esa primera noche recordó a Álvarez, un zapatero de barrio que atendía en su propia casa chorizo de Liniers. Joaquín con la mamá solían ir ahí y mientras ella elegía zapatos, él miraba todas esas puertas de habitaciones que daban al patio, y la enredadera en la pared del fondo. Recordaba el olor a cuero. Difícil explicar eso, contar un momento a partir de un aroma que impregna la memoria. Luego escribió sobre el ruso Lezevich. El ruso fue su primer amigo, un amigo de más edad que él pero que lo había adoptado en sus afectos. Sentía Joaquín que a su lado hacía cosas de grande y el ruso sentiría volver un poco a ser chico. La amistad se cortó cuando un pelotazo fue a dar a la base de hierro de una maceta, que se cayó y se hizo ruido y silencio en esa tarde. ¡Y pedacitos!. La madre se levantó de la siesta y lo echó al ruso de la casa. Se comenzaron a saludar de lejos y dejaron de frecuentarse. Al año los Lezevich se mudaron. Lo tercero que Joaquín había escrito era sobre Norita Antonino. Era la hermana de una amiga de la mamá de él. Cuando la vio por primera vez le pareció altanera, luego esa especie de odio que le generaba entendió que era algo más. Nunca lo saludaba, él debía buscarla para eso. La veía desde la ventana de su casa cómo caminaba por la calle, con un vestido de falda muy larga y el pelo atado con dos colitas. Ponía al caminar el cuello muy derecho y ese gesto le causaba gracia y ternura. Estaba descubriéndose en eso de mirar a una mujer que ni bajo tortura hubiera dicho que le gustaba. “Lo secreto del placer es, justamente, lo secreto”, escribió. No le faltaba razón. A la cuarta noche el intento por hacer sus propias memorias le dio lugar al sueño. Había escrito nueve hojas y avanzado solamente un año de su infancia. Sintió imposible poder contar tanto y se durmió sentado frente a la máquina. Norita Antonino, su esposa, lo despertó a la mañana siguiente con un beso en la boca. Le contó que ubicó a los nietos de Álvarez, también zapateros, y que encontró al hijo de Lezevich por Facebook. Joaquín, aun a medio despertar, sigue con sueño. La vida de él, en algún modo, sigue siendo aquel año de su infancia que lo marcó para no olvidarlo. Para su libro de memorias eso le basta.
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"El mueble" -CC-

1 comentarios jueves, 1 de septiembre de 2011


La puerta del mueble estaba vencida y caída hacia adelante, para cerrarla había que sujetarla con un cartón o bien con una hoja varias veces doblada que hiciera tope. No existía para Miguel orgullo más grande que ese mueble triste, viejo. Tenía un lugar destacado en el comedor, contra una de las paredes y en medio de la sala. Su esposa lo aceptó siempre a regañadientes al objeto, que a veces parecía tener más entidad que varias decisiones en conjunto.






Cuando Miguel no estaba lo abría y siempre encontraba lo mismo: sus recuerdos de niño, algunos cuadernos de escuela, un par de corbatas de adolescente, copas de torneos de fútbol que ya no existen. Lo que le llamaba la atención es que en la parte posterior de la puerta estaba pegada una hoja en blanco, pero que detrás se veía algo escrito aunque no distinguía qué. Doblaba el cartón para hacer tope en la puerta exactamente igual a él para que no se diera cuenta que anduvo mirando el mueble triste.






Una noche Miguel volvió muy tarde, ella lo esperó para prepararle la comida. Fue a buscar el postre y cuando regresó estaba Miguel revolviendo el mueble triste.






¿No viste un señalador?.



“¿Un señalador?. No, yo nunca abro ahí”, mintió con estilo Carla.






Después de mucho buscar lo encontró y se lo llevó a la habitación, ambos se acostaron, él se puso a leer un libro y cuando se decidió dormir usó el señalador para marcar la hoja. Carla vio eso y esperó pacientemente su momento. Cuando Miguel estuvo dormido dio la vuelta a la cama y tomó el libro de la mesa de luz, lo abrió. El señalador, muy viejo y despintado, decía “Sólo viven aquellos que luchan-Víctor Hugo-Los miserables”. Eso no significaba nada para Carla.






Los días pasaron y el ánimo de Miguel iba en bajada, el postre pasaba a ser un café en donde le contaba todos sus pesares laborales. A la mañana otra vez Carla vio a Miguel revolviendo el mueble triste. Encontró una hoja muy amarilla o en realidad parecía un sobre muy amarillo por el tiempo. Decía “Abrir a los 37 años”. Lo abrió y estaba la letra de su papá. El mensaje decía “Ya leíste el señalador, ya leíste esta carta. Sabés lo que sigue”.






Ella entendía más bien poco y sospechaba que su marido algo menos. Carla le preguntó en confianza por la hoja puesta en la parte de atrás de la puerta del mueble triste y él le dijo que debía leerla luego de todo lo que le ocurriera.






Dos días después Miguel renuncia a su trabajo, se pelea con su jefe, llega a la casa mojado por la lluvia repentina que no perdonó a su traje. Sacó los objetos del mueble triste y los puso en otro lugar. Le contó a su esposa lo que el padre le había dicho hace muchos años, de cómo a los 37 iban a suceder todas y cada una de las cosas, que no entendía cómo podía saberlo tantos años antes.






“Para honrar pasado olvídelo caminando su presente”, decía la hoja en la puerta.






Un martes lo dejó en la calle, al lado del poste.



A ese mueble viejo, su tristeza, para empezar de nuevo.

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Encerrado (en él)

3 comentarios martes, 30 de marzo de 2010

Las imágenes del televisor se reflejaban en la pared y el techo, que tienen el mismo color blanco. Como quien decide acelerar una cinta, los movimientos de las sombras eran rápidos y seguramente provenían de algún noticiero. A las ocho de la noche Leonardo miraba religiosamente las noticias. Mirar, en su idioma, es tener el televisor de fondo y encendido en algún canal cuya imagen se mueva, le daba más vida a la habitación. El elemento más importante no era ese, sino su computadora.


En ella estaba trabajando, aburrido y con ganas de no parar hasta terminar lo debido. Esa mezcla de sensaciones eran habituales, no reniega de lo que hace pero sí, bastante de los modos. Más de una vez sueña con no ser él y escapar de esa especie de condena que a veces, significa hacer lo que uno sabe. Pero escapar es algo así como huir y no le suena bien. Plantea entonces en su mente una retirada elegante, trazando probabilidades que tienen siempre que ver con un cambio absoluto.

Un cambio que lo defina o en tal caso, lo redefina. Buscó vueltas de tuerca a su oficio, lo intentó ver de otro modo, buscó colaboración. Pero siempre sus ojos verían todo de la misma manera y estaba notando algo que lo inquietaba. Las miradas de quienes lo rodeaban (amigos y conocidos) hacían un diagnóstico sobre él exactamente igual al suyo. Se sabe que el de afuera quizás vea mejor o peor las cosas, pero es extraño que exactamente igual.

En todo eso pensaba Leonardo mientras escribía, y era un milagro que el texto tuviera algún criterio. Aceleró el final del escrito. Lo cerró con frases hechas y lo mandó por mail, su trabajo era archivo recibido, modificado y enviado nuevamente. Cuando se liberó de lo exigido, por fin pudo pensar en él. Se preparó un café algo cargado, gusto que supo hacer luego de mil intentos fallidos hasta encontrar el punto., Un café lo despertaba, o para mejor decir lo sacaba de un momento para llevarlo a otro de su mente. Era como la puerta, el límite que marcaba los ánimos.

Se sentó junto a la mesa para cuatro personas pero de una sola silla. Miró la taza y la cuchara con la que intentaba no hacer ruido contra el fondo. Le gustaría estar en otro lugar, seguramente con algunos más para compartir si más no fuera, las desventuras de pensar ser otro. Pero la computadora lo esperaba en la habitación, y prendida. Llevó el café al lado del monitor. Se puso a chatear con una amiga.

Leonardo tiene ojo para la distancia, sobretodo las largas distancias. Sus amistades no brillan por su ausencia sino por la lejanía en kilómetros. El refugio que significaba el chat lo descubrió no hace mucho tiempo y era bastante liberador de angustias, aunque no reemplaza estar cara a cara, cosa que notaba, antes hacía mucho más que ahora.

La idea de futuro con los años se le había ido modificando. Sus ideales más que adaptarse al paso del tiempo se fueron achicando, lo que hace que el conformismo ocupe el lugar de la ambición. La bien entendida y que sirve de inspiración para motorizar lo que se quiere. Vivir siendo consciente de lo que le pasa a uno es muy bueno de cara a una solución pero no como método de tortura si una solución no llega.

Si las respuestas, como le habían dicho, estaban siempre en uno, nada más que él tendría esas respuestas. Intentó cambiar cosas y de hecho lo había logrado, cambió preconceptos y los transformó en conceptos que aplicaba, se despojó de él mismo en muchas cosas, movió su piso y generó cambios. Pero no estaba conforme.

El final no lo sabe, es posible que Leonardo lo escriba y lo reescriba, lo modifique y sea por un tiempo un borrador más que una declaración. Ve mar, ve caminos y ve cruces. Pero aun no se ve él. Lo único que le interesa, casi obligado por las circunstancias, son las metas cortas. Por ejemplo, terminar este texto.

Y subirlo al blog.
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Relatos de inmigrantes en el Bicentenario: "Tres cartas del olvido"

1 comentarios martes, 2 de marzo de 2010

El ruido del cuerpo golpeando contra el suelo, esa mezcla de tierra y piedra por la que aprendió a caminar sin perderse sólo hace un tiempo, trajo la atención de las personas a su alrededor. Con el hombro la mujer acababa de golpear sin querer a un hombre que cuan largo era, fue a dar al piso. Ella tenía su porte y el control de sus movimientos no era una de sus características. Se agachó mientras las personas en la calle se acercaban a comprobar el estado del buen hombre y lo ayudó a incorporarse. Recibió la reprimenda por su torpeza, cierto trato despectivo le parecía ya parte de lo cotidiano.


Aprendió a decir palabras cortas. Primero por una cuestión lógica de facilidad para recordar y aplicar. Y luego como puente para entablar un diálogo mínimo y a la vez que no noten demasiado su acento extranjero cosa que, sabía, transformaba la mirada de la persona, sea hombre o mujer. Escribiendo no tuvo problemas, lo hacía en español perfectamente. Lo placentero pasaba por sobrevivir a su propia circunstancia. Algún instinto heredado la volvía inquieta y nada conformista. Cuando embarcó sólo la acompañó un texto que una y otra vez, a falta de opciones, leyó durante el largo viaje. Era un folletín con noticias portuarias de Génova. Lo vio en el piso y lo levantó, ya sabiendo que su compañía sería indisoluble durante la travesía. Cuando llegó a Buenos Aires terminó de improvisado mantel que un plato de metal algo viejo necesitaba, ya que por su rajadura la sopa no dejaba de salir. Un muchacho le agradeció con la mirada el gesto.

Sus raíces italianas y polacas la hacían muy atractiva y su figura alta despertaba cierta autoridad pero comprensiva y maternal. Había recibido instrucción hasta los 17 años y esto la hacía distinguirse respecto de otros, sobretodo ante los planteos que durante el viaje se fueron sucediendo de parte de los pasajeros. Sus antecedentes de letrada y buena estudiante hicieron que fuera apartada del resto al llegar y conducida junto a otros a un sector en donde esperó pacientemente horas y horas. De pronto dos hombres la despertaron del pesado sueño, se había acostado cómo y donde pudo. Le hablaron en italiano y ella abrió los ojos intentando ver en aquella persona un poco de su espacio, su vida. Dijeron que podía cumplir tareas de aseo en una casa cercana a la plaza central. Ella los miró buscando comprensión pero sólo encontró apuro. Uno de ellos la levantó tomándola con seguridad pero aplicando fuerza y tensión a la vez, del brazo. Salieron de ese sector y recién ahí fijó una imagen en su corazón.

Por primera vez miraba el lugar adonde había llegado. El barro denotaba la bajante del marrón río, movimiento de gente llevada y traída, el cielo algo gris y una resolana que la obligó a poner la mano extendida sobre su frente para permitirle así ver. Uno de los hombres iba adelante, el otro la seguía conduciendo del brazo. Los pasos eran cada vez más largos y el paisaje se volvía cercano a una ciudad incipiente. A una cuadra y media de la plaza, una de las casas era claramente visible. El hombre que todo el trayecto fue adelante tocó la puerta de madera, que lucía recién pintada. Se abrió una de las hojas y un rostro apareció. Era una persona de tez criolla que balbuceó unas palabras con el hombre, luego de lo cual los tres ingresaron. Una señora hizo su aparición e intercambió palabras con los dos hombres. De aspecto contundente, le dio la mano a ella, la miró, examinándola sin ningún tapujo. Frunció el ceño con algo de duda y se fue. Así comenzaba su primer día en la casa. La mujer la siguió con desconfianza en todas sus tareas. El marido de ésta sólo la contemplaba realizar todo lo que él no querría hacer.

De todo aquello había pasado algo más de dos años. Ahora volvía de retirar unos libros encargados por la familia y que venían de Europa. Por temor a que se caigan los protegió, y lo que terminó cayendo fue el pobre hombre en la calle. Apretó los libros contra su cuerpo del lado derecho y se dirigió a la casa. Entró sin mirar a sus costados, estaba apurada y enojada con lo sucedido. Pasó por el comedor y llegó a la cocina, abrió las puertas de madera y dejó los pesados libros sobre la mesa. Respiró profundo como para terminar mentalmente un tema e iniciar otro, ese punto aparte en su cabeza que la volviera a su centro. Estaba inquieta, aunque lo sucedido en la calle no alcanzaba justificar su momento. Se sentía cómoda y a la vez presa de esa comodidad, formando parte de un esquema en el que era buena en lo suyo pero a la vez reemplazable. Cerró la puerta y se quedó con la mano sobre el picaporte, pensando. Lo apretó fuertemente y decidió ahí sus pasos. Fue hasta la habitación del dueño de casa, el matrimonio no estaba. Se acercó al escritorio de madera oscura reluciente y buscó el papel y la pluma. El tintero estaba a la vista. Siempre ella había pedido cuando quería escribir a sus familiares. Pero esta vez lo hizo sin permiso. Destrabó el cajón central abriendo uno de los que estaban en los extremos.

Sacó algunas hojas y la pluma, que brillaba de miedo, ese miedo que tiene aquel que hace algo sin que lo vean. Fue a su habitación y se dejó llevar por lo que sentía.

Escribió tres cartas. Una a sus familiares en Génova, abarrotada de cariño, tensa, mezclada de pasión y cierta paz anhelada, así era ella. La segunda carta para los criollos, que en la casa también cumplían con tareas de aseo y a quienes aprendió a querer y respetar. La tercera de las cartas era para el dueño de casa, quien aun no había vuelto, el atardecer ya era recuerdo y nadie llegaba aun hasta ahí, lo que le daba tiempo para seguir escribiendo. Con ésa se tomó más tiempo que con las otras, quería ser precisa. Las tres tenían idénticos inicios, desarrollos, casi en orden exacto contadas cuestiones vividas. Lo diferente en las tres era el final.

En la de sus familiares se despidió con un “seguiremos en contacto de sangre y de amor, porque mi corazón late ahí por siempre”. Para con los criollos escribió “no me despido feliz porque no estarán conmigo más, pero adonde iré lo primero que haré será pedir por ustedes, es difícil olvidar al respetado, y ustedes siempre lo serán, por mi”. La tercera, al dueño para quien trabajaba, fue la más clara. “No escapo, así que no me busque. Agradezco lo que tan gentil ha sido en brindarme, pero aquello dado quisiera saber qué tan preciado es, cuando una misma lo consigue. He aprendido allí adonde lee usted esta carta, libertad en tierras lejanas a la mía. Ahora quiero saber la manera de lograrla”. La carta al dueño de la casa la dejó sobre la mesa; la dirigida a los criollos en la cocina junto a los libros traídos por ella. Y la que debían recibir sus familiares la llevó hasta el puerto, en mano. A medida que se acercaba desde la explanada veía aquel lugar gris y lleno de movimiento. Dejó la carta a un hombre que subía a un barco grande y algo viejo rumbo a Gibraltar y luego, Italia.

Ella no vio partir su mensaje y caminó unos metros hasta el lugar donde acordaron el encuentro luego de casi un día de espera. Se besaron aunque ocultándose la cara, de manera extraña ese beso fue público. Los ojos de ambos ya no tenían rigor de jerarquía, de dueño de casa a criada, sino de amor. Para los dos la situación era nueva, así que todo estaba por ser revelado.
Las cartas y el amor siempre se llevan bien.
Por eso lo bueno de lo no esperable es qué tan sorpresivo puede ser aquello que ocurra.
Cuando los finales escritos sólo son los de las cartas.


Daba
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Cebá mate, chau mate (Grillito secretaria)

1 comentarios viernes, 8 de enero de 2010

Sabiendo que la felicidad era algo así como mirarla fijamente a los ojos y esperar que se ria o haga alguna mirada cómplice, estar con Grillito era más que un hermoso deber. Eso se fue trasladando a todo lo que hacía, aunque nos comportábamos con eso de manera diferente. Por mi lado trataba de no invadir ciertos aspectos de ella, sus amistades, sus momentos en la escuela, quería que siguiera de alguna forma siendo como la conocí, respetarle también sus tiempos.

Pero a ella para conmigo le dejaba ciertas cosas a su gusto. Todo fuera del colegio, el horario de clases era sagrado para mí, porque sabía que si me dejaba estar podía irme mal. El rito era encontrarnos en la quinta de la maestra particular cuando ella llevaba a su hermano y yo iba a tomar clases. Seguí yendo porque la mujer conmigo salvaba el año, podía serme útil en varias materias, necesitaba su ayuda.

A veces era tal la cantidad de chicos que se mezclaban los grados y la mesa enorme se completaba con un crisol de voces de diferentes edades, que hacía que se volviera complicado enseñar y aprender. Un día la mujer no se sentía bien y la hija enseñando inglés no daba abasto con todos. Me pidió que le controlara la tarea a un par de ellos y eso hice…me senté y expliqué algo de matemática, era de un chico de la primaria…y empecé a mirar todo el cuaderno. El me vio tan curioso retrocediendo hojas que me preguntó dudas que había tenido y yo se las fui despejando.

Quedé contento con eso cuando otro de la mesa me pidió que mirara su cuaderno, y otro más…y la verdad es que me gustó saber que podía explicar al modo de ellos algo que no entendieran. Nunca tuve esa enseñanza, ya no digo personalizada. Alguien al lado de mi puede todo un día explicarme la regla de tres simple y yo no entenderla si la manera no es la correcta. Había que escuchar y ver por donde venía la duda y listo.

La hija de la señora me vio que me hacían caso los chicos, tomó nota. Y cuando me iba la maestra y ella me propusieron si no quería ayudarlas aunque sea con esos dos alumnos, me dijeron que me veían bien para eso, con paciencia, además me llevaba bien con todos los chicos de menor edad. Les dije que lo iba a pensar y al otro día respondería. Lo consulté con Grillito y también con mi almohada. Mientras no me significara un descontrol horario que interfiriera mi colegio, no había problema. Y acepté. Esos dos fueron mis primeros formales alumnos.

Estaba más nervioso que ellos, pobres chicos. Pasé de quedarme una hora a quedarme tres o cuatro horas porque además de lo mío debía enseñar. Mi novia comprendió todo ese momento de cambio y se quedaba conmigo, a veces volvía a su casa y aparecía al rato, era la encargada del mate, un rito ahí dentro. Yo soy gran tomador y pésimo cebador, lo pueden confirmar mis actuales amistades incluso. Por lo cual alguien que preparara era sin dudas bienvenida, ella lo hacía excelentemente.

Fue otra manera de pasarla juntos, no soñada ni solitaria justamente, pero que nos servía para conocernos. Ella se sentaba en un sillón algo viejo y veía cómo daba clases, iba alcanzando el mate para que tomemos los “docentes”, lugar en donde ahora el destino me llevaba. Pero seguía pensando en que ayudaba a las verdaderas maestras, yo no lo sentía.

El comedor de la quinta tenía la mesa en el centro, ocupaba el ancho de la sala generosamente, y tenía tantas sillas como alumnos en ellas, no menos de 15 en general. Se imponía una división entre los grandes y los chicos que evitara primero desorden y luego inconvenientes entre distintas edades.

Había un pasillo con tres puertas. De frente, la del baño; a la izquierda la habitación de la maestra, y a la derecha una sala que se usaba como ropero virtual…ahí los chicos dejaban sus cosas hasta que terminaban de estudiar. Y Grillito fue la de la idea…si se despejara un poco..si se pudiera hacer una biblioteca específica contra una de las paredes, se me ocurrió a mi…planteamos la idea y no hubo mucho entusiasmo, pedimos tiempo para llevarla adelante. La mesa ya estaba. Compramos unas cortinas color crema muy lindas que no taparan la luz de la única ventana de la habitación, algo alta y de madera.

El piso, también de madera, se enceró un sábado, quedó muy bien. Y las paredes lucían igual aunque las limpiamos bastante. Mientras yo daba clases Grillito separó manuales de primaria del resto y los acomodó en los estantes. Hicimos una caja forrada en violeta en donde los chicos debían poner los lápices cuando dejaban de usarlos, enseñarles a hacer eso. Y en una tarde compramos telgopor e hicimos una precaria cartelera con horarios de chicos y los avisos de pruebas. La estrella era un ábaco grande, hecho con pelotitas de telgopor, cuatro alambres y sostenido en maderitas viejas de una silla aun más vieja. Tenía ingenio, Grillito.

En casi cuatro meses cambiamos bastante el aspecto de todo, ya estaban los chicos separados y en orden, y llegaron más alumnos. Yo hacía las cosas sin razonarlas demasiado, creo que con el tiempo lo valoré, no me detuve a ver lo que hacía, me dejé llevar y no me arrepiento. Grillito era como una secretaria, incluso era compinche de los chicos, nos veían ellos como dúo de estudio, lo cual ayudaba también. Fue una hermosa etapa que como dije, valoré mucho después. Cuando estaba dentro de eso me sentía cansado, cumpliendo todo el tiempo, sintiendo que no llegaba a hacerlo bien. Y sin embargo estaba equivocado. Jugábamos con los lápices a los palitos chinos cuando terminaba la clase, y aquello era terapia, despejar la mente un poco. Hasta en el colegio me ayudó porque no me llevé materias y dentro de todo mi nivel era el del promedio.

No tengo alma de maestro de escuela, si bien me gusta estar en contacto con los chicos cuando puedo, me llevo bien, me siento un poco ellos en sus cosas, me traslada a mi infancia, lo disfruto. En cada uno que no sabía sumar me veía yo, que me costó horrores. Las explicaciones de las maestras pasaban rápido como aviones y no volvían. Así que alguien necesitado de una explicación salvadora lo podía leer en los ojitos.

Sin mi novia no me hubiera salido igual, aunque no le quito méritos a lo importante: los mates eran excelentes.





Acotación al margen: Si van a una maestra particular y no les sale una sola palabra para decir, entreguen a sus educandos el cuaderno…es el espejo del ánimo del alumno…todo habla de un chico…sus aciertos, errores…hasta los agujeros en las hojas de tanto borrar…todo. Y el maestro no es el Mago de Oz. Acompaña al chico hasta las orillas del Mar del “ahora lo entiendo”…después nadan solos.
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